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Reflexiones, poemas, escorzos de vida, fe de lecturas, noticias de amigos... No pretende ser un desahogo, más bien un diálogo. Un demorarme en el resplandor de nuestra existencia. Y en su literatura.


lunes 31 de enero de 2011

“Fragmentos (poemas, notas personales, cartas)”, de Marilyn Monroe



Tras la lectura, y de madrugada, me quedo en la portada durante un buen rato. Observo el estante de libros al fondo y la rubia melena que enmarca su rostro de niña-mariposa. Está en su casa, y es mayo de 1953. El centro de la fotografía yo diría que está en lo que Marilyn mira, en lo que Norma Jeane Mortenson piensa. Esa mirada ingenua está a la expectativa, a la espera de algo mejor de lo que hasta entonces le ofrece la vida. Hace un descanso en su escritura. Porque hasta hace un momento estaba escribiendo. Quizá un apunte, o un poema. Contempla la luz, lo que está más allá de esa ventana, de ese gesto del alma que se le asoma a los ojos con melancolía. Esa luz que le ilumina la cara (es imposible no enamorarse de una belleza así), que ilumina cada pliegue del pantalón blanco que ciñe sus piernas. Una fotografía que es una mirada. Una mirada que es un alma. ¿Qué pensaría Marilyn en esos momentos?

La Marilyn Monroe de verdad está muy lejos del estereotipo, del mito fácil, de esa repetición prefabricada a lo Warhol. Esa mujer que sólo parece tener cuerpo (un cuerpo glorioso desde luego), inmersa en un mundo frívolo y mordaz. Marilyn se siente sola en medio de toda esa algarabía de farándula, inmersa en una vida que muy pronto la dejó huérfana. Marilyn es una muchacha muy especial, de alma frágil y delicada, que busca desesperadamente la paz, y el amor de un hombre bueno. Así de claro. Parece expresarlo continuamente. Ser amada. “Creo que lo mejor es amar con valentía y aceptar-todo lo que uno pueda aguantar”. Pero su sentimiento de soledad es un hecho. Lo dice: “¡¡¡Sola!!! / Estoy sola –siempre estoy / sola /sea como sea”. Y unos años después lo volverá a escribir: “Creo que estoy muy sola”. ¿Qué es lo que busca Marilyn Monroe? ¿Cuáles son sus sueños? Las fotografías muestran a una mujer desencantada con la verborrea del mundo, con ese ruido que deja entumecida la existencia del más pintado. Una mujer que procura interiorizar las cosas. Su gusto por la lectura, por la literatura, por la poesía (“me encantan la poesía y los poetas”), sugiere a una persona nada vulgar, a una persona de aguda sensibilidad. Y en Fragmentos: poemas, notas personales, cartas; traducido por Ramón Buenaventura, prologado por Antonio Tabucchi y editado por Seix Barral, lo podemos constatar.

Este libro procura al lector fundamentalmente dos cosas: asombro y fascinación. En la retina tenemos los papeles de algunas de sus películas: un bombón de chica (era la sex symbol por antonomasia), de vida un tanto alocada. Y ahí es cuando llega el pasmo de encontrarnos a una mujer que cultivaba la inteligencia y la poesía, que leía sin parar, que estudiaba. En el breve pero sustancioso capítulo final, “Suplementos”, aparecen algunas portadas de títulos de su biblioteca personal: Steinbeck, Conrad, Flaubert, Beckett o Camus, entre otros. La verdad es que sorprende la cantidad de fotografías de M.M. en que aparece rodeada de libros o con un libro en las manos, absorta en su lectura. Necesitaba adentrarse en el sentido de su vida, de la vida. Necesitaba conocer, soñar, y hasta huir de lo que veía. Escribe en un poema: “Busco la alegría pero está vestida / de dolor”. Y yo creo que ésta es la divisa y el gran secreto de la vida de Marilyn Monroe: esta búsqueda de alegría, de una pizca de felicidad. Busca -como ya he dicho antes- la paz: “ah paz te necesito”. Y el amor del que acaba descreyendo: “pues sé por la vida / que no se puede amar a otra persona, / nunca, realmente”. Pero son continuas las pesadillas y el sufrimiento. ¡Qué familiar le resulta la obra de Goya! Esos monstruos de la razón, esas tinieblas. Y la fascinación crece. Y también la admiración hacia una persona tan extraordinaria. Con este libro conoces mejor a Norma Jeane, no a la leyenda. Valoras sobre todo la belleza de su alma, de sus sentimientos, de su mundo interior. Lee Strasberg, en su “Elogio fúnebre” dijo, que “poseía una cualidad luminosa” que la hacia diferente a las demás. Y yo vuelvo a contemplar la portada del libro, esta fotografía. Y paseo mi vista por su rostro, por su pelo... Embelesado, sin saber muy bien qué decir de todo esto.

domingo 30 de enero de 2011

Preguntas sobre el sexo



¿Cómo explicar el alma sin el cuerpo?
¿Cómo explicar hoy tu cuerpo sin mi alma?
¿Cómo explicar que nuestras almas
son el mismo cuerpo?
¿Cómo explicar que alma y cuerpo
se conciben en un beso?
¿Cómo explicar que tu cuerpo es mi alma?
¿Cómo explicar que me gusta desnuda tu alma
a la vez que el color de tu cuerpo?
¿Cómo explicar el roce de mis labios en tu pecho?
¿Cómo explicar que encuentre el origen del poema
en el lenguaje de tu lengua?
¿Cómo explicar que el amor es el don
de una definitiva entrega?
¿Cómo explicar que dentro de ti rezo
palabras que no encuentran su alfabeto?
¿Cómo explicarlo todo
mientras nuestras manos descubren lo eterno
en el cuerpo amado?
¿Cómo deletrear la santidad de las caricias?
¿Cómo llegar al clímax
de la felicidad y de la pureza,
a esa alegría que no acaba con el sexo?

sábado 29 de enero de 2011

Carta a Mauricio Wiesenthal



Querido Mauricio, amigo:

Desde que tengo uso de razón me encandila leer, pasar largos ratos con aquellos que me cuentan de aventuras, almas, conversaciones, paseos y paisajes; de emociones y sentimientos que también están en mí y que quizá no acabo de vislumbrar del todo. En esas lecturas no es que pase el rato, es que revivo y aprendo a indagar en el lenguaje el acto de amor que es todo conocimiento, toda narración que se precie. Indagar en su sorpresa espiritual, porque espiritual es la hazaña de la gran literatura. Leer es aprender a amar al hombre, y al mundo. Leer y contemplar toda esa maravillosa cultura, que nos ha venido dada, es un absoluto privilegio y una constante acción de gracias. Es ir comprendiendo lo que somos, lo que hemos sido y lo que estamos dispuestos a llegar a ser. Leerla, como digo, es ir tomando conciencia de lo que yo soy. El mundo de ayer -que tan magistralmente plasmó Stefan Zweig- es en realidad nuestro mundo de hoy. Ese mundo, del que hablaba el autor austriaco, ayer y hoy sigue necesitado de una específica comprensión y solidaridad. Hace años me hice cargo de que la literatura -y por lo tanto su lectura- es una pasión que nace del misterio mismo que hace que estemos vivos, que sigamos vivos.

Mauricio, amigo, cuando nos situamos ante las grandes obras literarias -las de Tolstoi, Mann, Galdós, Dickens, Balzac, Zweig, Chesterton, Dostoievski, Proust, etc.- yo no tengo duda de que estamos ejercitando la cualidad primordial del hombre: la de criatura que anhela una felicidad más firme y más duradera. ¡La queremos eterna! Lo que se busca -el autor y esa otra forma de autoría que es la de ser lector- es dar con el sentido profundo de las cosas; de aquellos sucesos, sentimientos y sueños que nos rondan en la cotidianidad. Todos ansiamos dar con la verdad, todos queremos sentir esa luz y ese consuelo, sentirnos en un primer plano de inspiración y gozo. La literatura, como cualquier forma de arte, es ante todo la expresión de la mirada y de la ternura de Dios. Yo así lo veo. El lenguaje es un hecho trascendente, su filología primordial es la del alma. Las palabras trenzan la armonía de una identidad que se bifurca en unos y otros personajes que dialogan con nosotros; las palabras sondean la existencia, con toda su cohorte de pasiones, belleza, dolor o soledad. Las palabras describen, ahondan, rubrican, enaltecen, esbozan. Las palabras cuando se hacen gran literatura nos significan, nos contienen en ellas mismas, nos redimen de tanta podredumbre.

La literatura -¿verdad Mauricio?- es algo inaudito. Yo no salgo de mi asombro. No me canso de leer, de subrayar en los libros mi propia vida. Es uno de los grandes regalos que ha hecho Dios al hombre. Esas páginas plagadas de clarividencia, de estupor, de referencias. Esa intimidad tan mía, o esa otra de la historia universal del olvido, de la humanidad que sueña en definitiva con ser feliz, sin muchos artificios ni gollerías. En ocasiones, cuando estoy leyendo, me pregunto: -“Guillermo, este libro, ¿te hace feliz?”. Puede parecer quizá una simpleza, pero no lo es para mí. Ya es hora de dejar de lado lo taimado, el artificio vacuo. Hora es de buscar lo sencillo, la demora, esos detalles que transcurren por el alma. ¿Crees que soy un ingenuo por pensar que la excelencia de la literatura consiste en hacernos mejores? Puede que lo sea, puede que lo sea... Pero el caso es que me da igual. El caso es que las novelas de León Tolstói, o los poemas de John Keats o de Thomas Hardy, logran en mí un efecto benéfico, un efecto de decantación hacia la santidad de lo que veo y siento: de lo que amo.

