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Reflexiones, poemas, escorzos de vida, fe de lecturas, noticias de amigos... No pretende ser un desahogo, más bien un diálogo. Un demorarme en el resplandor de nuestra existencia. Y en su literatura.


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lunes 31 de mayo de 2010

No te canses de mí Señor



Señor, no dejo de escribirte a cualquier hora.
Pero no sé decirte bien lo que pienso.
Ni siquiera sé si mi amor ama
o sólo son palabras lo que siento.
Señor, no te amo en todo lo que escribo.
Porque te traiciono, porque peco,
porque cuando me llamas no me enciendo
y tuerzo el gesto del alma con desgana.
Es duro reconocerlo, muy duro, pero me cansas.
Ya ves, prefiero unos versos de Sabines a la luna
o la penumbra de una estúpida novela.
Me canso de ti, Señor, me cansa
seguir tus pasos encadenado a la rutina.
Y temo por mi vida, tengo miedo
de que tú también te canses de mí
(el pánico de perderte me angustia).
Y yo sólo he nacido para ti,
sólo he nacido para amarte, para ser eterno.
Lo demás es triste de tan incierto.
Sin Dios Guillermo Urbizu ¿qué sería?
Demasiado lo sé, y me espanta sólo el escribirlo.
Porque sería un hombre muerto, una sombra
inhumana y cadáver, un alma desgraciada.
Señor, quiéreme así de traidor y de espantajo.
Quiéreme así de cobarde y pecador y disipado,
y átame a tu Cruz aunque sea a la fuerza.
La fuerza de tu amor, que es lo único que pido.

domingo 30 de mayo de 2010

“Anson, una vida al descubierto”, de Daniel Forcada y Alberto Lardiés



Yo a Luis María Anson le estoy muy agradecido. En cuanto leo su apellido en algún sitio voy para allá, sin dudarlo, sabiendo que me espera un festín de sinceridad, de valentía, de gracia, de tesón y de poesía. Y eso no se paga. Cada escrito suyo es una primicia de literatura. Trate de lo que trate y sea lo que sea. Son muchas las horas que he dedicado a leerle, en sus libros y en sus artículos. La cosa política debo reconocer que es lo que menos me ha importado siempre. Lo que me fascinaba, y todavía fascina, es su fúlgida prosa, su constante metáfora que subraya el argumento o que desnuda el alma del personaje de turno. Este hombre es un escritor de tomo y lomo, y no va de farol o de pose. Trata cada artículo con la minuciosidad de un poema, como largos versículos que ofrecen al lector con más fuerza y nitidez la noticia. Esta vocación literaria tan suya -indisoluble a la periodística- es el núcleo, la entraña de su hacer. Me atrevería a decir que de su vivir. Puede que exagere un pelo, pero ¿sin poesía que nos queda? A mi modo de ver muy poco. Y lo que queda se torna frío e insípido. Y él lo sabe.

Yo, como he dicho, le estoy muy agradecido a Anson. El ABC leído de cabo a robo era mejor que cualquier asignatura de la facultad de letras. Y ya no digo El Cultural o los artículos de Blanco y Negro de Fernando Lázaro Carreter sobre teatro (sustituido más tarde por Jaime Siles), de Julián Marías sobre cine, o de Manuel Alvar sobre un libro de mérito. Aquello era un éxtasis. Recortabas páginas y más páginas, críticas o ensayos de los mejores intelectuales y escritores. Y poemas inéditos. Lo de los Sonetos del amor oscuro de Lorca todavía nadie lo ha podido superar. Entre lo que me quieres y te quiero, / aire de estrellas y temblor de planta (...)". Anson ha formado parte -y sigue formando- de mi educación, de mi forma de ver la prosa y la información. Es un tipo atractivo en su liberalidad, en su cultura estratosférica, en su humanismo cristiano y por lo tanto universal. En el fondo su manera trascendente de enfocar al hombre y todo lo que le rodea es su seña de identidad más característica.

Y sigo leyendo y recortando y guardando entre las páginas de los innumerables libros que pueblan el alma de mi casa sus artículos de El Mundo y lo de la columna “Primera Palabra” y las suculentas breverías de los "Zigzag" en El Cultural. Y sigo esperando los frutos de su pluma con suma curiosidad. Alguna editorial debería juntar y reeditar sus libros, con una vasta antología de artículos, sus preferidos quizá. Luis María Anson da para mucho, para una biografía en condiciones por ejemplo. ¡Qué libro serían sus memorias! ¡Qué regalo para esta España tan pazguata a la que los zotes de siempre están dejando vacía de esperanza y ayuna de inteligencia! Porque España necesita maestros en todos los órdenes de la vida, profesionales ejemplares, gente decente. Y Anson tiene dones a mansalva que a lo largo de su vida han ido poniendo en marcha sus sueños: excelencia, esfuerzo, coraje, voluntad, curiosidad, diligencia, picardía, patriotismo, lealtad… Dones que han sustentado su ánimo y el de los demás, dones que han sacado adelante empresas periodísticas sin cuento (ABC, agencia EFE, La Razón, El Cultural o El Imparcial) ¿Defectos? Supongo que como todos. La soberbia que nos muerde con saña el alma, la vanidad que espolvorea de cuando en cuando nuestros días, o cierta mala leche e impaciencia, ¡qué se yo!

A través del buen libro que es Anson, una vida al descubierto, de Daniel Forcada y Alberto Lardiés (editorial La Esfera) uno recorre una buena parte de la historia más reciente de la historia de España, tan unida a la vida de este ilustre periodista, y periodista ilustrado. Su formación, su exilio, sus peripecias asiáticas o africanas, su adhesión monárquica, sus regates y juicios con la censura, sus ilusiones periodísticas (amor y desamor, tan juntos), la política siempre tan amarga, la pasión por la cultura, y algún resquicio de su vida más personal. El libro es un amplio y sagaz reportaje, un diálogo con el personaje, una panorámica de la vida de un escritor que trabaja y lee a destajo, de un periodista que no se amilana, de un hombre en fin con alma de poeta. Esto último a mí es lo que más me interesa (es más, pienso que es lo que más le importa a él mismo), creo que es lo que más relieve da a su persona. Su sensibilidad para con lo bello merece ser destacada, su amor a las palabras, su “densidad” espiritual (tan de manifiesto en su discurso de la Real Academia). Ese creo que es el Anson más verdadero, el que quisiera perdurar. El que va a perdurar.

