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Reflexiones, poemas, escorzos de vida, fe de lecturas, noticias de amigos... No pretende ser un desahogo, más bien un diálogo. Un demorarme en el resplandor de nuestra existencia. Y en su literatura.


martes 30 de noviembre de 2010

La vida ordinaria



La vida ordinaria, la de diario, es fascinante. Una vida discreta, sin llamar excesivamente la atención de nadie. Emparejar los calcetines, escribir lo que te da la gana, colgar los abrigos donde estaban, limpiar a besos una determinada imagen de San José o una fotografía. Una vida con sus aventuras en miniatura, buscando los papeles del médico o unas gafas violetas. Lo mejor llega cuando se atasca el desaguadero de una ducha o limpias el vaho de un espejo (antes dibujas en él con el dedo índice un corazón o una circunferencia). Y te sientas en una silla cualquiera para dar gracias a Dios por algo como el sentido de la vista. Una vista algo cansada ya -de tantos libros y de tanta vida- pero que es por la que miras. Lo malo es que se van amontonando las cosas por todos los rincones. Y tienes una sensación como de impotencia. Hasta que descubres que es mejor no dar excesiva importancia a todo eso. La justa, ni más ni menos. Luego está el desorden natural de una casa con hijos, donde parece que se reduce la vida a volver a poner las cosas en su sitio. Una vez, y otra vez. Si lo piensas, eso es lo bueno. Jamás te aburres, haces gimnasia y en los consejos que das a los demás aprendes que tienes que mejorar tú mismo. Es apasionante, es cogerle el ritmo. Pero la vida ordinaria no tiene nada de ordinario. Es una maravilla poética (a la que se llega por el sacrificio), una mística torrencial de amor, de ofrenda. Sin darse uno cuenta afina el alma entre riñas y risas, entre los exámenes o deberes, y poniendo la mesa (sin que nadie te lo diga). Una bombilla recién fundida puede dar origen a controversias de lo más originales, y alrededor de la impresora se monta de repente una entrañable tertulia familiar. La vida ordinaria es repetir mil veces que no toques las paredes, que reces y estudies, que lleves la ropa a lavar o que ya va siendo hora -“no tienes palabra”- de que dejes de fumar. O decir sin más: “dejadme un poquito en paz”. La impresión es que todo sale al revés, y ese cansancio, y los desaguisados del alma. Pero Dios no falla. Eso es, en mi caso, lo extraordinario de la vida ordinaria: la presencia de Dios. Es lo que pienso mientras recorto de una revista unas fotografías de unos almendros en flor y de un cuadro de Hopper (“Colina con faro”), y luego miro durante un buen rato cómo la luz ondea en el agua del lavabo.

lunes 29 de noviembre de 2010

Compromiso con lo que realmente cubica




Me siento comprometido. Con Dios, con mi familia, con mis amigos, con la gran literatura, con la naturaleza, con lo que escribo… En un compromiso de amor. No puedo decirlo más claro, aunque esto me acarree la indiferencia o la ironía. Porque lo que realmente me importa es ser feliz. Mejor dicho: lo que verdaderamente me importa es hacer felices a los que me rodean. Incluido Dios. ¿Qué otra cosa merece la pena? Yo mismo intento creer que hay otras causas, pero siempre vuelve el alma al principio. De lo contrario me disipo en un olvido que hace de mi sonrisa una mueca falsa.

Sé que nombrar a Dios le pone a uno en un brete ante el mundo y su aparente fulgor. Hiere la indiferencia burguesa de muchos que no perdonan el peso de su tristeza. Sé también que la palabra “alma” puede desbaratar cualquier prestigio, cuando la realidad es que su esencia nos salva de la decrepitud. Y es que tenemos miedo de ser nosotros mismos. Un pavor tremendo arrastra nuestra voluntad al silencio. Nos arrugamos y sentimos como una inseguridad que nos precipita a la tibieza.

No ser fieles a nuestros compromisos -se mire como se mire- es la manera más tonta de no ser feliz. Porque la felicidad es causa de una coherente gallardía moral. Invertir los términos significa que sea plausible cualquier error. Y la persistencia en ese error se magnifica en un comportamiento personal incontrolable, donde lo más fácil es seguir la corriente de la especulación social. Y nos escondemos el alma en el bolsillo, no vaya a ser que alguien descubra que uno reza o que es fiel a su mujer.

Dios, la familia, los amigos, la gran literatura, la naturaleza o ese poema que acabo de escribir, exigen que uno trascienda su propia inopia, esa imagen de si mismo que transita por el espejo curvo de la fantasía. Exigen una actitud humilde, lejos de la retórica efectista que ahora se estila y que se repite con machacona insistencia en la programación televisiva. Lo bueno ha dejado de ser noticia. ¿Hasta cuando? Pues supongo que hasta que perdamos la vergüenza de ser lo que somos: cristianos. Con sencillez y valentía.

domingo 28 de noviembre de 2010

Columna de libros rematada con fotografía familiar



Para Laura Dueñas


A mi izquierda hay una columna de libros que apenas me deja escribir. Por el escaso espacio disponible (tantos somos sobre esta mesa). Dicha columna, formada a base de los estratos que nos procura el tiempo y la literatura, está rematada por una pequeña fotografía de mis abuelos maternos. Ahí arriba los tengo, sobre un volumen azul de las Cartas de Cicerón editadas por Gredos. Frecuento su mirada e intento recordar sus voces, sus gestos. Ahora mismo acabo de darles un beso, de poner mis labios sobre el frío cristal (espero se me perdone esta digresión sentimental). Me agrada tenerlos cerca. A los abuelos y a los libros. Me agrada leer sus títulos y, teniendo mucho cuidado no se desmoronen, escoger alguno de cuando en cuando, y leer un cuento de Stevenson, Mann o Mavis Gallant. O lo que más me tienta: escudriñar en el voluminoso diario que Bioy Casares fue escribiendo sobre sus encuentros con Borges. Me tienta por lo que tiene de curiosidad, de citas de títulos que todavía no conozco, de anécdotas, de vida entre libros. De vida entre libros, eso es lo que más me regocija. También les limpio el polvo con los dedos y me quedo pensativo de improviso, mientras hecho una ojeada al cielo. Hay varios libros de Rilke. Con la poesía de Rilke me ocurre algo peculiar: soy incapaz de leerme un libro suyo de un tirón. Me explico. Tomo un libro y apenas leo un par de poemas o tres. Y me hospedo en ellos durante días (con sus noches y demás sueños). Los releo en voz alta e incluso llego a copiarlos, como si Rilke los estuviera escribiendo en ese mismo instante por mi mano. ¿Y quién no ha soñado alguna vez que esos poemas que está leyendo los ha escrito en realidad él, que son suyos, de su adentro? Y es que el lector vuelve a escribir lo que está leyendo, lo revive, lo realma, como un líquido que se adecua a un nuevo continente, y siendo igual es distinto, y se derrama como un amor lejano, que regresa. Me gusta como traduce Antonio Pau a Rilke (su biografía del poeta editada por Trotta logra que redescubramos la emoción de su vida y de su obra). Y en el primer soneto a Grete Gulbransson (¿qué editor español se atreverá al menos con una selección del Diario de esta mujer?) el autor de Poemas a la noche dice sobre los libros: “Oh libros, cosas / hechas con felicidad en un mundo invisible / y deseado (…)”. Libros. Esta columna de libros que a mi izquierda sube y me eleva y me deja en la compañía de La ciudad de las palabras, de Alberto Manguel, o en el recién llegado El mar de iguanas, del mexicano Salvador Elizondo, una cala de Atalanta en su ingente obra, un caramelo literario (como uno de esos extraordinarios Strawberry & Raspberry, de fresa o frambuesa y rellenos de chocolate, que es lo que cuenta). De Elizondo -otro que también escribió un diario descomunal- tengo poco que decir y mucho que leer, esa es la verdad. Que es lo que debería hacer con mi vida: decirla menos y reflexionarla más; desentrañándome. Mientras los libros -que tanto amo- siguen creciendo a mi lado, sobre esta mesa donde escribo yo no sé.

sábado 27 de noviembre de 2010

Satanás desaforado



Ruge. Se nota su odio. Se palpa, se sufre, se escucha. El encono de Satanás. Las noticias se suceden. Guerras, mentiras, persecución, saña. Muchos lo niegan, pero Satanás está a la que salta, quiere perder al hombre definitivamente. Brama contra la Iglesia a través de compinches y secuaces. Fragua ardides y campañas y titulares. No para. Hay que dinamitar la Cruz, hay que sodomizar y asesinar en el vientre de las madres. Más, más. Hermano contra hermano. Es preciso ese regusto por la violencia y por la vesania. Satanás quiere acabar de una vez. Susurra su nefando aliento en almas desgraciadas. Tiene prisa por condenar al hombre al infierno; en vida y para toda la eternidad. Se ocupa por llenar el mundo de embustes y tentaciones. Se repite lo del Génesis: “(…) se os abrirán los ojos y seréis como Dios, versados en el bien y el mal”. Y el estrépito de los pecados hace que el mundo se estremezca. Y todo se vuelve del revés. Un pus fétido mana de muchas almas. Poder, posesión, impudor. Satanás enajena voluntades, modas y leyes. Y el hombre se vuelve a quedar en pelota, como los primeros padres. Algunos buscan hojas de higuera con las que tapar sus vergüenzas, otros prefieren el nudismo y la soberbia, o una filosofía o ideología que justifique lo que sea. Incluso cuando nos deshacemos de los viejos o de ciertos enfermos terminales (dignificar la muerte, dicen). Pero, eso sí, pobres animales. E igual que Caín el personal se aleja de la presencia del Señor. Y cada uno a su orgasmo y a su obsesión y a su filfa y a su logia. El mundo erre que erre. Nada de someterse a Dios y al embolado de los curas. ¡El hombre es Dios! Se precisa poco: un buen coche y una tía -o tío- despampanante. Y un nutrido vestuario. Y trabajar poco. Bueno, y una televisión enorme para no hacerse preguntas inoportunas. También puede servir el ser diputado o académico o preboste de la infamia. Y a trepar, que son dos días. Satanás revuelve, insiste. ¿Que no existe? Esa sí que es buena. Ved la pornografía subvencionada como ejemplo para nuestros vástagos, y la extorsión a la verdad en cualquier rincón del foro. A todo eso los más descarados lo llaman progreso. Y desde luego que progresamos: hacia abajo, hacia lo necio, hacia el infierno en vida; hacia la anomalía como sistema. Satanás ha dejado de ser discreto. El mal se muestra en un exhibicionismo sinvergüenza y vacilón. Todo vale con tal de denigrar a Dios, todo vale con tal de que el hombre deje de pensar y de actuar en cristiano. La argucia mayor de Satanás es conseguir que el pecado deje de ser pecado en las conciencias. Aún más: que el pecado sea promovido desde las instituciones públicas y acabe siendo considerado como una especie de “ética laicista” de lo más in. Hay que joderse. Por ello los cristianos debemos despertar de la modorra celestial y poner por obra de una vez el Evangelio, y defender la Cruz prietas las filas, con virtud y osadía. Y volver a poner en su sitio los confesionarios, y arrodillarnos de nuevo ante Dios con amor y gallardía. Por más desaforado que ande Satanás por calles y gobiernos, masonerías, usuras o ciertos medios de comunicación, sólo la Verdad de Cristo nos hará realmente libres.

viernes 26 de noviembre de 2010

Morir leyendo





No sé, me lo imagino. Sentado
en el sofá, jubilado de lo intrascendente,
o en la habitación donde mis hijos jugaban con la sintaxis
o estudiaban la estrategia -a muerte-
para la inmediata batalla con los indios.
Pero entonces sólo estaré yo, con un libro.

