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Reflexiones, poemas, escorzos de vida, fe de lecturas, noticias de amigos... No pretende ser un desahogo, más bien un diálogo. Un demorarme en el resplandor de nuestra existencia. Y en su literatura.


sábado 30 de abril de 2011

Redención




I



Entre la escoria y el cieno, en plena basura
nace una flor,
esa belleza que redime y restaura,
que da sentido y es cielo y es interior.



II


Un jardín japonés.
El molino, con sus destellos de agua
y ese líquido rumor que gira
alrededor de tu vida.
La brisa entre las plantas, y la mirada
en el fondo del estanque.

viernes 29 de abril de 2011

¿Para qué sirve Dios?


Dicen que la oración no sirve para nada
y que es perder el tiempo entre beatas.
Dicen que Dios es un delirio
de Papas,
una leyenda tras otra, un lastre para el hombre,
con sus dogmas y demás teológicas fantasías.
Y además esa penumbra irrespirable de las sacristías,
y esos curas tan cenizos y el Opus y la madre
que los parió a todos.

Y se mofan desde cátedras estreñidas
o televisivas carcajadas o
desde el ajedrezado esmero de las logias.
Ahora la moda es ignorar a Dios -¡vaya
por Dios!-, insaciables de idolillos y esotéricas bobadas.
Ahora la moda es escupir bilis para ver quien llega más lejos
o la dice más gorda contra la Iglesia
(por supuesto con cargo casi siempre a los presupuestos).

Lo cristiano no gusta porque exige más
coherencia: pedir perdón
y perdonar una y mil veces a los que difaman
(ya saben, poner la otra mejilla
sin llegar a ser gilipollas).
Lo cristiano asusta: demasiada verdad
en cada una de las bienaventuranzas.
Y no gusta nada que nadie mente la bicha
de la conciencia.

¿Para qué sirve Dios? Para amar sin medida
y desterrar la tristeza (y la simpleza) de nuestras almas.
Es entonces cuando todo cuadra,
cuando cada instante adquiere su verdadero gozo y sentido.

¿Quién es Dios? Os lo digo: Dios es mi familia.
Hágase en mí, si es posible, Su voluntad y su poesía
en cada rescoldo de mi vida,
en cada recodo de mis palabras.

jueves 28 de abril de 2011

Escolios de los días



La estridencia de las voces, lo impúdico de los comportamientos, la desespiritualización del yo, lo hirsuto de las inteligencias, la furia contra la verdad, el ocaso de la educación, la tosquedad materialista (su avaricia), el desprestigio de la virtud, el extravío de las palabras, el óxido de la tristeza (que corroe como veneno la vida), el apogeo de la maledicencia... ¡Ya lo creo que cuesta ser un hombre cuerdo!

Aunque muchos hayan dejado de creerlo el amor existe. Esa es la realidad.

Os voy a contar una historia muy breve, brevísima. No deja de ser entretenida y tiene buen humor. Habla con Dios y está plagada de sueños. No tiene doblez, pero sí ternura y un amor inusitado por los libros. Esa historia soy yo, es mi vida.

El bullicio, las películas, las notas, los abrazos, la mesa, la música, las lavadoras, el perdón, esa puerta, unos gritos, los libros, la limpieza, el amor y unas flores. Todo eso y más es mi familia. Lo mejor que tengo. Lo que soy y de lo que escribo.

¡Y yo que creo que todo esto de las redes sociales responde a una necesidad acuciante de cariño!

Dejadme estar tranquilo. Quedaos con todos esos periódicos y revistas y catálogos. Para vosotros el ruido de la televisión y de la radio. Y os lo digo: aborrezco los correos con souvenirs políticos. Dejadme ya. Quiero leer tranquilo, o irme por las ramas de los lunes, del amor o de las nubes.

Envidio esas casas grandes, de largos y anchos pasillos. Envidio esos espacios, esas paredes en donde sólo hay cuadros, lámparas y fotografías; y como mucho panoplias, grabados o tapices. ¡Qué vacíos están, qué pobres! Y yo los voy poblando de esa maravillosa intimidad que dan los libros.

Cada uno puede hacer lo que le dé la gana. Las vidas van eligiendo los más diversos cauces y orillas. Pero cuántas veces seguimos escuchando esas palabras-guía de nuestras madres: -"Hijo mío, sé bueno", o "hija mía, sé buena". Podemos no reconocerlo, incluso reírnos con chanza, pero cada uno sabe la verdad de su vida.

Me encanta el olor del limpiacristales mientras voy sacando brillo a los de la biblioteca. Los libros en dos y tres filas, junto a fotografías de familia. ¡Cuántos títulos tiene la vida, con sus innumerables argumentos y peripecias! Y los títulos que me faltan por leer, si es que puedo, o me dejan. ¡Cuántos viejos amigos hay por aquí! ¡Qué de reencuentros! Me encanta este olor, la transparencia que deja.

El hecho de escribir no deja de ser una relectura, o una primera lectura de cierto misterio o alguna aventura.

¿Por qué tiembla la tierra y el hombre sigue impertérrito?
Decidme, en serio: ¿por qué tiembla la tierra?

¿Qué es la poesía sino preguntarse por el alma de lo que es, de lo que pasa, de lo que somos?

El día que deje de estar loco de amor, ese día, no me tengáis en cuenta nada de lo que diga.

Cuando un cristiano no reza apostata de la alegría.

Todavía hay sitio para un libro más.

Me niego a pensar que no somos capaces de cambiar las cosas y hacer con nuestro trabajo y nuestra alegría un mundo mejor.

En el día mundial de la salud me voy a hacer un chequeo completo, que no quiero anomalías. O sea que, para prevenir, de entrada me voy a tomar un café con leche con un amigo, más tarde -a solas- estudiaré los indicadores de mi alegría. Es cierto que a veces me duele mi desidia y la nostalgia la tengo por las nubes.

miércoles 27 de abril de 2011

La lectura es la asignatura más importante





Tantos planes de estudio, tanta chanza y teoría pedagógica que lo único que consigue es hacer que la enseñanza sea cada vez más mediocre. Padres e hijos, no lo dudéis ni por un momento. Estáis -estamos- demasiado obsesionados por las matemáticas, por las sociales, por el inglés, por la informática, por las naturales, por... Y no digo yo que no sean importantes, faltaría más. Pero la base de todo está en la lectura. En esos libros de apariencia tan frágil que son los cimientos de la sensibilidad y del criterio. En ellos vamos ejercitando nuestro pensamiento, nuestra libertad. Un chaval que lee es un valor seguro. Confiad en mí. ¿Técnicas de estudio? Lectura, lectura, lectura. Y en los colegios (y no poco en las universidades) insistid en su importancia, en su necesidad. Haced que se abran las bibliotecas de par en par, y que se provean de buenos y abundantes libros. Y sacudiros el polvo de la pereza y de la costumbre. Que los niños -y no tan niños- aprendan poco a poco a acariciar su paisaje, su aventura, sus lomos, su verdadero valor.

Leí en Elogio de la transmisión (Siruela), del gran maestro de la literatura George Steiner, algo que me encantó y que suscribo del todo. Una persona que es capaz de aguantar el silencio, en la soledad de una habitación, durante un buen rato, es una persona que ha recibido una adecuada educación. Porque esa persona tiene un mundo interior que está vivo, que piensa, que matiza, que pondera las cuestiones. Una persona que trasciende los cotidianos sucesos, que valora la excelencia, lo bueno, que sabe que toda existencia tiene su metafísica, su orden espiritual. En definitiva, una persona que no es un botarate.

¡Qué importante es tener a nuestro alrededor personas realmente apasionadas por los libros! Y que nadie venga con la manida excusa de la falta de tiempo. Porque siempre sacamos tiempo para aquello que nos interesa de verdad. Padres, enseñad a vuestros hijos la sana costumbre de llevar habitualmente consigo -en la mochila o en el bolsillo- un libro. Pero nosotros debemos dar ejemplo de ello. Que nos vean leer en casa o en la consulta del dentista, tanto da. Pero que nos vean. Que circulen los libros por nuestras casas, que dialoguemos sobre ellos. A mayor conocimiento más nítida será la esperanza.

