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Reflexiones, poemas, escorzos de vida, fe de lecturas, noticias de amigos... No pretende ser un desahogo, más bien un diálogo. Un demorarme en el resplandor de nuestra existencia. Y en su literatura.




sábado 5 de noviembre de 2011

La realidad de lo que miro




La realidad confunde, desconcierta.
A la entrada de un bar me encuentro con unas gentes
que parecen ser los ciudadanos de Calais, de Rodin.
Y el pelo moreno de esa chica que está allí sentada
son como trazos dispersos de Pollock en el lienzo de la brisa.
El bullicio de la calle es como un cuadro futurista
de Gino Severino, tal es el caos de líneas y colores.

La realidad se nos escapa
o se difumina en indiscriminados deseos.
Quisiera vivir más a conciencia, darme más cuenta
de lo que vivo, a pesar de mis olvidos y cenizas.

Vivir dentro de un paisaje de Corot
y respirar allí dalias, calas y retamas.
O ser el príncipe valiente que dibujaba Harold Foster.
(Serlo justo en el instante en el que el mensajero Hulta
resulta ser una hermosa y herida doncella “de cabellera cobriza”).

La realidad, la realidad. La realidad es la verdad. (Dicen).
Es el sentido de lo que vives y respiras.
Y Flash Gordon resulta que no existe. Pero dudo.
Como dudó Magritte. La luz también duda en su reflejo
y hace que la materia se desmorone en pinceladas concisas
que yo miro como si fueran todas de Monet.

¿Es menos realidad el deseo?
¿Es ilusión todo lo que sueño o escribo aquí?

El alma es la verdadera consistencia de la materia,
la densidad de la belleza
que contemplo y amo cada día.

Y de pronto el cielo se viste de fucsia,
porque a Dios le gusta la pintura de Rothko.
Y la mirada reza, y es más real que nunca la esperanza.
Y la vida, que sueña más vida.