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Reflexiones, poemas, escorzos de vida, fe de lecturas, noticias de amigos... No pretende ser un desahogo, más bien un diálogo. Un demorarme en el resplandor de nuestra existencia. Y en su literatura.


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domingo 31 de octubre de 2010

Y quedarme en tus labios



Quisiera ser algo más. Quisiera
viajar por el espacio de lo que piensas.
Ser luz en el relámpago de lo que miras.
Ser tú, cuerpo de mi cuerpo, prodigio de alma
en donde es más lo que amas que lo que piensas.
Quisiera ser el centro de tu vida, lo infinito
de la sonrisa con la que me salvas del olvido.
Ser el verdadero ser del poema que escribo.
Las palabras no, su destino.
Y quedarme para siempre en tus labios.

sábado 30 de octubre de 2010

Llenos están el cielo y la tierra de Tu gloria



Que el cielo esté lleno de Tu gloria, oh Dios, no me cabe duda. Lo de la tierra ya es otro cantar. Sé que sí, pero son frecuentes las dudas, mis dudas, dado el empeño que ponemos en desterrarte de nuestras vidas, en ponerte entre interrogantes. Estamos ciegos. ¿Dónde está esa gloria divina? ¿Dónde para? Sólo veo trifulcas, catástrofes y carnavales. Un desastre. Los empeñados en agradecerte, en quererte, en sacar a la luz Tu rostro, en adorar esa gloria, son menospreciados, cuando no perseguidos con saña. Cunde el desánimo a veces, lo sabes, cunde el mirar a otra parte más oscura, y engañarnos a nosotros mismos con sobradas mentiras de lujo, con esas vaguedades absurdas que jalonan nuestros días. Tu gloria, oh Dios, la ensuciamos a base de busconas trivialidades. Nos manchamos los ojos de lujurias o de avaricia. Ciegos, completamente ciegos. ¿Dónde está Tu gloria Dios mío? ¿Dónde para la bendición de Tu mirada? Y nos devanamos el alma con nada, con todas esas naderías que pululan en televisión, en Internet, o en las revistas, o en libros estrafalarios. No pocos dicen de Tu gloria: “no existe”. Otros la interpretan de mil maneras hasta desvirtuarla en logomaquias. La gloria para el hombre es ya otra cosa. La gloria es nuestra gloria, no la Tuya. Te hemos vendido a cambio de unas monedas o de un escalafón o de una despampanante rubia. ¿No lo ves? Dios, escucha, debe quedarte clarito, no pintas nada. Así al menos quieren creerlo unos cuantos. ¡Cómo para darte gloria y alabanza! Con lo afanados que estamos en la nuestra.

Sin embargo Tu gloria lo empapa todo. Sin querer se mete por el rabillo del ojo. O de repente, sin que nadie se dé cuenta, ya la tenemos dentro. Oh Dios, y es que no nos dejas. Brillas en lo más alto del cielo o en unas lágrimas desamparadas de todo, o en ese poema. Brillas en medio de la noche, o sales a nuestro paso recién resucitado. Tu gloria, Dios mío, toda esa gloria en la que nos dejas participar con sólo abrir el alma. Con sólo ayudar a alguien. Tu gloria es la que se hace de día en nosotros. Aunque sea lunes, o llueva, o haga frío. Y miramos diferente. Esa claridad que amanece con Tu perdón, con Tu amor, nos cambia por entero. Y miramos infinito. Contemplamos el horizonte o las calles llenas de obras o al prójimo -sea el que sea- desde los mismos ojos de Dios. Oh Dios, Tu gloria está en cada instante, la encuentro en el paso de peatones, en el médico, en la panadería, en mi biblioteca. Tu gloria también está en mi memoria y en mis sueños. “Llenos están el cielo y la tierra de Tu gloria”. Llenos, rebosantes, sin vacío ni tristeza ni costumbre. Tu gloria: la suma de cielo y tierra. El cielo en la tierra. La tierra anhelando la santidad del cielo. ¡Bendito seas! Dios. Dios mío, que Eres la unidad de ese cielo y de esta tierra; que Eres el nexo de todo, la armonía, la misericordia, la majestuosa cadencia del corazón (que late por amarte), los tonos del amor donde germina el hombre y el mundo todos los días. La gloria de todas las glorias: estar Contigo en la constante confidencia de Tu dulzura y de mis quejas.

viernes 29 de octubre de 2010

“Conspiración”, de Robert Harris



Cicerón. Es mucho más que unas precipitadas traducciones de latín en el bachillerato (del antiguo bachillerato, porque ahora ya no sé si queda mucho rastro en la formación colegial para las humanidades, cada vez más orilladas o sencillamente eliminadas, pues resulta que no son prácticas ni útiles para la vida postmoderna). Cicerón. Una obra magnífica de sabiduría y literatura; un patriota romano; un político hábil y perspicaz y un abogado de magistral oratoria. Cicerón. Vida y obra. La obra conservada es inmensa, y en parte gracias a ella -sobre todo gracias a sus cartas- y a la de otros escritores conocemos su vida bastante bien. Cicerón, una figura del primer tercio del siglo I a.C. que resulta ejemplar en muchas de sus facetas, que según vamos adentrándonos en ella nos parece más y más atractiva y necesaria para nuestra borreguil contemporaneidad. Un hombre que ambicionó el poder, desde luego, pero que combatió siempre la corrupción y la dictadura. Marco Tulio Cicerón, un romano que llegó a cuestor, edil, pretor y a cónsul -además de gobernador de Cilicia y augur y Padre de la Patria- por su propio prestigio moral y profesional (no era de familia aristocrática o patricia). Un “hombre nuevo” (homo novus). Senador de la República, constante referencia para todos. Admirado, temido, pero también envidiado y odiado. Su arma era la palabra, que manejaba en todo su esplendor.

Basar una novela histórica en su figura es de agradecer. Robert Harris (Nottingham, 1957) lo ha hecho con especial acierto. Conspiración (Grijalbo) es una narración excitante de principio a fin, donde la acción nos ilustra y nos incita a querer saber más. Una novela que entretiene y que enseña, y que nos ayuda a conocer un poco mejor nuestra propia cultura. Roma es el cimiento y el alma de lo que somos. Cicerón ya aparece en otra novela de Harris, en Imperium; y ya nos anuncia la tercera parte de la trilogía. (No quisiera dejar de mencionar otra obra magnífica del escritor británico: Pompeya). Todos estos libros están editados también en Grijalbo. Cicerón despierta muy pronto en el lector admiración. Como en cualquier coetáneo suyo, incluido Julio César. Sobre todo Julio César. No lo quieres perder de vista, y la novela la lees esperando que no se acabe. Lo mismo me ocurrió con otro texto centrado en la figura de Cicerón: La columna de hierro, de Taylor Caldwell (Maeva). Pero la novela de Caldwell es mucho más ambiciosa, pues recrea la vida de Cicerón y de la República más por extenso, y debo decir que literariamente me parece mejor. Eso no quita que ésta de Robert Harris carezca de interés y fuerza literaria. Para nada. Es una muy buena novela que deberíamos leer todos, en estos tiempos de pensamiento débil y de hechos tan frívolos; en estos tiempos donde la política está tan devaluada por la mentira y la propaganda, o por la propaganda de la mentira.

Una novela ésta que se centra en los acontecimientos que fueron sucediendo alrededor del año 63 a.C., fecha en la que Cicerón es nombrado cónsul encabezando las votaciones, sin violencia ni sobornos, lo cual ya era algo inaudito. Su lucha contra Catilina y Clodio (unos personajes de lo más abyectos), y su oposición constante a Julio César, cuya desmedida ambición provocaba un constante temor, y que era el que estaba verdaderamente detrás de todas las intrigas. Cicerón tenía, como digo, el arma de su palabra; y como dice Harris “poseía el valor más atractivo que existe: la valentía de los hombres sensatos”, lo que le granjeaba la amistad y lealtad de no pocos. Su lema en la vida lo menciona en una de sus cartas a su hermano menor Quinto, y lo extrae de un par de hexámetros de la Ilíada: “Siempre sé el mejor, mi niño, el más valiente, / y mantén tu cabeza por encima de la de los demás”. La verdad es que da gusto leer este tipo de libros. Te metes tanto en el personaje que quieres leer más. En mi caso me he puesto a releer la que pasa por ser una de sus mejores biografías: Cicerón, del también británico Anthony Everitt (Edhasa). Y tengo preparado sobre la mesa el tomito de Alianza que reúne los deliciosos tratados Sobre la vejez y Sobre la amistad, traducidos por Esperanza Torrego. (Ojo, no hay que dejar de lado la biografía del profesor zaragozano Francisco Pina, Marco Tulio Cicerón -editada por Ariel-, una obra espléndida y que ningún admirador de Cicerón y de aquel trozo de historia, debe perderse).

La prosa de Robert Harris es dinámica y ágil, casi de reportaje periodístico. No en vano ha sido periodista durante muchos años. Pero la historia prevalece sobre la imaginación. Los hechos, vamos. Toma como narrador al esclavo Tiro (Marco Tulio Tirón), que fue ayudante y secretario de Cicerón y que es testigo de su vida familiar y política (en la novela lo libera de su condición de esclavo cuando sale de Roma hacia el exilio -58 ó 57 a.C.-, pero en realidad lo liberó el año 53 a.C, el mismo año que muere Craso). Los diálogos son creíbles y están basados en buena parte del epistolario ciceroniano. En su vida fueran decisivas las figuras de su mujer Terencia (aunque la repudiaría en otoño del 46 a.C.) y su hija Tulia ("mi querida pequeña Tulia" o "mis delicias, mi favorita"). También lo fueron su amigo Ático (Tito Pomponio), y Quinto Tulio Cicerón su hermano menor, siempre a su disposición y servicio, aunque él mismo llego a ocupar puestos de poder en Roma. Precisamente de Quinto son un buen número de misivas que nos retratan con nitidez la personalidad de Cicerón y la coyuntura social y los peligros a los que se enfrentaba. Y Quinto fue el que escribió el Commentariolum petitionis, una larga carta dirigida a su hermano Marco Tulio para sacar rédito en las elecciones. Estas pocas páginas son de una actualidad increíble. Por eso la editorial Acantilado las editó en 2003 con el explícito título de Breviario de campaña electoral, en la traducción de Alejandra de Riquer.

Conspiración puede parecer de portada hacia afuera un best seller más, pero cometeríamos un gran error. ¡Ay Cicerón! ¡Ojalá hubiera hoy en Occidente cuatro como tú! ¡Qué digo cuatro! Con dos nos bastaba. Políticos de talla moral, humana y humanística, ocupados en defendernos de la inanidad, de esta demagogia que asfixia a cualquier mortal que se precie. He subrayado en la novela estas palabras de Cicerón a Tiro que me parece lo definen bien: “Tengo mis defectos, Tiro, y tú los conoces mejor que nadie, de modo que no necesito decírtelos, pero no soy como Pompeyo, César o Craso. Todo lo que he hecho, todos los errores que he cometido, lo he hecho por mi país; ellos… todo lo que hacen, lo hacen por su propio beneficio, incluso si eso supone apoyar a un traidor como Catilina. –Dejó escapar un hondo suspiro. Casi parecía sorprendido de sus principios-. Bueno, supongo que habrá que decir adiós a unas cuantas cosas: a una vejez tranquila, a la reconciliación con mis enemigos, al poder, al dinero, a la popularidad entre la chusma…”.