Insisto: es la asignatura más importante. No es un simple pasatiempo. Y nos tenemos que convencer de ello. Un chico que lee es más tranquilo, vigoriza el músculo de su memoria, adquiere un lenguaje más rico, y aprende a escuchar a los demás, a comprenderles, a ponerse en su lugar. Entre otras muchas cosas. Aprovechad la vida -su viaje- para sondear lo incógnito, sus misterios, la belleza y la aventura de la verdad, de cada cosa o circunstancia. Sin insistir demasiado, sin obligar. Porque la lectura es devoción (o pasión) que se adquiere libremente.

martes 26 de abril de 2011

El ruido




Vivimos en él, inmersos en su retumbante desquiciamiento, dando por supuesto la normalidad de su inevitable rugido. Me parece imposible que haya alguien que pueda acostumbrarse a semejante desvarío, un desvarío que va mucho más allá de lo acústico. El ruido nos impone a todos su dictadura de alboroto, de desaliñada barahunda. Su fragor envalentona los nervios, amohína el carácter y se mofa de toda discreción. Nada más ruidoso que el hombre moderno. Ama el estrépito, vocifera y se desgañita entre todo tipo de máquinas y altavoces. Y no deja de sorprenderme esa inaudita tendencia que tenemos de hablarnos a gritos, con una vehemencia gratuita e innecesaria, que ignora el verdadero diálogo, el respeto a los demás. Eso que denominamos como educación. Algunos, instintivamente -con el volumen de la radio aullando en toda su memez-, creen dar así esquinazo a pensamientos acuciantes e incómodos; otros trivializan en su bramido lo que suponen es alegría, y los de más allá creen a pies juntillas que la existencia es cuestión de decibelios.

Hoy, cuando lo normal es la exhibición y el espectáculo, cuando el pandemónium de lo cutre nos advierte de un mal mayor, que se expresa ante todo en una tosquedad intelectual; hoy, precisamente hoy, es cuando más necesario nos resulta el silencio como rebeldía. Nada de medias tintas: un verdadero motín. Para reflexionar, para leer, para imaginar, para escuchar, para soñar, y también para ir recobrando la sana costumbre de saber callar a tiempo. El silencio necesita de unas cuantas personas decididas a reivindicar su condición de inspirador de aquello que es más verdadero, más humano. Para tomar conciencia de lo que somos. En él -en el silencio- está el punto de partida necesario para tomar las decisiones más apropiadas, y mejora incluso nuestro trato con los demás. (Y es que, como canta Joaquín Sabina, con tanto ruido "entrometido" no se oye ni el ruido del mar). El silencio es el aliento de la poesía, las caricias del amor, la altura desde donde se escucha la memoria de las hojas, el sortilegio desde el cual el hombre puede llegar a ser hombre íntegro, completo; y verse el alma por dentro.


lunes 25 de abril de 2011

A cobijo



I

El eco de los pasos del tiempo por la misma acera.
La cartera con los libros y ese aroma del colegio,
y las pinturas y la voz de mi abuelo: ese refugio
donde de niño me escondía, a salvo de lo de fuera.

II

Entre la nostalgia y la esperanza
se desarrolla la vida.
¿Dónde termina la nostalgia
y dónde comienza la esperanza?
Pero te vas haciendo viejo cada día
y ya tienes pocas dudas de lo que es tu vida:
esa constante nostalgia que vive de esperanza.

III

Verlaine, la belleza, la memoria, el sexo,
el vaivén del tiempo, la luz y el lenguaje impreso,
el axioma del instante, Roma, ramas, besos...
A mí sólo me interesa el amor de todo eso.

domingo 24 de abril de 2011

Leer, leer, leer (y cinco apostillas)




¿Cómo leer todo lo que me interesa, todo esos libros que quiero leer, que están sobre mi mesa? ¿Cómo hacerlo? ¿Cómo lograr quedarme a solas con ellos e ir desgranando sus diversas aventuras sin que nadie se interponga y sin acabar siendo una persona que sólo lea?

No quisiera ser maniático o demasiado raro. Pero envidio a los que pasan toda una mañana -o una tarde- sentados en una biblioteca, leyendo. Envidio a los que veo leer en el autobús o en el banco de una plaza. Me conmueve esa chica absorta en el libro, mientras sus piernas danzan en el aire.

Me intrigan esas casas repletas de libros (como la mía), e imaginar en un rincón del salón o de la cocina a un hombre mayor, leyendo lo que le resta de vida, al tiempo que su nieta curiosea por las estanterías.

¿Cómo leer tantos libros magníficos? ¿En qué momento, en qué sitio? ¿En qué vida?



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(Apostillas)


-Abrumados por la información -en tantas ocasiones interesada-, y escasos de formación, los hombres van perdiendo sistemáticamente la cualidad del pensamiento, y se desespiritualizan. De ahí a la frustración hay sólo un paso.


-La vida no consiste en sobrevivir con las menos heridas posibles. La vida consiste en enamorarse, en vivir del amor, en darse. Yo no veo otra salida para salir con relativo éxito del trance.


-El hombre cada vez me parece un ser más vulnerable, que se pasa el tiempo buscando compensaciones y dando malas explicaciones.


-Me ronda desde hace días el color naranja. ¿Qué digo días? Años. Puede que toda mi vida. Es el trasluz de un gozo que me alegra cada instante. Al alba y al atardecer ese fuego naranja, esa esperanza naranja. Sólo deseo un poco de ese color cerca. El amor también es naranja, porque naranja es su hoguera, eso que te quema el alma sin medida. Sí, me ronda desde hace mucho el color naranja.


-No puede ser que tanta belleza se pierda. ¿Dónde tenemos puesta la mirada? ¿Dónde está el alma?

sábado 23 de abril de 2011

Infancia







I

De niño
resplandecía de gozo la vida
recién encalada.


II

Agua del pozo,
el aroma húmedo de la tierra,
y el poema.


III

Mis abuelos:
trepa por los años de la casa
la hiedra.


IV

Campanas,
sagrado sonido del cielo,
revuelo de palomas

viernes 22 de abril de 2011

¡Ya está bien!



Don Gregorio Peces-Barba pensaba hace unos días -y lo piensa todavía- que a los católicos se nos consiente demasiado, que lo nuestro es algún tipo de gueto, que hay que atarnos en corto. Y es que deberíamos estar calladitos, sin molestar su condescendiente sensibilidad de preboste. Debe ser muy duro vivir de aversiones, con ese encono tan cerril, tan radical y tan reaccionario. ¡Pues no llevamos siglos con este asunto!

En fin don Gregorio, mis respetos. Aunque me cueste. Pero…

Pero ya está bien de provocar a discreción, ya está bien de presumir de lo que se carece. Ya está bien de no respetar a los demás. Ya está bien de consignas torticeras. Ya está bien de demagogias funambulistas. Ya está bien. Que cada uno piense lo que le dé la gana, pero respetando. En cuanto dejemos de respetarnos la democracia es una filfa, no vale nada.

Yo soy católico. Un tipo muy de la calle, un tipo que se pirra por su mujer y por la literatura, por la sombra de un buen magnolio y por la música de Leonardo Cohen. Un tipo que cree en el abrazo cotidiano de Dios y en la urgente necesidad de la Poesía. Un tipo que se acaba de comprar una novela de Javier Marías, que pasea con frecuencia, que las pasa canutas para llegar a final de mes pero que ama la belleza en su infinidad de detalles. Vamos, que no soy nada extraordinario.

