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Reflexiones, poemas, escorzos de vida, fe de lecturas, noticias de amigos... No pretende ser un desahogo, más bien un diálogo. Un demorarme en el resplandor de nuestra existencia. Y en su literatura.


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viernes 31 de diciembre de 2010

Más libros, por favor, más libros (ensayos, juvenil, religión y miscelánea)



El ensayo es un género literario que cada vez ayuda más en la vida. Vas dejando las novelerías y lees esos libros donde la historia, la filosofía, las biografías, etc., van más al grano de lo que precisas o te inquieta o te gusta. Quieres solventar muchas dudas, cobrar altura, aprender, ir más allá de la fantasía o ficción. Escudriñas y quieres un puñado de certezas, una interpretación más solvente de eso que te pasa, de lo que ocurre y de lo que nos trasciende. Alguien nos cuenta su experiencia, su estudio, su singladura por temas de lo más diversos. Con los años ganamos en reflexión y curiosidad, y queremos saber sobre el verdadero calado del mundo y del hombre, de su trasfondo y quicio. Nos vemos impelidos a obtener sentidos, a elucubrar, a llenar alguna que otra laguna. Ensayos, diarios, biografías, epistolarios, memorias… Y los libros que interpelan al alma (no hay libro bueno que no lo haga) con más sagacidad espiritual, en estos tiempos donde Dios parece no importar demasiado. Y para finalizar algunos de los libros juveniles que he tenido el placer de leer -no muchos-, libros que no conocen años de caducidad, porque cada vez -lo queramos o no- somos más y más niños, y somos todavía aquellos jóvenes que soñaron mundos distintos, o un mundo diferente al que es. En fin, estas son mis recomendaciones:


ENSAYO Y MISCELÁNEA: Las Memorias de Alejandro Llano son una gran lectura, al igual que los Diarios de Tolstói y el impresionante, instructivo y suculento libro de los Riquer, Reportajes de la Historia. Ah, y no perderse por favor -¡insisto tanto!- las Memorias de Chateaubriand. Son imprescindibles. Entre otras cosas para interpretar nuestro presente.


- La retirada, de Michael Jones (Crítica). Desde que leí El sitio de Leningrado la fascinación que ejerce sobre mí este autor es creciente.
- El viaje de Grecia, de Jean Moréas (Pre-textos).
- Zibaldone. Antología. 2 vol., de Giácomo Leopardi (Gadir).
- Regreso a Berlín, de William Shirer (Debate). Lean antes Diario de Berlín.
- La ciudad de las palabras, de Alberto Manguel (RBA).
- Memorias de ultratumba, de Chateaubriand (Biblioteca Aurea, Cátedra).
- Bibliotecas llenas de fantasmas, de Jacques Bonnet (Anagrama).
- Literatura universal y literatura europea, de Victor Klemperer (Acantilado).
- Cartas, de Cicerón; 4 vol. (Gredos).
- Soy un hombre de fidelidades. Conversaciones con Miguel Delibes, de César Alonso de los Ríos (La Esfera).
- Diarios, de Lev Tolstói; 2 vol,; (Acantilado).
- El viejo León. Toltoi, un retrato literario, de Mauricio Wiesenthal (Edhasa).
- El mundo bajo los párpados, de Jacobo Siruela (Atalanta).
- Alegorías, Pensamientos, Profecías, de Leonardo da Vinci (Gadir).
- Bambú, de William Boyd (Duomo).
- 23-F, el Rey y su secreto, de Jesús Palacios (Libros Libres).
- Cartas a Germaine, de Jorge Guillén (Galaxia-Gutenberg).
- ¿Estamos de acuerdo? Un debate, de Chesterton & Bernard Shaw (Renacimiento).
- Hilde Domin en la poesía española, de Antonio Pau (Trotta).
- Elogio de la amistad, antología de textos. (El Buey mudo).
- Perder teorías, de Enrique Vila-Matas. (Seix Barral).
- Historia del mundo, de J.M.Roberts (Debate).
- La transición de cristal, de Pío Moa (Libros Libres).
- Niña errante, de Gabriela Mistral (Lumen).
- Libropesía y otras adicciones, de VV.AA. (Libros del Silencio).
- Los libros y la locura, y otros ensayos, de Chesterton (El buey mudo).
- Reportajes de la historia, de Martín y Borja de Riquer (Acantilado).
- Segunda navegación. Memorias, de Alejandro Llano (Encuentro). Segundo volumen de las memorias de este gran filósofo español, tras el fascinante Olor a yerba seca.

- Diarios (1862-1919), de Sofía Tolstói (Alba). El contrapunto familiar a la personalidad de Leon Toltói. Sófía -su mujer- nos atrapa con su humanidad, con su sinceridad. De una manera sencilla -y descarnada no pocas veces- se va desahogando en el diario, se va desnudando de tanto silencio y obediente cotidianidad, en un tono de confidencia que nos subyuga durante la lectura.


RELIGIÓN: He puesto en este apartado un libro que debería estar en ensayo biográfico: Benedicto XVI. El libro de Pablo Sarto es de una enjundia y amenidad sobresalientes. Como lo es el de Eduardo Camino. Para rezar recomiendo los dos del Padre Pío y el de Escrivá. Y La cosa..., de Chesterton es una joya literaria y espiritual de primer orden, que debemos al pesquis y buen hacer del poeta Enrique García-Máiquez y Aurora Rice.

- Confusión y Verdad. Raíces históricas de la crisis de la Iglesia en el siglo XX, de Philip Trower (El Buey mudo).
- Sobre los ángeles de la guarda, de Jacques-Bénigne Bossuet (Siruela).
- Ama y haz lo que quieras, de Eduardo Camino (Palabra).
- Mensaje de la misericordia divina, de santa Gertrudis de Helfta (B.A.C.).
- Luz del mundo. Conversaciones con Benedicto XVI. (Herder).
- 365 días con el Padre Pío (San Pablo).
- Padre Pío, de José María Zavala (Libros Libres).
- Benedicto XVI, el Papa alemán, de Pablo Sarto (Planeta).
- La cosa y otros artículos de fe, de G.K. Chesterton (Renacimiento).
- Cuatro sermones sobre el Anticristo, del beato John Henry Newman (El buey mudo).
- Orar. Su pensamiento espiritual, de san Josemaría Escrivá (Planeta).
- Amor y perdón. Homilías, del santo cura de Ars (Rialp).
- Medjugorje, de Jesús García (Libros Libres).
- Obra completa de santa Teresa de Jesús (Biblioteca Castro).

JUVENIL: Quisiera destacar lo bueno que es García-Clairac. Después de El ejército negro vuelve a dar muestras de su gran calidad literaria. Al gual que Fernando Marías y Cornelia Funke. Me he reído mucho con Lola Torbellino, y Ana Ripoll ha sido una verdadera sorpresa para mí, un deleite que no esperaba, si quieren que sea completamente sincero.

- Thúval, las sagas de Invérnnia, de J. Pérez-Foncea (Libros Libres).
- Los lobos de Willoughby Chase, de Joan Aiken (Salamandra).
- El silencio se mueve, de Fernando Marías (SM).
- Los Incorpóreos I. El mundo de las sombras, de Ana Ripoll (Siruela).
- La Cenicienta, de G. Rossini -Cuéntame una ópera-, de Georgina Gª-Mauriño (Ciudadela).
- El río robado, de Montserrat del Amo (SM).
- Reckless, Carne de piedra, de Cornelia Funke (Siruela).
- Milmort, de Santiago García-Clairac (San Pablo). Se han publicado dos volúmenes de la trilogía: Crónicas de Mort y Regreso a Force.
- Geografía mágica, de Ana Cristina Herreros (Siruela).
- Lola Torbellino, de María Vallejo-Nágera (Ediciones B).

jueves 30 de diciembre de 2010

El esplín de la vida (no todo pasa ni pesa)




La vida pasa. Obvio. Se nota en la melancolía (el viejo esplín que decían algunos poetas), y también se percibe en la experiencia de las canas. Se nota en que te dan igual muchas cosas que hace un par de temporadas eran impepinables. ¡Cómo se nota! Valoras más las caricias. Quiero decir, que necesitas que las caricias se demoren hasta el final de tus días. Valoras más cualquier destello en el agua y mirar los ojos de la gente. La vida pasa, pero también se queda. Y recuerdas las cosas cada vez con más detalle. ¡Cómo te gusta ir al alma de lo que ocurre, o de lo que soñaste! Remontas el curso del tiempo, escribes palabras que nadan a contracorriente. Y no dejas de darte algún que otro chapuzón en la infancia. Aquella felicidad de los abuelos, y la bicicleta que pedaleaba tus primeros paisajes. Paisajes de trigales, barbechos y alamedas. Y las acequias y regatos, donde pasabas horas contemplando el verdín y la transparencia del agua. La vida pasa y pones más atención en lo que ocurre. Para que no se te olvide nada. Y puedas mañana volver a tenerlo presente. Pones más atención, e intentas atar con palabras el santiamén de las horas. Reparas que un paso de peatones tiene su enjundia, que un beso puede ocupar toda una vida, que ser amable es la mejor forma de labrarse un futuro. Pasa el tiempo, pero no el fundamento de la vida, no su alma, no su miga. Te miras las manos, y miras las paredes blancas. Y proyectas en ellas -en las paredes- los colores de tu memoria (el verde del musgo en aquellos robles), y pensamientos impresionistas (e imprevistos), y pequeñas oraciones que claman al cielo. ¡Es tanto lo que pasa! Lo peor es no darse cuenta, lo peor es no ser consciente. De todo lo que Dios quiere, y nos deja. Pero hoy el hombre es sólo una constante queja. Que la vida sea tan fugaz, pase, es lo que hay, es nuestra naturaleza. Lo que nos resulta insufrible es lo que pesa. ¡Lo que pesan las penas y el descontento! Es duro esto de existir. Sufrir se nos hace muy duro. Y venga pegas y semblantes sombríos. Nos pesa sufrir, y nos pesa, sobre todo, que no salgan las cosas como queremos. Y a la primera. La vida y su pesadumbre. La vida como pesadumbre. Una vida mohína, aletargada. ¡No, no! La vida, la vida. Gloria bendita. Si logras vivirla. Si aprendes a mirarla detenidamente y te enamoras de su providencia. De cada entresijo.

miércoles 29 de diciembre de 2010

El movimiento del alma




La vida es un constante centrifugado donde ponemos nuestras cosas a lavar. El alma precisa de cuando en cuando de una buena colada donde limpiar las manchas que han podido ensuciar la camisa de los días. También el alma tiene su propia ropa interior. Las personas tienden a pensar que sólo el cuerpo ejercita un continuo movimiento. Pero puedo asegurar que es mucho más intenso el del alma. La desgarradura del dolor todos la sufrimos alguna vez. Sin ir más lejos. Y eso genera una tensión que asoma por la mirada, así como en una gran necesidad de hablar, de buscar la confidencia y el cariño de otra persona. Sin embargo, los más dejan su alma al albur de las circunstancias. No se preocupan de cultivarla, de asentar en ella la gimnasia de la virtud. Creen que es cosa de mentes ausentes de la realidad. Trastornos psíquicos que cualquier experto de pacotilla puede razonar. Asuntos de crédulos católicos sin remedio. ¡Cuán equivocados están! Como si la vida no fuera lo que es por obra y gracia del amor. ¿O acaso no lo buscamos todos?

