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Reflexiones, poemas, escorzos de vida, fe de lecturas, noticias de amigos... No pretende ser un desahogo, más bien un diálogo. Un demorarme en el resplandor de nuestra existencia. Y en su literatura.


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sábado 31 de julio de 2010

El parque




La respiración del alma. Los aspersores
de luz que refresca la mirada.
Agua de río que surca la mañana.
Estorninos, golondrinas, gorriones.
Y palomas. Su vuelo entre los pinos. Una danza
invisible. La existencia del amor y del perfume de las rosas.
Corredores que atraviesan la belleza del verano.
Los bancos donde se sientan los años
y las conversaciones intrascendentes de la vida.
Ay, el parque, su remolino de luz, la brisa
y esa chica que hace gimnasia en el césped.

viernes 30 de julio de 2010

Que si unos libros para vacaciones



Puede que luego no haya ocasión, o al menos no tanta como soñábamos en los prolegómenos del verano. Puede que las excursiones y la familia y la prensa y esas pequeñas obras y el deporte y la televisión y las partidas de dominó no nos dejen apenas tiempo para unas páginas muy de cuando en cuando. Y puede que nos venza la contemplación o el sueño en el momento preciso de abrir el libro en cuestión. Las distracciones son muchas. Estemos en la playa, en la montaña o en esa piscina tan azul. Igual a las dos líneas se nos acerca una persona imprevista, o un chapuzón nos salpica las letras. ¡Hay tantas cosas! Y la luz, y la postura (nunca acabamos de acomodarnos del todo bien). Y con el rabillo del ojo el horizonte de esos niños que saltan sobre las olas. Y la memoria, y la arena del tiempo y de la nostalgia que se mete por todas partes.

Preparamos los libros con ilusión. Luego ya se verá. Pero el lector sueña con esas horas de silencio. No hay muchas cosas que superen en felicidad a esos capítulos o poemas. Bueno, veamos, qué complicado se hace elegir bien. Uno quisiera leer mucho, leer todos esos libros que durante el curso se han ido apilando sobre la mesa o entre las estanterías. Ay, la vida es un cúmulo de buenos deseos, de títulos y prólogos. ¿Qué leo durante estas vacaciones? ¿Podré leer todo lo que sueño y quiero? ¿Me dejarán entre todos un poco? Lo intentaré al menor descuido. Y saldré al jardín o a la calle o a la terraza. O me iré lejos, con la bicicleta. Por intentarlo que no quede. O en esa roca sobre el mar, o a la orilla de ese diminuto río, o en ese banco del paseo, o declamando en voz alta en medio de unos girasoles o en aquella misma arboleda de la adolescencia. Con mi libro. No sé, puede que con los Cuentos completos de Thomas Mann (Edhasa) o con El coro mágico, una historia de la cultura rusa de Tolstói a Solzhenitsyn, de Volkov (Ariel).

¿Poesía? Madre mía. Seguir con Blas de Otero y sus Hojas de Madrid con la galerna (Galaxia Gutenberg), que llevo paladeando desde hace un mes. Releer a Miguel Hernández (Alianza) y Cántico, de Jorge Guillén (Seix Barral, y la poesía completa en Tusquets), y atreverme con el Isidro, de Lope de Vega (Cátedra), y llevarme a todos los sitios ese tomo de la Biblioteca Aurea titulado Renacimiento español, con la poesía de Boscán, Garcilaso, Fray Luis de León, San Juan de la Cruz y Fernando de Herrera. Y seguramente haré un sitio para el Cancionero, de Unamuno (Biblioteca Castro). Ay, poesía. Palabras y alma. La plenitud que buscas, el misterio que no entiendes, la vida misma. Poesía… Cualquier detalle si lo miras con un poco más de atención, como si estuvieras en medio de una plegaria.

Y vas llenando la maleta de libros. Alborozado, inquieto. Todo es una promesa y una esperanza. Tomas en las manos Los amores de Sylvia, de Elizabeth Gaskell (Mondadori) o El caso Kurílov, de Irene Némirovsky (Salamandra) o Tomás Becket, de Frank Barlow (Edhasa) o En el corazón de la zona gris, de Paz Moreno (Trotta); e imaginas el cielo, los juncos, la espuma, las gaviotas, los chopos… Imaginas el espacio con su aire, con su brillo, con los cuerpos que cruzan por delante de ti. Las hojas que lees embebido, sin cansancio. Imaginas un tiempo que parece no tener fin, buscando la sombra si el calor es excesivo. ¡Qué felicidad!, o se trata de algo muy parecido. Memorizar frases y miradas, personajes, visiones y paisajes. Quieres volver sobre esa reedición de unas conversaciones con Delibes que leíste hace muchos años y que para en algún lugar de tu biblioteca, en aquella colección de Novelas y Cuentos de la editorial Magisterio Español. Ahora se ha puesto al día por el autor, por César Alonso de los Ríos, y se titula Soy un hombre de fidelidades (La Esfera). Y quisieras -lo ves tan difícil- volver a leer Memorias de ultratumba, de Chateaubriand, en la recién aparecida edición de la Biblioteca Aurea, con traducción de José Antonio Millán Alba. Éste es uno de esos libros imprescindibles. Pocos me han maravillado tanto, muy pocos me han parecido tan lúcidos, entretenidos y bien escritos. La naturaleza humana en su trabazón de historia y espíritu, de biografía y alma, de sinceridad e inteligencia.

¿Cuántos días son las vacaciones? No quieres ni pensarlo. Volver es un mal trago. Tal vez la lectura de algunos libros sea una de las maneras de prolongar el tiempo y la dicha. La maleta siempre tiene dentro un aroma de melancolía y de recuerdos, de provisionalidad e incertidumbres. La maleta contiene nuestra propia vida.

jueves 29 de julio de 2010

Entrevista a un poeta que podría ser, con perdón, uno mismo



Acudió a la cita. Puntual. La entrevista era a las tres. Se había vestido en tonos verdes y blancos (y breves matices de rojo), a juego con el verano. Y allí estaba, en la entrada de los estudios de radio. Todos aquellos fluorescentes impactaron negativamente en su ánimo. Presentaciones de rigor, sonrisas a discreción, palabras y más palabras. Lo de siempre. ¿Qué hacía él allí? Pero ya era tarde.

De pronto la primera pregunta:

- ¿Qué es para usted la poesía? (Caramba, aquel tipo no se andaba con rodeos).
- Para mí la poesía es… el ser de las cosas.

Y prosiguió la breve entrevista.

- ¿Por qué escribe usted poesía?
- Es sencillo. La escribo por aquello de aprovechar la inopia de mis días, o la mía propia. Y dar cuanto antes con su misterio.
- ¿Es mero entretenimiento?
- Mucho mejor: es el fundamento de todo lo demás. Su armonía y conocimiento.
- ¿Juego de palabras?
- El parchís es un juego. La poesía es asunto del alma, que se expresa en un sutil requiebro que esas palabras hacen al silencio.
- ¿Qué sentido tiene hoy leer poesía?
- Probablemente este que le digo: encontrar un sentido más profundo a la rutina, poder ver más nítida la maravilla.
- ¿Por qué hay tantas personas que dicen no entender la poesía?
- En parte por la desgracia de unos sistemas educativos que orillan la sensibilidad en la cuneta de lo ineficaz o de lo raro. Y en parte por una falta de esfuerzo espiritual, e intelectual, en captar el aliento infinito de nuestras vidas.
- ¿Dónde está la poesía?
- En el mes de julio, entre las sábanas del amor conyugal, en la filigrana de la espuma de las olas, al abrir una ventana, en la caricia del agua, en la femenina cintura, entre las ramas de unos chopos, en esos ojos que nos miran…
- ¿Considerarse poeta no es algo muy pretencioso?
- Ser poeta, querido amigo, es aprender a ser hombre y cantárselo a los demás. Ser poeta es darse cuenta del alma.
- ¿Merece la pena?
- Sí, siempre y cuando se sea lo suficientemente humilde y perspicaz.
- ¿Alguna razón más?
- Es una buena manera de sondear el corazón de Dios, el gozo de la belleza o el sentido del dolor. Por ejemplo.
- ¿Qué libro nos aconsejaría?
- Primero el de la vida, que está a nuestro alrededor. Y el de esa otra que está en nuestro interior. Debemos aprender a contemplar sin prisas los juegos de nuestros hijos, los labios de nuestra mujer o el color de los geranios. Pero sí, es cierto, un buen libro de poemas ayuda a descifrar la realidad, a mantener erguida la voluntad, a calibrar el ritmo o la cadencia de la esperanza. Los Salmos, san Juan de la Cruz, Lope, Rubén Darío, Eliot, Juan Ramón, Rilke, Claudio Rodríguez…
- Dígame un título, el primero que le venga a la cabeza.
- La Epístola moral a Fabio, de Andrés Fernández de Andrada. Y si se me permite otro, el Testamento del Pájaro Solitario, de José Luis Martín Descalzo.
- Gracias por estar aquí. Y esperemos que sus palabras cundan.
- No quisiera resultar pretencioso, pero ya me gustaría. Por el bien de todos. Por el alma de cada uno.

miércoles 28 de julio de 2010

¿Qué puedo hacer por los demás?





¿Qué puedo hacer por cada una de las personas que conozco, que están a mi lado o se me acercan? ¿Qué puedo hacer por los que están más lejos, confundidos en el desencanto de la soberbia y del dinero? Siento una gran impotencia, y la conciencia muy clara de mi propia fragilidad. Escribo para darme, para sacar el alma de mi mismo y orear un poco entre los demás el amor que me ha sido dado. Escribo para que cada uno lea lo que más necesite y vean en estas palabras algún destello de Dios en sus vidas. A pesar mío.

Quiero poner a su disposición todo lo que soy y tengo: quizá un poco de tiempo, un e-mail, alguna sonrisa o el ritmo de mis versos. Quiero abrazar a mis amigos para siempre, pero también a aquellos que conozco menos o a los que todavía no han hecho acto de presencia. Y decirles que la felicidad está, por ejemplo, en el efecto que toma el balón de fútbol cuando lo golpea tu hijo. O en el afecto de Dios cuando abrimos los ojos en medio de la lluvia y vemos las gotas como a cámara lenta. Esos instantes en los que lo invisible se devana entre nuestras manos sin apenas darnos cuenta. Y lloramos de belleza.

