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Reflexiones, poemas, escorzos de vida, fe de lecturas, noticias de amigos... No pretende ser un desahogo, más bien un diálogo. Un demorarme en el resplandor de nuestra existencia. Y en su literatura.


jueves 30 de septiembre de 2010

LIBROS




Los miro. Sin cansancio
poso los ojos en
sus lomos y portadas.
Leo los muchos títulos
de inmortales autores,
vivos entre los muertos
(otros están más muertos
porque no dicen nada).
Admiro filigranas,
colores y diseños
que encuadernan el alma.
Olfato, tacto, vista
de la tinta: palabras
que dibujan los sueños.
¡Qué gozo ver los libros
por todos los rincones
de la casa! Memoria
del hombre y de mi vida.

miércoles 29 de septiembre de 2010

Desayuno con diamantes



La elegancia, el glamour, la distinción. Una mujer con gafas oscuras en la mañana de Nueva York. Una mujer de traje negro y de talle esbelto. La noche deja paso a esta mujer que camina por la acera de la Quinta Avenida como si estuviera inaugurando el mundo. La belleza de unos hombros desnudos y de un cuello por el que un hombre podría morir. La historia también de una soledad entre multitudes, de una huida. La búsqueda del amor en medio de un galimatías que se disfraza con mil máscaras y fiestas y el estampido del champagne. Una alegría que no es verdad. Y la resaca del miedo, y la angustia de una vida que parece para nada; una vida que está llena de una extrema melancolía. Desayuno con diamantes. Una película. Dicen que una comedia. No sé. Yo la vuelvo a ver por ella, por Audrey Hepburn. No se puede imaginar sin ella. Conmueve contemplar una y otra vez un encanto semejante, tan femenino, mientras escuchas la banda sonora de Henry Mancini. Es como un sueño. ¿Y qué otra cosa es el cine? Me quedaría para siempre con Holly Golightly. Es imposible no enamorarse de un personaje así. Un personaje en busca de redención, de ayuda, de seguridad.

¡Son tantas las cosas que a uno le sugieren esta película! Desayuno con diamantes trasciende la obra de Truman Capote. Es un icono de la belleza, del estilo; pero también de la soledad de no pocas mujeres, de su búsqueda de un amor real, de la tremenda inseguridad que provoca una sociedad vacía, habitada por tantas vidas improbables, como reza el libro del poeta Felipe Benítez Reyes. La estética glamurosa oculta una vida superficial. Se prefiere no mirar, olvidar, no querer ver los problemas que conlleva la realidad. Por eso Holly busca esa seguridad, cuyo símbolo es Tyffany, lo que es o puede ser para siempre. En gran parte esta película es un bálsamo, una fragancia; aunque por otra resulta turbadora. Pero me voy a dejar de especulaciones. Yo sólo quería recomendar un libro. Un libro que recoge minuciosamente los preparativos, rodaje y proyección de la película. Gracias a la labor de Sarah Gristwood. El libro Desayuno con diamantes (publicado por Electa) es un privilegio de información y deleite. Con bibliografía, anécdotas y fotografías en las que el lector se extasía sin remedio. Es el libro que necesitaba esta mítica película. No se lo pierdan. Se pueden encontrar leyéndolo mientras silban la melodía de Moon River.

martes 28 de septiembre de 2010

Señor, sólo quiero estar Contigo




Señor, tomo la gran decisión
y me siento en este sillón tan cómodo y amarillo.
Antes he abierto del todo la ventana.
Para verte mejor, para que entre el canto
del Espíritu Santo y de esos pájaros
que me transportan en el tiempo.
El día nos ha salido gris y ya no queda nadie
en la casa. Estamos solos. Tú y yo.
Tú con toda Tu Gloria
y yo en pijama. Lo sé, no son formas Señor,
no son formas de abrirte el alma,
pero me faltan las ganas y ando un poco triste.
¿Por el otoño? O quizá porque no me atrevo
a amarte minuciosamente. Y te dejo
para otro rato, pues estoy ocupado
soñando con viajes y bibliotecas
o unas vistas encomiables del mar o de unos ojos.
Señor, no quisiera cansarte con mis monsergas.
Cuéntame de Ti, mi Dios, cuéntame
del porqué de este cielo gris, del significado
de todos estos pájaros
que acuden tan puntuales al alma.
Levanto la cabeza para verte
entre las nubes de mi negligencia.
Descruzo las piernas atento a cualquier resquicio
de Tu envolvente Presencia.
¡Qué majestad tiene la brisa! ¡Qué belleza
ostenta la gracia de la vida!
Perdona el desorden. Espera, deja
que quite de ahí esos libros y esa pereza.
¿Qué puedo ofrecerte Jesús mío? Quisiera
que estuvieses a gusto en mi casa.
Descansa, no Te vayas. Entre todas estas palabras
mira a ver si encuentras alguna que sirva
para amarte, o que venga al caso
para alguno de Tus inefables designios.
De esos que el mundo ni por asomo sospecha.
Señor, no Te pido nada. Hoy
sólo quiero estar Contigo,
y que podamos contemplar el cielo juntos.

lunes 27 de septiembre de 2010

Qué misterio es éste


Díganme qué misterio es éste. Que a pesar de todos los chanchullos de mi vida, de tantas literaturas, patrañas y malas caras, esté contento. Díganme si a estas alturas de inopia e inercia en la que vivimos es normal que se dé alguien como yo: escritor de buganvillas, nieblas, alma y familia. No vayan a pensar que me creo exclusivo de nada, pero sonrío ante la circunstancia. Escaso de euros pero un flamante potentado de galaxias. Por no contar las mansiones de belleza que poseo en los cuatro puntos cardinales. Y ¡qué me dicen de las joyas que heredé de mi madre! Ni se imaginan. Unos geranios de rubíes y unas lágrimas que eran diamantes. Y esos cabellos de oro que guardo en mi escritorio y, que de vez en cuando acaricio, sin que me vea nadie. Me empeño en lo importante, y soy capaz de luchar durante horas -o días- con un poema por unas pocas palabras, o por algo más de lo que dicen. Hasta que encuentro el ritmo, y la batalla se acaba en un estrépito de silencio y viento, o quizá fracaso, pero sigo siendo feliz. Hoy es un misterio ser dichoso así, con pocas cosas; indagando en los bolsillos infinitos de Dios una buena propina de alegría.

domingo 26 de septiembre de 2010

En busca de la felicidad




Intento construir con palabras algo
de ese aliento imprevisible que es la felicidad.
Lo intento, sí, atiendo que casen bien
en su cadencia y en el significado
de su esperanza.
No me conformo con menos de lo imposible,
ni quiero nada que esté vacío de alma.
Intento construir la felicidad con palabras
que sean conciencia de una alegría,
palabras que sean reflejo de la mirada
con la que Dios me mira.
Palabras como almenas que defiendan el interior
del patio, los pasadizos, la capilla y el hogar
donde mi vida vive el preludio de su otoño.
El enemigo de la felicidad es el pecado
de pensar que el hombre se basta por si solo.
Narciso egoísta, soberbio, sombrío
destino que condena la música sobrenatural
de la luz que precede al sonido.
Mi felicidad es la constancia de las palabras
en la inquietud de mis propios sueños.
Día a día, escritas cuando el tiempo
se reclina exhausto en mis manos,
con el temblor de un suspiro que nadie oye.

sábado 25 de septiembre de 2010

Das vida y santificas todo



Ese es Dios. Vida y santidad. Nuestra vida y la posibilidad de nuestra santidad. La vida de todo y la santidad de todo. La vida del todo y el amor del todo. El pasado domingo, durante la Santa Misa, se me quedó esta frase de la liturgia como grabada a fuego. La repetía una y otra vez por la calle. “Das vida y santificas todo”, “das vida y santificas todo”. Hasta en voz alta. La escribí en mi libreta de apuntes, citas y demás pensamientos. La sigo diciendo. Mi vida es mi vocación por la santidad. O será un fracaso. La verdadera vida, la Vida real, es la unión con Dios. La unión y el camino que nos lleva hacia ella en medio de los más singulares avatares. El camino de lucha, de coherencia, de saber que no estamos de moda; el camino tal vez del sufrimiento y puede que de cierta rebeldía. Vida y santidad. Santidad y vida. Entraña de nuestros días y de la más que probable y continua oscuridad. Sentido de la existencia. Poesía de nuestro caminar. Vida que se santifica por el hecho de amar. Santidad que nos vivifica y resucita de la tibieza, de la comodidad de una vida que creemos vida pero que no es tal vida, sino un remedo de la Vida, una caricatura que nos engaña.

