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Reflexiones, poemas, escorzos de vida, fe de lecturas, noticias de amigos... No pretende ser un desahogo, más bien un diálogo. Un demorarme en el resplandor de nuestra existencia. Y en su literatura.




jueves 2 de febrero de 2012

Leer, esa ternura



Sí, lo confieso aquí sin recato, amo la lectura,
y todo lo que su deleite me procura es tanto
que apenas balbuceo agradecido.
Permanezco embebido, ensimismado -que no aislado-,
dispuesto a comprender un poco mejor
los misterios de nuestra vida,
en una suerte de locura tan inevitable como prodigiosa.

Tomar un libro, buscar algún lugar
en el que todavía perdure una pizca de silencio.
Abrir sus páginas, adentrarse
en el significado profundo de las cosas.

(Escribo estos versos
porque me siento responsable, depositario
de un cúmulo de maravillas...
¿Quién puede permanecer indiferente a todo esto?).

Aprendemos con los demás
a escuchar mejor -lo dice con tino George Steiner-,
comenzamos a vislumbrar con cierta nitidez
lo que para muchos permanece oscuro (o nos sumergimos
en la oscuridad, para alcanzar un atisbo de luz).

Leer es mirar dentro de nosotros mismos,
nacer de nuevo a la ternura y su alfabeto,
descifrar lo invisible, saber distinguir aquellas obras
donde late la verdad de nuestra existencia (o su indicio).

De esta forma la lectura no es tanto un conocimiento
o un entretenimiento -que también-,
como todo un proyecto de felicidad que se abisma
en el mismo centro de una vida desbordada
por el lenguaje de la emoción. Y por la emoción del lenguaje.

La lectura, en definitiva, esa pasión de enamorado,
ese largo aprendizaje
por el que nos sentimos mejores,
en la transparente sintaxis del alma.