Bienvenidos

Presento este blog con gran ilusión. Y alegría. No sé si servirán para algo los apuntes que yo pueda escribir aquí cada cierto tiempo. Reflexiones, poemas, escorzos de vida, fe de lecturas, noticias de amigos... No pretende ser un desahogo, más bien un diálogo.


miércoles 16 de abril de 2008

Diálogo entre Filomena y Alipio, en Génova. O de cómo dos amigos charlan sobre la felicidad.


- ¡Qué tranquilo eres Alipio!, me dice como si nada Filomena.
- Amiga mía, sólo debemos tener prisa para ser felices, y esa prisa demorarla en el alma.
- ¿Acaso no hay más motivos en la vida para tener prisa? ¿Nunca te ha invadido la urgencia por terminar algo o ayudar a alguien?
- Ay, dichosa Filomena, en nuestras vidas no hacemos sino comenzar y recomenzar cosas, pero se adivina de fondo la muerte, el tiempo nos muerde el calcañar, y yo al menos siento que no acabo de concluir nada realmente meritorio.
- Creo yo, amado Alipio, que la vida nos apremia a cada instante para hacer algo meritorio, como tú dices. La muerte no es sino el recordatorio de que hay que vivir así, con urgencia por hacer algo bueno.
- ¿Y qué es lo meritorio, buena amiga? Me confunden las horas y las personas. Quiero ser feliz, pero puedo asegurarte que en muchas ocasiones tengo miedo de serlo.
- Alipio, Alipio. Tener miedo de ser feliz es como tener miedo de vivir. La vida misma nos empuja inexorablemente a la felicidad, si sabemos dejarnos… Lo meritorio sólo tu corazón lo sabe.
- Hablas con destreza y sabiduría bella Filomena. Pero esa vida que dices nos reconduce por vericuetos llenos de trampas. Y mi corazón quisiera tener certezas, amar más decididamente. Mi corazón, en realidad, sabe muy poco. No sabe: siente. Y muchas veces sólo es capaz de sentir fantasías.
- Amigo, es el corazón el que alberga las certezas. Nuestra razón más bien es el hogar de las opiniones y por lo tanto de los errores. Nuestro corazón conoce lo verdadero, lo justo y lo bello por si mismo. ¿No será que tus fantasías son alguna forma de certeza encubierta?
- Ay, Filomena. No sé qué decirte. ¡Mi corazón ansía tantas cosas! Ya no sé ni qué pensar a veces. Quisiera esa belleza que dices, y esa verdad. Pero ¿sabes?, me topo conmigo. Y mi yo me aburre. Y dudo si seré capaz de sobrellevar con dignidad mis días. No me fío para nada de mí, y voy de tropiezo en tropiezo.
- Ciertamente Alipio el yo es el gran obstáculo. Los grandes enemigos para conseguir la felicidad somos nosotros mismos. En el vivir está la lucha, y de ganar en esa lucha depende la felicidad de uno. Una vez superado el yo, la certeza es evidente por si misma.
- La batalla es y será ardua, Filomena. En cada día hay infinidad de refriegas y encontronazos. Y llegas a la noche desilusionado, con heridas y mil soberbias. Tal y como lo dices ¡parece tan fácil! No es que yo sea pesimista ante la felicidad. Es que creo que nos la olvidamos por los rincones de la vida, o pensamos hallarla lejos de donde estamos. O lejos de lo que somos. Y envidiamos la suerte de otros.
- Alipio, sin duda la batalla es ardua, pero si tratas de alcanzar la felicidad con las manos, en afanes sin cuento, ésta huirá de ti. Ama la vida, permanece apegado a lo que más te importa, y la felicidad se posará sobre ti. ¿Dónde habré oído que se asemeja a una mariposa? Ciertamente, pensar que en atributos humanos puede estar la felicidad es menospreciarla.
- Pienso Filomena que leo demasiados libros. Tu conversación me ilustra mucho más, y logra que resucite mi esperanza. ¿De dónde habremos sacado los hombres esta funesta manía de correr hacia todos los sitios? Me encuentro muy bien aquí, conversando contigo, en tu espaciosa casa. Llena de tantas cosas preciosas. Y con este delicioso jardín que nos rodea. ¿Ves? Me haces sonreír, que es mucho. ¿Podré volver a visitarte?
- Cada mañana abro la ventana de mi habitación, como bien sabes. Y luego la puerta de la casa. Y a partir de ahí, dejaré que las ideas y los sueños de tus libros se confundan con las certezas de nuestros corazones. Quizá así continuemos atisbando el sendero de la felicidad.
- De acuerdo amiga. Volveré para proseguir esta amable charla. Mira, ya se acerca mi amigo Leocadio, presumiendo de brioso corcel. Me voy pues. Adiós bella Filomena. Y gracias por tus palabras, y por escucharme.
- Gracias a ti por compartir tu sabiduría conmigo. Corre, ve a recibir a tu amigo. Adiós.
- Adiós.

6 comentarios:

Sara dijo...

Me siento muy identificada con Filomena: buscando con prisa, pero sin pausa, la felicidad. De todos modos, en el fondo, creo que buscar la felicidad ES ya la felicidad. Eso, o que me estoy rayando mucho. Enhorabuena Urbizu, un magnífico post, como siempre ;)

Anónimo dijo...

La felicidad, las ganas que tenemos de ella, eso es la vida. Ese esfuerzo continuo por alcanzarla.

Anónimo dijo...

Yo me he quedado en la felicidad de su estilo, en la forma de contar(nos). Pedro.

Anónimo dijo...

Gracias.

Anónimo dijo...

El que encuentra un amigo con quien abrir su alma, encuentra un tesoro. No todos nos entienden tan bien. Compartir es ya acercarse a la felicidad. Gracias.

Anónimo dijo...

Me gusta muchísimo como escribes. Descanso y disfruto leyendo tus textos. Gracias