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Reflexiones, poemas, escorzos de vida, fe de lecturas, noticias de amigos... No pretende ser un desahogo, más bien un diálogo. Un demorarme en el resplandor de nuestra existencia. Y en su literatura.




miércoles 30 de noviembre de 2011

Respiro tu alma




¿Qué podría decirte?
Voy a acercarme un poco más,
a unos pasos de ti, a unos besos
de ti, sin que me veas.
Observaré lo que haces. Lo que sea.
Tus manos se deslizan en ese plato,
o en esa camisa color tabaco.
O hablas por teléfono
mientras danzas unos pasos.
Huelo tu perfume, y respiro
tu alma muy despacio.
Se está bien aquí,
sin otro oficio que mirarte.
Sin perderme nada. En cada detalle,
en cada ademán, en cada seña de ti
me estoy jugando la vida.
Y me atrevo a acercarme un poco más,
sin que mi amor haga ruido.
Y entonces sucede lo inesperado:
te vuelves. ¡Dios! ¿Qué te digo? ¿Qué hago?
Y mis besos estrechan el cerco,
y me ciño en silencio a ti, como en un sueño.

martes 29 de noviembre de 2011

Hay días para todos los gustos




Hay días en que soy otro muy distinto.
Hay días en que todo parece infinito.
Hay días en que la vida está más clara que el agua.
Hay días en los que no sé qué pensar de nada.
Hay días que se conforman con libros.
Hay días que sigo vivo.
Hay días que no sé qué hacer conmigo.
Hay días en los que no se me pasan los sueños.
Hay días tan azules que respiro por sus ojos.
Hay días en los que no recuerdo por dónde iba.
Hay días sin brío, abstractos, inciertos o en vilo.
Hay días con demasiadas palabras.
Hay días en los que me duele la mirada.
Hay días en los que estoy muy lejos, ¿quién sabe?
Hay días en los que sólo espero la noche.
Hay días en los que se me aparece Dios en un brillo.

lunes 28 de noviembre de 2011

Me gusta mirar a Jesús




Me gusta mirar a Jesús. A menudo cierro los ojos y me lo imagino en su vida cotidiana. Casi podría decir que le espío, que sigo sus pasos allá donde va y mi atenta mirada no deja escapar ningún detalle. Miro, observo, aprendo, para luego intentar imitarle. Me gusta acompañarle cuando trabaja en el taller. Me siento en una esquina para no molestarle y le observo. Trabaja en silencio, pero de vez en cuando canturrea alguna canción de Su tierra. Tiene siempre la mirada serena y da igual lo que haga: serrar, lijar, pulir… Siempre lo hace con primor y cuidando al máximo los detalles. Es un buen carpintero y le gusta lo que hace. A menudo cierra los ojos y tengo la certeza de que está dando gracias al Padre. Jesús no sabe de perezas ni de dejar las cosas para mañana o a medias; es cumplidor, lo que ahora llamamos un buen profesional. Disfruto cuando llega algún cliente o amigo. Entonces, deja lo que está haciendo y toda su atención se concentra en la persona que tiene enfrente. Es afable, cariñoso y educado en sus formas. Me gusta cuando se ríe, tiene una risa limpia y sincera. Cuando se queda de nuevo solo, vuelve a la faena y no es raro que una leve sonrisa aparezca en Su rostro. Es feliz.

Me gusta verle con su familia y amigos. Es alegre y participa en fiestas y reuniones familiares con los demás. Es siempre bueno y comprensivo con todos, y es por eso que se le acercan a contarle confidencias y preocupaciones. Para todos tiene respuesta amable y certera y, sobre todo, para todos tiene mucho amor. Está claro que lee en los corazones de cuantos le rodean, y no juzga, precisamente porque sabe lo que hay en ellos. Dispuesto siempre a compartir con los suyos cualquier alegría, o cualquier tristeza. Me encanta Su mirada, tan tierna, tan compasiva, tan rebosante de Amor. Me gusta observarle cuando predica, cuando espontáneamente se forma un grupo a su alrededor y comienzan a plantearle diferentes cuestiones. A veces, es Él quien saca un tema y regala a cuantos le escuchan, sus sabias palabras. Su voz es clara, dulce y firme al mismo tiempo. Habla con seguridad, como lo hace quien se sabe poseedor de la Verdad. No me gusta menos observar a quienes le escuchan, tan atentos todos, sus ojos clavados en el Señor y ansiosos por comprender su Palabra y aprender de ella. Jesús responde siempre con amabilidad, y cuanto más humilde se manifiesta una persona, con más respeto se dirige a ella. Es cierto que para Él todos somos iguales, somos sus hermanos y nos conoce bien.