Háganse con esta novela, con Conspiración, de Robert Harris. Es nuestra historia. Es nuestra oportunidad de aprender, de ver que el pasado está en nuestro presente.

jueves 28 de octubre de 2010

Creía en un sueño



Hoy me he despertado mientras dormía.
Soñaba que creía en un sueño
donde siempre era de día.
La gente vivía feliz, sin envidias:
se conformaban con lo que tenían.
No había noche en las almas
y nadie fingía mentiras.
La luz guiaba sus vidas
sencillas, sin discordias...

Habían descubierto a Dios
en el corazón de la rutina.

miércoles 27 de octubre de 2010

“Necrópolis”, de Boris Pahor



La autobiografía del horror. En medio de una naturaleza espléndida el calvario de Natzweiler-Struthof. Un campo de concentración en el centro del alma y de los Vosgos. Y después Dachau y… El lenguaje que se adentra por la espesura de la tiniebla, de la memoria que no cicatriza. Horror personal y colectivo. Terror que aniquila la esperanza. Recuerdos que atraviesan la médula del dolor. El autor de Necrópolis (Anagrama) visita ese osario del espíritu, donde el mal sajaba y torturaba. El mal en toda su crudeza. Ahí están los mismos edificios y alambradas, ahí están los ecos de la muerte, de la agonía de la humanidad entera. “El mal que aquí sobrepasaba todas las dimensiones de la imaginación”. ¿Cómo olvidarlo? El escritor escribe, quisiera la catarsis de todo aquello. Dejar de sufrir, de penar, de volver a vivir aquel miedo o pánico o envilecimiento. ¿De quién es la autobiografía que el lector lee? ¿Sólo de Boris Pahor (Trieste, 1913), de este escritor en lengua eslovena? Pahor quiere testimoniar la tragedia, aquella experiencia infernal. Quiere ser la voz, la conciencia. ¿Cómo se puede comprender hoy semejante monstruosidad, “la sensación de estar perdido en medio de una masa fluida, amorfa y extremadamente vulnerable”? Tortura, tortura, tortura. De los cuerpos tísicos y fantasmales, de las almas aniquiladas en medio del tufo de un humo negro por donde se desangra el hombre.

El libro de Boris Pahor es el recordatorio de una vida expoliada, y es la elegía de unas emociones que no pueden permanecer ocultas, calladas. Boris pasea entre los barracones, arrastrando los pies, la cabeza gacha, los ojos perdidos… ¿Cómo decirlo? ¿Cómo hacer llegar a los hombres del presente y del futuro lo que sucedió? El lenguaje se torna romo, tan escuálido y frágil como aquellos hombres y como aquellas mujeres… Tortura, tortura, tortura. Y el empeño del hombre por sobrevivir. Lo que vio. Cada frase es como un funeral. “Vivir la muerte”. Pahor revive la muerte, el horror. Intenta no saber, pero sabe; intenta olvidar, pero no olvida. No debe. El estremecimiento, el temblor, la inanición. ¿Cómo pudo ser? Gestos y palabras de hombres asesinados, destruidos, disecados. “La piel humana colgaba en Dachau (…). De ella fabricaban piel fina para los pantalones de equitación, las carteras, las zapatillas y también para encuadernar los libros”. El lector siente el escalofrío y la angustia. Necrópolis es el análisis de toda esta pesadilla, el análisis de aquel frío, de aquella tortura. Y es homenaje. Y condena. Y aviso. E interiorización. El libro es querer volver a sentir con el alma, sentir las almas que dieron su vida. Y contarlas. Contar lo que sucedió.

Al concluir la lectura de Necrópolis, y por más que se haya leído otros muchos testimonios del genocidio nazi (o del estalinista), uno se siente conmovido hasta las lágrimas, siente la indignación. ¿Qué decir de un libro así? El atento lector que yo soy guarda un respetuoso silencio y reza y pide a Dios por todas esas personas que sufrieron lo indecible, y por nosotros, y por el autor. El crítico no sabe muy bien qué escribir. He ahí el libro, el testimonio. ¿Qué queréis que os diga? Sólo se puede sentir, emocionarse… Leedlo por favor, leed.

martes 26 de octubre de 2010

Lo primero Dios



Lo primero Dios. Y lo segundo y lo tercero... Lo primero es dar la bienvenida a Dios. A este día en el que seguramente no va a ocurrir nada en especial. ¿O sí, quién lo sabe? Pues eso, ofrecerle todo. Lo previsto y lo imprevisto. Lo que guste y lo que no. Lo primero Dios, Sus preocupaciones, Su infinito dolor. ¿Qué alegría podría procurarle yo? ¿Qué? Lo repito y vuelvo a repetir: "Tuyo soy, para Ti nací, dispón Señor de mí". Suyo, para Él. Todo lo mío, todo lo que hago o pienso. Para que Su Amor sea lo que me salve de tanta ruina. ¿Qué le puedo ofrecer? Nada del otro mundo, nada excepcional. ¿A que no? Levantarme en punto, el orden de la ropa y de los bolígrafos, la lectura de ese libro o la sencilla jaculatoria de un beso. Eso y no juzgar a nadie, y comentar las noticias con Él. A Dios le preocupa todo lo que sale en la prensa, sean inmigrantes o parados, los que sufren la violencia y la ignominia, los accidentes, la política... ¿Y verdad que Te aflige Dios mío la parsimonia de mi fe? ¿Qué puedo hacer yo? Es la pregunta de siempre, la retórica pregunta para quedarme como estoy. Tras ella la pereza y el descuido y la molicie. ¿Qué puedo hacer? Todo. Lo puedo todo si cuento con Él, con Dios, que espera mi iniciativa de amor, mi oración, mi entrega. Eso tan pequeño que soy es lo que espera. Y que se lo diga. Eso es la oración: el corazón que conversa, que más que pedir se da y se interesa por Dios, por el Amado. Y Le hablas y Le amas durante el día. Tu vida debería ser ese diálogo, esa oración continua. A cualquier hora. En el ordenador o comiendo o de visita; en la iglesia, en la calle o en tu propia casa. Siempre pendiente de la Voluntad de Dios, de Su querer, de Su Presencia. Porque desea ser nuestro confidente, saber de nosotros de primera mano. Le importa todo lo nuestro. Los nervios, la pena, la inquietud, las ilusiones. "Dios mío, ¿qué Te parece esto? ¿Tú que harías en esta tesitura?". Contarle, cantarle. Entonar el alma, hacerle partícipe de lo más entrañable, de lo más personal. Sí, desde luego, lo primero Dios. Y si me olvido empezar de nuevo. "Aquí estoy, pues mira Te cuento".

lunes 25 de octubre de 2010

Barajando el tiempo



Unas cuantas fotografías. Me entretengo en calcular los años y en escudriñar sus detalles. Las miradas que me miran desde entonces. Luces y sombras. Una margarita en un sombrero naranja, el agua de un verano, un enorme lazo rojo (y otro verde), ese niño en blanco y negro con la bata del colegio... Gestos de sorpresa, sonrisas y unos cestos con pétalos de rosas. ¿Qué será de aquel reloj o de aquellas gafas? Y yo abrazándome a su cintura (nunca me he sentido tan seguro). Y los niños que juegan con unos almohadones. Unos pinos y unas piedras, y un río donde nadan infinidad de brillos. La hierba donde leí un libro, o quizá dos. La poesía que buscaba entre los helechos. ¡Qué frío hacía siempre en aquella casa! Y durante esta mañana, en la que miro todo este manojo de fotografías porque no sé muy bien qué escribir, voy repasando mi vida por distintos paisajes y domicilios. Y me hacen sonreír esas caras tan jóvenes y tan niñas. Mi familia se dispersa por la mesa, por este escritorio, y mis manos acarician y ordenan, y acercan a los ojos unos primeros planos del alma. Es una manera de ser feliz, de reparar en el amor que sustancia lo que somos, hemos sido o queremos ser. Ay, ese chapuzón, y esos pendientes, esa caja de cartón que era un coche descapotable de James Bond, los eslabones de un chupete y los abuelos (re)posando con paciencia sus vidas. Más que nostalgia lo que siento es orgullo, y el privilegio de saberme hijo. Y padre de toda esta pandilla.

domingo 24 de octubre de 2010

Se deshojan las palabras




Cada línea que leo, cada verso
es la línea de un horizonte nuevo.
En su horizontal abismo
se levanta una vertical aurora
que abrasa con su fuego el cielo.
Y en la página veo el vuelo de las aves
y el resplandor de unos labios.
Y su alma dormida, abrazada a mis sueños.
Son poemas que se enroscan a la luz
de unos ojos donde nunca hay miedo.
Levanto la vista para mirarla a ella, a la aurora
de su cuerpo. Nada más sobrenatural
que el tacto del que ama, que el acto
de amar en júbilos monosílabos.
Pero con el tiempo el amor se deshoja de palabras
y se aprende a hablar en silencio.

sábado 23 de octubre de 2010

Dios quiere ver nuestra perseverancia



Dios quiere ver nuestra insistencia, nuestra perseverancia. Con el corazón desnudo, alegre o dolorido, siempre necesitado. Perseverantes en la oración, en el cariño. Quiere que Le entreguemos las continuas contrariedades, los éxitos, los tropiezos, nuestra voz. Dios quiere que sin ver perseveremos en la fe, en la Verdad de Su resurrección, de Su Presencia, de Su llamada personal, de Su Evangelio. Dios nos necesita perseverantes en el camino, en la puntualidad de Su Amor que nos invita y conversa en lo más hondo de nosotros mismos. Puntuales al ofertorio de nuestro trabajo esmerado, que Él transforma en sacrificio agradable, en ascética y corredención; puntuales a la santidad del matrimonio y de la familia, en esa constante y muchas veces costosa renuncia a lo nuestro, al propio criterio; puntuales a la cruz y a la caricia, a la caridad y a la paciencia; puntuales al ángelus de Su Encarnación (justo a las doce) y a la confesión sacramental cuando está prevista. Puntuales y perseverantes. Dios nos quiere leales a nuestra propia semejanza con Él. Intentando no ceder ni un ápice a las tentaciones, que las hay muy sibilinas y en apariencia llenas de buenas intenciones, y luego ya se sabe, te dejan todas en la estacada. Andemos listos y prudentes. Dios quiere nuestra perseverancia -sin dilaciones- para darnos Su Fortaleza. Se conforma con nuestro deseo de ser mejores para levantarnos en vilo, para descubrirnos un poco de Su intimidad, de la posibilidad de nuestro vuelo si somos dóciles a la gracia. ¡Qué ternura la de Dios! No hagamos nada fuera de Él, no queramos nada que nos separé de Él. Ni siquiera un poco, un ápice, una milésima. Fuera de Dios sólo hay desazón, lo sabemos, lo experimentamos. Dios quiere nuestra perseverancia y abandono. En lo de todos los días. En el verso del poema y en el verso de la oficina, del andamio, del comercio o de la cocina. Hágase Su voluntad. Todo para Su gloria. No puedo, no puedo, no sé… Pero con Él podremos. Y debemos. Si somos humildes y confiamos a pies juntillas. Podremos si perseveramos. ¿En qué? En lo de siempre, pero de cara a Dios. Al subir la persiana darle gracias, y en el desayuno ofrecerle el amor de tu vida y esos ojos de tus hijos que están a la expectativa de todo. Santiguarnos en el ascensor y ofrecerle en la calle toda la belleza que Le corresponde. Y respirar profundamente Su Providencia, y rezar por todas las almas con las que nos cruzamos. Y al abrir un libro leer con gratitud en el fondo de un río Su transparencia, o descubrir el lenguaje infinito de una mejilla. Sentir en definitiva que el mundo es un milagro específicamente Suyo, un conglomerado de misterios que admiras cada vez con más pasión y sorpresa. Y con insistente perseverancia asistes al Amor que en ti todo lo resucita. Fiel a Dios, aunque me cueste, aunque no sepa, aunque sea un desastre encaprichado de cualquier carrusel de abedules o ropa o imaginaciones o pereza en zapatillas. “Si perseveramos reinaremos con Él”, veremos hacerse realidad los sueños completos de Dios para nosotros. Y se acabó el enmascaramiento, la trola, los inconvenientes. Dios quiere ver. Dios quiere vernos felices. Dios quiere hacer nuestro Su aliento. Dios nos quiere como somos: cretinos, obcecados, pendulares…, pero eternos, herederos, hijos. Capaces de amarle y de escuchar Su voz en el desierto. Capaces de perseverar en el intento y trepar hasta la cumbre de la Cruz, que es el lugar más próximo al Cielo.

