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Reflexiones, poemas, escorzos de vida, fe de lecturas, noticias de amigos... No pretende ser un desahogo, más bien un diálogo. Un demorarme en el resplandor de nuestra existencia. Y en su literatura.




lunes, 30 de abril de 2012

Tres poemas más



BÚSQUEDA


Llevo todo el día buscando
unas pocas palabras.
Para que, con sólo mirarlas,
me digan lo que siento.



SENCILLEZ

Abro un libro,
y en el primer verso que leo,
veo una rosa,
y en la rosa una caricia.


LAS PALABRAS...


Las palabras son un secreto escondido.
Las palabras son el aire que respiro.
Las palabras son el alma y lo que miro.
Las palabras son lo que soy y lo que he sido.

Las palabras son el amor de un suspiro.
Las palabras son el silencio y el sonido.
Las palabras son el mundo y el sentido
infinito de la vida en la que vivo.



(Pintura de Edward Cucuel, norteamericano, 1875-1954).

domingo, 29 de abril de 2012

Bibliosensualidad




Hace unos días estaba en una biblioteca. Yo curioseaba, con el pulso acelerado. La verdad, me hubiera llevado algunos títulos, libros curiosos la mayoría, o libros encuadernados primorosamente (una edición preciosa en piel color tabaco de "La realidad y el deseo" de Cernuda). Me senté para verlos más a mis anchas. ¡Que gusto! Todos esos cientos de volúmenes, sin espacio casi en las estanterías; todo ese paisaje bien nutrido de vida, si lo sabré yo. Y volví a levantarme y dejé las manos sobre ellos y, con los ojos cerrados, acerté con un libro de Satta, "El día del juicio", que dejé sobre una mesa. Y los seguí acariciando, casi con lascivia, con un temblor voluptuoso. No me cansaba de mirar minuciosamente, inclinando el cuerpo hacia el alma o poniéndome en cuclillas, o de puntillas, para avizorar zonas más secretas, o llenas de olvido. Hubiera pasado horas allí. Como aquí. Porque en realidad se trata de la misma biblioteca. De la mía, con su ternura y constante sorpresa.

sábado, 28 de abril de 2012

Hace no mucho murió Antonio Tabucchi




Un tipo más que se muere. Un hombre culto, pero discreto. Escritor. Para el caso. Escritor o agricultor, o tornero. La cosa es que está muerto. Antonio Tabucchi. Era relativamente joven (siempre la muerte te pilla a contrapelo: espera, no puede ser, no puedo ser yo). Inmediatas y merecidas loas. Consultas a google o wikipedia, y un rápido vistazo a solapas y contraportadas. Más y más palabras. Fechas, premios y demás bobadas (ya me entendéis). Era un buen tipo. Se le nota en la mirada, y en sus historias. Pero la verdad es que ni por asomo pienso ahora en su obra (que conste, me la he leído). Nada. No tomo ni siquiera uno de sus libros de las estanterías. Cuando me enteré recé una avemaría. Por su alma, se entiende. (¿Es poco?). Soy de esos. De los que rezan todavía. Y me dio por elucubrar sobre su último sueño, o en el postrer poema que había leído. ¿Y su familia? Pues ya está, muerto. Le imagino compareciendo ante Dios Lector, que es como decir Dios Amor. - "Antonio, me gustan tus novelas y demás relatos. No vayas a pensar que esto de la literatura se ha terminado. Para nada. Soy Dios, y tú, Antonio, estás más vivo que nunca. Estás aquí, Conmigo, con lo indispensable: con tu alma, no necesitas nada más para tu oficio (como en realidad ha sido siempre). Antonio, cuéntamelo todo, todo eso que se te quedó pendiente, o de lo que no estabas muy seguro". - "Pero, pero...". - "Venga hijo mío, me entusiasma la literatura, vuestras vidas, vuestros amores, vuestros sueños y recovecos. No en vano soy la Palabra, el Verbo encarnado". - "Dios mío, Tú lo sabes todo, ¿qué Te voy decir?". - "Ay Antonio, no sabes lo que te quiero. ¿Por qué no me cuentas el último relato que tenías entre manos?". Y así imagino yo a Antonio Tabucchi en estos momentos de eternidad, en este definitivo viaje. Ejerciendo como nunca su vocación de escritor, henchido de gozo, con el alma colmada de Amor. Después de tantos años de sed y búsqueda. Sí, un gran tipo este escritor.