Pero cuando más me gusta ver a Jesús es cuando ora. Allí, en su montaña, alejado de todo, en silencio y en comunión absoluta con el Padre. Es entonces cuando su rostro se transforma y es tal la serenidad y la paz que transmite, que sólo con mirarle siente uno la necesidad de recogerse también en oración. Silencio. Silencio. Miradle. Sólo ahí podemos encontrarnos con el Padre, sólo en el sagrado silencio podemos escuchar los susurros del Espíritu Santo iluminándonos, guiándonos con cariño, mostrándonos el camino que debemos seguir. Silencio. Recogimiento. Y a través de él, deshacernos de cuanto estorbe en nuestra mente y nuestro corazón, de todo aquello que nos impida pasar un rato con Él. Abandono. Darnos por completo, ofrecer cuanto somos, cuanto tenemos, para que Él saque provecho de nuestra ofrenda en favor de otros. Dejar que sea su Voluntad la que se cumpla en nuestra vida -la Suya, no la nuestra-, con confianza plena. Comunión. Unión íntima y sagrada con el Amor que todo lo puede, ese estado en el que todo es perfecto, nada falta, nada sobra. Agradecimiento. Sí, agradecer continuamente al Padre todos los dones que nos ofrece y de los que, a veces, no somos conscientes.

Sé que todo eso hace y siente Jesús cuando ora. Por eso está todo Él lleno de Amor, y lo transmite allá por donde pasa. Sí, me gusta ver orar a Jesús, e intento hacer como Él. Y en silencio y recogimiento abandonarme por completo para llegar a unirme con Dios Padre.

domingo 27 de noviembre de 2011

"La verdad Scarlata", de Eva M. Ruiz




Este libro de Eva Ruiz, "La verdad Scarlata" (editorial Carena), es el anhelo de un alma. De su alma. Por decirse, por auscultar la realidad y su trasfondo. En gran medida es una suerte de autobiografía espiritual, de indagación, de inquietud, de revelación. La vida no es lo que parece. Y se zambulle en las palabras para bucear en su silencio, y ver, y ser más en plenitud. Es un libro escrito por una inconformista y una enamorada ("cuando amas, te encuentras, das"). Una mujer que se demora en lo que vive y en lo que escribe. Y se fija en el alma con detenimiento, y contempla cada resquicio de la existencia. Eva Ruiz reivindica esa armonía interior que muchos hombres han perdido porque han dejado de mirar al cielo, porque han dejado de paladear lo sencillo. Reivindica esa inteligencia amorosa de la vida. Porque ese es el "arjé", ese el origen de todo: el amor. Y el hombre siente esa tremenda nostalgia.

sábado 26 de noviembre de 2011

Lo que amo




Amo la luz del sol, y amo la noche
cuando, con minucioso prodigio, se queda en silencio.
Y siempre me ha gustado la lluvia. Desde niño
me fijo en ella, y la escucho atento.
No sé si esto significa algo,
pero siento que me lava por dentro. (Y que me tranquiliza).
Amo también los colores vivos,
y el olor de la tierra y el de los libros.
Amo lo sencillo, y la ternura
cuando me mira y se pone infinita.
Amo el sosiego y la demora, la caricia
inesperada y la esperanza de un beso.
Amo la vida y sus poemas, la sensibilidad de las almas
y la verdad de la belleza.

viernes 25 de noviembre de 2011

Palabras, esa esperanza



Observo minuciosamente las palabras.
Las leo en su sonido,
y en su sentido las siento.
Calibro su ritmo, y permanezco atento
al temblor de cada sílaba.
Palabras: esa expresión, ese pulso, esa cadencia.
En ellas se esconde el corazón del pensamiento,
y con ellas nombramos la vida.
Consonantes y vocales, vocales y consonantes,
esa emoción pura del lenguaje. Esa llama
y su espíritu, que caligrafía el alma.
Y esa esperanza oculta en su significado.

jueves 24 de noviembre de 2011

La santidad




Contemplar, ser contemplativos. En el despacho,
en la calle o viendo el telediario.
En casa o durante un viaje. Soltero o casado.
Comentarle al Señor todos esos poemas y libros,
pedirle su opinión. Rezar. Preocuparse
de cómo está Cristo, de cómo late
su Sagrado Corazón. (Es Dios y persona).
Porque Cristo está vivo.
¡Qué diálogo tan magnífico! No sólo en el templo,
no sólo en ese tiempo concreto o cuando apetece o duele.
La oración lo abarca todo, y es nuestra propia vida.
Es el impulso y el nervio, y la paz, y la gracia
que nimba el mundo de belleza.
Su voluntad es la nuestra.
Y el amor por las almas, y el desvivirse.
¡Cómo cambia todo! Ya no vemos igual los colores.
Ni la historia, ni la ciencia, ni la literatura o las artes.
Ni siquiera el dolor o la muerte.
La vida es amarle, enamorarse.
Rezar. Ese querer descansar en la intimidad de Dios
y ya no desear ninguna otra cosa.
Esa constancia en el amor, en cada detalle.

miércoles 23 de noviembre de 2011

"Ninguna angustia viene de mí"



A veces, los que intentamos seguir el ejemplo de Cristo, nos sentimos invadidos por el desánimo y la impotencia. Queremos, pero no podemos. Luchamos, pero fracasamos (en apariencia). Comenzamos a andar, pero nos caemos de nuevo. Y por muy buenas intenciones y propósitos que tengamos, terminamos siempre tropezando… en la misma piedra. Se nos llena el corazón de desánimo, de cierta angustia, de remordimientos, al reconocer que estamos lejísimos de nuestro objetivo. Es cierto, puede llegar a ser descorazonador. Y sin embargo, no debería ser así. De ninguna de las maneras.

