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Reflexiones, poemas, escorzos de vida, fe de lecturas, noticias de amigos... No pretende ser un desahogo, más bien un diálogo. Un demorarme en el resplandor de nuestra existencia. Y en su literatura.


lunes 26 de mayo de 2008

La realidad del mal


Emilio se sentía cada día más débil. Y no era una debilidad física. Se trataba más bien del conocimiento de sus propios límites. Nunca había experimentado una sensación así, tan acuciante. Por vez primera en su vida supo que era realmente frágil. Ya no sólo por la muerte en sí, o por la enfermedad o el dolor. Era la real y dramática conciencia de su vulnerabilidad espiritual (¿de qué otra manera se le podría llamar?). Desde hacía unos meses se sentía como indefenso y desmadejado. Comía menos, dormía menos y le costaba permanecer quieto en un lugar. Había una presencia extraña, un vértigo que le precipitaba constantemente en el vacío de pensamientos convulsos. Si es que se podían llamar pensamientos a ese barullo de nada o desbarajuste extremo.

Lo que realmente le hubiera gustado a Emilio era dejar de pensar, y fijar la mirada en cualquier objeto, sin pretensión alguna. Mirar, sin más. Mirar el volumen de la materia y deambular a su antojo por el plumaje de esa abubilla o por el vuelo de aquella falda malva que en ese momento cruzaba la calle. Pero no podía, no había forma de que su cabeza le dejara en paz. Y su propia imaginación terciaba en mil calambres y exóticas visiones. Sí, había una presencia extraña en todo aquello, algo que no acertaba a comprender muy bien, pero que estaba dentro de él y que cercenaba su voluntad. ¿No había escapatoria posible?

Era feliz. A pesar de tan extenuante intranquilidad, Emilio era feliz. O eso decía, o creía él. Pese a vivir solo en la casa de sus difuntos padres y en una ciudad tan anodina. Que sí, que era feliz. Se conformaba con poco. La herencia familiar le permitía jugar al billar largas horas. Solo. Era un juego con su metafísica. Él era una bola más que era empujada cada mañana, y le molestaba no acabar de dominar del todo su destino. Se imaginaba las carambolas más peregrinas mientras apuraba la cerveza y se relamía la espuma con la lengua. Esa espuma que se confunde tan a menudo con la nostalgia. Pero había algo que no cuadraba en su vida. Algo parecido al miedo. Y la curiosidad no le permitía dejar de pensar…

Al principio creyó que se trataba de fantasías, a las que era tan aficionado. Cuando una noche descubrió la verdad. Había apagado la luz y cerrado los ojos. No le apetecía leer, ni internarse en las últimas peripecias deportivas de Internet. Sólo quería descubrir algún sueño que mereciera la pena, de esos en los que quisieras quedarte para siempre. Y entonces sucedió. De forma inconsciente comenzó a rezar sus oraciones de niño en su mente, como un acto reflejo de supervivencia. No podía moverse y un estremecimiento agónico se apoderó de su alma. ¡¡Dios, Dios!!

Apenas podía respirar. Una sombra le oprimía con fuerza el pecho. Quería gritar, pero era imposible. Su boca abierta jadeaba… Una y otra vez lo intentó, y sintió la impotencia de su miseria, de su vida dilapidada en frívolo desamparo. ¡¡Dios!!

La señora que venía a limpiar la casa y ocuparse de su ropa, al abrir la puerta por la mañana intuyó que algo no iba bien.

- “¡Señor Emilio, señor Emilio! ¡Se…”.

Allí estaba, de rodillas en el suelo y sollozando sin parar. Debía llevar horas así. Tiritaba.

- Señor Emilio, por el amor de Dios, ¿qué sucedió?
- Rosa, Rosa…
- Sí, estoy aquí, pero ¿qué le ha pasado?
- Rosa, no te acerques a mí.
- Tonterías. Tome, abríguese con esta manta. Está helado.
- Rosa, ¿tú crees?, -exhaló en un suspiro.
- ¿En Dios? Sí, claro, desde luego.
- Ya, ya, pero ¿crees en el infierno?
- Señor Emilio está delirando, échese en la cama por favor.
- Rosa, es importante esto. Respóndeme.
- No sé…
- Rosa, ¿crees en el infierno?
- Me está asustando señor.

