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Reflexiones, poemas, escorzos de vida, fe de lecturas, noticias de amigos... No pretende ser un desahogo, más bien un diálogo. Un demorarme en el resplandor de nuestra existencia. Y en su literatura.


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jueves 31 de marzo de 2011

“El invitado del Papa”, de Vladimir Volkoff




Hace unos años leí un interesante ensayo sobre la literatura rusa del siglo XX: El coro mágico (Ariel). Su autor era Solomon Volkov. Un periodista e historiador que tiene otro libro que es un tesoro que alguien debiera traducir: Conversartions with Joseph Brodsky. Cuando vi sobre mi escritorio la novela El invitado del Papa, de Vladimir Volkoff (El buey mudo), pensé que era el mismo autor de El coro mágico. Pero no. Este hijo de emigrantes rusos es otro muy distinto. Un experimentado profesor de literatura francesa y rusa, y escritor de novelas de espionaje. Este dato nos interesa mucho a la hora de valorar El invitado del Papa. Como nos interesa la condición de cristiano ortodoxo de Valdimir Volkoff (1932-2005).

El invitado del Papa (traducida, muy bien por cierto, por Mariano José Vázquez Alonso) es una novela de suspense, de historia de amor a la Iglesia, de la constante asechanza del mal, del perdón y de la piedad. Es una forma de inventar lo que pudo ser verdad, ante unos acontecimientos históricos demasiado sospechosos, y que el paso del tiempo ha sepultado en un montón de despistes y olvidos. Desde luego hay dos hechos que no son nada normales. O habituales. Y ocurrieron. Recién elegido Papa el cardenal Albino Luciani (si pueden, lean su libro Ilustrísimos Señores, editado por la BAC) recibió en audiencia -una de las primeras- al metropolitano de Leningrado, el arzobispo Nikodim. Este hecho en sí podría parecer poco destacable, pero es que el tipo murió en los brazos del Papa, que fue quien le atendió espiritualmente en sus últimos momentos. ¿Qué pasó? ¿Qué se dijeron en aquella conversación que el mismo Papa consideró un asunto secreto?

...Y a los pocos días muere Su Santidad Juan Pablo I. Las sospechas de que fue asesinado corrieron como la pólvora. Pero poco a poco todo aquello se acalló. Y con estos dos elementos tan decididamente extraños como sorprendentes va tejiendo Volkoff su trama, una historia que muy bien pudo suceder así, tal y como nos la cuenta. El invitado del Papa es un cruce entre Bruce Marshall, Morris West y Graham Greene. El lector se va mostrando a cada página más interesado e intrigado. Hay de todo: el interés del KGB y la decadencia soviética, la historia conmovedora de monseñor Ilia, la degradación clerical, la masonería y demás grupos malignos (personificados en el príncipe romano llamado “El Marionetista”) infiltrados en la Iglesia, la manipulación de las finanzas del Vaticano… Y de por medio digresiones muy interesantes sobre lo divino y lo humano. Temas candentes del mundo de hoy.

El odio a la Iglesia, pero también el amor. La amargura de unas vidas podridas, pero también el perdón y la necesidad de conversión (el mensaje de Fátima juega un papel importante). La primacía de los seres humanos y de sus almas por encima de todo tipo de asechanzas y conciliábulos, de gobiernos y sectas. Rusia y Roma. Parece que puede zozobrar la barca de Pedro, pero no. El humo de Satanás insiste, e insiste la oración de no pocos. Pero El invitado del Papa no es un libro más. Sobre el entramado de una buena e inquietante novela de intriga Vladimir Volkoff escribe sobre la condición religiosa del hombre, sobre la necesidad de ver la Providencia sobrenatural de Dios en nuestra historia, en la existencia de cada uno. Nada ha ocurrido casualmente. Todos tenemos una misión que cumplir. El resultado es un texto ameno e instructivo, una novela inteligente en su trama a la vez que muy espiritual en su fondo. Una novela que sorprende, que no deja indiferente. Creyentes o no.

miércoles 30 de marzo de 2011

"La pasión por los libros", un libro del que sigo gozando



"Un acercamiento a la bibliofilia", lo subtituló su autor: Francisco Mendoza Díaz-Maroto. Difícil escapar al hechizo de este ensayo. Desde su mismo título. Nos acercamos a La pasión por los libros (Espasa) con premura, imantados por su portada. Tantas y tantas veces. Sopesamos el volumen mientras curioseamos indiscriminadamente entre las muchas y bellas ilustraciones, sumergidos en el índice o en la jugosa bibliografía. Se nos promete un extraordinario festín intelectual. Sí, es precisamente la pasión por los libros -devoción exquisita y no siempre bien comprendida- lo que nos atrae irremediablemente de esta necesaria y perspicaz obra de Francisco Mendoza (1948), filólogo y catedrático, pero sobre todo bibliófilo, poeta de los libros, amante de la escritura y lo impreso, lector voraz donde los haya. Porque “el auténtico bibliófilo no se conforma con adquirir libros, sino que además de admirarlos, olerlos, acariciarlos... los lee”.

Cada uno de los capítulos está escrito con sagacidad y donosura evidentes -apasionada sabiduría la de aquellos que buscan refugio entre los libros-, con gracia y buena literatura, pespunteados aquí y allá por episodios vividos en carne propia, casi a modo de apuntes para una autobiografía. Desde las “reflexiones sobre el coleccionismo y la bibliofilia” o “el libro en el tiempo”, “hasta la perfección y los defectos de los libros” o “los proveedores”. Y el extraordinario segundo capítulo -“Los bibliófilos”- donde se pasa revista a su tipología, a los bibliopiratas, a los sueños y pesadillas del bibliófilo, a sus chascos, a los amores que matan (el filósofo Bordas Demoulin prefirió “gastarse sus últimas monedas en un libro antes que en un trozo de pan”), a los traslados y divorcios, a la vida de los libros después de la muerte del bibliófilo, o a la supuesta mala relación entre mujer y bibliofilia (el librero Barbazán dejó dicho que “las señoras, por regla general y salvo excepciones, tienen un santo horror a los libros que van invadiendo todos los rincones de la casa”).

Estamos ante un libro extraordinario, del que uno no se cansa (hace falta una nueva edición como el agua, tal vez ampliada en láminas y texto). Resulta ser guía de aprendices, consuelo para afligidos libroadictos, compendio de sabiduría bibliófila (o de vida), discernimiento para no pocos letraheridos. Pasión por los libros, sin medias tintas. Porque no se trata tanto de una patología extraña como del más cierto de los enamoramientos. Y uno se siente menos solo, aceptado como es. No se lo pierdan. Háganse con él. Como sea.

martes 29 de marzo de 2011

Diálogo con Dios en tres movimientos


"Cuenta todo lo que Dios ha hecho contigo"
(Lucas, 8, 39)



Primer movimiento


-"Cuento contigo para cambiar las cosas, para transformar el mundo, para hacer lo imposible".
-Pero yo, Jesús mío, no acaba de creérmelo del todo. Vacilo.
-"La fe te la doy Yo. Estoy a tu lado siempre. ¿No me escuchas?".
-La vida me arrastra sin remedio y Te olvido...
-"Cuento con eso".
-No llego, y me pongo nervioso, y se me queda inmóvil el alma.
-"¡Si Me escucharas, si Me miraras un poco más, si acudieras con más frecuencia y amor a Mi divina y humana misericordia! El Cielo sería una prolongación de esta fidelidad amorosa".
-No me dejes.
-"Y tú no me dejes a Mí. Soy Dios, pero Mi Corazón es de hombre. Son muy pocos los que me hablan y se preocupan de Mí".
-Todo me cansa, Jesús mío, no persevero en nada. Sé Tú mi aliento, mi voluntad. ¿Hago mal en decirte esto?
-"Mira Mi Corazón. Inclina tu débil voluntad hacia él. Y dejarás de preocuparte y de pensar sólo en ti".
-Cuida de los míos.
-"¿De los tuyos? Pero si son más Míos que tuyos".
-Que no Te dejen nunca.
-"No les dejaré, pero tú no me dejes a Mí".
-Enséñame a ser buen padre, a vivir exclusivamente de amor.
-"Sólo tienes que contemplar Mi vida".


Segundo movimiento


-Jesús, ya ves que no merezco nada, que nada soy, que no acabo de entender nada. Otra vez domina en mí el hombre viejo.
-"No busques más palabras. Te veo. Yo Me hice hombre para tú salvación. No confíes en ti, sólo en Mí. Quiéreme más, no seas tan escaso de corazón, de amor".
-Es cierto. Todo lo que se me ocurre son excusas. No Te tomo realmente en serio. Y siempre ando justificándome.
-"Escucha al sacerdote: puedes ser santo cuando te convenzas de tu nada. No te pongas serio. Mírame. Yo Soy la sonrisa de tu alma. Búscame".
-Siento la tentación. Como si nada de lo mío tuviera remedio.
-"Yo Soy el remedio. Yo Soy Tu Padre. Pase lo que pase. Estoy aquí. Pon Tu vida y tus sueños en Mis manos".