Un gran abrazo Mauricio, y gracias por tu carta. Espero poder leer cuanto antes “Luz de Vísperas”, tu novela, que hace tiempo debería haber leído.

viernes 28 de enero de 2011

Un primer vistazo a la mañana




El despertador, el primer beso, el calor de las sábanas,
la persiana, el bostezo, la confidencia de la almohada.
¿Cuál era el sueño? El cuerpo que no está, que no encuentro.
Escucho palabras y veo la estridente luz de una lámpara.
Silencio. Una plegaria se asoma al alma
justo cuando me concentro en el techo.
La ropa deshabitada sobre la silla. Y sobre la mesa
una botella de agua, además de los libros.
Siempre es lo mismo mi vida, y lo que soñaba
se ha desvanecido cuando me disponía
a dejarlo todo por ella.

jueves 27 de enero de 2011

“La casa encendida”, “Rimas”, “El contenido del corazón”, de Luis Rosales



"El hombre es tan mendigo que ni siquiera puede saber con claridad

lo que precisa para vivir".

LUIS ROSALES

Hay escritores que, por lo que sea, significan mucho en la vida de uno. Habitualmente porque se les ha leído, que es lo que procede. También puede ser que sean familiares o que sean guapos o que, para su desgracia, se hayan metido en política o que aparezcan asiduamente en televisión, o que sean de tu cuerda o de tu propia religión. Entonces no hace falta leerlos en exceso, basta con lo que significan. Va por barrios y gustos. Alguno de ellos (o de ellas) te puede caer estupendamente por su dicción o por la caída de sus ojos o por el movimiento endecasílabo de su cadera. Y ya está. Es posible que haya quien se compre sus libros por cariño o por aparentar una familiaridad inexistente o para que sirva de soporte a unas líneas manuscritas del ínclito vate o novelista o gacetillero. Hay escritores, es cierto, que escriben justo lo que habíamos pensado, o pensamos. O hasta puede que piensen por nosotros. Y eso nos satisface. O satisface a muchos. Pues, entre otras cosas, nos quita un montón de preocupaciones de encima. Pensar en condiciones cuesta. Escritores hay que escriben lo que sufrimos habitualmente. Otros los sentimos tan cercanos que parece que nos respiran, que los tenemos dentro. ¡Ay, los misterios del hombre! ¡Ay, los enigmas de la literatura! Los lectores asiduos gozamos todos de esos cuantos escritores que releemos y que nos hacen sentir bien, o un poco mejor, tampoco exageremos. Les damos vueltas por placer, o porque además nos han salvado el alma de algún importante destrozo. Y con los años vamos reescribiendo esa novela o esos cuantos poemas. Los vemos como nuestros. Hasta corregimos alguna frase o escribimos al margen una glosa o nos sabemos de memoria tiradas de versos o párrafos enteros. De esos títulos preferidos, o hasta terapéuticos, nos agrada tener varias ediciones. En tamaños distintos, en impresiones distintas, con notas o sin notas. Cada edición tiene una serie de recuerdos entrelineados. Sólo su tacto nos hace cerrar los ojos y retroceder en el tiempo. Y nos sale al paso un calendario de 1980 o un recorte de prensa del ABC de Anson. O vemos nuestra firma de adolescente (con aquellos garabatos), o una fecha que lanza un suspiro. Y piensas… Dejémoslo estar. En fin, eso, que hay autores más cercanos. En mi caso uno de ellos se llama Luis Rosales (Granada, 1910-Madrid, 1992). Hace poco recuperé el ejemplar de la primera edición de la por entonces su Poesía completa, en Seix-Barral. ¡Los kilómetros que recorrí con ese libro! La de paisajes y conversaciones con el libro en las manos o en bandolera. Horas y horas de lectura. Y, cuando terminaba, vuelta a empezar. O me entretenía en recitarlos en voz alta en medio de algún rincón de Segovia, de Madrid o de Teruel. Con Rosales me enteré que un atardecer es el cinemascope de los pobres. Y con Rosales supe que la poesía nos pone el alma en su sitio (esto ya no sé si lo dice él o lo digo yo, tanto da). La editorial Trotta hizo una edición magnífica de su obra completa publicada. Y hay libros suyos en Torremozas (“La casa encendida” en tinta roja) o en Visor o en Denes… Y ahora algo de lo que iba siendo hora: una edición crítica en la editorial Cátedra, dentro de la arraigada colección Letras Hispánicas. Los títulos elegidos han sido el poema-libro “La casa encendida”, “Rimas” y “El contenido del corazón”, que es mi preferido. La edición -ejemplar a todas luces, pues sólo el prólogo vale un Potosí- ha corrido a cargo de Noemí Montetes-Mairal y Laburta. Son los títulos fundamentales en la obra poética de Rosales, a falta de “Diario de una resurrección”, y de su gran anhelo final (que por lo visto va a publicar muy pronto, en su unidad, la editorial Pre-textos): “La carta entera” (con La almadraba; Un rostro en cada ola; y Oigo el silencio universal del miedo). Remacho: este libro de Cátedra era un libro necesario, y es un acontecimiento poético y filológico de primer orden. Yo crecí junto a Luis Rosales. Mi vida ha madurado junto a su poesía, mientras por la calle la belleza me sorprendía siempre la mirada, o cuando contemplaba por la ventanilla del coche el resplandor de la luz en su densidad de gozo, o cuando no sabía qué hacer con lo que veía. He aprendido de él a no sacar demasiadas conclusiones de la vida. Más bien a disfrutarla milagrosamente cada día. Y habitar las palabras poco a poco, a base de pequeñas cosas. Les aseguro que Luis Rosales no me ha dejado nunca solo. Y yo nunca le dejaré a él.

miércoles 26 de enero de 2011

¿Lo de la santidad va en serio o es una monserga?



El alma se despista. Si lo sabré yo. Total, Dios me quiere mucho y su misericordia no me dejará en mal lugar. Sientes mociones del Espíritu Santo o delicados empujones de tu ángel. Pero prefieres pasar de largo o pensar en otra cosa, y desembarazarte discretamente de la monserga angélica y de conciencia. “Me gustaría, puede que luego”. Cuando te acuerdas de Dios ya llevas unos cuantos asuntos, has desayunado ese bizcocho con mermelada de fresa que tanto te gusta, e incluso te has molestado en consultar las últimas noticias del fútbol o del basket. Santiguarse en el ascensor no requiere mucho esfuerzo. ¿Y el amor? De sobras sabes que para Dios no hay nada pequeño, si hay un atisbo de amor, por diminuto que sea, la cosa se torna infinita. Las preocupaciones del día, el sueño, la desgana. El alma se conforma, y se confirma que tu alma es aficionada a las componendas. Van transcurriendo las horas, y estás tan ido, tan frenético en lo tuyo que lo de la presencia divina te trae al pairo. Más claro el agua. “Que no hombre, que no, que yo quiero al Señor desde hace muchos años”. ¿Entonces? ¿Qué ocurre, qué pasa? Ofrece a Dios algo que te cueste, venga, recomienza. Sé dócil a la gracia. Lee cinco minutos el Evangelio. Estás sentado, y según van transcurriendo los versículos vas adoptando una posición yaciente. ¿Dormido? ¿O es tu alma la que se amodorra? ¿O es que no sabes que Dios te espera? Mañana no, ahora. Venga hombre, levanta el corazón y el culo, abre los ojos. Un rato de oración. O la oración de tu trabajo. No es nada del otro mundo, pero tú vas y se lo ofreces. Lo mismo que haría Jesús con su faena de carpintero. Sé un poco torero: “Va por Ti, Padre”. Y comienzas a escribir sacando pecho, valiente, con la cabeza en el Cielo. ¿Y? Te acabas de acordar de no sé qué historia, y una llamada, y el espejo de enfrente, y la indolencia. Se te pasa por la mente que quieres ser santo, que tienes que ser santo. Con lo que hay. Al menos seré puntual en el ángelus. Las 12 en punto. Por Dios, no te quedes desmadejado en el sillón, un poco de consideración y de cortesía con tu Madre. Las 12:02. ¡En pie! Y piensas en el ángelus de Mollet; ves ante ti a esos dos humildes campesinos, ves su piedad y su fe. Y tú, sin embargo, ¿qué? E inopinadamente -vete tú a saber el motivo y el origen- una frase de Martin Luther King que has debido leer hace poco: “Si el hombre no ha descubierto nada por lo que morir, no es digno de vivir”. ¿Sería yo capaz de morir por Cristo cuando no soy ni siquiera capaz de terminar el ángelus o de dar cumplida cuenta de un sencillo rosario? Pero la santidad está en la lucha, en volver a ponerse de rodillas, y pedir perdón, y tomar aliento sobrenatural en la Eucaristía... Esto me sabe mal. Quiero decir que aunque Dios sea Dios y lleve todo el peso del asunto, sería un detalle por mi parte un esfuerzo más esmerado, un amor un poco más fino. Y es que no estás atento. No, no lo estoy. Te preocupas demasiado por el dinero. Más bien por su escasez. Aunque ya resultas cargante. No te falta de nada Urbizu. De nada. Ya está bien. El Reino de los cielos está complicado para los ricos (Jesús dixit), pero no debe estar muy allá para los quejicosos como tú. Se ve que rezas poco, que te fías poco del amor de Dios. Que sí, que tienes buen corazón y tal, que en tus mejores momentos parece que das el pego. Pero te queda camino. Del estrecho. Venga, va, un propósito que te valga. Mañana a misa de 8. Eso esta semana. Y busca el Corazón de Jesús en todo lo que hagas o dejes de hacer. Conversión, cambio, conocimiento propio, recogimiento y oído (Dios habla). Y no te olvides del agua bendita, y de dar un beso a tu mujer y a tus hijos. Y también a Cristo.

martes 25 de enero de 2011

¿Qué tal va todo?



