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Reflexiones, poemas, escorzos de vida, fe de lecturas, noticias de amigos... No pretende ser un desahogo, más bien un diálogo. Un demorarme en el resplandor de nuestra existencia. Y en su literatura.


sábado 12 de marzo de 2011

"El silencio de los libros", de George Steiner



(Seguido de "Ese vicio todavía impune", de Michel Crépu.)



El silencio de los libros. Su lectura. El diálogo constante con el significado de las palabras. Las emociones del alma. La opción del pensamiento, de la imaginación, de la historia, de los sueños. El hombre recogido en medio de si mismo. Siguiendo la búsqueda, el ritmo. Los libros: tan vulnerables, tan indestructibles. Páginas, líneas, tinta, tacto, ser. Esa fuerza, esa trascendencia, ese viaje. Toma de conciencia, estudio, la forma de sacar alguna conclusión a la existencia. Sondear la profundidad de lo que ocurre o de esa transparencia que está en el aire o en esa mirada que se cruza contigo. Silencio. El silencio de los libros. El silencio de los vivos. El amor, la nostalgia, la épica del deseo. La semilla, el descanso, la idea, el acero de la batalla, el dolor que se desangra. El silencio y su don. Los libros y su don. La vida: un relato, un poema. Un más allá de todo esto. Y la historia que nos deja. Y lo que nos queda. La vida: el lenguaje que somos, y la escritura que nos cuenta y canta lo que sentimos, el desasosiego frecuente, el afán de comprender el derrotero del tiempo y lo que se tercia… El silencio de los libros: ese fijarse más en las cosas, ese no quedarse solo, ese querer saber. Dice Steiner: “La escritura dibuja un archipiélago en las vastas aguas de la oralidad humana”. Es una manera de subrayar la vida, de recalcar los asuntos más cruciales que nos pasean por el alma. Y por la razón, y por esas ganas de contemplar a nuestro antojo lo que el hombre sueña. ¿Qué es primero? ¿La vida o los libros? ¿Pero qué son los libros sin la vida? ¿Y los libros qué aportan? ¿Es necesario elegir una cosa u otra? Mi vida no es posible sin el amor a los libros, sin las confidencias de los libros, sin el tacto de los libros (recuerdo Tocar los libros, de Jesús Marchamalo, editado por Fórcola). Los libros son algo más que una invasión de espacio. Son una manifestación evidente de la arquitectura espiritual del hombre. De sus cimientos y de su altura, de su proyección de la mirada y de la densidad de la luz. Esa nueva perspectiva que necesita cada uno.

No sé. Steiner en este breve ensayo que es El silencio de los libros (Siruela) conjuga la historia del libro en distintas manifestaciones. Su supuesta fragilidad, su sentido, su época dorada, su alcance, su defensa de la barbarie, su escándalo, su desorbitada edición actual, las amenazas que lo acechan, las profecías que lo hacen desaparecer de la faz de la tierra. Existe toda una ingente literatura sobre el presunto fin de los libros (El fin de los libros es el título de uno excelente que escribió Octave Uzanne, y que ha publicado Gadir entre nosotros). Pero de lo que se trata aquí, una vez más, es del amor al libro. Todo parece volverse en su contra. Hasta el incremento exagerado del número de títulos, con el predominio del comercio y de la mercadotecnia sobre la calidad literaria. Steiner reflexiona, cavila. No parecen buenos tiempos para el silencio, para los libros. Reina el ruido, la dictadura de la imagen, la virtualidad, la laxitud, la molicie espiritual. Hay en su tono una melancolía. Ese milagro que supone tener en las manos un libro ya no se valora apenas. Pero sobre todo hay en su texto un análisis y una síntesis de la historia de la lectura, y una descripción concisa y muy pensada de la desculturización, de la deseducación...

Y complementa el librito un ensayo de Michel Crépu de sugerente título: Ese vicio todavía impune. Todo un homenaje. Sin grandes palabras: no le gustan. El testimonio de ese chiquillo que se va al fondo de un jardín a leer. Él mismo, o Proust, o el propio lector. Y allí la revelación de todo lo que supone leer. Y escribe maravillosamente Crépu: “¿Qué es la literatura? Un lugar que no es un lugar, un tiempo que el tiempo no cuenta, una lengua que no es el lenguaje”. Ese placer por el misterio, por lo secreto, por los enigmas, por los sentimientos. Esa sed, ese amor, esa necesidad de que alguien precise poner por escrito su alma o su pensamiento o su imaginación. Y ese otro amor y sed y necesidad de que haya alguien que requiera leerlo. Pero, ¿quién se demora hoy en la meditación de una idea o de un pensamiento o de un acto de belleza? Prisas, angustias, saturación de información, la inmediatez de todo, la necesaria falta de aburrimiento, de paciencia, de silencio, de estudio. ¿Dónde está ese “chiquillo que corre a refugiarse a la sombra de una cabaña con su libro”? “Al niño actual ni se le ocurre meterse en su habitación a soñar despierto, abrir una novela por cualquier página, dejarse hipnotizar por el misterio de los caracteres”. Entre otras razones porque no le dejamos tiempo. ¿Y para cuándo la experiencia de la soledad, de sus propios sueños, de las aventuras y conquistas que jalonan la infancia y la adolescencia o juventud? Es decir, los prolegómenos de lo que serán nuestras vidas.

Un libro para replantearse cosas. Se trata del futuro del libro, se trata del futuro del hombre.

2 comentarios:

Jota Mate dijo...

“Al niño actual ni se le ocurre meterse en su habitación a soñar despierto, abrir una novela por cualquier página, dejarse hipnotizar por el misterio de los caracteres”. Entre otras razones porque no le dejamos tiempo...

¡¡¡EXACTO!!! Somos la peor generación de padres y educadores de toda la historia de la humanidad. Tenemos valores ¿dónde están en los chicos que vemos por la calle? ¿o en nuestra misma casa?
Los valores de nuestros padres sí que los interiorizamos bien. Ellos sí educaron bien, con austero ejemplo.

¿Que se aislen a leer un libro? Hombre sí, Harry Potter.

Anónimo dijo...

Quiero leer este libro. Waldo.