Bienvenidos

Reflexiones, poemas, escorzos de vida, fe de lecturas, noticias de amigos... No pretende ser un desahogo, más bien un diálogo. Un demorarme en el resplandor de nuestra existencia. Y en su literatura.


martes 22 de febrero de 2011

Fantasía biblioromántica de un obstinado biblioromántico




Leía un libro editado en mil setecientos y pico. Y acariciaba el papel fibroso y el cuero gastado. Y pensaba en quién compraría ese libro por vez primera. ¿Una dama o un caballero? Quisiera pensar en una dama, que se disponía a partir de viaje o que se aburría, sencillamente. Como yo. Sentí su emoción al comprarlo, y sus manos en donde están ahora las mías. Es curioso como uno puede percibir una caricia al cabo de unos siglos. Los delicados dedos de la dama curioseaban entre las páginas entonces recién impresas, y se iban entrelazando con los míos. Leía a solas en su casa. Y yo con ella. Dejaría el volumen en su mesilla o sobre su vestido de seda o muselina o gasa. Y yo que la miraba, quiero decir que miraba el libro cada vez más de cerca. Leía unas pocas palabras y palpaba su piel con filigranas…, y me fijaba luego en lo blanco del papel, y sobre él su mano aún más blanca todavía. Caligrafía fina la de sus venas, y esas yemas de los dedos que sujetaban la página en un tierno embeleso. Y ese beso que quizá dejó como glosa en algún margen del tiempo, y que yo busco, o sueño que encuentro. En el libro estamos juntos, soñamos juntos. O lo más probable es que todo el sueño sea sólo mío. Pero me resisto, no puede ser. Aquí estuvo ella, aquella dama de mil setecientos y pico. Lo sé. La sé. Siento el tacto de su melancolía en estas páginas que han sobrevivido a los más inciertos avatares de la vida. Por algo llegó este libro a mis manos. Por algo sería. Quizá ella, la dama, me soñó a mí también. Los lectores somos dados a fantasear no poco. Soñó que un lector futuro tendría en sus manos el libro que descansaba abierto en su regazo o sobre su pecho. Soñó que ese lector soñaría sus manos, y que las tomaría entre las suyas, sobre todas aquellas palabras que entonces, como ahora, dejaron muy pronto de tener interés. Importaba más ese delicado roce de la piel que encuadernaba una emoción distinta. El libro abierto, la mirada llena de luz, escrutando un punto indeterminado de la habitación. Ya nada de aquello existe, salvo la luz y el libro. Y quizá un sueño en común: esta compañía -o fantasía- entre una dama española del siglo XVIII y yo.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Es curioso, yo he sentido lo mismo alguna vez.
Sonia le saluda con afecto y le felicita por sus poemas y por todo.

Anónimo dijo...

Su prosa es realmente increible. Me tiene prendida.
Un saludo de Elena Rodríguez.

Anónimo dijo...

Un pequeño y jugoso relato. La literatura es un sueño detrás de otro. Y luego viene el querer colmar esos sueños.

Mikel.

Anónimo dijo...

A mí me resulta inevitable imaginar cosas que hayan pasado y personas que hayan vivido antes en los mismos lugares donde yo vivo; a veces pienso que es una pérdida de tiempo pensar en esas gentes teniendo tantas a las que atender a mi alrededor, pero no lo puedo remediar y, por otra parte, creo que no debe ser casual que yo me acuerde precisamnete de ellas.