La vida del alma requiere a veces un largo paseo. Un ir contemplando sin prisa los detalles. Acariciar la mano de la persona que nos sujeta a dicha vida, recoger hojas por el camino, respirar el aroma del tomillo, lanzar al agua esas piedras que nos lastran la voluntad… La vida del alma es no cansarse de mirar, desde el alba hasta el fulgurante cinemascope que es el atardecer. Es cuando las palabras se quedan mudas, admiradas ante un silencio que nos explica algún atisbo de la felicidad. Y, quizá, tomamos algún libro. No sé, Diario de un poeta recién casado, de Juan Ramón Jiménez -en una pequeña edición de Alianza-, y sentados nos apoyamos en un roble. El alma pasa las hojas, y sobre ellas van cayendo otras del árbol. La poesía nos hace creyentes. Dios está allí: en Su presencia vamos leyendo el paisaje de los años ya vividos. Y sentimos que podemos cambiar, que nunca nada está del todo perdido. Ni es olvido.

martes 28 de diciembre de 2010

María Pilar ya está en el Cielo


"Si en un alma no hubiera otra cosa que el profundo deseo
de amar a su Dios, en ella ya estaría todo"
Padre Pío


Los últimos estertores, el último atisbo. La santidad de una vida y de unas manos a las que nos agarrábamos sus hijos, sus hermanos, su madre y sobrinos y amigos. El oxígeno de Dios es lo que respiraba. El oxígeno del amor de Dios es lo que entraba en su alma, expectante de infinito, de Cielo, del rostro del Padre. Constantes visitas se acercaban a decirle a Dios, y hasta luego, a besarle la frente, sus manos… Se aproximaba su nacimiento -¿muerte?-, el punto de partida hacia la altura de la gloria de Dios. El Cielo ya estaba allí, en ella, en Mariapi. El Cielo iluminaba para toda la eternidad la habitación 807. ¡Qué resplandor Dios mío! Jesús, sentíamos todos Tu presencia, Tu constante cariño, pese al misterio de este tipo de caricias tantas veces incomprensibles. Llorábamos. Lloramos todavía. Llorábamos abrazados a la fe de María Pilar, que vivía en cada gesto, en cada palabra. Llorábamos lágrimas que ascendían, que surcaban las caricias. ¡Dios, Dios! ¡Qué bueno eres, pero cómo duelen estas cosas, este nudo en el alma! Sobre su pecho un manto de la Virgen, y sobre el manto unas flores de Lourdes, y estampas de santos, y el niño Jesús recién nacido. Y sobre todo ello nuestras miradas, que rezaban, y se enjugaban tanta pena y tantos recuerdos. Yo oía su voz…

Los últimos estertores. Los primeros indicios de la Vida, de la brisa eterna. Costosa respiración, hondos suspiros. Ese rostro de María Pilar que cada vez era más como el de Cristo. Tanto dolor y, sin embargo, esa íntima alegría. Prisa por llegar a Dios ahí, allí, clavada en el vía crucis de la cama, de su enfermedad. Con las manos en las manos de sus dos hijos. Con aquellas manos que habían aceptado desde hace tiempo la voluntad de Dios. La que fuera. La que ha sido. Aquella cama de la habitación 807: el altar donde se ofrecía el dolor y el sacrificio por las almas. Ese punto donde se aglutinaba la familia de Dios Trino, la Misa que fue la vida de Mariapi, su constante acción de gracias. Y nuestra familia, y nuestras lágrimas. No quería otra cosa que no fuera el amor de Dios. Me lo dijo. Ningún otro afán logra acercarnos mínimamente a la felicidad. Sólo Dios, sólo Dios. Mirar la Cruz. Vivir teniendo siempre en cuenta la opinión de Cristo. El rosario en la mano. El amor seguía enjugándose las lágrimas. “Dios te salve María”. “Bendita tú eres entre todas las mujeres”. “Ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte”. Miradas que se cruzaban entre nosotros. Miradas que buscaban el consuelo, el sentido de tanto dolor, la certeza de la vida eterna. No, no te vayas. E implorábamos el milagro, la curación. Buscábamos la mirada de Jesús. ¡Cúrala, cúrala! ¡Dios! Si puede ser, si es Tu voluntad de Amor, hazlo.

Las almas de su familia, cada una, esperando que abriera los ojos. Y sonriera. ¡Podría ser, podría ser! “Todo es posible para el que cree”. Pero no. Convenía que fuera de otra manera. Mamá, hermana, hija, tía, abuela, amiga, no nos dejes nunca. María Pilar, mantén unida nuestra familia -nuestras familias- en el interior del amor de Dios. Reúnenos en tu corazón, siempre unidos; intercede, suplica, apuntala nuestras almas. Haznos más y más conscientes de lo que supone ser hijos de Dios. Todos juntos, tu familia dentro de la familia de la Trinidad. Nosotros: cada uno. Me lo dijiste: “Hoy en día nuestra familia es una tremenda gracia de Dios”. Y yo le dije: “¿Sabes que te queremos mucho, verdad?”. La contestación fue rápida: “¡Toma, y yo!”. Pues eso: nos quiere. Nos querrá siempre. En desbarajustes y problemas, en dudas y contradicciones, en la vida ordinaria. Camino del Cielo. Tenemos que luchar como ella, creernos que podemos ser santos. Ese es el gran ejemplo de María Pilar Fernández-Giro.

lunes 27 de diciembre de 2010

“Mujer leyendo en un jardín”, un cuadro de Henri Lebasque




Henri Lebasque (1865-1937) es uno de esos pintores que te vienen dados por el encuentro imprevisto con uno de sus cuadros. Justo éste en el que me deleito ahora: “Mujer leyendo en un jardín”. En mí el amor por los libros es tan crucial que desde siempre he estado subyugado por esos óleos (también cuentan las acuarelas, los dibujos o las fotografías) donde se representan a mujeres leyendo. O mademoiselles, o damas. La belleza femenina embebida en el acto de la lectura. Para enamorar a cualquiera. Por lo menos a mí. Recuerdo cantidad de cuadros con este asunto. Renoir, Hopper, Picasso, Vermeer, Corot, la bellísima fémina de Fragonard, Théodores Roussel, Schmidt-Rottluf, Mary Cassat, Henner, Fantin-Latour, o ese lienzo delicioso -“Dos mujeres leyendo”- de la poeta Sylvia Plath.

Claude Monet
llega a pintar a una mujer que a su vez está retratando a una lectora. Quisiera coleccionar postales de todos esos cuadros. Pero claro, uno quisiera tantas y tantas cosas. Existe un libro de la editorial Maeva que contiene reproducciones impagables. Me refiero a Las mujeres, que leen, son peligrosas, de Stefan Bollmann. Pero cuando algo gusta nada parece suficiente. Contemplar a una bella señora, o señorita, leyendo, es un deleite que raya en el regodeo. Te da por imaginar sus vidas, el porqué están ahí, con ese libro. Piensas acaso en su soledad, en sus sueños; piensas en su sensibilidad, en el libro como refugio de una sociedad demasiado viscosa (o quizá todo sea por un hombre); piensas en anhelos románticos o en todo lo contrario, como esa pintura de Hopper donde a la mujer lectora, sentada en la cama del hotel, se le ve más desnuda el alma -dolorida- que el propio cuerpo cansado, casi desmayado.

El arte, ese empeño por sacar a la luz el alma. Y aquí estoy, junto al cuadro de Lebasque. La mujer, y el jardín que se difumina en los sueños; la mujer con su blanco sombrero adornado con una cinta azul y unas flores. El libro es una pincelada blanca. Y esa falda verde donde se recoge la luz y un poco de sombra del árbol. ¿Quién será esta mujer, qué leerá en ese rincón de un jardín donde reposa el alma? El espectador quisiera soñar los sueños de esa muchacha, y contemplar su rostro, que uno imagina joven, de piel un poco morena. El pintor quiere que nos enamoremos de ella, del secreto de su rostro, de... Parece sentada sobre una nube. Parece que todo se desvanece a su alrededor, que no hay nada que no sea ese libro que sostiene en su mano derecha.

A simple vista las cosas pueden resultar claras. Una mujer leyendo. Pero el cuadro nos dice más. El pintor quiere que interioricemos la escena, que sintamos en nuestra propia alma la soledad de una mujer que sueña, que con el sencillo gesto de la lectura nos lleva a esa otra dimensión espiritual donde somos mucho más de lo que parece. Y la mirada se posa en el sombrero, en la blusa de rayas o en unas flores amarillas. Y la mirada cala los pigmentos del color, y se acerca y se aleja, y se sienta junto a la dama. La mirada quisiera que la lectora levantara la cabeza y nos mirara.

domingo 26 de diciembre de 2010

El alma de la rutina, no la rutina del alma




Para casi todos es su tabla de salvación, nada como lo habitual, las horas consuetudinarias que van marcando la pauta de los días. Aunque el alma quiera salir de ella y hacer slalom por las blancas laderas de nuestros sueños. O correr hacia el mar, hasta que las olas nos derrumben en un estrépito de espuma. O llegar hasta Japón para deletrear en sus paisajes algún jaiku.

He pensado mucho en la rutina. Y creo que el hombre la necesita para su salud mental, para el progreso de su trabajo, para una eficiente educación de los hijos... Pero también es verdad que llega un momento en el que la rutina, ese horario más o menos igual, ya no nos sirve. La agenda está saturada de citas, reuniones, objetivos, deberes y números de teléfono.

Nos queremos ir. Hasta de nosotros mismos. Lejos. Descubrir que es posible que haya vida más allá de la sistemática programación de los días y de las empresas. El viaje se convierte en símbolo de un viaje más interior. Un recorrido por los caminos del espíritu. Hasta la respiración es distinta. Y nos sorprende la maravilla de los atardeceres, de los árboles y arbustos, de los remolinos de la luz en los ríos…

En todo ello escuchamos, nítida, la conversación de Dios. Y la retina percibe el brillo de una alegría más honda. El alma vive de amor, no de una cuenta de resultados. No podemos dejar que el milagro de nuestras vidas se convierta en costumbre. Palpad, palpad entre vuestros dedos la arena, sentid como fluye el tiempo… Es hora de cambiar nuestro sentido de la rutina. Es hora de aprovechar mejor el alma.