viernes 22 de octubre de 2010

Como si nada





Una ventana transverbera
una luz muy intensa.
Como si nada.
¡Qué sobrenatural es siempre la luz!
Ahí llega, y se posa
en las formas. Y en el alma.
Como si nada.
Es dulce, y quema.
Veo gracias a ella
y dentro de su resplandor habito.
Como si nada.
La luz es el amor y es su fuego
y es la vida y es el cielo.
Como si nada.

jueves 21 de octubre de 2010

“Reckless. Carne de piedra”, de Cornelia Funke


He aquí el inicio de una nueva trilogía de Cornelia Funke (1958), escritora alemana asentada en Los Ángeles. Autora de abundantes cuentos para niños y, dicho sea de paso, muy buena ilustradora. Pero ella sobre todo siempre será la autora de Corazón de tinta, de Sangre de tinta y de Muerte de tinta. Nunca podré olvidar esos libros de lomos amarillos editados por Siruela, la editorial que nos ha descubierto en español la prodigiosa imaginación de Cornelia Funke. Y ahora tenemos aquí la primera entrega de Reckless. Su título: Carne de piedra. Es la historia de Jakob Reckless, acompañado de su hermano Will (que lo sigue, cansado de esperarle siempre), de Zorro y de Clara. Reckless: el imprudente. El joven que sigue los pasos de su padre al otro lado del espejo. Sí, las referencias a cuentos clásicos de la literatura son constantes. De hecho este libro tiene mucho de registro de lecturas, de asimilación y homenaje. Todos queremos meternos dentro de las historias, hacerlas nuestras, ser nosotros mismos los personajes. Y es lo que hace Funke. Jakob es como su alter ego, el instrumento narrativo por el que ella quiere escaparse de este mundo cuando quiera, redimirse de una realidad que la asfixia. Jakob es el alter ego de cualquiera que lea estas páginas. De cualquiera que sueñe. De cualquiera que sueñe algo distinto.

Pero Carne de piedra es algo más. El espejo que está en el despacho-biblioteca del padre de los Reckless es como si fuera la figura de lo que es y significa la literatura. Ese cruzar a otros mundos, ese ir más allá, esa búsqueda de trascendencia, de rebeldía, de inconformismo, de aventura. No sé, pudiera ser. ¿Puede que sea también una huída? Una huída del horror de nuestro mundo. Como confirma Clara: “Este mundo no te aterroriza ni la mitad que el otro”. Y el otro es el nuestro. ¿Qué hay al otro lado del espejo? Para el lector el libro es el espejo. Desde el mismo momento en que pone su mano en la portada. Somos nosotros. Son Jakob y Will y Clara. Pero expuestos a mil magias que nos parecen imposibles. Expuestos al poder de los conjuros de las hadas y de la literatura. Un mundo donde también hay guerra entre los humanos y los goyl (con su piel de piedra). Comienza todo. Y hay un punto en casi todos los libros en el que ya no puedes volver atrás. Se hace cada vez más difícil. Y la piel de Will comienza a transformarse en piedra de jade (mineral muy duro, semiprecioso, en este caso de color verde). A no ser que ocurra un milagro dejará de ser humano. Esa es la aventura, la trama.

Esa es nuestra aventura. ¿Somos ya de piedra? Dice la niña-zorro, refiriéndose a Will, que apenas tiene ya un poco de piel humana en su rostro: “Ya no ama a nadie (…), porque se está olvidando de quién es”. Insisto: ¿Y nosotros? ¿Sigue existiendo algo de blando, de alma, en nosotros? ¿En qué se está convirtiendo nuestra sensibilidad, nuestra humanidad? En el libro hay algo de todo esto. Es mi lectura, ya lo sé, pero debo decirlo. Y Jakob no se resiste a ver como su hermano desaparece. Esa es la gran aventura: el amor. El amor fraternal y el amor de Clara por Will, y el de Zorro (esa niña no tan niña) por Jakob. No hay dificultad que no pueda afrontar. Hace acopio de fuerza y de magia, de inteligencia y de valor. Pone su vida en juego y no conoce el miedo. La piedra no sólo avanza deprisa por la piel, también por el alma; y la mirada cambia, y se soporta muy mal la luz. Jakob-Funke se mueve a sus anchas en este mundo donde no todo es fantasía. Y el lector cuando sale del espejo, cuando cierra el libro, sigue de alguna forma dentro de él.

Cornelia Funke cree firmemente que la literatura nos puede salvar a todos. Estoy seguro. Salvarnos de la barbarie y de nosotros mismos, lastrados tantas veces por esa comodidad que nos vuelve cobardes e inoperantes, que nos deshumaniza, que nos desespiritualiza. Atrévanse: pongan su mano en el espejo-libro que es Reckless, carne de piedra. No sean incrédulos. Al otro lado nos esperan... Un libro memorable, dirigido a los jóvenes de todas las edades.

miércoles 20 de octubre de 2010

Imagina




Imagina tu propia muerte. Mejor: imagina
tu propia vida. Esa vida que no conoces todavía,
aunque creas que sí, porque se levanta contigo cada día,
y la vistes y la mimas y parece sólo tuya. Y piensas
que la respiras desde hace años, que suspiras
en la espera de una poesía libre de sílabas.
Pero esa vida está por llegar a tu vida.
Esa vida no es la mediocre holganza o el ornato
en el que te desvives ahora en estrago fatalista.
Esa vida -¿no la sientes?- está dentro de la nada,
desvalida de todo, puesta su esperanza
en un poema que alguien sueña para ti en algún lado.

martes 19 de octubre de 2010

¡No os deshagáis de los libros de la infancia!



Marcelino Pan y Vino fue una lectura apasionante. José María Sánchez-Silva su autor. Marcelino junto a Cristo crucificado. Lo recuerdo como si lo estuviera viviendo (o leyendo, que viene a ser lo mismo) ahora, pasados tantos años o yo que sé. Cristo le pregunta a Marcelino qué premio quiere por haber sido bueno. Tendría yo unos 10 años. Me escondí detrás del sofá para que nadie me molestara. (“¡Estoy aquí mamá, tranquila!). No deberíamos deshacernos nunca de los libros de la infancia, nadie nos los debería quitar, con la fatal excusa de que has crecido, no son libros de tu edad o tienes que estudiar. Flaco favor. Lo que yo daría por recuperar la colección entera de los Cinco o la de Los tres investigadores. O de aquellos otros de la editorial Bruguera. El Cristo miraba a Marcelino por dentro, y Marcelino miraba al Cristo pensando en lo que debía pedir. Cristo le daba ideas. “¿Quieres ser fraile, quieres juguetes, quieres el caballo de san Francisco?”, (no es textual, es lo que recuerdo). Pero no le convencían del todo. Hasta que dio con lo que quería. Padres, no les quitéis a vuestros hijos el tesoro de esos libros. Pasarán sin daros cuenta las evaluaciones, los cursos y los años (de fondo todavía podemos oír todos la cantinela de la tabla de multiplicar o la del catecismo). Y vendrán días en que necesitaremos la inestimable ayuda de un eficaz corsario, o la sagacidad de un buen detective, o el arrojo de unos mosqueteros… Yo siempre estuve enamorado de Ana, la pequeña del grupo de los Cinco. Leía para estar con ella, para no perderla de vista. ¿Y qué le pidió Marcelino al Cristo? No se me podrá olvidar. “Sólo quiero ver a mi madre y también a la Tuya después”. Me puse a llorar como un niño, que es lo que yo era por entonces. Tras el sofá me tragaba las lágrimas. Aquellas palabras no se me olvidarán nunca. La de veces que las he necesitado después. La de veces que he necesitado de esas conversaciones entre Cristo y Marcelino. ¡Quién me iba a decir que un día se iba a morir mi madre! Nada menos que la mía. Y recurro a ese viejo libro de la infancia, a esa historia tan entrañable, para pedir a Dios lo mismo que el bueno de Marcelino: “Sólo quiero ver a mi madre y también a la Tuya después”.

lunes 18 de octubre de 2010

Vargas Llosa, don Mario



Lo del Nobel de literatura no es algo que me haga vibrar, lo reconozco. Su azar es un conglomerado de intereses y enigmas que me pillan muy lejos. Existen pasatiempos mejores. A veces pienso que dicho laurel no tiene mucho que ver con la literatura. Pero si te toca debe de ser la leche. Un frenesí. Un delirio. Una apoteosis. Aunque si el Nobel le viene en suerte a un mal escritor, el personaje en cuestión seguirá siendo un mal escritor o un fantoche al que apenas leerá nadie, a pesar de la propaganda y de la televisión. Sí, este premio sueco es un paroxismo en el que resulta muy difícil mantener el equilibrio de la sensatez. Estos boatos humanos tienden a la estupidez a poco que uno se despiste y la soberbia haga presa en el gaznate del alma. Pero que te quiten lo bailado, supongo. Y pese a todo no me disgustaría que se lo concedieran a algún amigo. De esos amigos poetas que uno tiene. Tampoco les hace mucha falta, digo yo, pero me alegraría por ellos, que al fin y al cabo la vida tampoco da muchas aleluyas.

Inmerso precisamente en la vida, hablo de mi vida corriente y familiar, lo del Nobel a Vargas Llosa (don Mario) me ha pillado por sorpresa. Estaba pendiente de esas cosas caseras que se suele, de los deberes de los unos y de las tracas de los otros. Y en plena comida el telediario me lo dice. “Vaya, me alegro”, solté en la mesa. En el primero que pensé fue en mi querido Ángel Esteban, uno de los mejores conocedores de la literatura hispanoamericana, que a su vez es un buen amigo de don Mario. Junto con Ana Gallego publicó en 2008 un libro interesantísimo para estos menesteres: De Gabo a Mario (Espasa-Calpe). Después me alegré, y mucho, por la editorial Galaxia Gutenberg, por la gran labor que está realizando con toda su rigurosa y despampanante colección de obras completas, de la que soy el más rendido devoto. De las de Vargas Llosa van seis volúmenes publicados. Precisamente acaba de salir a la luz el que incluye las novelas del período 2000-2006. Obras como La fiesta del chivo, El Paraíso en la otra esquina y Travesuras de la niña mala. La edición -cuidadísima- corre a cargo del propio autor, y el prólogo es de Albert Bensoussan.