viernes, 27 de abril de 2012

Palabra a palabra (y II)



Un piropo no es cualquier cosa. Un piropo es que no puedes más de amor. Los hay más frívolos, es cierto, pero lo que yo llamo piropo es esa voz del corazón que surge espontánea, sencilla... Esas palabras que cortejan, conquistan, que impactan y que se demoran en ella. Es decirle: "eres un sol", porque en ti sientes su luz y su calor.

Borges, Borges, Borges... Y yo leyendo sus poemas y sus cuentos. Y la felicidad que va cobrando forma, que parece que no es del todo imposible. Y esos sueños de Borges, que son los míos tantas y tantas veces.

No cambies nunca, no cambies. De nuevo estamos todos juntos, en casa. Eres poeta, lo eres, y debes de ser más consciente de ello. Siempre estaré contigo. Para eso eres de letras, para escribir todo lo bueno que te ha ocurrido durante el día. Papá, te quiero. Te apasiona la poesía porque amas a Dios. La sensibilidad es una potencia del alma... En fin, cosas que dicen.

¡Ya está bien de artimañas! La literatura es mi vida, dejad de traficar con ella.

No todo el mundo se da cuenta de la vida, de lo que es, de lo que significa.

Una evidencia que ahora se camufla o desdeña: señoras y señores míos, la literatura es, por encima de cualquier otra cosa, una actividad espiritual. Quizá sea precisamente por ese desdén, o ignorancia culpable, que pase por literatura lo que no deja de ser una frivolidad, un vacío. Se pueden contar con los dedos de una mano -y no exagero- aquellos que se juegan el alma en el empeño.

Todo lo que sueño me parece poco.

¿Qué más da que me repita de nuevo? ¿Desde cuando el amor cansa?

Rezo. Y rezo con urgencia, con necesidad de amar más. Le ofrezco a Dios la primavera y la música de Bach que ahora escucho. Y le pido que colme mi poca voluntad con su Poesía, pues apenas llego a unas pocas palabras. Rezo para sentirme vivo, y no vivir -o morir- de cualquier manera. Y, aunque pueda parecer extraño, me sirvo ahora de unos versos de Roberto Bolaño para decirle a Dios que le quiero, y que solo no puedo.




(Pintura de Frederick Frieseke; "Lady in the garden").

jueves, 26 de abril de 2012

Ante un cuadro del pintor Pepe Murillo




Lo primero es el pasmo,
y luego ese resplandor amarillo,
o quizá naranja. Esos colores vivos
que recogen la luz en el lienzo o en la madera.

La piedad del dibujo, de cada trazo,
esas formas que dan cabida al amor
de toda una vida.

El espectador observa
el sobrenatural regocijo del alma,
y esa mirada que es el centro de todo:
del que contempla, del pintor, del cuadro,
de la belleza. Esa mirada pura
que nos resucita en armonía de colores.

Es amor el arte, es enamorarse.
¿Qué otra cosa puede explicar esta alegría?
¿Y este pasmo donde, inmóvil, me muevo?

Es preciso fijarse muy bien en el cuadro,
en esa suma de anhelos que son sus pinceladas.
Y ávidamente seguir el rastro
de lo que Pepe Murillo ama.

miércoles, 25 de abril de 2012

Palabra a palabra (I)



Palabra a palabra voy entendiendo mejor el silencio.

Que todo sea el ensayo de una cercanía, de un enamorarnos.