Léon Bloy, en una anotación de su Diario (Acantilado) del 30 de mayo de 1894 escribe: “Existe entre cada hora del día, y cada hora de la semana, una diferencia absoluta, esencial, divina”. Y es esa diferencia la que debemos descubrir. Es en esa diferencia donde está la aventura más extraordinaria de la vida.

sábado 25 de diciembre de 2010

Carta al niño Dios




Escribo, escribo, escribo. Y leo a mansalva. ¿Vocación profesional? Yo más bien me inclino a que se trata de asuntos del alma. Pero, ¿y rezar? ¿Y desagraviar mis faltas, y adorar a mi Dios? La vida es una, es comunión de afectos. Cuando trabajo, desagravio y rezo, y me sacrifico no poco. Aunque sigo pensando, niño Dios, que, pese a que quiero amarte, la mayoría de las veces está mi cabeza dando vueltas a diferentes planetas. Y me escabullo. Soy una nebulosa que no acaba de concretar y de arrodillarse. ¿Cuándo voy a verte? Me esperas, y yo sé que me conviene mirarte, pero en el último momento tomo otra calle o me compro el periódico. Mi niño, es Navidad, has nacido, quisiera que me enseñaras a vivir, y a morir a lo mío. Quisiera aprender el amor de ti, tan niño, y tan maestro. Eso quisiera, un alma niña, de mirada inocente. Y poder mirarte con ella en el pesebre. Lo he decidido Jesús mío, o escribo para ti o no escribo para nadie. Verlo todo desde ti, desde tu Corazón recién nacido. ¡Qué frío hace! Y tengo frío porque no acabo de calentarme junto a ti y junto a tu Madre bendita. No me acerco más por todos mis pecados, que me alejan, aunque me invente excusas verdaderamente curiosas. ¡Ay, todos esos libros! No me dejes sin ellos, pero pensaba… si por cada uno de esos textos, no sé, me hubiera ocupado de un alma. Insistir al cielo, decirte, porfiar sin rendirme. Comienzo hoy de nuevo. Niño mío, abrásame de amor, para saber de verdad lo que es la vida: tu Vida. Y encauzar cada detalle hacia ti, mi Rey, para que tú lo transformes en gozo, en esa enjundia que lava mis heridas. Quiero saberte, contemplar más a fondo tus ojos, sin distraerme ni un ápice de la ternura que ofreces. Mi niño, mi niño, soy mal poeta y no sé cantar bien lo que mi corazón rebosa. No sé, y mira que lo intento; pero después de todo, después de tanto emborronar tu gracia, me quedo siempre en la prosa. ¡Qué le vamos a hacer! Pero no me conformo. Quiero amarte, quiero ser niño, quiero ser santo. Conocerte más de cerca, más entrañable. Estoy harto de vivir entre imposibles, entre tantos apaños, que es lo que me caracteriza. Mi fe necesita verte. Haz el milagro, niño mío. Que pueda jugar contigo, y que no me canse de tomarte en brazos, de comulgarte a diario y comerte a besos.

viernes 24 de diciembre de 2010

“Instantes” (Nueva antología del haiku japonés)



La poesía no está en el papel. Está en cualquier punto de la vida. Es una visión repentina, o una impresión que se pega al alma. Y ahí se nos queda. La vida, en toda su extensión de sencilla melodía. La poesía no está en el oropel, está en lo más leve. ¿Cómo lo diría? Está en una repentina maravilla, en un resplandor de vida. Después viene cuando queremos fijar el ritmo de la lluvia en unas palabras, o un gozo de luna que acicala una mejilla. Expresar la intensidad de las cosas en unos pocos versos. La realidad desnuda de nuestra existencia. Un ligero movimiento, una brisa, un beso a la deriva. El paisaje secreto de la vida. La luz, el eco sobrenatural del oleaje de los días. La poesía. Esos instantes donde una mujer te mira, o cuando suena una campana, o cuando se estremece el agua de un estanque escondido. Instantes que las palabras cortejan con mimo, y desean decirlos. Sonidos que alguien canta o escribe, sonidos que enhebran imágenes y brillos. El poeta sueña el beso en unos labios, y la felicidad en el color amarillo de unos chopos. El poeta cierra los ojos y mira… Y escucha el escalofrío del mundo y del hombre, y el de la naturaleza que germina.

El haiku es una forma poética originaria de Japón. O Cipango. Ahora ya es universal. El primer poeta de haikus que leí fue Matsuo Bashô (1644-1694), allá por los diecitantos. El más famoso de entre los suyos: “un viejo estanque: / se zambulle una rana, / ruido de agua”. Y este otro, tan precioso: “a cada ráfaga / se desplaza en el sauce / la mariposa”. El haiku se compone de tres pinceladas, de tres versos. De 5, 7 y 5 sílabas. Mejor dicho: sonidos. Una brevísima melodía que se desprende de todo lo que es superfluo. Una pulsación de vida: de la vida. Unas imágenes que evocan la eterna armonía, a la que se aspira (lo queramos o no, lo sepamos o no). En su sencillez es un disfrute estético y una pedagogía de hondo calado espiritual. Ascética de medios y honda contemplación. Tres versos, tres pinceladas que percuten en el lector y le dejan a solas con el aroma del alma. Los haikus son poemas que enaltecen lo elemental. Son testigos fehacientes de lo humilde, quizá de una realidad en donde de pronto -ese tercer verso- salta la liebre de la belleza, o del meollo. Los haikus son símbolos de una pureza aplastante. Son un medio extraordinariamente sutil para alcanzar una comprensión más nítida de la realidad que nos rodea, de esos instantes que nos dan la vida y son el alma.

La lectura de haikus produce adicción. Eso hay que saberlo. Son una constante seducción. Y más cuando pertenecen a lo más sobresaliente del haiku japonés (desde el siglo XV hasta el XX), que es lo que nos ha entregado José María Bermejo en un libro bilingüe extraordinario, editado por la querida editorial Hiperión: Instantes. Nueva antología del haiku japonés. Imposible mayor cuidado y mejor traducción. ¿Quién puede perderse un libro así? "está el haiku / en el viento de otoño, / pero está en todo..." (de Takahama Kyoshi, 1874-1959).

jueves 23 de diciembre de 2010

Silencio





De pronto, sobre la mesa
en donde escribo, se posa
un silencio inesperado.
Procuro quedarme quieto
para así escuchar su rastro.
¿De dónde viene? ¿Qué puede
ser este callado encuentro?
Contemplo su perfil blanco,
esa nieve no pisada
por la niebla que es el tiempo.
Algo dirá del misterio
que se revela en su adentro.

miércoles 22 de diciembre de 2010

Más libros, por favor, más libros (Novelas, relatos y poesía)


Recibo llamadas y correos. Personas que me encuentro por la calle, familiares. Todos quieren algo para leer durante la Navidad, o para regalar… Yo me sorprendo de tanto interés, pues ando un tanto escéptico, no ya sobre el futuro del libro y toda esa martingala, si no sobre la verdadera pasión por la lectura. Yo no soy muy optimista, he de reconocerlo. La gente no lee tanto como se predica o nos quieren hacer creer. Sin entrar en la calidad de los libros que más se venden y su cantar. Un servidor percibe que los artilugios tecnológicos prevalecen en el ocio, y que el libro se va quedando a cola del pelotón. Un servidor percibe que cada vez al personal le cuesta más el esfuerzo de pensar, de estudiar, o de distraerse con una novela, biografía o ensayo de cierta entidad literaria. Y después está el manido “no tengo tiempo”, que me harta, cuando los ves echando las horas a manos llenas por el desaguadero de la televisión o de Internet (jugando o buscando no se sabe muy bien qué). Por eso me pasma el interés de ciertas personas. “Más libros, por favor, más libros”, me escribía una señora. Pues nada, no será por mis ganas de contagiar esta pasión de la que disfruto con toda mi alma.

En mis recomendaciones me voy a basar en lo que leído durante estos últimos meses, en aquellos libros que me han gustado especialmente. No todos serán rabiosas novedades. Y tampoco pretendo que todo el mundo esté de acuerdo conmigo, sólo faltaría. Y pido perdón por las ausencias, por los libros que ahora no recuerdo o por la infinidad que no he podido leer, (porque no se puede leer todo, que es lo que me gustaría, mi particular utopía). Veamos:

NOVELA (destaco, como sorpresas impactantes, la novela de Welty y la de Baker):

- Una historia corriente, de Iván A. Goncharov (Alba).
- América, América, de Ethan Canin (Salamandra).
- Las batallas perdidas, de Eudora Welty (Impedimenta).
- Sueño en el Pabellón Rojo, de Cao Xuequin (Galaxia Gutenberg).
- Las obras escogidas de T. S. Spivet, de Reif Larsen (Seix Barral).
- Lisboa, un melodrama, de Leopoldo Brizuela (Alianza Literaria).
- Correr, de Jean Echenoz (Anagrama).
- La niña verde, de Herbert Read (Duomo).
- Un viaje, de H.G. Adler (Galaxia Gutenberg).
- El antólogo, de Nicholson Baker (Duomo).
- Doctor Zhivago, de Boris Pasternak (Galaxia Gutenberg).
- Érase una vez Manhattan, de Mary Cantwell (Lumen).
- Kaputt, de Curzio Malaparte (Galaxia Gutenberg).
- Niña de todos los países, de Irmgard Keun (Minúscula).
- Anna Karénina, de Leon Tolstói (Alba).
- La librería, de Penélope Fitzgerald (Impedimenta).

RELATOS (destaco la sorpresa de la obra de Elizondo, la sensibilidad inaudita de Rilke; y que, pase lo que pase, a los lectores más avispados siempre nos quedará la obra de Thomas Mann, para trajinar con todo esto que es la vida):

- Cuentos completos, de Thomas Mann (Edhasa).
- Cuentos de Galitzia, de Andrzej Stasiuk (Acantilado).
- Los últimos y otros relatos, de R.Mª Rilke (Alba).
- 13 cuentos de fantasmas, de Henry James (Valdemar).
- Historias, de Robert Walser (Siruela).
- El mar de iguanas, de Salvador Elizondo (Atalanta).
- Cuentos de Ise (Trotta).
- Cuentos completos, de Oscar Wilde (Valdemar).

POESÍA (La poesía siempre sorprende. Subrayo el descubrimiento magnífico de Jordá (“No sabemos por qué, pero sucede”), el festín de la antología de poesía religiosa editada por San Pablo, y mi debilidad por Luis Rosales -ese libro tan especial que es El contenido del corazón- o Miguel d’Ors):

- Pero sucede, de Eduardo Jordá (Renacimiento).
- Sonetos del amor oscuro y Diván del Tamarit, de Federico García Lorca (Lumen).
- Instantes. Antología de haikus (Hiperion).
- La casa encendida. Rimas. El contenido del corazón, de Luis Rosales (Cátedra).
- Cantad a Dios con salmos, himnos y cánticos inspirados. Antología. (San Pablo).
- Poesía completa, de Marianne Moore (Lumen).
- Obra Completa, de Ramón Gaya (Pre-textos). Escriba lo que escriba y pinte lo que pinte su obra tiene un calado poético evidente, deslumbrante.
- Hojas de Madrid con La Galerna, de Blas de Otero (Galaxia Gutenberg).
- El reino blanco, de Luis Alberto de Cuenca.
- Sociedad Limitada, de Miguel d’Ors (Renacimiento).
- Obra poética completa, de Miguel Hernández (Alianza Literaria).
- Nunca se sabe, de Isabel Escudero (Pre-textos).
- Poesía, de Agustín de Foxá (Renacimiento).
- Rojo fuego nocturno, de Jesús Munárriz (Hiperión).

martes 21 de diciembre de 2010

Que si la Navidad, que si el jolgorio. ¿Alguien sabe de qué va todo esto?