Pues sí, me alegré por don Mario, y por su hijo Álvaro (que escribe de miedo), y por la literatura escrita en español, por la literatura de calidad vamos, sea cual sea su idioma. Los académicos suecos, después de este puntual rasgo de lucidez, supongo que seguirán a lo suyo, con ese polivalente gusto por lo extraño, y no entro en ideologías. ¿Que qué me parece la obra del escritor peruano-español? Literariamente sobresaliente escriba lo que escriba. Lo que no me impide decir que me han aburrido no pocos de sus libros, sobre todo La casa verde y Conversación en la Catedral. Lo siento, el defecto debe ser mío, no se rasguen las vestiduras. En cuanto a Elogio de la madrastra o Los cuadernos de don Rigoverto, sus dos obras explícitamente eróticas, pues eso. Uno no es aficionado al género por muy de satén que se vista (las novelas de marras, no yo) o de intríngulis psicologicista. Leí con gusto La guerra del fin del mundo y La fiesta del Chivo, para mí sus dos mejores obras narrativas. Me encantaron sus memorias El pez en el agua, y sus ensayos La orgía perpetua: Flaubert y Madame Bobary y Cartas a un joven novelista. Y como articulista me fascina (no en vano se ha confesado siempre admirador de Azorín).

En resumen, Mario Vargas Llosa, premio Nobel. Gran escritor. Con altibajos, como todos. Nadie es perfecto. Apasionado defensor de la libertad y del buen juicio. Yo creo que habla mejor que escribe. Intelectual de los de verdad, de los que estudian y discurren. Por lo que me dicen todo un caballero. Albricias.

domingo 17 de octubre de 2010

Llegará un día en que dejarán de importarme los libros



Llegará un día en que dejarán de importarme los libros. Apenas puedo imaginármelo, pero lo sé. Llegará un día en que tal vez una enfermedad dé al traste con todas esas horas de regocijo, o puede que la misma edad avanzada de uno prefiera ver jugar a mis nietos o entretenerme en los recuerdos y en mis agendas, o simplemente sentirme vivo. Los libros ya no serán lo mismo, lo sé. Los miraré agradecido, eso sí, pero nada más. Ya no me molestará que me los pidan prestados. Incluso regalaré muchos de ellos a mis hijos. Sé que puede parecer mentira, pero lo veo claro como el agua. No dudo que podrá haber momentos de pena, de esa congoja que tanto atañe al hombre. Y me acordaré que un día de hace años mi hija C. me dijo que yo era un padre diferente del resto, y que quería mis libros. No, no puedo imaginar siquiera huecos en las estanterías, pero sé que llegarán, que dejarán paso a objetos decorativos o fotografías. Apenas vendrán a casa mensajeros con novedades de autores imprescindibles, y cuando entre en librerías será para descansar del ruido, y para mirar postales de paisajes radiantes a los que nunca habré ido, o para saludar a algún amigo, o para ver si todavía alguien se acerca a la sección de poesía. Puede que no tenga fuerzas ni para salir a la calle y lo que prefiera sea conversar con Dios más a mis anchas, o pasear por el pasillo de mi pequeña historia rezando el rosario (con el mismo rosario de ágata y plata que me regaló M.). Pensaré más en el Cielo, y apretaré junto a mi pecho una imagen cualquiera de la Virgen. Por fin el escritorio estará diáfano, en orden, sin todas esas pilas cada vez más altas de libros, sin catálogos ni revistas, sin papeles. Sólo me importará vivir y morir tranquilo, subrayando el cariño y la mansedumbre de las personas. Acariciaré los objetos en acción de gracias, regaré las plantas y miraré con más demora las vetas de la madera y esas otras de la luz cuando incide en el tiempo. Pero que dejen de importarme los libros no significa que deje de importarme la belleza de su literatura, de su música de signos. De cuando en cuando releeré con el alma unos versos o unos párrafos. El alma, sí, el alma. Intentaré desprenderme de lo accesorio, de todo lo que no sea gracia, luz o alma. Y me frotaré muy despacio las manos y los ojos…

sábado 16 de octubre de 2010

Filiación divina



"Llenos de alegría por ser hijos de Dios"

(Para Isabel Álvarez)


Dios es mi Padre. El mismo Dios, el Único Dios.
El que hizo de la nada la Belleza, el universo y las delicias
de la vida. El mismo Dios que en Su ordinaria Providencia
se sacó de la manga la alegría, cada átomo de energía,
la brisa, la inteligencia del hombre, las palabras en todos los idiomas,
los ángeles o la música que se desliza según dicen por las esferas
de los planetas (o esa otra que escuchó Johann Sebastian Bach o san Juan
de la Cruz "do mana el agua pura").
El que Es es mi Padre y me hizo y me sostiene. Él,
Dios Amor, mi Padre. Eterno y verdadero. Asiento de la Sabiduría.
Cada día es un pasmo, un matiz infinito
de Su Ser, de Su entrega, de Su cuidado. Hijo Suyo.
A Su imagen y semejanza Suyo. De ahí mi alma,
mi canto, mi gozo, mi alabanza, mi personalidad. Mi alma,
que Le anhela, que Le busca, que Le quiere, que se emboba
en cualquier destello de luz en el que pueda ver Su mirada.
Dios mío, Dios Padre, el Dios del mar Rojo que se abre. Y yo
Su hijo, el más ínfimo, pero Su hijo, del todo,
que contempla la filigrana de Su maravilla en los nervios de una hoja
o en un atlas o en unos versos de Andrés Fernández de Andrada,
o en aquella mujer que pintó Joan Llimona i Brugera escribiendo una carta.
Soy Su hijo, hijo de Dios. Hijo de Su redención y Sangre.
Hijo del dulce maná que es Su gracia en medio del páramo espiritual donde vivo;
hijo del sonido de las trompetas de Jericó y del Cielo prometido;
hijo, en fin, de Su Amor, cotidiano y místico.
Dios y mi alma, Dios en mi alma, católica y romana,
apostólica y una al lado de María.

viernes 15 de octubre de 2010

“Símbolos solubles”, de Kikí Dimulá


Nada menos que una poeta griega. Una poeta de hoy, más viva que unas castañuelas. Kikí Dimulá nació en Atenas, casi nada, en 1931. Ya digo, un alma joven y pujante, como bien queda demostrado si uno la lee y no te interrumpen los hijos pidiendo, siempre pidiendo, o tu mujer, con esa mirada indisoluble. Una poeta que transforma lo de todos los días, lo de siempre, en un privilegio. Porque es un privilegio la vida no cabe duda, esa vida que nos parece tan normalita o tirando a poca cosa, o quizá triste o alicaída. O tediosa. Es un gozo descifrar ese aliento de eternidad que tiene todo, seguir el rastro del alma de las palabras -su elegía, su melancolía-, mirarlo todo con ansia y no quedarse en la superficie de nada. Kikí Dimulá: “Desciendo al fondo, / busco, penetro en los naufragios”. Busca, indaga, contempla. El poema es la respiración, el suspiro que nos queda después de tanto tiempo y tanta privación y tanto olvido. El poema puede que sea lo que queda de importancia, sin dárselas uno de importante. Y casi siempre es lo mismo lo que uno vive. Su país, su familia, su casa, su trabajo… Las mismas calles, las mismas tiendas, los mismos vecinos, la misma rutina. Y la poeta viaja en sus sueños, sin apartar la vista de cualquier detalle que inspire un ahondamiento o una certeza. Al fin y al cabo, los temas de la poesía tampoco son tantos, y hay que limpiar el polvo de las palabras y sacar a relucir el lenguaje del alma. Kikí Dimulá es una gran poeta porque no pretende serlo. ¡Qué ternura tan especial la de su canto, que delicadeza!, y esa modestia innata con la que el lector enseguida llega a la confidencia. Sin especiales ornatos ni fantasías. “Mi voz es baja, se mantiene apartada / como el conocimiento, como el miedo, / tiene la misma intensidad de lo débil, / igual sonoridad que el silencio. / Se empapa en lo cotidiano, en lo pequeño / y se autoinmola todos los días.” Su poesía tiene la virtud de lo sencillo, y nos adentra en su casa y en su día a día y en sus sentimientos. Esta “escritura solitaria” de “palabras fatigadas” es clara y ligera, y es universal porque transmite la transcendencia de tantos años oscuros, el reiterado amor que no se acostumbra.

Kikí Dimulá ha supuesto para mí un verdadero descubrimiento poético. Es decir, espiritual (no me ando con chiquitas). De la talla de la estadounidense Jane Kenyon y de la polaca Wislawa Szymborska y de la española María Victoria Atencia. A su poesía le rindo mi devoción y mi gratitud de apasionado lector, al que cada vez le interesa más la sencillez y el alma de todo. Símbolos solubles es la antología que le ha publicado a Dimulá hace poco, con su proverbial esmero, Linteo Poesía, colección dirigida por Antonio Colinas. La selección de los poemas y su traducción es de Nina Anghelidis, con la colaboración de Juan Antonio González Iglesias, que ha escrito un muy buen prólogo. La antología recoge poemas de ocho libros de la poeta griega en apenas 93 páginas. (La edición no es bilingüe). Son pocos los poemas (aunque sepan a mucho). Quisiera tener en mis manos su obra completa hasta el día de hoy, conocer cada rescoldo y recodo; no perderme ninguno de sus versos. Por favor, Nina Anghelidis, ponte manos a la obra, o a la maravilla, haznos la caridad de ofrecernos libros enteros de Kikí Dimulá, no nos dejes así, con la miel en los labios. Y gracias. Mientras tanto releeré lo que hay, lo que nos has dado en este librito tan excelente, donde sientes que lo poco del mundo (título del primer libro de Dimulá) es la entraña, el quicio, la poesía de ese mismo mundo: lo que a todos nos dignifica.

jueves 14 de octubre de 2010

La mirada




El asunto de la mirada es crucial en mi vida
y por lo tanto en la marea de su escritura.
Una mirada que contempla lo visible de lo invisible
y lo invisible en lo visible cotidiano.
Pues quisiera hacerme con el portento que nos rodea
y con ese otro que se adentra con un requiebro en el alma.
Y me extasío en lo que miro, y me demoro
en lo que veo y palpo con palabras
que, aunque imperfectas, saben de lo que callo.

Las palabras son la mirada
con las que quiero contemplar el interior
de esa emoción que nos cautiva
al cerrar una puerta o al abrir una cortina.
La mirada me lleva a un continuo aprendizaje de vida
y a un cada vez más intenso enamoramiento.
Se fija en un punto que nunca resulta casual: ahí,
en el acero de mi llavero, donde se refleja el resol de la teología;
o en el pezón del limón que hay en la nevera,
que es símbolo del amor en su incendio amarillo.
O en esa fotografía azul donde nada la alegría de mis hijos.