Morir leyendo, aproximarme a Dios
mientras leo Su gloria, palabra a palabra.
Dios y los libros: mi vida,
que de repente llega a la página final, a la última línea.

Se lo diré a Dios
en cuanto llegue mi muerte y lo vea:
"ha sido un placer leerte en cada uno de mis días".
Y me encontrarán allí, sentado,
con ese postrer libro en las manos -¿qué título?-
y quizá con los ojos abiertos, con ese anhelo por el significado
de lo que no está escrito, del argumento, de lo que vive.

Estaré tan quieto -como siempre-
que les pareceré dormido, o pensativo.
Con la cabeza un poco inclinada o ladeada hacia lo infinito.
Las piernas cruzadas, y un poco de sol
en las manos o en el rostro.

Y me iré yendo,
y el alma sentirá algo parecido a la pena,
dejando atrás aquel cuerpo y aquellos libros.

jueves 25 de noviembre de 2010

REZA



Entre las decenas de correos electrónicos hoy destaca uno. Sólo consta de una palabra: REZA. Y yo rezo. Y yo pido. Y yo imploro. Y pienso en mi poco amor, en lo que me falta para adquirir cierto decoro espiritual. Pero rezo a rachas. Rezo con el alma en mala postura. Rezo de fachada. Rezo con el corazón asomado por la ventanilla. Despistado, romo, escueto. Leo de nuevo el correo: REZA. Y la mirada se me cae al suelo, y me avergüenzo no poco. Coño, que uno es hijo de Dios. ¿Y? Pues eso, que me dejo llevar, que se me apaga la luz -o la pierdo o la escondo-, que mezo mi vida en la cantinela de la medianía. ¿Dónde está la sal de mi esfuerzo, de mi amor decidido? Pues eso, que me da pereza lo humano y lo divino. Hijo de Dios. ¡Menudo título! Y me conformo con el medio pelo y no doy mi vida entera. Ni siquiera un trozo aparente. El correo electrónico de marras -REZA- me ha recordado lo que me queda. Quiero decir que puede que cierta gente piense que soy un buen cristiano. Pero un buen cristiano es un tío que se la juega por Dios cada día. Que ama con decisión, que no trama compensaciones y barullos. Y yo, mientras tanto, ando celestineando con todo lo que puedo. Un buen cristiano es alguien que confía, que eleva, que sonríe. Y yo me enfado y me quedo quieto, con mi talento en el regazo (no creo que tenga más de un talento, y doy gracias), o salgo corriendo, no vaya a ser que Dios me quiera para alguna misión más comprometedora. REZA, me dicen. Una palabra que me ha dejado en evidencia. He sentido en el cogote el aliento de Dios, la responsabilidad de mi vocación cristiana. Pero vamos a ver: ¿Qué hago yo por Cristo exactamente? Naderías. En un minimalismo sobrenatural de aquí te espero. Flojo, endeble, quejica. En busca de la excusa perfecta. Es que… No, si yo… Con piedad calculada, vamos. No, Dios mío, sí, ya, voy, ahora, espera, sólo es un momento, voy, no Te vayas. Y está claro que Él no se va. ¿Y yo? ¿Dónde estoy, en qué mundo vivo? Muy bonito todo, estupendo; no, no escribes mal y tal pero ¿y tu oración, y tu preocupación por Cristo, por Su Sagrado Corazón, por Su Reino? Menudo jeta estoy hecho. Menudo hijo. REZA. No puedo abandonarme más tiempo a un cristianismo tan ramplón e inconsistente. ¿Por dónde empiezo? Para comenzar desecho esa imagen que he ido creando de mí mismo, tan favorecedora y tan mentirosa. Y siendo como soy presentarme ante Dios a hora fija, o a deshora, y decirle: “Dios mío, ¿cómo se hace?”. Y Él lo hará. Seguro.

miércoles 24 de noviembre de 2010

No se puede vivir de mentiras




Hay demasiada gente que vive de mentiras.
Como si la vida no fuera nada, como si nada,
como si sólo importara aparentar una leyenda
que resulta ser un farol en plena partida.
El alma apenas es para ellos una fantasía
que guardaron un buen día en el trastero del olvido.
Como si la vida sólo quisiera ser un capricho
que no fuera a morir nunca.
En la vida ya no importa la verdad,
lo que de verdad importa es el precio de las personas.
Importa el frenesí de un carrusel de sombras.
Da miedo pensar demasiado, no vaya a ser
que alguien acabe siendo consciente del vacío,
consciente del hueco donde estaba el alma.
No son pocos los que huyen de ese vértigo,
y se precipitan en el abismo de otro vértigo peor,
desgarrándose la vida y la cordura y la esperanza
en esa constante caída que es la mentira.
¿Resultado? Impostura y hastío. Esa zozobra
donde sólo existe la tristeza.

martes 23 de noviembre de 2010

Alianza Editorial, un prestigio para el lector


Una buena parte de mis lecturas. Ahí están. Aquí las tengo: en mi biblioteca. Repartida por dos casas. Suma de libros. Gozo lector. Pocas cosas como sentarse a leer. Un regusto de alma, una constante alusión e ilusión. Curiosidad impenitente. Ansia de libros, de conocer, de saber; de salir de mí mismo o de adentrarme un poco más en mí. Ahí están mis libros, aquí están: mis confidentes. Abiertos unos cuantos, los demás cerrados, a la expectativa: esperando. Esperándome para contar y cantar. Muchos son de Alianza editorial. Sus libros de bolsillo, que me han acompañado desde casi niño, y siguen a mi lado, quizá arrugados o reencuadernados. Las portadas genuinas de Daniel Gil. Y Alianza Universidad. Y Alianza Tres (donde leí por vez primera a Eliot, en la traducción de José María Valverde). El poso de los años, las líneas subrayadas, el exlibris, la fecha de compra, en muchos casos el precio de la nostalgia en pesetas. ¡Qué precios Dios mío! El defensor, de Pedro Salinas; y el viejo compañero de tantos viajes: El Aleph, de Borges; La vida nueva, de Dante; Yo Claudio, de Robert Graves; los tomos de En busca del tiempo perdido, de Proust; las tan queridas Cartas a un joven poeta, de Rilke… Tantos y tantos títulos. Con sus escogidas traducciones. Poesía, novela, teatro, ensayos, epistolarios, biografías, diarios. A veces tienes la tentación de saber los volúmenes que tienes de una determinada colección y editorial, de juntarlos en familia. (Para solaz de esa fiebre biblioamorosa que nos consume a algunos). Son cosas que pasan. Pero pasan. Porque lo que quieres sobre todo es seguir leyendo.

La colección de bolsillo de Alianza es un magisterio en si misma. Un claustro completo e insigne como pocos. Una enciclopedia. Un rastro de sabiduría, de espíritu, de arte. De amor, en definitiva. Una contraportada oportuna (excepto la de J.D. Salinger en su El guardián entre el centeno, que está en blanco), que te decide. Y sumas un libro más, una historia o aventura más, una vida más, un hombre, que diría Blas Pascal. Esos lomos blancos por donde tantas veces han pasado tus dedos hasta pararse en ese autor o título concreto. Que buscabas, o que pudiera ser que él te buscara a ti. Se suceden las editoriales, los libros brillantes, pero ahí sigue la referencia y la excelencia de Alianza bolsillo. Esos libros han ido jalonando mi vida, y la han ido llenando y puliendo y sistematizando. Compañía de tantas idas y venidas a lo largo y ancho del tiempo y de lo inefable de cada momento. Consuelo tantas veces. Siempre me han gustado los libros pequeños. Lo pequeño en general. Y ahora Alianza bolsillo, se remoza, se renueva con nuevos tipos y un formato un pelín más ancho y más alto, para que el lector se sienta más a gusto en esos márgenes más amplios y así poder escribir mejor sus escolios, y la mirada descanse y se encuentre como en casa. Y las portadas, con el diseño (de Manuel Estrada) y el cuidado característicos, con esa identidad única, con traducciones todavía mejores si es posible.

En mis manos Tiempos difíciles, de Dickens. Hard Times. (Una novela muy actual y que ya supongo ha sido escogida con tino dado lo que hay y se avecina). Y la dichosa melancolía de esas mañanas -o tardes o madrugadas- cuando con mis diecipocos años iba descubriendo insospechados autores, sin límites. Cuando me iba de librerías sábados enteros (luego venían los bares). Cuando llegaba a El Corte Inglés -¿o sería Galerías Preciados?- y me pasaba un buen rato en las estanterías blancas de Alianza, con casi todos sus títulos allí presentes, tan nuevos, y contaba mis escasas monedas y me tenía que "conformar" con el Diario íntimo de Unamuno. Y a las pocas horas -después de sablear a mi tío A.- volvía para llevarme algún tomo más de Proust; El cementerio marino, de Jorge Guillén, digo de Paul Valery; y no sé por qué -era invierno- Cervantes y los casticismos españoles, de don Américo Castro. Y todo esto que cuento es homenaje y recuerdo exacto, y al mismo tiempo sigue presente en mi vida, es decir en mi biblioteca. Las tres existencias, que dicen los chinos -al menos los clásicos- están aquí: la del pasado y su tradición, la del presente y su disfrute, y la del futuro si Dios lo quiere.