Porque si algo quiere el Señor de nosotros es nuestra felicidad. Somos sus hijos y Él nos ama, infinitamente más de lo que nosotros jamás llegaremos a amar a nuestros propios hijos (quienes los tengan), o a nuestra gente más querida. Nos ama. Y nos conoce mejor que nosotros mismos. Y aún así, o por eso mismo, nos ama. Y nada nuestro le es ajeno. Mira nuestros defectos con infinita ternura y siempre nos perdona, incluso antes de que acudamos a Él con el corazón contrito. Estoy seguro de que se ríe de nuestros tropiezos y su Mirada no puede ser otra que la de un Padre amoroso cuidando de sus hijos pequeños. (Desde luego, conmigo tiene como para morirse de la risa, porque si algo domino son las caídas y resbalones. Ay, menos mal que me quiere) .

Si nuestro corazón se llena de angustia y ansiedad por no llegar, por no hacer lo suficiente, por fallar una y otra vez, será mejor que nos pongamos alertas. “No viene de Mí ninguna angustia”, nos dice. Y tantas veces nos resistamos a escucharle. Cuando me acerco al Señor y le cuento mis cuitas y le digo que soy un desastre, que me cuesta hacer oración, que a menudo soy egoísta y no pienso en los demás, que me dejo arrastrar por las pasiones, que me siento una nulidad, Él, sonriéndome, me dice: “¡Vaya! ¿Acaso intentas decirme que eres un hombre?”.

Como dicen ahora, hay que desdramatizar. El Padre nos quiere alegres. Vigilantes y atentos, pero siempre felices y contentos. Reírse de nuestros propios fracasos podría ser una buena idea. Nos los tomamos con humor, a ellos y también a nosotros mismos, y seguimos adelante con una sonrisa, fuertemente cogidos de la mano del Señor y firme el propósito de hacerlo mejor en la próxima ocasión. Ya sabemos quién acecha a las almas que siguen a Dios. Y es precisamente de ahí de donde provienen esos atroces desasosiegos que nos paralizan e impiden amarnos, y amar a los demás como el Padre quiere que lo hagamos.

Cuando amamos a alguien, lo hacemos íntegramente. Hagamos lo propio con nosotros mismos, y no seamos tan duros con nuestras caídas y nuestras debilidades. Pongamos en nuestros rostros esa sonrisa, apenas perceptible, de quienes están siempre con Dios Padre, seguros de su infinito Amor. Y no olvidemos que todos, absolutamente todos, caemos. Él lo sabe, es el primero que está ahí para ayudar a levantarnos. Nos hizo hombres, esto es, imperfectos, pero también nos dotó de un alma, capaz de elevarse por encima de nuestra fragilidad para llegar hasta Él.

No olvidemos que Cristo es el modelo que debemos seguir, Él es el Camino. Y nosotros, en el mejor de los casos, sus humildes imitadores. Y sobre todo, no olvidemos jamás lo más importante: que Él nos ama siempre, tal y como somos, aunque nos parezca increíble.

martes 22 de noviembre de 2011

Fragmentos de vida II




Vivo como todos, entre 'la realidad y el deseo', entre el desvivir y los sueños, entre el alma y el cuerpo, entre la prosa y el verso...

Hay escritores, es cierto, que escriben justo lo que habíamos pensado, o pensamos, o estábamos a punto de pensar. O hasta puede que piensen por nosotros. Y eso nos satisface. O satisface a muchos. Porque pensar en condiciones cuesta. Escritores hay que escriben lo que sufrimos habitualmente. Otros, los sentimos tan cercanos que parece que nos respiran, que los tenemos dentro. Los lectores asiduos gozamos de esos cuantos escritores que releemos y que nos hacen sentir bien, o un poco mejor, tampoco exageremos. Les damos vueltas por placer, o porque además nos han salvado el alma de algún destrozo. Y con los años vamos reescribiendo esa novela o esos cuantos poemas (o dichos textos nos van reescribiendo a nosotros). Son esos escritores que ya vemos como nuestros.

Cada persona es la historia de una soledad, a la expectativa del corazón y de la esperanza.

El hombre necesita con urgencia de las cosas del cielo si es que quiere vivir con intensidad y gozo las de la tierra.

Con los años he llegado a pensar que el tiempo no existe. A base de poesía y de amor vas cobrando altura, y la mirada sabe que la vida, tu vida, se mueve en una distinta dimensión. No importa la apariencia, ni importan lo que digan los espejos. La verdad es la del corazón, y el amor no se mide en ninguna cronología. La vida: esa constante escalada hacia la cima desde donde se contempla la panorámica de Dios.

Me fijo en el reflejo de un cristal. Un reflejo apenas visible. Y luego la mirada va recorriendo las paredes y techos hasta llegar a unos periódicos de los que no leo nada. Llamadas, correos y el atasco de un poema a medias. Hace un momento me he asomado a la calle para ver el color naranja de los árboles, e inspirar la infancia en la que me ha dejado la lluvia. Echo de menos aquella inocencia, y el gozo de meterme en los charcos y dar puntapiés a un balón cualquiera. Pero aquí estoy, en esta mesa y en este año del Señor de 2011, refugiándome en algunas palabras y en algunos reflejos.