Y desde esos puntos los ojos ven,
comienzan a descubrir posibilidades inauditas.
La mirada se vacía de las cosas
y se llena de una luz cada vez más íntima,
repujada de júbilo y espuma.
La mirada se desnuda de accesorios, se despoja…
Quiere el corazón de todo (y del todo)
y ya no se conforma con menos.

miércoles 13 de octubre de 2010

Que no se me olvide nada



Que no se me olvide ir al médico. Necesito unos medicamentos. Aunque no saldría de casa. Me frena este cielo tan gris y la lluvia que se avecina. Y lo amorosa que es esta chaqueta de lana. Y sumergirme en la última novela de John Le Carré y en unos cuantos periódicos atrasados. De esta forma pasar el día. También puedo repasar algunos poemas, intentar que sean un poco más sencillos y no tan reiterativos. Pero mi vida no varía mucho, ni tampoco su vocabulario, con su correspondiente significado. Que si Dios, que si el alma, que si la luz, que si el amor, que si las nubes, que si la ventana. Caen unas gotas, y yo me asomo a dicha ventana con el alma dispuesta a encontrarse con Dios entre esas nubes y esos tejados. Disfruto con cosas así. Deleitarme con la tonalidad de la luz entre las páginas de un libro me puede llevar un buen rato. O ver como se contonean unas blancas sábanas tendidas en un edificio vecino. O me voy al otro lado de la casa a entretenerme con unos cuadros y unas fotografías. Al pasar por la biblioteca puede que me tropiece con un libro que me apetezca volver a leer, y recordar el lugar donde lo leí por primera vez. Me ocurrió no hace mucho con La piedad peligrosa, de Stefan Zweig (ahora se traduce como La impaciencia del corazón). Y recordé un patio y unos rosales, y unas hojas de sándalo. Siempre buscando un rincón para leer, aunque luego la mirada se quede en un árbol o en un reflejo de casi nada. Riego las plantas de la terraza y me encanta oler la tierra recién mojada. Ese olor me trae a la memoria a mi abuelo P. con su azada y sus botas altas de regar. El agua venía de una acequia. Y yo me sentaba simplemente a ver pasar el agua. El abuelo se secaba la frente con un pañuelo enorme y miraba con detenimiento el cielo. Y me decía: “Guillermo, puede que esta noche llueva”. Y llovía de madrugada. Y yo abría el balcón y sólo quería ser como mi abuelo. Para saber esas cosas y ponerme esas botas, y para fumar aquellos cigarrillos sin filtro, que siguen demorándose en mi vida. La vida, la vida. La vida me parece que sólo es memoria de lo que hemos sido. Eso es lo que somos. Al futuro no sé que palabras le pondré todavía, ni si podré hacerle fotografías.

martes 12 de octubre de 2010

María: Pilar, Madre y Reina





“Y si deseamos el remedio de tantas calamidades, sólo podemos alcanzarle por mano de esta poderosa Reina”.
Mística ciudad de Dios. María de Jesús de Ágreda.



Desde luego que María ha velado desde siempre por sus hijos, por nosotros, por todos y cada uno. María, la Madre de Dios, está muy al tanto de lo que nos pasa, de lo que necesitamos. Ella es mujer y está en todo. Es mujer y no para. ¡Cómo va a estarse quieta! ¡Cómo va a dejarnos perdidos en las musarañas de la tibieza! A María no se le escapa un detalle. Quiere lo que quiere Dios para nosotros: la santidad. Es decir, que seamos felices haciendo felices a los demás, que estemos alegres porque el fundamento de nuestras vidas sea el amor de Dios. María quiere, ama, intercede. A María le tenemos ganado su Inmaculado Corazón. Somos sus hijos, y le duele un horror que perdamos la paz, que nos acostumbremos al pecado, que no demos importancia al alma. María, abogada nuestra, consuelo de los afligidos, Reina de la Paz. María llora. Es Madre. Sufre con nuestro sufrimiento. Sufre porque despreciamos la gracia, porque trivializamos los sacramentos, porque rezamos poco y de mala manera, porque apenas mortificamos nuestros apetitos, porque no queremos comprometernos del todo con la voluntad de Dios. Nos parece demasiado, nos parece exagerado. Sufre María por un mundo al que Satanás lleva en volandas, engañado en mil placeres que no duran nada, que sólo son una tremenda angustia. María llora. Su sensibilidad de mujer y Madre sabe perfectamente de nuestra debilidad. Necesitamos con urgencia la fortaleza y la misericordia y la gracia de Dios. Y María es el cauce. Por eso el Señor nos la dio como Madre en la Cruz. Solos no podemos, no sabemos. Y nos rebelamos constantemente. O simplemente nos acomodamos.

María es nuestra Madre y es nuestra Reina. Y María es el Pilar de nuestra fe. Con Ella podemos. Su ternura no desfallece. Satanás la odia. Porque María es la Puerta del Cielo, porque Satanás sabe que la Pureza de María, Su humildad y Su amor le derrota una y otra vez. Ella, María, Hija, Madre y Esposa de Dios, siempre ha estado pendiente de nosotros. Es el atajo hacia Dios. Y desde el primer momento, Ella intercedía. Con los apóstoles, con los primeros cristianos. A ella acudían cuando no podían más, cuando no sabían muy bien qué hacer... Y lo mismo hoy, ahora, en pleno siglo XXI. María está con nosotros. Sigue con nosotros. Es Madre nuestra. Es Madre de todos los hombres. Santiago lo supo muy bien. María estaba preocupada. Santiago el Mayor salió de Jafa. El año 35, según lo narra la venerable María de Jesús de Ágreda en su inspirado libro Mística ciudad de Dios (Vida de la Virgen María). Y haciendo una breve escala en Cerdeña, siguió hacia España, la Hispania de entonces. Atracó en Cartagena, y siguiendo al Espíritu Santo, fue hasta Granada -donde tanto él como sus discípulos estuvieron a punto de morir por su fe, de no ser por la intercesión de María-; y recorrió algunos lugares de Andalucía y Portugal y Galicia. Estuvo en Toledo, la Rioja y Tudela, hasta dar en Zaragoza, donde a no tardar llegó María en carne mortal para fortalecer a sus hijos en la fe. Según cuenta María de Jesús de Ágreda la Virgen tenía entonces 54 años de edad. Y antes de subir al Cielo en cuerpo y alma, Santiago le construyó el primer templo: el Pilar. Leo en Mística ciudad de Dios: “Magnifica y engrandece al Altísimo por el favor que hizo a mi siervo Jacobo en Zaragoza y por el templo que allí me edificó antes de mi tránsito y todo lo que de esta maravilla te he manifestado, y porque aquel templo fue el primero de la ley evangélica y de sumo agrado para la beatísima Trinidad”.

María. Madre, Reina y Pilar. Pilar que sustenta, que nos sustenta. Pilar que es referencia, que es fortaleza. Nuestra referencia, nuestra fortaleza. Pilar que es faro de esperanza. El Pilar de la familia cristiana y de la humanidad entera. Pilar de bautizados y de no bautizados. Pilar al que nos abrazamos todos. Raíz, cimiento. Refugio de los pecadores, de nosotros, de cada uno. Virgen del Pilar. Madre. ¿Quién no necesita ayuda? ¿Quién no necesita amor? ¿Quién no quiere ser feliz por encima de lo fugaz y superficial? María es esa ayuda, ese amor. María es el camino hacia Dios. Reina y Madre, Pilar bendito. Santa Ana Catalina Emmerich dice en La amarga Pasión de Cristo: “(…) una vez vi que la Santísima Virgen se apareció de pie sobre una columna al apóstol Santiago el Mayor que la rezaba en un aprieto delante de Zaragoza, mientras yo la veía al mismo tiempo en su cuarto de Éfeso, arrobada en oración, rogando por Santiago y corriendo hacia él espiritualmente. Que la Virgen se apareciese encima de un pilar es porque él la llamaba en su auxilio como un apoyo, como una columna de la Iglesia en la Tierra, y en consecuencia ella se conmovió al ver tales cosas con los ojos del alma, pues una columna es una columna y se aparece como una columna”. Por un igual viene a nuestro encuentro.

La devoción a María es crucial en la historia de la Iglesia (en la historia de la Salvación) y en la vida cotidiana de un cristiano. Ella nos va acercando a Dios y nos asiste, hace que el alma -si somos humildes- vaya adquiriendo una sensibilidad mayor en lo espiritual, una caridad más perfecta. María, como Madre, cuando nos apartamos de Dios, no desespera de nuestra conversión, no tira la toalla. E intercede, intercede ante la Misericordia de Dios. Una de esas manifestaciones de su cariño maternal -la más explícita desde luego- son las apariciones, su constante presencia entre nosotros. Apariciones privadas (¡a tantas personas!) o universales (Lourdes, Fátima o Medjugorje). Todo por la salvación de las almas. Sus mensajes se repiten: la urgente necesidad de oración y ayuno, del rezo del Rosario con el corazón, de la confesión y de la Eucaristía, de la meditación y lectura de la Biblia. Dios quiere, pero nosotros nos empeñamos en no hacer caso. Por eso María insiste, con sobrenatural pedagogía. De ello depende la salvación eterna del alma, de las almas, y el ciento por uno de nuestra felicidad en la tierra. Satanás se ocupa de que parezca poco razonable esto de las apariciones marianas y de adquirir una cada vez más consciente vida de piedad, se ocupa de trivializar lo espiritual (aunque fomenta todo tipo de espiritismo y esoterismo). El hombre está lejos de Dios por una innumerable superposición de mentiras. La primera que eso del diablo es una bobada producto de imaginaciones calenturientas, y la segunda que el pecado no existe, y tampoco el infierno o el purgatorio. El padre de toda mentira otra cosa no, pero sabe bien su oficio. ¿Resultado? Tristeza, amargura, inmoralidad, violencia familiar, guerra, abortos... La vida parece un sinsentido. Y es que sin Dios todo se vuelve del revés. María, nuestra Madre, es el último refugio que nos queda.

lunes 11 de octubre de 2010

El único superviviente




Abro las cortinas de blanco lino.
Se revela una memoria de lluvia
donde al fin encuentro aquellos veranos
que perdí muy despacio, con los años.

Juego otra vez con mis manos de niño.
¡Qué terribles batallas! Los heridos
no dejaban de sangrar por sus vidas
y morían héroes de mi capricho.

Peor era el silencio de la muerte.
Todos sus cuerpos vacíos, sin nada.
Las espadas rotas en el suelo o
clavadas en la entraña del destino.

Yo soy el único superviviente.
No queda ninguno de mis amigos.
Desafío a la muerte. Y a la vida.
Y quiero seguir siendo el mismo niño.

domingo 10 de octubre de 2010

Admítenos a contemplar la luz de Tu rostro



¿Cómo será Dios mío el verte? ¿Cómo será el estar ante Ti o en Ti sin velo alguno? ¿Cómo será semejante felicidad: la fe de toda mi vida al fin desvelada y contemplada en toda Su magnitud divina? La esperanza por fin cumplida. El Amor en toda Su explosión infinita. ¿Qué sentirá mi alma? ¿Cómo será todo? ¿No podré apartar de Ti la vista ni siquiera un poco? Lo digo por curiosear entre los ángeles y los santos, por los recovecos del Cielo, por esas galerías de gozo que me gusta imaginar. Sé que la palabra “curiosear” no es la más indicada, pero ya me entiendes. Ansío ver lo que tienes preparado para los que Te aman y luchan -luchamos- por la santidad, aunque sea a rachas. Toda mi inteligencia y potencias colmadas de Dios, de Ti, Principio y Fin, Padre amorosísimo. ¿Cómo será semejante alegría? ¿Cómo será el verte después de la muerte que tanto nos asusta? De repente Tú, si es que antes no debemos aguardar en el Purgatorio para ser dignos de Tu gloria. Pues eso, Tú, el mismo Dios Trino, Creador de todo, la Providencia de la Historia, la Omnipotencia, delante de mí, criatura elevada al rango de hijo Tuyo. Y mi alma que por fin entenderá algo, y cantará himnos y demás poesía. Dios mío, esa luz de Tu rostro, ¿cómo es?, ¿cómo será? Tu Amor es ese resplandor espiritual del que ahora, hoy, paladeo algunos brillos. Pero quiero más. Admítenos a contemplarla, admíteme a desmenuzarla en toda su intensidad de Misericordia. De Tu mano.