“Das vida y santificas todo”. No hay más que mirar, tener ojos y un poco de sensibilidad. Bulle la vida, pero bulle más la gracia, la gloria de Dios. Bulle entre el resplandor de la luz y de los colores. Dios nos da la vida -¿tenemos conciencia del Don?-, y con ella la gracia, que nos sostiene, nos impele, nos perdona. Todas las avenidas del mundo, sus calles, las vías del tren, las carreteras y hasta los caminos más agrestes y humildes tienen como destino la santidad. La vida del hombre sobre la tierra es ese recorrido de amor. Aunque de continuo haya tentaciones, trampas, coacciones, y lleguemos a pensar que la fiesta va por otra parte, que sin Dios se vive mejor, más tranquilo. Pero, ¿qué clase de vida puede haber sin Dios? Y nos perdemos en los espejismos de la imaginación o de razones demasiado interesadas, en infelices e intrincados laberintos. La soberbia nos atenaza, nos deja el alma maniatada, o seca. ¿Qué pasa entonces? Pues pasa que Dios da la Vida, la auténtica Vida, ésa que no muere ni se pudre. Pasa que un amigo nos habla. Pasa que de pronto no podemos más y nos echamos a llorar. Pasa que somos de carne, pero también de espíritu, y que un buen día nos sobrecoge el sonido de unas campanas o una anciana rezando en un rincón de una iglesia. Pasa que estamos hechos para la santidad, para ser felices, para trascender la idiotez y la frivolidad.

El corazón de multitudes se va apagando en cosas que no llevan a Dios. Es decir, que no son camino de santidad, de alegría cien por cien. Hay un gigantesco negocio de enmascaramiento de la realidad de las almas. Y de la realidad del mundo. Un maquillaje de considerables proporciones. Nos dejamos engañar a veces, o puede que otros quieran permanecer engañados en esa deformación de la vida, y del amor de Dios, que nos da la Vida y santifica todo. ¿Seremos de los conformistas? Ya lo he dicho antes: sólo hay que mirar a nuestro alrededor. Sacar el alma por los ojos y ver, asomarnos a la Belleza de cada detalle que constituye la Creación. Este cielo tan azul, el beso de nuestra mujer (o del marido), la melodía de la lluvia… Es la Gloria de Dios que se nos ofrece cada mañana, que nos urge por nuestro nombre y nos quiere santos (nada de medianías). Si queremos, por supuesto. Si estamos dispuestos a tomarnos el amor y la vida y la fe en serio.

viernes 24 de septiembre de 2010

Mamá, dílo




Mamá, no pasa un día... Mamá, ¿qué es
mi vida en esta noche de setiembre?
Sigo como tú me dejaste: niño;
y tengo miedo de no estar contigo.
Me he escondido en el cuarto de baño
con una novela y un lapicero
(la novela es rusa y subrayo el brillo
del hielo o el perfume de unas lilas).
¿Recuerdas cuando te llamaba desde
la anodina oficina, a media tarde,
y descolgabas con brío el cariño
de aquellas dos palabras: "¡Hijo mío!"?
Escucho extraños ruidos en el alma:
la pereza me mata, como los años
(no puedo engañarme por más tiempo),
y soy cada vez más y más cobarde.
¿Qué puedo hacer si sólo leo libros?
Mamá, por favor, dímelo al oído
del silencio: “¡Hijo mío te quiero!”.
Dímelo ahora en esta noche de martes.
Dímelo ahora si es que tengo remedio.

jueves 23 de septiembre de 2010

De limpieza



Huele muy bien el limpiacristales. Y también el alcohol de limpieza, el perfumado. La cocina está quedando como nueva. Menuda faena. Hay que poner la leche en su sitio (semidesnatada), y recoger la fruta y el aceite y el zumo de naranja. Vaya, un huevo sale roto. Con afán froto los muebles y las embaldosadas paredes en azul y blanco. Recuerdo el poema sobre el polvo de la poeta griega Kikí Dimulá. Se me antoja leerlo ahora. “El polvo no se quita, no se agota”. Con una pera en la boca ordeno concienzudamente los platos y los vasos, y pienso en los que nos han dejado, añicos de la vida que se resbala, que empuja, que se despista, y cae a veces, y muere. Sí, el reloj ya está como una patena. Limpio a fondo las fotografías del pasillo. Froto el tiempo, le saco brillo a la nostalgia. ¡Cómo me miran todos! Con cuidado quito el polvo de los marcos. Quisiera volver a esos sitios donde la felicidad fue posible (o eso creo ahora). El paño se ensucia con los años. Cada vez hay que limpiar más a fondo las cosas. En el relieve de las puertas se esconde una insospechada capa de partículas. Las trae el viento cuando aireamos la casa, o la luz. “Hasta la Luz, siempre limpia / se vuelve una transportadora alegre del polvo: / es un milagro verla / cómo avanza inmóvil sobre el rayo solar”, escribió en su poema Dimulá. No te puedes fiar de nada. La vida se nos mancha sin querer, o puede que sea queriendo, con plena conciencia. Y vuelta a fregar, a barrer y a pasar la mopa, con esa cadencia que da el amor y su paciencia. Hay que estar atento a las esquinas, a los rincones y recovecos. Esto es como el alma, o como el corazón de cualquiera. No puedes dejar pasar una semana sin lustrar o cepillar la casa, y abrir de par en par las ventanas, y desinfectar, y mirar por debajo de las camas, y de lo que has hecho. Que todo quede pulcro. Y respirar esa fragancia que se desprende de la madera, o de la memoria, en aquella infancia donde todo se enjabonaba. De estos asuntos voy discurriendo, mientras me aplico al enorme armario de mi habitación, y al antiguo cabecero de unos bisabuelos, y a mi mesa de trabajo, donde me he puesto a escribir estas líneas que ya supongo no importarán a nadie.

miércoles 22 de septiembre de 2010

Nel mezzo del cammin di nostra vita



Cuando se llega a la mitad del camino de la vida, que diría Dante, todo comienza a verse de otra manera. Ni mejor ni peor. Distinto. Puede que con una perspectiva más asentada. Ya no es aquella infancia infinita donde correteaban los duendes junto a la cama y coleccionábamos cromos y perseguíamos lagartijas o canicas. O aquella juventud, donde los sueños eran nuestra realidad, paseando por el parque de la mano de los poetas. Ni esa primera madurez, en la que aprendes a percibir que muy pocas cosas son lo que parecen, pues el disimulo y el vaivén son los reyes del mundo.

Ahora la vida adquiere otro tono, otro ritmo, otra textura. Se adquiere conciencia de la muerte, y el dolor es la experiencia que nos revela la magnitud de la alegría. Se aprende a valorar lo pequeño, lo sin importancia. El caer de una hoja, el reflejo del agua... Eres capaz de ensimismarte ante lo que el mundo desprecia en su prisa, o abulia. ¡Mira que no pasmarse con el movimiento del trigo antes de la cosecha! El viento acaricia los campos en un oleaje amarillo salpicado de algunas flores. Y de repente unos chopos en el mismo centro de tu alma. Tu memoria nada en esa visión. Y sabes que otra visión más profunda te está mirando a ti. Por eso fijas la mirada de otro modo. Una mirada más interior y más perspicaz se extiende a tu alrededor.

Quieres ser feliz, que es de lo que se trata. Pero no con ese pasajero bienestar que todos conocemos. No. Quieres una felicidad distinta, que no claudique ante las contrariedades. Es más, que esas mismas tribulaciones sean el motivo de un aprendizaje que te haga descubrir la verdad más nítida de tu alma. Y la vida ya no será esa indiferente sucesión de días. Porque el tiempo sin alma carece de interés. Apenas una fría cronología que devana las horas y su insensatez. El alma es la verdadera complexión de nuestra existencia. Y con ella respiramos y aspiramos a un modo más juicioso de entender el mundo y al hombre.

martes 21 de septiembre de 2010

Ya es hora de caer en la cuenta


Son cosas de las que tomas conciencia de repente. Cosas de las que apenas nadie se da cuenta. Que las oído mil veces mil. Ocurrió ayer, a última hora del día. Yo estaba leyendo, en mi beato sillón -o quizá ya no leía, dejándome llevar por un especial sosiego, o quizá pereza-, con esa dejadez tan característica, como si temiera mover un solo músculo del cuerpo. Nuestros hijos estudiaban cada uno en su habitación. Ese silencio era impagable. Tu casa, tu familia, tu lectura… Tu casa. El alma. Los muebles. El icono. El olor a perfume de mango. Da un poco de miedo decirlo, pero uno en momentos así toca la felicidad con los dedos. El día acorta. Los colores del cielo se iban haciendo más y más asombrosos (escribiría infinitos, pero no hay que abusar de palabras tan estupendas). El azul se desvanecía en naranjas y violetas, en tonalidades tan variadas e intensas que el espacio adquiría una entidad mística (lo siento, no encuentro otra palabra). El libro, las fotografías, las paredes se iluminaban como una hoguera. Dios se hacía confidencia, sentía Su presencia en la casa, en las vidas que la habitamos. Sentía la vida, su pujanza, su marea, su lenguaje. Inmóvil en el sillón contemplaba la estampa, la luz que se depositaba en la estancia y se iba apagando poco a poco. Fue entonces cuando sucedió. Fue ayer, ya digo. Fue de repente, al escuchar su voz. La voz de mi mujer que nos llamaba a la cena. ¿No es algo fascinante? Me di cuenta de la importancia, de su grandeza. Algo tan sencillo como que mi mujer nos reclamará a cenar. Fui consciente de su amor, de lo que suponía. Un hecho que parece vulgar pero que es maravilloso. Una discreta frase escondía el sacrificio, el cariño, todo. Una vida que cocina, que se entrega, que ama. Son cosas de las que habitualmente no te das cuenta. Das por hecho el portento, ni te fijas. Pero está ahí. Y la voz insiste en algo más, en mucho más. Hay que estar atentos. No es sólo que acudamos a la cena (acelga con patata y unas primorosas croquetas). Es que acudamos a ella, que estemos con ella. Y que le contemos lo que está sucediendo en nuestras vidas. Que le contemos de la universidad, de los colegios, de las preocupaciones y gozos, y también -¿por qué no?- de ese azul del cielo cuando se iba transformando en violetas y naranjas.