Y en fin, para celebrar esta puesta al día, esta decidida apuesta que Alianza ha hecho por el lector, brindo con un cuento de Poe, “El poder de las palabras”, y ya les dejo, que iba siendo hora.

lunes 22 de noviembre de 2010

El futuro




Echo de menos el futuro,
aquellas golondrinas que sobrevolarán sin mí
la luz dentro de varios siglos.
Quisiera entonces abrir los ojos y ver de nuevo
la inercia de la lluvia en un día cualquiera de mayo.
Alzar la mano hacia las verdes ramas de los sauces
y sentarme en la hierba con el mismo libro de Brodsky.
El cielo más azul si cabe,
más predispuesto al silencio
de algún poema que vibre en la eternidad del aire.


domingo 21 de noviembre de 2010

No debería estar aquí



No debería estar aquí. Y además dándole vueltas y más vueltas a un verso de Eduardo Jordá. “¿Veremos otra vez las mismas cosas?”. Sé que no, que del mismo modo no las vamos a volver a ver. Y a mí esto me conmociona el alma y me acongoja y pienso que puede que sea eso lo que me lleve a escribir. Incluso a leer. En un intento de volver a verlas. Eso: las mismas cosas que conforman la nostalgia. Es por eso que creo que la literatura es sobre todo nostalgia (¿y qué no lo es?, se preguntará alguno). Un intento de volver al paraíso perdido de no se sabe qué, puede que en la infancia, o a ciertos momentos que estarán desperdigados por algunas fotografías o agendas o álbunes de cromos y que no logro hallar o rememorar con acierto. Bah, la mañana se me pasa ordenando libros. Pero Gómez de la Serna no cabe por ningún sitio. Y yo no debería estar aquí. Y el verso de Jordá que no cesa de interrogarme. “¿Veremos otra vez las mismas cosas?”. Y me veo de pronto en una salita leyendo Muerte en Venecia, o hablando con mi madre sobre la felicidad, o trenzando unos juncos en algún lugar de mi infancia. Tengo claro que la felicidad no es coleccionar cosas, pero las colecciono precisamente para volver a verlas, o que esas cosas sean las pistas que me lleven a otras más... Últimamente me ha dado por acumular cajitas de pastillas de regaliz. ¿Motivo? ¿Lo hay? Y me imagino -que ya es imaginar- con 70 años dando vueltas a las dichosas cajitas para que entonces me digan quién era yo a día de hoy. Pero ya no me queda sitio para guardar más pistas. La vida es un cúmulo de indicios o vestigios, pero no se puede guardar todo. Además no me gusta el regaliz. ¿Veremos Jordá las mismas cosas otra vez? Dicen de Eduardo Jordá que es un poeta tardío. Parece su definición, o un gentil apodo. Puede que no sea una idiotez y se trate simplemente de un hecho. Pero todos somos tardíos. Poetas no sé, no creo; pero tardíos todos. ¿Acaso llegamos alguno a tiempo de nuestra propia vida? Vamos por detrás, pienso, intentando ser conscientes o buscando un nuevo sentido (o quizá viejo, que seguro será más atinado). Nuestra vida nos sobrepasa o no la queremos así, en esa posibilidad, y nos quedamos atrás, embebidos en un poema o en una fotografía o en una cajita de regaliz. Por eso digo que yo no debería estar aquí, si es que lo estoy, y todo esto no es más que un texto que me ha dado por escribir hoy.

sábado 20 de noviembre de 2010

"365 días con Juan Pablo II"



365 días no. Con Juan Pablo II hay que tratar de por vida. Inmersos en su ejemplo heroico de servicio a Dios y al mundo. Sus escritos son parte de su intercesión para acercar a las almas a Dios, sin duda. Por la inteligencia de la razón y por el amor del corazón. Filosofía, teología, ascética, poesía.... Todo ello hecho piedad, comunión con Cristo y vanguardia de la fe. Doctrina y mística, testimonio constante de esperanza. Juan Pablo II dedicó su vida a Dios y a los demás. Completa entrega, sin resquicios. Oración y estudio. Lectura y escritura. Pasión por la vida, por la gracia, por la gloria de Cristo. Contemplación de la belleza, constante búsqueda de la ternura de María como intercesión, de una visión más nítida de la presencia de Dios en el tiempo, en cada momento. “Búsqueda de una respuesta exhaustiva”.

Juan Pablo II parte de dos premisas tanto en su vida como en su obra: la fidelidad al amor de Dios y la devoción a María, Madre de Dios y Madre nuestra. Juan Pablo II fue siempre un inconformista. Leyendo su biografía uno se da cuenta de que necesitaba profundizar, de ir al busilis de las cosas -como diría mi maestro Vicente Polo-, de que lo superficial no casaba con la santidad que Dios le pedía. Ahondaba en la Palabra de Dios y en los sacramentos, ahondaba en las almas y en el sentido de la historia, ahondaba en la naturaleza y en el entramado sobrenatural de cada día, ahondaba en la mirada de Cristo (y en sus llagas). La cronología de su vida -plena de intensidad, drama y lucha- es una constante y progresiva identificación con el Maestro. A su innata, pero trabajada inteligencia, se le unía una recia voluntad y una sensibilidad exquisita. Dios en cuanto Sumo Poeta. Escribe a un amigo en 1939: “Te saludo en nombre de lo Bello, que es el perfil de Dios”. La existencia anclada en el amor inconmensurable de Dios, en una poética inefable de la que a veces vislumbramos destellos y por la cual Juan Pablo II no dejó nunca de dar gracias. De hecho su vida y su obra son una prolongada, esencial y radical acción de gracias a Dios.

Por eso nos viene al pelo este libro-antología que ha compuesto el carmelita descalzo y profesor Aldino Cazzago (actual director de la prestigiosa revista de teología Communio). 365 días con Juan Pablo II (editorial San Pablo) es una recopilación de textos que abarcan no sólo el pontificado de JPII, también hay poemas, cartas u homilías anteriores a su elección. El resultado es, y nunca mejor dicho, antológico, excepcional. Vamos siguiendo el pensamiento y el alma de JPII día a día, a través de todos esos fragmentos que sirven al lector para rezar (¡qué importancia tienen esos ratos de diálogo con Dios!), para impulsarse hacia el meollo de la divinidad, para pensar, “para valorar en todas sus dimensiones la grandeza de nuestra dignidad humana”, para profundizar en la liturgia y en la fe. En definitiva, para no quedarse en una creencia superficial o cómoda: tibia. Resulta fascinante la clarividencia filosófica y teológica de Juan Pablo II. “El hombre debe vivir de la verdad, debe buscarla, debe tender a ella. No puede obrar sin ella, no puede vivir en la mentira. Un clima de mentira es un clima contra el hombre”.

Según vaya pasando el tiempo veremos más y más clara la importancia de Juan Pablo II. En todos los órdenes. Por de pronto este libro me lleva a querer leer, o volver a leer con más detenimiento encíclicas como Fides et ratio o Redemptor hominis. O las nunca suficientemente ponderadas Carta a las familias o la Carta a los artistas. Son lecturas indispensables. Habitemos este libro, lleguemos como diría Nicolás Gómez Dávila, a su clima, al núcleo desde donde mana toda esa energía espiritual que sigue atrayendo a las almas a una verdadera conversión. Nunca se me podrá olvidar el inicio de la encíclica Veritatis splendor: “El esplendor de la verdad brilla en todas las obras del Creador y, de modo particular, en el hombre, creado a imagen y semejanza de Dios”.

viernes 19 de noviembre de 2010

Y es Dios por los siglos de los siglos


Mientras yo escribo, la voluntad de Dios rige el universo
y está en cada una de las gotas que pulverizan las olas contra las rocas.
Mientras yo escribo, la voluntad de Dios perdona
y lava con Su Sangre roja los pecados de millones de almas.
Mientras yo escribo, la voluntad de Dios vive en la última hoja
que cae de una rama o de un poema desconocido.
Mientras yo escribo, la voluntad de Dios ama
la libertad del hombre que blasfema o mata.
Mientras yo escribo, la voluntad de Dios crea la belleza
de una flor o de una vida en el seno de una madre.
Mientras yo escribo, la voluntad de Dios es el misterio
que permite el sufrimiento, la tortura y el dolor horrible de la muerte.
Mientras yo escribo, la voluntad de Dios amanece
en el trabajo y en el corazón de cualquier persona decente.
Mientras yo escribo, la voluntad de Dios es Su misericordia
y es el vuelo por el alma de todas las aves de la historia.
Mientras yo escribo, la voluntad de Dios es para mí la mirada
de Ana, que trajina nerviosa entre los hijos y las cosas.
Mientras yo escribo, la voluntad de Dios se precipita por mi vida
con igual o más fuerza que por las cataratas del Niágara.
Mientras yo escribo, la voluntad de Dios acecha mis sueños
y me pide que Se los entregue todos para hacerlos infinitos.
Mientras yo escribo, la voluntad de Dios sólo quiere que sea santo
con este imperfecto canto de palabras hirsutas y llenas de ojeras.

jueves 18 de noviembre de 2010

¿Cómo decir el alma del mundo?



Voy a hablar de lo que sé. Voy a hablar de todos esos versos sueltos con los que me tropiezo a diario. De esos versos que no acumulan palabras pero que ahí están, tan hermosos y vivos… Los ves, o puede que sólo sea una intuición, o una emoción que se difumina en el aire. Desde luego es algo que logra que el alma se conmueva. No sólo son meros sentimientos o cosas del carácter. Un simple movimiento de nubes o las primeras gotas de lluvia valen por mil tratados. No sabes ni que pensar. Es más, no piensas. Eres. Te vacías de repente. Y el alma se expande por el cuerpo. Te das cuenta de más cosas. O puede que se trate de las mismas cosas pero más nítidas, más conscientes. Hace un rato me ha despertado un beso. “Buenos días Guillermo”. Un simple beso. Y a partir de ese momento me he puesto a acariciar el día. Y me he dicho: “Voy a hablar de lo que sé”. De cuando pongo en su sitio las camisas o aliso la manta blanca a los pies de la cama. Y descubro el amor en esos gestos. Seguramente me expreso mal. Porque no son cosas que necesiten palabras (al menos no las que yo he aprendido). Y voy descubriendo el entramado sustancial de la vida. La vida vida. Su abrazo, cuando se van a la universidad o al colegio. Su abrazo… Es la poesía de la existencia, lo normal sobrenatural. Los árboles que se van quedando sin hojas, el olor del pan -o del libro- recién hecho. El alma de todo eso. Y cuando digo alma quisiera expresar el milagro, dar a entender un poco del misterio que lo hace posible. Con sencillez. Una simple lámpara encendida es algo más que una lámpara encendida. Me interpela, estoy seguro. Será por lo que significa la luz, o por la sombra que yo soy y que se dibuja en la pared y en el armario. Son las 9:56 y en el cielo hay unas palomas. Son las 9:57 y me he quedado sólo en el cielo. Llenos los ojos de azul y resquicios de sol. Lo que yo sé es más bien poco y salta a la vista. Sólo se precisa no tener prisa con el alma. Amar, enamorarse. ¿Cómo decirlo?

miércoles 17 de noviembre de 2010

"De profundis"




Nada más salir de casa me envuelve
un remolino de hojas. A merced del aire,
en un baile ocre, desgajadas para siempre
de las ramas del tiempo.
La belleza del otoño danza para la muerte.
Su temblor de fuego naranja y amarillo
es la apoteosis del hombre, de la vida
que espera durar con el último aliento. (El alma
del cuerpo se despide en invisible vuelo).
Queda su principio y ese póstumo fulgor
que arrastra el viento por mi calle.
El suelo está lleno de cadáveres que velo
en el recuerdo de la luz que ardía en sus colores.
Caen las hojas a mi paso, en un de profundis lento,
en una plegaria que se posa en el silencio.