¡Pobre alma mía! Que apenas tienes aliento para luchar por Dios, que caes en mil vicios y vértigos y componendas. Alma mía, que te confiesas y sin embargo prosigues con tus andadas de pereza y olvidos, puesta tu atención en todo ese derroche de complacencias que te desvían y confunden. Todo menos Dios. Todo menos calibrar con más amor la ternura de Dios, que está pendiente de ti, de tus mínimos deseos y necesidades. Alma, mira a Dios en la Hostia crucificada, mírale en las demás almas, a las que espera (¿cuándo les vas a hablar de ese divino rostro?). No presumas de nada, no creas que eres el no va más de algo. Eres lo que eres: un presuntuoso las más de las veces. Eso y la gracia de Dios, que te lleva en volandas y te salva de tropiezos todavía más graves. Esa gracia que logra paliar tu medianía y tu tibieza, tu desánimo y tu falta de fijeza. Alma mía, mira de frente al Sagrario, a la Cruz, a María. Atrévete, sé osada. Dile a Dios que quieres ver Su rostro en vida, que no puedes más de amor, que necesitas verle con urgencia de hijo.

Verte, Dios mío, Dios nuestro. Verte. Aunque no sea del todo. Verte en medio de este tinglado en el que estoy metido. Ver la luz de Tu rostro en la nómina que se retrasa demasiado, en el dolor de estómago, a mitad del periódico. Verte a pesar de que yo esté medio ciego, lisiado por tantas nimiedades y pecados. Verte. Ver al menos un atisbo de esa luz, un poco. Sentir en mi alma el calor de un breve reflejo. Y entregarme a Ti del todo. Vea o no vea, Dios mío. Sé que Tu rostro anda cerca.

sábado 9 de octubre de 2010

Recapitulación




¿Y si todo esto no sirve para nada?
¿Y si todo se queda sólo en palabras?
Palabras muy bien dispuestas, eso sí, cualificadas
palabras que no se implican en la realidad de mi vida.
Y me quedo así, aletargado en la conjetura
de la belleza y de tantas otras ilustres minorías.
Tal vez los libros son sólo un espejismo
en donde hojeo el saldo de mis días
o la fantasía de un mundo que nunca llegará a nada.
Tal vez los poemas obstruyen la alegría más perfecta,
sin todo ese galimatías de papel y tinta.
Ya no estoy seguro de nada. Ni de estos versos
que escribo con frío, sin ganas y sin futuro.
Dudo que el silencio diga ya nada que me sirva.
Tanta literatura me ha convertido en un funambulista.
Y se me acumulan las deudas y los ojos de mis hijos.
Y a duras penas llego a ser consciente de lo que vivo.

viernes 8 de octubre de 2010

“Jasper Jones”, de Craig Silvey



He aquí una novela deliciosa. Ya sé que decir esto no es muy erudito precisamente, pero ustedes comprenderán que de entrada algo tenía que decir y que uno tampoco es muy original. Jasper Jones (Seix Barral) es una novela, ¿cómo les diría?, que intima con el lector, que le subyuga, que llega a tu vida y te recuerda una serie de asuntos importantes. ¿Ven? Tampoco esto es nada original, pero uno ya empieza a calentar motores. Es una novela que por una parte es un claro homenaje literario sobre todo al Mark Twain de Huckleberry Finn y a Matar a un ruiseñor, de Harper Lee, aquella magnífica novelista de Alabama que en su novela escribió lo que tenía que escribir, ganó el Pulitzer en 1961 y prácticamente desapareció de la faz de la tierra. ¡Ay, aquellos autores que no se veían obligados a escribir continuamente! Aquellos autores que, como creo que decía Juan Rulfo -es la idea-, escriben ese libro o par de libros que creen faltan en las bibliotecas. Y ya está. ¿Para qué más? Bueno, pues eso, un homenaje a estos escritores que defienden valores tan importantes como la justicia. Jasper Jones -un chaval de 15 años especialmente maduro para su edad, pues ha sufrido y amado mucho- defiende lo que cree justo. Y continuamente hace referencia a ello. Es como el leitmotiv de la narracción.

Durante la lectura se menciona varias veces la figura de Atticus Finch, ya saben, Gregory Peck, el protagonista de Matar a un ruiseñor. La película está muy presente. Sin querer imagina uno a Jasper Jones y a Charlie Bucktin y a Eliza Wishart y a Jeffrey Lu, como a los hijos del recto Atticus (Jem y Scout, y su amigo Dill). En la novela que nos atañe, en Jasper Jones, también hay un vecino apenas visto que surte de leyendas, miedos y desafíos a todos los críos del pueblo. El ogro del pueblo. Un “Boo” Radley, que en esta ocasión se llama Jack Lionel, y que interviene decisivamente en la acción de la novela. El ambiente de Corrigan -el pueblo australiano donde se desarrolla todo- es sofocante y aburrido. Plagado de cotilleos y ajustes de cuentas. El racismo también está presente. Jasper es hijo de una indígena que murió en un trágico accidente, un chaval que está marcado. Todo lo malo se le adjudica inmediatamente, y a ojos de los habitantes de esa sociedad puritana y medio podrida, su trato no es nada recomendable. “En todas las familias de Corrigan, él es la primera persona a quien se echa las culpas de cualquier problema”. Pero el gran amigo de Charlie -que es el narrador- es Jeffrey Lu, que pertenece a una familia vietnamita que sufre el continuo acoso de los descerebrados de siempre.

Jeffrey es el personaje más conseguido para mi gusto. Su sentido del humor y su forma de hablar es tronchante. Y en la novela consigue en varias ocasiones que el lector se emocione con él. Es un luchador nato y el amigo más leal que uno puede desear. Sus diálogos con Charlie Bucktin son memorables y uno de los aspectos más conseguidos de la novela. Por una parte, pues, es una novela reivindicativa, de denuncia; y de admiración literaria. Por otra una novela de amistad, de sueños, de aventuras y de inicio al amor. Y también una novela de rasgos autobiográficos. Craig Silvey nos deja ver entre líneas sus pasiones -literarias o no-, su forma de ver la vida, de disfrutarla. Nos deja ver tal vez su propio aprendizaje, su adolescencia, su querer irse hacia otros lugares del mundo. Pero también deja entrever el dolor y la angustia, y puede que su inicio a la escritura. El narrador, Charlie, escribe medio a escondidas, y espera publicar pronto una novela, y ponerla encima de la mesa de su padre. El personaje del padre de Charlie es profesor -es nuestro Atticus-, y viene a resultar que también escribe a escondidas, amargado por su mujer que, en fin.

El inicio de la trama es un crimen y una ventana. La ventana de la habitación de Charlie. La ventana donde de pronto una noche aparece Jasper, ¡y nada menos para pedirle su ayuda! En esa ventana comienza todo. Y el lector se siente un poco compinche de esa pareja que quiere solucionar dicho asesinato. El joven escritor que es Craig Silvey (nacido en 1982 en una localidad al oeste de Australia), al igual que sus jóvenes personajes, parece mayor de lo que es. No es normal que un escritor -también es músico- consiga con su segunda novela una voz tan nítida, tan coherente, tan personal y madura (su primera novela, Rhubard, la publicó con 19 añitos y ya fue un éxito –espero poder leerla pronto señores de Seix Barral). Si les soy sincero yo me esperaba encontrar una novela más, una del montón, una novela que a la mínima tienes que dejar porque te aburre. Pero para nada se cumplió el augurio. Esta historia de amigos y de intriga es mucho más, casi como una parábola: es el ir dándose cuenta de que la vida es un cenagal que debemos sortear con valentía e inteligencia, dando siempre la cara por la verdad (aunque te la partan). La vida a veces parece un crimen que debemos investigar, y solucionar cada día, aunque tengamos miedo y nos tiemblen las piernas. En la vida abundan los misterios, y los prejuicios. Pero la vida es también una constante pedagogía, una experiencia moral. Siempre deberemos elegir, en nuestra ansia de libertad (todos queremos algo más y ansiamos salir de nuestra personal Corrigan), elegir digo aquello que creamos más justo.

Al concluir el libro, y como acto de distinción, pongo mi Exlibris en la primera página, y mi firma, y la fecha. Y escribo: “Es una buena novela. Merece ser leída. Merece ser firmada”. Jasper Jones ha sido para mí una gran sorpresa. Por favor, no dejen de leerla, no se la pierdan.

jueves 7 de octubre de 2010

Disquisición en la cocina



Acabo de poner la mesa para el desayuno de mañana. Levanto un vaso hacia la luz y me entretengo en imaginarias figuras. Y observo que una bombilla está fundida. La caja de las medicinas (que es la más parecida a la de Pandora), los cestos de la ropa sucia y los restos de la cena. Lo anodino, lo de siempre. Aquello sin lo que no podría pasar mi vida. El reloj adelanta unos minutos, hay que tender la ropa y llamar a Telefónica. Termino de leer una novela y me parece mentira que no sea verdad. ¿O quizá sí y no lo vea? Un plato repleto de colores en forma de peras, limones, plátanos y ciruelas. Las gafas al borde de la mesa, la brillante corbata del uniforme del colegio, unas pinturas y La Gaceta. Ya digo, lo anodino, lo de siempre: mi propia vida. Nuestras vidas. La Virgen que compramos hace años en Sevilla (junto a un espléndido jarrón de La Cartuja), el calendario de San Antonio todavía en el mes de agosto, la fotografía de mi mujer cuando era niña. El mapamundi gigante de la pared, donde nos salen gratis un montón de viajes y singladuras, los teléfonos de interés, un libro de recetas, y la fregona, apoyada displicente en la puerta, después de la faena. Esto es lo que hay, lo que soy: una mera enumeración más o menos entrañable de recuerdos y rutina. Aquí, en esta cocina, lloramos, soñamos, reímos, discutimos. Y hacemos cuentas que nunca salen a cuenta. Y rezamos, y vemos los Simpson (la vida está llena de contradicciones). ¡Cuántas cosas! Los hijos que se van o que llegan, el ruido de la nevera (que es como la respiración cansada de un viejo), el agua que salpica la encimera. Quisiera… ¡Qué se yo lo que quisiera! ¿Hacer de todo esto un poema? Puede que ya lo sea. Escribo en un humilde rincón de mi felicidad, al lado de unas revistas de bricolaje y otras de moda, desde las que me miran -nos miramos- unas chicas muy monas. Una vida da de sí más de lo que pensamos. Así, sencilla. ¿Qué más se necesita?

miércoles 6 de octubre de 2010

Moro, Becket, Newman y Chesterton



La literatura inglesa, o británica en general, siempre me ha encandilado. Y lo sigue haciendo. Stevenson, Kipling y Conan Doyle fueron mis primeros mentores. Aunque ya antes había preferido los innumerables libros de una tal Enid Blyton a cualquier otra tentación infantil, y las aventuras de Guillermo escritas por Richmal Crompton (guardo como oro en paño una edición de 1942 de Guillermo el genial). Y luego vino, lo recuerdo bien, Ian Fleming (el del 007). Y no he cambiado mucho de gustos. Sigo a los escritores británicos todo lo detenidamente que puedo. Me fascina entre los más jóvenes Jon McGregor. Si espléndida era su novela Si nadie habla de las cosas que importan, todavía lo es más Tantas maneras de empezar (las dos editadas en España por Salamandra). Y releo a C.S.Lewis, a G.M. Hopkins, a Wodehouse, a Jane Austen, a Coleridge (por favor, lean su Biographia literaria, editada por Pre-textos), a Samuel Johnson, a Virginia Woolf o a Charles Tomlinson. Y ayer mismo me compré La librería, de Penélope Fitzgerald (1916-2000). No pude aguantar más. Lo tomé del estante, lo pague y fuime por donde había entrado. Es cierto: los libros editados por Impedimenta ejercen un influjo especial en el lector (como ocurre con los títulos de Alba, Minúscula, Lumen, Acantilado, Libros Libres, Atalanta o Seix Barral, entre otros).