lunes 20 de septiembre de 2010

Eres tú lo que me queda




Ya casi al final del verano
me fijo más en las mañanas
y en las caricias de tus manos.
En la mesilla libros, nada
que me haga apartar la mirada
de la luz que nace cuando amas.

domingo 19 de septiembre de 2010

El Anticristo



Mi hijo pequeño hace los deberes del colegio. Yo leo a su lado el comienzo de 23 puñaladas, de Luca Canali (Algaida). Es un diario que Julio César va escribiendo antes de morir. Promete. Me asomo al balcón y veo los árboles, y entre sus ramas y hojas lo que queda de la gente que pasa. Apenas un resquicio del presente, de lo que se está yendo… Voy a la biblioteca. Tomo el Nuevo Testamento, en mi sana costumbre de leer un rato sus páginas, la vida de Cristo (para hacerla mía). Es la edición de 1854 de Felipe Scio, editado en Madrid por Gaspar y Roig, y que me regaló hace años el poeta Antonio Colinas. Estaba leyendo a San Marcos, pero el libro se me abre en el capítulo XIII del Apocalipsis. Mi hijo desentrañando el inglés y yo unos versículos del libro más hermético de la Biblia. (Un paréntesis. Leí hace mucho tiempo una entrevista al estudioso de la literatura Harold Bloom -lo recuerdo perfectamente- en la que decía que la Biblia es mucho mejor literaria que religiosamente; claro que él es un judío agnóstico, pero aparte de esa cuestión está claro que el más sabio no deja de decir alguna que otra suculenta tontería).

Pero a lo que iba. Estoy con ese trozo del Apocalipsis. “Y vi salir de la mar una bestia, que tenía siete cabezas, y diez cuernos, y sobre sus cuernos diez coronas, y sobre sus cabezas nombres de blasfemia”. Lo releo unas cuantas veces, incluso en latín: Et vidi de mari bestiam ascendentem… Acudo a las notas a pie de página. Y es allí donde me llevo la primera sorpresa. Leo: “Esta bestia, comúnmente sienten los Padres e intérpretes antiguos, que es el Anticristo. La mar de donde sale es este mundo, lleno de inconstancia, de amargura y de peligros. (Y ahora viene lo bueno). Muchos creyeron que se figuraba en esta bestia a Diocleciano, el más cruel de todos los tiranos, y otros el imperio de Mahoma”. Releo con los ojos bien abiertos: “(…) y otros el imperio de Mahoma”. Llevo años escuchándole lo mismo a una persona muy querida por mí. Dicha persona está convencida. Por sentido común sobre todo. Dice que del mal nunca puede salir bien, que de algo que está basado en el odio y en la venganza no puede salir nada bueno. Esta persona no considera al Islam como una religión en si misma. Argumenta que una religión intenta llegar a Dios; conocerle, amarle, respetando a todos los hombres. Y mujeres. Precisamente el trato inicuo a la mujer dentro del imperio de Mahoma y la violencia que propugna para convertir al mundo a su fe es lo que más delata, según ella, su origen perverso.

La verdad es que yo siempre he creído que exageraba un poco. Piensas que se trata de algunos extremistas de mentalidad terrorista, que no puede ser, que incluso dentro del Islam habrá incluso gente buena, incluso santa, según sus parámetros (seguro que las hay, pero no creo que salgan en los telediarios ni que estén a favor de la violencia). Piensas, piensas. Pero ves la realidad, analizas lo que sucede en España y en Europa y en el mundo, y cunde el desencanto, y no pocas veces el pavor, el miedo. Y más cuando Occidente hace dejación de sus creencias, cuando abomina de su propia cultura cristiana, de su propia identidad o personalidad. Lo cual es un hecho, está ocurriendo. Es más, se fomenta por políticos pusilánimes, verdaderos renegados. Una gran parte de nuestra propia sociedad de hecho es ya anticristiana, es terreno abonado para cualquier cosa, por increíble que parezca. ¿Qué ocurrirá en pocas generaciones? No hacen falta muchas luces para intuirlo.

Llego, en mi lectura del Apocalipsis, al versículo 11 y siguientes del mismo capítulo XIII. Llego al final: “Aquí hay sabiduría. Quien tiene inteligencia calcule el número de la bestia. Porque es número de hombre: y el número de ella seiscientos sesenta y seis”. ¡Qué misterioso es todo en este libro! "Es número de hombre". Vuelvo a leer las notas a pie de página. Y aquí me encuentro lo que sigue (y pido perdón por la cita tan extensa, pero es necesario y merece la pena): “ El que tuviere inteligencia, forme el cálculo, y vendrá en conocimiento, que el nombre del Anticristo se compondrá de letras, que tomadas todas juntas, como notas o señales numéricas, formarán el número seiscientos sesenta y seis. Es muy verosímil que será según el valor que les corresponde en el alfabeto griego. Mas así como son muchas las combinaciones que se pueden hacer de aquellas letras griegas, que unidas darán el dicho número (…). Entre los espositores (sic) modernos a unos les parece convenir estas notas a Diocleciano, a otros a Juliano Apóstata, más todos estos son sólo símbolos y precursores del Anticristo. El ya mencionado PASTORINI conjetura con muchos fundamentos, que el Anticristo será un príncipe de la secta de Mahoma, y que por tal es verosímil tome el nombre del autor de esta secta, cuyas letras griegas, sumando el valor numeral que cada una tiene, compone la suma de 666, como se ve por la cuenta siguiente:

Mi…………………..40
Alfa………………… 1
Ómicron…………70
Mi…………………..40
Épsilon…………… 5
Tau……………….300
Iota………………..10
Sigma……………200

Lo reconozco, me quedo de piedra. Como para reflexionar con largueza. Enseguida consulto otras ediciones de la Biblia que tengo en casa. La de la editorial Herder, de 1971, es típica de nuestro tiempo, no se moja. Dice sucintamente: “El significado del número 666 hasta hoy no está aclarado satisfactoriamente”. Pues muy bien. La versión de Nácar y Colunga se explaya algo más: “El nombre de la bestia está escrito en cifras cuyo valor es 666, o, según algunos manuscritos, 616. Estas cifras están representadas por letras, que no sabemos si estarán tomadas del alfabeto griego o del hebreo, puesto que el autor quiere aquí envolver en el misterio el nombre de la bestia. Por esto son muchos los nombres que se han propuesto, y todos convienen a designar a Roma, al César o a un emperador en particular, v.gr. Nerón”. ¿Todos? Todos no desde luego. Don Felipe Scio y el teólogo Pastorini (autor de una muy interesante Historia general de la Iglesia Cristiana) apuntan también sin tapujos a Mahoma. Otra versión moderna es la de Franquesa y Solé, de 1970, en la editorial Regina. Apuntan dichos escrituristas: “Si sumamos las letras de César-Nerón en su forma hebrea nos da 666. Así como el valor numérico del nombre de Jesús en hebreo es 888, símbolo de superplenitud, así el de la Bestia es 666, símbolo de fracaso, impotencia, derrota progresiva”. Y en otra edición -de 1858- que reproduce la de Scio, pero revisada por Don José Palau, sólo se añade a la nota que San Juan escribió en griego. Lo cual da más verosimilitud a la equivalencia numérica con el alfabeto de dicha lengua.

Desde luego la mención de Mahoma como nombre del Anticristo es chocante. Sobre todo porque casi nadie lo menciona. Más en este ambiente insípido y virtual de lo políticamente correcto en el que vivimos, o creemos vivir. Es curioso que en las ediciones del XX ni se mencione tal posibilidad. Supongo que algo tendrá que ver el ecumenismo, etc. Yo no sé si Mahoma y su doctrina será el Anticristo. Que cada uno cavile libremente. Pero que de hecho es y ha sido siempre anticristiana no tiene la menor duda. A la vista está de todo el que quiera estar informado. Ya no sólo me refiero al vil terrorismo contra Occidente y su decadencia, me refiero a la constante persecución de los cristianos en los países donde rige el Corán como código religioso y civil y penal...