Escribiendo, leyendo, la familia, los cumpleaños interminables, la niebla, la felicidad repentina, la misericordia de Dios, los geranios rojirosas de una plaza, el rostro de una niña, el taxi que no llega, el frío, la iglesia con las puertas cerradas, esta cazadora que lleva conmigo desde los dieciocho, el tacto de una piedra cualquiera, el alma cuando subo la persiana, el agua que me lava cada día, lo que no me ocurre, la humedad de unos labios, la memoria de un espejo, el ángelus, la sonrisa de mi madre, la edad que tenía cuando leí La Regenta, la respiración e inspiración de Ana, una librería donde pasar la vida, los sueños que no recuerdo, el río Gave de Pau, con una pashmina al aire de su vuelo, los vasos azules, el bizcocho de limón, los sauces y los magnolios, de noche unas farolas con lluvia, el almanaque de los santos, aquella voz de ángel que cantaba a Dios en una cripta, el olor de las sábanas, el impresionismo de lo que miro, el color naranja, qué voy a decir de su vestido, una estampa que beso, es imposible certificar la muerte de alguien que amas, una oda de Paul Claudel (la cuarta, La muse qui est la grace), las películas que no me dejan ver mis hijos, el latido del tiempo y su rastro de viejos sueños, la esperanza que nos queda después de tanta mentira, un libro que se abre, un poema que suena, el mundo después de Mariapi, mis manos después de Mariapi, lo que yo escribo después de Mariapi, la ropa sucia, la plancha, las 3 de la tarde, las rebajas de Zara, los periódicos que no leo, las vetas de la madera del escritorio, hablando con Dios de un libro que me gusta o de un cuadro de Carl Olof Larsson, el rincón de la cocina, las manos frías, el “Hola” -donde me extasío en esa arena tan blanca y en esas olas-, las voces de los amigos, los libros de los amigos, la buena poesía de los buenos amigos... Y sigo muy atento a los detalles de la luz en las estanterías. Así va todo. Es mi vida. Siempre mejorable. Pero no me quejo.

lunes 24 de enero de 2011

Lo saben sus caricias




Se puede escribir con muy poco.
No hace falta una planificación exhaustiva
o un vocabulario repeinado
de enfatizado brillo y retóricos rizos.
Es cosa de respirar con normalidad la vida
y mirar por los aledaños del alma
algo que resulte verdadero.
Escribir palabras como “calendario”,
con toda esa nostalgia
que dejan a su paso los días.
O "caricia" o “beso”, con este fuego
donde arde todo lo que es y no es ella.
O “agua de rosas”, que mojaba su piel morena
a lo largo de los veranos y de las piernas.
Así de sencillo debería de ser siempre un poema.

domingo 23 de enero de 2011

¡Convertíos!



Casi recién abierto el evangelio de san Mateo, en su capítulo 3, comienza lo que para mí es el resumen esencial de la doctrina cristiana, de la vida cristiana. Jesús ha querido ser bautizado por Juan el Bautista y de este sencillo modo tenemos con nosotros a la Santísima Trinidad en pleno. El Padre habla: “Este es mi Hijo amado, mi predilecto”. Y poco antes descendió ante los presentes, en imagen de paloma, el Espíritu de Dios. A Jesús me lo imagino recogido en oración, recién salido de las aguas del Jordán, húmedo su cabello… Los bautizados: hijos de Dios. Mientras, todavía resuenan en los oídos de todos los presentes, y de los que seguimos contemplando la escena -una escena viva y que nos atañe muy personalmente-, las palabras de Juan, con su peculiar atuendo y el grave énfasis de su voz, de su alma: “Convertíos, porque está llegando el Reino de los Cielos”.

¡Convertíos! No pocas veces, por lo que a mí respecta, parece que el Bautista predica en mi personal y desconcertante desierto, en un páramo de excusas y circunloquios. Convertíos. Venga hombre, ya es hora de ser consciente del bautismo. ¿Actúo como un hijo de Dios las 24 horas del día? ¿Sí? ¿No? ¿Por dónde anda mi vida? Jesús se adentró conmigo en el desierto. Con cada uno. A todos nos tenía en su Sagrado Corazón. Le esperaban cuarenta días y cuarenta noches de oración y ayuno. Días y noches de íntimo diálogo con el Padre en la unidad de un Amor eterno. Nos muestra el camino para esa conversión que todos necesitamos: hablar con Dios, con pequeñas mortificaciones, con un estilo de vida sobrenatural y austero.

Permitió el Padre que Dios Hijo también sufriera tentaciones. El diablo acecha en la debilidad, en la soberbia, en el esplendor del mundo a cambio del alma. Salió indemne, venció. ¿Y nosotros? Pecamos a mansalva. Y muchos de los pecados -yo diría que casi todos- vienen por descuidar esa cotidiana oración del corazón y ese ayuno (que yo sepa la mortificación no se ha pasado de moda en la ascética cristiana, que yo sepa la mortificación frecuente de los sentidos y de las apetencias son camino de virtud, de santidad). Pecamos. ¿Y qué uso hacemos del perdón de Dios, de la confesión?

Jesús va de Nazaret a Cafarnaún. Y nosotros con Él. Porque mal que bien hemos decidido seguirle. Quizá por curiosidad, o por la costumbre. ¿Ponemos atención a lo que predica, o nos desvanecemos en las innumerables cabriolas de la imaginación? Cada vez le sigue más gente. No pocos en secreto. Otros a rachas (yo debo ser de estos). Su mirada causa estragos. Es curioso. Jesús parece tener un estribillo. Es el mismo de Juan el Bautista. Insiste en ello. Debe de ser un asunto importante, o no lo diría. “Convertíos, porque el Reino de los Cielos está cerca”. Si insiste es porque no cambio, porque no cambiamos. Si insiste es porque no pongo los medios para hablar con Él, para comprometerme con Él, para enamorarme de Él.

Dilato la decisión de entregarle mi vida. Y es entonces cuando Jesús nos sale al paso, como en el evangelio de Mateo se relata (Cap.4, 18-22). Pasea “junto al lago de Galilea”. Como pasea por las calles de nuestras ciudades o pueblos. Vio a Simón, “llamado Pedro”, y a su hermano Andrés; y vio luego a Santiago y a Juan, también hermanos que estaban con su padre “remendando redes” (me gusta pensar en una conversación de Cristo con ese padre). Paseaba y les vio. Pasea y nos ve. Me ve. Ahí está Su mirada. Una mirada que imanta al alma. Una mirada de amor. Escribe santa Faustina Kowalska en su Diario: “La mirada del Señor traspasó mi alma por completo y ni siquiera el más pequeño polvillo se escapó a su atención”.

Podríamos poner pies en polvorosa, escabullirnos. Podríamos. Podemos. Puedo. No pocas veces lo hacemos, lo hago. Pero hoy no. –“Seguidme y os haré pescadores de hombres”. La vocación cristiana: el encuentro personal con Cristo. Desde entonces son muchas las mujeres y son muchos los hombres que Le han seguido, que Le siguen. Predicando, haciendo apostolado, dando ejemplo de vida cristiana en el trabajo y en el foro, y cuando vienen mal dadas (o bien dadas). Sin extravagancias. Frecuentando los sacramentos y la oración. Bregando con las dificultades. Con esa alegría que proporciona el trato asiduo con el Padre.

Jesús sigue paseando a nuestro lado. Sigue curando a los tristes, a los sufrientes, a los “endemoniados, lunáticos y paralíticos”. “Los curaba”. Nos cura y nos abraza. Y nos susurra al oído las bienaventuranzas y el Padrenuestro. Nos enseña a rezar y a conocer la esencia de lo humilde y de lo pequeño, del sentido del sufrimiento, de la limpieza de corazón, de la paz, de la justicia y de la caridad. En definitiva, de la santidad. Escuchamos, Le miramos… Y Él nos mira a cada uno con toda la plenitud de Su misericordia. Y dará Su vida por mí en la Cruz, y nos dejará a Su Madre como nuestra Madre, y resucitará, y se acabará quedando en los Sagrarios y en las almas que Le dejen un poco de sitio.

sábado 22 de enero de 2011

Con amor


"Todos te andan buscando"
(Mateo, II, 37)


Con amor te ordenas los ojos por la mañana.
Con amor vives por fin cada recodo de la vida.
Con amor todo lo que ves ya es otra cosa.
Con amor de Dios se agudiza el alma.
Con amor existen maravillas que antes no veías.
Con amor la vida cambia.
Con amor sólo ves almas.
Con amor vuelas con las aves y nadas con las olas.
Con amor entiendes la poesía que forma parte de nuestra naturaleza.
Con amor calibras adecuadamente el silencio de todas las palabras.
Con amor lees mejor el alma de los libros.
Con amor te enfadas, sufres, no puedes, pero Dios se ocupa.
Con amor las cosas te duelen igual, pero las amas.
Con amor eres el rostro de Cristo.
Con amor no te quejas de los otros.
Con amor quieres amar más a los que no te aman.
Con amor vas al meollo: amas.
Con amor por fin haces acopio de alegría.
Con amor hay un perfume que no es de este mundo.
Con amor repasas tu vida y caes de rodillas.
Con amor todo amor se queda corto.
Con amor una simple caricia resucita.
Con amor te fijas más en todo.
Con amor el tiempo ya no cuenta.
Con amor ya no tienes miedo de nada.
Con amor no te conformas con amar un poco.
Con amor no cabes en tu cuerpo.
Con amor no te falta de nada.
Con amor eres infinito.

viernes 21 de enero de 2011

“Benedicto XVI (el Papa alemán)”, de Pablo Blanco Sarto



El mundo nunca ha sido tan amigo de la simplificación como a lo largo del siglo XX y lo que llevamos del XXI. Aunque creo que el asunto ya dio comienzo con la traca homicida de la Revolución francesa, con su pasmosa mitología, su juego de manos y su oscura trama. O su drama (con la persecución a la Iglesia en un primer plano de sangre). La simplificación, la derrota hacia un simplismo intelectual que llama la atención, que es cada vez más evidente y terco. Lo cual trajo consigo, inexorablemente, una muy pronta inanición espiritual. Una huída de lo trascendente en pro de un paraíso materialista o ideológico, de un nihilismo inmanente y sin Dios. Llámese como se llame. Ya digo: la simplificación. La visión cada vez más estólida del hombre. A veces recuerdo el baile de la yenka: “derecha, izquierda, izquierda, derecha, delante, detrás, un, dos, tres”. La perspectiva de un mundo cada vez más ideologizado, más borrego, menos crítico. La simplificación es un virus que anula el pensamiento, el esfuerzo de una reflexión seria y honesta. Prima pues la demagogia, la charlatanería, el llamado “pensamiento débil”, la manipulación de criterios y sentimientos, el desprecio hacia el que no piensa como yo.