Una calle. O es mucho decir. Una callejuela. Mejor así. A su entrada el tacto de unas sólidas piedras donde acaricio los siglos. Miro los balcones vacíos, en los que imagino las voces de aquellas mujeres, los geranios y la ropa recién lavada. Y los cansados días de un abuelo sentado en su silla, con la mirada perdida en su infancia y en aquellos que amó. La vida de esta vieja callejuela, en definitiva, con su rutina y su esperanza. ¡Cuánta vida para tan poco tiempo! Y en el abandonado edificio de lo que era una imprenta me llama la atención la siguiente leyenda escrita en cerámica: "Bendiga Dios el arte".

He visto salir a Cristo por la puerta de una iglesia, entre el temblor de los tambores y el silencio de la gente. Unos claveles rojos en el aire, y esa túnica color sangre. Cristo pasa entre las almas y las fotografías. Algunos rezan, otros se despistan con cualquier cosa, y supongo que habrá un buen número de turistas. Pero a todos nos mira Cristo, entre capirotes, incienso y flores. Comienza su calvario. Por nosotros, por todos. Pasa a mi lado... Sonríe. Y a mí se me encoge el alma en este domingo de ramos.

La tecnología, con todas sus cosas buenas, también se está convirtiendo en un agobio y en una forma de no pensar, de no tener tiempo -o de ir perdiendo ilusión y capacidad- para profundizar en la dimensión más espiritual del hombre. Todo parece un juego, en ese constante deslumbramiento tecnológico. Hemos dejado de escribir a mano (esa bendita caligrafía del alma) y apenas nos queda un resquicio de voluntad para leer. Leer, la lectura, los libros. Copados de aparatos y de todo su particular argot, una cosa me parece nítida: la verdadera revolución siempre será de raíz espiritual y estará en los libros. En esos viejos libros que llenan nuestras estanterías y se difunden por el alma y la inteligencia.

En el evangelio de san Mateo. Para más señas en el capítulo XII. Hay un interrogante sobre el que reflexiono con frecuencia: "¿cómo podéis decir cosas buenas si sois malos?". ¿Cómo? Es de todas todas imposible. Y por otra parte (aunque para mí se trata de lo mismo): ¿cómo podéis decir cosas bellas si sois malos? ¿De qué belleza hablamos, de qué alma? La maldad no ama, y sin amor no hay belleza ni verdad ni bien que valga. Se trata de una apariencia, de una simulación, de una mentira.

Que nada me distraiga de ti,
poesía.

La genuflexión de la luz ante Dios, y la voz de la música, que implora la armonía del alma.

Lo recojo todo, envuelvo en un poco de luz cierto recuerdo, guardo los libros junto con los sueños. Y abro un poco más la mirada con vistas a la belleza, y me voy de su mano hacia la vida y su confidencia.

El lenguaje del alma: eso es y será siempre la literatura.




(Pintura de Frederick Childe Hassam; "Church at Old Lyme").

martes, 24 de abril de 2012

"La ladrona de libros", de Markus Zusak



He releído estos días la novela "La ladrona de libros", de Markus Zusak (Lumen). Y lo he hecho porque es un libro que cree en el hombre, que en medio de cualquier pesadilla y dificultad y amargura pone en primer plano el alma, lo que realmente somos, y esos gestos de amor -heroicos tantas veces- de ciertas personas, que por si solas son capaces de redimirnos a todos: personajes, escritor y lectores, e incluso a la literatura misma, o a la historia, o a países enteros, sea cual sea su tragedia o su impotencia. La ficción es capaz de hacernos ver mejor lo que ocurrió, de desvelarnos la verdad. Esa niña, Liesel -acogida por la familia Hubermann-, el judío Max, y el niño Rudy Steiner..., y la Muerte como narradora de la urdimbre de lo que sucede, de esa tremenda locura que sucedió en Alemania a partir de 1933.

He releído esta novela porque recordaba que en su día me hizo sentir bien ( y mal). Porque la niña Liesel va reconociendo y valorando las cosas, según va reconociendo y valorando el significado de las palabras, en el tesoro de esos libros que roba, por los que lucha, a los que "rescata", y desde los que ayuda a los demás, en medio de sus juegos y vida familiar. En ellos va descubriendo esa libertad verdadera, y el meollo de ese mundo interior que tiene el mundo exterior al que se asoma nada más abrir la puerta de su casa.

