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Reflexiones, poemas, escorzos de vida, fe de lecturas, noticias de amigos... No pretende ser un desahogo, más bien un diálogo. Un demorarme en el resplandor de nuestra existencia. Y en su literatura.




sábado 15 de octubre de 2011

El corsario Negro (o yo mismo por estas calles)




Es difícil asaltar la fortaleza de Maracaibo,
que se proyecta tantas veces en la vida.
Llegar hasta allí por sorpresa
-atravesando la selva
y la salva de proyectiles-, es casi un imposible.

Emilio di Roccanera, signore de Ventimiglia,
es un hombre sumamente inteligente,
de ánimo voraz e implacable.
Aún escucho el estallido de las olas,
las voces del capitán alertando de los bajíos,
a bordo del Rayo. Siempre adelante, siempre adelante.

– “¡Recoge la vela maestra y la gavia,
bracea el trinquete, tensa la vela cangreja!”.
Al abordaje de sus sueños (de mis sueños) y de la sangre.
Tiene que consumar su venganza, cueste lo que cueste.

La selva es muy espesa. Los machetes se abren paso
con dificultad, dando mandobles a las tinieblas.
Los hombres se cansan y juran
y dudan del buen juicio de su jefe.

El barro hace muy lenta y cansina la vida.
Es desesperante. Apenas se ve el sol
o las demás estrellas.
Cuesta diferenciar la noche del día
en aquel infierno vegetal; plagado de insectos,
de sinuosos reptiles, y de esas fieras
que se agazapan en la noche del alma,
cuando el miedo cobra forma de pesadilla
y nada pueden hacer las espadas.

La muerte y su posibilidad
se ciñen a cada movimiento.
Los músculos se tensan. El sudor empapa
la piel curtida de sus rostros, que brillan.
Escupen y maldicen una y mil veces su suerte.

Ningún jaguar o yacaré o veneno podrá detenerle
(ni podrá detenerme).
Ni la intrincada vegetación, ni las arenas movedizas.