La simplificación. El simplismo a la hora de valorar las cosas. Parece que todo da igual, que es lo mismo. Y no es lo mismo. Ni mucho menos. Y la Iglesia es tratada así: con frivolidad. Y el Papa y la jerarquía. Y la teología. Y los sacramentos. Y la devoción mariana (¿exagerada?). Y por tanto las conciencias y el sentido de pecado. Y lo peor es que ocurre, no pocas veces, desde dentro de la misma Iglesia. Lo dejo patente Pablo VI el 30 de junio de 1972, cuando dijo que se había introducido “el humo de Satanás en el templo de Dios”. ¿La Iglesia? Una mera estructura de poder, una ilusión, una quimera. ¡Fuera todas esas sotanas! Y el descuido de la liturgia, y la fe que se diluye en opiniones. A lo largo del siglo XX llegó un momento en que parecía que se quería una Iglesia sin Dios (o contra Dios), o un Dios sin Iglesia. Pero un Dios a la medida del capricho de cada cual. Un Cristo simplificado en multitud de avatares. La soberbia de teólogos y clérigos tuvo y tiene mucho que ver; la desobediencia al Magisterio, la chufla, la anarquía. ¿Y el alma? ¿Y la piedad sencilla de nuestros mayores? ¿Dónde quedan? Ya digo, no pocos se siguen riendo. ¿Devociones? ¿Santidad? Pero la Iglesia sigue navegando hacia la esperanza con renovado brío, y en el camino se han ido quedando los desertores. A la Iglesia le basta mantener fija la mirada en Cristo, en Su Divina Misericordia. No otra es la enjundia de Benedicto XVI, de su vida y de su teología, de su enseñanza pastoral: “mirar a Cristo”. Ir identificándose con Cristo.

La vida y la obra de Joseph Ratzinger es un muy singular proyecto de Dios, de Su divina y amorosa Providencia. Después de leer Benedicto XVI, el Papa alemán (Planeta Testimonio), la gran biografía que su autor, el joven sacerdote, filólogo, filósofo y teólogo Pablo Sarto ha escrito, uno no puede dejar de admirarle, y de admirarse de los planes de Dios para con los suyos. Confieso una cosa: he leído este libro más con el alma que con la cabeza. Helmut Moll -un testigo de los años de Tubinga (1966-1969)- manifiesta: “Cuando en Tubinga escuché cómo Ratzinger hablaba de Jesús y del Espíritu Santo, parecía que en sus palabras hubiera momentos de oración”. Y es ahí donde radica el secreto de la personalidad humana, espiritual y académica de este “Mozart de la teología” o Goldmund (boca de oro), que es como comenzó a ser conocido. Lo que más llama la atención de este hombre es su vida interior, su apasionado amor a Cristo. Y quizá su humildad, su discreción y constancia. Diálogo, sí, escuchar atentamente los argumentos de todos. Pero el sustrato de todo ello es su constante diálogo con Dios, su sensibilidad hacia la Persona de Cristo, que no deja de hablar al corazón de cada uno. Ya de los años 70, en Ratisbona, dice Kempis: “Llamaba la atención su memoria de elefante, capaz de repetir -sin esfuerzo y en su lengua original- citas leídas decenios antes en lejanas fuentes. (…) Sin embargo no es arrogante y tiene una gran dulzura y serenidad. Se informa con prudencia con sus colaboradores sobre cómo les va y cómo están sus familias (…). Visto de cerca parece un poco acabado. No rígido. Más bien cansado”. Y con gran sentido del humor. Se comentaba que “ubi Ratzinger, ibi hilaritas” (allá donde está Ratzinger, allí hay risas). Y otro de sus alumnos: “llamaba la atención su sencillez, típicamente bávara”. Y otro, en este caso de Bonn: “Tenía un lenguaje bonito y sencillo; el lenguaje de un creyente”.

Desde muy pronto despuntó intelectualmente. Desde niño y luego ya como seminarista y joven sacerdote. Su destino era la ciencia teológica; el amor por los libros, donde aprendía a introducirse en Dios, donde anhelaba la verdad. “La verdad es una Persona”. “Para mí -decía- la teología es la búsqueda para poder conocer mejor al que se ama”. A Cristo. No es de extrañar que sus alumnos escucharan “en silencio y sin aliento sus palabras”. El mismo Ratzinger reconocerá que lo más gratificante a la hora de dar clase era cuando los alumnos dejaban de copiar y simplemente escuchaban. Coincidió desde el principio con grandes maestros (los más queridos y los más reconocidos por él siguen siendo Hans Urs Balthasar y Henri de Lubac). El desafío intelectual y espiritual era constante. Bonn, Múnster, Tubinga o Ratisbona. Enseñaba con clarividencia. Y aprendía de los demás con paciencia. Suyo es el aserto de que “la paciencia es la forma cotidiana del amor”.

Y llegó el Concilio Vaticano II, donde ejerció de prestigioso perito, de la mano del cardenal Frings. Unos años llenos de esperanza, de mucho trabajo, de grandes expectativas de renovación y de conversión, y también de dificultades. Un nuevo paganismo acechaba y era pujante. Un paganismo trufado de laicismo y de inquina contra la Iglesia. Algo que es de ayer y que sigue siendo de hoy. Apenas ocho años después de su ordenación sacerdotal, es decir, en 1959, describió con nitidez dicha realidad en la conferencia “Los nuevos paganos y la Iglesia”. Y unos pocos años más tarde resumió muy bien cual había de ser la respuesta: “El factor decisivo es que haya personas -santos- que, mediante el inconmovible compromiso personal, acierten a crear cosas nuevas y vivas. La decisión definitiva sobre el valor histórico del Concilio Vaticano II depende de que existan personas capaces de hacer frente al drama de tener que separar el trigo y la cizaña”.

Y entre iniciativas y multitud de escritos llegó su nombramiento como arzobispo de Munich y Frisinga, y al poco el cardenalato y con los años Juan Pablo II (otro consumado especialista del “riesgo” y de tomas de postura claras) quiso que estuviera a su lado como Prefecto de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe. Más que nunca le vendría a la cabeza la frase de Hans Urs von Balthasar que siempre le ha interpelado: “no se trata de ser buenos, sino de arriesgar y exponerse”. Una manera como otra cualquiera de decir que de lo que se trata es de ser santos. Y eso vale para todos los cristianos. No hay categorías.

Decía no hace mucho tiempo el ya Papa Benedicto XVI que a él lo que le hubiera gustado ser era bibliotecario. Su amor por los libros es proverbial. Pero Dios tenía otros planes. El ya inminente beato Juan Pablo II no le dejó marchar. Ratzinger era su confidente y su más leal punto de apoyo al servicio de la Iglesia. Y esa es la vocación constante de este hombre, de este gran Papa: el servicio. Como hijo, como hermano, como alumno, como profesor, como amigo, como sacerdote de Cristo, como siervo de los siervos de Dios. Desde luego que no es un Papa de transición, entre otras cosas porque no ha existido nunca un Papa de esas características. Es un Papa cuya vida y cuya teología se han fundido, desde hace tiempo, al amor de Dios. Un Papa sin duda carismático y con un gran sentido de la realidad.

La gran biografía que ha escrito Pablo Blanco es una biografía que sigue abierta. Se lee con admiración literaria y con devoción cristiana. Es una biografía donde el lector aprende y se deleita, donde siguiendo el hilo de la vida del biografiado se profundiza en Alemania y la filosofía alemana, y en la historia de la Iglesia del siglo XX y comienzos del XXI, y en la obra teológica de Ratzinger. Se conocen de cerca a teólogos y Papas, y circunstancias para muchos desconocidas. Blanco nos muestra las luces y las sombras. Y de todo ello sale un rastro de esperanza para la Iglesia y un retrato fidedigno y apasionante de Benedicto XVI.

jueves 20 de enero de 2011

“El viejo León. Tolstoi, un retrato literario”, de Mauricio Wiesenthal



Los viejos maestros de la literatura. Tan actuales. No por menos leídos siguen manteniendo su vigencia. Los viejos maestros, los grandes de la literatura. Los que logran introducirse en la intimidad de cada hombre, en el alma del lector, que se reconoce, que aprende, que cavila, que disfruta. Sí, los viejos maestros. Su literatura: ese cauce por donde discurre el alma y su caudal de pasiones y anhelos. Esa épica que resulta ser toda existencia (y su exigencia), esa elegía de la condición humana, esa lírica que late en el corazón de la historia, de toda historia. Los viejos maestros. Tan vivos, tan presentes.