¿Literatura juvenil? No nos perdamos en paparruchas. Es literatura, y buena, y madura. Tiene que ser buena, porque me ha vuelto a suceder. Y en la misma página. La 388. He llorado. Pero no por una sensiblería cursi o de tres al cuarto. He llorado por el contraste, por la heroicidad de ciertas personas que se resisten a permanecer impávidas ante la injusticia o el dolor ajeno. Por la valentía de Hans Hubermann. He llorado porque Zusak ha conseguido en ese pasaje -y también en otros- sacudirme un directo en pleno corazón. Sólo por eso esta novela ya vale la pena. Por lo que cuenta y por cómo lo cuenta. En medio del dolor y del apuro y de la catástrofe el amor de una niña, de una familia, de un amigo, de unos libros.

lunes, 23 de abril de 2012

No hay vida sin...




No hay vida sin alma.
No hay vida sin memoria.
No hay vida sin poesía.
No hay vida sin música.
No hay vida sin sombras.
No hay vida sin su amor.
No hay vida sin patria.
No hay vida sin libros.
No hay vida sin lluvia.
No hay vida sin amigos.
No hay vida sin esperanza.
No hay vida sin leyenda.
No hay vida sin niños.
No hay vida sin dudas.
No hay vida sin alegría.
No hay vida sin palabras secretas.
No hay vida sin ternura.
No hay vida sin esfuerzo.
No hay vida sin sus labios.
No hay vida sin belleza.
No hay vida sin muerte.
No hay vida sin deseo.
No hay vida sin dolor.
No hay vida sin novela.
No hay vida sin pureza.
No hay vida sin gallardía.
No hay vida sin nostalgia.
No hay vida sin Dios.




(Pintura de Frederick Childe Hassam; "Couch on the Porch").

domingo, 22 de abril de 2012

Nítido




Leo rodeado del cromatismo
de unos cuadros -flores silvestres,
paisajes o los rostros de ciertas almas-,
e inmerso en esa inmensa felicidad
que son los libros.

De fondo la música de mis hijos...
Y esta luz
que entra por las ventanas
para dejar las cosas muy claras.




(Pintura: Joaquín Sorolla, "Niña con flores").

sábado, 21 de abril de 2012

La Revolución de Cristo




(Para Martha Garza)


¿Qué otra cosa es la Revolución de Cristo
que esa puesta a punto de cada alma en la Cruz?
Sólo así cambiará todo. Sólo así
-con nuestro sí a Dios-
volverá la claridad al mundo. Y el gozo.
Y se desvanecerán las tinieblas.





(Pintura de Giovanni Battista Tiepolo, "Cristo en el camino al Calvario").

viernes, 20 de abril de 2012

Al grano





Tan pragmáticos y perdemos la vida
-y la alegría-
de un amor sin medida.
Tan avezados y se nos va la felicidad
entre los dedos de los días.

¡Y qué extraña se hace la vida
cuando no vive Dios en ella!





(Pintura de Berthe Morisot, 1841-1895).

jueves, 19 de abril de 2012

No pensaba escribir este poema




¿Qué es el hombre?
Decidme, ¿qué es?

Yo sólo imagino
un poco de ternura, un abrazo,
una mirada que no acaba
o un poema
que resulta es amor.

Decidme, ¿qué otra cosa
puede ser el hombre
que la sencillez de una caricia
o la nostalgia de Dios?

Yo no entiendo de casi nada,
pero sé
que el corazón del hombre
tiene un compás infinito.

Y de ahí la vida,
y ese innato deseo
de no morir.



(Pintura de Berthe Morisot)

miércoles, 18 de abril de 2012

Doblete



SENCILLEZ

Abro un libro,
y en el primer verso que leo,
veo una rosa,
y en la rosa una caricia.