Emilio había agarrado a la mujer por los hombros. Y ella veía en sus ojos el miedo y una gran soledad. Se soltó de sus manos, dispuesta a irse de la casa y abandonar a su suerte a aquel hombre que parecía haber perdido la razón. Pero se quedó quieta, mirándole con detenimiento durante unos minutos. Era mujer de fe y se encomendó a su Virgen de Guadalupe y a su Ángel. Se arrodilló frente a Emilio y le tomó las manos con ternura.

- Señor Emilio, no tema, Dios está aquí.
- Rosa, esta noche he visto…
- Lo sé, no diga nada. Lo sé. No volverá.
- Pero…
- Todo ha pasado. Dios está aquí.
- Pero…
- Dios está aquí, señor Emilio, y le quiere. Mírele...
- ¿Dónde?
- Aquí, -y le acercó su mano derecha al corazón.

12 comentarios:

Anónimo dijo...

No me vas a convencer y menos con un cuento;dios no está,ni es,ni yo tengo corazón.Si sabes algo más,si quieres que te crea,si quieres de alguna manera salvarme dime cuál es tu experiencia,qué te pasó a ti,por qué crees,si es que crees,claro,a lo peor sólo intentas convencerte a ti mismo y esto es sólo un argumento más.Y nosotros tu excusa.

Anónimo dijo...

Un hombre cualquiera y la angustia de sentirse nada. La conciencia de esa debilidad que todos deberíamos sentir. Y las tentaciones y las tinieblas. También el miedo no sólo a morir físicamente, si no a morir eternamente. ¿Quién nos salva? Dios. Pero siempre a través de alguien, de personas de quién jamás podriamos haber esperado algo. Y sin embargo nos entregan su voz, su fuerza y su cariño.

Perdone el discurso. He terminado de leer su relato y es lo que he escrito.

Anónimo dijo...

Puedo estar errada, pero a mí me parece un gran relato.

Anónimo dijo...

Mira tio, me conoces de sobra. Si el relato que has escrito fuera una mierda te lo diría a la cara. Pero aunque te parezca increible me ha gustado. Y mucho.
Carlos.

Anónimo dijo...

Guillermo:

Me vino a la cabeza los tiempos de mis ataques de pánico. Fuertes, duros, tremendamente angustiantes. Parecía que no podía detener la vorágine de mis pensamientos ni nada podía atrapar mi atención sino la ansiedad que horadaba mi pecho. No era presencia maligna. Pero como tenemos un enemigo poderoso es menester estar preparados. Y ese preparación exige abandono en Dios. Abandono que es confianza. Y la mano en el corazón es la mano en el Sagrado Corazón de Jesús. Una apostilla: La intranquilidad del alma es la presencia clara de la falta de paz y eso no viene de Dios. Acertaste otra vez, porque lo sabes porque lo has experimentado. Sólo Dios basta. Es el sencillo y contundente relato de un alma sin Dios, que comprueba que la tierra sin El ya es el anticipo del infierno por nuestras limitaciones y por la maldad que corrompe.La Virgen te bendiga.

Carlos Bockor.

Anónimo dijo...

Realmente bueno, me ha gustado mucho.

Anónimo dijo...

No creo en Dios. Quiero que conste. Pero me ha emocionado su relato. ¿Sabe por qué? Como escribo "anónimo" me atrevo a decirlo: porque me he visto reflejado en algunas de sus partes. A veces siento esa opresión en el pecho. Y no es ansiedad.
Escribe usted muy bien ¿lo sabía?

Anónimo dijo...

No me dió tiempo ayer para leer este relato. Y me parece muy acertado el comentario de Carlos Bockor, pero añadiendo que me parece que está muy bien escrito, y que puede tener otras lecturas.

Anónimo dijo...

La realidad del mal es el pecado, que se manifiesta en una insatisfacción continua.

Anónimo dijo...

El comienzo me cautivó. Es sólo una apreciación.

Anónimo dijo...

Este relato es el mejor tuyo.

Anónimo dijo...

A veces me parece que hay personas que no saben donde tienen el corazón.