Nadie da lo que no ama.

Toda gran obra antes de convertirse en realidad es un sueño. Todos los hombres más notables han sido grandes soñadores.

Si guardamos todos los recuerdos, y esa inmensa cantidad de viejos recortes del pasado, apenas nos va a quedar sitio para el día a día.

El otoño. ¿Qué decir cuando ves la vida en esa caída de sus hojas y en esa resurrección que es su belleza? ¿Qué decir de esos colores que se adentran en la mirada y brillan y sueñan tu alma? El otoño no es una estación, ni un simple estado de melancolía. El otoño es cuando Dios más nos ama, es dádiva infinita, es la morosa luz que nos despoja de mentiras.

El otoño. ¿Qué decir cuando ves la vida en esa caída de sus hojas y en esa resurrección que es su belleza? ¿Qué decir de esos colores que se adentran en la mirada y brillan y sueñan tu alma? El otoño no es una estación, ni un simple estado de melancolía. El otoño es cuando Dios más nos ama, es dádiva infinita, es la morosa luz que nos despoja de mentiras.

El misterio está en todas partes, en cada novela, en cada poema. El misterio nos rodea, como la luz o la noche, y es la misma esencia del ser humano. ¿Qué mayor misterio que el amor, sin ir más lejos? Toda vida y toda literatura se conjugan desde lo misterioso. Un ir descifrando lo que ocurre. Esas pistas y esos enigmas que se reiteran en nuestras vidas, que insisten, que no nos dejan. Vamos viviendo y vamos leyendo en un intento de dar con lo que nos trasciende. O al menos con un poco de felicidad. El asesino suele ser el tiempo. Va dejando muertos como si nada. A ti mismo te sorprendes a veces diciendo: “estoy muerto”. Hastiado, agotado. Y flaquean las coartadas. Y el alma se queda a la intemperie. Intentas leer un libro, pero lo dejas, porque con frecuencia no te crees la literatura. Te falta fe en las palabras. Dios mío, ¿en qué misterios me pones? Pero tomas otro libro de la mesa, puede que por hábito, porque no puedes tener las manos -o será el alma- sin hacer nada.

Dios mío, y yo sin las palabras oportunas que llevarme al alma para decirte la maravilla que es Tu Amor en otoño.

lunes 21 de noviembre de 2011

Fragmentos de vida I



Ya me puedo dar por satisfecho se salgo bien librado de esta algarabía que es Guillermo Urbizu.


Este no saber qué decir, es admirar, sin más, las cosas; es adentrarse en el resol de la belleza, en el deseo que tenemos de acariciar el alma de una mirada.

La vida es el trasfondo de la Vida. Y en el alma hay un Alma que nos llama. Ese anhelo, esa llama que oscila dentro de nosotros, esa lengua sin palabras. La vida es un deseo, el alma es un deseo, la poesía es un deseo, el amor es un deseo. Deseo de significado y de plenitud: de llama. Esa llama que es fuego y que es luz.

Lo mejor de la vida está sudiendo ahora, aquí, mientras desayuno con mi hijo, y veo que la ventana poco a poco se ilumina de ese don que es la luz. Es lo mejor de todo, esta conciencia de ser, de existir, de percibir la felicidad que somos. La vida, nuestras vidas, esta posibilidad de gozo, de amar, de ser mejores.

El secreto no está en las palabras (con ser importantes), el secreto está en la fuerza de la emoción que nos cautiva. La poesía trata de esta emoción que se produce en lo que vemos y sentimos.

El amor mejora a las personas cuando se vive con respeto, con detalles, con imaginación e iniciativa y cierto romanticismo. Ya nada es inútil. Y no dejamos de comunicarnos los sueños y de cuando en cuando decimos: TE AMO. Y nos apresuramos hacia un beso.

Una persona enamorada es capaz de milagros.

El trino de un pájaro, o lo infinita que resulta una sencilla brizna de hierba, o esa hoja que se desprende del árbol. O su mirada en la mía, o el transparente sonido del agua. ¿Qué necesidad tengo de meterlo todo en unos versos? Esta vez lo dejo así.

La naturaleza humana en su trabazón de historia y espíritu, de biografía y alma, de sinceridad e inteligencia. Y sus manos que pasan su vida por mi cabeza. Esas caricias...

Esta insistencia en buscar las palabras, entre las palabras, desde las palabras. Esta manera de querer conquistar el amor, la belleza o la esperanza. Esa remota posibilidad de darnos a entender, de explicar lo que nos pasa. Palabras y más palabras, soñar en su interior lo que de verdad queremos. Palabras, esa necesidad de no estar solos.

La esperanza del amor redivivo. El alma que suspira, y cada sentido que resucita. No importan los obstáculos. Sabes que vives de amor, que la belleza del mundo se resume en una caricia, o tal vez en una sola palabra que te invoca. Hay algo dentro de ti, no sé, hay algo que es como un aroma indecible, como un silencio que se adentra en tu vida. Y tú escuchas y miras, asistes expectante, lo necesitas. Y piensas que no puede ser, que sueñas. Pero es verdad lo que amas, nada es más cierto que esa verdad que sientes.

