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Reflexiones, poemas, escorzos de vida, fe de lecturas, noticias de amigos... No pretende ser un desahogo, más bien un diálogo. Un demorarme en el resplandor de nuestra existencia. Y en su literatura.




viernes, 11 de mayo de 2012

Niños, siempre niños




Una de las muchas cosas buenas que tienen los hijos es que vuelves a vivir en ellos -y con ellos- tu propia infancia e incluso una buena parte de la adolescencia. Cada gesto suyo, cada palabra inocente (o esa protesta o queja recurrente), y la transparencia de cada mirada vivaracha o rebelde, forman un entramado tal de ternura -entre otras cosas- que uno acaba reconociéndose en ellos. En sus juegos vemos volver nuestros juegos. Y algunos que otros sueños que creíamos perdidos. Son los mismos vaqueros y los mismos indios (o lo que se tercie), pero con algunos años menos. La puntería era quizá más certera la nuestra, aunque los movimientos no eran -de eso estoy seguro- tan trepidantes. ¡Cuántas veces acaba uno también en el suelo, galopando hacia el atardecer como Lucky Luke, o derrapando en un estupendo Ferrari, o sobrevolando el universo de la habitación junto a Supermán o el gran Capitán América! Constatamos que la vida pasa, transcurre, pero nada se pierde. Y en lo esencial tampoco hemos cambiado mucho. Seguimos siendo unos niños, y con frecuencia adolescentes adictos a los sueños, y tan consentidos como ellos.