Amigos que podáis leer estas líneas, tengo pocas certezas en mi vida, pero una de las más importantes es que el inicio de la felicidad está en aprender a querer a los demás. A todos. Tal y como son. Es entonces cuando percibes de manera muy distinta los días, y en las horas se abre un resquicio a la elocuencia de la luz. Escuchad: son los otros, que nos hablan. Escuchad su confidencia o el parpadeo incesante de sus anhelos. Aunque no os lo digan necesitan de alguien que escuche su frustración o su herida. O su gozo. Y cada uno seremos entonces como esa orilla que recoge el rumor de las almas. Mientras sopla la brisa dentro del pecho y logramos que el mundo sea un poco mejor.

martes 27 de julio de 2010

Carta a los obispos de España (con todos mis respetos)




Muy señores míos:


Bueno, señores obispos de mi cada vez menos religiosa España, ¿qué pasa?, ¿qué ocurre? Les escribo por lo siguiente. La emisora COPE anda en horas muy bajas -lo pasado, pasado está, pero sigo sin comprenderlo-, y ahora que el canal televisivo Popular parecía retomar el vuelo, y ser entretenido además de formativo, y tener gancho, con programas que habían hecho doblar la audiencia en apenas un mes, leo que todos fuera, que se acaba, que fin, que vale. Que nada, que no les gusta. Parece ser que el estilo “tan religioso” que estaba imprimiendo María+Visión, pues como que no, como que era causa de cierta urticaria y sarpullido en algunas de sus excelentísimas reverencias que Dios guarde y libre de todo mal. ¿Por? Habrá que explicarlo. Habrá que dar razones a los telespectadores. Digo. Explicarlo clarito. Pues corren el peligro de que el asunto se enmarañe, se infecte, y se acabe pensando -yo no me lo puedo creer- que se trata más bien de una maniobra en busca de pasta, de liquidez, de peculio. Eso no puede ser verdad. Ay, mis amados y entrañables obispos de España…, pues no lo entiendo. Sinceramente, no entiendo nada. Cada vez les entiendo menos y será por eso que intento rezar más por ustedes. Lo digo de verdad, no crean. ¿No estamos a lo que estamos? ¿No son nuestro “negocio” las almas? ¿No es nuestro afán la santidad personal y del personal? ¿O es que entre tantas reuniones, consejos, seminarios, o vistosas teologías, estamos perdiendo de vista lo fundamental?

Y no se engañen -aunque ya sé que lo saben igual es bueno recordarlo- lo fundamental es la Eucaristía y el Inmaculado Corazón de María. La intimidad con ellos: la vida de oración. La adoración, la perspectiva de la Providencia. Lo digo y lo remacho: Dios y Su Madre bendita. Oración y sacramentos. ¿Qué pasa? ¿Qué ocurre? ¿Qué ha cambiado desde hace unas semanas a esta parte para que de pronto María+Visión no sea una buena opción para Popular TV? ¿Qué se ha torcido? ¿Qué nuevos intereses han entrado en juego? No me fío, no me fío. Y me asusta la ingenuidad -quiero pensar que se trata de ingenuidad- de algunos de ustedes, pero sobre todo lo que más miedo me da es que los obispos de mi patria no estén a la altura de la santidad que debieran, y que es lo que nos pide a todos Cristo. Es el quicio, lo único, el todo. Es por eso que rezo, y por lo que ahora escribo. Porque seamos claros: ¿de que nos sirve a los católicos un obispo que no sea santo? Yo se lo digo: absolutamente de nada. Sobra. Como sobran tantos y tantos entramados clericales y celotipias y deslealtades con el Papa. Ahora toca lo de Popular María+Visión. Y yo me pregunto: ¿en qué baso yo mi fe? ¿En qué la basan ustedes? Cuando toman una decisión, ¿en qué piensan?, ¿en qué deben de pensar? Supongo que en las almas y en la voluntad de Dios. Con visión sobrenatural, digo. Con fe.

En este desierto espiritual y desmembramiento moral en el que se está convirtiendo España la sed de Dios es acuciante (igual que se multiplican los espejismos). Salta a la vista. Cualquiera de nosotros se da cuenta en su actividad cotidiana laboral, o con su familia y amigos, o con otras personas con las que coincidimos. Cualquiera lo ve, lo percibe. Hablas de Dios, de tu experiencia, y se te quedan con el alma abierta en pleno bar o en el AVE. Les digo esto porque esa es la realidad. Esta misma mañana un joven profesional me decía: “me estás abriendo nuevos horizontes”. (Lo sé, es el Espíritu Santo, no me voy a colgar medallas que no me corresponden). Pero es que un poco antes me había dicho: “La vida es un asco”. Y así continuamente. Por eso en este ambiente desacralizado e hipermaterialista María+Visión no sobra en España. Por eso me extraña esta medida tan inhóspita. Señores obispos, la gente necesita referencias claras, transparentes; necesitan que se les hable de vida interior y de piedad, de la confesión y del rosario. Con garbo y esperanza. ¿Quieren subarrendar Popular TV a una empresa más generalista y más boyante en el pago? Estupendo. ¿Y el alma? ¿Y las almas y su conversión? ¿Y la recristianización de lo que nos toca: de Occidente, de Europa, de España? ¿Y la santidad? ¿Dónde queda Dios en todo este asunto? ¿Y María?

Espero que sepan lo que hacen. Cuentan con mi oración por sus personas e intenciones, aunque no acabe de entender ciertas actitudes y decisiones.



lunes 26 de julio de 2010

El apostolado como identidad cristiana



Todos somos apóstoles. En un bar, en el trabajo, en la familia, en el taxi, en el hospital o en el gimnasio. Allá donde vayamos o estemos. Todos somos Cristo. Una gran parte de las personas que nos rodean necesitan que les digan algo de Dios, que de manera atractiva y con naturalidad saquemos a relucir las cosas del alma. No hay que ser un gran orador, ni tener dinero, ni ser licenciado o graduado en nada. Basta con ser hijo de Dios y dejarse llevar por Su Amor hasta el corazón del amigo, de los demás, que esperan unas palabras llenas de cariño y resolución y milagro. Y doctrina. Sin adoctrinar con pesadez y a desmano, ya me entienden. Hablar. Escuchar. Escuchar. Hablar. Ser conscientes de nuestra vocación divina, de que el Espíritu Santo transita por nuestras palabras o miradas. Podrán decir lo que quieran, pero la gente tiene unas ganas tremendas de Dios. Se nota. Lo dicen de muchas formas. Incluso mandándonos a paseo o siendo reacios al principio.

El apostolado es el natural impulso de alguien que trata a Cristo. Impulso sobrenatural en lo de cada día, en lo normal. somos imagen de Su amor. Lo extraño es que nos quedáramos callados o al margen, o nuestro ejemplo fuera insípido o a la moda, siempre tan inane como decadente. ¿No somos cristianos? ¿No somos Cristo? Leamos el Evangelio. Jesús no perdía oportunidad. Y no resultaba pesado ni molesto, ni beatorro ni clerical. Hablaba del Padre, del amor, del perdón, de oración, de misericordia… Y curaba. Y quiere seguir curando. A través de nosotros. ¿A qué esperamos? Tenemos que estar prontos los cristianos, más espabilados. Mostrarnos como somos: enamorados de Cristo. Pero sin extravagancias. El apostolado no es asunto exclusivo de curas y obispos. Ellos ya se preocuparán de su ministerio, de estar en los confesionarios más de lo que están, de cuidar la liturgia y la obediencia al Papa, de ir al grano del alma y de la fe en las homilías (sin disquisiciones patéticas), de ayudarnos a caminar con seguridad y piedad y fidelidad a la Iglesia. El apostolado no es una profesión, ni una amalgama de reuniones extrañas o estadísticas. El apostolado es personal, de cada uno, y nace del corazón. Un corazón que se va identificando con el querer de Dios a través de la oración, de la mortificación de los apetitos (vivimos tiempos de excesivos antojos) y del cumplimiento del deber.

La lucha por la santidad es en gran parte ayudar a los demás. Estar muy atentos a las necesidades del prójimo. A sus problemas. Esas conversaciones sencillas, pero profundas. Confidencias. Diálogos inesperados tal vez. Nos esperan. Porque ansían encontrarse con Cristo. Al menos con alguna pista de Su paradero. Porque todos estamos hartos de fantasmagorías, mentiras y falsedades. Tanta oquedad de vida, tanto vacío o soledad deja para el arrastre a cualquiera. Uno no es hijo de Dios en balde, aunque no sea precisamente cristiano ejemplar y sea un asiduo pecador. Pero Dios cuenta con todo eso y nos quiere ahí, en el meollo del mundo y de Su providencia. Justo ahí, en ese trabajo, en esa familia tan estridente, en ese autobús que tomamos todos los días, en la universidad, en la piscina… En donde sea allí estamos nosotros. Y Cristo con nosotros. Y de pronto alguien se acerca y nos narra su vida, o ciertos aspectos de su amargura o tristeza. Y pasa que uno se ve un canalla, mucho peor que cualquiera. En el apostolado uno se emociona muchas veces. Recibes más que das. De Dios y de los demás. Todos estamos en los rudimentos del amor. Todos estamos comenzando, aprendiendo a tratar a Cristo, o a indagar sobre Él. Uno cree que está ayudando a alguien y recibe, por ejemplo, una gran lección de humildad, o de clarividencia sobrenatural.

El apostolado cristiano se basa en nuestra vida de piedad, en una vida interior que lucha, en la amistad cada vez más íntima con Dios. (Ojo, y también en nuestro salero o simpatía). Y llega un momento en que no podemos reprimir ese Amor, esa luz. Se nos sale por los ojos. Puede que no seamos conscientes del todo, pero es así. Creer. Creer en el Amor. Creernos a Dios del todo, sin componendas ni retraimientos. Del todo: entero, crucificado y resucitado, Trino y Uno, hijo de Su Madre Inmaculada y Esposo de Su Iglesia. Escuchar el corazón de la gente y mostrarnos como somos: a Dios gracias cristianos, católicos, orgullosos de nuestra fe. Mostrarnos con nuestro carácter y aficiones y pasiones, tal cual, pero hijos de Dios: responsables, rezadores, corredentores. Leo en un libro de piedad esta confidencia de Jesús: “Vendrán a ti para oírte hablar de Mí”. Bien, vale, de acuerdo. Es cierto. Sin embargo, ¿vamos a permitir que tengan que venir a nosotros las almas? Tomemos un poco la iniciativa. Vamos. Vayamos nosotros. Amemos con más énfasis. Nos aguardan. Sin afectaciones, como somos.

domingo 25 de julio de 2010

Santidad



Los santos. Personas como yo (bueno, desde luego mejores que yo). Gente normal, que paseaba por las calles de la mano de sus hijos, o que celebraba los goles de la vida, o que me recomendaban un libro, o... A algunos los conocí. Recuerdo a Nacho, a mi lado, estudiando juntos la historia o hablando de literatura. Tan jovial, con aquella sonrisa rubia de la que no se desprendía nunca. Murió a los pocos meses, en otra ciudad, mientras yo esperaba que entrara por la puerta de un momento a otro. Y Manuel, poeta, hombre culto, con el que tanto y tanto hablé de Dios y de poesía. Todo le sorprendía, todo le parecía una estupenda novedad que debía traducir cuanto antes a palabras. Su funeral fue para mí alegre (y me da igual que suene raro). Se lo dije a su madre y demás familia, porque yo seguía -y sigo- hablando con él de Dios y de poemas. Y don Vicente, un cura que bautizó mi ser de una ternura infinita. Con él lloraba mi impotencia ante la vida, en largos abrazos que duran todavía. Le besé en la frente cuando estaba muerto, con la certidumbre de que me miraba. Y José Luis, mi querido maestro en cualquier aspecto de la maravilla. Era un erudito de la luz y de María -la madre de Dios-, del derecho y de la belleza. Su magisterio era un universo de emociones a media voz. Homero, Roma, el imperio persa, Andalucía… Lo hilvanaba todo en una serena alegría, en una sabiduría de amor que me dejó en herencia, y que yo cultivo como puedo. Y mi madre… ¡Mi madre! ¿Comprendéis? ¿Qué puedo decir de ella? Es todo lo que yo soy. Murió para que yo viviera, o fuera más consciente. La añoro más que a nadie, y hablo con ella con frecuencia. Todos son santos. Lo sé. Todos ellos rezaban con su vida, con su ejemplo, con su buen humor, con su dolor, con su cariño... Eran personas como yo, de a pie, que descubrieron la alegría en el horario, en el trabajo, en los amigos, en la familia. ¿Qué es la santidad? Es la Poesía que hay dentro de los días, es el amor de Dios cuando toma en vilo nuestras vidas. Y las resucita. Y las mima de nuevo.