Pero me asusta el mal y no acabo de entender la mala leche. Por eso digo: ya está bien de provocar, tengamos sosiego, dejemos vivir al personal, cada cual con su creencia, o con su ausencia. Ya la vida es suficientemente intensa de por si. Tengamos la fiesta en paz. Y pienso en San Lucas, cuando decía: "Tratad a los demás como queréis que ellos os traten". Pues eso.

jueves 21 de abril de 2011

Lo que de verdad dice cada palabra





Una palabra. Veamos. "Viento".
Y escucho desde aquí su sonido y veo su pelo revuelto.
Otra... "Agua". Y, sumergido, buceo entre burbujas de tiempo
y emerjo de nuevo en su cuerpo.
Y esa palabra que se llama "Ana", la que me abraza
y entrega su alma;
esa misma: la que me lo dice todo.

miércoles 20 de abril de 2011

Escolios con posdata







Mirando el rostro de mi mujer y sin estar enfermo (salvo de libropesía), el hecho es -nadie se asuste- que me queda muy poco tiempo de vida. Muy poco para amar todo lo que me gustaría. Me va a faltar vida. Viva lo que viva.



¡Y pensar que uno puede ser feliz planchando una camisa!



Cada mañana me repito una vez y otra vez: a partir de hoy nada puede seguir igual en mi vida.



Las grandes epopeyas de la historia tienen lugar en mi casa. Cosas como el sacrificio, la constante batalla por el orden o por una sonrisa, dar la vida todos los días, y una asombrosa historia de amor.



Siempre los pequeños sacan adelante los sueños más grandes. En todos los órdenes de la vida.



La costumbre nos hace creer que no hay nada de excepcional en nuestras vidas. Pero no es cierto. Cada día tenemos una cita con la luz que todo lo mira, y con esa plenitud de amor que vive en el interior de cada uno.



Hay que ser drásticamente sincero con uno mismo. Y ver cómo andan las cosas por ahí dentro.



Para ser algo en la vida es preciso soñarlo.





POSDATA: Fíjense que tiempos vivimos: lo más sublime es lo que más harta. En esto conocerán lo imbéciles que fuimos.

martes 19 de abril de 2011

“Tengo una cita con la muerte”, Borja Aguiló y Ben Clark (eds)





“(…)por todos los placeres que voy a perderme, / ayúdame, Señor, ayúdame a morir”. William Noel Hodgson



¿Quién no tiene una cita con la muerte? Desconocemos el año, el día, la hora y el lugar, pero sabemos que llegará. No sabemos si tomará por asalto nuestra vida en un rápido golpe de mano, o bien nos tendrá sitiados en el dolor durante un largo trecho de tiempo. De la muerte desconocemos casi todo. Sólo sabemos que moriremos, que llegaremos puntuales a la cita. Que allí estará la Parca. Y sentimos que sea así, y aunque el destino de los hombres sea la eternidad, morir nos duele. A todos. Nos duele irnos, abandonar el cuerpo, los sentidos y la presencia de los demás. Dejar la bendita costumbre de la vida supone un vértigo y una herida. Supone un desgarro. Pensarlo nos desbarata una frágil felicidad. Deja, deja, ahora no viene a cuento. Pensarlo no pocas veces supone agachar la cabeza y cruzar las piernas con inquietud, cuando no con ese atisbo de amargura, ese miedo, esa parálisis del alma.

¿Quién no tiene una cita con la muerte? Pero en algunos casos esa cita adquiere un dramatismo mayor, una más intensa consciencia del hecho de morir. Por ejemplo un soldado-poeta que intuye, que advierte, que ese instante ya está ahí, que ha llegado. Imaginen la Gran Guerra, las trincheras, el barro, el ruido, los estallidos de las bombas y de los cuerpos y de la tierra. Los contornos de la vida se van difuminando en un solo punto de luz. Kilómetros y kilómetros de trincheras donde se cobija el miedo, la pesadumbre y, sobre todo, la pena. La pena de los vivos y la pena de los muertos (donde como canta Owen hasta “el amor de Dios parece morir”). Los sueños y los hombres -los sueños de los hombres- van siendo diezmados, en una escabechina sin precedentes. Y entre todos esos miles de víctimas, unas decenas de poetas. Jóvenes, muy jóvenes. Y algunos más primerizos que otros, casi sin bibliografía. Pero en común tienen todos ellos la madurez y la visión y la sensibilidad que da la proximidad de la muerte.

En 1964 Brian Gardner publicó una extensa antología de poetas -y poemas- directamente implicados en la guerra: Up the Line to Death. The War Poets 1914-1918. (Produce escalofríos constatar esas muertes, imaginar el discurrir de esos postreros versos). Bueno, pues el gran trabajo de edición -y sobre todo de traducción- que han logrado Aguiló y Clark en Tengo una cita con la muerte (Linteo Poesía) -cuyo título es un verso de Alan Seeger- procede de ese libro de Gardner. El resultado -para no andarnos por las ramas- es de una emoción como pocas. Dentro mismo de la batalla, en ese bolsillo de la guerrera donde se encontró más tarde el poema, en la misma trayectoria de esa bala que surca el tiempo para hacer impacto justamente ahí, en ese tipo, en esa almas que “nos enseñaron la dignidad de ser hombres”. La poesía como redención, como testimonio, como grito, como confidencia con Dios y con los demás. Incluso como profecía. Los poetas y la soledad y el dolor y el propio infierno en la tierra. ¿Era posible escribir un poema en aquellas circunstancias tan amargas, tan increíbles? Lo era. Pasen y lean. Pasen y crean en la dimensión espiritual del hombre. ¿A quién destacar de todos ellos? ¿A Wilfred Owen, a W.N. Hodgson, a Rosenberg, a Sorley, a…? Lo excepcional de este libro es precisamente su unidad, ese objetivo de esperanza y de poesía como necesidad. Para resucitar la paz de una vez por todas. Un gran libro. Unos poemas de una humanidad que se vacía ante nosotros, unos poemas que nos dejan su último aliento. O quizá el primero.

lunes 18 de abril de 2011

Testigo del tiempo





Una vieja agenda. Grande, de piel. Notas

de un pasado del que no me desago. Caligrafía

de pluma y de lápiz y de remotos espacios. Un billete de tranvia

de 5 céntimos. Fotografías, postales, tarjetas y teléfonos

de amigos muertos (Manuel, Pedro Antonio, María...).

Y poemas y poemas y poemas. Y un cierto desengaño.

Y recortes de vida y de revistas. Y un calendario

de hace un par de lustros, en el que mi cumpleaños

cayó en un perdido jueves de aquella primera semana de mayo.

Y un pequeño grabado del bravo Don Cosme Damián de Churruca

y Elorza, (capitán en la batalla de Trafalgar del San Juan Nepomuceno).

Apuntes de libros leídos con entusiasmo. Dibujos de mis hijos.

Muescas del tiempo. Un ayer que contemplo en sus reliquias.

Y en silencio voy pasando las hojas y las imágenes y las palabras,

y siento el abismo y el desdén de los días.

Y siento que la realidad es siempre una emoción de la memoria.

domingo 17 de abril de 2011

“Pasos en la nieve”, un libro clave en la poesía de Jaime Siles


"Considera como lo ausente está presente con total certeza" (Parménides)


“¿Es el poema tiempo / o es el poema ser? / ¿Es el poema agua / o es el poema sed?”. Son cuatro versos que se preguntan sobre lo que inquieta y anhela Jaime Siles (Valencia, 1951) en su vocación poética, que es esa otra forma de decirnos su existencia. Pasos en la nieve (Tusquets, 2004): un libro extenso e intenso, que aúna y proyecta lo mejor de una obra madura, donde el lenguaje arrastra al lector a un razonamiento contemplativo, a una visión reflexiva. Y todo ello con un íntimo sentimiento de pérdida, elegía y cifra de nuestras propias vidas: la suya, la tuya presunto lector, y también la mía, que escribo estas líneas. Porque el tiempo y su derrota conforman la trama principal de estos magníficos poemas. Aquellos “Pasos en el papel” -gran poema de Himnos tardíos- tienen su continuidad en estos otros pasos, que dejan ahora su huella -desde la memoria- en el fulgor de unas páginas donde la nieve no es otra cosa que el símbolo de una eternidad y pureza deseadas, que le redima al fin de tanta sed, de tanto dolor, de tanta duda, de tanta muerte; contemplando las palabras por dentro, en su elocuente significado de luz y gracia. Debe destacarse aquí, en este libro, no sólo la variada y deliciosa perfección formal; estos poemas se afianzan sobre todo en lo que adivinan, en lo que sugieren, en lo que interrogan (pasma observar los constantes interrogantes que se suceden a lo largo y ancho del alma de los poemas; en ‘Propiedad en usufructo’: “Entre el recuerdo y yo / ¿qué queda que no sea / lo que se ha sido ya?”). Pasos en la nieve es el libro del tiempo en el espacio, de la muerte trascendida; escrito en un tono elegíaco sólo comparable, entre nosotros, al mejor Cernuda, y con una más que evidente carga moral.