Cuando contemplo la belleza todo se abre, se enciende, se transforma; y cuando más adentro estoy de ella, en ese punto de comunión, siento que mi vida renace a una más nítida visión, y que ya casi nada sé de mí, de lo que era.

¡Y yo que sigo pensando que la crisis económica tiene en buena parte su caldo de cultivo en el apogeo del mal, en esa desfachatez de la usura, de la inmoralidad y de la mentira!

domingo 20 de noviembre de 2011

Apuntes de mi casa




(Primero)

¡Cuántas veces me encuentro paseando por mi casa! De unas habitaciones a otras, la biblioteca, las ventanas, el pasillo, la cocina... Tengo la manía de tocarlo todo. Paseo por mi vida, y me paro en cualquier recuerdo, o en un haz de luz que de repente ilumina el suelo, o acariciando las cortinas de lino. Me encuentro de todo (agujas, horquillas, una palomita de maíz, un libro detrás del sofá o hasta un penique), y todo lo atesoro, lo palpo, lo miro. Peino los flecos de la alfombra y me entretengo con la tierra de las macetas, u hojeo un volumen del siglo XVIII. Estoy en mi casa. Ese lugar atiborrado de felicidad y libros. Ese espacio donde se prodiga el amor de la familia, y el olor a canela, y las voces variopintas. Y esa maleta naranja, a punto de emprender viaje cualquier día de estos. Cierro las puertas de los armarios y me como un par de mandarinas. Y al final me siento, y escribo, o leo las aventuras de unos exploradores.

(Segundo)

El perfume de mango por la casa, y secándose algunos vestidos y camisas en sus perchas. Voy a leer un periódico (¿qué tiempo hará en Londres?), y entonces recuerdo que tengo que poner algunas circunstancias en su sitio. Mientras se enciende el día voy apagando las luces. Y concluyo las últimas páginas de un libro, no muy allá, pero bueno, con algunas páginas de mi gusto. Oigo un ruido al fondo de la casa. Y voy, y vuelvo. Y me siento, y me vuelvo a levantar porque se me ha olvidado tomar una pastilla. De camino por mis sueños me llama Ana. De acuerdo. Lo haré. Un beso. Te quiero. ¿Dónde estaba? Ah, la pastilla. Pero me entretengo con unos libros. Debería escribir una reseña pendiente, o seguir con ese poema que trata sobre esa belleza con la que me topo al menor descuido. Y todo queda en nada, aquí sentado y envuelto en esta bata verde.

sábado 19 de noviembre de 2011

¡Menuda herencia hijos míos!




Hijos, menuda herencia, ¿verdad? Todo ese trajín de libros, y lo que voy dejando por escrito. No miréis mucho en los cajones y armarios. Más de lo mismo. Aunque quizá os detengáis en alguna fotografía con un poco de cariño. Pero una cosa os prometo: seguiré vivo. Y a vuestro lado, como siempre. ¡Os quiero demasiado como para morirme hasta ese punto! Y ojo, hay que seguir llegando a la hora y ser ordenados con la ropa, es decir, amar a Dios en lo concreto. Y quereos. Tampoco os dejaré mucho más. Sé que es inevitable la nostalgia. Haced como yo: fijaos en lo que necesitan los demás, y dejad que las nubes sigan su marcha. Ah, se me olvidaba, vivid despacio la vida, aprovechando bien lo inaudito del alma, cada vestigio de amor y el regalo de la belleza. Y cuando llegue el dolor (ay, esos contratiempos), por favor, no seáis melodramáticos, y pensad en Cristo. Escuchadme bien: tampoco está del todo mal la herencia. Y encima nos lo estamos pasando en grande.

viernes 18 de noviembre de 2011

Ese latido




La vida, ese constante latido. La vida
es anhelo de más Vida.
La vida, la vida. Esa mirada,
esa hierba, este brillo.
La vida, esa necesidad de entrega
y de absoluto. La vida,
tu vida, mi vida. Este amor, su sentido.
La aurora, esas manos y estos libros.
La vida, pasión de más vida,
existencia con ansia de infinito,
esta certeza de que estoy vivo. Mi vida,
la vida. Su paisaje interior, su perspectiva.
Lo que duele, lo que se ama.
Y ese temblor, y esta alegría.

jueves 17 de noviembre de 2011

El lector




Amar a los libros es algo más que una pasión.
Un lector empedernido es un hombre
que no se conforma con el mundo tal y como dicen que es.
Abrir un libro es eso: el intento de asomarse a la verdad
de uno mismo y del misterio que supone estar vivo,
el afán de conocer con más detenimiento la vida,
e ir más allá del ruido y de lo superficial.

Un hombre que lee parece quieto, pero no lo está.
Es un conquistador del alma y un seductor y un amante.
Un hombre que lee es un continuo hallazgo espiritual.

Un autobús no es lo mismo con un lector dentro.
O un vagón del metro o una casa (si quiere ser hogar).
Un lector transmite sosiego -“papá, me relaja verte leer”-
y curiosidad, y la posibilidad de una conversación decente.