Tercer movimiento


-"Esos pájaros que oyes hablan Conmigo, cantan para Mí. Escúchalos, aprende".
-Jesús, a mí me gusta cuando levantan el vuelo y van derechos a Ti, hacia arriba.
-"En ti ese vuelo se cumple cuando estás pendiente de los demás. Eres sembrador de las maravillas de Mi Amor".

lunes 28 de marzo de 2011

La vida como transparencia



Para Jacin Luna



Hace un momento me preguntaban por la belleza. Y he escrito: "La belleza te transporta, te cautiva, quedas preso en ella, e intentas expresarla, transmitirla, compartirla. Duele no poseerla del todo, no entrar de lleno en su armonía de color o de sonido o de luz o de... La belleza es el resplandor de Dios -Su liturgia-, una señal, un signo, una delicia, que nos toca descifrar con alma. La belleza es una de las manifestaciones más solemnes del Amor. En realidad, cuando la sientes, es amor lo que sientes, un gozo de enamorado, y quieres colmar el anhelo, la sed, el deseo. Eso quieres: hacerla tuya, ser suyo. Ser en plenitud". Y ahora pienso que no sé si me queda mucho por decir o más bien es cuestión de callar, de atesorar silencios. Cuestión de contemplar lo que nos es dado. La belleza: un don. Como la vida. Como el perdón. Como la fe que reza por la calle o en una cárcel o en un rincón de tu casa o de un poema. ¿Y qué me dices de la brisa? Algo tan sencillo, quiero decir que tantas veces nos pasa desapercibido. O la vocación de unas manos para las caricias, o para limpiar los cristales y dejar desnuda su transparencia. Pienso que el hombre se ha acostumbrado a la vida, a su constante prodigio. Y la desperdicia, cuando no la escupe o la asesina, o la desvive en una desgraciada avaricia o lujuria o mentira. Sólo el dolor parece que nos devuelve un poco la conciencia y la sensibilidad del alma. El dolor, el frío tacto de la muerte, el drama que asola de cuando en cuando la existencia. Sólo entonces despertamos, y una emoción sincera nos inquieta. Pero, ¿hasta cuándo? La vida: esa voluntad de amar, de entregarse. La vida: ese afán de pensar las cosas y de apreciar con humildad el instante. Así debería de ser. Para ser todo como debiera.

domingo 27 de marzo de 2011

El olor de la lluvia






El olor de la lluvia.
Cierro los ojos
con la mirada bien abierta.
Y veo una calle de tierra
arrastrada por el agua del tiempo.

sábado 26 de marzo de 2011

“Esemeeses”, familia y ortografía



La relación con tus hijos. Situaciones inverosímiles. Correos, llamadas e inauditos mensajes. ¿Dónde estarán? La constante preocupación. Son mayores... ¡Nunca son mayores! “Qué pasa? Que no puedo hablar, que estoy estudiando”. Vaya, ¿será cierto? Siempre la duda. ¿Será cierto? El pequeño, ante la desbandada familiar: “Papá, ¿con quién me quedo?”. Miradas. Que vaya a casa de la abuela, o que se quede solo en casa. Será un rato. Cualquier otro día: “Estoy en la meditación”. ¿Meditación? El chico reza, algo es algo. Es todo. Pero que se centre en el estudio. ¿Dónde parará hoy este chico, dónde habrá ido? Tranquila mujer. Desafortunado comentario paterno. Mal. Los hombres siempre igual: parece que nada os afecta. (¿Nada nos afecta?). “Estams akabando” (acabarán conmigo primero entre todos, y ese desamparo de la ortografía que me pone enfermo y que traerá graves consecuencias si piensan que no tiene importancia). “Aún estoy en…”. ¿Dónde? Y venga a llamar, y salta el buzón de voz, y el enfado, y la intranquilidad constante. Los hijos. “K no voy a comer a casa que esta tarde tengo un examen, que no me acorde de decirtelo, vale?”. Pues vale. Y esos acentos que faltan, que no están en su sitio. ¡Por Dios, hijo! El pequeño se pone chulo: “Pasa nene”. Y el otro: “Te prometo que no me he movido en toda la tarde. Estoy estudiando. Besos”. Y yo considero que esos besos son más importantes que su presunta inamovilidad del asiento. El cariño de los hijos, saber expresarlo. Decírnoslo con harta frecuencia. Y siempre pidiendo, y a mí que me gusta esto, devolviéndome a las muy diversas maniobras que la nostalgia de aquellos años me recuerda. “Papa, a ls 7:15 me pueds acompañar a hacer el famoso recao? Es un sitio al lado de tu trabajo”. No me fío, no me fío. Me tocara pagar, eso es seguro. Pero nos tomaremos algo juntos, le volveré a ver a este hijo (o al otro, o a la otra). Los hijos, los hijos. No los del capitán Grant; los míos, los nuestros. Los sofocos, las alegrías. El respeto, la confianza. La lucha por el orden y por la generosidad… Otro esemeese que me llega: “¿Mañana vamos a comer con el yayo? Por cierto, pregúntale si mañana podríamos mirar unas zapatillas en el corte inglés, porque las que tengo están hechas una mierda”. Así de contundente, con esa palabra que tanto cunde. Al poco tiempo insiste: “Está decidido, voy con las pilas puestas, ya no me para nadie! Besos”. De por medio doy gracias a Dios por lo que tengo... y por lo que anhelo. Por esta familia, por cada uno, por la felicidad de todos. Decididos, con esfuerzo, sin fiarnos de lo cómodo. Leía estos días en un libro de Alberto Manguel, La ciudad de las palabras -esperen, que busco la página exacta, la 83-, que “(…) necesitamos prescindir de las tan cacareadas virtudes de lo rápido y lo fácil y recuperar el valor positivo de ciertas cualidades casi perdidas: la profundidad de la reflexión, la lentitud del avance, la dificultad de la empresa”. Y es justo lo que siempre he pretendido inculcar a mis hijos. Por lo demás que se lo pasen bien, con personalidad y criterio, pese a esta zozobra y el inevitable miedo a lo que pueda ocurrirles. Y mi hija, para que nos quedemos tranquilos, escribe: “Papi! K estams acaband d tomarns alg. La fiesta ha sido un éxito! Ahora bajarems. Bss”. (Tengo que hablar en serio con mis vástagos. Escribir bien no sólo es cuestión de ortografía). Y me quedaré esperando hasta que vuelvan. Acompañado por Manguel, por Sterne o por unos poemas de Browning. Los hijos. Y el amor, y la literatura. Y el amor de la literatura. Y el amor, que no es literatura.

viernes 25 de marzo de 2011

Los fines de semana



Los fines de semana, si uno se lo propone, dan para mucho, como todo en la vida. Con un poco de determinación eso sí, sin dejarse llevar por la molicie de la televisión, por el esperpento del más febril consumo o por la desidia que significa ir de bar en bar (eso sí, sin fumar, válgame el cielo), sin más, en inútil alegato que busca la evasión de una realidad que no acaba de gustar tal cual es y que por todos los medios se intenta obviar, al menos por unos días, o por unas horas. Digo obviar, que no trascender o transformar. Todos, de una manera o de otra, queremos cambiar las circunstancias de nuestras vidas sin plantearnos siquiera que tal vez haya primero que variar algo en la realidad de nuestro yo. El descanso que se pretende es una actividad distinta -otra-, pero actividad al cabo. No hacer nada, además de ser un presupuesto de lo más banal, significaría abdicar de nuestra condición de seres inteligentes, capaces de desarrollar tan ricas y variadas actividades como nos queramos proponer. Porque el hombre es un ser diseñado para la acción, ya sea física o mental. Y es que hasta para descansar hace falta cierta imaginación, un poco de literatura vamos, el necesario impulso espiritual que nos lleve a realizar aquello que anhelamos hacer, considerando que nuestros sueños forman parte indisoluble de aquella realidad de la cual queremos escabullirnos -por unas horas o por unos días- a toda costa.

En un fin de semana uno se puede encontrar de todo, absolutamente de todo. Somos conscientes. Los planes fallan, los niños caen enfermos, siempre las visitas más inesperadas, el mal tiempo... Dependemos en gran medida de nuestra voluntad hacia las cosas, hacia cada uno de los sucesos que providencia o destino nos infiere. No es fácil afrontar contratiempos, tener cintura, poner buena cara, mientras a nuestro alrededor todo aquello que queríamos hacer, que soñábamos hacer, se desmorona sin remedio, se desvanece. Es decir, nuestro intento de felicidad no puede depender del clima, o de un repentino aluvión de fiebre y anginas. Es necesario ir más allá, sobre todo más allá de nosotros mismos, de ese yo tan impresentable a veces, y retomar el pulso a esos escasos días que tanto prometían y que tan poco parecen ofrecernos ya.

Casi nos asomamos a la melancolía del domingo -después del ímpetu cargado de esperanza que es todo viernes-, y el frío o el viento, y la pronta nocturnidad, nos encoge el ánimo y nos recoge en el propicio ámbito del hogar. Puede ser el momento para repasar la prensa o leer un buen libro, ese libro que te han recomendado y para el que no encuentras nunca tiempo. Si nos dejan, claro, porque no es fácil hacerse con el silencio y la complicidad que se necesitan. En mi caso es lo que hice. Abrí las páginas de un libro, expectante, con ilusión. Y, como siempre ocurre, al abrir las páginas del libro uno se abre a otra dimensión. Ni mejor ni peor, otra, distinta, pero que a la vez completa e interioriza la que era antes y la que vendrá después. El fin de semana acababa de empezar ahí.

En el estribo del lunes termino de leer la novela. Magnífica, en verdad cautivadora. Su lectura hizo que el fin de semana cobrara una perspectiva inusitada para mí. Más vital, más alegre. Y recobrara su verdadera vocación de aventura.

jueves 24 de marzo de 2011

La escritura que inventa la mañana




La mañana. ¡Cuántas mañanas
al comienzo de un texto, en su primera escaramuza
de luz, en la primera mirada!
Y Dios tras la ventana
y también a este lado del alma.
Ni un sonido en la casa, nada.
Y vas escribiendo las primeras líneas del día
con palabras que sólo significan lo que amas.

miércoles 23 de marzo de 2011

Lo infinito me trae al fresco



Lo infinito me trae al fresco. O esa sensación da. Voy a lo concreto: Guillermo. Siempre dando vueltas alrededor de Urbizu. Yo. Y yo. Paso de largo ante Dios. Me centro en asuntos más terrenos. Es importante esto que estoy haciendo. Ni un pensamiento de amor mientras escribo nostalgias sobre la lluvia o esgrimo algún libro. Estoy que no estoy. No detecto lo sobrenatural durante un buen trecho del día. La mayoría del tiempo voy y vengo, leo y fantaseo, y me conformo con dar cuenta del horario laboral y de las comidas y de algún que otro ocurrente comentario en Facebook, o de un suplemento cultural de hace meses. Incluso escribo. ¿Y? ¿Dónde he metido a Dios? ¿Dónde Lo he escondido? Tiene que estar entre este montón de libros. O quizá me Lo haya dejado en las pocas ganas del alma. Ahí, en esa esquina, se está realizando un gran milagro. Pero paso de largo, he quedado conmigo mismo. Rezo una avemaría en latín. Pensando en vete tú a saber. En el bolsillo derecho de la gabardina hay un rosario. Alguien me lo trajo desde Jerusalén. Aunque voy más pendiente de los charcos, y de las nubes. Me arrastra la inercia y una mendaz medianía. Me estoy acostumbrando a este egoísmo. Guillermo Urbizu tiene preferencia sobre Cristo. Por cierto, sin mala idea (que resulta un ridículo consuelo, sea escrito de paso). Guillermo Urbizu no se toma la molestia de pararse un rato y decirle a Dios una mirada. O lo que de verdad siente. No sé, decirle: “Oye, Dios mío, no tengo ganas de nada, espero que sea algo pasajero, cuida de lo mío y vigílame de cerca, que no me fío”. Son esas temporadas en las que uno anda mohíno y se pregunta el para qué de todo lo que hace y de todo lo que no hace. Pero sin mucha intensidad ni convicción. Pasan los días, su amalgama de tiempo y desidia. La realidad no te apetece. Al menos la que te toca. Ensueños, nostalgias, deseos, quimeras, novelas. Trasegar las horas sin mucho entusiasmo. Recordar constantemente la infancia. Dios mío, no me dejes de tu mano, o soy capaz de no dejar de escribir de mi mismo y para mí mismo. Vanidad y pereza. Y esta desgana, y este fastidio. Y este corazón tan yermo. Cristo, por lo que más quieras, ayúdame a amar, ayúdame a salir de mí, que ando tedioso y mustio. Tú eres mi brío, mi familia: la única Palabra plena y de completo sentido, y la Belleza con la que sueño y me identifico.