martes 16 de noviembre de 2010

Líbranos Señor de todos los males



Líbranos Señor, líbranos. Fundamentalmente líbranos de los males que atañen al alma. Esos demoníacos planes que sólo quieren que nos apartemos de Ti. Aquí y, si es posible, para toda la eternidad. Lo cual ya es decir mucho. Todo, diría yo. Líbranos. Líbrame de hacer cálculos con Tu Amor. Líbrame de mis escarceos con el pecado, de mis equilibrios y tanteos. No estaría de más que fuera un poco drástico con esto, teniendo en cuenta lo que me juego. Y en caso de duda ir al cura, y acudir a Ti, mi Señor y Cristo. ¡Son tantas las componendas! El tentador azuza. “No tiene importancia”, “no seas angustias”. “Es sólo una fantasía, o lo hacen todos”. “Eres una persona de criterio, etcétera”. Y se aprovecha de algún circunstancial desánimo, pues la vida pesa, y pasa, y parece que en ella no sucede nada digno de mención. Y nos rebelamos. ¿Contra qué, contra quién? Líbrame Señor de tanta mentira, de tanta cavilación mezquina. Líbrame de mí, que no paro de dar vueltas a las mismas norias y tiovivos. Necesito hacer las cosas bien. Y que estés Tú en el corazón de mi horario. Que lo llenes de lunes a domingo, y durante el día y la noche y las visitas y el trabajo y los sueños. Y a las 8 de la mañana y a las 6 de la tarde, por ejemplo, despachar Contigo en un rato de oración. Pueden ser diez minutos o veinte o treinta. Y desde esos minutos de diálogo llenar mi vida de Dios. Y no desperdiciar la calle para rezar. El Rosario es lo mejor. Ir dejando avemarías en los semáforos, en los escaparates o yendo en bicicleta o en autobús. Quizá ir a Misa quepa en ese horario, un par de días además del domingo, que no se diga. Si el amor crece, crecerán nuestras ganas de estar con Él, de acompañarle y no salir corriendo en seguida. Y el amor crece con el trato, con el roce, con la amistad. ¿Parece demasiado teniendo en cuenta que se renueva el sacrificio de la Cruz y nuestros clavos fueron clavados en sus pies y manos y una lanza salió volando hacia Su misericordia? Líbranos Señor de tanto desahogo, de lo mordaz, de tanta amargura. Líbrame de los mismos cuentos de siempre. Líbrame Señor de mi voluntad que se pierde, que me pierde en inútiles requiebros de espejismos. Pese a cualquiera de esas amalgamas de cosas que me apartan de Ti mi alma sólo ansía estar Contigo, en público y en privado, en la intimidad del mundo, de las avenidas y paisajes. Con fe coherente y pronta, con esperanza de grandes sueños, y con un amor que se me note en la cara y en las palabras y en los abrazos. No me importa que me ocurran dolores y fatigas si es por Tu Voluntad. Lo que realmente me asusta es el mal, a simple vista o soterrado en maledicencias, en haraganería, en… Yo que sé. Sabes bien mi capacidad de estropear lo más santo, pensando quizá que merezco descansar un poco de la lucha, pasar a la retaguardia. Pero cuando la piedad no está al cien por cien, cuando se deja de rezar o rezas a rachas, y la misa es un no voy, un no pasa nada, y la oración un no me apetece ahora, el alma se destensa y despista y se olvida de los detalles Contigo, Señor, que me libras de más males de los que yo pueda imaginar.

lunes 15 de noviembre de 2010

“Tardes con Margueritte”, de Marie-Sabine Roger


Para Laia Salvat


Esta novela tiene un par de años, y la inquieta editorial Duomo no tardó en darse cuenta de su valía. En 2009 la editó. Y yo la acabo de leer. Nos necesitamos. Quiero decir que todos necesitamos del cariño de los demás. Hoy más que nunca. Hoy, cuando se hace estragos con las almas. Cuando los gobiernos nos planifican la voluntad y derogan la inteligencia por ley o necia algarabía. Nos necesitamos. La novelista francesa Marie-Sabine Roger (Burdeos, 1957) ha ido pergeñando su escritura a base de estas cosas fundamentales. Querer. Querer querer, y querer aprender. Sin conformarse. La vida duele, la gente sufre. La soledad se introduce en los corazones, y las manos y los ojos se quedan como mudos, desangelados. La tristeza campa por doquier, y se bebe multitud de cervezas en los bares, y apura los cigarrillos hasta una melancolía pertinaz. Tardes con Margueritte (muy bien traducida por Sofía Tros de Ilarduya) es una novela donde lo especial -el argumento central- es el amor, que poco a poco se va aprendiendo a leer, a descifrar. No es fácil saberlo expresar con tanta delicadeza, hasta lograr que el lector quiera aprender también, o quiera recomenzar, y sentarse junto al tosco y grandullón Germain (“a veces lo pillo todo; otras, la mitad; pero la mayoría de las veces casi nada”) y la sabia Margueritte.

La historia es sencilla. Germain, con unos amigos más o menos superficiales, con su novia y el sexo, con su arisca madre, con sus trabajos ocasionales y su caravana por toda vivienda. Para él la felicidad es lo que es: algo parecido a su ausencia. Carece de letras, pero carece más de amor. ¿Dónde coño se habrá metido la ternura en su vida? Antes de conocer a Margueritte no había querido a nadie. “Me refiero a sentimientos, que no acaben en la cama”. Pero conoce a Margueritte y eso lo trastoca todo. Una abuelita escuálida, como de cristal. Lo dice él nada más empezar a contarnos lo que pasó: “Haber conocido a Margueritte me ha cambiado la vida”. Para que luego digan. Él ve en ella a su familia. Allí estaba -era lunes-, “en ese banco de allí, bajo el enorme tilo, junto al estanque”. “Sentada sin hacer nada, con la mirada perdida”. Pero en el corazón y en la cabeza de esa mujer bulle un universo. Nada es lo que parece. Una mujer de estudios superiores, pero que como él también cuenta y pone nombre a las palomas. Germain se asombra: la señora se interesa por él, por sus cosas. Esto es para él algo completamente nuevo. (¿Cuánta gente quisiera descubrir este asombro, esta novedad?). Germain se conmueve, y se conmueve el lector…

La autora logra descubrimientos que hacen sonreír, pensar o reírte a carcajada limpia. Cuando, por ejemplo, hace su consideración sobre las palabras, a través del pensamiento no precisamente complicado de Germain, que desconfía de ellas. Dice: “De todos modos, el envoltorio no debería ser lo verdaderamente importante, sino lo que lleva dentro. (Elucubra sobre las palabras como digo). Hay paquetes preciosos que contienen pobres mierdas, y paquetes mal preparados con auténticos tesoros dentro”. Margueritte le habla de los libros, del horizonte del lenguaje, del continuo viaje que puede significar. Le ayuda, leen juntos. Y Germain Chazes se va haciendo preguntas, y recuerda. Recuerda los malos maestros que tuvo, y recuerda su infancia… Vivir duele. A veces mucho. En la pág.49 hace una reflexión que es fundamental para todos: “Realmente, vivir no tiene nada que ver con comprender la vida, ¿me entendéis?”.

Margueritte es familia, es cultura, es sensibilidad, es cariño. Se convierte en la persona a la que uno quiere de verdad. “Siempre que la veía, o no hacía nada o leía”. Los amigotes ya hace tiempo se han dado cuenta que en Germain algo ha cambiado, que no es el mismo. Todo realmente comenzó el segundo día que volvió a verla. Cuando llegó la pregunta que centra el libro: “¿Le gusta leer?”. Y pasó el tiempo y fue aprendiendo a ver su existencia de otra manera muy distinta. “Me pregunté: ‘Por Dios, Germain, ¿por qué haces las cosas?’”. Poco más tarde apunta con sorna: “Creo que esa noche tuve algo parecido a un ataque de inteligencia”. Los cómos y los porqués tienen su miga. Y va transcurriendo la novela, esas vidas. Y surge la amistad, y las confidencias. Comienza a ver su realidad de otra manera. A su madre, a sus amigos, el amor de su novia Annette. Aprende también a pensar en los demás. Margueritte Escoffier, una mujer lectora, una mujer buena, una mujer sencilla que vive en una residencia de ancianos. “Siempre se ha dirigido a mí como si fuera alguien digno. Y eso a un hombre lo pone en su sitio”. Y a cualquiera.

Tardes con Margueritte es un viento de aire fresco, es una novela del todo aconsejable. Ya no sólo por el homenaje a la lectura que lleva implícita. Es mucho más. Su autora ha ido al meollo del hombre. Al meollo del alma, de nuestra existencia. Tardes con Margueritte está escrita con gran clarividencia, con buen humor, con optimismo, con esa literatura que nos resucita de tanta tristeza. Como ese amigo de Germain -todos tenemos alguno así- que es todo amargura y pesimismo. Lo retrata muy bien: “No te baja la moral, te la entierra”. Es necesario sacar lo mejor de los hombres y de uno mismo. Para hacer un mundo distinto a nuestro alrededor, donde la felicidad sea posible, más accesible. Puede que a través de una buena amiga (o amigo), o través de una buena novela.