sábado 24 de julio de 2010

Lo inesperado




Las palabras dicen cosas inesperadas.
Su significado me sorprende
en cualquier momento de la infancia.
Como ahora, que recojo la mesa. Súbitas
engarzan mi espera a su sentido.
Abro la ventana de la cocina
para no dejarme nada dentro de ellas (o de mí mismo).
¡Qué cielo tan naranja! Memorizo su silencio
mientras lleno las botellas de agua.

viernes 23 de julio de 2010

Una conversación estival (II, -de rebajas-)



- Esto ya no es lo que era.
- Nada lo es.
- Es verdad, nada.
- Disculpe la intromisión.
- Nada, nada.
- ¿Busca algo?
- Pues no lo sé.
- Aquella blusa está bien.
- ¿La morada?
- Sí, la morada a rayas.
- Está muy poco rebajada.
- Pero es tan bonita...
- Apenas hay dos tallas.
- Abusan de la gente.
- Las rebajas ya no son lo mismo.
- Ni las rebajas ni nada.
- Tiene razón señora.
- ¡Qué vestido!
- Le sienta bien.
- ¿No es muy corto?
- Usted es delgada.
- ¡Si supiera lo que me sobra!
- No exagere mujer.
- Y ya no le digo lo que me falta.
- Usted está bien como está.
- No sé…
- Ya me gustaría a mí, con esa figura.
- Poca cosa.
- ¿Qué le parece esta americana?
- Ideal.
- Mire, mire estos zapatos.
- Un primor.
- ¿Y esta camisa?
- Una delicia.
- Uy, uy, uy, ¡este bolso me llama!
- ¿No es de nueva temporada?
- ¿Y qué más da?
- Bueno, mujer, es precioso, de lujo.
- Como nosotras. ¡Qué tacto tiene!
- ¡Si la oyera mi marido!
- Nosotras nos lo merecemos todo.
- Incluido un buen marido.
- Ja,, ja, ja. Es cierto.
- Nos lo hemos ganado.
- Me gusta todo.
- Podría estar más rebajado.
- Me lo llevaría todo.
- Toma, y yo.
- Las rebajas son una buena medicina.
- La mejor.
- Se olvida una de los problemas.
- ¡Y que lo diga!
- Es imposible no comprar nada.
- Aunque ya no es lo que era.
- Desde luego que no.
- Fíjese el precio de este sombrero.
- Aún le queda madurar un poco.
- Sí, es todavía caro.
- ¿Qué tal me sienta?
- Estupendo.
- Me tienta demasiado.
- Pues déjelo.
- No puedo.
- Venga mujer, tampoco es para tanto.
- Mañana ya no estará aquí.
- Habrá otros.
- ¿Sabe?
- ¿Qué?
- Que me llevo el sombrero.
- Yo prefiero esta falda.
- ¿Dónde estaba?
- Me gusta su vuelo.
- No hay otra.
- Me gusta su caída.
- No hay otra.
- Me gusta así de naranja.
- ¡Qué suerte ha tenido!
- ¡Cómo me favorece!
- No sé si ir a la planta de caballeros.
- A mí se me ha acabado el tiempo.
- A mí casi el presupuesto.
- Pues entonces nada.
- Mi marido se conforma con poco.
- El mío no se preocupa por la ropa.
- Con lo que se disfruta.
- Con lo que relaja.
- Aunque estas rebajas son pésimas.
- Y que lo diga.
- Con la de problemas que tiene la vida.
- Y los que nos da el gobierno.

jueves 22 de julio de 2010

El intríngulis de la familia


Cada vez estoy más convencido de que la cohesión familiar está basada en el cuidado de los detalles. Es decir, de la delicadeza. Todos tenemos experiencia de ello. Del marido con la mujer, de la mujer con el marido, de los hijos con los padres y de los padres con los hijos. Es lo que va conformando lo que yo llamo la ternura del carácter. Que no significa ser personas con tendencia a la flojera. Al contrario. La verdadera ternura nos hace más recios en el trato, y por supuesto más amables y comprensivos. Más sociables y más centrados en nuestras distintas ocupaciones.

La familia es un conjunto de personas que se relacionan durante mucho tiempo y en una intimidad amorosa. (También sexual en el caso del matrimonio). Esto es una obviedad. Pero a lo obvio muchas veces -precisamente por ser obvio- nos acostumbramos. ¿Qué mayor obviedad para la familia que el amor? Pensemos sobre ello. Somos un conjunto de personas. Cada una con su carácter y sentimientos. El amor se basa en esta relación. ¿Qué hacemos cada uno por los demás? Porque no otra cosa es el amor. Pensarse con los demás. Ofrecer nuestra ayuda, ceder, perdonar.

Las personas que forman una familia se necesitan todas entre si. Sin exclusiones. Nadie es menos importante. En esa interrelación se consolida la unidad. En esa interrrelación se consolida el cariño personal. Cada miembro de la familia debe estar atento a los demás. Un abrazo a tiempo, una palabra amable, un beso, una conversación oportuna, un paseo... Cada uno debería sentir la ternura para el otro. El amor es el regalo. Pero el afecto es la "envoltura" que hace atractiva la convivencia. Una simple mirada, una sonrisa, un gesto (por pequeño que sea).

Una convivencia que se desarrolla en el tiempo, con sus incidencias de toda índole. Con las contrariedades, con el agobio social... Pero la familia vive el tiempo no como una dimensión absoluta y sólo cronológica. Porque el núcleo del amor que la preside transforma las horas y los días en una dimensión distinta: hacer felices a los demás. Y eso es lo más humano y por ello lo más sobrenatural. Lo que de verdad nos hace personas en toda su integridad.

miércoles 21 de julio de 2010

¿No es la Misa lo más importante?




Bueno, va, te decides. Si piensas que la misa es la médula del alma, como te demuestra la experiencia y las caídas, y la teología fundamental de la alegría -cuando la vives-, y la certeza de que Cristo ofrece por ti Su Vida, ofrece por ti Su amor incondicional y colmado. En presente, digo. Ofrece, te llama, te reivindica, te quiere. Bueno, pues eso, es normal que digas, que pienses, que te propongas de una vez por todas no faltar a la cita de la Misa, de la Eucaristía. Diaria, sí. Diariamente ir al encuentro de Dios, en tal calle, en tal iglesia, en el Calvario. Decidido. No más pereza, no más excusas. A primera hora del amor. En seguida. Presto. Cuando la mañana es de noche incluso. ¿Qué más te da el frío o el calor cuando es Dios el que sale a tu encuentro? Es lo importante, lo fundamental, lo crucial. Abrazar la Cruz con todas tus miserias, con esa indigencia espiritual tan poco ejemplar, pero tan de hijo. Lo primero del alma y del día: la Misa. Tu corazón sobre el altar, en la patena. Tu corazón transubstanciándose en el corazón de Cristo. Tu corazón desasosegado o cansado o voluptuoso. Allí, ofrecido. Allí, agraciado. Allí, endiosado.

¿Qué otra cosa importante tendrías que hacer tú en la vida? Nada. Lo primordial y más solemne era esa Misa. Es esta Misa diaria (que te está esperando desde el año 33, cuando gobernaba Roma Tiberio, seguramente allá, desde Capri). La necesitas con urgencia si quieres mantenerme firme, fiel, atento. Si quieres ser algo en la vida y tras la vida. Si quieres ser feliz, carajo. Si quieres -es a lo que estamos- ser Cristo de cuerpo entero, con el alma embebida de Sangre redentora. Si quieres no emborronarte de sombras o congojas. Bueno, va, te decides. No puedes vivir sin Dios. Tienes necesidad absoluta de tratarle, de comulgarle. Aunque te dé miedo dar tu vida por Él, aunque cuando salgas a la calle te olvides de Él en el primer semáforo o en... Pero es indispensable que te arrodilles ante Dios, junto a todos esos ángeles que ocupan todo el presbiterio. Adorando. Pese a que te distraigas con las vidrieras de tu fantasía. Es decisivo que estés allí. Libre. Tu presencia es parte de Su Providencia y de no sé cuántos misterios. Como también lo son tus descuidos o tantos extravíos. De tu parte haber ido, vencerte, amar un poco. De la Suya el resto, hasta la santidad. Amante, Padre, Amigo.

Pero fallas. No vas muchos días. No acudes al Gólgota y te quedas en casa mirándote las palabras y las manos desmañadas, mientras el mundo es una tremenda contusión e infección en el rostro desfigurado de Cristo. Y esos traumatismos por toda Su Alma, y ese Cuerpo dislocado. Te vence la molicie o la tibieza de un amor que va por rachas y que es rácano y que no sabe apreciar lo inefable de la felicidad unánime que es Dios Trino. Y te preguntas cómo es posible que Dios te espere. Es más, que no te lo tenga en cuenta. Y que cuando vas al día siguiente, o cuando sea, esté allí, como si nada. Como si todo. Dios mirando fijamente la puerta de entrada de la iglesia. Y cuando apareces sonríe y se encienden Sus ojos y las velas. Y vuelta a empezar. Ya no más, ya no más. Quieres ser más fiel, más decidido. Ah, y más puntual. Y decirle que te quedas. Aunque te vayas y trabajes y juegues con tus hijos y leas; seguir allí, ser tú en Él a lo largo del día, de la Misa cotidiana. Tú el altar y la patena y el cáliz. El deseo de amarle, de consolarle, de ayudarle a sacar adelante la historia de la salvación del hombre.

martes 20 de julio de 2010

Vivir como si fuera el último día



Vivir como si fuera el último día. Difícil objetivo. La cuestión no se plantea, es peliaguda. Prohibido. ¿Morir? ¿Yo? Con la de cosas que tengo que hacer, y leer, y curiosear. Anda calla, déjate de pensamientos negros, de pronósticos agoreros. Y se da por hecho que nos quedan años, muchos años de vida. Décadas enteras de disfrute o fatiga, pero muy vivos. Y si ha de pasar otra cosa, chitón, no me pongas nervioso. Además, ¿tú que sabrás? ¡Qué sombrío el tío! Ya son ganas de fastidiar el sol radiante, con este cielo tan azul y mi salud pujante de energía. El último día, el último día. Y nos pasamos el tiempo distrayendo el alma de lo que es fundamental, braceando en el ámbito de lo vano. Sólo de pensarlo... Nadie se imagina muerto o casi cadáver o elucubrando sobre este tipo de realidades consideradas morbosas. Toquemos madera. Dicen. Si supiera que era mi último día, si lo supiera, lo más seguro es que me moriría del susto, me rebelaría, me desgañitaría en una ansiedad muda y distante. Ay, si lo supiera, si lo supiera no haría más que llorar como un cobarde. Eso es seguro. Me temblarían las rodillas y no daría una a derechas. Me derrumbaría sobre la cama o el sofá o la inercia. ¿Y ya está? ¿Esto era todo? ¿Me dolerá algo, sentiré ahogo? ¿Cómo será?