¿Lo sabemos? ¿Sabemos de qué va esto de la Navidad? Aparte del jolgorio y la extraordinaria y las vacaciones y las luces que cuelgan como ángeles heridos. ¿Lo sabemos de verdad? ¿Sabemos algo más aparte de la lotería y de la congestión gastronómica de rigor? ¡Feliz Navidad, Zutana! Feliz, feliz. Oye, que abrigo tan ideal, y ese collar de Swarovski te queda estupendo. Feliz Navidad, padre, ya te iremos a ver un rato a la residencia. ¡Qué derroche de “felicidad” por los escaparates, junto con el espumillón y las campanitas de pega! Todo el mundo feliz. ¿Se sabe el motivo y si es cierto? Los pobres siguen pidiendo por las aceras y durmiendo a la intemperie. Y la Navidad tiene una entraña de ruido que me escama. Habrá que hacer averiguaciones. ¿Qué diantres será eso de la Navidad que tanto se publicita? ¿Será una excusa para el negocio? ¿Será sólo el aguinaldo y unas risas? No lo sé muy bien. No me fío de todo este resplandor que ciega. Demasiadas menudencias. Después de todo igual hemos dejado entre todos a Dios en el paro. Porque me suena que la cosa va con Él. ¿Dios? Dios. Ah, el de los villancicos. Menudo guateque hay por la calle. ¡Cuántos renos y estrellitas y fantasías de Walt Disney! Todo está a rebosar. Menos las iglesias y la sección de religión de las librerías. Parece que es poca la demanda de Dios. Que, creo, es lo que se celebra, en lo que estamos. El cumpleaños de Dios Hijo. Navidad. El niño Jesús, que vino para llevarse todos los palos. Navidad. ¿Quién invita a Dios a su casa? No ocupa mucho sitio. Un poco de amor y se conforma. Un detalle y lo hace infinito. Pero hay demasiado ruido en el mundo, aquí dentro. No se oye bien la Navidad, la buena nueva, que es cuando la alegría va más en serio. Si los ángeles bajaran hoy del cielo a cantar la gloria de Dios y la paz entre los hombres, pasarían desapercibidos tal y como está el patio. Puede que esté ocurriendo. ¿Sigue siendo cristiana la Navidad, o es el epicentro del viento? ¿Dónde va toda la gente, tan corriendo? Yo me hago todas estas preguntas porque no soy necio y porque me cuesta encontrar crismas donde esté ese crío. Me refiero al Mesías, al Emmanuel, al Cristo recién nacido, con su mamá la Virgen y con José (escogido por Dios para que cuidara del mismo Dios y fuera el más santo). Santo, menuda palabra, menudo concepto de intimidad divina. Navidad. Hay que investigar la sustancia de toda esta movida. ¿Qué es la Navidad hermanos, qué significa? Debemos averiguarlo. Hay quien no se lo cree, pero nos va en ello la vida. La VIDA.

lunes 20 de diciembre de 2010

"El diario de Ruth Maier". (La vida de una joven bajo el nazismo)



“¿Por qué no íbamos a sufrir, cuando hay tanto sufrimiento?”
(De las últimas palabras que nos quedan de Ruth)


Todos recordamos a Ana Frank. Su Diario fue un movimiento sísmico para muchas almas que puede que todavía no hubieran caído en la cuenta de lo que supuso el régimen racista y homicida del Tercer Reich. Muchos lectores pasamos por la intimidad de su dolor y de su temblor, de su esperanza y de su miedo; pasamos por unas páginas que nos hicieron estremecer, que nos hicieron conocer la inocencia y la sabiduría de una niña -no tan niña- ante la irracional barbarie nazi. Estábamos ahí, con ella, desgranando esas palabras que Ana iba escribiendo como refugio, como confidencia, como desahogo. Precisamente hace unas semanas apareció el libro Saludos y besos; la extraordinaria historia de la familia de Ana Frank, de Mirjam Pressler (Mondadori Debolsillo).

Ana Frank sólo hubo una, pero van saliendo a la luz otros diarios o memorias de chicas jóvenes que vuelven a hacernos pensar, que vuelven a mostrarnos la impotencia y a la vez el milagro del alma humana; almas que no se conforman, que se rebelan, que quieren ser felices. Chicas que viven unas experiencias terribles, pero que no renuncian, que no se rinden. Y a través de sus diarios nos asomamos a su corazón y a su día a día, a su tremenda soledad a veces, a la desgarradura familiar, a una sensibilidad que nos va dejando la intrahistoria de una época espeluznante. Leí con emoción el Diario, de Hélène Berr (Anagrama); leí con una mayor emoción si cabe Alicia, la historia de mi vida, de Alicia Appleman-Jurman (Alba); y he leído con renovada impresión El diario de Ruth Maier (Debate). Y no quisiera dejar de apuntar una novela de una escritora alemana interesantísima -y muy exitosa en los años 20 y 30- llamada Irmgard Keun. La novela se titula Niña de todos los países (Minúscula) donde se nos narra el exilio de una familia -el padre es escritor que se ve obligado a huir de la Alemania nacionalsocialista- desde los ojos de una niña de diez años, que con su candor nos enternece y nos hace sonreír. (Por favor, sigan la pista de Irmgard Keun).

Pues sí, acabo de concluir la lectura de El diario de Ruth Maier, esta joven vienesa (Viena, 1920-Auschwitz, 1942) que, huyendo de Hitler y de sus verdugos, se encamina a Noruega -donde llega antes de la guerra-, mientras que su madre, abuela y hermana consiguen establecerse en Inglaterra. Imagínense a una chica de 18 años en Noruega, separada de su familia, durante cuatro largos años. Sus diarios, sus dibujos y las cartas a su hermana Judith (Dittl) van a ser su cobijo y su bastión. Escribe el 7 de abril de 1941, en la pequeña ciudad de Lillestrom (donde vivió en casa de los Strom): “No escribo un diario para poner mis ‘reflexiones’ sobre el papel, ni para inmortalizar pensamientos inteligentes. Escribo para dar rienda suelta a unos sentimientos que, si quedaran reprimidos, podrían ahogarme”. Y escribirá también el 16 de mayo de 1941, en Tau: “Es curioso el alivio que supone para el corazón garabatear con tinta y pluma unas cuantas frases. Cuando estoy sentada escribiendo, mi añoranza se inclina sobre los renglones, se queda allí, y ya no siento el dolor”. La escritura como verdadera terapia.

Los diarios comienzan en 1933 en diversos cuadernos. Ocho exactamente. Desde los doce años hasta los veintidós, hasta el final de su vida. El editor Jan Erik Vold ha hecho una buena labor de investigación y puesta en claro. Ruth era una chica normal, estudiosa. Su talento para las artes era innegable. Quería ser actriz, y escritora, y pintora. Su curiosidad ante la vida, ante el saber, era constante. Nunca dejó de ser una lectora compulsiva. Como su padre, todo un humanista metido a secretario general del Sindicato Austríaco de correos. Poseía una biblioteca muy bien nutrida (de la que Ruth sacó algún provecho y el hábito de los libros), era doctor en filosofía y hablaba alemán, italiano, checo, francés, turco e inglés; además de griego clásico y moderno y latín. Ruth, ya casi al final de los diarios, y, sin saberlo, casi al final de su propia vida, sintetiza el contante afán de sus días: “Lo que quiero es vivir. Pero también deseo saber más”. (18 de agosto de 1942). Ya el 1 de enero de 1937 escribía: “Habría que dedicarse solo a leer y leer. Y aprender”. Las referencias literarias son constantes.

Su vida en Noruega no fue fácil. La soledad le comprimía el alma. “En un instante el mundo entero empieza a tambalearse, y busco en vano un punto fijo”. Ruth era una chica soñadora, llena de ideales. “En la vida hay que buscar la belleza y la bondad”. Leía con fruición y ansiaba enamorarse, entregarse a un chaval estupendo. “Creo que todos los sentimientos auténticos son infinitos”. Pero añoraba un hogar, ser madre. No quería vivir la vida en vano. Su máxima inquietud era amar, amar, y ser amada. “Quiero compartir”. Su aguda sensibilidad estaba unida a una marcada sensualidad. Puso su corazón en algunos hombres y también en la amistad de muchas compañeras. Cuando conoció a la poeta Gunvor Hofmo se sintió comprendida. “Ha despertado en mí la bondad”. Esa amistad tuvo una deriva homosexual, o eso creía. Ruth estaba confusa, se martirizaba constantemente ante el déficit de cariño, de un hogar. La presión fue tremenda para ella. “Angustia dentro y angustia fuera”. Y los problemas de trabajo y sin ver a su familia, y la esperanza de ir a los Estados Unidos que se desvanecía. Y Hitler ocupa Noruega. Cada vez era menor su esperanza. “¿Por qué es tan difícil vivir?”.

El lector no debe juzgar. El lector comparte el dolor de Ruth Maier. El pensamiento de la muerte es otra de las constantes. Ella se lo llega a preguntar: “¿Por qué pienso tanto en la muerte? Quizá porque temo que cuando me llegue todavía no habré hecho nada”. Y el 6 de diciembre de 1937 escribe: “Antes de ti había muerte, después de ti habrá muerte. Sólo tú eres vida. ¡Vive! ¡Vive bien! Haz que tu vida sea vida”.

El 26 de noviembre de 1942 la detuvieron. Desde el puerto de Oslo, en un barco llamado Donau, partió Ruth Maier hacia su destino. En Auschwitz. El martes, 26 de octubre de 1937, había escrito en Viena: “(…) debemos amar a todos los seres humanos, porque la vida es breve”. Desde aquí mi personal homenaje hacia Ruth.