P.D. No me extraña que precisamente en este año de 2010 se haya estrenado una película basada en esta novela. Dirigida por Jean Becker e interpretada por Gérard Depardieu y Gisèle Casadesus. En España responde al título de Mis tardes con Margueritte.

domingo 14 de noviembre de 2010

La vida es esta melodía de amor y rosas



Me disponía a escribir sobre una novela, pero he seguido leyendo durante un buen rato otro libro del que me cuesta separarme. Es una muy remota historia china, llena de ciruelos y orquídeas, sueños de primavera y palabras perfumadas. A la vez que escuchaba viejas canciones de La oreja de Van Gogh, cuando cantaba Amaia Montero y yo andaba enamorado de su voz. Canciones como “Cuéntame al oído”, como “Deseos de cosas imposibles”, como “Dulce lucura” o “En mi lado del sofá”. La pereza me cerca, los pies en el sillón y la mirada perdida en algún rayo de luz. Repaso la agenda. Frases que apunto. ¡Lástima que no sepa dibujar! Porque me gustaría con el portaminas realizar esbozos de calles con geranios o de chicas con vaqueros. Repaso lo que viví ayer y de lo que tomé nota. Una frase de ese sabio libro chino: “Los hombres que presumen de talento poseen una exigua virtud”. Ideas para posibles artículos, y libros que quiero leer cuanto antes. Como el anónimo Vida y opiniones de Juan Mal-herido, editado por Melusina, o Los últimos y otros relatos, de Rainer María Rilke (Alba). En la misma agenda copié un poema de Foxá, que rezo cuando no sé qué rezar. Libros y libros, hojas, otoño. Sí, Amaia, sí, a mí también me gustaría inventar un país contigo, con un arsenal inmenso de caricias. La vida es esta melodía que cantas y que yo escucho contemplando a una paloma que vuela por el azul del cielo. Todo este conjunto de cosas me hacen comprender la dicha de seguir vivo. Me desperezo y miro al techo, e imagino mariposas en un río ribeteado por juncos. Y las rosas que de niño estudiaba muy despacio, y que después he ido coleccionando, pétalo a pétalo, en algún verso o en los libros. Me pego la vida guardando cosas. Lo que sea. Para con los años volver a verlas y sentir una pequeña emoción o la nostalgia de lo que ahora soy o hago. O quiero. Me disponía a escribir sobre una novela, pero prefiero escuchar los pequeños ruidos de la casa o ver las portadas de ciertos libros. En un diario místico contemporáneo leí hace años: “No es lo que haces lo que importa: es el amor con que lo haces”. Y de eso se trata. Leas una novela de Ana Ripoll o corrijas unas faltas de ortografía de Juan o vayas a comprar un poco de pan. Por ejemplo el amor no siempre se hace con amor. De ahí todo lo demás. El desquiciamiento, me refiero. La soledad o la envidia. O la cerrazón.

sábado 13 de noviembre de 2010

Son demasiados los muertos en las pelis


Siempre me ha dejado perplejo la cantidad de gente que muere en las películas. Todos esos que no son protagonistas de nada, que pasaban por allí, o que acababan de llamar a filas y una bala rebota en maldita sea su suerte y resulta mortal de necesidad, o que justo salían de su casa cuando un camión se estrella contra su propio corazón y todo se va al garete. Todos muertos, en un santiamén. Ya sé que es ficción, pero no siempre distingo bien, y me quedo mirando a esos montones de cadáveres pensando que son de verdad. Recuerdo un vagón de tren, aunque no la película. Campesinos y obreros de un país del este europeo. Gente muy sencilla. Recuerdo sus risas y las canciones. Y los niños y el traqueteo. Y en la siguiente escena todo había saltado por los aires. Me da por pensar en sus familiares que estaban esperando en alguna estación de ese trayecto. Pienso en sus camas, en sus amores. Y me cuesta volver a lo que denominamos realidad. Sé que es una ilusión, pero la vida-vida también lo es: una ilusión donde en cualquier momento podemos ya no estar en el siguiente fotograma. No sé si esto es habitual, pero a mí me ocurre. Ese chaval -¿un extra?- al que le pilla la acción cruzando la calle… Y yo ya no sé si la ficción soy yo mismo, si soy un extra de mi propia vida o si habrá cierta posibilidad de protagonizar aunque sólo sean algunas escenas. Los guiones son imprevisibles. Y más los de ahora. En los de antaño había más diálogo, más glamour, y se trabajaba más con el alma y con el silencio. Y un muerto era una cosa muy seria. Hoy no. Y yo me resisto a seguir la historia dejando al margen tantas y tantas otras pequeñas historias que acaban en una cuneta cualquiera, o en el depósito, o entre ese montón de escombros. Puede que sea un sentimental. Pues seré un sentimental. Todavía me acuerdo de aquella niña que observaba el asesinato de su familia en un determinado momento de la guerra yugoslava, quedándose abrazada a un osito de trapo. Para mí eso no fue ni es ficción. Ese momento, esa mirada, esas lágrimas, esa niña, son de lo más real, y son las verdaderas protagonistas. Porque sé que en muchos lugares han sido verdad. Y desde hace tiempo me quedé con aquella niña en la retina y en el alma. ¿Cómo puede ser que en nuestros ratos de ocio elijamos la muerte -tantas muertes que ya no sé si son de ficción- para pasarlo bien, como motivo de entretenimiento? O peor aún: ¿cómo puede ser que apenas les demos importancia, tan pendientes como estamos del protagonista y de sus avatares? Toda esa sangre y esas horribles heridas y esa violencia gratuita. ¡Como si nada! Demasiadas muertes en las películas. Demasiados muertos en batallas, intrigas, homicidios... Demasiado infierno y dolor. Aunque sea de película. Y me entra la duda. Por eso me quedo velando a todos esos cadáveres con estas palabras. Puede que, fotograma a fotograma, sea la vida la que se nos proyecta. En el día a día de su propio drama. Y haya algo de nosotros mismos en cualquier rincón de esos guiones.

viernes 12 de noviembre de 2010

La Revolución de Cristo



No hay otra. Quiero decir que no hay otra revolución tan revolucionaria como la de Cristo. Puede que la mayoría de las veces apenas se perciba (tanto es el ruido y la mentira y el órdago), pero en Él todo se trastoca, cambia. La revolución de las almas, de los corazones. La revolución de la Cruz. En la cruz del dolor y de la impotencia. Redimidos del pecado. De cualquier pecado. Resucitados con Él, con Cristo. Resucitados a la intimidad de Dios. Día a día conversos, rezando con los labios y con nuestros actos. Por la gracia en primera línea de batalla, en primera línea de fe, de coherencia, de lucha contra Satanás y contra nosotros mismos. ¡Son tantos y tantos los defectos! La revolución de Cristo: el Amor. Su propia esencia. El mundo cree que puede vivir sin Él, o contra Él. Chapoteando en las ciénagas de los vicios más soeces, o en la soberbia más taimada. El mundo sin Dios se transforma en una angustia que se proclama en consignas o en ideologías lúgubres. Y el hombre tarde o temprano estalla, cuando no siente la ternura de Dios en su vida corriente, estalla, enferma, salta o disparata. Aunque disimule en máscaras y disfraces e hipótesis metafísicas. Aunque se cisque en lo divino. Los hombres no pueden más, por dentro están destrozados, hechos añicos. Necesitan sumarse a la revolución de Cristo para recomponer unos corazones que de nuevo latan, y vivan una vida interior, espiritual, de verdad humana. La revolución de Cristo está abanderada por la paz, y por la libertad, y por la caridad, y la piedad, y por la alegría de Su gloria. Pero sobre todo es una revolución filial y sacramental. La revolución de los hijos de Dios, que ya no estamos dispuestos a pasar una más. Empezando por nosotros: ni un pecado más. Y si caemos pedirle en seguida la mano al Señor, primero en el confesionario y luego en la oración. El cimiento de esta Revolución (voy a escribirla ya con mayúscula) está en la Hostia que comulgamos y adoramos. ¿La adoramos? ¿La recibimos adecuadamente, con educación humana y sobrenatural? Hostia Santa, Cuerpo de Cristo: nuestra fortaleza y perseverancia en la lucha está ahí, en la Eucaristía. La Revolución de Cristo es una Revolución que no desprecia a nadie. Cristo murió por todos. Dios no da por perdida a ninguna alma. A ninguna. A ninguna. Ni siquiera a esas que se pueden imaginar como imposibles. Lo dicho: a ninguna. La Revolución de Cristo es el amor de Dios y la inimaginable sensibilidad de María cantando por toda la eternidad el Magníficat. La Revolución de Cristo es llevar las bienaventuranzas a la calle, es decirles a los amigos que o santos o nada. O santos o esto es un disparate, una pantomima. La Revolución de Cristo es santificarnos en la política, en la cocina, en la literatura, en el taller… ¿Dónde si no? La Revolución de CRISTO-AMOR es Su Revelación en la historia. Dios vive entre los hombres, pero quiere vivir dentro de cada uno y de cada una. Él es la Revolución absoluta. Él es la Verdad y el Camino. La Luz. El alma del universo, del arte, de la historia. Hora es de hacer algo por los demás. Hora es de apostar por Dios, de entregarle la vida. Entera. La Revolución de Cristo es la misericordia y el perdón, es la pureza sexual y de afectos (la pureza no quiere decir idiotez mental, quiere decir respeto y amor completo), es hablar sin complejos de lo cristiano. ¿He dicho entregarle la vida? Sí, entregársela, para que fructifique en esa felicidad que tanto nos incumbe (aunque nos hagamos los distraídos en variado surtido de pamemas). Decirle a Dios: “Oye, que aquí me tienes, cuenta conmigo”. ¿Qué otra cosa es la Revolución de Cristo que esa puesta a punto de cada alma? Sólo así cambiará todo. Sólo así -con nuestro sí a Dios- volverá la claridad al mundo. Y el gozo. Y se desvanecerán las tinieblas.

jueves 11 de noviembre de 2010

Ritualismos e idolatrías



En estos tiempos donde todo parece tan razonable y convencional, la vida está plagada de sinsentidos, machacada de crédulos papanatismos. El personal se cree muy cerebral, apoteósico de cifras y cálculos materiales, pero nunca ha sido tan panoli. Rebozado todo ello en un sentimentalismo evanescente y caprichoso. La razón es irracional y desastrada. La filosofía que prevalece es la de esto quiero, esto tengo. Esto se me antoja, esto compro. O robo. O birlo. O siso. Hace muchos siglos que Moisés desapareció en el Sinaí. Dios no nos concede inmediatamente nuestros deseos. No sirve. Pero el hombre necesita llenar ese vacío. A base de Moloc, Refán o los becerros de turno. Hay para todos los gustos. ¿Ponernos de rodillas ante ese tétrico Cristo sanguinolento? Jamás. En cambio nos postramos ante los Rolling Stones, o caemos de hinojos ante el último gol de nuestro equipo (los hay que “consagran” a sus hijos a dicho equipo como si fuera el hecho principal de su existencia).Nada, que Moisés no baja del monte. Y nosotros, en el progreso alucinante del siglo XXI nos rebelamos igual que aquellos viejos judíos. En el desierto de nuestras almas necesitamos algo en donde poner nuestra esperanza. Es fácil justificarse. “Esto se acaba”. “Carpe diem”. “Dios es una fantasía”. “El hombre está solo en el cosmos”. Etcétera. La verdadera trascendencia está en el progreso. Material e indoloro (y de lo más insípido). Progreso a toda costa. Quieran o no quieran. Desde el culto al cuerpo (ya que hay que morir muramos guapos y con el sexo erguido y debidamente amancebado, o a tutiplén de cumplidas fantasías); pasando por el juego compulsivo; el empacho sibarita de la nueva gastronomía; el poder mezquino en inteligencia pero ducho en honorarios, haraganería y chismes; o la macroeconomía como gran coartada para la usura y la injusticia social (¿no quieren ustedes felicidad?, pues consuman y gasten hasta el embargo, y después al paro solidario, y dentro de unos años -y con suerte- al asilo o conozcan las maravillosas ventajas de una muerte dulce, inducida y sufragada por el Estado).Esto es jauja. ¿Esto es jauja? Yo no me lo creo. Esto es un caos atrabiliario (e inmobiliario), donde en cuanto rascas un poco sólo encuentras sinsabores y tristeza. Hipotecas morales. La idolatría condenó al pueblo judío al destierro “más allá de Babilonia”. Nosotros quizá estamos más allá del sentido común, esclavos de la sinrazón y de la soberbia. Hora es de recuperar el juicio, de salir del lodo de la crápula y de peligrosos esoterismos. Esos ídolos que nos hemos fabricado son sólo eso: ídolos. Afanosas y elaboradas mentiras en donde nunca encontraremos la felicidad. ¿Solución? Tomarnos en serio la vida de Cristo. Tomarnos en serio nuestra propia dignidad. Y ser valientes. No hay otra redención posible. Estamos a tiempo.