Creo que el primer paso y la clave de todo lo dicho más arriba se encuentra en el poema ‘Color en fuga’. Cronológicamente es el primero del libro, y eso tiene su importancia. En él encontramos varios indicios que no spueden ayudar a entender. El poeta contempla un cuadro del pintor José Lucas. El lienzo, en un mágico difumino, pasará a ser su propia alma -lo mismo ocurre en el poema ‘Santiago Rusiñol’-, en una ensoñación perfecta del arte, del espacio y tiempo que es la vida, de la muerte. Y es ahí cuando se abre esa “fisura / en la llaga del tiempo”, ese espacio sin espacio donde todavía “el iris choca con la nada y duda”, hasta que en plena angustia existencial germina una mirada, y otra, y otra, y otra. Es Dios quien contempla el cuadro, es Dios quien contempla la propia mirada del poeta ( y la del lector) y el alma e “interpreta los signos que tú tejes”, y los dota de sentido, el cual proyecta mucho más allá de esos signos. Y aquí el crítico se ve en la obligación de apuntar lo que por otra parte es una evidencia: la poesía de Siles siempre ha tenido una gran fuerza religiosa -en esa búsqueda constante de la luz-, como la de Rilke, Eliot o Celan, o Montale, o la de Unamuno, Claudio Rodríguez, Valente o Colinas. Entendido esto como la más profunda indagación que uno puede hacer de si mismo, y del mundo, y de la filología.

Poeta europeo donde los haya, cosmopolita y buen conocedor de su tradición, Jaime Siles despliega en los nueve capítulos de este libro un completo muestrario de excelencia y virtud y sinceridad poética. Hasta Himnos tardíos predominó el poeta orfebre e intelectual. Ahora es otra la búsqueda (desde el solar de la palabra misma, cita él mismo a Luis Rosales), en una geografía interior donde el tiempo es sólo un equívoco, y el espacio un lugar donde pensarse. Búsqueda, en definitiva, de su propia identidad, tantas veces perdida o escondida entre los resquicios del lenguaje y en esa bruma a la que llamamos vida. Poemas de necesaria reflexión, que en su desarrollo quisieran desprenderse de toda literatura, siendo -oh paradoja- gran literatura. Siles interioriza más lo que escribe. Tal vez logra por ello en Pasos en la nieve una mayor sencillez y resolución emotivas, una mayor verdad, en un discurso autobiográfico (o transbiográfico) “que nos devuelve algo / que fue nuestro una vez / pero sólo un instante, / pues instante es el ser”. En ocasiones prima más cierto lirismo, y casi siempre la música de la rima: esa cadencia de la vida (leed ‘Balada del puente de Colonia’), en otras la fuerza de los monólogos dramáticos (‘Anthony Blunt, al final de la noche’, o el que es, sin ninguna duda, uno de los más grandes poemas del libro: ‘A.E. Housman acaba su edición de Manilio’). Siempre la abundancia de símbolos y el rigor de un pensamiento que se sabe tiempo y lenguaje, pero también mucho más. Pasos en la nieve es un libro insólito e importante, un gozo que ha tenido, tiene y tendrá el reconocimiento de todos aquellos lectores que todavía creen -pese al desahucio de la verdad y de la belleza- en la gran literatura, en su sortilegio. Escribirá el poeta en ‘Conversación con Wittgenstein’: “¿Qué es lo expresado / Esto: lo inexpresable. / Porque lo inexpresable es lo único / que nosotros podemos expresar. / Lo demás, como sabe muy bien, / sólo es lenguaje”.

sábado 16 de abril de 2011

¿Qué es la sabiduría? (Según los últimos escrutinios)



La sabiduría era su piel morena
en la toalla del verano,
jugar a las cartas en la alameda,
pasear en silencio de la mano, leer un poema,
mirar el fuego de una hoguera
(hasta que se vaya quedando en ascuas la mirada),
o es algo tan sencillo como pasar las páginas de una novela.

La sabiduría es todo eso, y es el beso
del amor por las mañanas,
y es un imprevisto aguacero
que te empapa de por vida los versos.

viernes 15 de abril de 2011

La vida en su cadencia




La vida es una serie de pensamientos inconexos, fragmentos de memoria, la imaginación que sugiere una realidad distinta. La vida no es un discurso único y preestablecido. La vida es saltimbanqui, sorprendente y sorprendida. En ella todo se interrumpe, gira, vacila. Quieres hacer algo y optas por lo contrario. La vida: un apresuramiento de última hora. Libros que lees, libros que quieres leer y libros que no leerás nunca. Buscas un buen tema donde vivir, o donde escribir unas cuantas palabras. ¡Cómo gira y gira y gira todo esto! No te apetecen las cosas, o no las entiendes, o no quieres saber nada de ellas. Sales a la calle y miras ahí, justo ahí: en esa cadencia, en ese punto donde sueñas. Poemas que viven, que pasean a tu lado sus palabras. Poemas que te miran de repente mientras bebes su vida. Y ese pelo color canela. La vida: sus colores. Y la claridad, que se ciñe al alma y a las formas de esas piernas. La vida: la pujanza infinita de lo concreto, de ese afán, de esos aromas, de esos deseos. Me basta mirar la vida para comprender que la muerte no dura. La miro, me enamoro, me extasío. Todo está en flor. Esa belleza que quisiera alcanzar, a la que quisiera entregarme hasta el final. O hasta el principio de su atrezzo y de su melodía. La vida, esos geranios, esos ojos, esos tilos, esa ambrosía del amor que se desliza por la noche en las caricias. Y la constante infancia donde uno vive. O revive. La transparencia. “Cuenta todo lo que Dios ha hecho contigo”. Lucas, capítulo ocho. Cuenta, y canta. Y lee con calma la poesía de la existencia: esa que respiras, o la que sientes, o la que admiras. La vida, esa simiente que germina, que sonríe, que avanza, que crece.

jueves 14 de abril de 2011

La utilidad de lo "inútil"




Estoy cansado de que la mayoría de la gente hable con cierta sorna y superficialidad sobre la literatura (y ya no digamos sobre la poesía). La tratan como algo a lo que uno se dedica si le sobra el tiempo o si le sirve exclusivamente para descansar mientras se toma una cerveza en su casa, en la piscina o en un bar. O es que el susodicho ya no da para más.

¿Escribes? "Vaya, qué interesante", como si fuera un asunto decorativo, y ya está. Nada que ver con la realidad, por supuesto. Y la verdad es que no pocas veces te sientes un pobre hombre. ¿Tendrán razón? ¿Será verdad? ¿Para qué diantres me sirve todo esto? Como decía un filósofo chino, que vete tú a saber como se llamaba, la utilidad de lo útil queda muy clara, pero casi nadie reflexiona sobre la utilidad de lo "inútil".