Pero la verdad es que yo no me refería al hecho concreto de morir y arréglatelas como puedas. Me refería al hecho igual de concreto de vivir. De vivir con intensidad y más provecho los años que tenemos pendientes todavía. Rectificando quizá el alma. O el corazón. Puede que merezca la pena subsanar destrozos y perdonar agravios. Supuestos o no. Y vivir cada jornada como si fuera la concluyente, la que inaugura la dimensión eterna (no pocos elucubran que luego no hay nada y sufren lo indecible, aunque se callen y no digan y levanten un muro de silencio, ojeriza o soberbia). La muerte es algo natural, la muerte es un momento de la vida, y no la vida un momento de la muerte. No obstante, ahora que lo pienso, la vida que se vive con plena conciencia, divina y trascendente, la vida que no esquiva la realidad de la muerte y no la considera un aniquilamiento definitivo y desea ver a Dios-Amor; esta vida vive más, aunque viva menos (si es el caso). Esta vida se va transformando en Cristo, ilumina y es feliz. Para qué vamos a andarnos por las ramas.

Vivir como si fuera el último día significa poner más énfasis en el amor, en la caridad, en el cariño. Vivir como si fuera el último día significa ir dejando tu vida desprendida de lo innecesario, de todo eso que sobra y que tanto nos inquieta y maniata el latir del corazón. Vivir como si fuera el último día significa no quejarse, no dejarse llevar por lo que se lleva, o besar mejor ese beso que besamos. Es estar más pendiente del alma y poner con una sonrisa la lavadora. Es ser puntuales con Dios y darle las gracias por todo lo concedido, sin apenas mérito por nuestra parte. Vivir como si fuera el último día es decir “me he equivocado” y seguir trabajando con perfección cristiana. Y es acrecentar la ternura del matrimonio y no dejar que siempre saque otro la basura. Y es hablar de Dios a los amigos, porque no nos podemos aguantar de amor y se nos escapa el alma por las palabras.

Ay, vivir como si fuera el último día. La posibilidad de enmendarnos, de querer ser santos. Y que todo sea el ensayo de una cercanía, de un enamorarnos. Sin desmayos ni amarguras.

lunes 19 de julio de 2010

Una conversación estival



- ¡Qué día!
- ¡Qué bochorno!
- ¡Qué calor!
- No se puede ni respirar.
- Cuesta, cuesta.
- ¿El qué?
- Respirar.
- Desde luego.
- ¿Hacía tanto calor antes?
- La verdad, no lo recuerdo.
- Era por hablar.
- Ah, vale.
- Arde la calle.
- El aire es puro fuego.
- ¡Qué vida!
- ¡Cómo quema!
- ¡Qué vida!
- Ni una nube oiga.
- Ni un pájaro en el cielo.
- Nadie.
- Nos quejamos de todo.
- Uno se entretiene.
- Claro.
- ¿Sabe usted los grados?
- ¿Cómo dice?
- Los grados.
- Pues no sé…
- Estaremos a 40.
- ¿Usted cree?
- Por lo menos.
- ¡Qué tarde!
- ¿Ya se va?
- No, digo que tanto sol no es bueno.
- Bueno.
- Pero alegra.
- Sí, que ya bastante triste es todo.
- ¡Ay!
- ¿Qué le ocurre?
- Nada, nada. Pensaba.
- ¡Ay!
- ¿Y a usted qué le pasa?
- Que es una pena.
- ¿El qué?
- La vida.
- ¿Entera?
- Si acaso se salva la infancia.
- Es verdad.
- ¡Cómo nevaba!
- Dejémoslo estar.
- Mejor.
- ¿Usted cree en Dios?
- Cuando llueve rezo.
- ¿Por algún motivo?
- No sabría decírselo.
- Es curioso.
- Sí.
- Yo rezo más cuando paseo.
- ¿Qué le cuenta?
- Lo que veo.
- ¿Servirá para algo?
- Eso es cosa Suya.
- ¿Y Dios no le dice nada?
- A veces me regala una alegría.
- Que no es poco.
- O también una mirada.
- ¿Una mirada?
- ¿No se lo cree?
- Es qué…
- Bah, no se preocupe.
- A mí Dios no sé si me mira.
- ¿Le mira usted a Él?
- ¿Y cómo se hace eso?
- Con el alma.
- Aún me lo pone más difícil.
- Usted dígale que le quiere.
- ¿Y ya está?
- Ya.
- ¿Me mirará?
- Es cosa hecha.
- Cualquiera que nos oiga.
- ¿Qué más da?
- Es verdad.
- La cosa es ser feliz.
- Al menos intentarlo.
- Parece que se levanta la brisa.
- ¿Le apetece una cerveza?
- ¿Qué celebramos?
- La vida.
- Pues entonces le invito.

domingo 18 de julio de 2010

¿Qué pensar?



Cuando a uno le duele la cabeza y está imposible para vivir con cierta normalidad. Cuando a uno se le hacen cuesta arriba los planes del día y piensa que es todo una maraña de cosas estúpidas que le impiden trabajar. Cuando uno abre la mañana por el periódico y se da de bruces con el mal y una hortera sofisticación de lo cursi que ya no te deja desayunar en paz. Cuando uno piensa que es imposible la verdad en un mundo poseido por una oligarquía infernal. Cuando a uno le vienen unos versos a la cabeza y piensa que tal vez no merezca la pena terminar un poema que no leerá nadie. Cuando uno está tentado de no salir de casa, ni de su habitación, ni de su libro. Cuando sientes que la escritura que escribes ya fué escrita mucho antes de que tu nacieras. Cuando a uno le socava la mente una extraña fobia que le impide salir a la calle. Cuando uno quisiera estar solo unos cuantos días. Cuando tienes 47 años y sigues mirando a los árboles como tu única compañía. Cuando subes al taxi para no desmoronarte. Cuando ves lo que eres, un tipo cualquiera que escribe y no sabes explicarlo. Cuando te enfadan los gritos y mandas a alguien a la mierda. Cuando sientes que ya no puedes más, que el mundo es demasiado oscuro. Cuando todo ese cúmulo de circunstancias te dejan tirado en un rincón cualquiera, ¿qué pensar? ¿Qué pensar de mí, pobre estúpido, encerrado en su "mí", dando vueltas a lo imposible? Por eso rezo poesía, porque intento así comprenderme y sonreír ante tanto bulo. También para que se me alivie un poco este horrible dolor de cabeza. En cada palabra me va la vida, lo reconozco.

sábado 17 de julio de 2010

Poesía y sorpresa





Hace semanas que no escribo un verso.
Pero vivo entre poemas.
Toco la poesía con los dedos. O la contemplo
en un resquicio del cielo. El amor se refugia en el deseo.
Es mucho más de lo que leo.
No la escribo, pero hoy la beso.

viernes 16 de julio de 2010

Después de comulgar hay que dar las debidas gracias



Inmediatamente, sí, pero también después, concluida la Misa. En la iglesia y de camino al trabajo o a casa o a lo que fuere. Estar pendiente de Dios en lo que queda de día. O de vida. Quedarse con Él, no tener prisa. Quedarse, enamorarse un poco más del querer divino, y de ese sacrificio de la Cruz en el altar de nuestra alma. Son momentos importantes. Confidencias, diálogo; confianza, descanso en el Amor crucificado. Por favor, quedarse un poco. Dios nos espera en nosotros; Dios espera que por fin le entreguemos la vida. Todo. Sin guardarnos nada. Compartir con Él ilusiones, proyectos. Y miserias. Y la familia. Quedarse en el templo o en esa capilla. Quedarse en el tiempo para vislumbrar lo eterno. Es que tengo que ir a… Es que llego tarde a… Por Dios, quedarse. Adentrarse en tu vida y en mi vida: adentrarse en Su Vida. Preguntarle y escuchar Su parecer. Abandonarse en Su voluntad, que es la única forma posible de acertar y de ser feliz con garantías. Dejarle el corazón. Dejárselo allí, en el sagrario, para que Le acompañe, y luego salir a la calle con el Suyo en el pecho.

¿Qué prisa tenemos? ¿Tan corto es nuestro amor que no es capaz de estar ni cinco o diez minutos más con Cristo? O puede que… Vaya, los hijos. Papá, ¿ya? Venga papá, cuando quieras. Te esperamos fuera. ¡Hijos míos! ¿Fuera de dónde? Lo nuestro es quedarnos dentro. Dentro de Dios. Aprovechadlo. Acompañadlo. Poneros en situación. ¡Qué pocos se quedaron en el Calvario! Y esa especie de terremoto que es en ocasiones la vida nos distrae, o nos vamos corriendo cuesta abajo. ¿Hacia dónde? Es que hace calor aquí; es que tengo que hacer unas compras; es que… Al final, al pie de la Cruz -de la primera Misa-, no hay mucha gente esa es la verdad. Huye la mayoría. Se precipita por las calles. Aquella fue la primera acción de gracias de la Historia de la Salvación. Y por eso me gusta imaginar a la Virgen sentada a mi lado, en el banco. O arrodillada (si es que los sacerdotes no han quitado los reclinatorios). ¿Cómo serían sus acciones de gracias después de comulgar el Cuerpo de su Hijo de las manos de Juan, o de Pedro, o de Santiago? No creo que saliera corriendo, o que su cabeza estuviera en lo que iba a hacer para comer ese día, o parecido.

La supongo metida de lleno en la realidad sobrenatural y física de estar de nuevo junto a Jesús, en el sacramento. Los dos. Mano a mano. Alma con alma. En un intercambio de amor ininterrumpido, sin distracciones. O los tres. Ellos -Madre e Hijo- y yo. O tú, lector. Hay que buscarse medios para no perder el latido del corazón de Cristo, el fluir de Su Sangre liberadora, y salir del atolladero de tantos y tantos aturdimientos. Quizá unas notas, o un libro que nos sugiera. O esas oraciones de los santos (“Toma Señor, y recibe toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento y toda mi voluntad, todo mi haber y mi poseer. (…) Dame tu amor y tu gracia, que ésta me basta”, o mejor esta otra: “(…) el rostro recliné sobre el Amado, / cesó todo y dejéme, / dejando mi cuidado / entre las azucenas olvidado”), o pedirle al Ángel Custodio que nos provea de algún pensamiento acertado, o de algún propósito concreto de mejora, que falta nos hace. Que falta me hace. O quizá sólo haga falta, eso, quedarse, el sólo hecho de quedarse; de querer quedarse, a pesar de omisiones y despistes. Quedarse con Dios. Un rato y toda la vida. Enamorarse. Refugiarse en ese poco -¿poco?- de Cielo en la tierra. Me viene lo de Quevedo: “Polvo serán, más polvo enamorado”. Polvo seremos, más polvo resucitado.

Aunque el amor sea exiguo apetece quedarse unos momentos con Dios, en esa intimidad única y exclusiva. En silencio. Dejadme quedarme con Él, quedémonos todos. Si hay amor no costará y todo nos parecerá insuficiente. Y la Misa se dilatará por los recovecos de nuestra existencia y de la Historia, y nos cambiará por entero. Podemos empezar por esos pocos minutos de acción de gracias después de comulgar a Dios. Sin escatimar el tiempo, sin derrochar lo eterno. Es poco, pero es todo. Es amor.

jueves 15 de julio de 2010

"María+Visión", una televisión con enjundia



Emilio Burillo Azcárraga es el culpable de esta bendición televisiva que comenzó allá por 1993 en México. Ahora es una realidad en toda América y también en España, donde se ha hecho cargo de lo que era Popular TV. Su centro operativo radica en Guadalajara (Jalisco) y sobre todo en el amor a Cristo, sin mesianismos ni cosas raras. Con toda esa espontaneidad y empuje que da la fe cuando no está aletargada y obra en consecuencia. Está visto que hay cristianos que se toman muy en serio su bautismo, su vocación de hijos de Dios, su vida, la Verdad; y que no piensan ceder un ápice a tanto embuste como nos rodea y alela el alma, por lo general tan mortecina. Este Emilio Burillo Azcárraga supongo que llegó un momento de su vida en que se dijo que ya basta, que echar una mano a Cristo y dar la cara por Él era la mejor inversión que podía hacer. Y no se engañaba. Los dividendos que da la gracia son inefables, constantes, eternos.