domingo 19 de diciembre de 2010

Volví a caer en la cuenta de Dios en un bar



Señor, ha pasado media mañana sin ni siquiera recordarte. Ni un poco. He contestado un montón de correos antes de hacerme la cama. Pero ninguno a Ti, que me esperabas. Y andaba recogiendo los baños y los desayunos. Ni siquiera una mirada. La cabeza puesta en mí, incluso en un buen título para un artículo sobre los ángeles. La mesa ha quedado bien limpia, y la encimera desinfectada. He salido no muy raudo a la calle, lo confieso, pensando en la pereza del médico por la tarde. A las seis en punto será ya casi de noche. Y hará frío. Como ves, Señor, mi vida, a pesar de lo que diga, es cómoda. Según iba atravesando avenidas y semáforos me fijaba en que se llevan los abrigos ceñidos y en lo oscuros que nos ponemos en invierno. Con lo necesario que es el color para el alma, con lo bien que sientan todos esos colores para despachar lejos pesadumbres y quebrantos. En una esquina me ha dado por pensar en la muerte. No es nada morboso. Es sólo que me da pena no tener a mi madre. Te la llevaste muy de repente y demasiado pronto. Ya sé la cantinela, ya sé que está Contigo, que está verdaderamente en la Gloria, pero Te aseguro, Señor, que no me consuela. En absoluto. Pensaba en ella, cuando paseaba conmigo por las mismas calles. Y pensaba que a no tardar mis hijos pasearán con los suyos, y puede que en esa misma esquina se acuerden de su padre. Es decir, de mí, de este hombre que va de lado a lado siempre cargado de libros. Y ya sabes lo que disfruto dando pases a la melancolía. Hasta que algún ruido me despierta. Me lo dicen mucho: “Estás en otro mundo”. ¿Y? Señor, antes de seguir con los hechos de por la mañana, no quiero dejar de insistir: lo de mi madre me duele. No sabes como la necesito. Tengo los cuarenta y tantos, pero soy un crío. Necesito verla, abrazarme a ella. Tú sabes de dolores infinitamente más que yo, pero es mi corazón el que añora el amor de mi madre. Vuelvo del trabajo y sigo esperando encontrarme con su alegría en la puerta. Anda, toma Señor, toma, que este sentimiento puro sea para Ti. Este amor que hace que me emocione. ¡Basta! Sigamos. Ni acordarme siquiera de Ti durante más de media mañana. Que si el sueño, que si los ensueños, que si el frío, que si el talle de ciertas mujeres vestidas de invierno, que si la añoranza, que si la niebla deslizándose por las fachadas. A lo mío. ¡Qué amor tan indigente el que Te tengo! Porque Te amo. Te amo, aunque haya estado media mañana en las nubes, y en el ordenador, y tomando un café con leche. Justo en el bar es cuando me he dado cuenta, con la taza en vilo. Me he apercibido de mi desfase sobrenatural, de que te olvido con tanta frecuencia que me da apuro siquiera decirlo. Pero lo digo, y lo escribo. Y así puedo rectificar ahora mismo. Señor, perdóname la falta de cariño. Media mañana es mucho tiempo para no darme cuenta de Ti, de la luz, del amor de mi familia, de Tu Providencia conmigo y con el mundo que veo en la calle. Pero a veces ocurre. Me ocurre. Supongo les pasará a otros. Y ya no es que no rece, o rece poco, es que se me van las horas sin buscar Tu rostro, enmarañado en palabras o en recados o en libros. ¿Con qué propósito, si Tú faltas, si me desprendo de Ti como del abrigo? Señor, por favor Te lo pido, haz entrar en razón a mi corazón, ponlo en vereda. Que lata al compás del Tuyo. Que bombee Tu Voluntad en todo lo que hago, o me propongo, o sueño.

sábado 18 de diciembre de 2010

Regalos, regalos, regalos



Una sed que no se calma. Ansia de agradar, cariño del bueno o, sencillamente, hay que hacerlo. Quizá no acertemos. Regalos. Calibrar gustos y tallas y precios. O, eso mismo, cualquier cosa. Venga, ya, vamos, es perfecto. Seguro, seguro. Hazme caso. ¡Menudo presupuesto de tiempo! Y del otro. Saber elegir lo práctico, o un detalle, o una sorpresa. Algo inesperado, vestido con ese papel y esos lazos. ¡Cuántas vueltas! Quizá un libro. ¿No? Vale, de acuerdo, esa corbata. El aroma de las tiendas y el perfil de las dependientas. Vueltas y revueltas. Ideas demasiado caras, ideas que ya no estaban. ¡Qué tumulto de gente, qué revoltijo de palabras! Se agradece que haya un asiento de cuando en cuando. Y te devanas el magín o sesera. ¿Qué le gustará? Puede que una camiseta, o unas zapatillas, o para salir del paso esa pulsera. Bolsas, paquetes, bultos. ¡Cuántas cosas! Apetencias y caprichos repentinos. Y siempre el dinero que no llega. Y mira que hay objetos bellos. Ese pañuelo color fuego, esa americana con coderas. Propósito: austeridad con lo propio. Con los demás dar el resto. Sin dejar de lado la mesura y, por supuesto, la elegancia. Regalos, regalos, regalos. Darse. Indicios de amistad, de cariño, de afecto. Eso debería de ser siempre. Amor en el centro. El hombre ha nacido para querer. Y es fácil perder la pista de lo fundamental en la amalgama de precios, en la ansiedad de la prisa, en la niebla de los brillos. Deslumbran las calles y los escaparates. Y el deseo se activa, y los sentidos se enardecen. Es un espectáculo, y un peligro quedarse en la epidermis de todo ese lío. Regalos, regalos. Señoras y señores, trascendamos. Un poquito. Pensemos. Lo cual requiere, lo sé, su parte de ahínco. Para los demás nosotros deberíamos ser el principal agasajo. En persona. Y una vez dicho esto, corroborar que los regalos son signos, cifra de unos sentimientos que no están lejos del alma, de lo bueno. Sería del género idiota quedarnos en el oropel, o en el simulacro. En la mentira, vamos. Quedarse en las apariencias. ¡Qué fracaso entonces! Tanto empeño para nada. ¿Acaso regalamos para que nos regalen, o porque nos regalan y no hay otro remedio? ¿Es sólo un hecho social, protocolario? ¿Es un ridículo automatismo, una inversión por si acaso? Ay, los regalos, los regalos. No importa lo que cuesten o si son de marca o si resulta que fueron comprados en rebajas o en los chinos. Lo que importa es esa pizca de felicidad en sus ojos. Quererse. Sean niños o mayores. El meollo de esos paquetes y bolsas es que pensamos en los otros. Con generosidad de corazón. No nos equivocaremos.

viernes 17 de diciembre de 2010

Delante del belén



Menudo bullicio y juegos. Restos de briznas de hierba y heno. Parpadean algunas luces, otras no. Centelleo. Luces de colores y la estrella con su cabellera de plata. Como el río, donde se afana una mujer que lava, y la natación de una familia de patos, blancos como la nieve de corcho. Allá arriba el molino, y una vaca a la que ordeña una muchacha, y un grupo de pastores -son cinco- alrededor de una hoguera que arde muy roja. Les acompaña el rumor de unos ángeles y unos cántaros y lo que cuentan las historias que pasan de padres a hijos. No muy lejos unas casas de cartón y barro, con esas sencillas cortinas de trapo. Esas casas que se encienden, como se enciende el alma, contemplando. Los Reyes Magos caminan despacio y callados, con sus túnicas y turbantes y coronas, con los rostros radiantes y sabios, en una comitiva donde se ha quedado rezagado un camello. ¡Cuántos brillos de almas y de luces! Deambulan las gallinas y una gran variedad de ovejas, que se caen o se ponen a jugar con los primeros niños que encuentran. Los pastores no les quitan ojo. Y las toman en brazos o se las suben a los hombros. Yo rezo, espectador de todo esto. Y miro las dos palmeras y un pozo. Y pienso en el nombre de Jesús, y en el significado de lo que va a ocurrir dentro de unos días. Soy testigo de la vida de hombres y de mujeres, que en medio de sus labores acogerán a Dios. No pocos lo dejarán todo para ir a verle. Dios llama, urge. En la cueva, engalanada de pobreza, está María, que se ocupa de preparar las cosas, de acondicionar su corazón y el nuestro. José va y viene, preocupado… Supongo intenta conseguir algo de comida y unas mantas. Curiosos se acercan niños y mayores. Y yo, que no dejo de mirar a unos y a otros. ¿Puedo ayudar en algo? Hay una luz naranja ahí dentro, y un buey y una mula. Aprendo. Son personas humildes las que merodean, las que primero intuyen que Dios está cerca. Y hablan con espontaneidad, con inocencia. María sonríe y no se queja. ¿Qué sería del hombre sin Belén? ¿Qué sería de mí sin estas figuras que me revelan el amor de Dios? El nacimiento es representación de la misericordia divina. Hontanar y principio. Salvación. Y un lugar donde encontrar la paz del corazón, que andaba perdida.

jueves 16 de diciembre de 2010

Sobre el mito del mejor libro leído



Si ahora me preguntarán por el mejor libro que he leído en mi vida yo me devanaría los sesos del alma intentando dar con una respuesta sincera. Pero no me atrevo. ¿Un solo libro? Ese tipo de libro en el que uno sigue, aunque hayan pasado tantos años y lecturas. Bien, me arriesgo. Escribo: El corsario negro, de Salgari (hay una traducción muy buena en Valdemar). Porque yo sigo en aquellas selvas, ya no muy lejos de Maracaibo, entre bichos de distinta índole. Seguramente lo habré dicho alguna que otra vez. Otro libro en el que pervivo es Humillados y ofendidos, de Dostoievski. Son libros que me vienen de pronto, o que simplemente no se han ido nunca. Libros distintos, leídos en distintas épocas y con distintos sueños y silencios. Más: Middlemarch, de George Eliot (la lectura en la edición de Alba no se puede olvidar, y acaba de salir otra muy interesante en Cátedra). O Resurrección, de Tolstoi (Pre-textos). O Moby Dick, de Melville, que leí en Círculo de Lectores. O Ángel Guerra, de Galdós, que ocupó mis cuatro días de “mili” (me dieron por imposible o inútil, con toda la razón del mundo, el brío castrense no era lo mío). Libros. El mejor, los mejores. Un imposible. A veces sólo fue un cuento. El primero de Borges, “La biblioteca total” (inmediatamente después leí “El Aleph”) o la primera vez con Oscar Wilde, o mejor dicho, con “El ruiseñor y la rosa”, que reconozco todavía me emociona hasta ese punto en el que los ojos se humedecen y cuesta confesarlo a los demás. ¿Qué es lo mejor? Para mí lo mejor está en La isla del tesoro, de Stevenson (el verdadero tesoro es la novela en sí misma y más en la edición de lujo de Edhasa), y en los poemas de Diario de un poeta recién casado, de Juan Ramón. Lo mejor son la vida y las cartas de John Keats que escribió y recogió lord Houghton. (Era verano de algún año de principios de los 80. Compré aquel libro porque lo encontré tirado en el suelo de una papelería lleno de polvo, porque era de Keats, y porque estaba encuadernado en naranja). Unas cartas y una vida que parecía que me iban leyendo por dentro. Pre-textos las editó con pulcritud en 2002, en la traducción de Julio Cortázar: Vida y cartas de John Keats. Un libro memorable, sustancioso para el alma de cualquier persona afecta a la poesía, o que se pregunte por el por qué de esa sensibilidad, de esa inquietud por las cosas que tenemos. Y lo mejor puede ser también el recuerdo que tengo de otras cartas, esta vez a Lucilio, y escritas por Séneca, y que siguen vigentes, como escritas hace unos pocos años (en Gredos). Como esas otras misivas enamoradas y puntuales y ceñidas a la poesía y a los poetas -sobre todo a los más amigos- que escribió el poeta Jorge Guillén, y que son el relato de un mosáico de alma y circunstancias, de la filología del amor y sus contradicciones y desvelos. Un epistolario magistral estas Cartas a Germaine (1919-1935) que han visto la luz en Galaxia Gutenberg.