Quien más quien menos quiere ser como él, como ese lector
absorto en el silencio de esas líneas donde descifra su propio ser.
Su propia identidad en el interior del lenguaje.

miércoles 16 de noviembre de 2011

Hebras de amor




Ella leía en la cama, y yo me fijaba en lo blanco del papel, y sobre él sus manos, aún más blancas todavía.


Hay personas a las que nunca les puedes decir adiós, hay personas de las que jamás te separas. Consciente de que siempre estás en ellas, y ellas en ti. Porque el amor no sabe de despedidas.

El hombre y la mujer, esa necesidad de amar, de ser amado. Porque vivir es amarse, o no es nada. La pasión de estar juntos, de ser uno. El hombre y la mujer, esa sintonía donde se desvela por completo el sentido y el origen del universo. Amor: esa mutua donación de la ternura, plegaria del cuerpo y entrega del alma. Caricia, beso, maravilla, descubrimiento. Ese temblor y esa belleza.

La luz del sol me consuela y llena de una íntima piedad. Y llueven sobre mi las hojas de los árboles como mariposas verdeamarillas, en ese temblor que me transmite su último aliento de brisa. El alma se fija más, en una visión sobrenatural de la vida y del tiempo. Y sabes que el camino es esta luz, donde nace lo que eres y lo que amas y lo que miras.

Hay momentos en los que te quedarías a vivir para siempre.

¡Qué serio se pone el amor cuando no le das un beso y le preguntas por sus sueños!

No quisiera olvidarme de nada, de ningún detalle que tenga que ver con ella. Puede que escriba sólo por eso.

La felicidad consiste en esa mirada amorosa.

Hacer el amor. Esas son tres palabras muy repetidas en el mundo, y en decenas de idiomas y culturas. Pero lo que se entiende por hacer el amor no es sólo un acto esporádico de pasión. Hacer o darse en el amor es un continuo ejercicio del corazón durante todos los instantes de nuestra vida. Una vida enamorada, que culmina en la ternura de la sexualidad, pero también en la sencillez de un gesto. Hacer el amor significa vivir de amor, y sacrificarse por el otro. Enamorarse es un don extraordinario que requiere voluntad y delicadeza. Hacer el amor es no querer estar con nadie más.

La luz es un tipo de amor que hay que descubrir cada día, en cada resplandor.

martes 15 de noviembre de 2011

Poesía II




La vida te zarandea en alma viva,
alma enamorada de lo bello. Poesía
que es denuncia y proclama y plegaria.
Poesía que ansía desasirse de las palabras.
Obra y vida. Palabra almada. Libertad absoluta
en la belleza intrínseca de las cosas.

lunes 14 de noviembre de 2011

Poesía




La búsqueda, el ardor, la sed,
la paz, su latido y la umbría de los años.
La vida, la intimidad de nuestro ser, ese anhelo
de amor y de pureza. La poesía,
esa ebriedad del alma, esa clarividencia,
ese aroma de la tierra, esa certeza de lo divino.

domingo 13 de noviembre de 2011

Leyendo a Andrés Trapiello




Esos diarios,
que, en sus mejores momentos,
me llenan el alma de cosas sencillas.
La vida cotidiana, con ese montón de libros,
con los amigos y la familia, y esas manías
y poemas que todos llevamos dentro.

sábado 12 de noviembre de 2011

"Barcos, (su historia a través del arte y la fotografía)"




Los barcos. Esa forma que tiene el hombre de hacerse a la mar. Esa llamada hacia el horizonte. Surca la quilla el agua, navega con tesón marinero. El sol en cubierta, o la fuerza de la tormenta. La brisa y el huracán, y el vuelo de algunas aves. Y de vez en cuando los fantasmas, y esa bocanada de sal en la garganta. El movimiento hipnótico de las olas, esa danza. El mar que está vivo, y el barco que avanza, que va dejando atrás la fosforescencia de su estela. Y ese sonido magnífico del agua al estrellarse contra el casco. La mirada siempre atenta, como los sueños de la marinería, y sus miedos. Ay, esos barcos que van surcando los océanos y mares, esos barcos submarinos o de superficie (de transporte, de pesca, de guerra, de recreo). Esos barcos que recorren la historia con sus hazañas y naufragios. Los nombres de esos barcos y sus curtidos hombres. Bogan en medio de su propia leyenda, y por esa intensa e inmensa belleza que es el alma océana. Y la nostalgia, y la plata de los delfines, y el oro de los atardeceres. Y esa bruma que oculta a veces la esperanza. Y ese cielo, y esas estrellas, y la espuma que salpica tanta memoria. Los barcos y su historia. Esos diseños y esa fragilidad permanente. Esa constante aventura a través de los paralelos y meridianos. Esa épica, esa lírica y ese drama. Y el viento en las velas, y la fuerza de los remos, y la energía de las turbinas. El amor por el mar, ese amar su destino y su conquista y su horizonte. Ese amor por los barcos y su historia.