Soy consciente de que no revelo nada nuevo, pero asusta pensar en esa posibilidad. Y que la mayoría de los cristianos nominales se lo tome a broma aún me asusta todavía más. Que Dios nos ayude. Porque como no andemos espabilados nos van a dar por todas partes. Como ya nos están dando.

PD. Y ya en harina voy a leer los Cuatro sermones sobre el Anticristo, del recién beatificado John Henry Newman que acaba de publicar la editorial El buey mudo.

sábado 18 de septiembre de 2010

El amor de Dios en cualquier lugar y circunstancia



Entro en la iglesia. Me da gusto venir. Me detengo en la entrada. Respiro. Cierro los ojos. “Qué ganas tenía de verte”. Siento esas palabras en el alma: ciertas, claras. Es Dios, mi Padre Dios. Después de tantas trápalas, de tantas omisiones y reniegos. Por fin. Aquí estoy. El templo está casi vacío. Un par de mujeres en las primeras filas y un murmullo de voces que no localizo. A mi izquierda la imagen de un Cristo crucificado. Voy. Me sitúo debajo de Su cabeza, y me sujeto a Sus rodillas. Le beso despacio sus heridas, le acaricio los pies y apoyo mi rostro en su pierna izquierda. Mi alma mira hacia arriba, buscando Su mirada. ¡Dios mío! Quisiera que abriera los ojos. Pero acaba de morir por todos. Está muerto. Unas flores a Sus pies. Y yo, con mi alma desnuda, como Su Cuerpo. ¿Qué rezo? ¿Qué es rezar? Mirarle, besarle, enamorarse, quedarte allí con Él, para que no esté solo, para que nunca más pueda estar solo. Le digo: “Resucítame Señor mío, límpiame, quiéreme, ayúdame…”. Pero no quiero pedirle, quiero amarle. AMARLE. Yo soy ese clavo de hierro que atraviesa Sus pies, yo soy cada espina que penetra en su sien. Una y otra vez. No Le ahorro sufrimientos. Un niño entra corriendo, como una exhalación, y Le besa, y sale como ha entrado, visto y no visto. Yo le beso otra vez, como ese niño. Y voy buscando un banco donde sentarme con Él.

Me da pena ver los confesionarios vacíos, me da pena ver a Cristo tan solo, me da pena ver tantos y tantos bancos sin reclinatorio. Y me da pena que Dios Hijo esté en un rincón de la iglesia, y que el sagrario sea tan tosco, y que las flores sean artificiales, y que yo sea como soy: más tosco aún que esos metales, y con menos perfume de alma viva que esas flores. Saludo a la Virgen, a María. Lo sé. El Señor prefiere las flores de las almas, la compañía de las almas. “No vienen, no vienen”. Y yo me despisto con los cristales de colores o devanando fruslerías. Pienso en los ángeles que están aquí. No los veo, pero están. Adorando. Quisiera ir a besar el altar y el sagrario. Quisiera no irme nunca de Dios. Nunca. Ni de noche ni de día. Que mi hogar sea Él, Su trato más asiduo, constante, fiel. ¿Dónde descansar mejor que en la intimidad del Señor? Me atrevo a decirlo: soy feliz. Pero soy feliz por Él, que Se empeña en quererme, en sostenerme, en perdonarme. La felicidad -no quiero engañarme- es estar con Dios, es amarle. Y todo lo demás por Él y para Él. El principal desengaño del mundo proviene de un solo factor: no estamos lo suficientemente atentos a las cosas de Dios. Y lo que es peor: renegamos de Él, de Su infinito Amor.

Un sacerdote pasa a mi lado. Sé que lo es porque le conozco de cara. Pero por su atavío pudiera ejercer cualquier otra profesión u oficio. Seguramente es santo, pero me apena. Como me apena que pase por delante de Dios sin una sencilla genuflexión o algo. Me levanto después de un rato. Se está bien con Cristo, en esta especie de Betania que es toda iglesia, donde Él viene con su propio Cuerpo y Su propia Sangre. Para estar con nosotros, para charlar de lo que queramos, o para dejarnos llevar por la gracia que emana de su Presencia, sin pensar o sentir nada especial. Sencillamente. Divinamente. Beso de nuevo el Cristo, esa talla tan extraordinaria de la Redención del pecado, del arte sacro y enamorado. Los confesionarios siguen vacíos, y eso que hay almas que rondan. Salgo. No soy nadie, pero Dios es mi Padre, y viene conmigo, y me hace ser consciente de este otro templo que es la calle, que es donde se desarrolla mi vocación cristiana, que es donde sobre todo me espera. Para cambiar las cosas. Para santificarme y santificarlas.

viernes 17 de septiembre de 2010

Poesía



Bastantes personas a mi alrededor saben de mi afición por la poesía. Amigos varios, o desconocidos, me hacen llegar sus versos. Y me preguntan sobre la razón de ser de este género literario, sobre la inspiración, sobre el motivo fundamental por el que un hombre llega a escribir poemas. Generalmente uno responde con pudor, o me quedo mudo por unos instantes antes de escribir nada. ¿Qué decir? La poesía es un desafío y una necesidad. Y un silencio. Es una sensibilidad. Es la vocación por la armonía, por querer alcanzar esa melodía que de cuando en cuando sintoniza el alma. La poesía es uno de los más íntimos y rigurosos análisis que el ser humano hace del engranaje de la Belleza, y por lo tanto de la existencia. Para muchos es una insensatez. Pero yo siempre recuerdo las palabras del filósofo alemán Gadamer: "Pues eso es un poema: el estribillo del alma".

Luis Cernuda, allá por diciembre de 1928 le escribía a Jorge Guillén: "El poeta en su aspiración desatada hacia la imposible poesía se encuentra con la eternidad. Su tentativa, aun siendo solamente eso: tentativa, es eterna". Y eterno, que yo sepa, sólo es Dios. Ergo... la poesía es himno, plegaria; una manera de rezar, de invocar, de querer descubrir la verdad de las cosas de una vez por todas. O al menos ciertos detalles.

jueves 16 de septiembre de 2010

Las novelas de misterio y el significado de la vida



Ana concluye Tercera muchacha, de Agatha Christie (a propósito, celebramos el 120º aniversario de su muerte). Me dice mi mujer que en esta ocasión la escritora le ha dejado un tanto insatisfecha, que la intriga era demasiado previsible. Supongo que como pasa en la vida. O igual es que ya había leído la novela en algún momento del río de Heráclito y no lo recuerda. Como en esos momentos en los que te parece que ya has estado allí, que la sorpresa no era para tanto. Y tienes una sensación de cansancio o insatisfacción o hartura. Le digo a Ana que lea El misterio de Layton Court, de Anthony Berkeley (Lumen), que acabo de despachar en una merecida sentada. No sabía nada de él, cosa nada extraña en alguien que como yo, por ejemplo, jamás se ha leído un libro de la Christie (parece ser que son de la misma generación). En cuestión de misterios no soy muy experto. Bastante tiene uno con el que conlleva el universo femenino o los de mi Santa Madre Iglesia. Sin olvidarme del misterio económico, que hace y deshace en el mundo y en mi casa. De todas formas he leído mucho a Simenon, y a Raymond Chandler, y las aventuras del Padre Brown, ese cura tan ocurrente que se inventó Chesterton, y que pueden leer en la editorial Encuentro, o en Acantilado. Y he leído todavía más a Conan Doyle o a Poe, el mejor de todos. Y me fascinó El nombre de la rosa, de Umberto Eco. ¡Qué quieren que les diga!, tengo debilidad por ese semiólogo y bibliófilo de aspecto bonachón. Lo voy a releer, miren por donde.

De todas formas el misterio está en todas partes, en cada novela, en cada poema. El misterio nos rodea, como la luz o la noche, y es la misma esencia del ser humano. ¿Qué mayor misterio que el amor, sin ir más lejos? Toda vida y toda literatura se conjugan desde lo misterioso. Un ir descifrando lo que ocurre. Esas pistas y esos enigmas que se reiteran en nuestras vidas, que insisten, que no nos dejan. Vamos viviendo y vamos leyendo en un intento de dar con lo que nos trasciende (¡qué palabra!). O al menos con un poco de felicidad. El asesino yo creo que suele ser el tiempo, aunque se disfrace de tedio o de bajas pasiones. Va dejando muertos como si nada. A ti mismo te sorprendes a veces diciendo: “estoy muerto”. Hastiado, agotado. Y flaquean las coartadas. Y el alma se queda a la intemperie. Intentas leer un libro como Un corazón inteligente, de Alain Finkielkraut (Alianza). Y lo dejas para rezar, porque con frecuencia no te crees la literatura. Te falta fe en tantas palabras. Dios mío ¿en qué misterios me pones? Pero tomas otro libro de la mesa, puede que por hábito, porque no puedes tener las manos -o será el alma- sin hacer nada.