El mejor libro. Por Dios. ¿Es posible? Ahora, en este instante, lo mejor son los poemas de Leopardi (Galaxia Gutenberg –aunque yo los leí en una vieja edición de Alfaguara). Y el rastro que Leopardi dejó de su pensamiento y de su corazón, de su alma y de sus sueños en el Zibaldone, donde iba anotando su dolor y la soledad, y sus inquietudes intelectuales y poéticas. Leopardi: tantos y tantos libros en su vida -decenas de miles-, ese anhelo por lo infinito y el consuelo de la poesía en esa herida que a veces es la vida. Su vida. El poeta Antonio Colinas escribió sobre ella un libro imprescindible: Hacia el infinito naufragio, que editó Tusquets. (La exquisita editorial Gadir ha publicado dos pequeños volúmenes con una selección temática de algunos textos del Zibaldone). El mejor libro. Y se me aparece Robinson Crusoe, de Daniel Defoe, novela que necesito releer cada poco. O al menos tenerla en mis manos (tengo la edición de Mondadori), e imaginarme, o sentir mi propia soledad en medio de este océano de sed y nada. Cada momento tiene su mejor libro. Con el tiempo aprendes a pensar “en libros”. Cualquier situación o trama te remite a uno, o a varios. Libros por dentro y por fuera. Esos libros que siempre tengo en la mesilla de noche, y digo yo que será por algo. La divina comedia, de Dante (Seix-Barral), las Memorias de ultratumba, de Chateaubriand (Acantilado), Escolios para un texto implícito, de Nicolás Gómez Dávila (Atalanta), los tres volúmenes de la Obra completa de Gabriel Miró (Biblioteca Castro) y la antología poética De otra manera, de la norteamericana Jane Kenyon (Pre-textos). Por este último libro juré amor eterno a Hilario Barrero, su traductor, quien me introdujo en el alma de dicha dama de Michigan. Y de esta mesilla de noche voy escanciando según necesidad. Por ejemplo ayer tarde. Pero sucedió algo curioso. Saqué los dos tomos de Chateaubriand, dispuesto a leer por cualquiera de sus páginas. Ya no recordaba que detrás había más libros. Iba extrayendo: Azorín, un Quijote, varios volúmenes de Miguel d’Ors, Gil de Biedma, y de pronto me encontré con el Cancionero de Unamuno, también en una edición de la Biblioteca Castro. Ya no recordaba que estuviera allí. Y pasé un buen rato leyendo poemas de dicho cancionero y mirando cómo la luz se iba apagando en la habitación.

No existe el mejor libro. Puede que sí exista el mejor lector. O el mejor lector de cada libro, o relato, o poema. Ese lector que revive en el lenguaje, o que renace en otros personajes, o que lee su propia alma en el papel.

miércoles 15 de diciembre de 2010

De la sabiduría que da el matrimonio




Bueno, pues ya está. Ya abandoné la divina juventud
y las mañanas enteras hurgando entre libros.
Me casé con la belleza y tuve hijos
a los que veo crecer muy deprisa.
La casa era pequeña por entonces y pasábamos frío,
pero, ¿quién se acuerda de aquello?
Porque de repente estoy aquí, en otro siglo.
Y la belleza es cada vez más hermosa
y a su lado he aprendido
a hacerme una idea más cabal del hombre
y de la felicidad, y de la dimensión sobrenatural del tiempo
(con toda su historia de dolor y silencios).
La madurez es tener paciencia con la vida
y aprender a planchar con esmero las camisas, por ejemplo.

Una voz femenina me llama por mi nombre.
Y les aseguro que, al escucharla, soy más feliz
que hace tres o cuatro versos.

martes 14 de diciembre de 2010

La felicidad requiere un esfuerzo



Hay que proponérselo. La vida de piedad es como todo: un cúmulo de esfuerzos. Y el rescoldo del amor, que siente la necesidad de lo genuino, de verse crecer en más fuego. Hay que proponérselo, sí, de acuerdo, pero también ser dócil al Espíritu, a esas inspiraciones que uno percibe. ¡Cuántas veces nos parece que llegan en mal momento! Y seguimos con lo que veníamos haciendo. Esto ocurre. Nos ocurre. Lo posponemos, no apetece. Pero si decimos “sí” y rezamos ese rosario o leemos los Hechos de los apóstoles, por poner unos ejemplos, el alma se acerca a Dios. Inapelable, cierto. Sólo ha sido cosa de un pequeño esfuerzo, de un acto de amor específico. La vida cristiana necesita de esos momentos de fuego. Nutrir al alma de piropos marianos, o de esas palabras de la Sagrada Escritura que narran, sin ir más lejos, la frecuencia entre los primeros cristianos del ayuno y de la oración para sacar adelante su fe en la sociedad de su tiempo, en las almas de su tiempo.

Ser fieles a Dios. De eso se trata. De eso trata la felicidad, si es que la queremos. Ir dejándonos llevar por la gracia, poner por obra lo que decimos creer. Amar en concreto. Con una jaculatoria (¿quién dice que es pequeña?), o con la liturgia de un trabajo a imagen y semejanza de Cristo (es decir, puntual, acabado, bien urdido). Piedad: el amor hecho vida, o la vida hecha amor. La vida enamorada de la intimidad de Dios, que se manifiesta constantemente a nuestro alrededor, y en el alma, adentro. Propósito renovado de ser santo. Porque es posible, porque Dios lo quiere, porque no es otra la vocación del cristiano. De cualquiera. Sin excesivas disquisiciones. El corazón decidido, afirmativo, humilde, optimista. Santos nos hace Dios. El primer requisito es querer. El segundo querer. El tercero querer más aún. Más todavía. Querer con voluntad y querer de corazón. Levantarse, pedir perdón y seguir en el empeño. Empeño, como digo, de piedad, de actos concretos de amor. De afán, de generosidad, de entrega.

Ser cristiano. Querer. Enamorarse. Querer enamorarse. Nutrirse de Dios en cualquier situación de la vida. Darse. Afrontar la aflicción contemplando la Cruz, profundizando en el costado redentor de Cristo. Y sentir los entresijos de una inconfundible alegría, de esa paz que anhela el hombre. Proponérselo. Esta vez sí que sí. Con aplomo. Amor con amor se paga. Con piedad de niños. Poniéndonos de puntillas sobre el alma. Poniéndonos de rodillas para ver mejor la entraña de Dios, que nos busca siempre, que nos llama, que espera cualquier excusa para hacernos sus confidencias de Amor. Ser cristiano significa no dejar a Cristo para luego. Ya, ahora mismo. Decírselo. Escucharle, poner un poquito de más atención a la magnitud sobrenatural de la que estamos hechos. Dentro de un rato no, ahora, ya mismo. El amor apremia. La felicidad no admite más retardos. Y todo esto requiere un esfuerzo. Constante.

lunes 13 de diciembre de 2010

“Miguel Ángel (Obra completa)”, de William E. Wallace



En medio de esta blasfemia mundial en la que vivimos uno puede cobrar fuerza de distintas formas. En la amistad con Dios, en la familia, en el regocijo de la naturaleza, en el alma de un amigo… Y en esa fuerza esperanzarnos, desafiar al miedo y a la estulticia ambiente. Rebelarnos de una vez contra el infierno y sus secuaces. Rebelarnos, hacer posible en nuestras vidas un amor que levante muy alto la cabeza y vuelva a fijar la mirada en Dios. En Dios y en todo lo que ello significa. Son demasiadas las vidas que se mueren de hambre y de sed y de violencia. Exacto. Pero todavía son más las que se mueren literalmente de asco. ¿O no? En Oriente y en Occidente, y en los dos hemisferios. El hombre ha perdido la capacidad de ser feliz. O estamos en ello. Náufragos entre cientos de miles de otros náufragos. Correveidiles de calumnias y enredos. Justificando la marranada o lo repugnante si trae algo a cuenta. Rebelarnos, rebelarnos. Alzarse contra el bodrio, contra lo feo, contra la castaña supuestamente intelectual. Alzarse por un igual contra un arte chusco y mercachifle. El arte, cualidad espiritual del hombre, ¿dónde, dónde? Sólo veo tenderos y feriantes. Un gatuperio exuberante. Cuando en el arte deberíamos hallar ese matiz donde está el alma, esa pureza que anhelamos todos los hombres, ese destino de Belleza. El arte: signo de eternidad.

Uno de los más grandes artistas que han existido es Miguel Ángel Buonarroti (Caprese, 1475- Roma, 1564). Todo un arte en sí mismo. Universo de milagros, oración de los sentidos. En los colores y en la piedra. Diseño armónico de arquitectura. Tacto de esculturas que cobran vida. Pinturas donde se esboza el misterio de Dios y del hombre. Incluso literatura (ver los Sonetos completos editados por Cátedra). Y todo ello en un libro, con fotografías que ahondan en detalles desconocidos, con un concienzudo estudio erudito, con primeros planos de una belleza que fascina, con dobles páginas donde se extasía el espíritu a sus anchas. Esas venas que circulan por la piedra, el pulso de las pinceladas, la fuerza toda de una humanidad que da gloria a Dios por su mano. La expresividad, los símbolos, los cuerpos que se revisten de alma. La excelencia del arte, la sinfonía de colores que se funden a la luz. La obra toda de Miguel Ángel: un don que ilumina la historia del hombre. La grandeza del amor a Dios. El cincel que va sacando a la luz lo invisible. El pincel que va delineando los gestos de sibilas y profetas. La tinta que dibuja a Cristo, o que traza volúmenes, o que se sube a la altura de la divina perspectiva. El origen: la Belleza. El origen de toda belleza. La recreación del origen. Cuerpos magníficos, columnas, imágenes de ángeles. Almateria. El mismo instante de la creación del hombre. Y el artista que trabaja, que percibe, que se inspira, que da gloria a Dios en San Pedro o en La Capilla Sforza o…

Cuando el lector va contemplando todas las páginas de este libro no puede reprimir el asombro y la admiración. ¡Qué alma la de Miguel Ángel! ¡Qué forma tan precisa de nombrar a Dios con el arte, de sacar a relucir el esplendor divino del hombre. Ya no el lector, el contemplador siente un impulso de humildad y de oración. ¿Cómo explicarlo de otra manera? Anonadado, emocionado por la perfección de una sencilla voluta, o de una mano. El libro que ha compuesto William E. Wallace -publicado por Electa- es majestuoso. Un renovado Miguel Ángel se presenta ante nuestros ojos. Es la historia del alma del hombre. Es la historia del alma del artista. Es un compendio de poesía, de maravilla, de estética, también de indagación en la fe cristiana. Poesía, poesía. Materia y alma. Wallace escribe que “en la vejez del artista, su creatividad pasó a expresarse a través del dibujo y de la poesía”. Pero la Poesía es la quintaesencia de toda la obra de Buonarroti. Sin duda su arte es una parte no pequeña de la herencia que ha dejado Dios al hombre, a cada uno de nosotros. Yo así lo siento, así lo veo, así lo constato.

domingo 12 de diciembre de 2010

Soledad y silencio



Cuando el día es sólo un alboroto de tiempo,
sin nada que justifique su don, es hora
de preocuparse debidamente, de abrirse paso
entre la maleza del paripé que ahoga nuestras vidas.
Os lo digo: añoro la soledad, esos momentos
en los que el alma deja de ser una entelequia.
Porque tengo fe en el silencio.
En su centro está mi creencia,
la presencia de una conversación infinita.
Lejos de la superstición que se acostumbra,
lejos de la demacrada apatía del ruido.
Necesito que cada minuto sea el principio
de un enamoramiento,
necesito que en cada minuto quepa un poema
y en el poema una música y en la música
esa quietud que todo lo transforma.