Y uno de los más grandes es sin duda León Tolstoi. En 2010 se cumplió el aniversario de su muerte. Un siglo ha transcurrido desde entonces, desde su último suspiro en la estación de Astapovo, huyendo de su casa, buscando quizá la libertad definitiva, el más allá de tantas palabras, el origen del murmullo de sus abedules y manzanos. Nos queda un túmulo, entre unos árboles. Por allí cerca tiene que haber unos narcisos. Ahí descansa su cuerpo, a la espera de la resurrección. Su aliento sin embargo persiste. Su alma vive eternamente. Su alma pervive en Iásnaia Polaina, en su tierra y en su casa. Su alma cabalga y pasea y sugiere, y recorre toda Rusia y medio mundo.

Pero León Tolstoi creó algo más que una literatura: creó una nueva y revolucionaria forma de entender la vida (la revolución comienza por la revelación, dirá Wiesenthal). Creyó radicalmente en la bondad del hombre, en los valores morales por los que el hombre es verdaderamente hombre. En su vida -y en su obra- se fue produciendo poco a poco un desprendimiento de lo inútil y accesorio, de todo aquello que no es quicio y raíz, de todo lo que no ayuda a la dimensión más espiritual del hombre. El proceso de creación de sus libros (en el silencio de su soledad) y el conocimiento de las personas y la contemplación de la naturaleza en sus más nimios detalles logró que su visión de las cosas se volviera más nítida y más sencilla, más al grano, más al corazón.

Porque eso es -al menos para mí- León Tolstoi: un enorme corazón que bombea con fuerza la piedad de su literatura, de su vida más interior y veraz. Y lo hace con genialidad. Mauricio Wiesenthal (Barcelona, 1943) lo resalta en su libro El viejo León. Tolstoi, un retrato literario, publicado por Edhasa. Dice el autor de Luz de Vísperas: “León Tolstoi es, sobre todo, un genio; algo más que un simple talento. Tiene la dureza y la fuerza obsesiva que distingue a los genios. Sólo le interesa lo trascendente. Por eso inquieta y desespera a sus contemporáneos, que temen que se extravíe en mil batallas ajenas -aparentemente ajenas- a la literatura”. El libro de Wiesenthal es un compendio de escritos suyos sobre Tolstoi. Es, como él dice, “el recuerdo novelado” de tantos viajes e indagaciones, de conversaciones y paisajes. Es recuerdo y es homenaje. Amor, en definitiva. Amor por el pensamiento vivo del autor de Ana Karenina, y por el arte -más vivo todavía- de uno de los más grandes escritores que la providencia divina nos haya concedido a los hombres.

El librito de Mauricio Wiesenthal es una pequeña joya. Primero porque está muy bien escrito. Pero también porque está urdido con devoción, además de por muchos viajes y lecturas. Se percibe el entusiasmo, la pasión. El libro resulta ser como un álbum de familia (es delicioso todo ese capítulo de fotografías glosadas). Como una introducción maravillosa a la personalidad y a la obra de León Nikoláievich Tolstoi. Es también una reivindicación de la excelencia de los clásicos. Me ha gustado especialmente el capítulo “El mundo de ayer no está tan lejano”, donde arremete Wiesenthal contra el materialismo moderno, que nos deja el alma seca y el corazón angustiado. Ese capítulo es memorable y deberían leerlo nuestros bachilleres y aquellos universitarios que hagan prospecciones filológicas en un lenguaje que siempre resulta ser un alma. Escribe: “Creo que los jóvenes del siglo XXI ya han tenido tiempo suficiente para descubrir la falacia de aquellos vendedores de plástico que querían sustituir la literatura por juegos de palabras y pretendían transmutar los valores a base de ‘devaluaciones’…”.

Insisto: el libro de Wiesenthal es, sobre todo, un acto de amor. Por Tolstoi, sí, pero también por sus descendientes y discípulos, y por toda la gran literatura europea que tantas veces duerme el sueño de los justos en anaqueles y ediciones muy críticas; esa literatura que se pierde quizá en el olvido de las obras completas, o en el silencio más despiadado.

El viejo León ha conseguido que ponga sobre mi mesa Resurrección (Pre-textos), los dos tomos de los Diarios (Acantilado) y los Diarios de su mujer Sofía (Alba). Y que ponga en primera línea de mi biblioteca los viejos tomos de Aguilar, donde con más ahínco he leído al viejo profeta. El viejo León también ha conseguido que haya caído rendido ante la obra del pintor ruso -gran amigo de Tolstoi- Iliá Repin. Y por último que vaya corriendo a la librería para comprar los libros que me faltan de Mauricio Wiesenthal.

miércoles 19 de enero de 2011

“Alegorías, Pensamientos, Profecías”, de Leonardo da Vinci




¡Cómo me gustan este tipo de libros! Retazos de ingenio. O sencillamente de genio. Apuntes de trabajo. Escolios de vida. Aforismos, o ese rescoldo que dejan las ideas. Puntos donde el lector se queda pensativo. Sentencias, escorzos de la curiosidad, del análisis o de la experiencia. Poner por escrito la sorpresa en que consiste el día a día. ¡Cómo me gustan estos libros! Leerlos de seguido o abrirlos al azar y sentirte aludido. Fragmentos donde se contempla o se descifra los signos que el autor se ha ido encontrando a lo largo y ancho de sus sueños. La reflexión que conlleva todo lo humano. El poso de los años y el reposo del alma. Nociones de algo, ilusiones e intuiciones inauditas. Ideales comprimidos, lenguaje conciso. ¡Cómo me gustan estos libros! De pronto salta la chispa y el lector se deleita. La ciencia y el arte, la filosofía de la existencia. Y la poesía que todo lo sustenta. La observación de la naturaleza: esa fuerza y esa belleza. Y el misterio que nos atrapa y libera. Uno percibe la constancia de esa mirada, el enfoque de la razón, el trabajo y el esfuerzo de no perder nunca el pulso de la maravilla.

Elena Martínez ha recogido y traducido para la editorial Gadir un puñado de estos apuntes y máximas. Su título Alegorías, pensamientos, profecías, de Leonardo da Vinci. Un hombre de una lucidez extraordinaria, al que todo interesaba. De una vida intensa como pocas. Incansable, laborioso, visionario. Subyugante personalidad. ¿Cómo puede dar una vida para tanto y que ese ‘tanto’ sea tan sobresaliente? “La vida, bien gastada, es larga”, dirá. Científico y artista. Ingeniero militar incluso, al servicio de los Borgia. Y tantas cosas más. Junto con Miguel Ángel no conozco hombre más genial, más proclive a ser admirado. Su obra es un universo completo donde poder gozar. También en la escritura. Leonardo era un inconformista. Su vocación por el conocimiento produce asombro. Tiene una sed insaciable de saber, de crear, de indagar en el secreto de las cosas: en sus causas, en su estética. Le interesa el fundamento y “la belleza del mundo”. Y en todo ello se sumerge con ahínco. Observa, observa, observa. No ceja.

Hace tiempo leí la novela El romance de Leonardo da Vinci, escrita a finales del siglo XIX por Dmitri Merezhkovski, un erudito ruso que logra un retrato bastante fidedigno de Leonardo y de su época. Está editada por Edhasa y es muy recomendable para todo aquel que se sienta interesado en su figura. Con esa provechosa novela y este libro de Alegorías, pensamientos y profecías uno puede hacerse una idea bastante cabal del personaje, de su fabulosa magnitud.

martes 18 de enero de 2011

Os hago partícipes




Para Chavi y Mariajo



Me gustaría compartir con vosotros muchas cosas.
No sé, los abrazos de mis hijos o el recuerdo
de la música de aquellas olas vespertinas.

O la tierra recién regada o el pábilo de una llama
que iluminaba las sombras de la infancia.

O aquella primera lectura de Fortunata y Jacinta,
o las exhuberantes plantas de Costa Rica
(otra historia es que las vaya a ver en vida).

O las lágrimas de Cristo por su amigo Guillermo
Urbizu (no sabéis la de veces que me resucita).

¡Tantos infinitos que jalonan los sueños y las horas!
Por favor fijaos bien, no desperdiciéis nada.

lunes 17 de enero de 2011

Misa de 9


Para mi sobrino Antonio



Nunca apetece. O apetece poco. O si apetece cuesta mantener el tono. El sobrenatural y el humano. Demasiados despistes. El frío y un vistazo a la demás gente. Y sobre qué escribo luego, qué hago. Misa de 9. Con mi mujer. Me ha dolido llegar cinco minutos tarde. Y hasta después de otros cinco minutos no se me ha ocurrido decirle al Señor “buenos días”. De reojo miraba al sagrario, en un rincón, a la izquierda. Soy consciente de mi escaso amor, ahí, en los últimos bancos. De repente te entra el sueño, bostezas, y te entretienes con la bufanda. Es bonito ese color naranja. En un resto de lucidez he acudido a los ángeles, a mi ángel. Y he seguido bostezando. La misa, el milagro: el pan hecho Cristo. La liturgia, cada palabra. “Dios, vela por mis hijos, cuida de los sacerdotes y del Papa Benedicto”… Pero tengo la intuición de que saco más en limpio si pongo mi corazón sobre el altar y me dejo llevar por el amor de Dios. Sin pensar tanto, sin centrarme en las palabras. Así, con la mirada mejor, con el alma callada. Con la mirada interior. No quiero comprender nada, sólo quiero amarle del todo. O a pesar de todo. Ofrecerme, acompañarle en el Calvario. Ofrecerle lo que soy y tengo. Aunque sólo sea un nuevo bostezo, o un hondo suspiro. Lo que soy. Menudo despojo. Lo que quiero ser: otro Cristo. Con gozo. Y para eso debo estar aquí, en misa de 9. Con mi mujer, que me da la paz con un beso que me sabe a gloria. Aquí, con toda la Iglesia alrededor de Su Esposo. Y yo que no veo nada, que apenas siento un poco de amor en el alma. Veo a un cura sin casulla y una liturgia seca y un tanto desvaída. Pero es lo mismo, ese cura es Cristo, y yo he venido. He vencido al que me tienta con la pereza o con todos esos libros que me fascinan. Estoy donde debo estar. El amor no defrauda y cubre nuestras faltas. Y es lo único que cotiza en el Sagrado Corazón de Jesús. Lo único que saca mi vida adelante, que tira de ella hacia arriba. Y recuerdo cuando san Pablo le escribe a Tito y le pide cuan necesario es alcanzar “una vida sobria, honrada y religiosa”. Pero para ello debo comulgar en gracia a Cristo. ¿Qué sería del mundo sin Dios, sin la Misa? ¿Qué es del mundo cuando relega a Dios, o abomina de Él con saña? Eso sí que salta a la vista. “Habitaban tierra de sombras”, dice Isaías. Pero también dice a continuación que “una luz les brilló”. Esa luz encarnada en María. Esa luz que se anonada por cada uno. Esa Misa que no termina cuando salimos a la calle.

