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Reflexiones, poemas, escorzos de vida, fe de lecturas, noticias de amigos... No pretende ser un desahogo, más bien un diálogo. Un demorarme en el resplandor de nuestra existencia. Y en su literatura.




jueves 17 de marzo de 2011

De cuando en cuando releo a John Donne



Y es que la poesía depara gratificantes reencuentros, momentos que uno bien puede calificar como de únicos y excepcionales. Instantes que van más allá del tiempo y de sus avatares, de los signos y de sus mecanismos. El lenguaje poético es como el envoltorio del misterio donde percibimos lo más íntimo de nosotros mismos, nuestra individualidad más nítida, aquella mirada original, limpia. Y la experiencia de la vida. Mientras la lectura avanza una magia maravillosa despliega nuestra propia significación, y la memoria encuentra acomodo en lo que descubre su visión. Nos sentimos reconocidos, amparados, comprendidos. En un poeta del XVII podemos llegar a atisbar mayor contemporaneidad que en muchos otros, tan postmodernos ellos. Es lo que diferencia el poema vivo del poema artefacto. Y John Donne (Londres, 1572-1631) es uno de estos casos. Haga el lector la prueba. Y lo releo a Donne en el libro Cien poemas, traducido nada menos que por Carlos Pujol y editados en Pre-textos. Son poesía en estado puro, sin calificativos, donde el poeta trata de lo divino y de lo humano; experiencia que se poetiza desde la meditación, desde una ironía angustiada, pero también desde un erotismo latente y con un humor refinado. Nada es trivial. “Para saber cuán grande es el amor / se requiere presencia, pero sólo / la ausencia prueba cuánto va a durar”.

La muerte, el amor y la religión conforman el ramaje principal de una espesura conceptista y brillante. Pero cada hoja, cada poema, nos asombra de manera distinta. Su rumor quiere ser diálogo con el que lee, encabalgando un ritmo apropiado para dicho menester. Y todo ello con voz muy directa, biografiando con ingenio su propia alma. “Rey del virtuosismo poético”, señalará Pujol. Pero es mucho más que eso. Octavio Paz, en el breve ensayo “Un poema de John Donne”, incluido en su libro Puertas al campo (1966), sintetizará muy bien la vida y la obra de Donne: “Fue siempre el mismo hombre. Mejor dicho: la misma dualidad. Ser de pasión y reflexión: vive y se mira vivir. El tema constante de sus meditaciones fueron su vida y su muerte. Se ve como si fuera otro; y se ve con tal lucidez y pasión como si ese otro fuese él mismo”.

Sobre Donne y su obra muy pronto cayó el baldón de “metafísico”, por entonces algo peyorativo y que hoy más parece un elogio. Dryden (el primer poeta laureado) y el doctor Johnson despreciaron lo que no comprendían, ley que se cumple inexorablemente a lo largo de la historia, sea o no literaria. Entre Milton y sus rancios epígonos se perdió el paraíso de una poesía considerada en su tiempo como menor y que hasta no hace mucho era leída por pocos. Pero su acento dramático; su pulso elegíaco de lo concreto; su aliento poético, para algunos incluso místico, no pasaron desapercibidos a gentes como Pedro Salinas, Jorge Guillén o Luis Cernuda. Este último lo llamará poeta de “expresión libremente inspirada”, y en su libro Tres poetas clásicos (1941) sugiere: “Sería curioso relacionar nuestra poesía mística, y nuestra poesía gongorina, con el grupo de poetas metafísicos ingleses del XVII: Donne, Herbert, Crashaw, Marvell, Vanghan y Traherne. ¿Existiría entre unos y otros algo más que afinidad fortuita?” Donne era coetáneo de nuestros Bocángel, Quevedo o Villamediana, sabía español a la perfección, y en su biblioteca nos consta que eran muchos los libros escritos en nuestro idioma.

Cien poemas contiene canciones y sonetos, elegías, epigramas -“Nunca van tus pecados a igualar tus cabellos, / tus pecados aumentan mientras pierdes el pelo”-, y una varia representación de su para mí fundamental poesía religiosa (sonetos sacros, letanías e himnos), sin perderse la certera Introducción y el no menos jugoso Epílogo. Un libro para demorarse. La edición es manejable y clara, la traducción atinada, y su lectura el recuerdo de aquella extraordinaria versión de Víctor Pozanco en 1973, o la relectura de Poetas ingleses metafísicos del siglo XVII que tradujeron y recogieron allá por 1970 Blanca y Maurice Molho, y que reeditó Acantilado en el 2000.


(Otras dos buenas traducciones de John Donne son las publicadas por Hiperión, Canciones y poemas de amor -Gustavo Falaquera-, y por Cátedra, Canciones y sonetos -Purificación Ribes-.)

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Es un poeta del siglo XVI creo y que parece de aquí al lado.

No conocía esta edición. Saludos y gracias.

Lourdes Cano.

Anónimo dijo...

Me gusta mucho la forma que tiene de hablar de los libros.
Marta.

Anónimo dijo...

Pues yo a Conan Doyle.

Anónimo dijo...

Quiero leer este libro. Pepe.