Yo no sabía nada de esta cadena. Apenas veo la televisión, todo sea dicho. Hasta que un día me contó de este canal mi buena amiga María Vallejo-Nájera. Estaba feliz y un pelín nerviosa, pues iba a realizar un programa de entrevistas a personas con enjundia, de esas que parece que no hay, pero que están y pasean por nuestras calles. A partir de entonces comencé a ver Popular María+Visión con cierta frecuencia, y dejaba en la mesa el libro de turno (¡cómo me cautivan los libros!). No pasaron muchos días, acaso unas pocas semanas. Y en esas suena mi teléfono. Era una voz dulce, femenina. Desde México. Caramba. La voz de Isabel Álvarez. Directora de "Novo Millennio", informativos de María+Visión. Eso dijo. Eso y que quería que colaborara con ellos, leyendo algún artículo o poema en directo. Una especie de sección reflexiva dentro del noticiario. Para que luego digan que la divina Providencia no ejerce o que es un fraude o ganas de comernos el coco.

¿Qué iba a responder? A la voz de Isabel Álvarez no se le puede decir que no. Imposible. Porque es la voz y es su tono de alma. Y más cuando la Virgen está detrás del asunto. Aspecto del que tuve -y tengo- muy clara conciencia. La de cosas que ocurren. Como por sorpresa. La de veces que nos quejamos -ya lo creo que nos quejamos- de que el Cielo no responde, que se calla Dios, que nos deja solos. Y no. De pronto un suceso, un pormenor; o un matiz de la felicidad, o ya digo: una llamada y una voz. Cuando menos lo esperas ahí está el amor de Dios. Y caes en la cuenta, ya era hora. Después de tanto reproche y tanta pereza y desánimo por nuestra parte. Cuando me preguntaron qué título quería para dicha sección, no lo dudé: “Bien miradas las cosas”. Porque bien miradas las cosas tampoco está el mundo tan mal, porque contamos con gente como Emilio Burillo o Isabel Álvarez o Mariana, o toda un ingente número de almas que pasan desapercibidas pero que están ahí, amando a Dios sin ruido, en sus diarios quehaceres, sin depender del estado de ánimo o de otras bagatelas.

Bien miradas las cosas es llegada la hora de sobreponerse a la tibieza y dejarse la piel por lo que uno cree, sin más preámbulos ni dejaciones. Bien miradas las cosas es llegado el tiempo de ser conscientes de que somos hijos de Dios y que las almas esperan ansiosas nuestro ejemplo y nuestra palabra. Y todos podemos hacer algo.

miércoles 14 de julio de 2010

"Agua del limonero", de Mamen Sánchez



Creo que fui el primero -o casi- en hacerme eco de la calidad de la primera novela de Mamen Sánchez: Gafas de sol para días de lluvia, que fue publicada por El Andén, editorial tristemente desaparecida (espero que muy pronto se reedite en algún otro sitio, y por favor cuanto antes). Aquella novela se gestó, se desarrolló y nació con una espontaneidad pasmosa. Para su autora fue como un regalo inesperado, no se esperaba la repercusión que tuvo. Y el lector de Gafas de sol para días de lluvia tiene la misma sensación de regalo, de sorpresa, de frescura. No fue una novela de encargo, ni dirigida a algún premio previamente amañado, ni fue escrita al dictado de las modas de mercado. Era lo que era: una buena novela que nos distrae y conforta, y nos dejaba entrever un don narrativo innato y particularmente perspicaz para calibrar el alma de la gente, de esos personajes del libro y también de nosotros mismos, lectores-personajes del mundanal ruido, tan necesitados de consuelo y sentido y compañía… y literatura.

Ahora Mamen Sánchez, después de un par de afortunadas incursiones en la literatura infantil (La estrella de siete puntas I y II), vuelve a la novela. Gracias a Dios no se ha arrugado, ni pensado que tampoco era para tanto, en un exceso de recato. Agua del limonero (Espasa) es el resultado de esta nueva ilusión, o incursión. Me fascina el tratamiento que da a los personajes, esa perspectiva del corazón y de sus emociones. Somos sueños y realidad, soledad y anhelos. Somos el amor con el que hemos amado y el que hemos recibido. Esto es un punto central de su obra. Es el quicio, la columna vertebral que logra que las palabras que forman la trama nos persigan y nos alcancen, hasta que terminamos el libro. Y más allá (no dejo de recomendar su lectura a mis amigos o menos amigos venga o no a cuento). El amor y su redención de un pasado difícil o sombrío. “A mí también me duelen los recuerdos, Greta”, dice en una ocasión Thomas. El amor -o su memoria- es el nudo gordiano en las vidas de la misteriosa y sofisticada Greta y de su marido el millonario Thomas H. Bouvier. O en las vidas de la joven Clara Cobián o del profesor Gabriel Hinestrosa.

La prosa es ágil y cuidada. Delicada, diría yo, como Greta. Como Mamen (lo digo porque la conozco, y no me arrepiento de escribir esta mención personal). Una prosa sencilla, de atisbos románticos y profundidades poéticas. Esto no quiere decir que sea remilgada o afectada. Nada más lejos de la personalidad del texto y de la autora. De por medio está el suspense que es la vida, la incertidumbre que nos respira a personajes y personas. De por medio el dolor o la soledad o la muerte. Fíjense, por ejemplo, que forma tan exquisita de pormenorizar la soledad de una casa: “La soledad se había adueñado de lo que antes era silencio y una tristeza muy opresiva se paseaba altanera de arriba abajo, resbalando por la barandilla de la escalera”. Las descripciones de ambientes y gestos son de lo más sugestivo, con una sobriedad expresiva de lo más atinada, y que no pocas veces relees, admirado del acierto textual. Bastan un par de palabras, o una frase, o un párrafo. Miren: “(…) por un momento, se había quedado colgando del balanceo de sus pendientes”. O para expresar el abatimiento y ese rescoldo de esperanza que siempre nos queda: "(...) se asomó a la ventana más solitaria de su vida...". Pero la novela esconde sorpresas y recovecos, como cada uno de nosotros. Al fin y al cabo es la historia de Greta Bouvier, una mujer de claroscuros, una mujer tan fascinante como enigmática.

Agua del limonero es la historia de esa mujer, en toda su extraordinaria magnitud de intriga y glamour y silencios. Escrita por Mamen Sánchez a través de Clara Cobián (¿o es al revés?). La ficción se desdobla desde el comienzo. Clara será la periodista, la escritora que utilizará Mamen Sánchez -también periodista y ocupada en innumerables reportajes de gentes muy similares a Greta Bouvier- para hacernos a todos partícipes de este relato tan interesante como sugestivo. Un relato pormenorizadamente escrito. Plagado de detalles, de sensibilidad, de feminidad y de perfumes. Con todos esos pormenores que sólo una mujer es capaz de auscultar y ver, tanto en la ficción como en la realidad. Agua del limonero es una historia que intenta hacernos sentir el trasfondo de la vida y de las vidas que la transitan. Con sus tristezas y sus alegrías. Y su tremenda nostalgia. El amor y el dolor. Porque el amor duele (siempre), y el dolor ama (a veces). Al fin y al cabo, ¿no son todas las aventuras y desventuras de la literatura una apremiante historia de amor?

Maravillosa novela Agua del limonero. Maravillosa de nuevo Mamen Sánchez. Que casi sin querer se nos ha revelado como una de las más estimulantes y esmeradas novelistas españolas.

martes 13 de julio de 2010

Vivir la pureza necesita gracia, valor y buen gusto


Cuando baja la marea religiosa, la hediondez de las almas se difunde.
N.G.D.


La relajación de costumbres se está convirtiendo en paradigma de un progreso hueco, en el ejemplo de toda una generación que abomina de lo correcto, de una vida limpia. La virtud es ya una pamplina, algo que no está en consonancia con lo que nos pide el cuerpo. No digamos la pureza. La publicidad y la moda son los nuevos mandamientos. Escandalizar o hacer el ridículo es lo de menos, siempre y cuando se pueda lucir el palmito. El sexo es el reclamo más fácil, en una sociedad inmadura de afectos. Es una auténtica obsesión, que tiene un algo de enfermizo. El impudor es ya una costumbre. Sexo libre, negocio increíble. Con absoluta bellaquería nos encadenan al instinto. Se enaltecen los actos más viles. Llaman amor a lo que siempre ha sido lujuria, obscenidad o lascivia. Cuando la palabra amor -su significado- es el último resquicio de civilización que nos queda. Y con ella intentan justificar el desmadre. Culto al cuerpo en el templo pagano de un refinamiento narcisista y una política de burdel. La inteligencia anda desnuda de todo aparejo espiritual. Como mucho en tanga posmoderno. El proceso cognitivo se ha transmutado en un gregarismo “coitivo”. Es la dictadura de la apetencia, del placer inmediato. “Sex food”. Entre lo absurdo y lo trágico. Entre lo irracional y la mentira.La reproducción del ser humano ha pasado a un segundo plano, con toda su jerarquía de ternura, afectos, niños y deberes. Para aquellos que todavía creemos en la responsabilidad y no en el capricho, en la fidelidad y no en el alterne. Pobres memos ignaros, que desconocemos la liberación sexual, viendo así incumplidos los deseos más tortuosos del inconsciente y su desenfreno dionisiaco. Pero esa supuesta liberación es en realidad una perpetua inmadurez adolescente, una letanía de esclavitudes, una tristeza que salta a la vista. Es decir, algo tan viejo como el hombre. Viene a la memoria la obra de D. H. Lawrence, que creyó descubrir en los poderes del sexo el hálito de una verdadera fe. O pienso en André Gide, en su búsqueda voluptuosa de una referencia profunda, que le acarreó tantos sinsabores. Y mil autores más que creyeron siempre que la Iglesia era el obstáculo mayor para la evolución del “buen gusto”. Pero no me voy a ir por los cerros de la literatura. Pienso que una de las crisis del hombre contemporáneo es precisamente la crisis del sexo. En definitiva, el vilipendio de la moral cristiana. La pureza es vista como algo enfermizo. Su vulgarización ha supuesto -y supone- un trastorno espiritual y social considerable, un lastre emocional que nos está saliendo demasiado caro. Y esto es sólo el principio. Que cada uno puede hacer de su capa un sayo es un hecho, pero también es un hecho que prevalece la brutalidad epicúrea de un erotismo desaforado, que en ocasiones evoluciona hacia la lubricidad más asquerosa. La maravilla que es el cuerpo humano se corrompe en una exhibición fría, prostituida, vacía. Sin encanto. Seamos serios. ¿Qué hay detrás de toda esta servidumbre sexual? Una sociedad sin alma, un hastío generalizado, un comercio sin escrúpulos, una campaña sombría. Y un dejarse llevar por lo más fácil. Los gobiernos quieren erigirse como los máximos legisladores del sexo. Sin que se les pase una. Con sus burócratas de turno y ministros impulsores del lenocinio. ¿Para qué tanto empecinamiento soez, tanto celestineo pelmazo? Lo dicho, es el escándalo como práctica política habitual, como enajenamiento social. Pero los cristianos no debemos permanecer a la intemperie de lo que nos ofrezcan, sin luchar, sin ser coherentes con nuestra fe. "La ética debe ser la estética de la conducta", dice Gómez Dávila. En estos días veraniegos se nos ofrece una estupenda posibilidad para dar criterio y ejemplo. Porque debemos programar las vacaciones cristianamente, lo que no quiere decir que seamos unos pasmados o vivamos en otro mundo. Nuestro mundo es éste, y debemos intentar llevar el amor de Dios a cada rincón. Incluidas las playas. Pero sin ser ingenuos ni tentar la suerte. Alma a alma. ¿Que nos llaman radicales o puritanos o meapilas? Bueno, ¿y qué? Un cristiano no tiene miedo de nada. Si acaso un poco de precaución consigo mismo.