PARA VIAJAR

Un día me preguntaron:
- "¿Qué medio de transporte prefieres?".
Y ni corto ni perezoso respondí:
- "Mis sueños".




martes, 17 de abril de 2012

Quiero llegar allí



No sé cómo llegar allí, abrirme paso hacia ti entre poemas y otros menesteres más ordinarios. Lo intento y lo deseo ferviertemente. Entre tú y yo se interpone todo un mar de realidades, ese oleaje feroz que es la vida. A veces me agarro a una palabra -amor-, o me siento en un rincón del silencio. Y es que quiero llegar a ti cuanto antes, porque sé que me esperas, que lo ansías todavía más que yo, que quieres pasar la eternidad a solas conmigo. ¿Cómo llegar allí, ahí, desde estas palabras? Pienso en ti, pero no estás, no te veo. Por favor, dime el milagro preciso para que me reúna contigo enseguida. Dime ese poema que obre el prodigio de amarte sin descanso ni medida. Por fin juntos, en la misma orilla.



(Pintuta de Harold Knight)

lunes, 16 de abril de 2012

Esta es mi certeza





Amor y belleza.
Liturgia de signos,
metáforas y ritmo.
Búsqueda
y acción de gracias.
Vida admirada,
esperanza del hombre.
Olas, alas, himnos.
Poesía: esencia
y sustancia del Dios vivo.




(Pintura de William Chadwick -1879/1962-, "On the Porch").

domingo, 15 de abril de 2012

El río...



La corriente de un río,
su transparencia, los brillos,
ese rumor tan claro del agua...

El río, mi vida,
aquella hermosura
que sigue en mí, que me espera.

sábado, 14 de abril de 2012

Era noviembre



Cuando te quedas solo en casa te entra la duda. No sabes si terminar de leer esa novela que te tiene en vilo, o ponerte a escribir aquella reseña sobre Conrad ("Lord Jim"), o trabajar en ese poema balbuciente, o pulir las aristas de un texto que versa tal vez sobre tu propia adolescencia. O quizá limpiar el polvo de las puertas mientras suena en la casa "Dile al sol", de "La oreja de Van Gogh". Pero el desequilibrio de la duda y un poco de pereza te lleva inexorablemente a la terraza. Aunque haga frío y la niebla tiemble en tu mirada. ¿Qué haces allí? ¿Qué haces? Pues nada y todo. Estás allí, respiras, arrancas las hojas secas de tu vida… Y piensas en tus hijos. Piensas en lo que escribes, en quien lo lee. Piensas en tu alma y en todas esas palabras que van a dar al silencio. Te sientas y cierras los ojos, y no sabes si es primero tu alegría o la elegía. O tal vez sean lo mismo, desde otra perspectiva. Estás allí, rezando lo que piensas. Escuchando a Dios entre el ruido de la calle. No te cambias por nadie. Crees en el amor, en tu familia, en la belleza de un buen poema… Y en el interior de una bien nutrida biblioteca. Ahí donde se esconde tu jardín, y la aventura, y la melodía de los chopos, y aquella fotografía de tu madre en la Selva de Oza. Eres feliz. Allí, en la terraza. Con ese frío y con esa niebla.

viernes, 13 de abril de 2012

La importancia del último verso




Después del último verso
el poema llega a su comienzo,
ese momento
en el que se recoge la mirada
hacia adentro.

El último verso es el nexo
entre la revelación del misterio
y la escucha del alma.

Ahí, en esas pocas palabras
está el clímax de todo,
y la expectativa
de lo que el lector sueña.

Ahí, en ese trazo de belleza.




(Pintura de Harold Knight -1874/1961-; "Alfred Munnings reading").

jueves, 12 de abril de 2012

Una mujer que se siente nada en el inicio de la primavera



La primavera ya está aquí. No será porque la gente no lo diga. Todos andan con Vivaldi y con imágenes de flores en alta definición. Y las muchachas y las mujeres se visten de colores, y tienen un aroma más fresco y la mirada como loca. Y se pintan los labios con más besos. Hasta Dios -eterna Primavera- está más Dios que nunca, más Bellleza que nunca, exuberante. Y los sentidos corren como niños, juegan, saltan y se ponen a dar volatines por el aire. Y se tumban en la hierba o en la cama para contemplar el cielo o sus sueños.