martes 22 de marzo de 2011

La chaladura de los libros



El amor a los libros debería ser algo consustancial al género humano. Pero desgraciadamente no lo es. Eso de ver a una persona leyendo, tal vez durante horas, para muchos es un escándalo improductivo, además de un innegable escapismo. Si el asunto se prolonga en el tiempo la cosa empieza a preocupar a los más cercanos. Como le sucedió al bueno de Alonso Quijano. Las opciones no son muchas: o te dan por imposible (se acostumbra la etiqueta de bicho raro) o te hacen la vida imposible. Alrededor de estos dos “imposibles” giran los días de todo lector compulsivo. Yo no digo que no exista en ello cierta dosis de extravagancia, pero ¿acaso es mayor que la que por ejemplo pueda haber en los millones de personas que ponen toda su ilusión en el dinero o en el fútbol? No fastidiemos hombre.

El amor a los libros, y su lectura, requiere cierta tranquilidad, pero también espacio. Lo sabemos muy bien. Sobre todo los casados. Nuestras santas ponen el grito en el cielo ante semejante invasión. La pintura de las paredes va poco a poco ocultándose en un bellísimo eclipse multicolor que no tiene parangón en el mundo del ornato, pero ellas -no todas, no todas- protestan, coaccionan, acechan. El sentido de la picardía se desarrolla hasta límites jamás sospechados. Ojo, de la picardía o pillería, nunca de la mentira o el engaño. Y uno se vuelve tunante. Aunque el caso es que después presumen un montón, a pesar de la quejumbre. De casa y de marido, por este orden. Es divertido el pasmo o la envidia de las visitas, o el solaz de tu suegra o de algún amigo escudriñando de estante en estante. Uno de ellos me decía: “Deja, deja que contemple por unos momentos esta preciosidad. ¡Dichoso tú que todavía puedes leer!”.

lunes 21 de marzo de 2011

El escalofrío de Algernon Blackwood




La casa vacía. Unos cuentos de Blackwood editados en Siruela (primero en 1989 y luego en 2003) y traducidos de manera ejemplar por Francisco Torres Oliver. “Creo, efectivamente, que la mayoría de estos cuentos nacieron acompañados de lo que podríamos llamar un delicioso escalofrío”. Estas palabras, escritas por el autor en 1938 para el prólogo del libro, corroboran la experiencia de cualquier lector que se acerque a él. Dicho escalofrío es el hilo conductor de una serie de experiencias y ensueños que cautivan desde lo imprevisto.

Lo onírico toma carta de naturaleza, y nada es lo que parecía ser. Blackwood (1869-1951) renegó siempre para sus cuentos -escribió ciento cincuenta- de la denominación “de fantasmas” o “de terror”. Prefería el término “de conciencia ampliada”. Idea sustentada en sus devaneos con el ocultismo, que le llevaron a pensar que la mente humana posee un potencial ilimitado a la hora de imaginar, pudiendo modificar la realidad, lo que explicaría sucesos como los viajes astrales -alteraciones de la conciencia- o las intuiciones fundadas.

Otro pilar de su obra es la creencia en entes indefinidos que no son intrínsecamente malvados pero, puesto que forman parte del cosmos a un nivel mucho más profundo y antiguo que el ser humano, se muestran ajenos y hostiles. Se trata, en definitiva, de una reinterpretación del perpetuo enfrentamiento entre las fuerzas salvajes de la naturaleza y el anhelo conquistador del hombre.

De carácter aventurero e idealista, muchos de sus cuentos están basados en experiencias reales, vividas por él mismo o escuchadas durante sus años de periodista.

Los miedos del hombre. Cualquier ruido que suene extraño. Un sueño inesperado. La vida y su vértigo. El trasmundo. Lo que queda oculto... pero está. Un repentino escalofrío, y no poder dejar de leer: Algernon Blackwood.

domingo 20 de marzo de 2011

Cuando escribes no sabes muy bien lo que te espera



Malditas las ganas que tengo de escribir nada. Pero ahora mismo no tengo con quien hablar, y se me hace duro. Porque quisiera desahogarme de ciertas cosas. ¿Leer? El exceso cansa. Bueno, más que cansancio de la lectura en sí, es un cansancio anímico. O fruslerías que se me meten en la cabeza. O que algo hay que decir. Guillermo, tío, ¿qué cuentas? Ya me gustaría contar algo con un poco de sustancia. Recelo cada vez más de mí mismo. ¿Qué podéis esperar? Palabras que insisten en irse a cualquier otro lugar. Largarse, llevarme de viaje. ¡Cómo me irrita el teléfono! Estoy comenzando a estar un poco harto de tantos sueños y de tanta martingala nostálgica. El prójimo no sé cómo andará de todo esto, pero al final la vida te dice las cosas muy claras: dos y dos son cuatro, y tienes que cuadrar las cuentas de la comunidad de vecinos, ir al médico y que ya es hora de que te cortes el pelo. Y a firmar. Venga, desfilen. Malditas las ganas… Y se amontonan las palabras en silencio. Y escribo a la buena de Dios, dejándome llevar por su ritmo o por cierto apoltronamiento que intenta dar con alguna imagen o idea. Me llegan dos libros, y los lanzo displicente sobre la cama. Uno de ellos se cae de lomo sobre el suelo y se queda abierto boca abajo. Me entra la curiosidad. Un momento… Es una antología de Salinas. Poemas de amor. Páginas 112 y 113, que han quedado algo maltrechas. El final de un poema y el comienzo de otro. El que comienza pertenece al libro Largo lamento y… Pero me quedo pensativo dando vueltas a la palabra “lamento”. Por nada en especial. Puede que sea un capricho. La repito en voz alta, separando bien las sílabas. Y la “o” final sale de estampida, y me quedo con la boca bien abierta, como un memo. Y se me pasa por el magín que el mundo lleva siglos de lo más triste (se suele disimular a base de ocurrencias, pero no cuela). También ocurre en los libros, en la literatura. ¡Qué de penas y de situaciones amargas! A fajarse… Se me ha quedado enganchado un poema de Salinas. Paso la mano por sus líneas, poso el alma, que ventea esa otra alma del poeta. Ya mayor, cansado -imagino-, con la vida un tanto desangelada. Se agarra a los poemas como a un clavo ardiendo. Para salvarse de otra quema. Para fijarse mejor en lo poco que nos queda después de tantos sueños. Cuando escribes no sabes muy bien lo que te espera, pero sigues… Puede que algún día sepas de qué se trata.

sábado 19 de marzo de 2011

Deseos




Un cúmulo de deseos. Eso es de lo que estoy hecho, de lo que estamos hechos.
Y sentarme en el porche de esa casa de madera que he visto en el cine,
y sentir de nuevo en mis manos el tacto de un junco cualquiera,
y despertarme por fin de este día sin norte,
y pedalear más deprisa (más, mucho más, con toda el alma),
y abrazar con fuerza las piernas de mi madre
como cuando pintaba de verde mi infancia,
y escribir un poema que haga que por fin alguien contemple la belleza
un poco más de cerca...

Deseos.
Y esta forma de vivir mi vida
que no sale nunca de lo mismo.

viernes 18 de marzo de 2011

Historia de un relato que no llegó a ser



No sabes nada de ti que no te haya sido susurrado alguna vez
Edmond Jabès



Un relato es un acto de poder estético en el que la trama se difumina discretamente en el tiempo. Desaparece sin más, por los resquicios de una memoria siempre selectiva. Subsiste la emoción que nos procuró su lectura, el lugar exacto donde abrimos el libro -aquel amplio desván de infinita libertad, por poner un ejemplo-, incluso hasta el cuándo y la posición exacta del sol al volver la última página del recuerdo. Sí, queda la perspectiva desde la que se escribió el texto -ese paisaje interior que trasciende sentidos, razón y desencanto-, la visión del escritor, el poso que dejó en nosotros todo aquello. Algo demasiado intangible, lo reconozco, pero que es así. Bueno, al menos pienso que es así, o que podría ser realmente así.

Digo esto porque hace unos días pensé en escribir una buena historia. Un relato sencillo, que no era ni una ocurrencia ni algo para salir del paso. Era sencillamente mi relato. Esta última cualidad, a pesar de no estar todavía escrito, lo dotaba de una fuerza especial, tengo que reconocerlo. Mi relato. Pero cuando me dispuse a escribir las primeras palabras -algo así como “Érase una vez una voz...”- surgió de improviso lo imprevisto, esto es: la duda. No una duda metódica capaz de arrasar toda esperanza, no, más bien se trataba de una duda circunstancial, que creí pasajera. Porque no dudaba de mi capacidad para resolver la historia de manera coherente, no, se trataba de algo distinto, algo que me detuvo ahí, en el mismo comienzo, y que me impidió siquiera escribir una sola palabra.

La trama estaba bien concebida, desde hace meses desmenuzaba su argumento pormenorizadamente, sobre todo en los prolegómenos del sueño, que es cuando más fértil está la imaginación y el pensamiento se demora en lo imposible. Creí que bastaría con trasladar aquello al papel para que adquiriera un sentido completo, cuajado de buena literatura. Pero hubo algo que se me escapó, algo con lo que no conté y que redujo mi anhelo a la dura realidad de los buenos deseos. Es decir, al silencio, para algunos el mayor de los privilegios, para otros el más cruel de los castigos. Puede que sea lo que más convenga, y puede que la historia en sí mejore y se complete hasta que llegue su hora.