miércoles 10 de noviembre de 2010

Sin importancia



Ayer, cuando tendí la colada, me sentí triste. No voy a ser tan bobo como para creer que es culpa de las nubes. Al abrir la ventana lo sentí. Sentí la tristeza en primera persona, enredada entre los tendedores. No sé, puede que no quisiera estar allí (en mi aquí) o que a mis sueños no hay manera de acortarles los plazos. Vamos que nunca llegan, y si están es que no me entero de nada. Sacudía una camisa, o un pantalón, o lo que fuera, y me ponía un par de pinzas en la boca. Y entonces sucedía. Me tenía que sentar. La tristeza me doblaba las rodillas y el gesto se me quedaba muy serio, casi desconocido. Estaba como con un puñetazo en el alma, los codos hincados en las rodillas y la mirada clavada en la pared, como un cuadro viejo, de esos que representan un bodegón de cuarta mano. Notaba la humedad de la ropa, el olor a la fragancia del detergente. ¿Para qué moverme? Bastaba con respirar. Mejor: darme el gustazo de suspirar. Suspiros largos y hondos. Por darme un consuelo quizá. Bueno, es igual. Tampoco tiene tanta importancia. No tengo -ni hoy ni ayer y seguro que tampoco mañana- tanta importancia. Si le doy vueltas a aquella tristeza es tal vez porque me pilló desprevenido y con las pinzas en la boca. Unas pinzas de madera, las de toda la vida. Puede que no se tratara ni de tristeza. Puede que sólo fuera la rutina, que cansa más que los maratones que corría Emil Zátopek (el nombre me viene a la cabeza por la novela Correr, de Jean Echenoz). Al final terminé de tender la colada, mientras me entretenía en contar ventanas. Hasta dónde llega uno. Creo que en el edificio de enfrente conté treinta y tres. Luego me entretuve en los diferentes tonos de las tejas. Al terminar volví a sentarme y pensaba en bosques. Y en unas praderas enormes. Debe de ser muy complicada la tristeza en parajes así. Bah, tonterías. Ensoñaciones, fantasías. Es lo que me queda. Será un exceso de novelas. O será que soy abúlico y soso. Alguien que busca todavía constantes sorpresas -¡iluso!-, cuando tu vida es lo que hay. Unos paisajes estupendos en Google, las lecciones de naturales, freír unas croquetas, el próximo libro que voy a leer, el lavavajillas y soñar antes de quedarme dormido. No sé, puede que a base de escribir se me olvide la tristeza. Cada vez se me olvidan más cosas, y tengo que volver por donde he venido. ¿Qué iba a buscar? ¿Qué es lo que quería? Y ves que da lo mismo. Y te aguantas la tristeza o lo que fuere. Te lo tragas. Ahí fuera siguen las mismas ventanas y las mismas tejas. Y crees escuchar en el viento el rumor de unos lejanos bosques. Será la esperanza. O será un enredo más de los que se gasta conmigo la vida.

martes 9 de noviembre de 2010

“Cicerón”, de Anthony Everitt



Ya se sabe que una cosa lleva a otra, y un libro a otro, o a otros más. Y así llevo unas semanas con el romano Cicerón. No deben de ser muchas las personas que lean al viejo cónsul por puro gusto literario. Ni siquiera por pedagogía ética o por curiosidad de las triquiñuelas políticas de entonces. Con lo que nos queda por aprender. Con lo bien que nos vendría repasar a estos autores para calibrar mejor quiénes somos y si hemos avanzado tanto como creemos. En mi caso la novela Conspiración, de Robert Harris (que reseñé en su momento) me llevó a revolver mi biblioteca. Empecé a sacar de todo. Obras de Cicerón, biografías, un manual de literatura latina, etcétera. En poco tiempo mi escritorio ha pasado a estar absorvido por la vida y la obra del autor de las Tusculanas (Alianza Editorial). Y cito primero las Tusculanas porque me parece una obra formidable. Cicerón era por encima de todo un intelectual, un tipo que pensaba las causas de lo que nos sucede en la vida. Un hombre que reflexionaba ante el sufrimiento y los distintos avatares del alma. Que buscaba consuelo y fortaleza en la filosofía. Que trascendía e iba en pos de la virtud. El hombre es historia, y él la protagonizaba en primera línea del foro; pero sobre todo el hombre es lo que piensa y lo que siente, y su integridad; y la literatura era un camino de conocimiento (también no pocas veces lo era de propaganda e intriga política). Escribió a su amigo Ático: “La literatura me alivia y me renueva”. Que de eso se trata.

Pues eso, que un libro me llevó a otro. Y releí Sobre la amistad (Alianza), que es todo un homenaje a su amigo Ático, que residía en Grecia y con el que intercambió un epistolario interesantísimo para conocer a Cicerón y su época. Este epistolario merece la pena leerse. Está editado por Gredos, cuyos cuatro volúmenes de Cartas se encuentra entre lo mejor de la obra ciceroniana. Porque es su vida, que podemos seguir durante algunas temporadas casi paso a paso, día a día. Es un testimonio y un privilegio. Sus inquietudes, su familia, la política; sus dudas, sus contemporáneos… Desde luego la obra de Cicerón es importante. Porque me conmueve y enseña, porque sigue siendo actual. Ahora estoy leyendo sus Filípicas (Cátedra), que escribió intentando socavar el poder de Marco Antonio. Discursos que a la postre le costaron la vida, a punto de cumplir los 64 años (Antonio no olvidó). Su vida resulta especialmente atractiva para cualquier lector cultivado o mínimamente curioso. Por eso he releído la biografía de Anthony Everitt titulada Cicerón, editada por Edhasa en 2007, y traducida por Andrea Morales. Muy completa y rigurosa (en sus datos y en el discurrir de su escritura). Con útil cronología, fotografías y dibujos, fuentes y completa bibliografía. Y sobre todo con una prosa competente, nada pedante, que nos deja leer fehacientemente al personaje en cuestión.

Cicerón era un patriota, como reconoció una década más allá de su asesinato, el propio César Augusto. Un hombre que se volcaba en defensa de Roma, que rehuía de la violencia y de la poltronería y de un Estado abochornado por los intereses personales y la disolución moral, donde la ley se escamoteaba cada dos por tres. Cicerón quería armonizar posturas, siempre en defensa de la República y del Senado. Llegó a ser nombrado Padre de la Patria. Y al mismo tiempo se nos ofrece su vida familiar, donde destaca el cariño de su hija Tulia, y su hermano Quinto (que casi siempre se mantuvo a su lado y le fue leal hasta la muerte). Un hombre con sus defectos -¿vanidoso, ególatra, pusilánime, manipulador?-, pero con virtudes sobresalientes, no solamente oratorias. Julio César lo miraba con gran respeto y tenía en cuenta cualquiera de sus movimientos o palabras. También el poeta Catulo o el estricto Catón, o el gran Pompeyo. Suscitó siempre, vivo y muerto, grandes lealtades. Aunque -como bien señala Everitt- por su origen provinciano la casta aristocrática “lo consideraba, despectivamente, un don nadie trepador”. Pero su genio era evidente, y la envidia de muchos manifiesta. Cicerón era la referencia a tener en cuenta. También para muchos ciudadanos, que quizá veían en él al hombre del que se podían fiar, al más cercano dentro del conglomerado del convulso poder que era Roma.

Debemos saber quién era en realidad Cicerón, para después ir hacia su obra sin prejuicios y quizá hasta con cierta admiración. Leer a Cicerón en pleno siglo XXI es casi siempre un acto de perplejidad, y de hallazgos inesperados, y de reivindicación de la excelencia. “¿Cómo me lo habré perdido hasta ahora?”, se pregunta uno. Comenzar por una biografía no está nada mal. Y luego acercarnos a sus Cartas. Quizá a la vez que leemos lo que sobre él escribió Plutarco. Por ejemplo. Debemos conocer más de cerca nuestra tradición grecorromana. Sin concebir aburrimiento en ello. Primero hay que leerlo. Digo yo.

lunes 8 de noviembre de 2010

Visión sobrenatural



Es ver a Dios en todo. Es verse en Dios. Es ir directo a las almas. Es amar la contrariedad. Es desentrañar el trabajo en infinitas posibilidades de corredención. Es darse cuenta de las cosas que importan. Es aprender a leer la poesía antes de las palabras. Es saber callar justo en el momento. Es levantar los ojos al cielo. Es no acostumbrarse a lo divino, ni a lo humano. Es no desperdiciar el alma en vaguedades. Es soñar con la santidad, hagas lo que hagas. Es hablar con Dios mientras barres o lees. Es abrir cualquier ventana y sentir esas ganas tremendas de ser más y más feliz junto a Cristo. Es escuchar a los demás y entender su corazón y dedicarles tiempo. Es escuchar a los demás y encender su corazón y dedicarles una oración más insistente.

La visión sobrenatural es vivir la vida de Dios. Es ser consciente de la vida y de la respiración y de la gracia de cada latido que la sustenta. Es la paz en medio de la guerra, en medio de la calle, o en medio del vértigo de la familia. Es hacerlo todo aunque no se tengan ganas. Es ofrecer a Dios la impotencia y el desamor, y confiar en Él, que es nuestro Padre. Es buscar Su mirada cotidianamente. Es sacar la cara por Dios y por Su Iglesia. Es moderar tu genio. Es saberse el Credo y querer al Papa. Es poner unas flores a una imagen de la Virgen, o besar el altar y el Sagrario cuando sólo te ve Dios.

La visión sobrenatural es no quedarse en las apariencias, por ejemplo en ese cura anciano que está en el confesionario, pues resulta que no es él, que es Cristo. Es llegar puntual a Misa, sin entretenerse en habladurías. Es no tomarse el pecado a la ligera. Es rezar por el alma de Cicerón si es que estás leyendo sus Filípicas, o por la de Jacobo Siruela ahora que comienzas su libro El mundo bajo los párpados. Es no cansarse de investigar con caricias la ternura del matrimonio. Es perseverar en la lealtad a Dios y no perder la cabeza con fantasías. Es creer que el verdadero genio está en el amor, en aquel que más y mejor ama. Es dejarle sitio a Dios mientras ves la película, y decírselo a tus hijos.