Pongamos la poesía. ¿Para qué sirve? Sin ponerme demasiado trascendental, yo diría que sirve para dar curso a las emociones humanas con cierto arte literario. Pero si profundizo un poco más en mí mismo siento que la poesía es como comenzar de nuevo, como abrir los ojos del alma, como una incesante lucha por dar con el sentido primigenio del hombre, de su ser, por medio del lenguaje. O aquello que decía Nemerov: "la poesía es un intento de presionar a Dios para que hable". ¿No tendrá alguna "utilidad" esta forma de ver las cosas? ¿Y a mí que me da que el hombre no puede vivir sin literatura? Es como si lo despojáramos de sus sueños. Y un hombre que no sueña es que no vive.

miércoles 13 de abril de 2011

Este poema quiere ser un grito



Yo venga a escribir del amor, de la belleza, del alma, de la ternura, de las caricias.
Yo venga a escribir sobre la hermosura de una flor cualquiera recién abierta.
Yo venga a escribir sobre la brisa o la nostalgia de aquella infancia estremecida.
Yo venga a escribir sobre los destellos de la luz en la mirada de la vida.
Yo venga a escribir de los poemas con los que me cruzo por las calles y avenidas.
Yo venga a escribir de las nubes, de las ventanas o del talle de unos juncos.
Yo venga a escribir de sueños y más sueños que comparten conmigo los días.
Yo venga a escribir sobre la intimidad del hombre, detalle a detalle.
Yo venga a escribir de literatura, espejos, palomas, Venus y otras veleidades.
Yo venga a escribir de la demora que exige el tiempo, prescindiendo de la prisa.
Yo venga a escribir de esa larga despedida que son las cosas.
Yo venga a escribir de Dios y de la melancolía que me produce la lluvia.
Yo venga a escribir de la confidencia de la poesía en unos labios o en unas hojas.

Yo venga escribir sobre todas esas cosas, sobre su armonía,
sobre la plegaria del color naranja en una rosa.
Yo venga a escribir sobre el resplandor azul del alma
y la posibilidad de ser feliz por los siglos de los siglos.

Pero unos cafres blasfeman y profanan a Cristo
con la parsimonia y el descaro de las autoridades.
¿Y qué hago yo ahora? ¿En qué palabras pongo el alma?
¿Cómo puedo permitir que esas vilezas sucedan sin que yo diga nada,
sin que mi poema denuncie dicha persecución en mi propia España?

Pues grito ahora en cada palabra, sí, grito,
y clamo al cielo y a la paz y al corazón de los ciegos.
¡Dios, sálvanos de estos hombres, haz que vean tu mirada!
Y perdónanos a todos.

martes 12 de abril de 2011

Seis "haikus" de primavera


(Leyendo a Yosa Buson y a Isabel Alamar y a Jacin Luna)




Revolotea
entre los brillos de la tarde
la flor del almendro.

**********

La flor del té
es la ternura de sus labios
en mi beso.

**********

Yo que aquí estoy,
y tú que estás conmigo,
es la primavera.

**********

Las nubes
en el corazón de los hombres
son más grises.

**********

Un poema:
la mirada del alma
y el silencio que mana.

**********

Por fin el sol,
el resplandor de Dios
en esos ojos.

lunes 11 de abril de 2011

Todavía nos queda esperanza





Los poetas con su palabra buscan la armonía,
la altura de la luz, el colmo del alma.
No hay poeta que no busque la paz, que no sienta ese deseo.
La poesía es la esencia del mundo,
la cohesión, el sustrato, el magma.
La poesía es el canto
que entonan los hombres para ver
si todavía les queda esperanza,
si todavía hay entre ellos algo santo.
La poesía es un acto de creencia,
es la presencia de Dios
en el dolor, en el amor, en la belleza.

Los poetas. Y ese incendio
de música: la experiencia
de contemplar el rostro de Cristo en el alma.

domingo 10 de abril de 2011

Algunos de mis escolios en Facebook (y III)



¡Dios! En un movimiento instintivo me recojo y rezo, y me agarro al primer libro que encuentro, no sabría decir el motivo. Resulta ser "Cenotafio", una antología poética de Jaime Siles que acaba de publicarse en Cátedra. Me agarro a él y pienso en el dolor personal de cada hombre: en su presente, en su esperanza.

¿El hombre podría vivir sin los misterios? Algo similar se preguntaba Rilke. Y yo me digo: ¿podría el hombre vivir sin la poesía? En apariencia sí, pero creo que sin ella, y lo que implica, no duraríamos ni dos telediarios.

Ir de frente, directo a la batalla, blandiendo con fervor y fuerza el alma.

Si ser feliz es una enfermedad, yo estoy en las últimas, agonizo. De un momento a otro daré el último suspiro. ¡Y qué gozo!

Después lo debes de contar, aunque te inventes algo. La realidad es la idealidad.

Tengo que reseñar varios libros pendientes, leídos y finiquitados. Pero no encuentro el momento para nada. Saldría a la calle, para seguir el rastro del sol por las aceras, y fijarme en la gente y en el movimiento de mis zapatillas verdes. Y no pensar demasiado. Sentir como la luz se disuelve en la mirada.

¿No os pasa que cuando vais por una calle más o menos solitaria y se acerca una persona hacia vosotros, y esa persona lleva unos libros en la mano, sentís una íntima tranquilidad y un regocijo inevitable, y la curiosidad por saber de qué títulos se trata?

Escriben el verso de Alberti: “Yo era un tonto y lo que he visto me ha hecho dos tontos”. Y yo apunto: Yo era un poco tonto y lo que he ido viendo me ha hecho espabilar bastante.

El mar... Ese horizonte de agua y luz. Ese resplandor de espuma y Dios.

¿Por qué se me olvida el alma en cualquier sitio?

(Sobre la belleza)
La belleza te transporta, te cautiva, quedas preso en ella, e intentas expresarla, transmitirla, compartirla. Duele no poseerla del todo, no entrar de lleno en su armonía de color o de sonido o de luz o de... La belleza es el resplandor de Dios -Su liturgia-, una señal, un signo, una delicia, que nos toca descifrar con alma. La belleza es una de las manifestaciones más solemnes del Amor. En realidad, cuando la sientes, es amor lo que sientes, un gozo de enamorado, y quieres colmar el anhelo, la sed, el deseo. Eso quieres: hacerla tuya, ser suyo. Ser en plenitud.

Que Dios reparta inspiración. (Lo de la suerte dejémoslo estar, y el esfuerzo corre de nuestra cuenta).

El olor de la lluvia. Cerrar los ojos durante un momento (con la mirada bien abierta). Y ver una calle de tierra, arrastrada por el agua del tiempo.

Tantas y tantas cosas... Como volver a sentir la primavera, o pasear de su mano por enésima vez las mismas calles.



sábado 9 de abril de 2011

Algunos de mis escolios en Facebook (II)




Después de todo la vida se trata de un impulso poético de proporción infinita.

El hombre tiende inevitablemente al olvido, al silencio, a la ceniza. Todo pasa. Aquello que parecía inexcusable e inenarrable es ahora un vacío. Por eso insisto: ¿Eres feliz?

Me entero que hoy, por esos caprichos de no se sabe quién, se celebra el día mundial de la poesía. ¡Y yo con estos pelos! ¿Qué hago, qué digo? Aparto la cortina un poco para ver si hay algún tipo de inspiración ahí fuera. Fachadas muy blancas y ropa tendida. Y el cielo que nos tiene prometido. Por aquí dentro lo cotidiano a estas horas: silencio, libros y unos zapatos vacíos. Quisiera decir algo de cierto empaque, pero escribo en bata y con zapatillas de casa. Insisto: miro de nuevo ahí fuera, por si el vuelo de unos pájaros, por si algún destello inesperado. Nada. Sólo me llama la atención una mujer que tiende en la brisa una sábana rosa. ¿A quién felicito? Abro algún libro y leo algunos versos, buscando ponerme a la altura. Creo que tengo que destender la ropa y luego plegarla con la debida armonía. Puede que tampoco me encuentre muy lejos de la poesía, y ella y yo lo celebremos a nuestra manera. Discretamente, en la intimidad de mi vida y de mi alma, que sueña con un perfume y con unas gaviotas. Y felicidades a todos por la belleza.