Y en medio de todo eso, en medio de toda esta vida renovada y cuajada de luz y alegría, imagino a una mujer (también podría ser un hombre) que se siente nada por completo. Una mujer que no encuentra la sonrisa, que llora, que no sabe qué hacer con su vida precisamente hoy, en este inicio de primavera. Cariacontecida observa despacio las cosas, o cierra los ojos... Le duele la cabeza, pero le duele más el alma. Quisiera amar más, servir mejor. Pero se siente nada, una nadería andante, incapaz de algo bueno de verdad.

Y es que un día malo lo tiene cualquiera, pese a que en realidad sea un día muy bueno, espléndido, con toda esa luz que entra por la terraza e iluminan los ángeles, con esos dos o tres pájaros que cantan en las inmediaciones de su alma. Esa mujer (lo sé, pudiera ser un hombre a quien le ocurriera) se siente sola, y palpa la superficie de la mesa y deja los libros a un lado, inapetente de palabras. Sólo quiere una cosa: amar. Pero por encima de eso necesita algo más importante: sentirse amada. Se levanta del sofá con parsimonia y se asoma al cielo. Y llora. Y recoge en un pañuelo todas esas lágrimas, ese dolor, como haciendo acopio de esperanza.

Quisiera abandonarse en alguien, abrazarse al amor, pero del todo. Contempla a Dios en toda esa poesía del cielo y de la tierra, y se queda quieta, entre una nube y un árbol, al compás de la brisa. Pero sigue sintiéndose nada, cansada, consciente de su nulidad. En ella me parece entrever a una niña. A la niña que sigue siendo incluso ahora. Juguetona, sencilla, ¿y un tanto ingenua? No, no lo creo. Una niña de mirada limpia que va estrenando la vida a cada paso. Pero hoy no acaba de entender, no acaba de ver. ¿Qué puede hacer? ¿Qué puede hacer una mujer (o un hombre, sí) cuando no acaba de entender lo que se espera de ella, y siente la contundencia de su ignorancia o torpeza?

Pero las cosas no son del todo así. La Providencia nos tiene reservado un camino, y en ese camino a veces la noche es más oscura, y no acabamos de discernir el amor en ese espeso dolor que nos abruma. Poco a poco a esta mujer la mirada se le va volviendo de nuevo niña. Y el corazón siente el impacto de la ternura. Y el alma resucita, por fin, en una sonrisa, en esa luz, en una primavera de Dios y de pujante color.



(Pintura de Lawrence Alma-Tadema, "La celebración de la Primavera").

miércoles, 11 de abril de 2012

Creo en la poesía




Estoy leyendo. El cielo muy azul.
¿Que libro será el próximo que lea?
Las terrazas próximas, vacías
de yedra o de sueños de luz.
¿Qué poema será el próximo que viva?
Estoy leyendo. No sólo son las palabras.
Es este silencio. Es este momento único de marzo
que ya sólo piensa en abril, o en mayo.
A veces las palabras son caricias.
Es lo que se conoce como poesía, como himno.
Cuando tiembla la vida, y se conmueve el mismo Dios
y los ángeles recogen Su Amor,
y todo está como recién resucitado.
Los visillos, la brisa. La luz coagulada en esos ojos
enamorados, artesanos del corazón.
Esta claridad que viene por el pasillo,
los reflejos del tiempo y la mística de sus pies descalzos.
Leo. ¡Qué leve es la transparencia de lo que siento!
Silencio, silencio. Invoco a la belleza, a todos
esos cuerpos incrustados en el alma.
Invoco a la infancia y a los chopos, a los veranos
ebrios de versos y de campanas y de quimeras.
Invoco a todas aquellas personas muertas
que pueden dar fe de mi vida.
Estoy leyendo, sí, y caigo en la cuenta de lo que amo,
y por eso deslizo la mano por las páginas del libro,
y acaricio sus poemas, y espero.
Porque yo creo en la Poesía.
He de escribirlo en el interior de todo: creo
en la Poesía. Incluso mucho antes de leerla. O de escribirla.
La Poesía se ama, como se ama a Dios,
y como se ama a un cuerpo desnudo.
La poesía se reza. Mirad por ejemplo el temblor
de una rama, o quizá una lágrima, o un suspiro.
Es todo una plegaria de amor y de ternura,
de soledad o de lluvia...
Mientras sigo leyendo este libro de Francisco de Aldana.