lunes 12 de julio de 2010

Desgranando el rosario…



El rosario es más que una oración y la piedad que lo pronuncia. El rosario es la biografía de la Madre de Dios, la historia de su vocación y la delicadeza de su trato. El rosario significa entrar en el Corazón Inmaculado de María. El rosario es la insistencia en la ternura. El rosario es el punto álgido de la humanidad y del universo, cuando Dios mismo Se engendra para sacarnos del aprieto y hacernos hijos Suyos. El rosario es acariciar, cuenta a cuenta, la santidad como destino del hombre. El rosario es un lenguaje único e inefable que Dios inventó para Su Madre. El rosario es la pedagogía divina del Amor, de Su entidad divina. El rosario es el regazo y la mano y los labios y el alma de la Virgen. El rosario es un milagro que cabe en el bolsillo. El rosario es recordarle a Dios que somos Su familia. El rosario es adentrarse en el significado más profundo de nuestras vidas. El rosario es el himno de los ángeles y la melodía preferida de la Santísima Trinidad. El rosario es el prefacio de la Misa, su entraña y su acción de gracias. El rosario es la Cruz y es la Gloria y es el Poema y es la Luz. El rosario es la liturgia del Cielo en la tierra. El rosario es el movimiento y la belleza de todas las galaxias. El rosario es la pureza y la fortaleza del alma y de la Iglesia. El rosario es la madurez espiritual de ser niño. El rosario es la brújula que nos orienta en el camino. El rosario es el recorrido que nos queda hasta alcanzar la paz del corazón y del planeta Tierra. El rosario es el signo de los justos y la esperanza de todos los que vamos por detrás. El rosario es la misericordia que Dios Se lleva entre manos...

domingo 11 de julio de 2010

Hasta que no quede nada en mí de mí



La luz. Ese es Tu primer saludo Dios mío. La vida.
La alegría de la mañana que me santigua
en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu guía.
La brisa que me acaricia el alma de Tu parte. El día
que comienza y que ilumina la santidad de la naturaleza
de las cosas. Santo, santo, santo. El misterio,
el fuego de esta claridad que me concedes.
Un avemaría se arrodilla conmigo en el suelo.
El suelo que beso
con toda la humildad de la que no soy capaz ni de lejos.
Pero lo beso para estar más cerca del Cielo y de los hombres.
Los ángeles se despiertan y me anuncian la buena nueva:
¡estoy vivo! Y soy hijo de Dios, hijo de la zarza ardiente,
del Amor incandescente. Hijo pródigo, como siempre,
pero hijo que ama, que peca, que vuelve a Tus brazos.
Hijo que asciende al Sinaí y al Tabor y al Gólgota y a los Salmos,
para ver el mundo desde la cumbre de los santos.
Abraza Dios, abraza más fuerte. Hasta que no quede nada
de mí, sólo el alma fundida a Tu misericordia, a Tu seno
de palomas y nardos y gacelas y poemas y sauces.
Que no quede en mí nada de mí, ni una molécula, sólo
Tu victoria por los siglos de los siglos, la bendición de Tus ojos
en mis ojos desorientados y fulleros y baldíos.
Y el día pasa, y paseo con Ana por las calles y plazas,
por esas avenidas donde Te dan gloria los magnolios en flor,
y el clamor de los niños y de los pobres y de las campanas…
Esas calles que son mi vocación y mi oración y la misa
donde Te ofrezco lo que soy y lo que no soy y lo que admiro
en toda la inmensidad de Tu Amor indiscutible.

sábado 10 de julio de 2010

Mariapi, el cáncer y el Padre Pío



Es una de mis cuñadas. Mariapi es una mujer con más virtudes que defectos. Una mujer joven, con esa elegancia innata que sólo da el alma que procura estar en gracia. Lleva seis años luchando contra el cáncer. Es luchadora, sufrida, sensible. Y guapa. Es una mujer víctima. Víctima del amor de Dios, que siempre ha querido tenerla muy cerca de Su Cruz. Quizá la voluntad de Mariapi no sea fuerte, pero sí lo es su amor, que suple lo que fuere y que ha ido creciendo exponencialmente. Debo reconocer que me llevo bien con ella, y que me instruye. Su vida no ha sido fácil (una vida cada vez más interior), y todo ese dolor la ha ido curtiendo, afinando, santificando. Yo la admiro por los detalles. Y por su silencio. El cáncer le carcome el cuerpo, es cierto, pero es como si no importara demasiado, porque le acrece el alma. La mirada cansada, pero no vencida, ni triste. La mirada pendiente de los demás y del rostro de Cristo. Mariapi ha ido aprendiendo a profundizar en la altura. Por eso le sale el Cielo de dentro, y si estás atento ves en ella una luz distinta o quizá una sonrisa.

Cuesta aceptar el querer de Dios. Cuesta remontar la cuesta del Calvario y no quejarse. Cuesta sufrir y sobre todo pensar que puedes morir en cualquier momento. Ya sé, ya sé que todos vivimos en una continua despedida -y con no pocas zozobras-, pero así, de esta forma, es distinto. El cáncer es una constante agonía en lo que tiene de condena. Ay, esos médicos que sajan, que prueban, que indagan, que quisieran, que no saben. Y vuelta a empezar de nuevo. Esa familia que no se acostumbra y llora (unos más a escondidas que otros) y reza más hondo. Cuesta una tortura así. Pero si Dios es mi Padre, pero si Dios es Amor, pero si Dios es Dios, ¿qué pretende? Y aprendes a vivir de fe. Mariapi lo hace. Puede que se trate de un obsequio muy especial. Es seguro -para una persona de fe- que el dolor es un don que hay que aprovechar. El dolor es asociarse al dolor infinito de Cristo. El dolor, vivido en cristiano, es comulgar místicamente el Cuerpo de Cristo. Y redimir con Él y en Él al mundo, redimirlo del pecado y de la pose. Un don para todos, si lo sabemos aprovechar con visión sobrenatural.

Los que queremos a Mariapi sufrimos. ¿Cómo no hacerlo? Aún no te lo puedes creer. Es imposible que esté pasando esto. No a ella, no a nosotros. En algún momento cunde la rebelión y la desazón, y cuesta rezar y permanecer con el alma erguida, firmes, y piensas que la ciencia puede curar, que no ha dicho su última palabra todavía. Pero si ya, en situación de normalidad, percibes que cada día es un favor de Dios, en esta situación, con el cáncer apretando el gaznate, te das más cuenta de la precariedad que es la vida. La vida… Mariapi quiere vivir, quiere seguir ayudando a sus hijos y a su madre. Vivir para servir. Aunque esté limitada por el trastorno que suponen sus circunstancias. Aunque vivir le duela horrores. Vivir para seguir arrimando el hombro a esa Cruz que comparte con Cristo. Vivir por amor, enamorada hagas lo que hagas y pase lo que pase y cueste lo que cueste.

Y yo no me resigno a lo inevitable. Dios es Dios. Dios lo puede todo en nuestra nada. Y los milagros están a la orden del día. Quiero que Mariapi se cure, por completo. Y hago pública esta petición para que alguien me ayude en el envite a Dios. Mi fe no es nada del otro mundo, pero Dios sabe de mi corazón. Y se lo voy a pedir con el corazón. Y se lo voy a suplicar por intercesión del Padre Pío, como al menos en una ocasión hizo Juan Pablo II, siendo cardenal. Resulta que estando en las jornadas del concilio Vaticano II, el cardenal Karol Józef Wojtyla, le escribió al Padre Pío dos misivas consecutivas pidiendo sin rodeos la curación de una madre de familia polaca de 40 años, médico de profesión. La buena mujer estaba en las últimas. Y Wojtyla no se anduvo por las ramas, como en él era característico. Directo. Tan directo que el Padre Pío, casi ciego por aquel entonces, le dijo a su ayudante: “A algo así no se puede decir que no”. Y la mujer curó por completo. Bueno, pues yo, con más osadía que otra cosa, y con todo el amor del que soy capaz, le voy a pedir desde estas líneas al Padre Pío que haga lo que sea ante el Trono del Altísimo para que Mariapi, mi querida cuñada, sane del cáncer y cuide de su madre e hijos unos cuantos años más. La situación es urgente. Por favor.

Padre Pío, reconozco que prácticamente nos acabamos de conocer, que usted es capuchino y yo miembro del Opus Dei, que puede parecer esto que hago un poco raro. Pero no lo es. En corto espacio de tiempo le he cogido un gran cariño. No tanto por los estigmas y demás dones extraordinarios como por su absoluta confianza y abandono en la Providencia de Dios. Le siento cercano. Y por eso acudo a usted con esta petición tan concreta, tan confiada y tan audaz. Que Mariapi quede limpia de todo cáncer. Y que yo sea un digno hijo de Dios. Y de María.

viernes 9 de julio de 2010

El ejemplo de Gasol o Nadal o Contador o Iniesta


Son deportistas españoles. Admirables. Sólo hay que verles. Y escucharles. Representan lo más granado y despiertan la pasión de millones de personas en todo el mundo. Yo no soy avezado en deportes, lo reconozco. Pero tampoco lo pretendo. Si los traigo a estas líneas es porque resultan portentosos en aspectos que me parecen los más importantes. Vale, bien, técnica y físicamente son una maravilla en sus respectivos deportes, el resultado de un continuo ejercitarse y negarse cosas (ser bueno requiere voluntad y ahínco). Pero yo creo que lo que los hace estar en la cumbre de la excelencia es un cúmulo de virtudes poco frecuentes hoy en día. El baloncestista Pau Gasol, el tenista Rafa Nadal, el ciclista Alberto Contador y el futbolista Andrés Iniesta son, sobre todo, personas humildes y de trato cercano. Es lo que les hace más interesantes y prodigiosos, familiares: su sencillez, su sobriedad de gestos y palabras. A mi entender es lo que les hace mejores. Lo que les hace ser los mejores, valorando a los demás, sin desdeñar a nadie, ni considerarse el ombligo de nada. Desde su modestia y espíritu de sacrificio son el arquetipo a seguir por cada uno de nosotros. Desde su falta de complejos y ñoñadas, que tanto afectan a una gran mayoría, que en cuanto tocan fama se les descoyunta el cerebro, o el alma. El deporte es un aspecto de la vida, pero también representa muy bien a la vida misma, en lo que tiene de capacidad de superación, de encaje, de precisión, de perseverancia.