La visión sobrenatural es no dejar arrugas en la camisa cuando planchas, y hacerlo por amor. Es ofrecerle a Dios la belleza que te sale al paso. Ya sabes, al alba, en los semáforos, en la memoria del mar, en los árboles del otoño… La visión sobrenatural es susurrar mientras escribes u ordenas los deuvedés o das vueltas a los macarrones o lees el ABC Cultural: “Te quiero, Te quiero, Te quiero”. La visión sobrenatural es tratar con naturalidad a Dios. Hablarle con cariño, urgirle… Es desear estar con Él a todas horas. Espiritual y físicamente. Es sujetar con fuerza el rosario en el bolsillo. Es sujetarte con fuerza a María.

domingo 7 de noviembre de 2010

Era Él, estoy seguro




A estas horas no tengo nada reseñable que contar.
Apenas un poco de cansancio, un zumo de naranja
y unas cuantas páginas de otra novela.
Lo demás dejémoslo estar, pues he andado perdido
en divagaciones vacías, y con la mirada desvaída
en cualquier lugar. Sin más.
Sólo cabría destacar un hecho. A media mañana
he entrado en una iglesia. Estaba llena de música.
Y he ido a sentarme justo al lado de Dios.
Era Él, estoy seguro. Creo que esperaba a alguien.
Y ese alguien era yo.
Hemos escuchado el órgano juntos, y después su eco,
y al fin el silencio... En un momento dado
mi alma se ha puesto de rodillas.
Y he escondido el rostro entre las manos. “-¡Hijo mío!”.
Y de nuevo el sonido de la música y el sentido de mi vida.

sábado 6 de noviembre de 2010

El poder evocador de las cosas (o esa extraña labor que es la crítica literaria)




No sé ustedes, pero yo me quedo muchas veces como abstraído. Me encuentro mirando algo con suma atención. Cualquier cosa. Pongamos un rosario. O el libro que estoy leyendo de William Boyd (para los curiosos: se titula Bambú). O el abrigo que me voy a poner. O un abanico del siglo XIX que descubro al abrir un cajón. Miro esas cosas, las remiro, y exploro su nostalgia. Quisiera encontrar lo que será de ellas cuando yo ya no esté y sea ya todo literatura. Y sé que esto que escribo no tiene ninguna importancia, que es desgranar el tiempo y poco más. ¿Qué será de estas cosas? ¿Dónde irán a parar de aquí a cincuenta años pongamos por caso? Y yo, ¿dónde estaré? Si muerto, ¿me recordarán estos hijos míos? Puede que lo hagan al ver ese rosario o el abanico o el abrigo. O puede que hasta cuando lea alguno de ellos el libro de William Boyd (lo cual me parece del todo improbable). Los objetos tienen esa propiedad de viajar por el tiempo. Miro la pluma Montblanc y la imagino entre los dedos de un posible bisnieto aficionado a las letras, que la contempla y la acaricia y piensa en ese antepasado que resulta soy yo y del cual sólo sabe que escribió con nostalgia prosas y versos tal vez para conocerse mejor (eso en plan suposición, pero en realidad lo hago para que alguien se acuerde de mí). A través de las cosas exploras el tiempo y las almas. Y me quedo mirando el lomo de un libro -es una primera edición- que me acaban de regalar hace unos días. Encuadernado con nervios y dorados dibujos sobre su piel oscura. Con su Ex Libris y los desgastados cantos por el uso de la lectura. Y después de tantos años en la casa de mi amigo -¡cuántas veces habrá posado sobre él la vista mientras daba vueltas al dolor o a sus problemas!-, en esa estantería que compartía con Ortega y Marañón y unas biblias, ha pasado a estar en mi escritorio, sobre esta mesa donde escribo todos los días (se encuentra entre Los tres mosqueteros y una biografía de Unamuno). ¿Qué pensaría mi amigo al ensimismarse en él? Yo, al mirarlo ahora, elucubro sobre mi amigo, y sin comerlo ni beberlo me viene de repente toda la pena que sentiré cuando él ya no esté y sólo pueda ver (y leer) este libro que de alguna misteriosa forma continuará nuestro diálogo. Puede que por todo esto me guste tanto coleccionar objetos. Y leer. Para pasados unos años poder recordar lo que pasó, lo que era, lo que pensaba. En resumidas cuentas, lo que soy. Ayer, una simple toalla me trajo de vuelta toda una sucesión de veranos. Y me quedé boquiabierto durante media mañana, admirando unos sauces y el sonido de las olas, con el libro Bambú sobre las rodillas.

viernes 5 de noviembre de 2010

Celo por las almas



Miro en un viejo diccionario de la Real Academia Española de la Lengua de 1927. Celo: “Impulso íntimo que promueve las buenas obras. / Amor extremado y eficaz a la gloria de Dios y al bien de las almas”. Y ya puesto me entra la curiosidad. ¿Qué dirá sobre el alma este añejo y sabio diccionario? Pues la define así: “Substancia espiritual e inmortal que informa al cuerpo humano, y con él constituye la esencia del hombre”. Estupendo, claro como el agua. Aunque me entretengo en leer el significado de otras palabras que están por allí. Me gusta pronunciarlas en voz alta. Por ejemplo aljuma, o aljerife, o alirrojo, o alípede. Y vuelvo luego al alma, a la palabra, y leo hasta el final sus distintas acepciones y expresiones. Me encanta la de “alma de cántaro”, que es la persona que no anda muy sobrada de discreción y sensibilidad. Y justo al final me encuentro con una perla, para mí todo un descubrimiento. Fíjense que maravilla de expresión: Paseársele a uno el alma por el cuerpo. No me digan que no tiene mucho de lírico y no poco de filosófico, aunque según el diccionario se refiere a ser calmoso e indolente. Mi forma de verlo es distinta. Esa expresión para mí indica la inquietud, el anhelo que de cuando en cuando siente uno por Dios. Y yo les digo que, desde este punto de vista, a mí se me pasea bastante el alma por el cuerpo. El alma siente un hormigueo, una agitación. Uno no se puede conformar con tan poco, lo que sea. Esa substancia espiritual que todos los seres humanos poseemos siente que le falta algo, que la felicidad no es esa barahúnda que suele ocuparnos, ni aparece por arte de birlibirloque. Hay algo más. Hay mucho más.

Pero la cuestión es que yo quería escribir sobre una de las propiedades que deben distinguir a todo cristiano: el celo por las almas. Siento que las palabras se me hayan desbocado no poco. ¿Qué es eso del celo por las almas? Lo dice bien el diccionario: amor extremado y eficaz. Un amor que una vez acrisolado en la intimidad de Dios, en la oración y en la gracia, en esa vida interior que se afana por identificarse cada vez más con la voluntad divina, necesita hacerlo partícipe a los demás. Lo necesita. No puede dejar de hablar de ello. Sin resultar cargante, por supuesto. O decididamente insoportable. Todo lo contrario. Esa necesidad de hacer al prójimo partícipe de esa felicidad apabullante que es Dios mismo es algo natural, y la confidencia brota en la calle o en el bar o en la familia. Y es personal. Uno no quiere ser ejemplo de nada, ni quiere epatar al amigo. El celo por las almas nace del ímpetu que es el amor de Dios. Según pasa el tiempo ese apostolado -la Iglesia es apostólica- cuesta menos. Por la sencilla razón de que cada día que pasa el cristiano está más enamorado de Cristo. O debería. Y si cuesta es que andamos flojos o tibios o desamorados; quizá más pendientes de otras cosas, o pendientes de esas cosas pero sin ofrecérselas a Dios, sin referirlas a Él.

El celo por las almas, el apostolado, sólo es posible cuando en nuestro corazón el celo por Dios es lo primero y ocupa toda nuestra vida. Entonces es cuando durante la conversación con un amigo o con un hermano o con el taxista, el alma se nos va por la boca y se nos nota. Es muy difícil callarnos ese Amor. No se trata de oratoria, o de una estudiada retórica. No se trata de una programación exhaustiva o de un exultante complejo de superioridad. Se trata de hombres y mujeres enamorados del amor de Dios. Se trata de cristianos con el alma encelada por Dios. Se trata de personas normales en cuyo corazón late un gozo que se asoma por los ojos, y que resulta atractivo. Un cristiano que de verdad quiera a sus amigos, a sus compañeros de trabajo, de pádel, etc.; un cristiano que se llame cristiano y rece y vaya a misa y organice y haga con su familia; digo que un cristiano así si no habla de Dios a todos esos prójimos es que algo pasa. ¿Vergüenza? ¿Timidez? ¿Qué qué les dices? ¿Y todavía lo tienes que pensar? Cuéntales tu experiencia de vida, saca a relucir tu alma, esa alegría para la que no encuentras explicación si no es en el amor de Dios. Diles la verdad, diles que eras una birria y un completo desastre hasta que el Señor pasó a tu lado y te miró. Y tú te levantaste y le seguiste, y que poco a poco has aprendido a querer, a comprender a todos. Eso es tener celo por las almas: saber querer. Quererlas tal y como son y pedir por ellas y ser amigos leales.

Dios quema. El amor de Dios, si nos dejamos llevar por su ternura y su aventura de Luz, nos va transformando y transmitiendo un fuego que nos consume e impele a ser apóstoles Suyos. Con desenvoltura y gallardía, con el orgullo de ser hijos de Dios y la humildad de ser frágiles criaturas.

jueves 4 de noviembre de 2010

Luz de sol


Y era, al fin, un gran sol de luz que respiraba.
(Del canto XXXV de "Noche más allá de la noche",
de Antonio Colinas).


