Bienvenidos

Reflexiones, poemas, escorzos de vida, fe de lecturas, noticias de amigos... No pretende ser un desahogo, más bien un diálogo. Un demorarme en el resplandor de nuestra existencia. Y en su literatura.


martes 16 de septiembre de 2008

La santidad

A la memoria de Pedro González, que acaba de nacer al Cielo


La santidad es más fuerte que todo el infierno
THOMAS MERTON



Desde el amanecer hasta el atardecer contemplo la hechura de Dios en las costuras del tiempo, en mi agenda henchida de naderías y exabruptos. Sé lo que debería hacer, pero me conformo con postrarme en la tibieza. Es más cómodo dejarse llevar por la molicie. Bastante más llevadero. Es lo que tiene Dios, que te complica en exceso la vida. Te engatusa con el ciento por uno y la vida eterna, pero ya no te deja parar quieto. Todo son líos píos y compromisos y amor a los demás, en un brete continuo. Ya no puedes ir a lo tuyo: esas sencillas costumbres egoístas donde te regodeas a tu antojo. Además, yo quiero a Dios y le estoy agradecido, pero que no me pida en exceso. Que sí, que ya daré un poco más de limosna y no faltaré a misa los domingos. Prometido. Y si fallo algún día no será por mala intención, que conste. Dios me conoce de sobra y sabe que soy el más flojo entre los flojos, un pecador reincidente y desvergonzado. Vale, vale, de acuerdo, soy un cobarde. Lo admito. Bastante tengo con lo que tengo… Es cierto que a veces me pregunto si lo que tengo es algo sustantivo. Y me deprimo. No me satisface nada de eso que digo que tengo, y estoy tristón, y alicaído. Pero no me gusta nada reconocerlo. ¡Qué vergüenza! ¿Santo yo? Es un disparate, algo inconcebible… Y Dios insiste, es tozudo, siento que me apremia con fuerza. ¿Cómo dejar de lado todo éste confort en el que retozo? No puedo. ¿O no quiero? No, no, no… Quisiera, pero me falta voluntad. Y fe. Y ganas. Si te ocuparas Tú de todo Dios mío. Ya estoy cansado de pensar y deambular por esta farsa que es sin Ti mi vida. Deseo Tu alegría en mi horario. Con todas mis fuerzas. ¿Es eso la santidad? Creo que sí. Creo.

8 comentarios:

Anónimo dijo...

Macho,te ha faltado dar mi DNI.
Te lo dije cuando te conocí y quiero creer que lo has olvidado,por eso no me enfado y te lo recuerdo:por favor no hables de mí,no me hace bien.
No es que me importe que me reconozcan mis amigos,que por otro lado son unos bocazas y a la más mínima oportunidad se les escapa,es por mi vanidad.Fíjate que hoy,después de leer cómo me describías,sentirme mal porque es verdad de pe a pa y darme cuenta de que no te gusta cómo soy,he pensado que te importo,que quieres que cambie porque quieres que me salve,quieres encontrarme en el Cielo,me quieres santo.Como tú.
Por eso te lo recuerdo,además de todo lo que dices soy un vanidoso de cojones,no lo olvides.Y gracias.
M.

Anónimo dijo...

Me da envidia su forma de escribir sobre la santidad y sus deseos de ella. Yo tengo la convicción de que es lo único importante en mi vida, pero no me acabo de decidir a decirle a Dios que sí, que me tome en sus manos del todo. Me da miedo prescindir de todas esas cosas que dice usted. Creo que mi vida sería menos vida. Tengo pánico a comprometerme de verdad. Y lo voy dejando y dejando, ¿hasta cuándo? Su artículo me ha hecho mucho bien. Rece para que me decida pronto a entregarme a Dios.
Un universitario.

Anónimo dijo...

Mi vida sin Ti sería más cómoda,totalmente,pero no sería vida,absolutamente.

Anónimo dijo...

"Es imposible conocerte y no amarte,es imposible amarte y no seguirte,es imposible seguirte y no anunciarte." Y es tan posible como cierto que olvidé quien lo dijo,pero para el caso es igual ,sería una santa o un santo, de esos a los que les gustaba escribir.
Fernando

Anónimo dijo...

"Mientras tememos conscientemente no ser amados, el temor real, aunque habitualmente inconsciente, es el de amar. Amar significa comprometerse sin garantías, entregarse totalmente con la esperanza de producir amor en la persona amada. El amor es un acto de fe y quien tenga poca fe también tiene poco amor."
Erich Fromm

Anónimo dijo...

Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir; me forzaste, me pudiste. La palabra de Dios se me volvió escarnio y burla constantes, y me dije: No me acordaré de Él. Pero sentía la palabra dentro como fuego ardiente encerrado en los huesos. (Jr 20, 7-9)

Anónimo dijo...

Me encantan las manos orantes.

Sara dijo...

Jo. Qué pedazo de post. De esos que te hacen llorar porque estás reflejado hasta los tuétanos. Qué manera de leer las miserias del alma humana. Menos mal que está Dios para darnos alas con las que sobrevolarlas. Enhorabuena.