Bienvenidos

Reflexiones, poemas, escorzos de vida, fe de lecturas, noticias de amigos... No pretende ser un desahogo, más bien un diálogo. Un demorarme en el resplandor de nuestra existencia. Y en su literatura.




lunes 26 de diciembre de 2011

Apuntes de vida


Lo inefable ronda al ser humano desde sus comienzos, desde que el amor engendra su entidad, desde el nacimiento a una luz que es preludio e imagen de otro fulgor mucho más necesario e interior. El misterio es parte de nosotros mismos -Rilke pensaba que no podíamos vivir sin ellos-, es la piedra angular donde se asienta el sentido y el temblor de una vida que anhela lo absoluto. ¿Qué misterio mayor, por ejemplo, que el de nuestra libertad? La inteligencia persigue, a lo largo y ancho del tiempo, diversas pistas e indicios que sugieren una pronta pero siempre insuficiente solución, y la voluntad es la gimnasia espiritual que dota de musculatura a una comprensión que vacila innumerables veces en el vértigo de una existencia que sabemos frágil e incompleta. Por lo tanto el hombre necesita algo más, necesita hacerse con la clave que descifre el enigma, el misterio de tanta inquietud en medio de un mundo enloquecido por la oquedad de tantas y tantas palabras. Ese "algo más" es el núcleo que nos impulsa e interesa, que nos lleva a contemplar las cosas con mirada nueva, con mirada de artista.

Las notificaciones bancarias me dicen lo que no tengo, pero en el mismo buzón encuentro los poemas de un amigo (que es lo que de verdad tengo: la amistad y la poesía). Y al subir a casa me acuerdo -¡qué extraños son los recuerdos!- del temblor que se me ponía en el cuerpo cuando de novios la miraba (ahora es todo más perfecto, y el temblor es del alma). Y cuando me disponía a seguir leyendo la novela "Juego de damas", de mi amiga Mamen Sánchez, resulta que tengo que vaciar el lavavajillas. Pero al llegar a los cubiertos me quedo absorto en algún punto de mi vida (creo que se trataba de un río y de unos juncos).

Hay miradas que siempre son azules, que contemplan la existencia en toda su pureza. Y desde ese azul diáfano conoce el alma la belleza, y se entrelaza a otra alma, y se funde al color naranja, a ese rescoldo de luz y hojas donde se transparenta el otoño, o un atardecer. Azul y naranja, en una súbita intimidad de gozo. Esos ojos que aman, ese fuego que arde en el alma.

¿Y? Quiero decir: ¿y qué hacemos con nuestras vidas? ¿Nos conformamos con lo que hay, con lo que somos? ¿Vamos a seguir mirando hacia otro lado cuando arrecia la responsabilidad? ¿Y? ¿Y qué hacemos con el amor que nos ha sido dado? ¿Amamos, o nos dejamos llevar por todos esos amagos y naderías? ¿Y qué hacemos con el alma? ¿La seguimos zafando de la felicidad de Dios, la negamos, la desechamos por vergüenza o cobardía? ¿Y? ¿Y a qué diantres estamos esperando para dejarnos de pamplinas y entrar con decisión en la batalla por la verdad y la virtud y la poesía?

El amor tiene estas cosas, este sentirnos llamados, esta sensibilidad que busca sin descanso esa gracia, esa revelación. El amor no es que transcurra en nuestras vidas, el amor las empapa, las transforma, las vuelve diáfanas. Y en el sucederse de los días nos sentimos urgidos por una realidad distinta. Mejor dicho, nuestra misma realidad pero con alma. Y es entonces cuando indagamos en las palabras, y en el vuelo de un ave, y en la caída de unas hojas. Y lo invisible sucede. Y el amor contempla, y suspira, y escucha. La vida, nuestras vidas, son un puñado de signos que el corazón va aprendiendo a descifrar a base de dolor y de paciencia, y de constancia en la mirada. La vida, nuestras vidas, es no andarse por las ramas de la queja o de la tristeza; la vida es aprender a amar, y en ese amor apreciar lo que pasa.

Miro a mi alrededor y sólo veo libros. Pero busco algo distinto. Algún color, un brillo, un vestido quizá (con flores fucsias o amarillas), o el círculo de un anillo... Busco en el espacio un signo que me diga: "Guillermo, la belleza importa, tómala"; e indago en el tiempo la eternidad de una mirada que me vea por dentro, y me ame, sin más, así de pleno. No me conformo con todos estos maravillosos libros. Quiero los árboles donde crecieron, quiero ese cielo que flota en el temblor de almas y lagos, quiero la música de los pájaros en mis ramas, quiero el regazo de esa pureza de azules y fuego, quiero ir corriendo hacia el mar, y quedarme con ella en el horizonte.

Me he pegado la vida contemplando el cielo. Mi abuelo me enseñó concienzudamente las estrellas, y me explicó que los truenos eran cosa de San Pedro (dedicado a cambiar de sitio algunos muebles). Y en el cielo he perseguido el vuelo en la altura de multitud de aves, y la incógnita de platillos volantes, y el rastro de Dios y de sus ángeles más viajeros, y la luz y profecías y anhelos, y el azul intenso amante, junto con la nostalgia de las nubes y la vida que amanece y la inspiración de su belleza. Desde luego en el cielo hay algo más que aire y espacio. El cielo es la constante referencia de mi alma. Es mi infancia, y la madurez de lo que siento.

Queremos saber. Queremos llegar a la verdadera sabiduría. Aquella que nos explique esta inquietud que sentimos en el alma. Queremos comprender el sentido y el misterio, la armonía y los sueños. ¿Qué es lo que ocurre en nuestra vida, qué es toda esta maravilla que nos abraza, y qué significa este dolor repentino e incomprensible? Queremos saber, estar en el secreto y en esa confidencia que es la providencia de Dios. ¿Qué es lo que pasa, qué son todos esos poemas, y esas caricias de luz, y esta melancolía que se nos aparece en plena calle? No acabamos de entender nuestra propia vida, el objeto de su herida y la perspectiva de su alma. Pero en realidad lo que queremos es amar. Ser amantes de la Verdad, sin resquicio de duda ni de nada. Esa es la sabiduría, ese es el origen y la razón de lo que sentimos y somos: el Amor. Anhelamos ser conquistados por ese Amor, por esa mirada azul, por esa belleza del corazón, por esa eternidad de dicha.