“Mi Señor es el Amor”, decía María Zambrano. Yo también quiero ese señorío, darme cuenta que otra cosa sólo me causa decepción, inquietud. Amor como centro, unidad, impulso, sentido. “Mi Señor es el Amor”. Sólo así, sólo desde una reflexión enamorada.

No todo son los libros en la vida
pero durante la lectura vives.

Vivimos hacia fuera, sin reflexión, con muy poca calidad de vida interior.

Mi inteligencia parece estallar ante el misterio... No cabe otra reflexión que no sea la trascendente. "El dulce silencioso pensamiento", de Unamuno. Y, desde ella, la más cabal comprensión: la de aquél que contempla -que vive- sin pretender entenderlo todo.

Hola primavera... Y la luz que revolotea entre unas palomas.

La impotencia ante el desastre de Japón. Y la desolación ante la barbarie del corazón del hombre.

"El hombre perdurará porque tiene alma, un espíritu capaz de compasión, sacrificio y perduración. El deber del poeta, del escritor, es escribir sobre estas cosas". (William Faulkner, dircurso de recepción del premio Nobel, 1949).

La guerra o la violencia bélica sólo añade más dolor al dolor. El hombre sigue sin aprender nada.

¡Cuántas mentiras! La mentira, la mentira constante y venenosa, que asfixia cada vez más el alma.

Imagino que es así. Imagino que predomina más el cotilleo inciso y la penumbra del ombligo de cada cual. Pero a pesar de esa mayoría que suplanta el verdadero significado de la amistad, a mí me gusta pensar que es posible, que también aquí es posible el milagro, el destello de un amigo.

Dios es azul. Y de repente Su luz se tiñe de fuego, o de alborada, o de amapola, o de esa mirada verde, o de esa fosforecencia blanca que hay en las olas.

"Torrente". ¿Cómo te lo explicas?, me preguntaba un amigo. Muy fácil, le dije. Santiago Segura es listo, eso para empezar. Y todo se comprende porque España -mejor: cada español- se guía por dos sistemas de pensamiento que dan en vislumbrar nuestra más sustancial identidad. El que concierne a "Torrente" (y a nuestro actual gobierno, sin ir más lejos, y al desquiciamiento moral e intelectual que se extiende en muy amplios sectores de nuestra sociedad) es el esperpento, que con tanta sagacidad supo ver -y definir- en nuestra entraña don Ramón María del Valle Inclán. El esperpento como representación de nuestra realidad. La caricatura como la más ácida crítica y la más nítida imagen de nuestro proceder. Y esto Santiago Segura lo sabe. Ve la televisión, está en la calle y ha leído al autor de "Luces de bohemia". El segundo sistema de pensamiento que está en todo lo español, es el unamuniano sentimiento trágico de la vida, la desolación, el pesimismo -y por lo tanto el conformismo- de lo que somos o podemos llegar a ser.

La belleza hay que decirla. O al menos dar alguna pista de sus pormenores de vida.

Demasiado bullicio para mí.

La vida requiere estar bien despierto. ¡Arriba! Cuanto antes, hace un sol de cinemascope y no podemos perdernos nada, ningún detalle. Y para contemplarla dejadme la fila 7 del alma.

Menudos chiquilicuatres... Políticamente insufribles y de poca talla, intelectualmente huecos y/o acomplejados, y lo peor de todo: moralmente desquiciados.

Los viernes son la antesala de la dicha, de esos planes inciertos donde todavía la ilusión nos hace disfrutar. Los viernes son el germen de proyectos que imaginamos felices. Esos libros por leer, esa excursión por los senderos de la fantasía, esas películas, esa cerveza delante de esa mirada que nos queremos beber... Lo mejor está por llegar. O eso creemos. Y comenzamos a acicalar cada sueño y cada momento que está por venir.

Misterio de la ternura de Dios. Misterio de la mirada de Dios. Y esa voz, que es la Suya, y que de pronto nos cambia la vida para siempre.

viernes 8 de abril de 2011

Algunos de mis escolios en Facebook (I)




La vida está llena de relatos que nadie ha leído todavía.

La vida es el intento de vivir. No todos los vivos viven.

Palabras de amor..., sí, palabras de amor..., pero palabras que sean levadura de vida.

El pensamiento más común del ser humano es el de mandar todo a la mierda; el cansancio, el desamor, la desesperanza. Pero debemos creernos que el amor puede más, que para ser discretamente feliz hay que tranquilizarse un poco, perseverar en el perdón y en la paciencia.

Todos los días muere alguna estrella, pero la noche nunca se queda del todo a oscuras. ¡Mirad cómo nos guía y enciende la belleza!
(Homenaje a Elizabeth Taylor)

El estado de ánimo suele tener mucho que ver con el estado del alma.

¿No es la vida una profunda, constante y precisa "razón de amor"?

El alma enamorada es la más fuerte contra los imprevistos de la vida y afronta de otra manera la muerte.

Entre colgar unas camisas, curiosear unos libros (los versos de la "Rapsodia" de Gimferrer y "El placer de vivir" de Comte-Sponville), hacer una ensalada y escudriñar en los amores y desamores de Sexto Propercio con la liberta Cintia, se me está yendo la mañana.

Sobre una fotografía donde aparece Borges:
Ahí tenéis a uno de los mejores escritores y poetas que en el mundo han sido. Ciego pero visionario. Ciego pero hecho para describirnos la luz y sus sombras. Siempre he tenido la sensación con su obra de que él es el que me está dando la mano a mí, de que yo soy el ciego.

En fin, barajemos de nuevo.

He oído y leído muchas opiniones sobre los "Diarios" de Andrés Trapiello. No soy viejo, pero tampoco joven, y ya sólo quiero un lugar confortable donde escuchar el alma, o contemplar un paisaje, o hurgar entre unos libros. Eso son para mí estos "Diarios" de Trapiello: una manera de entender la vida, un descanso, una posibilidad de sentirme a gusto. ¿Os parece poco?

Issa Kobayashi escuchaba un ruiseñor en la mañana de un haiku. Yo me tengo que conformar con el zureo de unas palomas.

No todas las personas que son relativamente felices son tontas. Lo de remate es pensarlo.

Uno de los grandes lastres de nuestro mundo es la banalización de lo sagrado. (Y me apunta un amigo con razón: "Y la sacralización de lo banal").

Me preguntaron dónde creía que estaba el éxito de un matrimonio. No lo pensé mucho. Yo creo que en saber con certeza que quien nos oye es alguien que nos escucha, que quien nos mira es alguien que nos acaricia.

(Para un cumpleaños)
De buena gana te regalaría un poema, un poema que cantara tu amistad con versos diáfanos. De buena gana te enviaría -de alma a alma- una sorpresa de luz, un resplandor de gracia. De buena gana te regalaría una sonrisa que te hiciera más dulce la mañana. O puede que te hiciera más ilusión, no sé, una letanía de amapolas. A veces no soy muy bueno para los regalos, me tendrás que perdonar. Y luego los envuelvo fatal en unas cuantas palabras. Muy corrientes, por otra parte. Puede que dentro de algunas de éstas que ahora escribo encuentres lo que quiero decirte, o puede que no encuentres nada, tal es mi despiste. ¡Menudo regalo el mío! Quisiera ofrecerte un poema, pero sólo te puedo ofrecer esta prosa, esta rutina de familia, de trabajo y de libros. Y de por medio un poco de brisa, unas oraciones y un montón de sueños que van hacia ti.

Hay que leer a Sergio Pitol. El mundo está plagado de demasiados malos libros. (Me noto un tanto pesimista hoy, o será que la realidad es pésima y no ayuda mucho, o será simplemente que llueve).

Una buena ducha, leer unos poemas de Thomas Hardy, un termalgín y a la calle.

Las palabras de consuelo a veces no dicen nada, o dicen por decir, o son parte del mismo desconsuelo que nos atañe.

Hay momentos que te dejan sin aliento por el puro impacto en el alma de un dolor íntimo, y momentos en los que te falta el aire por el desaliento que te produce la deriva del mundo.

Escribir no me sirve de nada
si dejo de mirar tu mirada.