Leo La cruz de Honninfjord, del joven escritor veneciano Giovanni Montanaro (Libros del Silencio). He ido subrayando. El argumento es otro misterio: la música. Y una historia de amor. Un argumento escrito a cuatro voces, en cuatro momentos distintos de la Historia. “El mundo es y debe ser polifonía: riqueza y pluralidad de voces”. Ese archivo de Ingenting (Noruega) donde se guarda toda la música del mundo es imagen del alma. Del alma que ansía la sinfonía perfecta que es Dios. Del alma que tararea la intimidad de otras almas o el misterio sacro que esconde todo arte. No sé. El misterio. La vida es la más excelsa novela de misterio. Todos buscamos su significado y el destino que nos aguarda. Con su dosis de intriga, que nos desvive.

miércoles 15 de septiembre de 2010

Nocturno


La casa está en silencio. Aunque no completo. Escucho la leve respiración de mis hijos y el ventilador del techo, que gira y gira y gira, como si hiciera zumo de la brisa que entra por la ventana. Tiempo para leer entre el vuelo de los visillos, o para escribir el préstamo de algunas palabras que todavía me son concedidas. Porque nada es del todo nuestro. Nada. Cada una de esas palabras aloja un significado que va mucho más allá de la realidad que percibimos. Escojamos una palabra. Por ejemplo: noche. Para mí, a estas horas en las que procuro mantener el cuerpo a flote, la palabra noche es un estado del alma. No es oscuridad, ni tristeza, ni amargura. Es como la antesala de la felicidad que se siente al concluir un poema. Esta noche es para mí el abismo de la luz, que se esconde y parpadea entre las metáforas o, dentro de un rato, entre los sueños. Mi noche es un acercamiento a la profundidad de nuestra existencia, una visión de lo que las palabras nos hacen intuir: una realidad distinta de la que vemos. Mejor dicho: una realidad mucho más real de la que vemos. Vivir es aprender a mirar. Y en ese mirar desentrañamos nuestro yo en los demás. Abro las ventanas de par en par, y me asomo a Dios en un acto de amor. La noche me cobija. Tal vez no pueda ver todavía la luz, y esta noche sea la necesaria textura de una sobrenatural misericordia.

martes 14 de septiembre de 2010

Collage autobiográfico



No tienes ganas de ver a nadie, ni de hablar, ni de pensar, ni de salir, ni de moverte (1). Algunos no tienen otra cosa que hacer más que hablar. Es su vocación. (2). El ruido incesante enmascara la fragilidad de las relaciones personales a la vez que presenta el silencio como una amenaza y un peligro (3). Siempre en mi vida fueron demasiadas las cosas (4). La vida consciente del hombre moderno está completamente perdida en abstracciones intelectuales, en fantasías sensuales, en lugares comunes de orden político, social y económico (5). ¡Cuántas gentes llaman hoy libertad al simple desconocimiento de las fuerzas que las arrastran! (6). Ello no impide, que malgastemos nuestros años, ni que lancemos al aire esas horas que son para el hombre semillas de eternidad (7). Alguna vez un silencio / ha resucitado un muerto (8). Quisiera explicarme los orígenes y los alcances de mi pereza mental. Hace días que no hago nada, a no ser releer algunos libros de poemas (9). Los hombres no suelen habitar sino en el piso bajo de sus almas (10). Tan verdad es que cuando oscurece siempre necesitamos a alguien como que, cuando amanece, siempre necesitamos recordar que nos queda todavía algún objetivo en la vida (11). Por otra parte, cada día me vuelvo un poco menos capaz de gozar de lo que agrada a los otros individuos de mi especie (12). Esto no es una homilía, / sino amargo desahogo (13). ¡Esta vida! ¡Esta vida! (14). La verdadera vida es siempre indisociable de la espera y la realización del prodigio (15). El viento de la mañana sopla siempre. El poema del mundo no se interrumpe, pero pocos son los oídos que lo oyen (16). Soy un hombre de cierta edad (17). Qué pereza, pues, incorporarse a ese mundo cínico y duro. La muerte y la enfermedad me han apartado de él con mano negra y leve. Qué pereza volver. Así que pido otro vaso de leche, abro el viejo libro por la página más conocida, paseo por la casa como un anciano de asilo, miro los restos del verano como un sobreviviente (18). Seres imperfectos viviendo en un mundo imperfecto, estamos condenados a encontrar sólo migajas de felicidad (19). Mi política puede resumirse en el intento de apoyar a cualquier orden social capaz de reducir, siquiera marginalmente, la cantidad de odio y de dolor en la existencia humana. De garantizar la intimidad y un espacio para la excelencia. Me considero un anarquista platónico. No una papeleta electoral (20). Todos los seres no son más que trozos desjuntados de esa esfera de amor donde se insinuó el odio (21). Para mí el axioma de Emerson, según el cual los buenos libros sustituyen a la mejor universidad, no ha perdido vigencia (22). Lo que le sucede al hombre de la ciudad moderna es que no sabe las causas de las cosas: y por eso, como dice el poeta, puede dejarse dominar demasiado por déspotas y demagogos (23). La maldad y la hipocresía de esas gentes dan una buena idea de lo que pueda ser la compañía de los demonios (24). Y mi palabra creció desde mi vida (25). Y tener el alma llena de silencio (26).


(1) Un hombre que duerme, de Georges Perec (Impedimenta).
(2) Oblómov, de Iván A. Goncharov (Alba).
(3) Viaje al silencio, de Sara Maitland (Alba).
(4) Elogio de la sombra, de Jorge Luis Borges (Alianza).
(5) Escritos esenciales, de Thomas Merton (Sal Terrae).
(6) Más virutas de taller, 2004-2009, de Miguel d’Ors (Los papeles del sitio).
(7) Memorias de ultratumba, de Chateubriand. (Bibliteca Avrea, Cátedra).
(8) Canciones (“Hay mujeres que cuando se callan pueden hacer milagros”), de Luis Rosales (Trotta).
(9) La tentación del fracaso. Diario personal (21-II-1958), de Julio Ramón Ribeyro (Seix Barral).
(10) Escolios a un texto implícito, de Nicolás Gómez Dávila (Atalanta).
(11) Dublinesca, de Enrique Vila-Matas (Seix Barral).
(12) Diarios, de Léon Bloy (Acantilado).
(13) Poesías completas, de Rubén Darío (Galaxia Gutenberg).
(14) Las musarañas, de José Antonio Muñoz Rojas (Pre-textos).
(15) El hilo azul, de Gustavo Martín Garzo (Aguilar).
(16) Escribir (una antología), de Henry David Thoreau (Pre-textos).
(17) Primera frase de Bartleby, el escribiente, de Herman Melville (Siruela).
(18) Mortal y rosa, de Francisco Umbral (Cátedra).
(19) La tentación del fracaso. Diario personal (París, enero de 1966), de Julio Ramón Ribeyro (Seix Barral).
(20) Errata, de George Steiner (Siruela).
(21) Vidas imaginarias, de Marcel Schwob (Valdemar).
(22) El mundo de ayer (memorias de un europeo), de Stefan Zweig (Acantilado).
(23) Los límites de la cordura, de G. K. Chesterton (El buey mudo).
(24) Diarios, de L. Bloy (Acantilado).
(25) Hojas de Madrid, de Blas de Otero (Galaxia Gutenberg).
(26) Futurologías, en Oficio (Antología poética), de José Miguel Ibáñez Langlois (Númenor, Fundación de Cultura Andaluza).

lunes 13 de septiembre de 2010

Felicidades



Ana. Amor. Ana. Enamorada compañía. Tu mano me señala las estrellas. Tus manos me envuelven la existencia. Ana. Amor. Alma que me enseña la vida. Alma que me ama, que me respira. Enamorada alma que se funde a la mía, que paseas conmigo por las olas y avenidas. Ana, que acaricias mi pelo y la piel y la mirada. Te miro expectante, con ganas de estar más cerca, más dentro de tu corazón, de tu pensamiento. No tengo más memoria que tú. Eres lo que soy y tengo. Amor. Cuéntame, dime, háblame de tus sueños. No seas tímida. Adivina mis deseos, lo que quiero. Lo que te quiero. Corre, vamos a enamorarnos más juntos. Ana, vamos a investigar lo que se insinúa, lo que nos roza, lo que amanece. Ven conmigo. Vamos a ver la hermosura del amor, el embeleso de regalarnos el alma. Vamos a juntar en un beso el vuelo de las nubes o la razón del universo. No te entretengas ante el espejo. Ven a estos labios, tráeme tu cuello, tu rutina, tu esfuerzo. Dámelo todo. Hasta tu color favorito (el verde) o los pájaros de tus pasos. Yo te lo guardo. Ana. Amor. Ana. Me gusta tomar del talle las palabras y ceñirlas a ti, al canto que eres. A la poesía que eres. Y es que me gusta leerte, y releer una y mil veces tus brazos y los destellos de tus gafas y el relámpago de tu alma. Tan femenina, con esa elegancia tuya que no termina, que se alza, que se sueña, que me lleva en volandas por el centro de la ciudad, de aliento en aliento, de orilla en orilla. Vivo de verte. Vivo de ti, mi vida, mi alma. Contigo vivo sin miedo. Sólo tengo miedo de no estar contigo. De no encontrar tus besos en un descuido. Y perderme y dejar de ser yo, sin ti. Ana. Amor. Ana. Enamorada aurora, celeste luz, llama. Cumpleaños de mi felicidad, de tu alegría. Henchida pujanza, ternura, sonrisa, puerto, ninfa. Eres la que eres: la que me eres. Eres la medida exacta de mis días.

domingo 12 de septiembre de 2010

¿Qué es el pecado?