Ha pasado un tiempo, la duda persiste y con ella mi mudez. ¿Me paraliza la vanidad, la estupidez de una desmedida melancolía, el qué dirán? Esta impotencia duele, humilla, dura ya demasiado. La duda ya no sé si es duda o se trata de algún tipo de aflicción marginal que poco o nada tiene que ver con la composición de un sencillo texto. Lo que sé es que quiero escribir este relato de una vez por todas, desembarazarme de él, quitármelo de encima. Me obsesiona la idea de que lo no escrito no es, carece de existencia, cuando sé que no es así. Y la cabeza me da vueltas, demasiadas vueltas alrededor de este silencio invisible y distante. La duda no está en si contar mi historia o no, el dato exacto es que no puedo escribir nada mientras la historia carezca de visión, del necesario don. Y tal vez sea esta la cuestión: que se trata de un don, de algo que se tiene o no se tiene.

Estoy confundido. La historia, incapaz de salir a la luz, me atenaza los nervios, me imposibilita cualquier pensamiento coherente. Lo sensato sería dejarlo estar, como haría cualquier persona normal, ante la posibilidad de caer en el absurdo de la sinrazón. Pero me resisto a claudicar. Algún día escribiré el relato, lo prometo -me lo prometo-, y lo que imagino por fin llegará a ser. Mientras esto ocurre quisiera prescindir de mí mismo, desprenderme de mí mismo como si la cosa no hubiera ido conmigo. Tarea difícil, pues desde hace demasiado tiempo sólo he pensado en mí, y los hábitos se enroscan a ti, y sientes una especie de asfixia.

“Érase una vez una voz...” era el comienzo de mi propia historia, la historia de un hombre que quería ser feliz y no pudo contarlo.

jueves 17 de marzo de 2011

De cuando en cuando releo a John Donne



Y es que la poesía depara gratificantes reencuentros, momentos que uno bien puede calificar como de únicos y excepcionales. Instantes que van más allá del tiempo y de sus avatares, de los signos y de sus mecanismos. El lenguaje poético es como el envoltorio del misterio donde percibimos lo más íntimo de nosotros mismos, nuestra individualidad más nítida, aquella mirada original, limpia. Y la experiencia de la vida. Mientras la lectura avanza una magia maravillosa despliega nuestra propia significación, y la memoria encuentra acomodo en lo que descubre su visión. Nos sentimos reconocidos, amparados, comprendidos. En un poeta del XVII podemos llegar a atisbar mayor contemporaneidad que en muchos otros, tan postmodernos ellos. Es lo que diferencia el poema vivo del poema artefacto. Y John Donne (Londres, 1572-1631) es uno de estos casos. Haga el lector la prueba. Y lo releo a Donne en el libro Cien poemas, traducido nada menos que por Carlos Pujol y editados en Pre-textos. Son poesía en estado puro, sin calificativos, donde el poeta trata de lo divino y de lo humano; experiencia que se poetiza desde la meditación, desde una ironía angustiada, pero también desde un erotismo latente y con un humor refinado. Nada es trivial. “Para saber cuán grande es el amor / se requiere presencia, pero sólo / la ausencia prueba cuánto va a durar”.

La muerte, el amor y la religión conforman el ramaje principal de una espesura conceptista y brillante. Pero cada hoja, cada poema, nos asombra de manera distinta. Su rumor quiere ser diálogo con el que lee, encabalgando un ritmo apropiado para dicho menester. Y todo ello con voz muy directa, biografiando con ingenio su propia alma. “Rey del virtuosismo poético”, señalará Pujol. Pero es mucho más que eso. Octavio Paz, en el breve ensayo “Un poema de John Donne”, incluido en su libro Puertas al campo (1966), sintetizará muy bien la vida y la obra de Donne: “Fue siempre el mismo hombre. Mejor dicho: la misma dualidad. Ser de pasión y reflexión: vive y se mira vivir. El tema constante de sus meditaciones fueron su vida y su muerte. Se ve como si fuera otro; y se ve con tal lucidez y pasión como si ese otro fuese él mismo”.

Sobre Donne y su obra muy pronto cayó el baldón de “metafísico”, por entonces algo peyorativo y que hoy más parece un elogio. Dryden (el primer poeta laureado) y el doctor Johnson despreciaron lo que no comprendían, ley que se cumple inexorablemente a lo largo de la historia, sea o no literaria. Entre Milton y sus rancios epígonos se perdió el paraíso de una poesía considerada en su tiempo como menor y que hasta no hace mucho era leída por pocos. Pero su acento dramático; su pulso elegíaco de lo concreto; su aliento poético, para algunos incluso místico, no pasaron desapercibidos a gentes como Pedro Salinas, Jorge Guillén o Luis Cernuda. Este último lo llamará poeta de “expresión libremente inspirada”, y en su libro Tres poetas clásicos (1941) sugiere: “Sería curioso relacionar nuestra poesía mística, y nuestra poesía gongorina, con el grupo de poetas metafísicos ingleses del XVII: Donne, Herbert, Crashaw, Marvell, Vanghan y Traherne. ¿Existiría entre unos y otros algo más que afinidad fortuita?” Donne era coetáneo de nuestros Bocángel, Quevedo o Villamediana, sabía español a la perfección, y en su biblioteca nos consta que eran muchos los libros escritos en nuestro idioma.

Cien poemas contiene canciones y sonetos, elegías, epigramas -“Nunca van tus pecados a igualar tus cabellos, / tus pecados aumentan mientras pierdes el pelo”-, y una varia representación de su para mí fundamental poesía religiosa (sonetos sacros, letanías e himnos), sin perderse la certera Introducción y el no menos jugoso Epílogo. Un libro para demorarse. La edición es manejable y clara, la traducción atinada, y su lectura el recuerdo de aquella extraordinaria versión de Víctor Pozanco en 1973, o la relectura de Poetas ingleses metafísicos del siglo XVII que tradujeron y recogieron allá por 1970 Blanca y Maurice Molho, y que reeditó Acantilado en el 2000.


(Otras dos buenas traducciones de John Donne son las publicadas por Hiperión, Canciones y poemas de amor -Gustavo Falaquera-, y por Cátedra, Canciones y sonetos -Purificación Ribes-.)

miércoles 16 de marzo de 2011

Hoy me he levantado con nubes




Hoy me he levantado con nubes. Es un hecho. En casa había una corriente de aire tremenda. La calle sigue sin llevarme a donde yo quisiera. Por eso no acabo de llegar a ningún sitio y sigo buscando pistas a mi vida. Digo yo que algo habrá en todo esto. Algo más... (y venga a buscar palabras por detrás del ruido). Hoy es necesaria la gabardina, más que nada para descansar el alma en sus bolsillos. Caminas y miras con fijeza las baldosas de las aceras. Caminas y miras las piernas cómo aceleran el paso del tiempo. Caminas y miras una bandada de sueños en esas nubes y en esas otras miradas que se cruzan contigo. ¿Para qué comprar el periódico si las noticias que busco sólo pueden estar en algunos poemas? La vida es la tentación de sentarte un buen rato en cualquier banco y ver pasar los colores. Pensar en una rosa, o pensar que estás frente al mar y que te vas guardando las olas para los momentos peores. Es una martingala esto de intentar definir constantemente la vida. ¡Como si hiciera falta para algo! Pero el hecho es que una y otra vez ocurre, lo escribas o no. A veces se trata de una coartada, o de un artilugio retórico por el que intentas yo que sé el qué. La vida... ¡Tantas cosas! Enamorarse, claro; pasarlo bien con lo que hay; no sentirse sólo por nada del mundo (por más literatura que le pongamos a la soledad, sonora o no); abrir una puerta y encontrarte con un abrazo o con un beso o con un paisaje que tiene visos de eternidad. La vida... Lo que ahora es, el deseo ardiente. No sé lo que ocurriría si cada uno dijera lo que sueña. Pero el hombre es lo que son sus sueños, lo que hay detrás de esas nubes y de estas cosas que me rodean (la mayoría de ellas ¿para qué sirven?). Puede que en los bolsillos de mi gabardina encuentre restos de algo provechoso. Puede. Como unas caracolas o una vieja lista de la compra. Y me entretengo en el recuerdo de un beso. Quisiera hacerlo verso, o un poema entero donde pueda revivirlo, y revisarlo, y rebesarlo. Se me ocurre que la vida es romántica o no es. Al menos la mía. Con ese punto sentimental y soñador que acecha cada rincón del día. Y de la noche. Con esta bufanda que es como una rapsodia cromática, como una bandera del alma que flamea en el aire. Ya llego. ¿A dónde?

martes 15 de marzo de 2011

“Tropas del espacio (Starship Troopers)”, de Robert A. Heinlein




Para entendernos, Robert A. Heinlein (1907-1988) es como el Thomas Mann de este tipo de ficción espacial, con el nobel del género incluido. A cualquiera no lo nombran premio Locus “al mejor escritor de ciencia ficción de todos los tiempos”, por encima de Asimov, Clarke y LeGuin. Su narración no se conforma con contarnos una trama al uso. Vamos, con unos personajes más o menos esbozados y una acción de andar por casa (o por las estrellas y galaxias). No, su fuerza radica en que su acción es siempre reflexiva, descriptiva del ser humano ante las situaciones más diversas. Esto no va sólo de buenos y malos, de bichos y hombres. Hay algo más. Interioriza. El modo de vida, la conciencia… El hombre orbita sobre su historia y sobre el futuro de la humanidad. El hombre es lo que es por el porqué de sus acciones, no por el avance de la tecnología. El hombre es la lucha consigo mismo, es el esfuerzo por ser mejor. Por eso hay que estar preparado, entrenado en el sacrificio del valor con el que hay que afrontar la vida.