Y para los enamorados del mar y de sus navíos nada como hacerse con el libro ilustrado “Barcos. Su historia a través del arte de la fotografía”, editado con gran rigor por Andrew Lambert, al frente de un nutrido equipo colaborador. Un libro que vio la luz en Londres en 2010 y que ahora GeoPlaneta ofrece en su versión española. Una maravilla de libro, un volumen excepcional.

viernes 11 de noviembre de 2011

Sin miedo




Es difícil escribir un poema
que no tenga nubes dentro (o esa lluvia).
La tinta es negra y el día
se vuelve cada vez más noche.
¡Qué oscura y triste parece a veces la vida!
La sonrisa, de pronto, se pone seria,
y la esperanza no encuentra palabras.

Pero yo me rebelo. Por completo.
Quiero escribir poemas
que canten muy clara la alegría.
Subirme a los árboles de la infancia
y, desde allí, lanzar mi voz hacia lo alto.

Hay que decir la verdad, sin miedo:
en la poesía está la santidad de las cosas.
El alma, el gozo y la belleza.

jueves 10 de noviembre de 2011

Más decires



Puede que todavía queden personas que se pregunten por la verdad, hartos de tanta simpleza.

Los que se quieren se adivinan el pensamiento con frecuencia, y cada vez más el alma.

El amor evoluciona, no sólo pasa o se apasiona incandescente en el sexo. Nos transforma en la paciencia de su convivencia, o en la seducción del perdón que nos besa. Somos nosotros mismos, pero mejores. Y ya no estamos solos en la soledad, ni tristes en la tristeza.

Te traje tres rosas naranjas, y un beso. Nos miramos. Las pusiste en agua y las dejaste sobre la mesa. Esas rosas naranjas allí, y en ellas nuestras miradas, siempre juntas.

Busco respuestas, abro ventanas, tanteo poemas.

Ocurre a veces que el amor es tan pleno que ni al alma ni al cuerpo les queda ya nada para desnudarse.

¿Para qué escribiré tanto? ¿No será todo un desatino? ¿Para qué tanto ir y venir entre las palabras? Siempre escudriñando en el silencio, siempre con la mirada contemplativa. Uno a veces se cansa. Y cierro los ojos, y las manos. Pero ni por esas. Es una necesidad. Dejar constancia de lo que siento mientras vivo. Pulir mis palabras y mi vida.

Una de las reglas de oro para ser feliz es que nadie debe sernos indiferente. ¡Qué mayor desafío que el intento de amar a todos! Sin ser panolis.

La realidad es la que es.
Que comience la esperanza
de una puñetera vez.

A veces recuerdo lugares donde no he estado (que yo sepa). Igual es por esa afición de mirar los atlas que cultivo desde niño.

En cuanto veo caras de políticos en portadas de libros, salgo corriendo o me cambio de estante a la velocidad de la prudencia. (Sólo en una ocasión he cedido, y fue con María San Gil, intelectual de fuste, mujer íntegra, valiente como pocos, y guapa).

miércoles 9 de noviembre de 2011

Ser lo que uno es



Reflexionando si los demás me ven como yo soy en realidad, en coherencia. Ser, no parecer. Ser lo que uno es. Con naturalidad, sin máscaras ni disimulos. Y sin absurdos miedos al que dirán. Levantar bien alto lo que uno cree, izar el alma. Así, que los demás vean la verdad de lo que somos. Con gallardía de corazón, con pasión. Y sólo de esta manera obtendremos respeto por lo que pensamos y somos. Incluso admiración. El mundo ya está cansado de vaguedades, de personas tibias y calculadoras, sin alma. El mundo necesita de gente auténtica, sin doblez ni engaño, gente buena y transparente. Sólo así.

martes 8 de noviembre de 2011

Sueños y recuerdos




Era mi sueño. Pero algo se metió de por medio, y me levanté en plena noche. Di algunos traspiés hasta que llegué a la nevera. El agua estaba helada (me ha dado un escalofrío sólo de escribirlo). Intenté recordar lo que soñaba, porque era donde quería volver. Pero no recordaba nada. Y me senté en la cocina, apoyando la cabeza en algunos recuerdos gratos de la infancia, cuando todo era más de día y los sueños no se me olvidaban. Es curioso, no me puse a leer, pero pensaba en los libros que leía por entonces. Al llegar del colegio o por la noche, medio a escondidas. Con el pecho valiente de corsarios y mosqueteros. Esas historias. O investigando algún crimen despiadado, o un robo muy extraño. Y de pronto mi madre sentada en mi cama. O allí, en la cocina, preguntándome por lo que soñaba o leía, y protegiéndome del miedo. Mi madre, esa realidad magnífica de mi vida. Esa luz que no dejo de ver aún en las noches más oscuras. Me levanté, pero antes de volver a la cama, recorrí a tientas la casa, y salí al balcón para respirar la madrugada. Y contemplar la calle vacía, y el sueño de los árboles, en esa nana en la que les mecía la brisa.

lunes 7 de noviembre de 2011

Hoy




Ya es hoy. El día.
Esta luz, esta mañana: hoy.
¿Qué más da el resto?
Es hoy, es lo que tengo.
Ni lo que fue ni lo que será.
Hoy, sin ir más lejos.
Puede parecer poco,
pero hoy por hoy lo es todo.

domingo 6 de noviembre de 2011

Este domingo de octubre




Domingo. Cierro el libro
y paseo por la casa como si nada.
Desde una ventana veo
a una paloma que levanta el vuelo.
Quizá es poca cosa,
pero yo la sigo mientras puedo.
Y luego busco acomodo entre las nubes,
compañeras de tantos sueños.