sábado 11 de diciembre de 2010

“La lechera”, un cuadro de Vermeer



Una mujer sencilla, del siglo XVII holandés. Puede que vecina del pintor, de Johannes ver Meer. O Vermeer. Una mujer joven, guapa. Quizá, en su pose, simule estar preparando el desayuno, o un dulce. O sólo acabe de llegar, para dejar un poco de leche en la casa. Pero la sensación es de una naturalidad envidiable. No han pasado los siglos por ella. Ahí está: humilde, llena de candor, trabajadora. Su mirada pendiente de la leche, y puede que de reojo también atenta al pintor, que observa cada pliegue de su alma y de su ropa, cada detalle de las formas y del color. La escena es entrañable. El delantal azul recogido en la cintura, la piel blanca de sus antebrazos (blanca como esa leche que mana de la jarra de barro), el femenino rostro pensativo, el tocado que nos impide ver cómo la luz se enredaría en su pelo… Una escena cotidiana, donde el espectador asiste asombrado a la cualidad espiritual de todo lo humano. Basta el rincón de una cocina (o la habitación que fuere), basta una mujer y las cosas que la rodean. Y esa luz que, desde la ventana, alumbra el mundo y dota a esa acción -a cualquier acción- de una eterna expectativa. Una ventana por donde entre un poco de brisa, pues uno de los cristales está roto. Brilla la piel, brillan los reflejos en la porcelana y en los objetos de metal. El pan está como incandescente. Me parece como si temblara ese hilo de leche, como si escuchara su líquida caída de luz. La escena no se está quieta. Sientes el antes y el después; el roce de la falda roja por el suelo, el crujido del cesto de mimbre, las voces de la calle, la respiración de esta mujer joven (también la del pintor, que desliza el pincel por el lienzo del tiempo). Sientes ahí la armonía del mundo, la vida que late en el arte. Y el fondo de esa pared tan blanca, que también es lienzo -y realce y contraste- que no deja de interrogarte sobre lo que realmente es el fundamento de lo que somos y vemos. Miro la mano izquierda, que ayuda a sostener el cántaro. Imagino la caricia de esa mano, el amor que atesora. Me gusta demorarme en esa mano, en su aristocracia de sueños. ¿Qué sería de esa mujer al terminar el pintor de pintar su cuadro? ¿A quién acariciarían esas manos? ¿Y sus ojos, que ahora se afanan en tareas domésticas, de qué color serían, qué lugar preferirían para soñar con más precisión su vida? Pienso en su cansancio al concluir esos días de posar para la luz, esa luz que se iba sedimentando en su alma, igual que lo hace en nuestra mirada desde este cuadro que pintó -¿en Delft?- Johannes Vermeer en el siglo XVII.

viernes 10 de diciembre de 2010

Una vida de luna y llama




Nada es igual al amor de Ana.
Fijaos que verso más exacto
para dar comienzo al poema
en su apariencia de palabras.

Nada es igual al amor de Ana.
A su lado la vida es más
perfecta, en todas sus caricias.
La belleza es estar con ella.

Nada es igual al amor de Ana.
Alrededor de su cintura
gira la ternura del mundo
y me encuentro dentro de su alma.

jueves 9 de diciembre de 2010

ELOGIO DE LA AMISTAD




La amistad. Los amigos. El amor de amistad. Su valor, el orgullo. La confidencia, el abrazo, unas cervezas. Una puerta abierta. Ven, siéntate, ¿qué te preocupa? Dime, por favor. Miradas y cartas y correos que se cruzan. Interminables conversaciones o silencios que dicen lo que piensas. El cariño que se hace presente. Una voz, un gesto. La amistad. El afecto leal. Estar pendiente del dolor del amigo, compartir sus alegrías como propias. Amor del bueno. Una cita en donde siempre, un par de cafés (el mío descafeinado gracias), unos poemas. A veces un poco de paciencia, nadie es perfecto. A veces el dolor es más fuerte, y llora con el amigo. A veces, ¡tanto tiempo! Pero está ahí, siempre ha estado ahí el amigo (escribe Séneca: “Al amigo se le ha de poseer dentro del alma, y aquí él nunca está ausente: a todo el que ella ama lo contempla cada día”). Basta una palabra, o una renovada sonrisa. Una palabra amiga para salir del bache, o para volver a Dios, ¿quién sabe? Siempre comprensión, y perdón, y llamar la atención o apercibir si es preciso. Deber de amor, derecho del amigo. Mirarse, quererse, fiarse. “Es mi amigo”. No una amistad mundana que se queda en nada. No una amistad interesada y traidora. La verdadera amistad es la que se fundamenta en el alma, en el desprendimiento del yo. Los amigos como bendición y gozo; como refugio. La mutua ayuda, un buen paseo por la vida. Y hablar de lo humano y de lo divino. Ese cariño que digo, ese amor que es el quicio y la fortaleza.

La amistad es una gracia de Dios. La amistad es una necesidad absoluta del hombre bueno, de todo hombre si quiere optar a la virtud, y desarrollarla. Esa necesidad de compartir o desahogarse, de buscar consejo, de quitarse de en medio tanto desasosiego como se prodiga. O simplemente de pasarlo en grande, de relajarse, de entusiasmarse. El amigo, esa persona que es depositaria de nuestros sueños y planes, que es el que mejor conoce la cartografía de nuestra esperanza. La amistad es convivencia de libros, trabajos e ilusiones; de aficiones y horizontes nuevos. La amistad, los amigos. Su valor, su medicina, su reciprocidad. Las risas compartidas después del último chiste. Repasar juntos las noticias, la radiografía espiritual del mundo y de la patria. Izar juntos la bandera del alma y de la vida por encima del odio y de la muerte. Diálogos infinitos, y más y más confidencias… “Ya no os llamaré siervos, sino amigos”.

Todo esto lo escribo a raíz de la lectura de un libro extraordinario. Lo tengo aquí delante, sobre mi escritorio. Un libro hermoso, vivo. Una lectura que es el mejor regalo. Elogio de la amistad. Con una antología de diversos textos clásicos. Un homenaje espléndido que la editorial El Buey mudo hace de la amistad. Con textos capitales de La Biblia, Homero, Platón, Aristóteles, mi amado Cicerón, Plutarco, Séneca, Luciano de Samósata, San Agustín, Santo Tomás de Aquino, la bellísima Epístola a Boscán de Garcilaso de la Vega, etcétera, con un colofón de aforismos. Textos seleccionados por José María Gimferrer Vallhonrat en una edición que es primorosa. Y el alma se conmueve leyendo y releyendo, y aprende (la amistad no deja de ser una de las más delicadas pedagogías). Un libro que se abra por donde se abra nos dará luz, nos ilustrará el corazón y su perspectiva. ¿No se dice de los libros que son los mejores amigos, los más fieles? Libro que nos llevará a reflexionar y a regocijarnos, libro que servirá para agasajar a familiares, compadres y demás contertulios. Un obsequio impecable.

miércoles 8 de diciembre de 2010

A la Virgen Inmaculada




Quisiera regalarte un poema, Madre.
Un poema con muchas flores dentro.
Jazmines, iris, crisantemos, rosas...
Con esas pocas cosas que son mi vida
ofrecerte lo que soy: un poema imperfecto.
Pero transparente, sin nada superfluo.
Y que leas en cada palabra una mirada.
Una mirada que sólo desea mirarte.
Una mirada muy pequeña, de niño grande.
Quiero regalarte, Madre, todo lo que tengo;
y hacerlo verso, canción, pureza, arte.
María, mi dulce Reina Inmaculada,
ayúdame a ser mejor hijo: más Cristo.

martes 7 de diciembre de 2010

Pasión por lo que uno hace



Hay gente que tiene miedo a no ser nada en la vida. A no dejar su impronta, un signo -por pequeño que sea- que atestigüe su presencia en el mundo, su visión de las cosas, su huella, su personalidad, su paso. Ese miedo lo sufrimos todos alguna vez. Y deambulamos, y nos apresuramos a llegar a ser. Queremos destacar en algo, desarrollar la aptitud de nuestra alma (a mí me gusta decirlo así). Queremos ser recordados porque es una forma de morir un poco menos. Nos urge sentir que servimos, que ponemos manos a la obra de nuestra vocación, la que sea, y que se nos reconoce. Pero, ¿a qué llamamos no ser nada en la vida? ¿A ser económicamente limitados y no poder permitirnos ciertos lujos? ¿Es eso? ¿A qué llamamos no ser nada en la vida? ¿A vivir en un rincón del mundo, haciendo lo mismo día a día? ¿Llamamos no ser nada a la monotonía de un trabajo, a su rutina? En el fondo de todas estas preguntas está la gran pregunta: ¿Qué quiero hacer de mi vida? Y quizá sea bueno marcarnos un objetivo, o varios. Y esforzarnos por conseguirlos. Luchar por hacer de nuestras vidas un asunto especial, aunque sólo sea para unos pocos. O quizá sólo para Dios.

Todos somos algo en la vida. Porque todos somos algo para alguien, quizá sin saberlo, o quizá sólo en un remoto punto de la nostalgia. Todos tenemos un aspecto que nos hace únicos. Y no me refiero a los defectos, que son quizá las necesarias sombras que realzan los primores de la luz. Todos tenemos alma y corazón, y emociones que se manifiestan en distintos lenguajes. Y razón que cavila. Precisamente no ser nada en la vida es olvidarse del alma, y es convertir el corazón en un vertedero, y hacer de la razón un bien de muy escaso uso. No ser nada en la vida es dejar de pensar en la vida como una perspectiva de felicidad. El que nunca será nada es el egoísta, el que realiza la apuesta en exclusiva a su propio interés. Porque para ser algo, la vida hay que compartirla; y encariñarse, y preocuparse, e incidir en los demás. Quizá levantarse a hora fija, subir la persiana y echar una ojeada por dentro. Y dar un beso como Dios manda. Y no quejarse. Y saber escuchar...

Ser algo es no amilanarse por nada y aplicarse en la vida con el debido trabajo. Es perseverar en el empeño del alma, en lo que nos hemos propuesto. Con esa seguridad que da el amor, con esa pasión por lo que uno hace.

lunes 6 de diciembre de 2010

Ramón Gómez de la Serna (Obras Completas)



En literatura pasamos demasiado deprisa por determinados autores. Si es que pasamos. En literatura más que a un plan sistemático o de estudio estamos habituados a ir de aquí para allá, llevados por esa alucinante alcahueta que es la curiosidad. Son muchos los libros que dejamos a mitad. ¿Es que no nos gustan? Puede ser (y cada vez “es” más a menudo). Pero en muchas ocasiones ocurre que salta la liebre de otro libro, de una expectativa que nos parece más interesante. Y digo esto porque sufro de esta inquietud, de esta falta de fijeza o de voluntad. Los libros se entrecruzan como por ensalmo. Se amontonan en distintas habitaciones e ilusiones. A veces falta el aliento -y no es cuestión del número de páginas-, la fuerza, la paciencia o las ganas. O simplemente la vida se tuerce y no estás para muchos libros. Aunque en dichas “torceduras” a veces un poema cura, o unas páginas de alguien.