El sol. Después de tantas caras largas
y esa reiterada melancolía
que se condensa en algun punto de tu vida.
Entra el sol por el resquicio que deja la lluvia
y descansa sobre mi mesa.
Se ilumina el folio, mis manos, la tinta
que dibuja el embrujo de las cosas.
Y la mirada, fija en el resplandor, sondea
el color intenso de algunos recuerdos.
¡Qué exacta es la palabra luz, qué precisa
en el silencio su melodía!
Se me olvida el tiempo, inmerso
en tanta belleza blanca. La luz
se posa en el tríptico, imagen
sagrada, como beso de bienvenida.
Me dejo llevar por el lenguaje de su don,
por la gracia de su mensaje ensimismado.
El sol. La luz. En perfecta alegría
que proyecta mi alma al interior de Dios.

miércoles 3 de noviembre de 2010

Ven Señor Jesús



Ven a mí Señor. Ven a mí Jesús. Maestro ven, no tardes, que perezco. Que me diluyo en el desaliento y en la evasiva. Ven, pasa, que ya me las arreglaré para tocarte la orla de la túnica, o para besar siquiera una de tus huellas. ¿Me escuchas? Quizá quieres que clame un poco más, que rece de verdad (con el corazón), que cambie de raíz. Ven a mí, por favor; ven pronto, cuanto antes. Quizá no repares en mí. Comprendo que hay mucha gente, que hay muchos que Te necesitan más que yo, que al fin y al cabo vivo bien, y como todos los días, y tengo un par de iglesias al lado de mi casa donde ir yo a Ti. Me quejo de vicio. Soy un hijo demasiado consentido. De heroico tengo poco. Y aún así me atrevo a salirte al paso. Escucho las voces. Dicen que es Cristo que pasa. Voy, voy. Pasas al lado de mi alma. Pasas, estás pasando… Señor, mírame. Sólo mírame durante un décima divina. ¡Oh Dios, mi Jesús, soy yo! Soy Guillermo. Llévame Contigo. Llévame a donde vayas, en Tu compañía. ¿Qué quieres que haga? ¿Quieres que me quede aquí y siga escribiendo? ¿O quieres otra cosa? Lo que Tú me digas. Sé bien que no me pertenezco, que nada es mío, que lo que hago es fruto de Tu insólita inspiración. Nunca dejas de pasar a mi lado. Nunca Te vas. Pero aún así necesito decirlo: Ven Señor Jesús. Ven más adentro, más aún, hasta que no piense en otra cosa que en Tu Amor. Quiero ir a Tu paso, agarrarme a Ti, tomar impulso en Tu gracia para hacer lo que debo hacer y hacerlo como Tú quieres que lo haga. Nada para mí. Todo es Tuyo. Y ven, y tómame, y enciéndeme el alma en Tu santidad. Mi vocación eres Tú, permanecer en Ti pase lo que pase. Mi vocación es serte fiel, con delicadeza, con naturalidad. Ser como Tú. Ser Tú, el que ahora pasa, el que me mira. Y al ir a comprar el periódico hacerlo como lo harías Tú. Y al trabajar lo mismo. Y lo mismo cuando en casa cunda el nerviosismo o la intemerata. Ven. O espera. Ya salgo a Tu encuentro. Ya voy, estoy yendo. ¿Ves? Soy ese. Me despisto no poco. No poco me desoriento. Pero soy yo, el mismo que viste y calza. Y lo tengo muy claro: el éxito de mi vida es identificarme Contigo. No hay otro éxito. Vibrando, buscando la eficacia de Tu gracia. Por eso ven a mí. Y yo voy también hacia Ti. Trasteando, pero voy.

martes 2 de noviembre de 2010

“Como Lily” (Good as Lily), de Derek Kirk Kim y Jesse Hamm


El cómic es una parte de la literatura. Esa forma visual y textual de entender una historia, de contarnos desde una aventura trepidante hasta la más sugestiva autobiografía. El cómic es la prehistoria de la lectura, o su prólogo, o su escuela. Eso es lo que yo creo, aunque he de decir que tampoco soy un forofo absoluto del género, ni mucho menos ningún entendido. Pero los leo. Leo cómics. Las más de las veces para desperezar el alma, para descansar un poco. Lo de siempre, los clásicos: Astérix, Tintín, Mortadelo y Filemón, Lucky Luke, la Mafalda de Quino y algunos de la industria Marvel. Tengo una verdadera pasión por Namor, el príncipe de los océanos. Y por Thor, el dios del trueno. Y hace poco he vuelto a releer al españolísimo Capitán Trueno, lanzándose al ataque contra el moro al grito de “¡Santiago y cierra España!”. Vive Dios que choca leer estas cosas, a estas alturas de epifanía de alianza de civilizaciones y demás complejos y ataques a todo cristiano que se mueva.

El cómic parece que es cosa de la infancia o primera pubertad (cuando no todos los cómics son precisamente para niños). Pero no. Como en la literatura, hay de todo, y con la edad y las relecturas aprecias mejor estas obras. Haces nuevos descubrimientos o vas dejando de lado otros. Hay quien piensa que el cómic es signo de inmadurez, que ya uno debe dedicarse a cosas más serias. (Lo mismo me dicen algunos sobre la poesía). ¿Pero no quedamos en que es literatura? Y la literatura es también, y sobre todo, esparcimiento, diversión. Y esa otra forma de ver el envés de la vida, de expresar mediante el humor o la ironía o lo heroico, y con variadas estéticas pictóricas, lo que soñamos, o lo que nos pasa. El cómic es también una pedagogía (se empieza a amar a Roma y al latín con Astérix) o hasta una filosofía (¡cuánto me ha hecho pensar la sentenciosa Mafalda!). Y por supuesto una psicología del esperpento en el que se convierte tantas veces la realidad, nuestra sociedad.

Como Lily (2007), de Derek Kirk Kim y Jesse Hamm, y editado ahora en español por la editorial SM, ha sido algo completamente inesperado. Pensaba que era un libro más. Un libro juvenil más. Y al abrirlo y aparecer ante mí los primeros dibujos, las primeras viñetas, confieso que mi interés creció. Los dibujos en blanco y negro son claros, realistas. Buscan la sencillez de rasgos, que la historia se pueda seguir con facilidad. Y la historia nos muestra a Grace, que acaba de cumplir los 18 años. Es una chica cuyos padres son de origen coreano, pero ella es una norteamericana más. Buena estudiante, guapa y con don de gentes. 18 años. La salida del instituto está cercana. Se aproxima el desafío (la han admitido en la Universidad de Stanford), el ansia de saber, pero queda la melancolía. (Un paréntesis que no sé si viene al caso o qué, pero es que acabo de recordar que un filósofo y poeta español llamado Carlos Cardona decía que a la filosofía más que por la admiración o por el asombro, -según sentencia de Aristóteles-, se inicia en la nostalgia). Grace está inquieta. Como tantas y tantas a esa edad. Siente que no está preparada. Ese vértigo que se produce cuando el colegio se acaba. Su mejor amiga, Rona, se lo deja claro: “Tienes un talento que das asco, eres lista que te pasas, una de las personas más perseverantes y trabajadoras que conozco, y estás buenísima. ¿Qué te podría salir mal?”. Con una familia que la adora y unos amigos que la quieren. Pero ella siente el aguijón del amor. Hay un profe muy guapo…

Durante la fiesta del cumpleaños es cuando surge lo inesperado, cuando el relato se diversifica y el misterio entra en escena. Grace se encuentra esa noche a una niña de seis años, a una joven de 29 y a una señora de 70. Las tres son ella misma. Y las cuatro conviven unos días en el mismo tiempo y en el mismo lugar. Los recuerdos de la infancia, con su sabiduría y sus penas; lo que no llegó a ser, las oportunidades desperdiciadas o en las que una se equivoca. La inopia y la tozudez de tantas decisiones equivocadas. “Tú prométeme que no te convertirás en mí”, le dice la Grace de 29 a la Grace de 18. Y el corazón, que se ruboriza y no se da cuenta de ese chico… ¡Ay, Jeremy! El inicio de la madurez. ¿Puede cambiarse algo? ¿Puedo llegar a ser de verdad feliz? Lo ideal no existe, pero ¿puede aproximarse? Como Lily es un cómic para darse cuenta de la importancia del cariño familiar y de los amigos, para reflexionar sobre el para qué y el por qué, para que nuestras hijas de 16, 17 ó 18 años piensen en su realidad, en que sus sueños y anhelos se fundan en el presente, en saber aprovecharlo. En fin, como decía el mismo filósofo antes mencionado “nada tan obvio como el ser, y nada tan misterioso”. Pues eso. A disfrutarlo.

lunes 1 de noviembre de 2010

María+Visión cumple 17 años



Para Mónica y Emilio


De pronto un alma cualquiera cambia de canal en su televisor o en Internet se encuentra un enlace que le lleva a http://www.mariavision.com/. Y se topa con el Santísimo expuesto ahí, en el mismo centro de la pantalla, o ve a una persona que sin reparo alguno está hablando de Dios. Choca, llama la atención. Algunas de esas almas se quedan con la copla o con esa imagen-Hostia prendida de su retina (ese resplandor blanco del Cuerpo blanco del mismo Cristo, “el infinito centro de lo blanco”, que cantaba el poeta). De pronto, en medio de todos los millares de canales de televisión, un alma se encuentra con Dios. Cara a cara. O se deja llevar por una entrevista con alguien que habla sobre la santidad del matrimonio, o se abisma en un reportaje sobre María, que le consuela y anima. Son muchas las almas que se han vuelto a encontrar con Jesús gracias a María+Visión. Muchas las que caen en la cuenta de que no pueden seguir con una vida cristiana de medio pelo, superficial, acomodada, sin oración. Gracias al testimonio de otra alma quizá, o a la sonrisa de otra. Nunca se sabe dónde y cuándo, pero el Espíritu Santo actúa. Esa alma que parece que apenas muestra atención a ese canal que tanto insiste en ver su marido o su mujer o una abuela, y refunfuña y protesta, y que sin embargo se va haciendo preguntas, y en su intimidad sabe que necesita de Dios.

¡Son tantas las almas que precisan de ayuda, de un empujón! La primera la mía. Tantas las almas que desean proclamar su fe y no saben cómo. Tantas que son ignorantes de la misericordia de Dios. Tantas que están esperando unas pocas palabras que desbaraten su tibieza, o sencillamente que les hablen claro sobre la necesidad de la confesión y de la gracia. Y tantas almas que ansían la perspectiva cristiana de la actualidad, de las noticias. Sin mojigaterías, pero con la certeza de la Providencia divina. Las almas están esperando. Porque nadie puede ser feliz sin Dios. ¿O acaso no lo experimentamos cada uno de nosotros? Hora es de ser más consecuente con nuestra creencia. Hora es de salir al foro, a la calle, a la televisión, a Internet, al mercado. Alma a alma. Sin melindres ni vergüenzas. Las almas esperan. Nos esperan. De ahí la maravillosa realidad de María+Visión, la entrega y la fe de toda esa gente que trabaja en ella. Yo los conozco. Los he visto trabajar. Con profesionalidad y aplomo, sin cosas raras. Los he visto enfocar la cámara con el corazón. Los he visto entre cables y ordenadores, entre todo ese barullo de tecnología, y con un rosario en la mano. Con sencillez. Saben que María es la que está al mando de todo aquello, la que quiso y quiere que María+Visión salga adelante cada día. Para servir a la Iglesia, para incentivar la piedad cristiana (sin piedad no hay vida cristiana que valga), para sobrenaturalizar nuestras vidas, para formar las conciencias y las inteligencias con sana doctrina.

Hoy es un día de felicidad y de agradecimiento. Bendito sea Dios. Bendito sea Su Santo Nombre. Y hoy es un día para pedirle a María renovados bríos, sin desfallecer en ningún instante. El Papa Benedicto XVI nos está diciendo que luchemos contra la indiferencia, sin abandonar jamás la lucha por la santidad. Y así renovar el mundo. Recristianizar el mundo. María+Visión está en esa lucha. Sin componendas ni vaguedades. Con optimismo, con soltura, “llenos de alegría por ser hijos de Dios”. Todavía se escucha la pregunta de Cristo, a cada uno: “¿Me amas?”. Y, para celebrar este aniversario, regalemos a María una flor, aunque sea silvestre y sencilla y de escaso perfume. Estoy seguro que le agradará.