Después de la lectura del libro uno quisiera pasar un buen rato con Luis María Anson, lo reconozco. Escucharle, curiosear en su biblioteca, incitarle a que escriba una especie de Opiniones contundentes a lo Vladimir Nabokov, preguntarle sobre sus propios versos… Quisiera ser amigo suyo e intercambiar confidencias sobre Dios, o sobre los poetas, o sobre la mística, o sobre la decadencia de las almas. O sobre lo que sea. Estar allí con él, escuchar, aprender, escuchar, y arrebujarme en su generosidad mientras miro con pasmo los estantes.

sábado 29 de mayo de 2010

Vacaciones estivales



Vacaciones. ¿Y? Campamentos, convivencias y cursos impagables de inglés of course para los hijos. Felicidades chicos, dejadnos un poco de respiro. Os queremos, pero iros unos días, ya veréis qué bonito, una maravilla. El curso ha sido de órdago. Iros, iros… ¡Qué tranquilidad, qué repentino sosiego! O se piensa en cruceros, o en ir a Nueva York, Boston, Sidney o Praga. O mejor a la Patagonia o a los fiordos noruegos o al Himalaya. Convengamos en que los sueños no tienen presupuesto. Por lo tanto unos días en Roma, para rematar en Escocia o en una casita de la campiña inglesa parecida a la de C. S. Lewis en la película Tierras de penumbra. Es una opción que no deja de tener su interés. O a Puerto Rico, y ser “el contemplado” de Salinas, o seguir los versos de Juan Ramón. Y a la semana dar el salto a Canadá, para caminar entre sus inmensos bosques y aprender un poco de modestia. No me disgustaría ir a unas cuantas bibliotecas del mundo. Y librerías. Prometo no abusar. ¡Pero si son sueños! Pues claro que abuso, faltaría más, y gasto lo que sea en preciosas ediciones, postales, abrecartas o separadores. Hace tiempo que pienso en una casa a la orilla de un océano donde poder fijarme hasta en el menor detalle de las olas. No hay otra en veinte kilómetros a la redonda. La casa es de una planta, pero es grande, y está cercada por una elemental cerca de madera blanca. Suficiente. El propietario la tiene llena de libros y aparejos de pesca. Paseos, lectura, y seguir el vuelo de las gaviotas y cormoranes; y fijarse con precisión en la luz… ¡Cuántos paisajes quedan por ver en el alma! Nada de hoteles o conglomerados de lujo. Lo esencial: ella y yo, y un lugar apacible. El cielo es el mismo para todos, y esa luz, y esas nubes. Y unas bicicletas de colores. El mundo está lleno de ventanas, de balcones y terrazas donde asomarse a lo imprevisto de un poco de belleza o a la noche que alberga las estrellas. Vacaciones: sueños de niño, conchas marinas y la cerveza fría en la piscina con unas patatas fritas. Y cuando pasan los años no dejas de bucear en los recuerdos, plagados de cosas sencillas. Los abuelos, el frontón, los rosales, la lectura de los mosqueteros, las moscas, las campanas, y el desván donde cabía todo lo que soñabas. Y a lo que te das cuenta ya han vuelto los hijos y te despiertas.

viernes 28 de mayo de 2010

¿Qué es el amor?



Un golpe de brisa. El tacto de esa mano -precisamente de esa- en tu brazo. La sonrisa en el cansancio. Aquellas amapolas que parecían labios. La pureza de un noviazgo apasionado. El paisaje de los años cuando se remansa en el resplandor de la paciencia. Rezar con tus hijos o coger caracoles en familia. Ay, y poner esos platos en el lavavajillas. El amor es un don que se manifiesta en llegar puntual a una cita, y que se hace más perfecto en las caricias. Es nuestra libertad, que se entrega hacia el bien de los demás. También está en el color de la falda de nuestra mujer, o en la camisa bien planchada del marido. El amor está en el elogio preciso a unos zapatos recién comprados, o en apagar la televisión cuando todos están a la mesa (¡cómo cuesta!). Es la ternura de la noche, en un abrazo indisoluble. Ese enfado repentino -con o sin razón- también es amor, aunque parezca lo contrario. O ese grito que nace del cariño. Amor, amor… Amor es trabajar bien, cada uno en su verso, en su mesa, en su cocina o en sus ladrillos. Es hacer gimnasia con el alma en la calle. Dar gracias por la belleza, que es tan femenina (en sus formas y en su esencia), y por las contradicciones diarias que nos hace mejores. ¿Qué es el amor? Es subir al autobús e imaginar quién puede necesitar de nosotros. Es ceder la alegría de un piropo o poner el pétalo de una rosa entre las hojas del libro. Es no poner excusas a lo que nos cuesta. ¡Tantas cosas! Amor es todo. Es el misterio sagrado de la vida, es comulgar a Dios cada día. Es… no quedarse sólo en las palabras.