Nada hay mejor en el mundo que estar en gracia de Dios.
SAN JOSEMARÍA ESCRIVÁ



El pecado es la tristeza, el lastre de la soberbia que insiste en estar por encima de Dios y de Su gracia. El pecado es un día sin luz, un mundo sin gozo y sin poso, es la desobediencia a la Verdad que nos espera con misericordia. El pecado es un espejismo que se difumina en nadie y en nada, la naturaleza del hombre que se empeña en sí mismo exclusivamente. El pecado es una mentira tras otra, un constante susurro de mil demonios. El pecado es la vergüenza de confesarlo. El pecado es el escupitajo, la cobardía de no querer huir a tiempo. El pecado es el Paraíso perdido y Dios que se hace Cruz para resucitarnos si es posible. El pecado es volver a gritar: “¡Crucifícalo!”, y ver la Historia de la humanidad como se desangra de nuevo. El pecado es el mayor fracaso de una vida, es la puntilla, un oscuro callejón con la única salida de la absolución en un confesionario bien católico. El pecado es el ataúd del alma, es el ruido estridente del mundo, es la apariencia de un placer de fantasía. El pecado es no darse cuenta del abismo en el que insistimos. El pecado es el amor que se hace añicos, el amor que somos incapaces de dar. El pecado es la más drástica esclavitud (que sigue vigente con saña). El pecado es la muchedumbre de ojos que son infieles a la ternura y al pudor de la belleza. El pecado viene de largo, cuando se estanca en la conciencia un gran charco, y se va pudriendo la costumbre. El pecado es querer justificar el asesinato o el vicio más nefando, y hacerlo ley y desdicha. El pecado es el infierno en vida, y también puede ser el póstumo. El pecado es el desorden del corazón y del mundo. El pecado es la guerra a Dios o la colaboración ingenua con el enemigo. El pecado es lo yermo, el desierto, lo estéril, lo vano… El pecado es la muerte antes de la muerte, es el peor holocausto. El pecado es un llanto de proporciones siderales. El pecado es la mayor causa de mortalidad que existe (digan lo que digan las estadísticas), y causa de innumerables traumatismos y lesiones internas, con desgarros de alma y heridas purulentas. El pecado es ceguera y es miopía, excitarnos de obra y de lengua y de imaginativa, por acción u omisión, o por tontería. El pecado es, como diría Rosales, “llorar por todos los que viven”. El pecado es no ser feliz. Pero el pecado supuso que Dios pusiera manos a la redención de Cristo, nacido de la Virgen causa de nuestra alegría; supuso que Dios pusiera sus pies en el suelo y sus manos en el trabajo y en las bienaventuranzas; supuso el ego te absolvo a peccatis tuis, y la Eucaristía, y la libertad de Sus llagas, y la santidad como reconquista definitiva del Amor y del Paraíso.

sábado 11 de septiembre de 2010

Hay palabras que brillan



Tendré que volver de nuevo sobre ello, pero es cierto que hay palabras que nos persiguen, que saben de nuestro camino, que vuelven siempre a la expresión del alma. Son palabras que nos definen y que nos abisman a una existencia más plena. Nada o muy poco tienen que ver con la filología o con la gramática. Son algo distinto. Palabras que configuran el significado de nuestro ser más profundo. En ellas confesamos nuestra fragilidad. Aunque no nos demos del todo cuenta, despistados en el sonido lúdico de los caprichos más variados. En esas palabras a las que volvemos -son pocas- confiamos nuestra intimidad o la esperanza de nuestra fe. Por ejemplo alegría. Una palabra que al nombrarla salta y corre y sonríe, y abre sus vocales al aire en un gesto de felicidad completa. Escribirla es un acto de creencia, de trascendencia y de transparencia. Y cuando la leemos en algún texto ajeno la mirada se regocija y surge la confidencia. Porque en esa palabra estamos nosotros mismos. Alegría, decimos, y salta la chispa de un recuerdo muy concreto, o de una profecía que está por llegar. Y nuestra niñez salta las olas y grita y se sumerge, y recoge conchas de muy variadas formas y colores. Aquellas mismas que todavía guardas en casa, en la mesa de los tesoros. Su tacto es el mismo que de cuando eras niño. Y buceas en el gozo de su sonido, y tocas de nuevo la arena. Imaginad lo que supone una sola de esas palabras. Son como el asidero de nuestras vidas, el horizonte en donde contemplamos la maravilla del alma. Alma, otra de esas palabras que siempre vuelven, una palabra que tantos quieren borrar del mapa.

viernes 10 de septiembre de 2010

Aquellos días y aquellas lecturas



Yo lo que creo es que todos los que leemos frenéticamente, mientras los libros se nos van encaramando por las paredes, queremos crear nuestra propia y personal librería, con unos fondos lo suficientemente abundantes como para pasearnos por casa y sacar gratis de las estanterías posibles lecturas que en ese momento nos llaman la atención (aunque luego la vida no nos deje) y la ilusión y la perspectiva de un determinado conocimiento o correría. Es tener el entusiasmo a mano y relajarnos, y pasar horas hojeando aquí y allá. Nunca queremos saciarnos del todo, sólo faltaría, lo bueno es descubrir ocasionalmente un determinado autor del que ya ni nos acordábamos, y cuando abrimos el libro dar con unas notas al margen (y pasmarnos una vez más con el paso del tiempo), o con una fotografía en el Pirineo o con una postal sellada en Toulouse o Moscú. Libros de cuando estudiaba, libros de viejo (con el precio en las antiguas pesetas), libros para salir del paso, libros que compré ahorrando cada céntimo, libros que me regalaron en México o que me trajeron de Italia. Libros de adolescencia y libros que adquirí durante mi época universitaria, o mi luna de miel.

Recuerdo que mis suegros en el tradicional intercambio de regalos -cuando el novio va (o iba) a pedir la mano de la novia-, por mi tozudez tuvieron que agraciarme con un par de suculentos libros, y no con el reloj de rigor, como se estilaba al menos entonces. ¿Para qué quería yo un reloj si ya tenía uno y lo que deseaba de verdad era un buen montón de libros? Pasas por raro, pero ya te acostumbras. Son cientos y cientos los volúmenes y títulos que he ido leyendo y que poseo. Y me hace feliz ir de estante en estante, y remover, y sentarme en el suelo o en una silla cercado de portadas y lomos y libros abiertos por distintos sueños. Y me parece vivir en el torreón de Montaigne, o en la biblioteca de don Pío Baroja en Vera o en la que vi en casa de don Miguel Sancho Izquierdo. Últimamente pienso en momentos estelares de mis lecturas, en esos espacios y edades donde leí más a mis anchas, sin interrupciones. El parque Primo de Rivera o Parque Grande de mi ciudad, acompañado por Balzac y su Comedia Humana o por André Maurois (al que nadie lee ahora); los campos del Jiloca -¡tantos rincones!- acompañado por Luis Rosales, por Erasmo, por las cartas de Keats a Lord Houghton, por Galdós o por La montaña mágica de Thomas Mann; la terraza de Jaca que da a unos chopos y a la luna, tan unida en mí a Dostoyevski, a Stevenson, a Conan Doyle y a Las mil y una noches

Siempre con libros. Paseando a pie o en bicicleta. El intento de encontrar un lugar idílico, en paz, y leer hasta que se haga de noche. Esas largas horas de entonces que parecen no querer volver, con la vida tan llena de compromisos que no sé para qué. ¿Cómo no pensar con nostalgia en aquella habitación donde leí de un tirón Muerte en Venecia y La consolación de la filosofía? ¿O en aquella otra terraza donde quedé fascinado por primera vez con Borges, en una antología de Cátedra? ¡Son tantos los autores que vienen a la cabeza! En el sol o en la sombra, junto a un río intemporal, debajo de un sauce, en un desván, en la madrugada… Hasta en un centro comercial, con Pedro Salinas o Roberto Bolaño. Y la biblioteca se extiende con los años, y ya tengo menos prisa por leerlo todo. Me conformo con menos. ¿Quiero leer aquellos libros o quiero volver a aquellos lugares y sentirme otra vez como entonces? Al borde de aquella piscina lapislázuli con mis 20 mayos y con el Diario de Luis Felipe Vivanco en las manos. O todo aquel año de 1979 yendo y viniendo con el volumen de Shakespeare. Será que sin querer -porque yo no quiero- me estoy haciendo viejo.