domingo 16 de enero de 2011

Cristina, hija mía


Me pareces mentira. Cada vez que te veo me parece un sueño. Y me pasa como ahora, que me quedo mirándote boquiabierto. Pero eres de verdad, ya lo creo, una verdad de grandes ojos tiernos, atentos a todo lo que vas descubriendo en la vida. A todo lo que me vas descubriendo, con sólo escudriñar tu mirada. ¡Qué de verdad eres! ¡Qué de verdad crece tu alma hacia arriba y hacia dentro! Cuando te escucho, siento un asombro. Quieres saberlo todo. Tu curiosidad despliega un galimatías de dudas, anhelos y sueños. Y leemos a veces poemas, o hablamos de novelas, o de filosofía. O quizá nos vamos por las nubes o recorremos el entramado de las células de cara a algún examen. Yo soy feliz contigo, hija mía. Me hace muy dichoso que seas como eres. Pero yo soy lo de menos. Lo que importa es que al abrir la puerta de tu cuarto pronuncies una amplia sonrisa. Con el corazón de par en par: queriendo. “¡Hola papi!”. Eso es lo que te hará más fuerte, lo que atraerá más de ti: el cariño. Porque ya me dirás en qué para la vida después de todo. Y perdona que me ponga solemne, aunque ya sé lo que te gusta Jorge Manrique. Cristina, es cierto, la vida es un suspiro. Ahora puede que apenas lo notes y sólo sientas su pujanza, que germina en cada uno de tus días, con esa alegría y esa perspectiva tan romántica que tienes. Pero tarde o temprano llegan las heridas, y la lucha se hace más encarnizada y se nos va desangrando por ellas la inocencia, y esa manera más sencilla de mirar las cosas. De todas formas tranquila. Ya ves a tu padre, que anda empeñado en lo contrario de lo que se suele: en ir al grano del alma, en demorarse en un poco de brisa, o en volver siempre que puede al mismo sauce o al rescoldo de un atardecer como Dios manda. Cristina, vamos a ver, lo que verdaderamente cuenta es que nadie mangonee en tu alma, que nadie te quite nunca la raíz de tu nombre: la felicidad de Cristo. Y que esa felicidad la hagas extensiva a los demás, que se note en tu trabajo y en tus gestos, y en el silencio que dejen las palabras que digas. Para que seas la mejor debes ser mejor, con una bondad a prueba de miedos y bagatelas, de desalientos y cobardías. Así, como eres, con ese nervio, con esas ganas que tienes. Felicidades por cumplir diecisiete.

sábado 15 de enero de 2011

Sé el que eres




Sí, sé el que eres. Eso dejó dicho el gran Píndaro, poeta griego. Sé la verdad de ti mismo, no la máscara. Requiere valor ser fiel a lo que uno es, a lo que uno cree, a lo que uno piensa, a lo que uno sueña (al proyecto que uno quiere ser). Ser uno, por encima de vaguedades y circunloquios. Ir creciendo por dentro; ir desarrollando una personalidad recta, sensible a lo espiritual, al alma de los más diversos y variados avatares. Me lo digo a mí mismo muchas veces: “sé el que eres”, sé el valiente -no el cobarde que cede a lo fácil, a la pose infinitesimal-; sé el hombre que Dios espera de ti, el hombre que los demás esperan de ti, el hombre que tú esperas de ti. Guillermo, sé. Indaga en tu ser, vuelve a tu ser: a la verdad más honda de ti. Entonces ocurrirá: verás que tu vida es un gozo, una plenitud de amor que te acoge. Todo volverá a su ser. Porque el amor es la verdad. El amor es la única verdad de ti mismo: la densidad de tu existencia. Sé el que quieres llegar a ser: con reflexión y estudio, con oración y familia. Subrayando los días con buena literatura, contemplando la belleza donde se abisma tu ser por entero: en esas sencillas mandarinas, o en esa tela que ciñe la piel que acaricias. Ya vale del tonto empeño de ser lo que no eres. De ahí el egoísmo y su dolor de cabeza, ese lastre que te pesa. De ahí el equívoco de afrontar en ocasiones la vida sin relieve, sin la perspectiva que da creer en lo que eres. ¿Y qué eres? Fundamentalmente un enamorado, un hombre que ama. No se me ocurre otra forma de decirme, de decirlo. Por eso existo, para eso vivo: para amar. Eso es lo que soy. O eso es lo que quisiera ser. Para ser más consciente de lo que recibo y respiro, de lo que vivo.

viernes 14 de enero de 2011

No puedo vivir sin Ti, Dios mío, y necesito decirlo



Seré cansino e insoportable, resultaré poco original y repetitivo, pero el asunto es que cada vez me gusta más hacerle un hueco a Dios en mi vida: que mi vida se vaya nutriendo de Su gracia. Lo necesito, me urge enamorarme más y más de Cristo. No tengo madera mística, no pretendo presumir de nada. Sólo digo, o escribo, que ya no puedo vivir sin Él. Como yo hay muy pocos chapuceros, como yo hay pocos hombres tan evanescentes. Me refiero que mi alma da una talla tirando a escasa. Escasa de amor, de fijeza, de verdadera entrega. Soy un cristiano rudimentario, un católico que se va dejando la vida de piedad a medias. Pero pese a todo, no hago más que buscar un poco de silencio para escuchar a mi Dios, a mi Cristo. Me estorba el ruido, huyo de tantas conversaciones y alborotos. Sólo quiero estar con Él, dejarme llevar por Su Amor infinito. Pues claro que habla, pues claro que me habla. De asuntos muy concretos de mi vida y de Su Vida. Y lo que más me pasma es lo que me quiere. ¡A mí! Dice que me espera, que para Él soy muy importante. ¿Yo importante? “Si supieras hijo mío la importancia de una sola alma”. “Yo entregué mi Vida por ella, por ti, y espero con ansia tu ternura, tus palabras de amor, la mirada de tu corazón”. “Una sola mirada tuya logra que te entregue Mi misericordia, que Mi Amor vele por ti en cada momento”. Dios mío. Cada día que pasa me siento más indigno y a la vez más embobado de ese Amor. Busco sus imágenes, los sagrarios. Necesito besar esas representaciones de Cristo, de mi Jesús. De niño no llegaba al Crucificado, y me tenían que alzar durante unos segundos. Y ya entonces me sabía a poco. Ahora voy, llego, y Le acaricio, y Le digo, y Le beso largo y tendido. No me iría de allí. Noto que me emociona el verle escarnecido. Noto que está en mí, que mi alma Le necesita, Le quiere, se vuelve loca. Quien busca a Dios acaba encontrándole, porque es el mismo Dios el que sale al paso y al abrazo. Y ya no puedes vivir sin Él, no puedes dar ni un paso más sin Él. Pese a una vida pecadora y antojadiza. Jesús mío, sé que no soy dueño de mi existencia, que te pertenezco por entero, que lo único serio es amarte. Amarte. Más. Con más intimidad y sosiego. Amarte también en la agitación de la calle. Te veo en la Hostia expuesta sobre el altar. Te veo en los versos de los poetas o hecho música. Te veo en la luz de atardecida. Te veo en los pobres y en los niños. Te veo cada vez en más sitios y en más situaciones. Y miro Tu Amor, que se ofrece a todos. Y miro tu dolor cuando Te sientes rechazado, cuando yo Te rechazo, cuanto Te vuelvo la espalda. Jesús mío, en Ti confío. En Ti, en Ti, en Ti. Sólo en Ti. Otórgame el favor de Tu misericordia, ayúdame a comportarme como hijo de Dios en cada instante, en cada disyuntiva.

jueves 13 de enero de 2011

Como la vida misma



La vida, nuestra vida, la vida
de cada día, la vida
que se desvive por los demás con alegría,
la vida que no acaba de encontrar la Vida,
la vida desapercibida, la vida
que no cesa de soñar con otra vida.
La vida agotada, la vida que no para,
la vida que ignora en qué consiste la vida,
la vida que se asoma a la mañana,
la vida enamorada, la vida que anhela
un poco más de cariño, la vida
que admira cada detalle de la vida.
La vida que ya no espera nada de la vida,
la vida que reza, la vida que anda escasa de vida,
la vida que sufre, la vida que acaba
de nacer a la vida,
la vida que no se conforma con su vida,
la vida que oscila y se engaña con mentiras.
La vida que canta a cualquier hora de la vida,
la vida que besa los labios de su propia vida,
la vida que ama de por vida,
la vida que se olvida de la Vida
y siente vacía su vida.
La vida de Dios en el alma.
La vida.