jueves 27 de mayo de 2010

Me gustaría estar más cerca de María


Me gustaría estar ahora mismo en un rincón de Lourdes, Fátima o Medjugorje. Pasar una semana en cualquiera de esos tres lugares donde tan presente está María. En un rincón, sin hacer nada del otro mundo. Con mis libros y mis agendas, poniendo el alma al día de una mayor intensidad en el amor a Dios. Mirar la fe de las personas, sobrenaturalizar mi vida, que corre el peligro de dejarse llevar por lo más ramplón o fácil. Mirar a todas esas gentes que rezan a mi lado, y aprender, como si fuera un niño pequeño. Aprender al lado de mi Madre, a la que cada día necesito más. Y leer con Ella, leerle a Ella lo que escribo, o hablar los dos sobre literatura y su poder evocador de Dios. El alma es la que necesita expresarse, hacerse comprender, para que alguien la escuche. Le diría a María mi versión de la literatura, que no es otra cosa que una forma nada despreciable de hacer oración, de hablar con Dios, o al menos de buscarle. Estar allí, mirar, ver: sentir junto a mí el corazón de las personas. En un rincón rezar, con o sin palabras; contemplar la luz y los colores de las almas. Escuchar el canto de unas aves o ese otro mariano, o el rumor de ese río que me dice a Dios. Escuchar a mi Madre… Fijarme en el Cielo. Allí, en un rincón cualquiera, sentarme y abrazarme al amor redentor. Sólo unos días. En Lourdes, en Medjugorje o Fátima. Asomarme al misterio del hombre y a la ternura que es la fe. Y ofrecerle a Dios, por medio de Su Madre, mi vida, tan cargada de literatura y de libros y de anhelos que no sé si veré cumplidos. Y allí, en esos lugares, ir aprendiendo lo que Es de verdad la Poesía. Porque yo sé que todos los versos que intento o leo tienen un entresijo divino. Todos los poetas son creyentes. En todos los poetas habita un entramado de creencia. Yo lo sé, o lo intuyo. Con la poesía se reza, y cuando se reza -conscientemente o no- se aspira a la Poesía donde se resume el amor de Dios. Estar allí, ser amado y aprender a amar. Y calibrar la santidad de la belleza y del dolor. Ir al meollo de la existencia y de la gracia de la mano de María. Alcanzar de una vez la felicidad. O al menos no perderla de vista. Mirar a Dios en los ojos de Su Madre. Abismarme en Ella, en Su pureza y humildad. Quisiera poder estar allí y entregarme y pedir perdón y seguir adelante con más diligencia. Quisiera estar allí, y regalarle a mi Madre bendita algún poema o alguna flor. O una sencilla mirada de amor, que a la vez sea poema y sea flor.

miércoles 26 de mayo de 2010

Y no lo olvidaré




Me gusta rastrear la luz por la memoria
en el fragor de bibliotecas, almas y heridas.
Me gustan Borges, Canetti, Ribeyro y Salinas.
Me gusta el sencillo rumor de la lluvia
en los bosques y en su inevitable nostalgia.
Me gusta la vida recién nacida
y la que agoniza con valor su victoria.
Me gusta besarla con su helado de vainilla
entre sus labios, esa lengua que me sabe a gloria.
Me gusta estar con ella, sin prisa,
y en sus cóncavas manos beber mi vida.
Me gusta descansar mi corazón en su mejilla
mientras siento su mirada que suspira.
Me gusta una buena historia de villanos y heroínas.
Me gusta el mar con su esperanza infinita,
con su altar de agua y fuego y mística.
Me gusta pisar descalzo la espuma de su orilla,
esas playas por donde pasea el tiempo y Afrodita.
Me gusta el horizonte incandescente de la vida.
Me gusta cuando se desnuda el amor en mi presencia.
Y me gustan los veranos de aquella infancia
donde todavía juego con la inocencia y la brisa.

martes 25 de mayo de 2010

Puede que deje de escribir



No sé lo que tardaré en dejar de escribir. Al fin y al cabo, lo normal es leer, escribió con razón Jaime Gil de Biedma. ¿Demasiado drástico? No sé. Pero con frecuencia lo pienso. Y cada vez le doy menos importancia al hecho de concluir un texto, de intentar poner por escrito un apunte de mi vida. Por brillante que éste sea -que no es el caso- ¿de qué me sirve? ¿Y de qué sirve a los demás? Son unas pocas palabras que tampoco van a ningún sitio, y mi vida es como cualquier otra, con un breve argumento donde no hay mucho que destacar. Y lo poco que destaca ya está dicho. ¿Seré capaz de hacerlo? ¿Seré capaz de dejar de escribir? Conociéndome no resultará fácil. Porque estoy enamorado del lenguaje y, sin él, el alma se me queda como triste e inexistente. Es algo instintivo en mí el tomar notas de las cosas. De intentar abarcar la belleza de unas hojas y su fronda de luces y sombras, o de un paisaje donde está la luna y mis sueños y las olas (a la que me descuido ya me embargan las palabras y su sonido, como se puede constatar). Es difícil resistirse a no explicar de algún modo lo que ocurre a tu alrededor -o en tu interior-, con todos esos detalles que no llaman mucho la atención, pero que son los que de verdad cuentan (omito los ejemplos por innecesarios). Es difícil no pensar que con unas cuantas palabras podemos erigir un buen refugio para nuestra felicidad. Aunque la felicidad sea efímera o equívoca. Y releernos con nostalgia, y revivir cierta poesía que se quedó prendida en una estrella o en unos párpados. ¿Y si es todo vanidad? ¿Y si mis palabras son sólo las inquilinas de mera apariencia revestida de solemnidad? Reconozco cierta desgana, un cansancio que me consume (aquí me ha dado por exagerar). Los años se alborotan en la cabeza y los miembros se vuelven holgazanes. Y te reclaman en casa y los amigos te echan en falta. ¿A quién le importará lo que yo escriba? No sé lo que ocurrirá, si seré capaz de no escribir.

lunes 24 de mayo de 2010

María, “muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre”



Porque de eso se trata, de acercarnos a la intimidad de Dios, paso a paso. ¿Qué otra historia es la que se nos cuenta en el Evangelio? ¿Qué otra es la bienaventuranza más alta de alcanzar en esta vida, donde es obvio que abunda el desasosiego o la impotencia, y más si nos empeñamos en la soberbia como sistema o tesis o ideología? El hombre está hecho para amar, para hacerse con la eternidad ya desde la tierra. El alma sufre por muchas cosas, pero sobre todo sufre por estar lejos de Dios; por negar a Su Padre, o por estar demasiado ocupado en una bruma de inconsistencias. La realidad de Dios la llevamos inscrita en nuestra mirada, en nuestra sed de infinito que no consigue aplacarse con cuatro vaguedades, aunque sean muy catedráticas o televisivas.