Su novela Tropas del espacio (1959) -editada por La Factoría de Ideas- es una magnífica expresión de todo ello. Su protagonista Johnnie Rico vive en el siglo XXIII. Dieciocho años. ¿Qué hacer con su destino? Todo indica que seguirá los pasos y los negocios de su padre. Pero… como en todo joven de esa edad existe el inconformismo, y el gusto por la aventura, de no ceñirse a lo ya visto. La búsqueda. Lo desconocido. La indagación de sí mismo, la vocación imprecisa al principio, lo imprevisto. El ejército, la infantería móvil (I.M.). El peligro. Los planetas y la lealtad de los amigos. La reflexión sobre lo que está sucediendo, sobre lo que le está sucediendo. El miedo. Heinlein va narrando con un estilo conciso y ágil los avatares de este chaval, a la vez que discurre sobre la moral, lo social y educativo, el comunismo, la mejor forma de gobierno (críticas incluidas a una pretérita democracia muy imperfecta)…

En todo este entramado de acción y reflexión hay abundantes referencias autobiográficas. No me cabe duda. El autor, que perteneció a la dotación del primer portaviones de la armada USA, y a varios buques más, a su manera nos concede todo un homenaje a todo ello cuando dice: “No voy a hablar mucho más sobre mi entrenamiento como recluta. Básicamente fue simplemente trabajo, pero me formaron bien. Basta decir eso”. El autor es un tipo que trabajó en mil historias, al mismo tiempo que estudiaba Arquitectura, Ingeniería y Matemáticas (hace que Rico, su personaje, pese a que le cueste un horror, no deje de estudiar matemáticas, pues son la base de todo). Hasta probó fortuna en la política, que ya son ganas de probar. Pero no vaya a pensar nadie que todo esto -con sus referencias- hace la narración más densa o aburrida. La acción para nada queda lastrada, en ningún momento pierde fuelle o intensidad. Y hay páginas de gran escritor. Recuerdo ahora una carta que le escribe a Rico su madre. Toda una loa sobre la maternidad, que se lee con emoción (pág. 98): “Estés donde estés, sea lo que sea lo que elijas hacer, siempre serás mi pequeño, el que se da un golpe en la rodilla y viene corriendo a mi regazo para que lo reconforte”.

El combate de la vida y el combate por su vida y por la de sus compañeros, y por su forma de vida. El temblor que no se pasa, las batallas, las argucias, la tensión de la prosa y de la épica, el fragor del fuego enemigo… Robert A. Heinlein. Tropas del espacio. Una novela que se hace muy corta. Una obra maestra para todos los amantes del género, de una literatura bien escrita.

Pd. Aconsejo, si es que puedo aconsejar nada, que a los que la lean y les guste, prosigan su lectura del autor con El granjero de las estrellas, en la misma editorial. Puede que sea su mejor novela. Inolvidable.

lunes 14 de marzo de 2011

“La Pasión”, entre lo más granado de la historia del cine


Todavía no ha logrado desembarazarse La Pasión -la tercera cinta que dirigió Mel Gibson (n. 1956)- del morbo y de la controversia. Mel Gibson, el que con apenas un puñado de películas puede considerarse uno de los mejores directores de finales del XX y comienzos del XXI. Antes había rodado El hombre sin rostro (1993) y Braveheart (1995), con la cual consiguió cinco óscar, entre ellos a la mejor película y al mejor director. Braveheart era ya -si uno es buen observador- un ensayo de La Pasión. La historia de un hombre que da su vida por la libertad de su pueblo, con una escenificación muy cruda de la violencia, una retórica de la épica y la epopeya como género histórico.

Si normalmente es bastante complicado ser ecuánime en las cosas, mucho más lo será cuando esas cosas repercuten de manera tan directa -lo reconozcamos o no- en lo más íntimo de nosotros mismos, en estratos de nuestro ser que por lo general obviamos, pero que no por ello dejan de estar ahí. Decía María Zambrano que “el ser se siente extendido en una cruz formada por el tiempo y la eternidad”. Y de la tensión producida en y desde ese eje da testimonio la filosofía, la literatura universal, o cada una de las bellas artes, incluido por supuesto el cine, que condiciona y conforma en buena medida nuestro imaginario social y personal.

El film de Gibson trata ni más ni menos que de eso: de la dimensión trascendente de la vida humana, del sentido del sufrimiento, del perdón como posibilidad real. Porque hoy más que nunca es necesario hablar al mundo de misericordia, no de venganza. Ahí está el acento y el acierto, expresado en un lenguaje contemplativo, donde prima la imagen sobre la palabra -en arameo y latín, como saben-, donde cada gesto es un acto de creencia. Hay una visualidad radical. Desde el cine mudo muy pocos directores se han atrevido a ello. ¿Efectista, excesivo? ¿Y qué son Kubrick y Scorsese y Coppola? Aconsejo ver con cierta frecuencia La Pasión de Cristo, pero sin prejuicios, abiertos a la libertad expresiva del artista, entre el tenebrismo de Caravaggio y una puesta en escena decididamente inspirada. Los escándalos y prejuicios no dejan de ser un estéril y absurdo reduccionismo intelectual.

domingo 13 de marzo de 2011

Cuando los hombres eran buenos




Hay títulos que justifican un texto. El que sea (bueno, el que sea no, algo que vaya acorde). Y este es uno de ellos. Cuando los hombres eran buenos. Tomé nota y guardé el papel en el bolsillo. E iba pensando qué podría decir. Cuando en las películas había bondad, cuando en la vida había gente que no estaba dispuesta a vender su alma por un puñado de naderías. Sí, tomé nota. Cuando los hombres eran buenos, y no sentían vergüenza de su alma y de dar la cara por la verdad y respetaban la belleza y el valor de la pureza. Parecen sólo grandes palabras, pero creo que nos entendemos. Llueve. No tiene mucho que ver con lo que hablamos, lo sé, pero quiero dejar constancia. Porque la sola idea de la lluvia hace que en las frases, no sé, haya como un brillo, como una infancia de las cosas. Yo creo que cuando los hombres eran buenos hasta la literatura era mejor. Incluso el cine, y no importaba que fuera en blanco y negro. Puede que sea un ingenuo o quiera sacar partido de cierta nostalgia. Pero en los ojos de la bondad siempre la mirada es algo ingenua (que no tonta) y algo nostálgica. El mundo necesita que cuando uno descuelga el teléfono en esa voz que suena haya un timbre de bondad, una frecuencia donde haya alma. Cuando los hombres eran buenos no había tanta angustia ni estrés, ni el pesimismo era tan afligido. ¿Ustedes qué creen? Y los matrimonios eran para siempre, con más empeño en la paciencia y más tiempo para la ternura. Ternura: se ha convertido en una de mis palabras predilectas. Sólo de nombrarla estoy cautivo. Y me adentro en ella todo lo que puedo. La ternura es asunto de hombres buenos. Por eso anda escasa y vacilamos a la hora de acariciarla o de pronunciarla. Ay, cuando los hombres eran buenos -voy a seguir con las grandes palabras, que yo escribo lo que me da la gana- parecía todo más infinito y más claro, y la felicidad era más accesible. Y había una educación y una elegancia. Y un esfuerzo por hacer las cosas bien. Sin tanto pavoneo. Seguro, es seguro que la realidad no era tan idílica. Nunca lo ha sido. Pero eran contados los hombres que presumían de canallas. Ahora es al contrario. Lo infame da prestigio, cotiza al alza. De ahí el empobrecimiento de las almas, la mezcolanza, el ocaso de toda una sensibilidad.

sábado 12 de marzo de 2011

"El silencio de los libros", de George Steiner



(Seguido de "Ese vicio todavía impune", de Michel Crépu.)



El silencio de los libros. Su lectura. El diálogo constante con el significado de las palabras. Las emociones del alma. La opción del pensamiento, de la imaginación, de la historia, de los sueños. El hombre recogido en medio de si mismo. Siguiendo la búsqueda, el ritmo. Los libros: tan vulnerables, tan indestructibles. Páginas, líneas, tinta, tacto, ser. Esa fuerza, esa trascendencia, ese viaje. Toma de conciencia, estudio, la forma de sacar alguna conclusión a la existencia. Sondear la profundidad de lo que ocurre o de esa transparencia que está en el aire o en esa mirada que se cruza contigo. Silencio. El silencio de los libros. El silencio de los vivos. El amor, la nostalgia, la épica del deseo. La semilla, el descanso, la idea, el acero de la batalla, el dolor que se desangra. El silencio y su don. Los libros y su don. La vida: un relato, un poema. Un más allá de todo esto. Y la historia que nos deja. Y lo que nos queda. La vida: el lenguaje que somos, y la escritura que nos cuenta y canta lo que sentimos, el desasosiego frecuente, el afán de comprender el derrotero del tiempo y lo que se tercia… El silencio de los libros: ese fijarse más en las cosas, ese no quedarse solo, ese querer saber. Dice Steiner: “La escritura dibuja un archipiélago en las vastas aguas de la oralidad humana”. Es una manera de subrayar la vida, de recalcar los asuntos más cruciales que nos pasean por el alma. Y por la razón, y por esas ganas de contemplar a nuestro antojo lo que el hombre sueña. ¿Qué es primero? ¿La vida o los libros? ¿Pero qué son los libros sin la vida? ¿Y los libros qué aportan? ¿Es necesario elegir una cosa u otra? Mi vida no es posible sin el amor a los libros, sin las confidencias de los libros, sin el tacto de los libros (recuerdo Tocar los libros, de Jesús Marchamalo, editado por Fórcola). Los libros son algo más que una invasión de espacio. Son una manifestación evidente de la arquitectura espiritual del hombre. De sus cimientos y de su altura, de su proyección de la mirada y de la densidad de la luz. Esa nueva perspectiva que necesita cada uno.

No sé. Steiner en este breve ensayo que es El silencio de los libros (Siruela) conjuga la historia del libro en distintas manifestaciones. Su supuesta fragilidad, su sentido, su época dorada, su alcance, su defensa de la barbarie, su escándalo, su desorbitada edición actual, las amenazas que lo acechan, las profecías que lo hacen desaparecer de la faz de la tierra. Existe toda una ingente literatura sobre el presunto fin de los libros (El fin de los libros es el título de uno excelente que escribió Octave Uzanne, y que ha publicado Gadir entre nosotros). Pero de lo que se trata aquí, una vez más, es del amor al libro. Todo parece volverse en su contra. Hasta el incremento exagerado del número de títulos, con el predominio del comercio y de la mercadotecnia sobre la calidad literaria. Steiner reflexiona, cavila. No parecen buenos tiempos para el silencio, para los libros. Reina el ruido, la dictadura de la imagen, la virtualidad, la laxitud, la molicie espiritual. Hay en su tono una melancolía. Ese milagro que supone tener en las manos un libro ya no se valora apenas. Pero sobre todo hay en su texto un análisis y una síntesis de la historia de la lectura, y una descripción concisa y muy pensada de la desculturización, de la deseducación...