Llevaba meses detrás de The Bookshop. Y les voy a contar, si me lo permiten, lo que gradualmente me iba atrayendo del volumen en cuestión. Lo primero fue el título: La librería. ¿Cómo se puede resistir un buen lector a semejante encabezamiento? Te llama, te sugiere; te incita a entrar, a saber de ella. Luego estaba la armonía de su portada. Con esa casita en la que imaginabas la librería y la vivienda de la librera, Florence Green, decorada primorosamente, con libros por todos los rincones. Y tú -o sea, yo- pasando allí una temporada. Abres el libro y ya te enteras de que esa casa pertenece a una pintura de Dorling Kindersley: Casa con techo de paja de mazorca. Otras de las causas de mi acercamiento a esa novela es su tacto… Y luego resulta que la autora era sobrina de mi querido Ronald Knox, escritor, sacerdote y converso al catolicismo en gran parte gracias a Chesterton. Evelyn Waugh escribió una biografía sobre Knox, que ha editado entre nosotros la editorial Palabra. Cada vez que iba a alguna librería veía que La librería de Penélope Fitzgerald iba ganando adeptos y ediciones. Al final me he tenido que conformar con la quinta.

La verdad es que los puñeteros ingleses escriben bien, tienen buen gusto, imaginación y genio para esto de la literatura. (Apunte patrio: quiero que conste que la literatura española no se queda manca, y que puede que sea uno de nuestros más grandes dones, que alguno teníamos que tener). Fíjense en Tomás Moro, por ejemplo. Tengo la certeza de que Erasmo y Luis Vives le envidiaban. (¿Para cuándo sus obras completas en español?). Merece la pena desprejuiciarse y leer a uno de los grandes humanistas. Que sea santo católico ¿molesta? Será a los más ilusos, supongo. Para el que tenga dos dedos de frente su lectura es un disfrute, un aprovechamiento sin igual. No sólo Utopía. Lean también Diálogo de la fortaleza contra la tribulación o La agonía de Cristo, o Un hombre solo, cartas desde la Torre (volúmenes editados por Rialp). Ediciones Cristiandad nos dejó en 2006 Piensa la muerte. Todos estos títulos están hilvanados por la pasión morista de Álvaro Silva, que no tiene parangón. Con unas traducciones y prólogos realmente ejemplares. Y hace pocos días nos ha entregado, en una edición renovada y publicada en Acantilado, Últimas cartas, 1532-1535; las cartas que Moro escribió desde su dimisión como Lord Canciller hasta casi su ejecución. Pero yo quería añadir unas palabras sobre una particular evocación biográfica -casi una historia novelada- que sobre Moro escribió Paloma Castillo Martínez. Su truco literario consiste no en una biografía al uso. Lo que hace es ponerse en la piel de nuestro humanista, que unas horas antes de morir va rememorando su vida. El libro es arriesgado, pero el resultado es francamente bueno. Tomás Moro, retorno a Utopía (San Pablo) es una especie de obertura en los cuatro movimientos que son las estaciones de la vida. Hay que saberse muy bien al personaje, haberlo pensado mucho, y también rezado, en un continuo e íntimo diálogo, para escribir algo así de bien. En un determinado momento la autora pone en boca de Moro toda una síntesis vital: “A lo largo de los cincuenta y siete años de mi vida, he conocido el momento del Génesis, en el que el hombre inmaculado, inocente, se abre a un mundo de luces del que puede ser dueño. He disfrutado del silencio del Sinaí y contemplado la gloria del Tabor. Hoy termina Getsemaní y solamente me queda ascender al Gólgota para que todo se haya consumado, para que todo termine bien”. Pero hay mucho más en este libro. Moro es una referencia muy clara para el hombre de hoy. Respecto a la educación, respecto a la familia, respecto a la política y la recta conciencia, respecto a la coherencia de vida y la sobriedad (“el mal no se vence con discusiones ni con protestas, sino con el ejemplo”), o respecto a no tener respetos humanos a la hora de vivir de acuerdo a tus creencias. Un gran libro.

La vida de Santo Tomás Becket (1118-1170) tampoco se queda atrás. Frank Barlow ha escrito una estupenda biografía de este otro Lord Canciller de Inglaterra (que entre nosotros ha sido soberbiamente editada por Edhasa), igualmente asesinado por atreverse a enfrentarse al poder de Enrique II. El antiguo compañero de francachelas, como sacerdote y arzobispo de Canterbury se fue convirtiendo progresivamente en un estorbo para el rey. Murió en la misma catedral, por las espadas de cuatro caballeros normandos. Este hecho lo plasmó el poeta T.S. Eliot en su obra dramática Asesinato en la catedral (que pueden ustedes leer en la editorial Encuentro). Recuerdo que la “bestsellera” novela Los pilares de la tierra, de Ken Follet, termina con el asesinato de Becket. Y también recuerdo haber visto en mi época universitaria -supongo que en algún cineclub- la película Becket, interpretada por Richard Burton y Peter O’Toole. La biografía de Barlow, editada por Edhasa, es minuciosa y amena, recomendable cien por cien.

Y Newman, y Chesterton. Uno ya es beato, y no tardará mucho en llegar a santo. El otro, el autor de El hombre que fue Jueves, todo puede ser. Pero hablemos de literatura. La editorial El buey mudo, sigue editando libros que son verdaderas joyas. De Newman se publican Cuatro Sermones sobre el Anticristo. “El tiempo del Anticristo”, “La religión del anticristo”, “La ciudad del Anticristo” y “La persecución del Anticristo”. Desde luego el tema se las trae y durante toda la historia de la Iglesia el libro del Apocalipsis ha sido sometido a todo tipo de glosas e interpretaciones. Muchos piensan que es una exageración literaria, un cúmulo de misticismos demasiado herméticos. Lo del Apocalipsis, el Juicio sumario a la Humanidad, el Anticristo, Satán, el 666…, a oídos contemporáneos suena a música celestial (si es que suena), o a algún tipo de producción hollywoodense, género pánico o suspense. Demasiada inquietud si se piensa un poco más en serio. Newman se basa en la Escritura Sagrada, en los Padres de la Iglesia y en su amor a Dios. No esconde nada. Lee, analiza, quiere hacer ver a los oyentes -recuerden que son sermones- que el Anticristo es una realidad, porque el mal es una realidad. Como lo es Satanás. Y es necesario un cambio de vida. He tomado nota del siguiente párrafo, por lo que tiene de actual, y ya lo dejo estar: “Sin duda, existe actualmente una confederación del mal, que recluta sus tropas de todas partes del mundo, organizándose a sí misma, tomando sus medidas para encerrar a la Iglesia de Cristo como en una red, y preparando el camino para una Apostasía general. No podemos saber si de esta misma Apostasía nacerá el Anticristo, o si él será todavía retrasado, como lo ha sido durante tanto tiempo; pero en todo caso esta Apostasía, y todos sus signos e instrumentos, son del Maligno, y tienen un sabor de muerte”. ¡Cómo para no comprarse este libro! Y cuanto antes mejor.

Y de postre un libro de Chesterton. Tal vez uno de sus libros más agradables. Al menos de los que yo he leído. Sobre los libros y la lectura, sobre la pasión que es la vida. Los libros y la locura, y otros ensayos lo recomiendo a todo el mundo que le guste leer, que tenga amor por los libros y por lo que ellos suponen para la intimidad de cada lector, en su silencio, y para la Historia de la humanidad.

martes 5 de octubre de 2010

Darte gracias siempre y en todo lugar



Darte gracias Dios mío por estas manos que me permiten escribir sobre Tu Amor, y con las que acaricio o abro la puerta de mi casa. Gracias siempre. Por todo, por cualquier cosa que me ocurre. Gracias por lo que supone ser hijo Tuyo y poder abrazarte en la oración o en la confesión, arrodillado ante Ti, Padre mío, que me perdonas las continuas travesuras, la malicia, la soberbia. Gracias por esta alianza que miro ahora en mi dedo anular derecho, por bendecirme con una mujer tan extraordinaria, aquella que es camino de mi santidad en el matrimonio. Gracias por no carecer de nada realmente importante, sobre todo por esta fe en Ti, mi Dios, que logra que vea la dimensión sobrenatural de todo lo que me rodea, que logra que sienta Tu paz y Tu Gloria. Gracias por mis padres y por el Diario de Santa Faustina Kowalska y por el olor de la ropa limpia. Gracias por llamarme al Opus Dei donde aprendí a tratarte como a mi mejor Amigo y donde siento cada día con más fuerza Tu grandeza y mi insignificancia (¿qué falta Te hago yo Dios mío?). Darte gracias siempre. En todo lugar y circunstancia. En mi trabajo o en la playa, admirando la esencia, el alma de las olas que mueve Tu gracia. En la escasez o en la abundancia; o en el frecuente dolor de cabeza cuando llega el otoño. Gracias por mi cuñada María Pilar que pese al cáncer cada día sonríe con más perfección. Gracias, gracias, gracias. Gracias Señor por permitir que Te crucificaran, por donarnos Tu Sangre y a Tu propia Madre, María, que intercede, mima, habla y reina. Mira, gracias también por este par de libros de Chesterton y del Beato Newman, que me acaban de llegar ahora mismo a casa. Gracias por el alma, por las almas; gracias por los ángeles y por las nieves perpetuas y las selvas, y por las montañas y sauces (sobre todo por aquel sauce bajo el que se sentaba mi madre). Gracias por dejarme leer durante horas (bien sabes lo que me gusta), y por tener la sensibilidad suficiente para leer poemas, o pararme en seco delante, no sé, de un chopo que se incendia en hojas amarillas o de un hombre que pide limosna en la calle. Gracias por meterte en mi corazón, gracias por meterme en Tu Corazón, y hacer de las Tuyas, pese a lo que pesan mis miserias. Gracias por este regusto que has puesto en mí de Ti, por esta alegría de creerte en los detalles más nimios y escondidos. ¡Son tantas y tantas las gracias que Te debo! Sentado ante el ordenador Te ofrezco todo lo que soy y tengo, mi vida y mi muerte. Quisiera teclear palabras más confidenciales sobre Ti, más íntimas; poner por escrito un resquicio de Tu divinidad, de Tu personalidad. Son muchas las ocasiones en que me olvido de Ti -inmerso en mi novelería-, pero no me dejas, y me sorprendes de continuo con inspiraciones y sonrisas, con María+Visión o con un accidente, o con la bendición de un sacerdote, o con el abrazo de mis hijos. Abro el Evangelio de San Mateo y leo: “Todos te están buscando”. Y un poco más adelante: “(…) y acudían a él de todas partes”. Creo que no he leído nunca una definición tan exacta de la inquietud del mundo contemporáneo. Te buscan pero no saben dónde, o se equivocan de camino y tropiezan y pierden la paz y la cabeza. Tecleo palabras para que Tú se las digas a algunos de ellos, y Te conozcan a Ti y se olviden de mí. Gracias Dios mío por ser instrumento de Tu amor, por darme Tu confianza. Nada soy, pero me encanta saber de Ti, me fascina la Belleza que nos regalas. La Belleza concreta de ciertas almas santas, la Belleza de los paisajes del Pirineo, la Belleza de la poesía de Colinas o de Siles o de Miguel d’Ors (que son mis amigos, que son Tus amigos), o la Belleza de la prosa cotidiana de los deberes y exámenes, de la colada o de la compra. Sí, darte gracias siempre y en todo lugar. En cualquier sitio, haga lo que haga, pensar en Ti, amarte.