La realidad de Dios es nuestra esencia, nuestro vivir cotidiano. Sale Dios a nuestro encuentro todos los días, y lo esquivamos o procuramos cambiar de tema o de acera. Dios no está en las nubes -bueno, sí, pero ya me entienden- o a años luz de nuestro tiempo. Dios está aquí, en 2010, en España o en el Congo, en Nueva York o en Oporto. En la trepidación de sus calles o en los surcos de los campos. Dios está en la lectura del periódico o en la de Vila-Matas o Claudio Magris. Dios está en el trabajo y en el fútbol, y en la belleza de nuestro amor mientras se desnuda muy despacio. Dios está en los afanes de la familia, en la playa donde se tumban las olas y las almas con su espuma o en la montaña donde quizá atisbemos un resquicio de Su rostro. Y Dios nos acompaña al cine y Se sube con nosotros en el coche. Dios por uno de Sus hijos ¿de qué no será capaz? Dios nos contempla, e incluso hasta la persona más horrible siente alguna vez esa mirada, esa inquietud, esa llamada.

No hay templo tan magnífico como el mundo, ni sagrario más rico que un alma enamorada del amor de Dios. Debemos mirar con más detenimiento la vida, lo que sucede dentro y fuera de nosotros, y lo que ocurre con los otros, tantas veces ajenos, como si nada. Y descubrir la alegría de ese Dios que nos quiere y que nos espera con toda la fuerza de Su omnipotencia, de Su ternura y de Su gracia. Por los siglos de los siglos. ¡Cómo nos querrá que Se hizo hombre y murió ejecutado por nuestros pecados! (Todavía sufre de vernos sufrir, ¿y nosotros?). Para resucitar(nos) al tercer día y liberarnos de la peor de las esclavitudes y pandemias. Pues no hay virus más letal que el del pecado, ese empeño levantisco, ese blasfemar en lo más sagrado, y confundir la libertad con el escarnio. ¡Cómo nos querrá Dios que quiso nacer de mujer en este mundo, en un rincón de aquel imponente imperio romano! Y resultó que en el vientre de una virgen llamada María se obró el prodigio. Los ángeles no dejan de estar asombrados. Era el inicio de nuestra felicidad más completa. Era el misterio más genuino de la paternidad de Dios y la transformación absoluta -por divina- de la historia de la humanidad.

En efecto, todo cambió. Y la historia universal, con todas sus innumerables almas y vicisitudes, tomó otro rumbo. El rumbo de la Misericordia de Dios, el rumbo de Cristo que Se quedó con nosotros hecho sacramento. Y con Él, el rumbo de María, Madre de la divina gracia, Madre de Dios. Aunque pueda parecer que no, que el mundo sigue igual o que incluso va a peor (desde luego las trazas no son como para echar las campanas al vuelo). Pero ya nada es lo mismo. Cristo nos rescató con su civilización de Amor. Y María, madre nuestra, con su fiat, nos muestra que el Cielo está empeñado en hacer de nuestras vidas, si queremos, algo que no soñaríamos jamás. Madre de vida interior, maestra de santidad. Ella es la que nos sugiere el camino, la que intercede, la que consuela; y la que nos llama a la conversión en cientos de apariciones y confidencias. María, “muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre”, muéstranos Su voluntad que estamos mil veces ciegos y obtusos y perdidos en la inmediatez de absurdas cavilaciones. Muéstranos, dinos, enséñanos a tratar a Dios, a pedirle perdón en el confesionario, a no ser por más tiempo mezquinos y decidirnos por fin a dar la vida por Él. Con Él y en Él.

domingo 23 de mayo de 2010

Palabras de poeta, palabras de Cristina



La vida tiene tal cantidad de sorpresas que uno cada día se siente regalado por alguna. ¡Quién me iba a decir a mí que alguien de mi casa iba a sentir gusto por la poesía y cualidad de escribirla! Cuando lo normal es que se gasten bromas o se hagan comentarios rotundos. “Yo jamás entenderé eso de la poesía”. “¿Para qué sirve?”. “¿Cómo puedes dedicarte a escribir poemas cuando la casa está que arde?”. De ese estilo. Reconozco que hace tiempo mi hija Cristina mostraba curiosidad. Yo, sin forzar, le dejaba algún título de Rubén Darío o de Pedro Salinas o de... ¡Y se los leía! Para un padre que tiene algo de poeta (no sé si poco o mucho o se trata de algo más incierto) eso es como un milagro. Y un consuelo. En resumen: un orgullo. O de repente un día me viene diciendo que ha leído unos poemas estupendos de Pablo Neruda. Hemos llegado a leer poemas en voz alta, declamando el alma de sus versos lo mejor que hemos sabido. Yo creo que, aptitudes o sensibilidades aparte, la cosa comenzó cuando le preguntaba lecciones de lengua y literatura (ella siempre quiere el sobresaliente). En los textos escolares se citaban versos de cuando en cuando. Y yo me detenía en ellos, saliendo de la vorágine de nombres y fechas, que suele servir para cortar de cuajo cualquier entusiasmo por la literatura. “Mira, hija, mira esto de Lope, o esto otro de Bécquer”. Cristina me escuchaba, y me preguntaba por los mejores poemas de amor o por mis amigos poetas, que estaban allí, en su libro. Sonrío ahora, porque hace poco, estando en una de esas, se me ocurrió decirle: “Vamos a llamar por teléfono a uno de estos poetas que estudias”. Y llamamos a Jaime Siles. Y es que la literatura está viva, de ahí la emoción de la poesía, su arraigo en determinadas personas. Y luego están todos estos cientos y cientos de libros que nos acompañan en casa, y que crean un clima, y nos ofrecen la posibilidad de aventurarnos en otras almas o en lugares inhóspitos. ¿Que la poesía no sirve? Cuánto memo anda suelto. Es como decir que el corazón no sirve, o que los sentimientos son una pandilla de indeseables. Hasta estos extremos de hirsuto prosaísmo hemos llegado. El que gusta de la poesía suele ser un alma delicada y más proclive a la revolución del espíritu. El que gusta de la poesía saborea las palabras, y con las palabras el significado más profundo del hombre y del mundo. Ha escrito mi hija Cristina en un poema sorprendente: Las palabras son un secreto escondido. ¿Quién lo duda? Indagamos en ellas, en el misterio que conllevan. Sigue: Las palabras son el aire que respiro. / Las palabras son el alma y lo que miro. / Las palabras son todo lo que yo he sido. Y yo me reconozco en estos versos. En las palabras está mi memoria, lo visible y lo invisible, el lenguaje de mis noches y de mis días. Y en la siguiente estrofa escribe: Las palabras son el amor de un suspiro. Y también ese beso que se da cuando las palabras no llegan a decirlo. Y continúa: las palabras son el silencio y el sonido. / Las palabras son el mundo y el sentido / infinito de la vida donde vivo. ¿Qué puedo decir? Y remata el poema con el siguiente dístico: Dulces palabras, con su lenguaje esquivo, / donde fluye la música del olvido. Felicidades Cristina por este hermoso poema. Seguiremos hablando de poesía y de las demás maravillas que nos depare la vida. Si somos capaces de ahondar un poco y no andar siempre pendientes de espejismos.