Y complementa el librito un ensayo de Michel Crépu de sugerente título: Ese vicio todavía impune. Todo un homenaje. Sin grandes palabras: no le gustan. El testimonio de ese chiquillo que se va al fondo de un jardín a leer. Él mismo, o Proust, o el propio lector. Y allí la revelación de todo lo que supone leer. Y escribe maravillosamente Crépu: “¿Qué es la literatura? Un lugar que no es un lugar, un tiempo que el tiempo no cuenta, una lengua que no es el lenguaje”. Ese placer por el misterio, por lo secreto, por los enigmas, por los sentimientos. Esa sed, ese amor, esa necesidad de que alguien precise poner por escrito su alma o su pensamiento o su imaginación. Y ese otro amor y sed y necesidad de que haya alguien que requiera leerlo. Pero, ¿quién se demora hoy en la meditación de una idea o de un pensamiento o de un acto de belleza? Prisas, angustias, saturación de información, la inmediatez de todo, la necesaria falta de aburrimiento, de paciencia, de silencio, de estudio. ¿Dónde está ese “chiquillo que corre a refugiarse a la sombra de una cabaña con su libro”? “Al niño actual ni se le ocurre meterse en su habitación a soñar despierto, abrir una novela por cualquier página, dejarse hipnotizar por el misterio de los caracteres”. Entre otras razones porque no le dejamos tiempo. ¿Y para cuándo la experiencia de la soledad, de sus propios sueños, de las aventuras y conquistas que jalonan la infancia y la adolescencia o juventud? Es decir, los prolegómenos de lo que serán nuestras vidas.

Un libro para replantearse cosas. Se trata del futuro del libro, se trata del futuro del hombre.

viernes 11 de marzo de 2011

A cada día le bastan sus disgustos



Y tanto. Cada día. Parece frustrante. El Espíritu Santo inspiró bien a san Mateo en el capítulo VI de su evangelio. No es necesario elucubrar más de lo preciso, ni dramatizarlos hasta el extremo. Templemos ánimos. Afrontemos lo que hay, lo que viene. Con espíritu fuerte y enamorado. Cada día algo distinto, variado. Pero siempre una pena, un peso que se nos pone encima y el corazón en alerta. La vida: esa inquietud que no cesa, que nos tiene en vilo mientras dura. Pensamos que alguna jornada estará libre de disgustos. Hay noches que parece que ya está, que es posible un sosiego razonable. Pero nada. En cuanto nos damos la vuelta pasa, ocurre. Un disgusto. Una aflicción. La dichosa pesadumbre del último momento. Lo peor es que discutimos, lo peor es la rebelión, la soberbia. Por aquí no paso. ¡Ya está bien! Y el disgusto se torna gresca, la contradicción se vuelve tristeza. Y no hay nada peor que un hombre triste. Sobre todo de noche. Nos cuesta elevar las miras, pedir perdón, intentar zanjar la polémica. Porque somos pusilánimes a la hora de amar. ¿Desde cuándo el amor no sufre si quiere ser amor, si ama? Y esos disgustos profesionales, y los imprevistos que disparan en emboscada mientras abres un sobre, o miras las cuentas, o respondes al teléfono, o caminas por la calle. Ese vértigo…Y cavilas en la enfermedad del amigo o en la muerte de esa madre tan joven. A cada día le bastan sus disgustos. Y ya vale. ¡Dichosa ansiedad! Dios. Y en ese instante te pones en la piel de tu padre. Dios. ¿Cómo puedo quejarme tanto? ¿Cómo quiero ser Cristo si doy más disgustos de los que recibo? Además los exagero y me parecen los míos los peores, los más dañinos. No me los merezco, no aguanto, no puedo. ¿Hasta cuándo? Pero este contrato dura hasta que duras aquí abajo. O quizá siga, vía purgativa (Dios no lo quiera). Exageran quienes piensan que la vida es en sí misma el supremo disgusto, rematada un mal día a quemarropa por la muerte. No atinan. Es un dislate metafísico. No es cierto. Al cabo de todo un día hay mucho más, un infinito de pormenores, y sobre todo está la evangélica añadidura: esa gracia, esa alegría que se pone de pronto en una sonrisa o en una caricia, o cuando se limpia sin ganas la mesa.

jueves 10 de marzo de 2011

Lectura obligada: "El mundo de ayer (memorias de un europeo)", de Stefan Zweig




A Stefan Zweig (1881- 1943) le tocó vivir una época realmente apasionante y trágica, de una intensidad histórica sin precedentes. El esplendor y la decadencia de toda una civilización. Nació en una ciudad, Viena, donde existía una verdadera pasión por la cultura, por la educación, por la seguridad, por la mesura. “Uno no era auténticamente vienés sin el amor por la cultura”, señala. El resultado era -y fue- realmente espectacular. Podemos apuntar autores como Altenberg, Schnitzler, Hofmannsthal, J.Roth -el autor de La marcha de Radetzky-, Trakl y Hermann Broch. O críticos como Bahr o el ácido Karl Kraus. Sin olvidarnos de Robert Musil, que testimonia en su obra, de forma eminente, la ruina de esta misma cultura. Y esto sólo por lo que respecta a la literatura, a la que Zweig se dedica desde muy joven “en cuerpo y alma”. Es un lector excepcional. (“Y, sobre todo, leíamos, leíamos todo lo que nos caía en las manos”). Pero un lector que desconfía del mundo académico, que de por vida sigue el axioma de Emerson “según el cual los buenos libros sustituyen a la mejor universidad”, en la cual ya señala una masificación que deshumaniza. Su pasión por el lenguaje se va acentuando, y los hombres que más le fascinan en este mundo serán Rilke (“el silencio surgía a su alrededor”) y Hofmannstahl (de “una maestría inigualable”). Aunque es evidente, por ejemplo, la influencia que recibe de Freud y su psicoanálisis. Basta leer novelas como La confusión de los sentimientos o Amok.

A lo largo del libro van desfilando personajes que él admiró y de los que aprendió de una manera o de otra. Su obra les debe mucho. Los reseña con agradecimiento. Theodor Herzl, el poeta francés EmileVerhaeren, el traductor de Whitman al francés Léon Bazalgette, Rodin, W.B. Yeats, Walther Rathenau -que le estimuló “para ir más allá de Europa” y que, en cierta ocasión, le diría una frase de la que muchos podrían aprender: “La literatura es una profesión fantástica, porque en ella sobra la prisa”-, y Berta von Suttner, Romain Rolland, Gorki, Valéry, Gide y muchos más. Un entramado eminentemente literario, pero que no se puede entender del todo sin señalar su pasión por la música. También irán apareciendo, en estampas cuajadas de vida y literatura, las diversas ciudades que visita. Es innegable su evidente vocación cosmopolita, así como su arraigada fe en la unidad de Europa. Fe que, a pesar de sufrir dos guerras mundiales, nunca desfalleció.

El mundo de ayer (Die Welt von Gestern) de Stefan Zweig, traducido por Joan Fontcuberta y Ágata Orzeszek y editado por Acantilado, es un libro muy de hoy, una novedad constante. Manifiesta el testimonio de un espíritu trágico, mejor dicho, de un espíritu para el que “las pruebas son un reto”, para el que “la persecución fortalece y el aislamiento eleva”. La honda raíz moral de estas páginas hace que el lector perciba en él un ejemplo a seguir, con una serie de claves que ayudan a descifrar y analizar nuestra propia realidad de principios del siglo XXI. El autor de Veinticuatro horas en la vida de una mujer intenta reflejar esta realidad, quiere dar fe de todas estas personas y circunstancias, de las luces y sombras de una época -la primera mitad del siglo XX- que siendo trágica conoció sin embargo un florecimiento creativo sin parangón. Y lo hace con primor y rigor, con verdad, con sencillez, huyendo siempre de lo accesorio. “Me irrita toda facundia, todo lo difuso y vagamente exaltado, lo ambiguo”. Por ello su estilo es conciso, ameno, dinámico, cautivador desde la primera hasta la última página.

En este libro Zweig no sólo describe la época que le tocó vivir, esa decadencia espiritual de todo un mundo (pese a su auge intelectual), ni tan sólo trata de escribir una de las más perspicaces y agudas autobiografías que uno haya leído nunca. El mundo de ayer, sobre todo, reivindica la gran literatura, el magisterio de una cultura de la excelencia que nos redima de tanto horror, de tanta mediocridad. Ayer, hoy y siempre. “La calidad suprema como única medida válida”.

miércoles 9 de marzo de 2011

Abre los ojos: mira



Unos días en el campo. Bien. Con amigos. ¡Sin son de los de verdad! Mejor. Respirar, pasear. Contemplar el cielo a tus anchas. Pensar. Rezar. Mirar como se abrazan las nubes y las plantas. Familia. Palabras. Silencios. Recuerdos. Imaginaciones. Un viaje largo quizá. Sueños que son verdad. Amigos. Quisieras saber pintar los detalles que nadie ve. Amor. Amor mío. Dios. La comida, estos hijos. Mi infancia que corre hasta donde estoy ahora. Inspirar el perfume del campo. Plantas cuyo nombre desconozco. Azul, verde y esta luz. Amor. Amor mío. Es cierto que la vida cansa de improviso. Y te arropas con un golpe de brisa o con un poema. No tardará en escampar. El alma se encoge. Esta luz que estalla en la creación que contemplo. Dejadme un poco de silencio, un recodo de cielo. Y ya está. Respirar hondo, cierras los ojos. Imaginar cosas imposibles de decir, y de vivir. La brisa en la piel de mi alma. El corazón que ama. El desorden de mi vida, de las palabras. ¿Dónde están las flores que yo quiero? El sol se resguardece en un poco de sombra. Toco unas piedras... La vida, mi vida, su vida, nuestras vidas. ¡Cuántos sueños! ¡Cuánto olvido! El amor, mi amor, lo que deseo. Ese horizonte, la memoria. Olas de luz. El membrillo. Los abuelos. El olor a café y a tabaco. La voz de mamá que se asoma por las ventanas. Desde que tengo uso de corazón no hay razón que valga. ¡Dejadme respirar! ¡Dejadme a solas con este sol del sur, o del norte! Escucho las conversaciones a intervalos de nubes o de sueños. Alguna palabra se queda en mi alma -belleza- y contemplo su sentido en mí, que la amo. Amor. Amor siempre. Amor azul, amor árbol, amor poema, amor caricia, amor tomillo. Y mis hijos. Y mi amor, que me llama, que es llama que prende de gozo mi alma. Y mi cuerpo. Este cuerpo que crepita como el fuego, que nace, que muere, que resucita. Que se levanta de entre las palabras y las cenizas. Calla, calla. Abre los ojos: mira. ¿El qué? Mira. ¿Dónde? Mira. Allí, ahí, aquí. Admira el mundo, cada cosa. Admira su genuina hechura de amor. No hay minucias. Todo es luz y gloria, gozo y magnitud divina. Ay, ese cielo donde está mi vida, tu vida, nuestras vidas. Claridad que se precipita por el amor hacia el alma. Dulce mansedumbre que me respira, e inspira. Los colores de los sueños, las acequias, el murmullo de las abejas, el vuelo de los gorriones como entonces, los frutos de la tierra.