Así se hace. Rodearse de libros es todo lo contrario a una táctica defensiva. Rodearse de libros, y leerlos y estudiarlos y asimilarlos, supone el primer movimiento hacia la victoria.

Frío. El temblor del agua y el temblor del cuerpo.

jueves 7 de abril de 2011

Carta de amor


Te quiero con locura. Vivir es seguirte viendo.
Cada palabra que escribo, cada libro que leo,
me hablan sólo de ti. Y de Dios por ti.
Cada vez que te miro -tan mujer, tan femenina- admiro más todo
lo que es tuyo y que, por amor, es para siempre mío.
Y admiro todavía más aquello que mirar no puedo,
pero que sí siento: tu gran corazón. Suya es la melodía
que conmueve por entero mi existencia. Amor:
no tengo otra razón para vivir, no vivo por otra razón.
Estamos hechos de amor. Estoy hecho de ti y para ti.

Amar y ser amado. ¿Qué verdad más desnuda
puede anhelar mi alma? Cualquier otra sabiduría es vana.
Ni la mismísima poesía acierta a expresar del todo
un poco de su inefable don. Amar y ser amado,
en esto se conoce que el hombre es inmortal. Cada gesto
se prolonga en su virtud, atesora una luz que transforma
en infinito su valor. Amar y ser amado es dar cumplida respuesta
al anhelo de nuestras vidas. Nada es igual para el que ama.
¿No ves el resplandor que nos rodea y es, a la vez, interior?
Quisiera ser -sólo para ti- pintor. Y poder así dibujarte
hasta la saciedad. Mejor dicho: hasta la santidad.

En ocasiones enmudezco porque Dios me devora por dentro.
No hablo porque busco escuchar en lo secreto.
Y a veces me enfado por nada y, soberbio, te hago rabiar
con mi silencio. Te pido perdón. No tengo derecho
a hacerte sufrir. Además no puedo verte sufrir.
Se me descoyunta el alma, pierdo el norte…
Te quiero mucho. Y seguiría escribiendo este poema en letanía de amor
hasta desnudar cada palabra de todo lo que no fueras tú.
Eres en mi vida la más acabada imagen de Dios.
Y Dios, que es Uno, nos hace también uno a los dos.

Te escribo este poema porque necesito dejar constancia.
Te contemplo en silencio y pienso que el recuerdo
de todos los días que llevo junto a ti suma infinito.
Conocerte fue uno de los mayores dones que he recibido.
Y mi vida sigue dependiendo de aquella primera mirada:
todo cambió, todo adquirió un sentido nuevo, pleno, lúcido.
Todo era igual y todo era distinto. Ayer, hoy y siempre.
Los días van pasando, pero ni el tiempo es el mismo. Contigo
cada instante es una dimensión distinta. Y quisiera
que esta carta-poema tuviera la delicadeza de una caricia
y la donación de un beso. Es lo único que sé con certeza:
que te quiero. Y que eres mi alma. Y que veo
la luz a través de tus ojos, y que abrazo
la misericordia de Dios en tu cuerpo.

miércoles 6 de abril de 2011

Dios está en mí




Dios está en esta habitación donde vivo.
Está en el orden de las cosas,
en el interior
de lo que pienso y miro.
Dios está en mí
y en el temblor del misterio
de todo lo que existe.

Me pongo en su presencia
y espero algún signo o ritmo
que me haya pasado desapercibido.
Sé que Dios está en las palabras
y en el significado infinito
de la vida que viviré cuando escriba.

martes 5 de abril de 2011

Podría decir la verdad, y listo




Podría deciros que acabo de venir de una sesión de yoga.
Podría decir que vengo de pasar un buen rato de sol y lectura.
Podría deciros que vengo de visitar unos cuantos sueños que tenía pendientes.
Podría decir que acabo de regresar de una hora de "paint ball".
Podría deciros infinidad de cosas que no he hecho ni por asomo.

Pero también podría decir sencillamente la verdad.
Podría deciros que vengo ahora del Gólgota, de Misa, de contemplar a Cristo.
A estas horas de la vida no creo que nadie se escandalice de ello,
de mi absoluta libertad para rozar Su túnica con mi herida.
Podría decir y digo que he dedicado un poco de mi tiempo a la eternidad,
y que me he sentido redimido y liviano, emocionado y consciente
de mi propia identidad de hombre, descendiente de Dios, de Su linaje.

Podría deciros que he salido del templo preguntándome
por el amor que es necesario para corregir el rumbo del mundo,
mientras terminaba de pagar el pan y los periódicos del día.

lunes 4 de abril de 2011

“Cenotafio. Antología poética (1969-2009)”, de Jaime Siles



"Tuvimos la experiencia pero perdimos el sentido,
y acercarse al sentido restaura la experiencia".
The Dray Salvages (T.S. Eliot)


“Leímos y leímos / hasta quedarnos ciegos”. Estos versos de Jaime Siles (del poema ‘El humo del cigarro difumina los dedos’) siempre me han parecido sintomáticos. Que se complementan con ese otro de 'El oro de los días': "Dolor de haber creído vivir mientras leía". Su generación es sencillamente apoteósica. Unos poetas que en su mayoría tienen una gran formación intelectual, de extensas e intensas lecturas, lecturas que marcaron -y siguen marcando- no poco su modo de entender la vida y el rigor artístico o estético que les caracteriza, así como las distintas influencias y el cosmopolitismo de su obra. Cada poeta es cada poeta, y el movimiento y ritmo de las generaciones puede resultar confuso o engañoso. Y en esta “generación del lenguaje” o “novísima” o “del 70” hubo cosas que muy pronto se quedaron viejas o fueron flor de un día (o de unos pocos años). ¿Qué queda de todo aquello? A mi modo de ver, y pese a todo, una de las mejores promociones poéticas que ha tenido nunca España. Poeta a poeta, poema a poema. Incluyendo a algunos poetas que pudieran parecer ajenos, pero que están ahí, que son -lo quieran o no- parte de ellos, parte de esa gran generación (me vienen a la cabeza los nombres de Miguel d’Ors o Eloy Sánchez Rosillo). Y el asunto no para, porque todavía faltan bastantes buenos libros por venir, con gran maestría y madurez. Salta a la vista. Leo Rapsodia, de Pedro Gimferrer (Seix Barral); leo la Obra poética de Antonio Colinas (Siruela), con un buen puñado de poemas inéditos; leí y releí, no hace tanto, El reino blanco de Luis Alberto de Cuenca (Visor); Sociedad Limitada de Miguel d’Ors (Renacimiento); Cuatro noches romanas de Guillermo Carnero (Tusquets); Sueño del origen de Eloy Sánchez Rosillo (Tusquets); y Colección de tapices (Ayto.San Sebastián de los Reyes/Universidad popular José Hierro), Actos de habla (Plaza & Janés) y Desnudos y acuarelas (Visor) de Jaime Siles. La personalidad poemática y existencial de cada uno de ellos es muy diversa (me vienen ahora a la cabeza Antonio Carvajal o Jenaro Talens o José Miguel Ullán o Luis Antonio de Villena), pero el buen lector de poesía sabe apreciar un buen poeta allá donde está. Y todos estos que he nombrado lo son. Y este preámbulo ha venido a cuento por la necesaria y esperada antología que la editorial Cátedra, en su colección Letras Hispánicas, por fin ha dedicado a la poesía de Jaime Siles (que junto con Villena son los más jóvenes de su generación). He sentido un gran gozo cuando la he tenido en mis manos, lo reconozco, porque puede que la obra poética de Siles sea una de las que con más frecuencia he leído y vuelto a leer. Lo descubrí cuando acababa de publicar Música de agua en la editorial Visor. Reconozco que me impactó. “Jaime Siles, aquel poeta frío” (como dice de sí mismo unos cuantos años después) a mí no me pareció tan frío, esa es la verdad, y nunca me lo ha parecido. El resplandor de su lenguaje en primera instancia fue lo que más me fascinó, el dominio de la forma, y el silencio que me dejaba su sonido (esa fonación suya tan característica, que persiste a pesar de su evolución). Pero con intensidad y constancia, en la búsqueda de su identidad en el tiempo y en el espacio y en un posible más allá; y en ese constante interrogante de lo más profundo del yo, del ser, del mundo donde habita. Esa constante pregunta por el sentido vertebral de las cosas y de la vida. La poesía de Jaime Siles -desde Génesis de la luz (1969) hasta Desnudos y acuarelas (2009)- es un proyecto coherente por alcanzar a comprender la trascendencia que está en el ser, en el yo, en el poema. En su poesía hay una unidad que se mantiene, hay un alma que lucha por descifrar el sentido de lo que ve, de lo que siente… Y se agarra al lenguaje y a la nostalgia que es siempre cada palabra cuando se escribe, cuando se piensa, cuando se canta. Una nostalgia y un atisbo de resurrección, de himno (que nunca resulta tardío). "La partida termina en la resurrección", concluye el poema "Partida de ajedrez", en ese libro cumbre -junto a "Pasos en la nieve"- que es Himnos tardíos. La edición y selección ha corrido a cargo de Sergio Arlandis (al que le está dedicado el poema 'Canción de invierno'), además de un magnífico prólogo (y completa bibliografía) donde va interpretando la cartografía de la obra silesiana. El paso del tiempo, el dolor, esas constantes dudas que afligen su pensar y su mirada… Y la filología que estudia la condición humana, el idioma del alma, los signos que enhebran el discurso de su vida. Y el amor. ¡Cómo ama Siles la existencia! ¡Cómo ama la poesía y las palabras en su dicción de vida! Su pasión amanece en todo lo que vive y experimenta. Al principio, en sus primeros libros, se despojaba del lenguaje, buscando en el silencio la respuesta; y con el tiempo se ha ido desprendiendo de sí mismo y ha crecido el caudal de sus poemas (¿o se ha ensanchado el cauce de su alma?); en un afán de cantar, de decir, de comunicar, de lanzar su “voz a la espesura” y esperar la respuesta "a creces", el don, la conciencia clara de ser él mismo “el idioma de Dios” y no la nada. Un poeta necesario, al que hay que dedicarle tiempo. Uno de los mejores poetas europeos de la actualidad.