sábado 22 de mayo de 2010

Cosas de libros y cosas de la vida


Hace mucho tiempo un pintor en cuanto me vio me dijo que me parecía a Lorca, que me daba un aire. ¡Qué ocurrencias! Pero para celebrar el recuerdo tomo el volumen editado por Galaxia Gutenberg que compendia el teatro de dicho autor. Me encanta Bodas de sangre. Se me quedaron dentro aquellos versitos que cantan unas mujeres casi al final de la obra: “Dulces clavos, / dulce cruz, / dulce nombre / de Jesús”. Están pero que muy bien estas ediciones de obras completas. Las que más frecuento son las de Elias Canetti, un escritor en el que gozo la cultura, y la vida. En él está la grandeza de Europa, y su decadencia. Su gran novela Auto de fe, su magna obra Masa y poder, pero hay pocos libros que me subyuguen tanto como Historia de una vida, sus memorias. Es uno de los grandes libros del siglo XX. ¡Qué regalo para la literatura, para el que transita por su alma! Y en sus páginas me encuentro un viejo cromo de Moby Dick y una fotografía en la que estoy con Ana, de novios. 1989, en agosto. Sentados en el suelo, rodeados de verde. Su mano derecha entre las mías, su cara que sonríe todavía, sus piernas perfectas. Y yo que sólo la miro a ella, embobado de amor. ¡Qué foto Dios, qué foto! ¡Qué suerte la mía por haber dado con una mujer así. ¿O fue algo más que suerte? Y ese milagro de querernos. No puedo dejar de mirarla. Y acaricio la fotografía como si fuera su piel, y paso por ella el corazón y los dedos. Ay, su pelo, y ese cuello, y esos ojos que me aceleran el pulso desde entonces. Puedo resultar un sentimental, pero es que estoy orgulloso de serlo. ¿Qué otra cosa merece la pena ser? La suerte de mi vida está echada, pase lo que pase: la quiero. Ese es el norte y es el misterio. Y a veces la felicidad, y la conciencia de vivir algo extraordinario. Los libros tienen sentido por eso, porque la quiero, porque abre la puerta de casa y me llama por mi alma. ¿Qué puede haber más grande que esto? Y la mañana juega con el viento y con unos fugaces brillos que se esparcen por la mesa.

viernes 21 de mayo de 2010

¡Qué extraños católicos somos!



Ya sé que cada uno hace lo que le place. Eso lo sé. Sólo faltaría. Y que las formas de alabar a Dios -si es que se Le alaba- son de lo más variadas y personales. Tantas como almas. Puede que estrambóticas, diría alguno con ganas de enredar. O afectadas, diría el otro muy facundo. O exageradas después del Vaticano segundo, terciaría el que le importa más bien poco el asunto pero que se considera católico a base de la costumbre o de una supuesta teología de Fierabrás que todo lo cura y todo lo sabe. Y esto es fantástico y así debe de ser. ¡Libres! Hasta para pecar (aunque la verdadera libertad sólo la alcanza el que ama, el que se da). En la variedad se demuestra la libertad y el gusto. Y si el amor a Dios es verdadero su expresión no conoce medida y, aunque procura mantener la compostura, el corazón salta y baila y bulle; “grande es el Señor, merece toda alabanza” (salmo 144). ¡De lo contrario menudo enamoramiento sería! Y si murmuran que murmuren, si miran que miren, si insultan que insulten. La piedad no es uniforme, como no es uniforme la vida. ¡Libres!

Pero algo no va bien ¿saben? Siento decirlo. ¿Pesimista? No, soy optimista. ¡Cómo no ser optimista si soy hijo de Dios y de María! Optimista radical y esperanzado (no Monsieur Camus, la esperanza no es resignación). Aún con todo. Aún con toda la santidad que habita en el mundo y que sostiene a la Iglesia no puedo evitar un desasosiego de fondo. Y de formas. Los católicos -yo el primero- dejamos mucho que desear. El amor a Dios es como una cosa más. No es el “todo” que aglutina nuestras vidas y nuestro actuar. Es un paréntesis, o un instante, o una racha, o un parche, o unas campanas que escuchamos muy de cuando en cuando repicar. Digamos que impera la medianía. Un poquito de agua bendita por aquí, la apresurada misa del domingo por allá, y poco más. Dios nos sabe a poco porque lo tratamos poco, y el resultado salta a la vista. Una sociedad triste y materialista y llena de cachivaches. Una sociedad que entra al trapo de discursos pusilánimes. Una sociedad en gran parte descristianizada. Claro, y un servidor, sin pretender ser para nada original, se pregunta: ¿y qué hacemos los católicos para cambiar una situación tan deshabitada de Dios, con semejante inercia pagana que parece no tener fin?