martes 8 de marzo de 2011

Henry David Thoreau




“Con un poco más de deliberación en la elección de sus objetivos puede que todos los hombres se volvieran en esencia estudiosos y observadores”, dirá Thoreau (1817-1862) en su obra capital Walden or life in the woods (1854), que tiene mucho de diario, con una indiscutible cadencia poética que marcará toda su obra (no en vano algunos de sus pasajes proceden de sus anotaciones cotidianas, que al comienzo fueron una especie de cajón de sastre para sus libros). Pero para apreciar correctamente la obra de Hanry David Thoreau es preciso aprender a demorarse en las cosas, valorar lo cotidiano como lo realmente extraordinario de nuestras vidas, sin afectaciones inútiles, sin toda esa esterilizante y agónica retórica del ruido que nos rodea. Escribió: “Transmitiría de buen grado la riqueza de mi vida a los hombres, les daría realmente lo más precioso que poseo”.

Para él la literatura era el cauce expresivo de su contemplación de la naturaleza, de preocupaciones, opiniones y rebeldía ante los prejuicios y lugares comunes de una sociedad mortecina y, en no pocos aspectos, tan parecida a la nuestra. Su libertad de espíritu es realmente admirable. “Deseo saber algo -dice en sus Diarios-; deseo perfeccionarme; deseo olvidar durante buena parte de todos los días a todos los hombres triviales, intolerantes y mezquinos. (...) El hombre que encuentro -prosigue- no suele ser tan instructivo como el silencio que rompe”.

El autor es, sin duda, uno de los grandes clásicos de la literatura norteamericana, junto con Faulkner, Pound, Henry James, Melville, E.A. Poe, Emily Dickinson, Whitman y Emerson. (De éste último fue amigo personal, habiendo conocido también al autor de Hojas de hierba y al padre de James). Sin embargo tal vez sea el más desconocido de todos, pese a que alguien recuerde todavía su eco en la película “El club de los poetas muertos”. Y este olvido es injusto. Su influencia en la historia de la cultura es enorme y, por ejemplo, sus ideas sobre la “resistencia pasiva” -ver su obra Sobre la desobediencia civil (1849)-, ejercieron un magisterio evidente en hombres de la talla de Gandhi o Luther King. Como, atinadamente señaló Henry Miller: “abriendo los ojos descubrió que la vida proporciona todo lo necesario para la paz y la felicidad del hombre”, y así ver un poquito más allá de lo caduco y aparente. Pero para mostrarnos esa vida tuvo que servirse de las palabras, de la literatura.

En Henry David Thoreau hay un poco de filósofo -se definía como “filósofo natural”-, un poco de novelista y un mucho de poeta. Un hombre que defiende el valor del espíritu frente al empirismo -que interioriza lo que ve-, un hombre que busca en la comunión con la naturaleza su verdadera razón de ser y la evidencia de la esencia religiosa del hombre (del 4 de julio de 1845 al 6 de septiembre de 1847 vivió solo en una choza perdida en el bosque, a orillas de la laguna Walden); un hombre para el que prima el individuo sobre la manipulación del estado, un hombre que piensa así, a contracorriente, y que además tiene el coraje de escribirlo, y lo hace en un estilo sencillo y bello, es merecedor de tenerse en cuenta, de que entre a formar parte no sólo de nuestra biblioteca sino sobre todo de nuestra intimidad. Porque paladeamos en él ese regusto que tiene lo auténtico, lo vertebral.

Posdata bibliográfica: Pero al igual que el amor se demuestra amando, la literatura se demuestra y se nos muestra leyendo. Por eso señalo las ediciones de Thoreau en español que me parecen imprescindibles:

- Walden (Cátedra, Letras universales).
- Desobediencia civil y otros escritos (Tecnos).
- Escribir -una antología- (Pre textos).
- Diarios (Olañeta).
- Pasear (Olañeta).
- Y como complemento: Thoreau: biografía esencial, de Antonio Casado da Rocha (Acuarela editorial).

lunes 7 de marzo de 2011

La poesía de José Luis Tejada




Normalmente hablamos mucho -o poco- de personas y obras de las que apenas sabemos un apunte de un medio de comunicación, o un cuchicheo cotilla, o etcétera. Hablamos y hablamos. Todos. Por hablar que no sea. Lo peor es que juzgamos -o prejuzgamos- sin saber, sin que nos importe ni mucho ni poco la verdad.

En literatura ocurre con alevosía. Juzgamos obras que no hemos leído, poetas de los que sabemos de tercera mano, etcétera. Es muy fácil decir una frivolidad, un lugar común, una glosa de glosa de glosa (que se desglosa en pura ignorancia de lo que se tercia). Somos como somos. Tú, que me lees, y yo que lo escribo. En literatura parece que nos cuesta manifestar que no tenemos ni idea de ese escritor o de esa obra -podemos pasar por poco cultos, ¡ay esa imagen!-, y blablamos, no vamos a estarnos callados. Y hasta escribimos, en incontinencia necia.

¿Ese autor? Un as. ¿Ese otro? Un poeta menor (quizá porque no tenemos ni idea, porque no lo hemos visto citado en nuestro cultural de cabecera o porque es católico o porque es marica, que aquí hay para todos). Lo de poeta menor es muy socorrido, da para artículos, ediciones críticas y congresos. Así se ha decidido. O lo han decidido. Coño, y cuando se te ocurre leer a ese supuesto vate jibarizado por supuestos genios de nada, coño, oye, ¿pues sabes que es bueno? Otra cosa será reconocerlo "ad extra", no vaya a ser que piensen que...

Pensaba todo esto leyendo a un poeta, leyendo a JOSÉ LUIS TEJADA. Bueno, ya supongo que muchos de ustedes -no disimulen- igual es la primera vez que saben de él, otros habrá que les suene el eco de algo. Total, que es a lo que voy: leerlo, leerlo, pocos. El poeta ya está muerto, todo lo muerto que pueda estar un buen poeta, un poeta que te llega al alma. Y como esto funciona por generaciones y tal, a José Luis Tejada (1927-1988) se le ficha en la generación del 50. ¡Menudo prestigio! Pero claro, él no es un Valente, o un Gil de Biedma, o un Hierro, o un Brines, o un -el no va más- Ángel González (siempre he tenido debilidad por este González). Él es de ellos, pero menor. Aunque el tiempo pasa, los lectores leemos lo que se nos antoja y nos gusta y, coño, pues que -calla, no vaya a enterarse alguien- te gusta más Pablo García Baena que todos ellos juntos; o Julio Mariscal, o César Simón, o Manuel Padorno, o José Luis Tejada.

Como siempre un amigo tuvo la culpa. Javier Sánchez Menéndez, hace un montón de cronología, me recomendó una antología titulada "Poemía". Y desde entonces lo frecuento. Y otro amigo -Jaime Siles- va y avalora la poesía de este poeta nacido en El Puerto de Santa María dedicándole otra antología: Desde un fracaso escribo (Fundación José Manuel Lara). Y hace poco sus familiares -los de J.L.Tejada- me envían un libro titulado "Poesía religiosa" (Renacimiento). Acabáramos. Y yo lo leo, y me pasmo, y releo, y me repasmo, y me pongo a hablar con Dios acariciando las palabras y dejándome llevar por los silencios... Y es que "Algunas veces nos rozamos / con el misterio de repente".

Y yo me preguntaba: ¿Quién lee a José Luis Tejada? Quien lo lea saldrá fortalecido y conmovido. ¿Por qué leen tan pocos a un poeta tan bueno, tan literaria y humanamente bueno? ¿Quién ha decidido que es un poeta menor o como mucho decente? Hablamos y hablamos, y juzgamos, y nos enquistamos en motivos desdichados. Y leer, ¿para cuándo? ¿Y para cuándo ceñirnos a la verdad del alma, de lo que se siente?

domingo 6 de marzo de 2011

“La balada del viejo marinero”, de S.T.Coleridge



Me acabo de reencontrar este libro entre los estantes de mi biblioteca. Lo releo sin prisa. Me llaman, preguntan por mí, pero yo sigo leyendo -impasible, completamente abstraído- esta canción, esta balada que Coleridge recuperó en su ritmo de cuatro tiempos (junto a Walter Scott, con sus Poemas de la frontera escocesa, de 1802, y sus Ballads and Lyrical Pieces, de 1806).

A Samuel Taylor Coleridge (1772-1834) la siempre concienzuda historia de la literatura lo enmarca entre la pléyade de poetas y escritores del romanticismo inglés, que influyó determinantemente en el resto de Europa y es origen de toda una muy pujante tradición. Siempre se ha considerado que la puesta de largo de esta nueva sensibilidad fue la publicación en 1798 -el mismo año en que se escribió The rime of the Ancient Mariner-, de las Baladas líricas de Coleridge y Wordsworth, tan esupendamente editadas por Cátedra. (Jaime Siles ya tradujo, en 1976, a este último). Los dos poetas citados pertenecen a una primera generación romántica. Byron, Shelley y Keats a una segunda, para nada inferior. William Blake estará entre las dos -verdadero outsider-, que apenas tuvo repercusión entre sus contemporáneos.

