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Reflexiones, poemas, escorzos de vida, fe de lecturas, noticias de amigos... No pretende ser un desahogo, más bien un diálogo. Un demorarme en el resplandor de nuestra existencia. Y en su literatura.


martes 19 de abril de 2011

“Tengo una cita con la muerte”, Borja Aguiló y Ben Clark (eds)





“(…)por todos los placeres que voy a perderme, / ayúdame, Señor, ayúdame a morir”. William Noel Hodgson



¿Quién no tiene una cita con la muerte? Desconocemos el año, el día, la hora y el lugar, pero sabemos que llegará. No sabemos si tomará por asalto nuestra vida en un rápido golpe de mano, o bien nos tendrá sitiados en el dolor durante un largo trecho de tiempo. De la muerte desconocemos casi todo. Sólo sabemos que moriremos, que llegaremos puntuales a la cita. Que allí estará la Parca. Y sentimos que sea así, y aunque el destino de los hombres sea la eternidad, morir nos duele. A todos. Nos duele irnos, abandonar el cuerpo, los sentidos y la presencia de los demás. Dejar la bendita costumbre de la vida supone un vértigo y una herida. Supone un desgarro. Pensarlo nos desbarata una frágil felicidad. Deja, deja, ahora no viene a cuento. Pensarlo no pocas veces supone agachar la cabeza y cruzar las piernas con inquietud, cuando no con ese atisbo de amargura, ese miedo, esa parálisis del alma.

¿Quién no tiene una cita con la muerte? Pero en algunos casos esa cita adquiere un dramatismo mayor, una más intensa consciencia del hecho de morir. Por ejemplo un soldado-poeta que intuye, que advierte, que ese instante ya está ahí, que ha llegado. Imaginen la Gran Guerra, las trincheras, el barro, el ruido, los estallidos de las bombas y de los cuerpos y de la tierra. Los contornos de la vida se van difuminando en un solo punto de luz. Kilómetros y kilómetros de trincheras donde se cobija el miedo, la pesadumbre y, sobre todo, la pena. La pena de los vivos y la pena de los muertos (donde como canta Owen hasta “el amor de Dios parece morir”). Los sueños y los hombres -los sueños de los hombres- van siendo diezmados, en una escabechina sin precedentes. Y entre todos esos miles de víctimas, unas decenas de poetas. Jóvenes, muy jóvenes. Y algunos más primerizos que otros, casi sin bibliografía. Pero en común tienen todos ellos la madurez y la visión y la sensibilidad que da la proximidad de la muerte.

En 1964 Brian Gardner publicó una extensa antología de poetas -y poemas- directamente implicados en la guerra: Up the Line to Death. The War Poets 1914-1918. (Produce escalofríos constatar esas muertes, imaginar el discurrir de esos postreros versos). Bueno, pues el gran trabajo de edición -y sobre todo de traducción- que han logrado Aguiló y Clark en Tengo una cita con la muerte (Linteo Poesía) -cuyo título es un verso de Alan Seeger- procede de ese libro de Gardner. El resultado -para no andarnos por las ramas- es de una emoción como pocas. Dentro mismo de la batalla, en ese bolsillo de la guerrera donde se encontró más tarde el poema, en la misma trayectoria de esa bala que surca el tiempo para hacer impacto justamente ahí, en ese tipo, en esa almas que “nos enseñaron la dignidad de ser hombres”. La poesía como redención, como testimonio, como grito, como confidencia con Dios y con los demás. Incluso como profecía. Los poetas y la soledad y el dolor y el propio infierno en la tierra. ¿Era posible escribir un poema en aquellas circunstancias tan amargas, tan increíbles? Lo era. Pasen y lean. Pasen y crean en la dimensión espiritual del hombre. ¿A quién destacar de todos ellos? ¿A Wilfred Owen, a W.N. Hodgson, a Rosenberg, a Sorley, a…? Lo excepcional de este libro es precisamente su unidad, ese objetivo de esperanza y de poesía como necesidad. Para resucitar la paz de una vez por todas. Un gran libro. Unos poemas de una humanidad que se vacía ante nosotros, unos poemas que nos dejan su último aliento. O quizá el primero.

5 comentarios:

Anónimo dijo...

Es muy duro esto. Fue toda una generación. Muertos todos. Menos mal que queda este poco de poesía y algunas buenas novelas.

Saludos de Ernesto.

Anónimo dijo...

Me lo voy a regalar por Semana Santa, ya que va de dolor. El dolor y el drama que no deja nunca de ser el hombre. ¡Qué empeño en la guerra, en solucionar nada con la violencia!

Gracias por su blog. Lo leo cada día. Saludos de Diana.

Anónimo dijo...

Eres mi crítico de cabecera, el mejor. Y perdón por el tuteo.
Leeré este libro de versos.

Celia T.

Anónimo dijo...

Fenómeno. Aunque no sé si podré comprarlo. Ando escaso. Abrazos. Rafael.

Anónimo dijo...

Mientras por competir con tu cabello,
oro bruñido al sol relumbra en vano;
mientras con menosprecio en medio el llano
mira tu blanca frente el lilio bello;
mientras a cada labio, por cogello.
siguen más ojos que al clavel temprano;
y mientras triunfa con desdén lozano
del luciente cristal tu gentil cuello:

goza cuello, cabello, labio y frente,
antes que lo que fue en tu edad dorada
oro, lilio, clavel, cristal luciente,

no sólo en plata o vïola troncada
se vuelva, mas tú y ello juntamente
en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada.

Luis de Góngora