Y lo que hacemos es, tantas veces, verlas venir (no todos, pero casi). Venga hombre, reconozcámoslo. Hasta personas que se supone están cerca de Dios, no dejamos de ser un barullo de quejas, de tibieza, de excusas y de propósitos a medio gas. Si quisiéramos, este mundo nuestro cambiaría. No ya por estadísticas o cifras de católicos comprometidos y demás. (Y ya sé, ya sé que hay muchos que no paran en una actividad febril a favor de Cristo, supongo que desde una intensa vida de piedad). Cambiaría el mundo, digo, cuando los católicos, sin importar el número, tuviéramos fe de verdad. Una fe enraizada en la oración y en los sacramentos. Cuando cada día fuera una conversión y una renovada entrega de amor. Y dijéramos al oído del Señor: “Quiero lo que Tú quieras”. O algo parecido. Pronunciando de verdad el alma, desprendidos de nuestras fantasías y veleidades y circunloquios. ¡Cuándo nos convenceremos que Dios quiere contar con nuestro sí decidido y definitivo! Y que pongamos de nuestra parte el deseo de hacer Su voluntad, sin escaramuzas. Es entonces cuando Él se encarga de remover Roma con Santiago, cuando la gracia va que vuela y los milagros ocurren.

Pero somos extraños a Dios muchas veces. No nos acabamos de creer a Dios. O nos lo creemos a medias (incluidas las normas de la Iglesia). Somos los primeros escépticos y trémulos y rácanos. Y nos cansamos, y tenemos miedo, y volvemos la vista atrás, nostálgicos de… Sí, Dios es bueno y le quiero y tal y cual, pero es que “tengo que enterrar a mi padre”, o ya se nos ocurrirá algo. Que tampoco es para tanto ¿eh?, y yo soy bueno, y rezo, que conste. Pero ¿qué rezamos, o mejor, cómo rezamos, o mejor todavía, cómo vivimos? ¿Y cómo es nuestra fe? ¿Es una fe viva, rauda, vibrante? ¿O nos conformamos con dar ánimos a los demás, votar en una página web y dar un par de euros en la bandeja? Ser católico supone entregarse al Corazón de Cristo. Y desde ahí emprender cada jornada, pendientes en exclusiva de la gloria de Dios. Todo para Él. ¡Todo! Y si Él encuentra un número aceptable de justos, esta sociedad nuestra cambiará: alma a alma. Pero para eso quiere contar conmigo, y contigo, que me lees. Necesita de nuestro sí decidido. Y el Espíritu otorgará la santidad. Y la santidad es lo único que puede transformar el mundo de raíz.

jueves 20 de mayo de 2010

Jane Kenyon, vida y poesía de otra manera


(Acabo de releer estos días a esta gran poeta de Michigan, a la que siempre vuelvo. Y busco sobre ella en Internet, y me encuentro estas líneas que escribí hace un tiempo y que suscribo todavía).

No hay manera. No puedo desprenderme del libro de Jane Kenyon, de la antología de su poesía preparada por Hilario Barrero. No, no puedo. Otros muchos libros se acumulan a mi alrededor, pero los veo como desde lejos, distantes. Pero no sólo es el libro de Kenyon como tal. Es sobre todo el poso de su alma. Ese algo que nos queda después de las palabras. Leo sus poemas incluso en inglés, en un regodeo que me acerca cada vez más a su forma de ver las cosas. Hasta he llegado a escribir un poema, (con)movido por esos versos que dicen: "Why does this light force me back / to my childhood?" , y que Hilario ha traducido me parece que muy acertadamente como: ¿Por qué esta luz me obliga / a volver a mi infancia?

Jane Kenyon (1947-1995) es una poeta norteamericana -y digo “es” porque los grandes poetas nunca dejan de ser- que certifica la poesía de lo cotidiano en su emoción más íntima, no exenta de dolor. Es una poesía que descubre en lo más pequeño la mirada de Dios. Y quiere dar fe de ello, rezar las cosas hasta exprimir de ellas su amor. Porque asiste el lector a un hecho religioso, a una existencia que trasciende su respiración, cada gesto, por nimio que sea. El impacto es ver vivir de otra manera (así se titula la antología: De otra manera, editada por Pre-textos), sentir la emoción hogareña y familiar. Somos también nosotros los que sentimos esa cercanía (los sentimientos son las palabras del alma), la importancia de todo lo que sucede en nuestras vidas.

La realidad cuesta, y Jane Kenyon en el acto mismo de escribir la transforma. Porque la vida es para algo. Y por algo. Y la poesía es para ella un don y una compañía. El refugio donde apunta su evidencia espiritual, su textura femenina. Y así va describiendo el paisaje de la naturaleza, el paisaje del hogar o el paisaje de la aflicción. Siempre con una gran sencillez expresiva que intensifica su eficacia literaria y la complicidad del lector.

Con Kenyon entramos de lleno en la gran literatura. Esa que nunca cansa, y que nunca deja de sugerirnos una ayuda que nos redima de la necedad. Ahora hay que conseguir que Hilario Barrero traduzca la obra completa, sin dejarse nada. Yo al menos lo necesito.

