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Reflexiones, poemas, escorzos de vida, fe de lecturas, noticias de amigos... No pretende ser un desahogo, más bien un diálogo. Un demorarme en el resplandor de nuestra existencia. Y en su literatura.


martes 26 de abril de 2011

El ruido




Vivimos en él, inmersos en su retumbante desquiciamiento, dando por supuesto la normalidad de su inevitable rugido. Me parece imposible que haya alguien que pueda acostumbrarse a semejante desvarío, un desvarío que va mucho más allá de lo acústico. El ruido nos impone a todos su dictadura de alboroto, de desaliñada barahunda. Su fragor envalentona los nervios, amohína el carácter y se mofa de toda discreción. Nada más ruidoso que el hombre moderno. Ama el estrépito, vocifera y se desgañita entre todo tipo de máquinas y altavoces. Y no deja de sorprenderme esa inaudita tendencia que tenemos de hablarnos a gritos, con una vehemencia gratuita e innecesaria, que ignora el verdadero diálogo, el respeto a los demás. Eso que denominamos como educación. Algunos, instintivamente -con el volumen de la radio aullando en toda su memez-, creen dar así esquinazo a pensamientos acuciantes e incómodos; otros trivializan en su bramido lo que suponen es alegría, y los de más allá creen a pies juntillas que la existencia es cuestión de decibelios.

Hoy, cuando lo normal es la exhibición y el espectáculo, cuando el pandemónium de lo cutre nos advierte de un mal mayor, que se expresa ante todo en una tosquedad intelectual; hoy, precisamente hoy, es cuando más necesario nos resulta el silencio como rebeldía. Nada de medias tintas: un verdadero motín. Para reflexionar, para leer, para imaginar, para escuchar, para soñar, y también para ir recobrando la sana costumbre de saber callar a tiempo. El silencio necesita de unas cuantas personas decididas a reivindicar su condición de inspirador de aquello que es más verdadero, más humano. Para tomar conciencia de lo que somos. En él -en el silencio- está el punto de partida necesario para tomar las decisiones más apropiadas, y mejora incluso nuestro trato con los demás. (Y es que, como canta Joaquín Sabina, con tanto ruido "entrometido" no se oye ni el ruido del mar). El silencio es el aliento de la poesía, las caricias del amor, la altura desde donde se escucha la memoria de las hojas, el sortilegio desde el cual el hombre puede llegar a ser hombre íntegro, completo; y verse el alma por dentro.


4 comentarios:

Alciato dijo...

Espléndido.

Se puede decir más alto, pero no más claro ;)
Un saludo

Anónimo dijo...

Con tanto ruido de fondo es muy difícil escuchar a Dios. Debemos quitar ruido o asumirlo como parte de nuestra naturaleza, de la de Dios mismo.
Saludos

Ignacio Pagés dijo...

No hace falta decirlo más alto, porque entonces perderíamos nuestra capacidad de poder decirlo bien; es decir, con verdad y con belleza. Si lo decimos desde el silencio lo decimos con verdadera paz, verdadera.

Anónimo dijo...

Fenómeno. Su blog gana día a día.

Saludos. Inés.