domingo 3 de abril de 2011

Te queda lo mejor


Cuando el día ha terminado queda todavía lo mejor.
Quedan esos momentos de la madrugada
donde repasas los sueños de tu vida
y donde te pones a leer entre líneas
el rumor de la noche y el amor de los días.
Queda el silencio de la nostalgia
que son siempre las palabras,
y queda la constancia de tu existencia
en el interior de Dios.
Y miras el reloj mientras va desgranando tu vida,
y miras tu infancia en el mantel de la cocina
donde tu mirada se precipita más allá
del mantel y de la cocina, del reloj y de la vida.

sábado 2 de abril de 2011

Nunca me acostumbraré



Para Tamar




No me acostumbraré nunca a la Poesía
(como no me acostumbro a abrir el alma
al mismo tiempo que la ventana).
No, no me acostumbraré nunca al aroma de la hierbabuena
o a una mirada
donde de improviso veo la belleza.

viernes 1 de abril de 2011

Sexto Propercio


La casa de la literatura tiene muchas estancias. Todas ellas iluminadas, o encendidas, como diría Luis Rosales. Da gusto vivir en ella o, al menos, pasar en ella largas temporadas. O no tan largas. Recorrer sin prisas un rincón tras otro, descubriendo a cada momento la delicadeza de una emoción distinta, nueva. Y dialogar despacio con sus autores, en un necesario y fructífero intercambio de confidencias. La verdad es que uno encuentra allí reposo, a la vez que acicate. Encuentra belleza y entretenimiento, pero también dolor o un rastro de melancolía. En ocasiones se hace duro abrir las hojas de algunas de sus estancias. No todo es color de rosa. La armonía, que constituye su más íntima esencia, está conseguida con arduo trabajo y algún que otro naufragio. Y se contempla en esa casa sobre todo la vida -su aventura-, nuestras vidas, reflejadas en los espejos del tiempo.

En una de esas estancias se encuentra la obra del poeta latino Sexto Propercio (50-15 a. de J.C.). Hace ya unos cuantos años que le visité por vez primera, en la traducción de don Antonio Tovar. Después lo hice de nuevo de la mano de ediciones Cátedra, y luego gracias a Mariano Berdusán. Ay, esos viejos versos en donde sigue latiendo el apasiona pulso de su origen. Resultan casi tan actuales como los de una gran parte de nuestros contemporáneos, aherrojados por la vanidad no pocas veces, y por un convencionalismo de tres al cuarto.

Paseo por la estancia de Sexto Propercio, me detengo ahora en un verso y luego un rato en una ventana. El poeta era caballero acomodado, que estudió en Roma, donde se dio al cultivo de una intensa vida social. Había que destacar como fuese, y él era un buen orador. Su presencia y pericia no pasó desapercibida a personas de tan fino olfato literario como Mecenas y el propio Augusto. Inmerso ya en selecto círculo muy de postín, tuvo ocasión de tratar nada menos que a Virgilio y Ovidio. Pero el hecho que condicionó por entero el resto de su existencia fue conocer a Hostia, una bellísima liberta, a la que escondió con el nombre de Cintia. Cintia era una mujer apasionada y culta. Su amor -y todo lo que conlleva- constituirá a partir de ese momento la columna vertebral de su vida, y por lo tanto de su obra.

Propercio es vehemente y melancólico, con cierto gusto por lo erudito y barroco; por lo refinado y por lo trágico. Y por el verso bien pulido. Lo que Horacio denominó labor limae. Cualquiera que le lea percibirá ese fondo de duda, de celos, en una cosmovisión un tanto ajena a la moral tradicional romana. ¿Corresponde Cintia de la misma manera al amor eterno de Propercio? Pues resulta que no. El goce y la sensualidad tienen el contrapunto del sufrimiento, del desamor o incluso de la muerte, en una experiencia personal cantada por el poeta en primera persona. Algo nuevo. Es el paradigma del poeta elegíaco, frente a lo épico, e influido decisivamente por los alejandrinos (Calímaco o Filetas de Cos).

Escribió cuatro libros de elegías. Poemas de amor de abandono, donde Cintia se hace omnipresente. Cultivó también cierta poesía patriótica o hasta religiosa. En no pocos de sus versos se evidencia un marcado tono moral, que influyeron en poetas como Quevedo. En el libro III defenderá la inmortalidad de su poesía. El propósito de su poesía es, en su mayor parte, la manifestación de su experiencia amorosa, para que ésta -sublimada- perfeccione al lector. Todo ello aderezado con elementos mitológicos, que cumplen una estricta función literaria. Ya Fernando de Herrera, en sus Anotaciones a la obra de Garcilaso (Sevilla, 1580), dirá de nuestro poeta que “tiene mucho ornato y limpieza y cultura y elegancia y viveza”.

La poesía de Propercio ha tenido una decisiva influencia en la excelencia de obras posteriores. Por ejemplo, y ciñéndonos a los más cercanos, en el poeta norteamericano Ezra Pound, que le hizo todo un homenaje (reescritura más que traducción) que se puede encontrar en su libro Personae (libro que podemos encontrar editado por Hiperión, en la traducción de Jesús Munárriz y Jenaro Talens). También el poeta Robert Lowell tradujo algún pasaje. Vicente Aleixandre, en el “cuestionario Proust”, señaló que de los poetas antiguos era el que más le interesaba. Y Carlos Barral titula con un pasaje de un verso de Propercio –Cuando las horas veloces- un tomo de sus memorias.

La dignidad de cualquier cosa que hagamos, y ya no digamos nada en literatura, se afianza y edifica siempre sobre los firmes cimientos de los maestros. Leer casi exclusivamente a los contemporáneos genera, además de ignorancia, una mediocridad o miopía espiritual casi insalvable.