miércoles 19 de mayo de 2010

De un día de mayo



Recorto del ABC cultural una fotografía repleta de viejos libros. Leo con deleite a Maurice Baring en una edición de 1944 en ediciones Lauro, con un prólogo de Hilaire Belloc. Destiendo la ropa ya seca mientras escucho las carcajadas de los Cartwright en Bonanza (¡quién tuviera una Ponderosa!). Miro unas estampas de mártires de la guerra civil española, por ejemplo la de Beata María Sagrario de San Luis Gonzaga. Sobre la cama pienso, aunque me dormiré antes de pensar nada serio. Quisiera leer unos cuentos de Julio Ramón Ribeyro (sobre todo “Te querré eternamente”) y concluir Bibliotecas llenas de fantasmas de Jacques Bonnet, otro lector empedernido. Me cruzo con los ojos de Ana por el pasillo, y sé que soy feliz así, con ella. En el balcón acaricio la albahaca y unas anónimas flores amarillas. El cielo, siempre el cielo detrás del tedio y las cortinas. Me viene a la memoria Robert Walser, muerto sobre la nieve, y me estremece más la soledad que el frío. Juan me dice que soy de una época muy antigua, y casi le creo. Quisiera ser alguien, tal vez un poeta interesante o un superhéroe, que viene a ser lo mismo. Me llama Jacobo Siruela, y me cuenta y le cuento, y tan amigos. Y contesto correos. ¿Y si tuviera una biblioteca tan maravillosa como la de Alberto Manguel y no fuera feliz? Hablo con Dios durante media hora, y entre otras cosas le digo que no sé cuando podré pagar las dos ruedas nuevas del coche. Lo siento por mí pero el día se está poniendo triste. Lo que es la vida, a mi hijo mayor se le hace un mundo tanta literatura (supongo que cuando deje de estudiarla será todo distinto). Doy vueltas a una frase de Gómez Dávila: “El escritor es la suma de milagros esporádicos que interrumpen el runrún de su prosa”. Llegan unos libros, pero los escondo para verlos a solas. ¡Y pensar que sobrevolé Canadá! Cuando tienes hijos te das cuenta de la felicidad, y tienes miedo de perderla. La casa se ha quedado helada. Con frecuencia sólo tomo en serio la poesía. Me ofrecen el periódico, pero no quiero saber nada (al menos hoy). Me voy a la calle, quiero curiosear la luz entre la gente.

martes 18 de mayo de 2010

El fuego del amor de Dios




Espíritu Santo, bendito Paráclito.
Amor de Dios, en Dios.
El Cielo de los cielos de Dios.
La intimidad de la Trinidad Santísima.
El alma de todas las criaturas.
El alma de las almas de Dios.
Llama, divina confidencia.
Armonía de la caridad perfecta.
Espíritu de verdad, Poesía
de sobrenaturales dones y frutos.
Infinita inspiración del amor Providencia.
Espíritu Santo, mi Dios, mi música
cotidiana, mística de lo ordinario.
Espíritu de santidad y felicidad
que cautivas, que vives en mí Tu Vida.
Dios Amor, que eres la Esencia
de Dios y del hombre redimido.
Espíritu eterno de amor-sinfonía
que escucho en la oración del silencio.
Dios Padre amante y Dios Hijo amado,
Dios Hijo amante y Dios Padre amado,
y Tú, conmigo, que procedes de los dos
y eres el mismo Dios-Uno enamorado
en distinta Persona y esplendor de rosas.

lunes 17 de mayo de 2010

La erótica de los libros



Los libros me producen una gran seguridad. Son algo así como una familia, como un hogar que me cobija y defiende de los peligros más frívolos. Son compañía y serenidad, caricias y sabiduría. Y nunca me parecen suficientes. Cuando entro en un lugar donde hay libros encuentro un pronto acomodo, y los problemas son menos. Los libros son mi propia casa. Disfruto entre ellos de una felicidad que no me explico, pero que es cierta, porque la vivo. Una felicidad intelectual, por supuesto, pero también de los sentidos. Yo diría que cada vez el placer es más sensual y más tierno. Su tacto, su textura de piel o de papel, su olor… Es mi memoria: imágenes precisas de lectura, de librerías, de lugares, de personas. Las primeras estanterías, los escritores y editores amigos. Dedicatorias, encuadernaciones, ilustraciones y esas fechas de impresión que por si mismas son un viaje, o el recordatorio del pulvis eris. A mi alcance la aventura de la historia, la imaginación y el anhelo de lo eterno. Mi propia identidad en el interior del lenguaje. ¡Y tantos de mis libros por leer! Pero ya no tengo prisa. ¿Para qué? Cuando estoy cansado o una repentina preocupación hace acto de presencia me siento en mi biblioteca y paso revista a todos esos libros de mi vida. Los hay que están conmigo desde niño, y los hay recién llegados y que no acaban de encontrar su sitio. Los hay que son recuerdos de amigos o de maestros muy queridos, y los hay que salieron de mis incursiones por las librerías de viejo. Son mi vida. Me gusta comprar libros allá donde vaya. Libros de Sevilla, de Méjico, de Roma, de Soria, de Pau, de Santander o de Granada. O ese libro de Saul Bellow que compré en plena calle a un chaval que necesitaba dinero. O esa novela de André Maurois que vi en un contenedor de basura, y a la que me apresuré a dar los primeros auxilios. O una vieja edición de El valle de Josafat, de Eugenio d’Ors, que estaba detrás de la lavadora en casa de mi abuela Flora. Los libros son un constante asombro, signos de signos, paraísos perdidos (o recién encontrados), palabras llenas de ventanas, interlocutores que musitan trasparencias, peregrinas cavilaciones, las entrañas insólitas de los días. Libros que se abren ante mí y me muestran las ciencias más ocultas del amor o de las ideas. Los miro devoto, y escudriño su porte, su arcano, su providencia.

domingo 16 de mayo de 2010

“Dime quién soy”, de Julia Navarro


Son muchos los escritores de formación periodística. Y en el periodismo del siglo XX y lo que llevamos del XXI se ha gestado una prosa espléndida, vivaz, fulgente. Desde Julio Camba o José María Pemán hasta David Gistau. O Juan Manuel de Prada. En el periodismo germinó la fuerza de Miguel Delibes o la de Francisco Umbral, o la de Arturo Pérez Reverte, que no es poco. El periodismo pule y forma a grandes escritores. En el periodismo nos encontramos la cautivadora prosa de Antonio García Barbeito, sin ir más lejos, por la que tengo auténtica devoción literaria. O la de María José Navarro, o José Luis Alvite. Y tantos más. Recuerdo leer artículos de Julia Navarro, cuando mi pasión por la prensa era descomunal, y escondía los periódicos debajo de los libros. Y leía más que estudiaba, que no sé si era -y es- algo malo, bueno o regular. Pero me sentía feliz, y disfrutaba, y aprendía.