Para ser buena persona e intentar ser feliz hay que aprender a regatear situaciones imprevisibles, o cambiar de piñón y tirar del compañero o amigo hacia arriba, como uno más. Hay muchas personas que necesitan de nuestras asistencias y rebotes, sin egoísmos; y para eso hay que estar muy atentos al resto (la vida tiene un saque duro y a veces demasiado liftado). Y seguir atentos a lo que sigue luego, ganando en agilidad para ir de lado a lado de la pista si es necesario, y devolver los golpes más inesperados, y no desanimarse nunca. Pues sí, es lo que me parece: ser buena gente es lo que permanece y es de lo que se trata. Por lo que tiene de normalidad y de ejemplo. Gasol, Nadal, Contador, Iniesta. No resultan petulantes, son discretos y sólo presumen de sus compañeros y… no se avergüenzan de España. Esto último resulta chocante, pero es la realidad. Gracias a ellos la bandera española todavía es un orgullo, y unas lágrimas, y un agradecimiento. Su fortaleza es la nuestra. Su prestigio es el nuestro. ¡España, España, España! Y sé que debería nombrar a otros, como Miguel Indurain o Raúl González, sin ir más lejos. Deportistas todos de la verdadera elite, que no es otra que la de la inteligencia. Gente de espíritu y con valores, que arrastra con su pasión por un trabajo muy bien elaborado, y por esas ganas que parece que jamás se cansan. Insisto: desde la sencillez y la humildad. Y somos muchos los que lo percibimos y les estamos agradecidos.

jueves 8 de julio de 2010

Lecturas juveniles para el verano y demás estaciones del año


Me planto ante los expositores de algunas librerías y lo que recomiendan para los jóvenes. Los tonos de las portadas son un tanto lúgubres, con esos negros y esos rojos predominantes desde hace tiempo. La estrategia editorial resulta ya de una monotonía (o monomanía) bastante cansina. Los Rowling han sido sustituidos por los Meyer y demás imitadores del asunto. De la magia y sus hechizos hemos pasado al vampirismo adolescente, con su sangría a tutiplén y su amor de fantasía. Todo de lo más sombrío. Echo de menos otros colores en las portadas y otros títulos digamos más normales. Con chavales que tengan su ADN en condiciones y tengan aventuras no menos interesantes. Pero la moda es donde está el negocio, y el negocio en literatura -como en todos los órdenes de la vida- acaba en una dictadura bastante vulgar para mi gusto.

Yo quisiera decirles que hay otros libros, que hay muchas más posibilidades donde elegir. Por ejemplo -aunque es cierto que también está siendo todo un fenómeno de ventas- los libros de Federico Moccia (Planeta). Se podrá opinar lo que sea, pero aquí ya se respira, esto ya es otra cosa. Es la vida, o su posibilidad de enamorarse, y por lo tanto de sacrificarse, y de sentir esa felicidad que no cansa: el amor y su embeleso. El amor de Stefano y Babi (aunque lo dejen luego), o de Alessandro y Niki. Los jóvenes lectores se emocionan, y les hace sentir bien, y se identifican por momentos con los personajes. Los chavales sueñan con el corazón. Ay, el amor, no existe lance mejor, y la educación de todos esos sentimientos que afloran cada vez más pujantes. Pero hay que variar también un poco. Que es donde se modela el gusto. Para leer aventura pura y dura, como el inolvidable El medallón del Arconte, de Anne Laure Bondoux (Destino) que nunca me cansaré de alabar. A mí me entusiasmó, como entusiasmó a mis tres hijos y a todos sus amigos. Creo que es de los libros de nuestra biblioteca familiar que más ha ido de mano en mano.

Para críos un poco más jóvenes (12, 13 ó 14 años) quédense con Historia de un segundo, de Jordi Sierrra i Fabra (SM), del que ya escribí hace pocos días; y quédense con El maestro de las sombras, de Angela Sommer-Bodenburg (Destino). Lo bueno es bueno y hay que volver sobre ello. Como vuelvo a recomendar La vida sale al encuentro, de José Luis Martín Vigil (Bibliotheca Homo Legens) que refleja tantos y tantos valores imprescindibles (pureza, lealtad, amistad, la educación…); y como tengo que volver a recordar Las Crónicas de Narnia, de C.S. Lewis (Destino); o La historia interminable, de Michael Ende (Alfaguara); o El Silmarion, de J.R.R. Tolkien (Minotauro); o El ejército negro, de Santiago García-Clairac (SM). A propósito, éste último ha escrito la primera entrega de Milmort, una nueva oportunidad de comprobar que García-Clairac es de lo mejorcito en literatura juvenil. En Crónicas de Mort (editorial San Pablo) me rindo de nuevo, caigo fascinado ante su escritura, de una madurez completa. No hay que perdérselo por nada. Se lo digo yo.

Y termino con los tres últimos libros que he leído, y que están en todos los escaparates. El más boyante y exitoso: Canciones para Paula, que firma Blue Jeans (Everest) es un fenómeno de Internet. El libro se fue escribiendo y editando de forma virtual, y dado su tirón la mencionada editorial se ha decidido a publicarlo. Lo he visto en las manos de mi hija y en las de todas sus amigas, y en las de muchas otras yendo por la calle o en un ascensor o en una tienda. ¿Es un libro sólo para chicas? Yo diría que no, pero los chicos deben leerlo en secreto, pues no he visto a ninguno con él. En definitiva: es una historia de amor en la que la protagonista, Paula, conquista el corazón de tres chicos: Alex, Ángel y Mario. Al final la pobre se hace un lío y no sale con ninguno de ellos, pues no sabe de quién está enamorada. Es horrible, que diría mi hija, pero todo un festín para los lectores (o lectoras). Para mi gusto mejor libro que los de Moccia.

El segundo libro, de los tres a los que me refería, acaba de aparecer hace muy poco. Es una novedad. Se trata de Si no despierto, de Lauren Oliver (SM). Es la historia de Samantha. ¿Cómo lo diría? Un día se muere la chica, pero digamos que “para ir al cielo” tiene que revivir una y otra vez el día en el que murió, hasta lograr que todos los que estaban a su alrededor sean felices, y que sea un día perfecto (como deberían de ser todos los demás días, ¿no es cierto? Si no despierto es un libro cuya propiedad esencial es que hace reflexionar sobre la muerte, es decir, sobre lo que significa la vida. La importancia de los detalles, del cariño, del perdón… Todo ese amor es la única manera de no morir nunca. Me ha gustado. Y mucho.

El último de los leídos para jóvenes es Las puertas de Ácronos, de Heinz Delam (San Pablo). Susana y Ricardo. Los dos viajan solos hacia Argentina. Ricardo le cuenta una historia intrigante. Mundos paralelos al nuestro, realidades al margen de nuestro espacio y tiempo. Susana escucha incrédula. Ricardo le propone un juego. Y comienza la aventura. Subyuga. Ni Susana ni ninguno de los lectores podrá creerlo. Trepidante, vibrante, escalofriante. Cuando cierras el libro hay un instante de duda. ¿Dónde estás?

miércoles 7 de julio de 2010

Vayamos al quid de la alegría



No nos engañemos. Vayamos al quid de la alegría. Porque supongo que es lo que buscamos todos, ese gozo que nada más levantarnos por la mañana podamos sentir en el pecho (y no esa pesadumbre que destroza los sueños). Vayamos a lo importante, a lo que de verdad interesa de la vida. Eso, su alegría. Sin componendas ni mentiras, sin alegatos pueriles. Al centro del corazón que late, al alma de todo. Vayamos al quid del hombre y de nuestra historia y de la naturaleza en su armonía. Nos interesa ese núcleo donde está la esencia que nos caracteriza, ese manantial de donde mana la belleza, esa llama que arde en algún lugar amable, como una reliquia. Por favor, no más bobadas, no más dilaciones, no más perder el tiempo en extrañas venturas. Al grano del alma. Vamos, vamos. Con sinceridad y llaneza. Con entereza y esperanza. Ser feliz. Querer serlo. Con más decisión, al menos con ese brío que ponemos en la codicia de turno. Ser feliz. Bienaventurados en medio de cualquier acontecimiento. Decididos, a por ello. Sin ceder ni un pecado, ni un lapsus, ni siquiera una palabra descompuesta, como decía Lope. La tristeza es fruto de un alma en la higuera, de un corazón que no sabe muy bien lo que quiere, de una cabeza que sólo piensa en la maraña propia (no importa lo ilustre que sea o lo emperifollada que vaya). ¿Qué interesa de verdad, qué nos vale? Digo yo que el origen del júbilo que es la vida, antes de todo ese tropel de insensateces y fastidios con la que la denigramos. ¡Ay, para qué tanto oropel y tanta vanagloria? Tan pragmáticos y perdemos la vida, y hasta puede que si no espabilamos pronto perdamos también la eterna alegría, comúnmente denominada Cielo, o Amor sin medida. Tan funcionales o avezados y se nos va la felicidad entre los dedos de los días. Tan planificados y tan torpes. Desorientados, ajenos, descuidados, flojos. ¡Qué extraña se hace la vida cuando no vive Dios en ella! ¡Qué huérfana de cordialidad y entendimiento! Porque ese el quid, el gozo, lo importante, el centro y el alma de todo.

martes 6 de julio de 2010

Se llama Pablo y sufre y quiere morirse



Se llama Pablo. Lo he conocido hoy. Setenta años de afanes. Está enfermo. Una pierna en pésimas condiciones, mal del azúcar y esos ojos con los que apenas ve. “Estoy solo, vivo en una residencia”. Le miro con pena, es cierto, pero quiero ayudarle, aunque sólo sea con una breve conversación sin importancia. Pablo sufre. “Vivo solo, no tengo a nadie”. Me pregunta por mi familia, por mis hijos. Se emociona. Llora… Llora. “Me quiero morir”. ¡Qué palabras tan tristes! ¡Qué realidad tan miserable! Las lágrimas se las quita a manotazos, quisiera espantarlas como moscas, pero no puede evitar que algunas resbalen por su nariz hasta llegar a los labios, que tiemblan, que tiemblan... en un temblor ingrato. No puede evitar que algunas de esas lágrimas sean también mías. Pablo, Pablo. “Eres joven Guillermo, y tienes una familia”. Le cojo del brazo, como si ese brazo fuera su alma. El alma. Miro esos ojos que se pegan horas mirando tan de cerca la soledad y el miedo y la desesperanza. Se toca con el dedo índice la sien. “Pienso mucho, y no tengo ya fuerzas para aguantar más”. Mientras habla pido a Dios que haga algo, que le acaricie a Pablo el alma, que le conforte un poco su vida. “No tengo a nadie”. ¡Dios! Se llama Pablo y cada palabra que dice es una herida. Uno siente la impotencia. ¿Qué puedo hacer? ¿Qué puede hacer? Me siento a su lado. “Quiero morirme”. Trago saliva y rezo por él, y le hablo del amor de Dios. Pero pienso cuando se haga de noche en su habitación y la soledad sea más contundente, y el techo se pueble de fantasmas y de vértigos. El corazón del hombre no puede sobrevivir sin ser amado. Esta carencia es lo que realmente mata, lo que más muertes consigue. Muertes en vida y muertes de vida. El corazón de Pablo se desgarra, pero estoy seguro que a pesar de lo que susurra -“no puedo más Guillermo, quiero terminar del todo”- espera algo todavía. O a alguien. Mañana estaré con él de nuevo y hablaremos un poco del alma. Y con el alma. Tengo que decírselo, tengo que convencerle de que todo lo que le queda de vida es esperanza. Pero, ¿cómo? Sólo Tú, Dios mío, sólo Tú puedes. ¡Pablo, Pablo!