(Pintura de Joaquim Mir).

martes, 10 de abril de 2012

En bicicleta




En bicicleta. El sol. Los plátanos. Un beso. "De amore". La respiración. De niño. El surtidor de brillos. El cielo. Su pelo. El latido. El aire. El esfuerzo. Las risas de las chicas. La tierra. El deseo. El bullir de las palomas. Mis fantasías. El pedaleo del alma. El "amour". La filosofía de los rosales. El canal con aquella agua. La belleza. La mirada como si estuviera en un cuadro de Renoir. Las despedidas. El oleaje de la luz. Una falda vaquera. Dios. Las palabras deslumbradas. Las campanas. "All live". La distancia. Casi en abril. Margaritas en el césped. Un escalofrío. El color fucsia de la nostalgia. Las lágrimas de una mujer en primavera. El corazón de la poesía. Su mano. Mi caricia. El canto. La mística de los colores. La metáfora de mí mismo. Las sombras. Los signos. Un pájaro. Sus labios. Los rostros taciturnos. La historia de todo esto. El miedo al fracaso. Un poeta llamado Claudio. El parque. Las estatuas. Las muecas. Los tallos de esa hermosura. Lo infinito. Los sentidos. La euforia. El mismo pedaleo de la infancia. El difumino de la vida. El poema que comienza en su espalda. Y una mujer leyendo mi alma.


(Pintura de Harold Knight, "Morning Sun").


lunes, 9 de abril de 2012

Consideraciones sobre el amor y el alma



Lo inefable ronda al ser humano
desde sus comienzos, desde que el amor
engendra su entidad,
desde el nacimiento a una luz que es preludio
e imagen de otro fulgor
mucho más necesario e interior.
El misterio es parte de nosotros mismos
-Rilke pensaba que no podíamos vivir sin ellos-,
es la piedra angular donde se asienta el sentido
y el temblor de una vida que anhela lo absoluto.
¿Qué misterio mayor, por ejemplo,
que el de nuestra libertad?
La inteligencia persigue, en el tiempo,
diversas pistas e indicios que sugieren
una pronta pero siempre insuficiente solución.
Y la voluntad es la gimnasia espiritual
que dota de musculatura a una comprensión
que vacila innumerables veces
en el vértigo de una existencia
que sabemos frágil e incompleta.
Por lo tanto el hombre necesita algo más,
necesita hacerse con la clave que descifre el enigma,
el misterio de tanta inquietud
en medio de un mundo enloquecido
por la oquedad de tantas y tantas palabras.
Ese "algo más"
es el núcleo que nos impulsa e interesa,
que nos lleva a contemplar las cosas con mirada nueva,
con mirada de artista.


Las notificaciones bancarias me dicen lo que no tengo,
pero en el mismo buzón encuentro los poemas
de un amigo (que es lo que de verdad tengo:
la amistad y la poesía).
Y al subir a casa me acuerdo
-¡qué extraños son los recuerdos!-
del temblor que se me ponía en el cuerpo
cuando de novios la miraba (ahora es todo más perfecto
y el temblor es del alma).
Y cuando me disponía a seguir leyendo
una novela de Mamen Sánchez,
resulta que tengo que vaciar el lavavajillas.
Y al llegar a los cubiertos me quedo absorto
en algún punto de mi vida
(creo que se trataba de un río y de unos juncos).


Hay miradas que siempre son azules,
que contemplan la existencia en toda su pureza.
Y desde ese azul diáfano conoce el alma la belleza,
y se entrelaza a otra alma, y se funde
al color naranja, a ese rescoldo de luz y hojas
donde se transparenta el otoño, o un atardecer.
Azul y naranja, en súbita intimidad de gozo.
Esos ojos que aman, ese fuego
que arde en el alma.


