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Reflexiones, poemas, escorzos de vida, fe de lecturas, noticias de amigos... No pretende ser un desahogo, más bien un diálogo. Un demorarme en el resplandor de nuestra existencia. Y en su literatura.




martes 22 de noviembre de 2011

Fragmentos de vida II




Vivo como todos, entre 'la realidad y el deseo', entre el desvivir y los sueños, entre el alma y el cuerpo, entre la prosa y el verso...

Hay escritores, es cierto, que escriben justo lo que habíamos pensado, o pensamos, o estábamos a punto de pensar. O hasta puede que piensen por nosotros. Y eso nos satisface. O satisface a muchos. Porque pensar en condiciones cuesta. Escritores hay que escriben lo que sufrimos habitualmente. Otros, los sentimos tan cercanos que parece que nos respiran, que los tenemos dentro. Los lectores asiduos gozamos de esos cuantos escritores que releemos y que nos hacen sentir bien, o un poco mejor, tampoco exageremos. Les damos vueltas por placer, o porque además nos han salvado el alma de algún destrozo. Y con los años vamos reescribiendo esa novela o esos cuantos poemas (o dichos textos nos van reescribiendo a nosotros). Son esos escritores que ya vemos como nuestros.

Cada persona es la historia de una soledad, a la expectativa del corazón y de la esperanza.

El hombre necesita con urgencia de las cosas del cielo si es que quiere vivir con intensidad y gozo las de la tierra.

Con los años he llegado a pensar que el tiempo no existe. A base de poesía y de amor vas cobrando altura, y la mirada sabe que la vida, tu vida, se mueve en una distinta dimensión. No importa la apariencia, ni importan lo que digan los espejos. La verdad es la del corazón, y el amor no se mide en ninguna cronología. La vida: esa constante escalada hacia la cima desde donde se contempla la panorámica de Dios.

Me fijo en el reflejo de un cristal. Un reflejo apenas visible. Y luego la mirada va recorriendo las paredes y techos hasta llegar a unos periódicos de los que no leo nada. Llamadas, correos y el atasco de un poema a medias. Hace un momento me he asomado a la calle para ver el color naranja de los árboles, e inspirar la infancia en la que me ha dejado la lluvia. Echo de menos aquella inocencia, y el gozo de meterme en los charcos y dar puntapiés a un balón cualquiera. Pero aquí estoy, en esta mesa y en este año del Señor de 2011, refugiándome en algunas palabras y en algunos reflejos.

Nadie da lo que no ama.

Toda gran obra antes de convertirse en realidad es un sueño. Todos los hombres más notables han sido grandes soñadores.

Si guardamos todos los recuerdos, y esa inmensa cantidad de viejos recortes del pasado, apenas nos va a quedar sitio para el día a día.

El otoño. ¿Qué decir cuando ves la vida en esa caída de sus hojas y en esa resurrección que es su belleza? ¿Qué decir de esos colores que se adentran en la mirada y brillan y sueñan tu alma? El otoño no es una estación, ni un simple estado de melancolía. El otoño es cuando Dios más nos ama, es dádiva infinita, es la morosa luz que nos despoja de mentiras.

El otoño. ¿Qué decir cuando ves la vida en esa caída de sus hojas y en esa resurrección que es su belleza? ¿Qué decir de esos colores que se adentran en la mirada y brillan y sueñan tu alma? El otoño no es una estación, ni un simple estado de melancolía. El otoño es cuando Dios más nos ama, es dádiva infinita, es la morosa luz que nos despoja de mentiras.

El misterio está en todas partes, en cada novela, en cada poema. El misterio nos rodea, como la luz o la noche, y es la misma esencia del ser humano. ¿Qué mayor misterio que el amor, sin ir más lejos? Toda vida y toda literatura se conjugan desde lo misterioso. Un ir descifrando lo que ocurre. Esas pistas y esos enigmas que se reiteran en nuestras vidas, que insisten, que no nos dejan. Vamos viviendo y vamos leyendo en un intento de dar con lo que nos trasciende. O al menos con un poco de felicidad. El asesino suele ser el tiempo. Va dejando muertos como si nada. A ti mismo te sorprendes a veces diciendo: “estoy muerto”. Hastiado, agotado. Y flaquean las coartadas. Y el alma se queda a la intemperie. Intentas leer un libro, pero lo dejas, porque con frecuencia no te crees la literatura. Te falta fe en las palabras. Dios mío, ¿en qué misterios me pones? Pero tomas otro libro de la mesa, puede que por hábito, porque no puedes tener las manos -o será el alma- sin hacer nada.

Dios mío, y yo sin las palabras oportunas que llevarme al alma para decirte la maravilla que es Tu Amor en otoño.