jueves 9 de septiembre de 2010

La mística de la Historia


“Es fácil que el sufrimiento de una persona quede perdido en una masa de estadísticas”.(El sitio de Leningrado, de Michael Jones)


La historia no se trata de un espectacular y faraónico dispositivo cronológico en el que sólo parece contar la tramoya de los hechos más destacados. O de las personas que en su devenir han sido -o creemos que han sido- egregias y rutilantes (¡cuánto chasco y cuánta bufa!). La documentación de los hechos no siempre es prueba de lo más importante. Y la memoria, aunque se esfuerce con tesón, olvida la mayoría de las veces. Hasta a los más concienzudos eruditos les pasa desapercibida el alma de los acontecimientos, perdiéndose en un galimatías terrible de doctrinas históricas e interpretaciones variopintas del pasado. Que si esto o que si lo otro. Y persiste el olvido de los olvidados. Y lo que yo denomino la mística de la historia se fundamenta precisamente en eso: en la elegía de las vidas (vidas oscuras y valientes, pero corrientes) de los no historiados, de los olvidados. Cuando son ellos los que configuran la “densidad” de la historia, lo que nosotros hemos dado en ser. Masas anónimas de “nadies” que de una manera misteriosa siguen presentes en el mundo. Son ellos los que en realidad han hecho la historia, los que la siguen haciendo hoy, ahora. La mística de la historia está en el corazón del hombre y trasciende con mucho los tratados y academias. No se trata de estatuas y calles. Se trata de la fuerza del espíritu, de esas vidas que sufrieron los espeluznantes designios de dictadores y déspotas, de políticos homicidas y sicarios cafres. O de chivatos y traidores, presos de una locura diabólica. Una familia que vive humildemente en una aldea del medioevo, o con más comodidad en el centro de una gran ciudad del siglo XXI. O un individuo que pasea por la luz de un sábado por la tarde, sin más. Y de repente el fuego, el estallido, el filo de la espada, el hambre, el secuestro o el tiro en la nuca. Los cristales hechos añicos, los estómagos vacíos, la esperanza rota, el paro, la muerte de tus hijos… La mística de la historia es todo ese dolor desconocido, el sentido de aquellas vidas cotidianas, desolladas, con los ojos abiertos al cielo para siempre. La mística de la historia es el amor que no sabremos nunca, a pesar del odio que destroza y envenena.

miércoles 8 de septiembre de 2010

De felicitate





Y me fijo cada vez más en todo
lo que no suele estar en los poemas.
La cama recién hecha, el mismo hombre
que barre ahora en silencio las aceras;
la liturgia de la luz en el alma
de Ana, que estrena una mirada nueva;
la presencia de Dios en la belleza
más secreta de las cosas pequeñas.

martes 7 de septiembre de 2010

La vida, los libros, el alma


Hace unos días daba en pensar, mientras estaba plácidamente sentado en mi biblioteca, que no sé el tiempo que me quedará de vida, pero que quede lo que quede, debo aplicarme más a ella. Quiero decir que debo disfrutarla venga como venga, si me gusta más como si me gusta menos. Y a la vez intentar cambiarla para el bien de los demás y del mío propio. Aprovecharla, acompasar la respiración, indagar sobre los detalles. Vivirla, sin tanta queja ni evasivas ni desplantes. Vivirla a conciencia y con recta conciencia. Sin aturullarme ni enfadarme. Cada minuto esconde una sorpresa, un incalculable valor que rebosa de Dios por todas partes.

Debo descubrir el placer de cruzar los semáforos con una sonrisa, de saludar con cariño a aquellos que de entrada no saludaría, de charlar un poco con esa persona que me pide unas monedas, de quedarme largo rato en un verso (sea escrito o esté en medio de la calle). Se suele decir que la vida se nos va, pero somos nosotros los que optamos por irnos (o evadirnos), los que no queremos saber apenas de ella: de la vida verdadera. De esa vida que exige darse, amarse, sobrenaturalizarse, esforzarse con toda el alma.

Sentado en mi biblioteca pensaba en cómo será ver los ojos de Cristo, o si ya los estaré viendo cando miro el mar, o el cielo al atardecer desde mi casa o la mirada de Pedro el pastor sentado siempre en la misma acera. Estar ante Él, ser del todo consciente de esta vida que ahora tengo entre manos y que desperdicio en multitud de instantes, por molicie o quizá desazón o soberbia. Quisiera estar presentable. Entonces y ahora. ¿Y que hago para ello? ¿Qué hago para tomar la vida en serio? Lo que no quiere decir ser adusto o taciturno. En serio: responsable. En una responsabilidad alegre, enamorada de lo que alcanzan mis sentidos, y mi razón, y el corazón, que no acaba de alcanzar el compás y la armonía de Dios todavía.

¡Qué estupenda biblioteca tengo! Es un gran deleite ver los libros, tocarlos, que estén a mi alcance. Me paseo delante de ellos, me paro de pronto, repaso uno de los estantes más altos. Hasta les hago fotografías. De estanterías enteras o de aquellas portadas predilectas. Mi biblioteca, el sueño de leer durante horas, de vivir con más confianza, o quizá templanza, o sosiego. Vivir, leer. Es el mismo amor. Descubrir el entresijo espiritual de todo. El intento de alcanzar la paz. No la de los cementerios. La del alma. Soy feliz entre libros. Porque hace mucho tiempo intuí que en ellos existía la posibilidad de mejorar mi vida.

En mi regazo la Ilíada, de Homero, "un ciego que habita en la escarpada Quíos", y que narra la épica de los guerreros, de la lucha, del valor y vigor que se requieren para solventar, entre otras cosas, el paso de los días o la tormenta del dolor que en tantas ocasiones nos desbarata los planes.

lunes 6 de septiembre de 2010

Paso a paso



Cuando el cielo se cubre de nubes y es lunes, o martes o septiembre o verano ya metido en otoño, quisiera escribir un verso de palabras muy limpias, como una mirada de niño o un poco de lluvia. Uno solo. Pero el intento es vano, y me quedo en una prosa convaleciente de sueños, que dice y no dice, que se repite, que vaga, que merodea por la imaginación y por la superficie de las nubes y de la mesa. Una prosa que quiere ser feliz siendo prosa y sencilla, sin estridencias, deslizándose por la brisa o por un poema de Machado o por los pasos que me acercan a mi muerte. Lo de siempre, si acaso con un poco de nostalgia o no pocas veces con premura por hacer cosas. Y me empeño en dejar constancia de lo que siento y veo y toco. Un día y otro día. Abro la mañana y se desgrana incandescente el mundo y tomas nota de un beso, o de ese color tan intenso de la mermelada de fresa, o del ventilador que gira. Lo de siempre, sí, pero siempre distinto. Y de improviso recibo una fotografía desde un faro, con su bruma y sus brillos, con los azules difuminos del cielomar opalino. Destellos que se quedaron fijos en la imagen que yo miro. ¿Cómo hacerse con palabras que surquen esas aguas, que digan lo que está inscrito en esa línea del horizonte o de mi vida? Palabras que no se ahoguen en el tiempo o en la pompa de la nada.

domingo 5 de septiembre de 2010

Papá



“Papá, ¿en qué equipo de la NBA juega Rudy Fernández?”. “Papá, que pongo yo la mesa”. “Papá, ya sabes, me debes cinco euros”. “Papá, ¿me dejas el ordenador?”. “Papá, ¿a qué hora llega mamá?, es que tengo hambre”. “Papá, necesito unos zapatos”. “Papá, esta tarde ¿qué haremos?”. “Papá, antes de que empiece el cole tenemos que ir a ver Los mercenarios”. “Papá, ¿puedo comerme un helado?”. “Papá, ¿qué estás escribiendo?”. “Papá, ¿este libro tan viejo es chulo?”. “Papá, ¿por qué te gusta tanto el perfume de mango?”. “Papá, me ha salido un grano”. “Papá, hemos barrido la casa”. “Papá, te llaman desde México”. “Papá, ¿cómo te puede gustar esa música tan triste?”. “Papá, no tengo calcetines para el colegio”. “Papá, ¿por qué se divorcia la gente?”. “Papá, te recuerdo que hay que pagar a la dentista”. “Papá, casi he terminado con el libro que estoy leyendo, para que lo sepas”. “Papá, ¿puedo comerme otro helado?”. “Papá, ¿hay en el mundo algún poeta rico?”. “Papá, llama a mamá, dile que venga volando”. “Papá, esta tarde me voy a la piscina”. “Papá, ven a ver El príncipe de Bel Air, es buenísimo?”. “Papá, ¿dónde está el libro de familia numerosa?”. “Papá, después de comer a mí no me toca poner el lavavajillas, aviso”. “Papá, por cierto, ¿tienes dinero?”. “Papá, tienes mala cara”. “Papá, a ver si viene mamá que ya va siendo hora”. “Papá, un mensajero”. “Papá, ¿por qué no hablas?”. “Papá, siempre estás leyendo o escribiendo, eres un aburrido”. “Papá, es que no te enteras de nada”.