¿Y qué hacemos con nuestras vidas?
¿Nos conformamos con lo que hay, con lo que somos?
¿Vamos a seguir mirando hacia otro lado
cuando arrecia la belleza y su responsabilidad?
¿Y qué hacemos con el amor que nos ha sido dado?
¿Amamos, o nos dejamos llevar
por todos esos amagos y naderías?
¿Y qué hacemos con el alma?
¿La seguimos zafando de la felicidad de Dios,
la negamos, la desechamos por vergüenza o cobardía?
¿Y a qué diantres estamos esperando
para dejarnos de excusas
y entrar con decisión en la batalla
por la verdad y la virtud y la poesía?


El amor tiene estas cosas, este sentirnos llamados,
esta sensibilidad que busca
sin descanso esa revelación, esa gracia.
El amor no es que transcurra en nuestras vidas,
el amor las empapa, las transforma,
las vuelve diáfanas.
Y en el sucederse de los días
nos sentimos urgidos por una realidad distinta.
Mejor dicho, nuestra misma realidad
pero con alma. Es entonces cuando indagamos
en las palabras y en el vuelo de un ave
y en la caída de unas hojas.
Y lo invisible sucede. Y el amor contempla,
y suspira, y escucha. La vida,
nuestras vidas, son un puñado de signos
que el corazón va aprendiendo a descifrar
a base de dolor y de paciencia,
y de constancia en la mirada.
La vida, nuestras vidas,
es no andarse por las ramas
de la queja o de la tristeza;
la vida es aprender a amar, y en ese amor
apreciar lo que pasa.


Miro a mi alrededor y sólo veo libros.
Pero busco algo distinto. Algún color,
un brillo, un vestido quizá (con flores fucsias
o amarillas), o el círculo de un anillo...
Busco en el espacio un signo
que me diga: "Guillermo, la belleza importa,
tómala"; e indago
en el tiempo la eternidad
de una mirada que me vea por dentro, y me ame,
sin más, así de pleno.
No me conformo con estos libros.
Quiero los árboles donde crecieron, quiero ese cielo
que flota en el temblor de lagos y almas,
quiero la música de los pájaros en mis ramas,
quiero el regazo de esa pureza de azules y fuego,
quiero ir corriendo hacia el mar, y adentrarme
con mi amor en el horizonte.


Mi vida no es otra cosa que contemplar el cielo.
Mi abuelo me enseñó concienzudamente
las estrellas, y me explicó
que los truenos eran cosa de San Pedro.
Y en el cielo he perseguido el vuelo y la altura
de multitud de aves y hojas,
y la incógnita de platillos volantes, y el rastro de Dios
y de sus ángeles más viajeros,
y la mística de la luz y profecías
y anhelos, y el azul intenso
amante, junto con la nostalgia
de las nubes, y la vida que amanece,
y la inspiración de su belleza.
Desde luego en el cielo hay algo más
que aire y espacio y relámpagos de misterio.
El cielo es la constante referencia de mi alma.
Es mi infancia y la madurez de lo que siento.


Queremos saber. Queremos llegar
a la verdadera sabiduría.
Aquella que nos explique esta inquietud
que sentimos en el tiempo.
Queremos comprender el sentido,
la armonía y los sueños.
¿Qué es lo que ocurre en nuestra vida,
qué es toda esta maravilla que nos abraza,
y qué significa este dolor repentino?
Queremos saber, estar en el secreto
y en esa confidencia
que es la providencia de Dios y su ternura.
¿Qué es lo que pasa, qué son
todos esos poemas y esas caricias de luz
y esta melancolía
que se nos aparece en plena calle?
No acabamos de entender nuestra propia vida,
el objeto de su herida y la perspectiva de su alma.
En realidad lo que queremos es amar.
Ser amantes de la Verdad, sin resquicio
de duda ni de nada.
Esa es la sabiduría, el origen y la razón
de lo que sentimos y somos: el Amor.

Anhelamos ser conquistados por ese Amor,
por esa mirada azul, por esa belleza del corazón,
por esa eternidad de dicha.




(Pintura de Max Liebermann, "Niños jugando en el parque").