lunes 5 de julio de 2010

Y esta es la hora de levantar el alma y la cabeza



Por eso Satanás trona y trama con especial ahínco, y ataca en tromba y se rebota. No es casual nada de lo que ocurre. Ni en Bélgica, ni en España, ni en ningún otro lugar del mapa. Satanás sabe lo que busca -la destrucción de la Iglesia Católica- y mueve sus peones con astucia y experimentada desenvoltura. Los mueve en parlamentos, redacciones, televisiones o logias. Etcétera. Cada vez con más saña y mala baba. Conspiran hasta en la Iglesia. Y sus peones lo primero que hacen es negar que Satanás exista, o lo diluyen en ironías o aseveraciones de lo más circunspectas. Pero no otra es la inteligencia que fomenta dicha inquina a Dios y a Su Esposa la Iglesia, por más que se camufle dicha inteligencia luciferina en ocurrentes coartadas; e interviene con maledicencias, blasfemias y mentiras a destajo. Va a degüello: ataca, tienta, sugiere, murmura, atonta, posee, escandaliza, hiere, pudre, engaña, disfraza. Se mueve sin cesar, y arrasa conciencias y almas. Satanás está muy seguro de su victoria. Y la verdad es que puede parecer a simple vista que pinta mal para Dios y Su causa de misericordia y santidad. Lo dicho: Satanás va a fondo. Los sucesos anticatólicos se suceden cada vez con más desparpajo. La Cruz hay que machacarla, hay que burlarse de lo más sagrado. La Iglesia hay que dinamitarla por dentro y por los de dentro. Que no rece nadie, que no confiesen los clérigos, que todos se preocupen de espejismos. Dios ya no hace ninguna falta. Satán clama por trillonésima vez: “¡¡Seréis como dioses!!”.

Satanás tiene prisa. Su odio le consume, sus ojos le arden en una amargura infinita. Demasiadas veces ha creído que la victoria era suya, demasiadas las ocasiones en que Dios se ha sacado algún as de Su divina manga. Pero no esta vez, no ahora, con todo tan a punto del Infierno. Sus peones se confabulan y lanzan ataques insospechados y veloces por los flancos y por la retaguardia. Hay que desacralizar el mundo, hay que descristianizar al hombre, hay que desposeer a las conciencias de todo vestigio de Cristo, e incluso humano. Ha logrado infiltrar su veneno en territorio enemigo. En nuestro territorio cristiano, en nuestras almas aburguesadas, en no pocos sacerdotes y religiosos revestidos de complejos y desobedientes al Papa (cada vez más solo) o a su Obispo, en familias enteras ofuscadas por lo banal. Sí, Satán tiene prisa, y retuerce e intensifica su abominación. No se fía de la misericordia de Dios, de esa debilidad que el Creador tiene por estas criaturas humanas tan mezquinas y predecibles que somos. Y sobre todo no se fía de las andanzas e influencia de esa Mujer llamada María, cuyo nombre apesta para Satanás. María, María, María… Auxilio de los cristianos y Madre de Dios y de la Iglesia.

Las andanadas se recrudecen. ¿Qué pasa, qué ocurre? Satanás sabe algo, intuye que sus planes no son todo lo halagüeños que prometían o prometen. De ahí su rabia. El mundo se oscurece y muchísimas almas ya no saben en qué creer. Parece que los creyentes en Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo somos la escoria sobre la que todos pueden vomitar su endemoniada bilis, o su ignorancia, o su hartura. Es la hora de la Cruz, es la hora de Cristo clavado por todos en la Cruz. Más solo que nunca, más escarnecido que nunca. El Calvario nunca ha sido tan Calvario como en estas últimas décadas, como en estos desabridos días que vivimos. Son multitud las almas-victimas, almas corredentoras: en su dolor, en su trabajo, en su sonrisa. Y es la hora suprema de la omnipotencia de la oración. Y es la hora de levantar la cabeza y el alma, y hacer una buena genuflexión a Dios en medio de nuestro horario, y decir bien alto que somos hijos Suyos. Es la hora de la gran pregunta: ¿y yo que hago? O de esta otra: ¿y yo cuánto rezo para que todo cambie y se asiente esta nueva primavera de la Iglesia en una fe recia y decidida?

domingo 4 de julio de 2010

Alguna alondra sobrevuela el tiempo



Me quedo solo en casa. Un par de horas para hacer de mi capa un sayo. La primera tentación es una buena siesta (aunque yo no acostumbro, pues exige disciplina y constancia que no tengo). Me ha parecido perder un poco de ese precioso tiempo. Dos horas, dos horas. ¡Es tan poco! Y he comenzado a leer América, América, de Ethan Canin editado por Salamandra. Cuarenta páginas de un tirón. Queda poco más de una hora… En esas estaba cuando se han interpuesto unos cuantos poemas de Rilke, del libro Rusia en verso y prosa (La Veleta). “Cómo oscurece Dios”. La curiosidad de un lector es inagotable. El tiempo, el tiempo. Y una multitud de textos que leer. Tanta precipitación no es buena. “Tanto tiempo que no puede ni decirse”. Pensativo, tomo asiento. Miro cara a cara la luz en el reflejo del cristal de la ventana. Pienso en el jardín que no tengo. Por eso cierro los ojos: para tenerlo. Y paseo despacio entre sus árboles y setos. Alguna alondra se escabulle entre las ramas. Sueño verde el tiempo. Como el jardín, salpicado de poemas y piedras. Se está bien aquí, paseando sentado por la imaginación que bulle en el tiempo. Ya no sé qué es más real, si ese jardín (¡qué bien huele la brisa!) o esta habitación de luz amable. No quiero mirar el reloj, no quiero sentirme prisionero de su esfera. Siento que el alma respira toda la hierba del campo. Los recuerdos se mueven, inquietos. Quieren vivir de nuevo. Se enlazan como versos del mismo poema. Dios, ¡son tantas cosas! No siento el pasado. Siento el tacto de julio y un leve desconcierto. Nada más. Lo demás es ahora prescindible. Y tengo miedo de volver a abrir los ojos. Bueno, no es exactamente miedo. Es no querer perder lo importante. Y los libros ya no son lo que eran, y la realidad es el sueño que ahora escribo. O que imagino escribir. O la felicidad que atisbo. Al final de la vida una puerta se abrirá, escucharé unas voces y abriré por fin los ojos. Y veré.

sábado 3 de julio de 2010

Unas preguntas que me hace Claudia



Hola Claudia. Te pido perdón por el gran retraso. Como estoy convaleciente de una operación todo se me complica, o me interesa a mí complicarlo, vete tú a saber. Perdona. Y vayamos por partes en cuanto a tus preguntas:

1. Me pides mis cinco libros de cabecera.

¡Qué difíciles son algunas cuestiones! Me pides cinco libros que hayan marcado mi vida, que la sigan marcando. ¡Sólo cinco! Dios mío. ¿Qué decir? Desde luego en mi caso son muchos más los que prefiero. Pero no sé la cifra. Ni siquiera sé los títulos de algunos, pues no los conozco todavía, pero sé que están ahí, que me esperan. Hasta puede que estén en mi biblioteca. ¿Sólo cinco? Los de cabecera. ¿Y los del alma? Además esos cinco, o veinticinco, o quinientos, rotan, cambian. Según es mi vida, según el dolor o la nostalgia. O las preferencias. Además si uno pusiera la Biblia, El Quijote, Hamlet, la Divina Comedia o la Poesía de San Juan de la Cruz, ya está cubierto el cupo. Pero me faltarían muchos más. Por eso voy a optar por indicarte aquellos títulos que de verdad releo, que necesito releer de cuando en cuando. En algunos casos el motivo parece claro. En otros se me escapa, la verdad, y todo resulta un poco misterioso. De todos estos no sé si algunos me han cambiado la vida o no, o si son más o menos cruciales en la historia de la literatura. Yo más bien me inclino por pensar que me encuentro a gusto con ellos, que me resultan familiares. Pero es así. Procuraré ser sincero.

- Memorias de ultratumba, de Chateaubriand. (Cátedra o Acantilado).
- Historia de una vida, de Elias Canetti. (Galaxia Gutenberg).
- La realidad y el deseo, de Luis Cernuda. (Alianza).
- Los Baroja, de Julio Caro Baroja. (Caro Raggio).
- Noche más allá de la noche, de Antonio Colinas. (Visor).

Pero tengo un equipo reserva:

- Escolios a un texto implícito, de Nicolás Gómez Dávila. (Atalanta).
- Poesía completa, de Jorge Luis Borges. (Destino).
- Literatura del siglo XX y cristianismo, de Charles Moeller. (Gredos).
- El libro de la Pasión, de José Miguel Ibáñez Langlois. (Palabra o Númenor).
- Poesía completa, de Pedro Salinas. (Cátedra, Biblioteca Aurea).

2. ¿Mi libro favorito?

Bueno, alma mía, sosiégate. ¿Un libro sólo? ¿Sólo un libro? Es imposible dar cabal respuesta a un interrogante así. Si es por el que más veces leo y releo y necesito debería de ser el Nuevo Testamento. Pero ahora mismo estoy leyendo El reino blanco, el último libro de versos de Luis Alberto de Cuenca, y estoy encantado. Leo mucho a Miguel d'Ors y los libros últimos de Jaime Siles (Pasos en la nieve es magistral) y a Jane Kenyon y a Leopardi. Pero en un arranque muy personal puedo decir que mi libro favorito es Histotia de la lectura, de Alberto Manguel y me quedo tan tranquilo. O Errata, de George Steiner. O Ángel Guerra, de Benito Pérez Galdós. O un cuento cualquiera de Stevenson.

3. ¿Qué me aporta mi libro favorito que no encuentro en otros?

Ese placer del alma -intelectual por espiritual- que no voy a intentar definir. Sea cual sea el libro elegido como preferido.

4. ¿A nivel profesional?

Me marcó muchísimo Literatura del siglo XX y cristianismo, de Charles Moeller, y Presencias reales, de George Steiner. Los dos me hicieron ver la literatura como una unidad de alma y vida y arte. La literatura como pedagogía y búsqueda. Y sobre todo ver la literatura como una constante indagación en la esperanza, en nuestra propia felicidad (tan esquiva a veces, o casi siempre). La literatura siempre lanza el mismo mensaje: "¿Cuándo seremos por fin capaces de ser felices?". Y los que digan lo contrario pues ellos verán cómo se tercia su vida.

5. El último libro que me he leído es Nadie acabará con los libros, que es un diálogo entre Umberto Eco y Jean-Claude Carrière. Y ahora mismo me apetece releer muchísimo las Memorias de Julián Marías. Y también Niña de todos los países, de Irmgard Keun.

Posdata.- Se me han olvidado mencionar cuatro libros maravillosos donde los haya: La muerte de Virgilio, de Hermann Broch; La montaña mágica, de Thomas Mann; La montaña de los siete círculos, de Thomas Merton; y Desde la última vuelta del camino, de Pío Baroja.