miércoles 12 de enero de 2011

De la literatura y su prodigio



Es sabido que el genial y socorrido Jorge Luis Borges imaginaba el Paraíso como una suculenta y muy bien nutrida biblioteca. Yo mismo he tenido ese sueño o alucinación, o lo que fuere. En distintas variantes y gozos. No creo que sea una patología peligrosa. Más bien es un matiz de la divina misericordia -lo digo en serio-, que nos ha concedido los buenos libros para no perder del todo la esperanza. Y la cabeza. La biblioteca cifra, en el jeroglífico de sus palabras, la respuesta que cada uno de nosotros da al tenaz interrogante que es la vida. Ay, nuestras vidas. Nuestras rutinarias, predecibles y apocadas vidas. O apócrifas. O apolilladas. Transcurren plácidamente. ¿Transcurren plácidamente? Asistimos al dolor -físico o moral-, a la carencia de un amor verdadero, a la apariencia de felicidad… La literatura, antes que la martingala del conocimiento, es consuelo e indicio que trasciende. Para el que lee y para el que escribe. Es como un apósito espiritual. Que cala. En ella se dan cita maravillas sin fin. Cada volumen es un recodo de tiempo que se prolonga en el recuerdo de un futuro menos imperfecto. Pero la evidencia está ahí: sabemos que vamos a morir. Y esperamos la cita con un libro entre las manos y cierta angustia en los ojos. El sentido de la literatura está en la música del alma. Como el de nuestra vida, que escucha esa melodía y la desmenuza en palabras, en ebriedad o en un cierto temblor. Quieren hacer de la literatura un boato, o bobería. Pero es mucho más. Somos sus propios personajes, empadronados en la libertad de su destino, en esa lingüística que nos traduce el silencio de lo que nos abisma.

martes 11 de enero de 2011

La vida es algo más que tiempo



Vivir la vida… ¿Es sólo cuestión de tiempo? Una persona me ha dicho que no tiene tiempo para vivir su vida. Por eso me lo pregunto. ¿Es cuestión de tiempo? ¿Es sólo cuestión de tiempo? Dejo mis brazos sobre la mesa. Agacho la cabeza. ¿A qué llamamos vivir la vida, qué significa? ¿Y qué ocurre con el tiempo que tanto parece escasear? Escucho el compás de femeninos tacones sobre la acera, mientras se alejan. Y ya no están. Otros se acercan… y también se van. Con el acompañamiento de unas voces. ¿Es éste fluir el tiempo? ¿Y la percepción que yo tengo de su sonido no es la vida? Pero hay algo más. Porque imagino esas piernas que caminan; esos cuerpos, y sus pensamientos, preocupaciones y deseos. ¿Estaré yo perdiendo el tiempo cavilando otras vidas, desvarío? Pudiera ser. Tal vez. Aunque no lo creo. Vivir la vida no es sólo sentirse vivo, encorsetado en una cronología o en el desmedido afán de hacer cosas. Como tampoco es desvivirnos en una incesante búsqueda del placer más inaudito. ¡Qué obsesión con el tiempo y su monólogo egoísta! ¡Qué agonía correr hacia no se sabe dónde! Con esa ufanía y su lenguaje basilisco. Vivir la vida es… ir más allá de los días, y trascender el dolor y la queja y el síncope, y demorarse en el adagio donde está la alegría. Sin ni siquiera esconderse tras el camuflaje del trabajo o de los libros. Ah, y aprender a poner cada beso en su sitio.

lunes 10 de enero de 2011

¿Para qué escribes, si puede saberse?



¿Para qué escribes Guillermo Urbizu? Es una cuestión que te has planteado en multitud de ocasiones. Quizá sea por instinto espiritual o por hacerte entender de una vez por todas. Mimas el silencio para encontrar esas palabras que lo digan todo por ti. Al menos eso quisieras. Porque sientes la soledad y una extraña timidez que desde niño te ha llevado a ruborizarte entre tanta belleza.

- Quizá todo se reduzca a vanidad.

- ¿Tú crees? Puede que haya algo de vanidad, no lo niego, pero mi intención al escribir es otra. ¡Quisiera hacer partícipe a los demás de tantas cosas!

- ¿De qué si puede saberse? ¿De esas obviedades que haces pasar por el colmo de la inspiración?

- Lo obvio es lo que más se olvida. La gracia de lo habitual, de lo de cada día. Eso es lo que quiero escribir: el misterio que anda oculto en nuestras vidas, el quicio que sostiene nuestro horizonte cotidiano.

- Vale, vale, todo eso suena muy bonito y ocurrente. Pero responde de una vez a la pregunta: ¿Para qué escribes?

- Para respirar, para contemplar con mayor nitidez el vuelo de las garzas, para rimar mi alma con la hermosura que me rodea, para comprender mejor al prójimo, para rezar la substancia de la vida, para que no se extinga la alegría del amor divino, para no olvidar los pequeños detalles…

- Calla, calla, no sigas.

- No he terminado.

- Es que no terminarías nunca.

- No, no terminaría nunca, tienes razón. Porque mi escritura quisiera ser una interminable letanía de amor. La enumeración más pormenorizada posible de la luz en sus bucles, de los colores en su visión insondable, de las constelaciones de formas en el paisaje del idioma.

- Todo eso no es nada. Música celestial.

- Es mi vocación, el modo que yo tengo de agradecer lo que me ha sido dado. Insisto: escribo porque amo, porque es lo que sé hacer. Otra cosa sería perder el tiempo.

- ¿Vocación? Pero si es sólo una cuestión de vocabulario.

- Por supuesto que es también vocabulario o lenguaje. Y trabajo duro. Palabras que inciden en lo invisible, que trenzan un sentido y una sinfonía. Palabras que son miradas, alas, olas y deseo. Palabras que son el alfabeto de una promesa o, sencillamente, el súbito destello de una rosa.

domingo 9 de enero de 2011

Esas pequeñas cosas



Las ventanas se asoman a la calle, vacías, sin nadie.
Las persianas o las cortinas ocultan los sueños
de sus dueños. Ni una luz intercede por mí, que contemplo
el resquicio de alguna señal que me diga que no estoy solo.
Hace frío en el alma del hombre,
encerrado entre estas cuatro paredes de tiempo.
La mañana es de silencio y viento
en una melancolía gris que ilumina las fachadas.
No hay certeza de nada a estas horas del día. Las farolas
alumbran las ramas de los árboles en una luz mortecina.
Una chica barre al ritmo de una elegía
que trasciende la calle, las hojas y mi vida.
La escoba metálica arrastra el sonido del tiempo
y lo acumula con indiferencia en la acera.

sábado 8 de enero de 2011

La luz que respiras



"Si hay amor, recreamos este mundo,
y es cierta la belleza..."
Eduardo Jordá

Para Maru


En la nieve. Surcando lo blanco y el frío. Yo, desde aquí, imagino las pendientes y las huellas de los esquís. Imagino la velocidad y el horizonte. ¡Qué pureza ese resplandor de luz tan blanca! Te deslizas por esa luz que brilla, te deslizas por una belleza que quema. Los labios cortados, flexionadas las rodillas… Gritas de felicidad, te olvidas de todo lo que había. Giras, te inclinas, te abandonas… Y yo aquí, al otro lado del mundo, recién levantado de la cama. Sin hacer otra cosa que inventarme un puñado de palabras. Seguir soñando quizá. Con aquella montaña tan radiante por donde bajas. La nieve cruje y el sol la empapa. Es figura del alma, que se desliza por la vida, que mira y no ve en esa luz que cada uno de nosotros respira. Esa luz de amor, esa claridad de Dios que parece arder en el pecho. Bajas, casi vuelas… Puede que cierres los ojos a intervalos de maravilla. Puede que te des cuenta de esa nieve tan sobrenatural por la que te precipitas. Por eso gritas, por eso quisieras que no acabara nunca tanta dicha. Aunque te caigas alguna vez y te quedes cara a cara con el cielo. Y yo aquí, esquiando por esta página en blanco, todavía de noche y en pijama. Yo aquí, en medio de una frase cualquiera, intentando dar con Dios en este trozo de vida, o en esa nieve que tú miras. Luego me espera el desayuno, tender la colada y puede que un libro. Y tú, ya estarás quién sabe: en cualquier otro paisaje del atlas. O del alma.

viernes 7 de enero de 2011

El dolor


Para Mariapi, in memoriam



Las espinas asoman cada cierto tiempo,
vuelven a brotar y a herirnos de lleno en la vida.
El dolor te dobla el espinazo
y te sacude las entrañas. El dolor
logra que el alma se hinque de rodillas,
sin resuello casi, postrada de angustia.
Cuesta aceptar algo así. Nunca lo esperas
mientras juegas al escondite con los años.
Duele mucho. Cada espina
es un interrogante, es la herida
de nuestra naturaleza sobrenatural de hombres.
Sabes que en su raíz está el amor, lo sabes,
pero sólo sientes impotencia. Y duda.
No sabes qué decir, ni qué pensar. Es agudo el dolor
del llanto y de la ausencia,
del último sentido de todo lo que miras.
El silencio es la única plegaria que te queda.
Tiemblas, tienes miedo… ¿Por qué sufrimos?
Sientes el cuerpo encogido en un atroz calambre.
Por favor, Dios, ya vale.
Exhausto escuchas. Sólo
tienes una certeza: amas.
El amor, ese largo aprendizaje
que siempre nace en el dolor, en esa herida
por donde respira la vida su providencia.

