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Reflexiones, poemas, escorzos de vida, fe de lecturas, noticias de amigos... No pretende ser un desahogo, más bien un diálogo. Un demorarme en el resplandor de nuestra existencia. Y en su literatura.


jueves 10 de marzo de 2011

Lectura obligada: "El mundo de ayer (memorias de un europeo)", de Stefan Zweig




A Stefan Zweig (1881- 1943) le tocó vivir una época realmente apasionante y trágica, de una intensidad histórica sin precedentes. El esplendor y la decadencia de toda una civilización. Nació en una ciudad, Viena, donde existía una verdadera pasión por la cultura, por la educación, por la seguridad, por la mesura. “Uno no era auténticamente vienés sin el amor por la cultura”, señala. El resultado era -y fue- realmente espectacular. Podemos apuntar autores como Altenberg, Schnitzler, Hofmannsthal, J.Roth -el autor de La marcha de Radetzky-, Trakl y Hermann Broch. O críticos como Bahr o el ácido Karl Kraus. Sin olvidarnos de Robert Musil, que testimonia en su obra, de forma eminente, la ruina de esta misma cultura. Y esto sólo por lo que respecta a la literatura, a la que Zweig se dedica desde muy joven “en cuerpo y alma”. Es un lector excepcional. (“Y, sobre todo, leíamos, leíamos todo lo que nos caía en las manos”). Pero un lector que desconfía del mundo académico, que de por vida sigue el axioma de Emerson “según el cual los buenos libros sustituyen a la mejor universidad”, en la cual ya señala una masificación que deshumaniza. Su pasión por el lenguaje se va acentuando, y los hombres que más le fascinan en este mundo serán Rilke (“el silencio surgía a su alrededor”) y Hofmannstahl (de “una maestría inigualable”). Aunque es evidente, por ejemplo, la influencia que recibe de Freud y su psicoanálisis. Basta leer novelas como La confusión de los sentimientos o Amok.

A lo largo del libro van desfilando personajes que él admiró y de los que aprendió de una manera o de otra. Su obra les debe mucho. Los reseña con agradecimiento. Theodor Herzl, el poeta francés EmileVerhaeren, el traductor de Whitman al francés Léon Bazalgette, Rodin, W.B. Yeats, Walther Rathenau -que le estimuló “para ir más allá de Europa” y que, en cierta ocasión, le diría una frase de la que muchos podrían aprender: “La literatura es una profesión fantástica, porque en ella sobra la prisa”-, y Berta von Suttner, Romain Rolland, Gorki, Valéry, Gide y muchos más. Un entramado eminentemente literario, pero que no se puede entender del todo sin señalar su pasión por la música. También irán apareciendo, en estampas cuajadas de vida y literatura, las diversas ciudades que visita. Es innegable su evidente vocación cosmopolita, así como su arraigada fe en la unidad de Europa. Fe que, a pesar de sufrir dos guerras mundiales, nunca desfalleció.

El mundo de ayer (Die Welt von Gestern) de Stefan Zweig, traducido por Joan Fontcuberta y Ágata Orzeszek y editado por Acantilado, es un libro muy de hoy, una novedad constante. Manifiesta el testimonio de un espíritu trágico, mejor dicho, de un espíritu para el que “las pruebas son un reto”, para el que “la persecución fortalece y el aislamiento eleva”. La honda raíz moral de estas páginas hace que el lector perciba en él un ejemplo a seguir, con una serie de claves que ayudan a descifrar y analizar nuestra propia realidad de principios del siglo XXI. El autor de Veinticuatro horas en la vida de una mujer intenta reflejar esta realidad, quiere dar fe de todas estas personas y circunstancias, de las luces y sombras de una época -la primera mitad del siglo XX- que siendo trágica conoció sin embargo un florecimiento creativo sin parangón. Y lo hace con primor y rigor, con verdad, con sencillez, huyendo siempre de lo accesorio. “Me irrita toda facundia, todo lo difuso y vagamente exaltado, lo ambiguo”. Por ello su estilo es conciso, ameno, dinámico, cautivador desde la primera hasta la última página.

En este libro Zweig no sólo describe la época que le tocó vivir, esa decadencia espiritual de todo un mundo (pese a su auge intelectual), ni tan sólo trata de escribir una de las más perspicaces y agudas autobiografías que uno haya leído nunca. El mundo de ayer, sobre todo, reivindica la gran literatura, el magisterio de una cultura de la excelencia que nos redima de tanto horror, de tanta mediocridad. Ayer, hoy y siempre. “La calidad suprema como única medida válida”.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Admirable libro. Tiene toda la razón. En él se aprende y da la sensación de que volvemos a pasar por circunstancias muy similares.

Ah, quería decirle que me he leído los cuentos de lo extraño de Aickman. Ho ho ho!!! Me he quedado con las ganas de más.

Charo Quintero.

Clinsor dijo...

Leo cada día su "escritorio" aunque no suelo participar demasiado en los comentarios.

En esta ocasión es imposible no hacerlo, descubrí a Zweig por casualidad no hace demasiado tiempo, desde entonces he leído (comprado) prácticamente todo lo que está publicado (desde aquí mi gratitud eterna a la editorial Acantilado), por suerte este fue el primer libro suyo del que tuve noticia, todo un descubrimiento, en los últimos tres años lo he leído otras tantas veces y me sigue pareciendo tan fascinante como la primera vez.

Gracias por hablanos de él, un saludo cordial y mucho ánimo para seguir iluminándonos con sus reseñas.

Anónimo dijo...

Y después de todo, de tanto libro genial, ¡qué final tan triste su vida!

Urbizu, reciba mis felicitaciones por su página. Suso.

Anónimo dijo...

Es con lo que más disfruto: con las memorias y biografías. También los diarios (el de Andrés Trapiello es espectacular, un prodigio literario).
Pero no he leído El mundo de ayer. Prometo enmendarme y hacerlo muy pronto.
Gracias. Emilio.