Coleridge escribió lo mejor de su obra en poco más de un año, entre 1797 y 1798. La inconclusa Crístabel -que remató en 1800-, Kublai Khan -que es fruto de una lectura y de un sueño, de la lectura de un sueño- y La balada del viejo marinero, (minuciosamente editada por Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores, incluso con ilustraciones de Gustavo Doré). Toda su vida anduvo preocupado por su poca fecundidad poética. Pero lo que nos dejó produce un continuado asombro. Tras la lectura de la Balada -emblema estético del romanticismo inglés- la natural inquietud del lector, que sabe que está ante una de las obras clave de la poesía universal, se ve colmada por una consciencia que le lleva mucho más allá del texto que acaba de leer. La expectativa que se pudiera tener antes de su lectura percibe o intuye algo que se le escapa. Lo que hemos leído no es sólo retórica brillante o floreciente imaginación. Tampoco tormentosa filosofía o pensamiento deslumbrante. Hemos asistido a algo distinto, algo que queda muy lejos de los artificios del lenguaje o de una razonable dicción. Parece un texto escrito a pesar del poeta mismo -poco hay aquí del esfuerzo intelectual que para él parecía presidir toda poesía y que le obligaba a ejemplificar en su propia obra poética sus continuos alegatos teóricos-, un texto que está más cerca de lo revelado que de cualquiera otra circunstancia.

Sin duda nos encontramos ante el poema visionario por excelencia. Pudiera pensarse que su adicción al opio explica en gran parte el resultado. O que siempre se vio inclinado a lo sobrenatural -él mismo teorizó en algunos apuntes sobre el tema-. Dice Jaime Siles en su impagable prólogo: “La emoción que produce es del espíritu y a la vez de la mente, y en ello radica el misterio de su textualidad: en que trasciende lo real tanto como ilumina lo terreno (...). Coleridge humaniza lo sobrenatural de la vida al trascenderlo y convierte una escena de la fantasía en un cuadro de la realidad”. Porque detrás de este poema hay muchas cosas: una asunción a la simbología de la naturaleza como cifra de todo su vivir (la importancia del simbolismo en el poema es grande, y su atmósfera nos anticipa el Viaje de A. Gordon Pym de Poe o el Moby Dick de Melville), una experiencia del dolor y de la soledad humanas en el límite de la consciencia, una búsqueda de su propia y personal identidad -lo señaló Silva-Santisteban- que se explicita en la tragedia, una interiorización de su propia muerte y juicio en la que el poema actúa como resurrección y catarsis, una fe en la poesía que manifiesta la necesidad de contar y cantar para no olvidar, un viaje iniciático que no busca otra cosa que la verdad -con una clara pedagogía moral- y, también, una experiencia religiosa de primera magnitud. El poeta queda ensimismado en su visión y ensimismado queda el lector por este texto que es alegoría de una realidad trascendida y trascendente. Una intención alegórica que pese a todo no termina de explicar su significado, el misterio que lo vertebra.

La traducción que hace Siles es digna del gran poeta que él es. Hay versos que parecen superar al original, como por ejemplo cuando en la parte II y en sus versos 27 y 28 traduce “Fue horrible: hablamos por romper / el silencio del mar con la palabra”. La traducción es bastante literal, con voluntad de conservar la rima, empresa de por si difícil en un poema de 625 versos (que siempre ha sido traducido en prosa o verso libre), aunque en algunos casos haya necesitado de cierta apoyatura fónica. Y la prueba de fuego del éxito de esta versión es precisamente la emoción que transmite al lector. En fin, un libro que ningún amante de la mejor literatura se puede perder.

sábado 5 de marzo de 2011

“El mal del ímpetu”, de Iván Goncharov



Ocurre que cuando lees un libro que te gusta, un libro en el que reconoces el verdadero latir de la literatura, quieres seguir leyendo los libros de ese autor. Todos, sin dejar ni uno. Recuerdo sobre la marcha que esto me sucedió con Pío Baroja y con Vladimir Nabokov, con Charles Moeller y con Gabriel Miró, con María Zambrano y con Jorge Luis Borges… Y tantos más. Todo, quieres leerles hasta el más oculto e inédito texto. Porque te encuentras a gusto en los paisajes del alma tal y como ellos los ven. Ocurre desde las primeras lecturas a las últimas. Desde Los cinco, de Enid Blyton, a la prosa deslumbrante de Ramón Gómez de la Serna, en la que estoy desde hace un tiempo. Es así y no puede ser de otra forma. Pero el deseo es, en la mayoría de las ocasiones, eso: deseo, y la maldita realidad se nos viene encima con sus infinitas posibilidades y distracciones y vagatelas.

Un libro te gusta. Es más: te reconoces en él en buena parte de sus páginas. Se trata de Oblómov, de Iván Goncharov (Simbirsk, 1812 – San Petersburgo, 1891). Impresionante novela. No hay otra que trate sobre la desidia ante la vida, la demora, la desazón, la pereza, la indecisión, la abulia..., con tanta destreza. Representando quizá una buena parte de carácter ruso (y español), complementado por el de Sholz, su amigo, un tipo práctico, un hombre de acción. La concluí conmovido. Cerré el volumen editado por la editorial Alba con pena. Con pena de Oblómov y con pena de finiquitar el libro. Había que leer su obra, toda la que estuviera a mi disposición. Consulté historias de la literatura (la de Valverde y Martín de Riquer siempre a mano, la primera) y consulté Google (donde leí que su obra completa ocupa nueve tomos). En Alba también estaba editada su primera novela larga: Una historia corriente. Pronto estuvo leída. Magnífica. Y busqué si estaba traducida El precipicio (no me consta) o su libro de viajes La fragata Palas. Tenía que haber algo más. Algo. Pero nada. Me limité a releer Oblómov, a recomendar su lectura. Y la vida, mi vida, pasó de página.

Hasta que Valeria Bergalli me envió un correo. Su editorial Minúscula se disponía a publicar El mal del ímpetu, un breve pero suculento relato de Iván Goncharov, traducido y anotado por Selma Ancira. Por supuesto no tardé ni un segundo en llamarla por teléfono. Estas cosas hay que agradecerlas como se debe. A los pocos días comencé a leer el libro: “¿Han leído ustedes, muy señores míos, o por lo menos han oído hablar de ese extraño mal que antaño padecieron los niños tanto en Alemania como en Francia y que no tiene nombre ni ha quedado registrado en los anales de la medicina?”. Así comienza. ¿De qué dolencia nos habla el autor-narrador? Pues de una que hoy en día está más en boga que nunca, una dolencia que no nos deja parar, que nos impele a viajar, a salir de mil excursiones y travesías programadas, a vagar por caminos, valles y bosques y tours, y cruceros llenos de cientos y cientos de personas desquiciadas. Lo peor de ella es que se disfraza de salud, o de conocimiento. Ya digo, una obsesión. “¡Qué manía tiene la gente de andar por el mundo!”. Con lo bien que se está en casa. O en Davos, como Hans Castorp (ya saben el personaje principal de La montaña mágica, de Thomas Mann).

¿Ustedes creen que puede ser bueno tanto ajetreo, tanto ir de lado a lado? Pues este “mal del ímpetu” es lo que afecta a la familia Zúrov, verdaderos paladines del trajín campestre, de caminar durante horas buscando el adecuado paisaje, el último secreto de la naturaleza. En cuanto llegaba el buen tiempo, la primavera, todo y todos se ponían en movimiento. “Una agitación extraordinaria” recorría a todos los miembros de la familia, e incluso a algunos miembros del servicio, infectados por el fatal ímpetu. Goncharov utiliza una dosis importante de humor, de ironía, de sarcasmo incluso. ¿Qué se esconde en ese frenesí, en esa huída o marcha? Nada bueno. Hay un personaje -parece un esbozo de Oblómov-, amigo de los Zúrov, que previene al narrador de la fatal patología. Se trata de Nikon Ustínovich Tiazhelenko, “célebre desde su juventud por una incomparable y metódica pereza y una heroica indiferencia hacia el mundano ajetreo”. Los dos extremos: holgazanería e ímpetu crónico. Y luego vendrá el relato de una excursión desternillante. Con sus momentos de carcajada, en circunstancias cercanas al esperpento. No hay cura posible.

El lector -de antemano lo digo- disfruta un horror. Y si, como es mi caso, uno es de natural sedentario, se pone más todavía sobre aviso, no vaya a contagiarme algún desaprensivo de dicho "mal del ímpetu”, y tenga menos tiempo para leer y disfrutar de una reposada y apacible contemplación de lo que se me antoje.

viernes 4 de marzo de 2011

España



España. Paisaje, inspiración, enigma. No corren buenos tiempos para ella cuando son tantos los que la denigran, agravian y zahieren, los que la utilizan para sus espurios intereses, los que escupen la palabra “español” como el peor de los oprobios. Los eufemismos son algo todavía muy común en el lenguaje impreciso de nuestros políticos. Advertida o inadvertidamente se trata de una muy sutil manipulación. ¿Acaso España puede dejar de ser España a fuerza de no querer nombrarla, de avergonzarnos de ella? Decir “este país”, “el país”, “nuestro país” o, como mucho, “la nación española” es hablar entre gaseosas brumas, en un digo que no digo, en un cursi difumino que es signo -seguro- de un mal peor, de una incoherencia no menor que tiene ya sus consecuencias. La repetida obstinación ha conseguido generalizar un discurso donde las cosas parecen dejar de ser lo que son, en un espejismo que abochorna al más pintado y que no deja de ser una mala digestión ideológica trufada de ignorancias y prejuicios (el temor al qué dirán es proverbial), y de una rancia y progre pose esteticista.

España. Es decir, mi patria, nuestra patria. Ni más ni menos. Patria subsistente donde razón y corazón convergen en una geografía y en una historia, en el espacio y en el tiempo de una realidad que es tradición y punto de partida. Atávica memoria desde donde se contempla la ceniza y el ensueño y la esperanza que es siempre el futuro, nuestro futuro. Y ahí, precisamente ahí, en ese vórtice fulgurante es donde uno encuentra su origen, el abismo de una identidad, de una manera específica de ver la vida y de interpretar las cosas. Por eso es necesario conocerla: leer, viajar, hablar con sus gentes. Para amarla. España, donde las almas han sido tantas veces ceñidas por la sinrazón de mil amargos avatares, por la cerrazón del odio y de la envidia, por... ¡Ya basta! Nunca más esa “España desmembrada, del hacha, del llanto y de la discordia”, que cantó León Felipe. Hora es de cauterizar del todo las heridas, de izar su nombre con legítimo orgullo, de no hacer más banderías a su costa. A nuestra costa.