sábado 4 de septiembre de 2010

Si es que siempre me confieso de lo mismo



Pues claro. Tampoco te creas tan original. ¿Y de qué te vas a confesar? Pues de esos pecados que tanto frecuentas por falta de fe y de lucha, por falta de amor y de confianza en Dios. No te acabas de creer que con Él puedes. Que no eres sólo tú. Y te acostumbras. “Soy así”, “no tengo remedio”, “es mi forma de ser (o de no ser)”, “nadie es perfecto”, “somos humanos”, etc. Pero ¡qué empeño el tuyo en pensar que no pasa nada a la hora de tantear la tentación! Ya lo creo que la tanteas, fiado de una supuesta experiencia o de tu fortaleza interior. Como si fuera un juego. Y caes. Estaba cantado. ¿Cómo no vas a caer si apenas rezas y buscas compensaciones y te justificas de mil estrafalarias maneras? Lo que tú crees vida interior apenas son unas avemarías o la apresurada misa del domingo o la bendición de la mesa. O puede que algo más, no lo niego. Es evidente tu falta de decisión, y la soberbia, y la pereza. ¿De verdad quieres ser santo? ¿O lo ves sólo como algo bonito, sí, y muy entrañable, pero al fin y al cabo lejano y demasiado incómodo o exigente?

Te cansas de caer, de ser tan repetitivo en tus pecados. Sientes vergüenza (a buenas horas). Más por ti que por amor a Dios. No, si malo no eres, pero te quedas en neutro, en apático. A medio camino de todo y de nada. Tibio no pocas veces. Es como si te diera igual. Que ya sé que no, que tu corazón quiere ser de Dios e ir al Cielo y tal. Bueno, ¿y para cuándo lo dejas? Pecar siempre vas a pecar, pero no vendría mal un poco de puesta a punto espiritual (para eso está la dirección espiritual, que orienta y exige), y dejar de engañarte de una vez con las medianías que sueles. ¡Cuánta compasión te tienes! Se trata de tomarte en serio a Dios, es decir, tu fe. Y el secreto de todo ello está en el amor, y el secreto del amor es la voluntad. El momento, la ocasión, el instante de decidirse. Hoy, ahora. Ya, por fin. Católico coherente, católico de frente. Confesándote con dolor y enmienda de lo mismo. Pues de lo mismo. Y con el mismo cura, si es posible. Esto es importante. Por aquello de ir a la raíz y al matiz, de sacar mayor fruto a la gracia del sacramento, de no conformarte. Sin buscar a otros sacerdotes comodines, no vaya a pensar el otro -cavilas-, el tuyo, que eres un desastre, un animal, un reincidente sin remedio o un solemne idiota.

Dios no se acostumbra a perdonarte. Te busca, te quiere. Le urge estar contigo (¿te urge a ti estar con Él?). Hay que ir rápido a confesarse. Raudo. A limpiar los ojos y el alma. A volver a empezar. Con más ímpetu en la piedad y en el testimonio de tu vida. Postrándote, de rodillas. Solo no puedes. Ni hablar. Es Dios el que te saca adelante, el que posa de nuevo en ti Su misericordia y logra que de cuando en cuando saborees la felicidad. Recuerda: “Jesús, mirándolo, lo amo”. Pues eso. Y eso es la confesión. Confesarse siempre de lo mismo es querer volver a Su mirada, es no conformarse con mentiras y tristezas lánguidas. ¿Te confiesas de lo mismo? Vale, bien, Satanás apunta siempre a tus puntos más débiles o desguarnecidos: a ese carácter que oscila o a ese corazón que se envilece. Confesarse es un acto de amor tan enorme que puede que perdamos de cuando en cuando conciencia de su magnitud eterna. Confesarse -si es de lo mismo pues de lo mismo y las veces que haga falta-, confesarse te digo es desear la santidad como único destino. Es confiar en Dios y desconfiar de todo aquello que nos aleje de Él.

viernes 3 de septiembre de 2010

Día tras día



Llevo una buena parte de mi vida aguantando el mismo sonsonete. Que sí, que estoy, que no me he esfumado. Todavía. Aquí, aquí. Por Dios, no gritéis. ¿Se puede saber que os pasa a todos? Estoy aquí, sí, en este rincón, solo, con apariencia soñadora y ojos somnolientos. ¿Otra vez? Otra vez qué. Siempre con un libro en las manos y la cabeza en ninguna parte. ¿Resulto molesto? Te llaman. Voy, voy, no tardo nada. Es que es… para ya, urgente. Tienes que pagar el garaje y solucionar lo de los colegios. ¿Y si cierras la puerta y me dejas en paz un momento? No se puede hablar contigo, no estás en la realidad. Yo estoy donde me encuentro, es decir, aquí, en este rincón donde observo como la luz pinta una acuarela en esa pared blanca que ves ahí. Oye… Espera un poco, mira, mira: mira como resbala en un escorzo y ahora se yergue y gira y dibuja una posibilidad mejor. Pero ¿de qué hablas? De mi vida y su incertidumbre, de mi vida y su ilusión. Oye… Escúchame tú: cada instante tiene su revelación, pero son muy pocos los que se dan cuenta, los que la perciben. No seas pueril. ¿Yo? Quizá, nunca se sabe. Sólo intento abrir un poco más los ojos y no dejarme llevar por la frustración. Vuelve en ti y vamos a dar un paseo y nos tomamos algo. ¿Me das cinco minutos? ¿Para? Pues no lo sé muy bien, puede que para leer un solo verso, o para olvidarme del porvenir mientras la luz concluye su acuarela. Estás loco, pero te quiero. ¿Ves? Eso sí que es real, y nos salva. Es cierto. Toma, guárdame el libro que me arreglo en un momento.

jueves 2 de septiembre de 2010

Y te quedas deshabitado



En ocasiones se desperdicia el alma entre las manos y entre los días. Y te vas quedando vacío, como en un desahucio, sin volumen espiritual que afronte la tristeza, sin tacto para la caricia. Se te va el alma en esa mirada oscura y absurda en la que no se te ha perdido nada. Te quedas sin nervio, como ido. Deshabitado. ¿Ves?, se te va el alma por el cuerpo. Oh, pobre necio, sientes las palabras mudas, incapaz de remontar el caudal de su significado. ¿Dónde está el alma? ¿Dónde su música? Desmenuzas la luz y su presagio. Pones su resplandor entre tus ojos. Algo habrá, tiene que estar por aquí cerca. O por aquí dentro… De repente la intuyes. Mientras haces la cama y sacudes sus sábanas. Y las almohadas recobran su forma. Está de nuevo en ti, en esa breve oración que rezas.

miércoles 1 de septiembre de 2010

Cosas y más cosas



Cosas, siempre cosas. Tener más cosas. Comprar sin necesidad mil baratijas. Nunca es bastante. El capricho se enamora de las más variadas formas. Posesión, posesión. Somos poseídos por las cosas en un despliegue de publicidad y excusas. No podemos pasar sin ello. Deambulamos entre ofertas, marcas y etiquetas. Vestidos, carteras, colonias, velas, juguetes… A mitad de precio no hay quien se resista. O en los chinos, o en aquella tienda ideal de tan exquisita. Da lo mismo. El caso es comprar. El caso son las cosas. Inmersos en su fugaz disfrute. Admiramos nuestra perspicacia. Se llenan los armarios, las mesas, el suelo, los estantes. El tiempo y el espacio rebosan de cosas. “Pequeñas alegrías que uno se da”. Espejismos en los que esperamos encontrar alguna dosis de felicidad. Pero las cosas no colman el corazón del hombre. Nunca. Y un constante desencanto se posa en nuestros actos o camina en nuestros pasos. Una insatisfacción que no se cura en las rebajas. Porque está claro que necesitamos algo más. Algo que no es materia, algo que trascienda los sentidos y su ceniza. El consumo es la evidencia de una impotencia. En él cosificamos el amor y enajenamos el alma. Todo parece que se compra, que tiene precio. Pero no es así. Sabemos que no es así. Que esa persistente melancolía que nos lastra se debe en gran parte a que no nos decidimos de verdad a vivir desprendidos de las cosas y a pensar más en los demás. ¿Para qué llenar la casa y el alma de un hastío que asfixia? ¿Necesitamos todo lo que tenemos? ¿Compramos y compramos para desterrar de nuestras vidas el gran vacío, la gran ansiedad que supone no estar más cerca de Dios? Esta y no otra es la gran cuestión.