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Reflexiones, poemas, escorzos de vida, fe de lecturas, noticias de amigos... No pretende ser un desahogo, más bien un diálogo. Un demorarme en el resplandor de nuestra existencia. Y en su literatura.




martes 18 de octubre de 2011

Un centurión romano, poco antes de morir en batalla, escribe su última carta desde Hispania




Estoy rodeado de relámpagos
que alumbran la noche de Hispania.
Desde mi lecho de campaña escucho la lluvia
y el aullido del lobo.

Estoy inquieto y solo. La luna no está
y tengo miedo de morir mañana,
de que se abran mis entrañas
en un certero golpe de lanza,
o que el vuelo de una flecha atraviese
el cielo y mi garganta.

Amada mía, lo reconozco, tengo miedo
de ser cobarde;
de dar mi último aliento en esta tierra salvaje,
en este barro mezclado con sangre.

En este instante repaso mi vida,
y siento un vértigo que no sé como explicarte.
Me falta tu cálido cuerpo, tus piernas
alrededor de mi cintura, y esas manos en mi alma.
Me falta el valor de tu amor, tu presencia.

No sé si mañana seguiré vivo,
o habré ya muerto a ti, mi vida.
Y este pensamiento me llena de horror,
de un vacío que no me deja conciliar el sueño.
¿Qué hago yo aquí Lidia? ¿Qué hago
en esta tierra inhóspita?
Nada me consuela.

¿De qué me sirve ahora la poesía
de Horacio o de Virgilio,
o el mármol sagrado de Roma?
Estoy solo. Rodeado de enemigos
que son peores que alimañas.

Lidia mía,
apenas veo la tablilla en la que escribo,
y la humedad y el frío
son como un anticipo del hierro
de la muerte.

¡Si mis hombres supieran que tengo miedo!
Pienso en nuestra casa y en nuestros hijos.
Pienso en la biblioteca y en los amigos.
Pero sobre todo pienso en tus hombros desnudos
y en la caricia de tu espalda...

Me conforta imaginarte así,
dispuesta a entregarme tu ser por completo,
haciendo realidad mi vida.
Quiero ser digno de ti,
luchar hasta el final, ser valiente.

Ya está, ya llega la hora.
Los centinelas han dado la voz de alarma.
Dentro de un rato estaré luchando por ti,
que eres lo único que me importa.

Y si muero,
moriré por ti, Lidia,
sólo por ti. Te lo prometo.
Porque para mí sólo tú eres Roma.