lunes 4 de octubre de 2010

El cansancio en la familia y el destino del mundo



La vida. Sí, la vida. La vida muchas veces nos puede. Los padres consentimos y cedemos por puro cansancio. Ya no podemos más. ¡Son tantas las cosas que sobrellevamos cada día! Los padres estamos agotados antes de ir a trabajar. ¿Que exagero? Desde luego no todas las familias son iguales. Las hay que al disponer de más recursos económicos pueden pagar a otras personas para que les ayuden en las tareas domésticas. O las hay que sólo trabaja el marido fuera de casa. Pero lo que es un hecho inapelable, es que el agotamiento amanece con el día. Las horas de sueño -escasas- no dan tiempo material para recomponer del todo el cuerpo y las ideas.

Los niños (siempre serán para nosotros "los niños") van del padre a la madre y de la madre al padre como de oca en oca, esperando atisbar algún punto débil en sus peticiones sin cuento (pero con mucho cuento). Los propósitos de la noche anterior -"no le riñas tanto a Jaime, hay que decirle a Cristina que mejore sus gestos y su orden, etcétera"- parecen durar lo que dura el desayuno. Porque muy pronto las prisas nos atenazan y hacen que los consejos y la disciplina se vayan diluyendo en contundentes gritos. "Oye, hacer lo que queráis, me tenéis agotada, mamá se va a trabajar y papá se va de viaje, así que vosotros veréis".

Lo más común hoy en día es que trabajen fuera de casa los dos: madre y padre. Y eso lo condiciona casi todo. Los hijos son listos y tienen detalles bonitos y de ayuda, pero no dejan de ser niños. Y saben exprimir la paciencia de los padres hasta el límite. Lo peor de esa situación es que degenere en frecuentes enfados y que el alzar la voz se convierta en costumbre. Todos nos cansamos. Tensión laboral, atención de los abuelos, contínuos planes con los hijos, el trabajo exigente de la casa, tiempo dedicado a Dios y a nuestra formación... Sin contar los condicionantes de salud.

Ser padre hoy requiere un plus de fortaleza espiritual y desde luego física y mental. Pero la queja no es cristiana. Hace de los padres un modelo poco atractivo. Debemos aguantar firmes. No sólo aguantar. Debemos estar por delante siempre, sin un ápice de tristeza o duda. La vocación matrimonial es algo tan enorme que Dios la hizo sacramento. Es decir, signo sensible de Su providencia y fuente de vida. Para siempre. Uno con una. Una con uno. En una unión que germina en las sonrisas de nuestros hijos, o en esos ojos. Los padres debemos de ser sacrificio generoso, olvido de nosotros, ofrenda gustosa. El milagro de la vida depende de nuestra disposición. Y la educación cristiana es el armazón de la felicidad de esos niños (ya no tan niños), de su santidad.

En el siglo XXI hay muchas cosas que son distintas, pero otras no cambian. Distinto es el agobio social y la injusticia de tantos gobiernos para con las familias. Pero no cambia nuestro deber -pase lo que pase- de hacer de nuestros hijos almas delicadas y con criterio. No tanto con ambición material -digna pero no fundamental- como con una inquietud intelectual y un pasmo sobrenatural que les mantenga íntegros.

Merecen la pena esas pequeñas escaramuzas diarias. Sé que es fácil decirlo, otra cosa es..., y que los problemas se hacen un nudo de lágrimas y pueden llegar a angustiarnos, e incluso a hacernos olvidar que Dios está ahí para salir adelante. Somos iglesias domésticas y el amor es nuestro sagrario. Ellas deben de ser un remanso de paz. ¿Imposible? No para el que reza. No para el que lucha. No para el que ama. Debemos fomentar la oración en familia. Yo el primero. Por ejemplo la lectura del Evangelio o ir desgranando el Santo Rosario. Y nada de televisión en las comidas, o esos contínuos caprichos.

Hoy la verdadera batalla que decidirá el futuro del mundo se está librando en nuestras familias. En la suya y en la mía. Y los padres somos los verdaderos héroes, los grandes protagonistas de esta gran historia épica que Dios dirige con misericordia. No hay tiempo para descansar, y no es momento para ser pusilánime. ¡Adelante, adelante! La victoria será nuestra. Pese al cansancio.

domingo 3 de octubre de 2010

“Oblómov”, de Iván Alexandrovich Goncharov



Iván Alexandrovich Goncharov (1812-1891). He aquí un escritor ruso relativamente desconocido. Un escritor que pasa muy desapercibido hasta para los más concienzudos lectores. Un escritor de obra breve (tres novelas y un libro de viajes). Un escritor que junto a Tolstói, Turguéniev o Dostoievsky, forma parte de la "edad de oro" de la narrativa rusa. Un escritor que me ha dejado sin aliento. No paro de recomendarlo, de hablar de él, de citarlo, de pensarlo… Mi entusiasmo es evidente. Su gran obra es Oblómov (editada entre nosotros por Alba en la impecable traducción de Lydia Kúper de Velasco, editorial que también ha editado Una historia corriente). Su lectura me ha conmocionado y conmovido. Tanto es así que la he leído dos veces. Nunca había hecho esto. Pues tal cual concluí la primera lectura, di comienzo a la segunda. A veces hay que leer dos veces las cosas para calar más hondo, o simplemente para volver a disfrutarlas. Mi ejemplar de Oblómov está lleno de escolios y consideraciones, de apuntes de todo tipo. Han sido abundantes las horas que he disfrutado en su compañía. De día y de noche. “¿Tan bueno es ese libro?”, me preguntan. Pues sí, lo es. Yo diría que indispensable. Es una de las novelas más hermosas que he leído en toda mi vida.

Para otros los análisis filológicos y estilísticos. ¿Qué hacemos en la vida? ¿Qué hacemos con la vida, con nuestras vidas? Esa es columna vertebral de la novela (que trasciende la pereza del protagonista como vicio). Iliá Ilich Oblómov no deja de hacerse estas consideraciones. Matizadas por otros personajes, como su gran amigo Andréi Ivánich Shtolz, o su gran amor, Olga Serguéievna (no desvelo más sobre dichos amores y sus consecuencias). Es preciso hacerlo, aprovechar cada segundo. El entusiasmo de Oblómov existe, pero enseguida se ve vencido por “su carácter tímido y apático”. Pero se da cuenta, percibe la magnitud extraordinaria de la vida –“¡Dios mío! ¡Qué magnífico es vivir!”-, de que hay que luchar por nuestros anhelos, por nuestro modelo de vida. “Los días luminosos no perduran, pasan veloces y la vida fluye, fluye sin cesar, y todo, todo queda destrozado de nuevo”. Sí, se da cuenta, y no para de cavilar en sus ensueños, tumbado en el diván, con su batín (que es como el uniforme de su pereza, de su congénita indolencia…). Jamás ha pasado penurias ni necesidad alguna. Su siervo Zajar está con él desde niño, y nunca se ha puesto él mismo las medias ni las botas. La realidad de ahí fuera le asusta. Pero es necesario salir de esa situación. ¿Cómo? ¿Cómo? La vida no le deja en paz y él sólo quiere descansar, tener sosiego.

La leal amistad de Shtolz casi conseguirá lograr arrancar su existencia de semejante apatía.”Dios ama el trabajo”, le dirá. O también: “El hombre ha sido creado para hacerse a sí mismo y cambiar, incluso, su propia naturaleza”. Aunque el amor de Olga será en la vida de Oblómov el clímax de una posible felicidad, la posibilidad más plausible de un cambio radical. Olga creyó que “el amor acabaría por vencer la pereza de su espíritu”. Oblómov considera este enamoramiento como un poema, como lo más grande y mejor que le ha podido suceder. “Porque la vida es poesía”. ¿Qué ocurre pues? Percibe que el poema concluirá y que él no sería capaz de hacer feliz a Olga en la vida real. Eso es lo que pasa. Y se tortura… Se ve como un ensayo previo en la vida sentimental de Olga. Pero a la vez ve que “sin ti no concibo la vida; por la noche sueño con valles llenos de flores. Cuando te veo soy bueno, activo; cuando tú no estás me aburro, me domina la pereza, quiero tumbarme y no pensar en nada…”.

Oblómov intenta levantarse, intenta salvarse, redimirse, llevar adelante los planes tantas veces pensados, soñados. Ese ideal de vida que él tiene. Y nada. Contempla la realidad desde fuera, como si él estuviera exento. E incluso hace su propia crítica social. Respecto a la vida de sociedad es drástico: “¡Vaya una vida! ¿Qué puedo encontrar allí? ¿Algo que interese a mi corazón, a mi cabeza? No existe nada en el fondo de todo eso, no existe; nada hay allí de profundo, nada que te llegue al alma. Todos esos miembros de la sociedad están muertos, son hombres más dormidos que yo”. Habla de la ridiculez de la fama, de las risas falsas, de todos los que creen estar por encima de los demás… ¿No es perfectamente actual? Y sigue más adelante: “Ni uno solo te mira con ojos límpidos, serenos. Se contagian unos a otros de angustia, de inquietud dolorosa, buscan afanosamente algo. Pero no el bien para sí y los demás, ni tampoco la verdad (…). Bajo ese interés universal se oculta la vaciedad, el desinterés por todo”. Con anterioridad, en la primera parte del libro, ya había comentado Oblómov: “Algunos no tienen otra cosa que hacer más que hablar. Es su vocación”.

Mentiría si no dijera que uno es también un poco “oblomovista”. La "oblomovitis" es más común de lo que suponemos. Pero que en ello no todo es pereza o desencanto o negligencia. Oblómov atrae al lector porque le pone ante sí mismo, y le desafía, y es natural. Todos desearíamos poder elegir con más perspicacia y detenimiento, y ser un poco como él, presentarnos sin máscaras, tal y como somos. Porque nada es lo que parece. Su amigo Shtolz le conoce muy bien y lo retrata: “Tiene una cualidad que vale más que toda inteligencia: ¡Un corazón honrado y fiel! (…) Quien le conoce, no deja de quererle”. Y es realmente así. En fin, una novela de introspección, de calado moral, donde la acción es más interior que exterior. Una novela que es una historia de amor; de amor a una vida sencilla, tranquila, sin aspavientos. Una novela magnífica, que está entre las más grandes. Así de claro.