Hasta que me harto de mí mismo,
voy a la cocina y te doy un beso.

sábado 5 de noviembre de 2011

La realidad de lo que miro




La realidad confunde, desconcierta.
A la entrada de un bar me encuentro con unas gentes
que parecen ser los ciudadanos de Calais, de Rodin.
Y el pelo moreno de esa chica que está allí sentada
son como trazos dispersos de Pollock en el lienzo de la brisa.
El bullicio de la calle es como un cuadro futurista
de Gino Severino, tal es el caos de líneas y colores.

La realidad se nos escapa
o se difumina en indiscriminados deseos.
Quisiera vivir más a conciencia, darme más cuenta
de lo que vivo, a pesar de mis olvidos y cenizas.

Vivir dentro de un paisaje de Corot
y respirar allí dalias, calas y retamas.
O ser el príncipe valiente que dibujaba Harold Foster.
(Serlo justo en el instante en el que el mensajero Hulta
resulta ser una hermosa y herida doncella “de cabellera cobriza”).

La realidad, la realidad. La realidad es la verdad. (Dicen).
Es el sentido de lo que vives y respiras.
Y Flash Gordon resulta que no existe. Pero dudo.
Como dudó Magritte. La luz también duda en su reflejo
y hace que la materia se desmorone en pinceladas concisas
que yo miro como si fueran todas de Monet.

¿Es menos realidad el deseo?
¿Es ilusión todo lo que sueño o escribo aquí?

El alma es la verdadera consistencia de la materia,
la densidad de la belleza
que contemplo y amo cada día.

Y de pronto el cielo se viste de fucsia,
porque a Dios le gusta la pintura de Rothko.
Y la mirada reza, y es más real que nunca la esperanza.
Y la vida, que sueña más vida.

viernes 4 de noviembre de 2011

A primeras horas de la mañana


Dios mío, el desayuno se me ha quedado frío, y te busco mientras indago en la nevera (vaya, no hay fruta) y me vuelvo a dar cuenta de que el microondas no funciona. La colcha bien recta, que no arrastre, y acaricio su tejido, y te miro. O eso creo. Tu presencia junto a mí, por estas habitaciones, recogiendo toallas, pijamas y papeles. Ya ves lo que hago, ya ves lo que son mis mañanas. El día está triste, y te lo digo como si hubiera alguna posibilidad de que lo mejores, de que despejes todas esas nubes del cielo. ¡Cómo se va gastando la pasta de dientes! ¿Ves, Dios mío? Y esas manchas del techo. Nos hemos quedado solos en la casa. Ay, las almohadas, y me quedo contemplando el suelo durante unos minutos, con la cabeza en alguna nostalgia o quizá pensando en el dinero (o, peor, en el no dinero). Ya me conoces. ¡Qué poco caso te hago y que fe tan escuálida! ¿Te agrada el perfume de mango, o te gusta más el de mora? Mi corazón te lo sabes de memoria. No te pido nada. ¿Qué ocurrirá durante el día? De momento dudo: no sé si ponerme un jersey o una cazadora. Y me preocupa España, toda esta constante tergiversación de la verdad, toda esta desidia y pandereta. Y este calculado alejamiento de ti, Dios mío. Cada vez te quiere menos gente. ¿Nos vamos? Espera que cierre aquella ventana, ya, me santiguo y a la calle. Y me vas contando todo lo que nos amas.

jueves 3 de noviembre de 2011

Urgencia para nada




Deprisa, deprisa. Venga,
vamos, ¡ya! Que no llegamos.
(¿A dónde?). Apresúrate, es urgente.
¡Que nervios! (¿Por qué?).
Corre, ya terminarás luego.
Deprisa. Te espero en la puerta.
Sal ya de lo que hagas. Venga, vamos...

Y luego todo queda en nada.
Tanto apresurarse,
en el amor y en las palabras,
para nada.
Tanto ir y venir,
tanto descuido en la vida
para acabar así, con el alma a rachas.

Y yo me pregunto: ¿Hemos llegado antes
a la felicidad de algo?

miércoles 2 de noviembre de 2011

Una pequeña historia




Os voy a contar una historia
muy breve, brevísima.
No deja de ser entretenida
y hasta tiene buen humor.
Habla con Dios
y está plagada de sueños.
No tiene doblez, pero sí ternura
y un amor inusitado por los libros.
Esa historia soy yo: es mi vida.

martes 1 de noviembre de 2011

El sosiego de las cosas




El sosiego. Las cosas quietas,
y el alma que se queda mirando
en el vaso el temblor del agua.

No sabes decir nada nuevo.
Simplemente te haces cargo
del milagro de ser, y de poder verlo.

¡Qué sosiego! La paz se respira,
sientes cómo la vida vive
en tu pecho, y en la brisa
que mece las hojas y las risas.

Sobre la mesa un libro abierto,
y la mirada en el cielo.