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Reflexiones, poemas, escorzos de vida, fe de lecturas, noticias de amigos... No pretende ser un desahogo, más bien un diálogo. Un demorarme en el resplandor de nuestra existencia. Y en su literatura.


miércoles 2 de febrero de 2011

“La tentación del fracaso", diario personal (1950-1978), de Julio Ramón Ribeyro. (Una relectura)


Nos pasamos la vida, reconozcámoslo, preguntándonos sobre el sentido de cada uno de nuestros actos. A pesar del ruido y de la prisa, a pesar del espejismo pragmático que nos rodea; a pesar incluso de nosotros mismos, queremos ver, alcanzar la entraña de las cosas. En este empeño sufrimos, efectivamente, la tentación del fracaso, del desánimo, del desasosiego “pessoano”. Nuestra existencia es puesta en vilo por el tedio, por el miedo, por la costumbre. Lo cotidiano nos arrastra, nos sumerge en un caleidoscopio donde el destello de nuestros deseos y sueños se confunde con lo febril de nuestra realidad. Cada vida es única e intransferible, un discurrir en el que pasado y futuro convergen en el tenaz empeño que es todo presente. Un presente preñado de vericuetos y laberintos, de trampas, palancas y mecanismos que hacen francamente difícil alcanzar un poco de felicidad. Somos memoria, pero también olvido. Es por eso por lo que algunos hombres escriben: para no perderse del todo, para no olvidar que un día su propia vida pudo ser verdad. Y todo esto es lo que uno se encuentra en la obligada reflexión que provoca la lectura y relectura de La tentación del fracaso, del escritor peruano Julio Ramón Ribeyro (1929-1994).

La aparición de estos diarios, inéditos en España hasta la publicación en Seix Barral, supone un auténtico acontecimiento editorial. No es frecuente, en la avalancha de libros intrascendentes que nos ahogan, encontrarse con algo así, tan literariamente hermoso, tan verdadero. El gozo intelectual está asegurado. Pero el lector aplicado sabrá descubrir que el diario va más allá. Ribeyro lo llama “diálogo interior”. Se sabe en la encrucijada de su responsabilidad, aunque una y mil veces la “frivolidad de la bohemia” le ciegue y paralice el alma. Su escritura cartografía palmo a palmo una existencia -la suya, pero también la nuestra- que anhela, que busca, que intuye, que bebe, que lee, que sufre, que viaja. Lima, París, Madrid, Munich, Amberes, Berlín... La vida como viaje, y el diario que imprime cierto orden en su confesada pasión por el desorden. Un diario que es el índice de su obra -lean sus cuentos por favor, los tienen en Alfaguara-, un cuaderno de bitácora que nos deja constancia de su forma de trabajar, de sus lecturas y amigos, de sus apasionados amores, de su enfermedad, de toda una cosmovisión que traduce e interpreta nuestro mundo.

José Miguel Oviedo -en la edición española de Prosas apátridas (1975), de Tusquets, que luego han sido reeditadas por Seix Barral- escribió que “todo, o casi todo, en la vida de Julio Ramón Ribeyro ha ocurrido como tratando de destruir al escritor que hay en él y nada, sin embargo, ha logrado destruirlo”. Pero la escritura de estos diarios demuestra que tras esa apatía, desgana y enfermedad se oculta el pulso de un hombre de acción, de un espíritu inquieto e intuitivo, ávido y voraz. La tentación del fracaso es la búsqueda de una redención, a través de una obra que se constituye como entidad moral. Hay en todas estas páginas una ascesis expresiva, y también vital, un desprendimiento de sí mismo, en pro de lo que realmente le importa: la perfección de su escritura. “El gran escritor –anota un 22 de marzo de 1977- no es el que reseña verídica, detallada y penetrantemente su existir, sino el que se convierte en el filtro, en la trama, a través de la cual pasa la realidad y se transfigura”.

Todo esto nos lo explican muy bien Ramón Chao y Santiago Gamboa en sus respectivos prólogos. Y el lector encontrará en cualquiera de estas páginas algo que le sorprenda, que le desvele, que le sugiera, que le emocione. Llama la atención su querencia por los diarios íntimos, a los que dedicó años de estudio y atenta lectura. Manifiesta su preferencia por los de Amiel, Jünger y Kafka (pág.606). Y en un apunte de 30 de setiembre de 1955, en París, escribirá: “Creo haber encontrado la razón intrínseca de los diarios íntimos: tenerse a sí mismo por interlocutor.” No en vano son la historia de una soledad, y de una coherencia. Nosotros, lectores, le escuchamos con embeleso, conscientes de encontrarnos ante un buen escritor, ante uno de los más grandes. Compruébenlo.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Para mí es una certeza; escribir es principalmente un ejercicio personal, para uno mismo, para explicarse el mundo, para ordenar ideas y sentimientos, para entenderse. Y escribir pasa a ser una necesidad cuando no se tiene otro interlocutor.

Jota Mate dijo...

"Es por eso por lo que algunos hombres escriben: para no perderse del todo, para no olvidar que un día su propia vida pudo ser verdad".
Esta es una razón fundamental, otra puede ser para permanecer. Incluso una vez muertos. Es una fórmula que se repite en la historia de la humanidad. Sobre todo en los no creyentes, aunque quizá también en los que creemos. No sé.

Anónimo dijo...

¿Cómo haces para leer tanto? Luis Quintero.

Anónimo dijo...

Lo que más me gusta de este blog es esa pasión por todo. Por los libros y por su mujer (supongo que el orden es según y como, jajajajaja), por la vida entera y por Dios (sin esconderse)...
Me gusta este blog porque me siento completamente identificado con todo lo que cuenta. Con esa pasión con lo que lo cuenta.

Ramón E.G.