Pero lo que es cierto es que la literatura hay que paladearla, darle vueltas por el alma y la inteligencia. De lo contrario no calamos suficientemente su aventura, su trama. Nuestra aventura, nuestra trama. De las muchas lecturas que puede tener un libro nos quedamos con la más superficial o roma. ¿Qué queda? Poca cosa: la anécdota. Pero bueno, a lo que iba, la vida va que vuela. Y recuerdas la primera vez que leíste a Ramón Gómez de la Serna, un volumen de Greguerías. De aquello quedan unas risas, y la sorpresa de lo inaudito. No mucho tiempo después, en la vieja editorial Guadarrama, me hice con los dos volúmenes de Automoribundia. Creo que fue cosa del título, y de la fascinación que sentía por el personaje. Me interesaba su vida -las anécdotas-, no tanto su obra. Y de aquello quedó apenas un rumor de páginas y un par de noches despierto. Y el recuerdo de los 16 años. Que no es poco.

Y hasta ahora, hasta hace bien poco. Han pasado por uno multitud de escritores. Unos pocos se me han ido quedando dentro (a los que de cuando en cuando se suma otro). Alguno hay que sale y vuelve a entrar por méritos propios. O lo hay que se va muy lejos, hasta perderlo de vista. La literatura es así, y así el gusto de cada lector, que nunca se está quieto y que se pule con el tiempo, o más bien con la experiencia del corazón. El caso es que llegó a mis manos un volumen de las Obras Completas de Ramón Gómez de la Serna que ha ido publicando Galaxia Gutenberg /Círculo de Lectores. En concreto el volumen XVII (Retratos y biografías II) donde se incluyen los diversos “retratos contemporáneos” que fueron apareciendo entre 1941 y 1961. Gente de su época, unos más pintorescos que otros. El esfuerzo editor es ímprobo, palpable, objetivo, pero lo que a mí me interesa es la obra de Ramón, su prosa. ¡Dios mío, lo que me he estado perdiendo!

Las descripciones o retratos de Juan Ramón Jiménez, de Eugenio Noel, etc., son un dechado de maravilla, de pericia. Lo digo con admiración. Poco a poco va delineando la vida y la obra, con el ritmo de una prosa que va directa al alma de la cuestión, de la persona. Conjuga la riqueza y cadencia de su vocabulario con un significado lleno de matices. Sin afectaciones que valgan. Hacía tiempo que como lector no disfrutaba tanto del idioma español. Hacía tiempo que mi idioma no me llevaba tan lejos, no alumbraba tan bien la realidad de las cosas en sí, con tanta poesía dentro. Me acordaba de Gabriel Miró y de Azorín. Tan pulcros, tan diestros… No importa que se me note el entusiasmo. Y la gran alegría es todo lo que aún me queda por leer de Ramón, que en la historia de nuestra lecturas se nos ha ido quedando a todos un poco a desmano. Me parece.

domingo 5 de diciembre de 2010

“El fin de los libros”, de Octave Uzanne



Las llamadas “grandes superficies” son parte del reducto donde se refugia el tedio contemporáneo. Tienda tras tienda. Consumo de frivolidad y otras apetencias. Familias, parejas y la soledad de otros que pasean por esos enormes pasillos de indiferencia. Escrutinio agotador de cosas. Y ya sé que todo esto no tiene nada que ver con los libros, pero es que por los inextricables misterios del matrimonio (¿cómo vas a decir que no al amor de tu vida, aunque de por medio no puedas evitar un mal gesto?) hace unos días acabé en una de estas “superficies siderales”, donde todo brilla. Una vez allí dije: “te espero en la librería”. Una de esas librerías inmensas, donde la agorafobia hace que uno se agarre desesperadamente a los libros. O a las estanterías. No encuentro, no encuentro… “Señorita, por favor, ¿me puede indicar dónde está la poesía?”. No dije “los libros de poesía”. Dije “la poesía”. Pero de eso me di cuenta más tarde. Y la chica -no muy alta, pelo castaño, mirada inquieta- tuvo a bien acompañarme “a la poesía”. Incluso hablamos un rato. De libros, claro. Noté que estaba cansada, saturada de libros y de horas. Se despidió con una sonrisa. Y allí me quedé, en medio de todos esos cientos de volúmenes en estricto orden alfabético. Pronto curioseé entre las novelas, luego entre esos libros enormes de arte o actrices de Hollywood (en ese momento preferí el arte y el trasluz y la figura de las actrices) y terminé en los más variopintos ensayos. ¡Ay, el mundo de los libros! Allí me pregunté por su futuro. Estaba yo solo. El resto de supuestos clientes merodeaban entre ordenadores, e-books y demás cacharrería. La incidencia de tanta tecnología es un hecho. Recuerdo que me pregunté: ¿Hasta cuándo durarán los lectores?

Y este preámbulo ha venido a cuento porque justo a los dos días compré El fin de los libros, de Octave Uzanne (1851-1931), editado por Gadir con la precisa traducción de Elisabeth Falomir Archambault. Lo reconozco, me hago con todos los libros que hablan sobre la pasión por los libros y sus diversas manifestaciones y preocupaciones. No sé si es manía o qué. El caso es que disfruto y cavilo y cada vez me convenzo más: no me preocupa para nada el futuro del libro, lo que me preocupa de veras es el futuro -que ya es presente- de la estupidez humana. En fin. El caso es que vi el librito y me lo llevé a casa (previo pago). Esa misma noche lo leí. Consulté en mi historia de la literatura francesa favorita (Cátedra), pero me dejó en la estacada. Ni una palabra de Uzanne. En Internet me enteré de algo. Un asunto me gustó: fundó la Sociedad de Bibliófilos independientes. Por otra parte escribió no pocos ensayos y novelas, que espero vayan traduciéndose. El fin de los libros se independizó pronto. Formaba parte de Cuentos para bibliófilos, escrito al alimón con Albert Robida. Imagínense a un grupo de bibliófilos y estudiosos. Por supuesto en Londres. Acuden a una conferencia. ¿Qué hacer a la salida? Cenar. ¿Qué otra cosa? Cenar y seguir de palique. Destino: el Junior Athenaeum Club. Y allí se fueron los amigos. Todo muy selecto.

La conversación fue enjundiosa y vibrante. ¡Qué hombres aquellos! El autor recrea perfectamente esa curiosidad universal. No sin cierta retranca. El genio humano prevalece y dirime sobre temas inquietantes y profundos. Cuando lean el librito serán testigos de todo ello. Hasta que Arthur Blackcross, fundador de la Escuela de Estetas del Mañana, interroga al alter ego bibliófilo de Octave Uzanne sobre qué será de los hombres de letras y de los libros en los siguientes cien años. ¿Qué responde? La ironía es grande. Leer supone demasiado esfuerzo, “un gran cansancio”. Algo que la comodidad no va a seguir permitiendo por mucho tiempo. Se requiere más pasividad. Igual que el ascensor acabó con las escaleras, dice. Los ojos tienen derecho a un descanso, después de tanta explotación. El fonógrafo será lo nuevo. “Leer” a través del oído. Y la verdad es que Uzanne anticipa cosas. Los libros grabados fueron -y son- una realidad. E igualmente dirá que “el autor se convertirá en su propio editor” (es otra realidad). Eso sí, con su voz. O “la máquina de escribir, que será entonces muy sofisticada” (nuestros ordenadores o computadoras, capaces de cualquier cosa). La bibliofilia se salva, reconvertida en fonografilia. Total, que según su tesis desaparecerán los libros y con ello el insoportable “mandarinismo literario”. Todo será muy automatizado y casi instantáneo. Y yo pensaba en Internet.

Pero hay algo que escribe Uzanne en lo que he pensado más de una vez. Los excesivos libros. Son millones los títulos editados al año. El autor lo expresa así: “¿No sentís ya que sus excesos lo condenan?” (se refiere al libro). Exceso es la mediocridad, exceso es el número. El fin de los libros es una reflexión, con pinceladas de hipérbole e ironía y fantasía. Y es, sobre todo, una crítica a lo desmedido, y un apunte autobiográfico. Imagino a Uzanne ante su inmensa biblioteca. Acaba de llegar a casa con un par de libros exquisitos, auténticos hallazgos. Conseguidos a muy buen precio. Con ellos se sienta… Quizá piensa en el por qué de semejante esfuerzo. Y en qué parará todo esto de los libros. Y se le escapa un profundo suspiro antes de cerrar los ojos e imaginar el argumento de este cuento.

El fin de los libros es una delicia. En forma y contenido. Le hace pensar y sonreír a uno. Y sea cual sea su destino -el de los libros- sentir la fraternidad de todos aquellos que precisamente porque aman los libros, no pueden imaginar el mundo sin ellos. De todos aquellos que, como yo, comprarán sin remedio este librito de Octave Uzanne.

sábado 4 de diciembre de 2010

He ido a ver a la Virgen



Zaragoza. España. Constante fluir de gentes de todos los puntos del planeta. Peregrinos marianos. Durante todo el año la Virgen del Pilar recibe a sus hijos, escucha las confidencias, las peticiones, los abatimientos. Escucha y conforta. Se oyen los cánticos, se sucede la liturgia. María. Fotografías de niños junto a Ella, junto a su manto bordado en virguerías de cariño. Se intuye la sonrisa de Dios Hijo. Milagros que no vemos (pero que sabemos). Rosario de almas y de flores. Colorido de banderas. Bendita seas Madre. Bendita. Vidas y más vidas que caen de rodillas, que rezan. Gente sencilla. Gente que ha ido a ver a la Virgen, como yo. Y la Madre de Dios que atiende a todos, sin dejar ni uno. Un constante murmullo de almas. El Pilar desgastado, la piedra pulida por los besos. Labios sobrenaturales, una fe renovada. Madre, Madre. Mamá. Virgen mía. Un reloj da las doce. El ángel del Señor anunció a María. Y concibió por obra y gracia del Espíritu Santo. Plata repujada, labrada por siglos de fervor. Se remansan los corazones en el rezo de la Salve. ¡Cómo cuesta irse! ¿Dónde mejor que con María? Emociona el constante discurrir de tanta gente. Emociona la piedad de una señora que llora, o la de ese chaval que se apoya en una columna sin quitar ojo de su Madre. Pueblo llano, cristiano. Pueblo que ora, sin rarezas; almas en busca de alivio o de consejo. Música. El crujir de la madera de los bancos. Las llamas de las velas. La pintura de Goya. Y el dolor que suspira. He ido a ver a la Virgen, como todos. He ido a dejar mi vida en sus brazos. Con el tiempo no pides tanto: miras. Y te encuentras con Su mirada a creces. María, mamá, Madre mía. ¿Qué hago con las palabras, qué digo? Si lo mío es callar, estar contigo, en tu cobijo, en el seno donde acunaste a Tu Hijo. Entonces miras el sagrario, miras a Cristo, y descubres lo que María quiere: que vayamos al Hijo de Dios. Que volvamos. Que confortemos a Dios de tanta maldad, de tantos quebrantos. La Cruz sigue vigente, y el escarnio. Pero también la misericordia de la Misa, del sacrificio, de la absolución. Aunque nos durmamos en el huerto -como aquellos otros apóstoles-, o huyamos, o reneguemos de Su nombre a base de extravagancias y vilezas. María nos indica, nos sonríe. Abogada de los pecadores y tullidos. Amor de Madre. Femenino tacto. Su sonrisa está presente en cada alma que viene a verla. Nada está perdido. Nada. El órgano prorrumpe en un intenso estremecimiento. Del bolsillo sacas el rosario, y lo aprietas en tu mano, incapaz de otra cosa. María, mamá, Madre mía.