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Reflexiones, poemas, escorzos de vida, fe de lecturas, noticias de amigos... No pretende ser un desahogo, más bien un diálogo. Un demorarme en el resplandor de nuestra existencia. Y en su literatura.


domingo 6 de marzo de 2011

“La balada del viejo marinero”, de S.T.Coleridge



Me acabo de reencontrar este libro entre los estantes de mi biblioteca. Lo releo sin prisa. Me llaman, preguntan por mí, pero yo sigo leyendo -impasible, completamente abstraído- esta canción, esta balada que Coleridge recuperó en su ritmo de cuatro tiempos (junto a Walter Scott, con sus Poemas de la frontera escocesa, de 1802, y sus Ballads and Lyrical Pieces, de 1806).

A Samuel Taylor Coleridge (1772-1834) la siempre concienzuda historia de la literatura lo enmarca entre la pléyade de poetas y escritores del romanticismo inglés, que influyó determinantemente en el resto de Europa y es origen de toda una muy pujante tradición. Siempre se ha considerado que la puesta de largo de esta nueva sensibilidad fue la publicación en 1798 -el mismo año en que se escribió The rime of the Ancient Mariner-, de las Baladas líricas de Coleridge y Wordsworth, tan esupendamente editadas por Cátedra. (Jaime Siles ya tradujo, en 1976, a este último). Los dos poetas citados pertenecen a una primera generación romántica. Byron, Shelley y Keats a una segunda, para nada inferior. William Blake estará entre las dos -verdadero outsider-, que apenas tuvo repercusión entre sus contemporáneos.

Coleridge escribió lo mejor de su obra en poco más de un año, entre 1797 y 1798. La inconclusa Crístabel -que remató en 1800-, Kublai Khan -que es fruto de una lectura y de un sueño, de la lectura de un sueño- y La balada del viejo marinero, (minuciosamente editada por Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores, incluso con ilustraciones de Gustavo Doré). Toda su vida anduvo preocupado por su poca fecundidad poética. Pero lo que nos dejó produce un continuado asombro. Tras la lectura de la Balada -emblema estético del romanticismo inglés- la natural inquietud del lector, que sabe que está ante una de las obras clave de la poesía universal, se ve colmada por una consciencia que le lleva mucho más allá del texto que acaba de leer. La expectativa que se pudiera tener antes de su lectura percibe o intuye algo que se le escapa. Lo que hemos leído no es sólo retórica brillante o floreciente imaginación. Tampoco tormentosa filosofía o pensamiento deslumbrante. Hemos asistido a algo distinto, algo que queda muy lejos de los artificios del lenguaje o de una razonable dicción. Parece un texto escrito a pesar del poeta mismo -poco hay aquí del esfuerzo intelectual que para él parecía presidir toda poesía y que le obligaba a ejemplificar en su propia obra poética sus continuos alegatos teóricos-, un texto que está más cerca de lo revelado que de cualquiera otra circunstancia.

Sin duda nos encontramos ante el poema visionario por excelencia. Pudiera pensarse que su adicción al opio explica en gran parte el resultado. O que siempre se vio inclinado a lo sobrenatural -él mismo teorizó en algunos apuntes sobre el tema-. Dice Jaime Siles en su impagable prólogo: “La emoción que produce es del espíritu y a la vez de la mente, y en ello radica el misterio de su textualidad: en que trasciende lo real tanto como ilumina lo terreno (...). Coleridge humaniza lo sobrenatural de la vida al trascenderlo y convierte una escena de la fantasía en un cuadro de la realidad”. Porque detrás de este poema hay muchas cosas: una asunción a la simbología de la naturaleza como cifra de todo su vivir (la importancia del simbolismo en el poema es grande, y su atmósfera nos anticipa el Viaje de A. Gordon Pym de Poe o el Moby Dick de Melville), una experiencia del dolor y de la soledad humanas en el límite de la consciencia, una búsqueda de su propia y personal identidad -lo señaló Silva-Santisteban- que se explicita en la tragedia, una interiorización de su propia muerte y juicio en la que el poema actúa como resurrección y catarsis, una fe en la poesía que manifiesta la necesidad de contar y cantar para no olvidar, un viaje iniciático que no busca otra cosa que la verdad -con una clara pedagogía moral- y, también, una experiencia religiosa de primera magnitud. El poeta queda ensimismado en su visión y ensimismado queda el lector por este texto que es alegoría de una realidad trascendida y trascendente. Una intención alegórica que pese a todo no termina de explicar su significado, el misterio que lo vertebra.

La traducción que hace Siles es digna del gran poeta que él es. Hay versos que parecen superar al original, como por ejemplo cuando en la parte II y en sus versos 27 y 28 traduce “Fue horrible: hablamos por romper / el silencio del mar con la palabra”. La traducción es bastante literal, con voluntad de conservar la rima, empresa de por si difícil en un poema de 625 versos (que siempre ha sido traducido en prosa o verso libre), aunque en algunos casos haya necesitado de cierta apoyatura fónica. Y la prueba de fuego del éxito de esta versión es precisamente la emoción que transmite al lector. En fin, un libro que ningún amante de la mejor literatura se puede perder.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Hay tantos libros que no me puedo perder, tantas películas, tantos espectáculos, tantos lugares, tantas sensaciones, tantas experiencias, que empiezo a pensar si de verdad puedo o no puedo perdérmelos o simplemente debo perdérmelos.

Anónimo dijo...

Da gusto leerle y leer sobre autores tan requetenecesitados de ser leídos.