jueves 6 de enero de 2011

Los Reyes sabios y el regalo del amor de Dios



Los nervios de la noche de Reyes. Aunque pasen las décadas uno no puede dejar de sentir las horas que aún quedan. ¡Si son los padres! Menuda pandilla de incrédulos y agoreros hay por occidente. Yo creo en los Reyes. En aquellos Reyes sabios que vinieron del oriente y siguen cruzando la historia. ¿Ilusión? Bueno, por supuesto, una gran ilusión. Y creencia. Y el esfuerzo de seguir teniendo el alma de niño. La cama, en esta noche, se queda muy pequeña. Se agitan los sueños y se recuerdan los recuerdos de otros años. Uno intenta mantenerse despierto, para oírlos. ¡Que tradición tan cierta! Claro que son ellos. Melchor, Gaspar y Baltasar. Y el séquito de pajes y secretarios, de ángeles que les ayudan a llevar gracias, regalos y dones a todos los niños-niños y a los niños-grandes de corazón puro. Y los camellos. Los mismos camellos que recorrieron un buen trecho de mundo hasta llegar a Enmanuel, el Mesías niño, debajo de aquella estrella, en Belén. Siempre he creído que cada niño, desde el seno de su madre, tiene su particular estrella. Son millones y millones de estrellas y constelaciones que estudian detenidamente nuestros Reyes sabios. Por eso nos conocen tan bien, y nos traen los regalos más apropiados. Por eso nos sorprenden cada seis de enero, y sentimos un gozo más perfecto. Dios nos ama. Dios os ama. Eso es lo que significan los regalos, esa es el ansia que nos galopa en el pecho. ¡Qué nervios! ¿Qué nos querrán enseñar este año los Reyes Magos? ¿Qué lección de Dios, qué emoción cristiana? Son ellos, sin trampa ni cartón. Ellos. Los mismos que se postraron ante la criatura de Belén anunciada por los profetas, ante el Salvador recién nacido. Jesús es el regalo infinito, el regalo de Dios. Es el mismo Dios: un niño. Como nosotros, que contenemos la respiración ante el menor sonido; como nosotros, que nos abalanzamos hacia los paquetes que están debajo del árbol de Navidad, y nos abrazamos y besamos, y tal vez rezamos y le ofrecemos a Dios niño toda nuestra alegría, todos esas gracias que nos llegan por medio de los Reyes sabios. Sabios porque saben que la sabiduría mayor del hombre consiste en ir hacia Dios, en buscarle, en postrarse humildemente ante el Amor encarnado en el seno inmaculado de María corredentora. Esta fiesta de la Epifanía nos enseña la infancia espiritual como camino para llegar hasta Cristo. Nos muestra la sorpresa que es siempre la felicidad del amor de Dios, el regalo de santidad que está en lo más profundo de nuestras vidas.

miércoles 5 de enero de 2011

Alameda




Llegué en bicicleta. Con un libro.
Recuerdo bien el título y sus poemas.
Pero, ¿qué importa eso ahora?
La tierra cobraba velocidad bajo las ruedas.
Las pequeñas piedras y las cunetas
iban quedando a un lado muy deprisa;
y mi propia vida, que iba en dirección contraria.
El pulso del manillar, los baches del camino
con restos de lluvia, el cielo
que se me venía encima.
La respiración del alma y la conciencia
de mi pedaleo, que dejaba atrás
lo que todavía tengo presente hoy,
en un día cualquiera de este invierno.
Llegué en bicicleta. ¡Cuánto tiempo!
Paraba de vez en cuando y admiraba
el paisaje y el silencio, el silencio en el paisaje…
Parece que lo estoy viendo. Hoy. Ahora.
Y no se me ocurren palabras
que calibren adecuadamente lo que yo miraba,
lo que yo sentía: allí, en el centro de todo aquello.
En el centro de trigales y barbechos,
de senderos anónimos y árboles dispersos.
En el centro de un puñado de sueños
que, con los años, siguen probando fortuna,
aunque sean un poco más viejos.
Llegué en bicicleta a aquella tarde.
Llegué en bicicleta a aquella alameda.
Y busqué un árbol donde apoyarme
para leer los poemas, para dar con la luz más adecuada.

martes 4 de enero de 2011

Ante el Sagrario


"No me desampare tu amparo"
Fray Luis de Granada


Ante el sagrario. Dorado o de plata.
O de plata dorada, repujada
en una ternura infinita.
Dios está dentro de mi propia mirada.
Está en Su Hostia blanca, consagrada
en la Cruz donde muere,
en las llagas donde renace mi vida.

lunes 3 de enero de 2011

¿Es lo que soy? (Federico García Lorca en una cárcel de Granada, agosto de 1936)




Bebo agua dentro de la noche
y, de pronto, unas gotas
caen sobre mi jersey.
Tres pequeñas gotas de agua
que me hacen pensar en lo que soy:
un momentáneo brillo,
nada más que esa mancha
de agua que empapa un lapso de tiempo
y se seca.
En esas gotas yo he caído,
en esas gotas yo soy lo que vivo,
y me acabo de dar cuenta
de lo poco que cuesta morir.
¿Es esta toda mi historia?
¿Eso soy? ¿Unas pocas gotas de agua
que caen desde el principio hasta el fin?
¿Soy apenas el brillo la mancha y la nada
que queda donde yo estaba?

domingo 2 de enero de 2011

A primeros de año



Unos sobrinos vestidos de María y san José. La biografía de Benedicto XVI. Mis paseos virtuales por distintos museos. Otra vez se funde la bombilla en el mismo sitio. Comienzo la oración del día mientras aliso las sábanas (me hago a la idea de que san José también lo haría). Vaya, el microondas se desbarata. ¡Qué delicia escribir con pluma! ¡Qué delicia volver a leer Actos de habla, de Jaime Siles! Aunque a veces me parece leer “actos de alma”. Enciendo el belén y tomo asiento, atento a cualquier movimiento o noticia. Pero todos los personajes contienen la respiración y se están quietos. Admirados ante Dios niño. Y a mí se me van los minutos mirando las ovejas. Puede que importe un comino que el día esté gris, y que me duela la cabeza. Pero yo se lo digo. Se lo digo al recién nacido. Y se me despista el alma entre los libros de la biblioteca y los brillos de las estrellas. ¡Cómo cuesta esto de los crismas! Menudo retraso llevo en mi vida. ¿No me digas que se sale el agua del lavavajillas? Ni me lo digas... Y sigo mi oración al ritmo de la fregona. Esta cabeza, mi Niño, esta cabeza. ¿Dónde estaba? Mirando las ovejas del belén. Y esto me hace recordar un cuadro precioso de Segantini, con una pastora vestida de azul atisbando el espacio. La luz, eso es lo que más me seduce. La luz. Que es como decir la gracia de Dios; que es como vivir en plenitud, en alegría. Deseos de felicidad a raudales. Y la realidad, que gime, que no sabe qué hacer con el alma. Felipe, Antonio, Maru, Carmen, Jacobo, Sara, Álex, Enrique, Mari, Silvia, Alicia, Cristina, Hilario, Jesús… Amigos. La luz. El cariño. La luz. La visión del mundo. La Biblia, que abro justo por el salmo 103: “Bendice, alma mía, al Señor, y todo mi interior su santo nombre. / Bendice, alma mía, al Señor y no olvides ninguno de sus beneficios (…)”. En el hombre bulle la luz, una luz que puja por esclarecer el temor o la incertidumbre. Hay que poner la mesa. Tranquilos chicos. El tenedor a la izquierda, la cuchara y el cuchillo a la derecha. Se me está terminando la agenda, que relleno de poemas de otros (que son los buenos), de apuntes y avecillas. Y recortes, de cuando el alma se pone triste y se le antoja un trozo de cielo o unas olas. Y en ella -en la agenda- pego fotografías (por ejemplo un perfil de la actriz Anne Hathaway interpretando a Jane Austen en Becoming Jane) o reproducciones de cuadros (el último, de Mabuse), y hasta un cromo antiguo de Moby Dick. Y alguien por casa que entona Noche de paz, y el otro que pregunta que mañana donde comemos.

sábado 1 de enero de 2011

Flaquezas de hombre



Aparte de las flaquezas de cualquier hombre,
tengo muchas más. Una abundante colección de vaguedades
o de intrincadas pesadumbres, causa de mi habitual despiste.
Me centro mucho en los árboles y en la tapicería
de tonos amarillos del sillón donde leo un paisaje.
Cualquiera que me vea pensará que no tengo remedio.
Y es la verdad. Porque ya me dirán ustedes
qué hacemos con un hombre como yo, embelesado
en cualquier punto del asombro femenino.
Y se me olvida en seguida donde pongo lo que pienso,
deslumbrado por algo nuevo. Quizá una canción o unas piernas
que se balancean en un cuadro de Renoir tal y como yo lo veo.
El desorden hace hincapié en mi horario.
Pero en cualquier momento surge lo inaudito
y no puedo dejar que se vaya sin decirle algo.
Unas palabras sólo: ahora vuelvo. Y ya no regreso.
Puede ser que me encuentren en una librería
o de rodillas en una iglesia. Cualquiera sabe
lo que pasa por mi alma o quizá por mi cabeza.
Por eso tengo una agenda en la que tomo nota de lo invisible,
o hasta de lo imposible que me ronda.
(Hoy mismo he quedado con Dios a las siete).
Soy un hombre asistemático e inconstante,
perito en lunas, que diría Miguel Hernández.
Un erudito del otoño y de las olas de sus hojas,
y uno de los hombres de Europa más cultos en caricias.
La ternura la cazo al vuelo y, una vez la hago mía,
se me olvida el tiempo del todo. O lo transformo en poema
donde habita la brisa o la armonía de una música.
O esos rostros que yo sé y mis libros y el diccionario de unas manos
donde consulto el corazón de mi existencia.
Pero he de reconocer que en mí hace mella la pereza
al mismo tiempo que la belleza y los detalles que adivino.
Me cuesta levantarme de los sitios. En cuanto me descuido
me entretengo con unos pocos sueños.
¡Ay, estas debilidades mías! ¿O son mi fortaleza?