No son pocos los periodistas que se han pasado a la ficción, o que han hecho un intento, o dos, ante la posibilidad de un argumento más para su vida. Quizá un poco hartos de esa otra ficción que es la política, o del día a día de una inmediatez periodística que cansa al alma con sus tropelías, o como queramos llamarlo. Y Julia Navarro (Madrid, 1953), después de unos cuantos libros de análisis histórico-político, escribió -y publicó en 2004- La Hermandad de la Sábana Santa (que dio en la diana del éxito popular), y llegaron después La Biblia de barro (2005) y La sangre de los inocentes (2007). Bueno, bueno, algo espectacular. El éxito, digo. Traducciones a tutiplén y sus novelas en todos los aeropuertos del mundo. Con una buena dosis de trabajo (supongo) y una no menor de imaginación, ha conseguido Julia Navarro auparse al Olimpo de los libros más vendidos o bestsellers. El mérito está ahí y hay que reconocerlo. Pero antes de nada debo decir que yo no me he leído ninguna de esas novelas suyas. Confieso que he vivido -y vivo- con abundantes prejuicios hacia este tipo de literatura de listas y escaparates. Pero cada uno es como es. Y eso no quita que haya trajinado por libros de todo pelaje y condición. Y punto (que diría la estupenda narradora que es Mercedes Castro).

Sin embargo, cuando llegó a mis manos la última novela de Julia Navarro, supe inmediatamente que la iba a leer. No sé muy bien el motivo, pero lo supe. Intuí que Dime quién soy (Plaza Janés) me iba a gustar. Que esta novela era una vuelta de tuerca y un desafío. Y cumplidas 1.097 páginas de lectura sé que mi intuición no me ha dejado en mal lugar. Y que lo ha conseguido. Sé que desde ahora voy a leer a Julia Navarro. Dime quién soy es una gran historia. Con esta novela su autora da un puñetazo en la mesa de académicos y crítica, y demás exquisitos. Con esta novela su obra ha comenzado una nueva etapa, estoy convencido. Una novela que ha nacido con una gran vocación de madurez literaria, de ímpetu, de permanencia. Se le nota la ambición, las ganas de profundizar en el alma de sus personajes y de la historia. No es fácil aguantar el pulso, la intensidad y la tensión de la trama y del drama a lo largo de tantas páginas. Y ella lo hace. Con desenvoltura y precisión. Y con la emoción necesaria.

¿Quién es Amelia Garayoa? ¿Qué simboliza, qué representa? ¿Es su vida una visión romántica, una rebeldía, una constante inquietud por los demás o por lo que pasa? Es todo eso y mucho más. Cuando su bisnieto Guillermo -por encargo familiar- comienza a indagar sobre ella va descubriendo su carácter, y va perfilando lo que era: “Me quedé dormido pensando en que Amelia Garayoa, aquella misteriosa antepasada mía, había sido una romántica temperamental, una mujer ansiosa de experiencias, constreñida por las imposiciones sociales de su época; un tanto incauta y desde luego con una clara tendencia a la fascinación por el abismo”. Una mujer lista, a la que la experiencia y el dolor que conlleva la vida, que va madurando y transformando en una constante caja de sorpresas. El siglo XX es el siglo del dolor por antonomasia. Y Amelia lo va recorriendo y conociendo de primera mano; en la geografía de su mismo cuerpo torturado y, sobre todo, en su corazón no menos herido. Porque Amelia Garayoa vive de amor (supongo que como todos). Vive de darse, de entregarse, de olvidarse de si misma. Para ella la vida es una constante pasión, un sueño por el que hay que luchar. Y nunca se da por vencida. “La verdad es que lo de mi bisabuela huele a folletín”, insistirá Guillermo. Y al comienzo hasta el propio lector lo cree así. Pero no, la vida de Amelia tiene muchos más matices y el lector se siente involucrado en su propio presente. La obra posee una carga moral que trasciende lo que podría haber sido una novela más. Y esa es su verdadera entidad.

El libro es la recuperación de una memoria que estaba perdida, o en vías de perderse para siempre. El libro es una elegía y un drama; evocación y nostalgia. Es la aventura que es todo hombre. Y su tragedia. Es el amor que redime, es el compromiso con los ideales, es la lealtad con los amigos, es el sentido del deber y de la justicia. Amelia se enamora de Santiago y se casa con él. Fruto de ese amor nacerá Javier (el abuelo de Guillermo, el que investiga). Y en un error del que siempre se arrepentirá se marcha con Pierre Comte, el revolucionario. Deja Madrid y a su hijo. París, Buenos Aires, Roma, Londres, Moscú. Pierre, su gran amor, al que seguirá hasta la muerte. Y Berlín, y Varsovia. Y el británico Albert James, periodista de enjundia. Y el barón Max von Shumann, oficial de la Wehrmacht. Y El Cairo, y de nuevo Berlín. Y visitas puntuales a Madrid. La España asfixiante de la preguerra (“aquí dedicamos mucho tiempo a fastidiarnos los unos a los otros”), el terror de la guerra civil, y la tristeza de la postguerra. Y la agonía de Europa, estrangulada por el homicidio sistemático hitleriano o estalinista, por la barbarie más atroz que ha asolado los países, las conciencias y las almas. Y la guerra fría.

Dolor, dolor, dolor. Y amor, amor, amor. Y de por medio la vida con su suspense y su acción. Y la reflexión sobre su sentido; y el desamor, y la muerte, y la supervivencia. Dime quién soy es la búsqueda de una identidad personal, pero también familiar, social e histórica. Pero sobre todo es un encantamiento literario, un disfrute narrativo. Yo salgo fascinado de esta lectura.

sábado 15 de mayo de 2010

Ser padre consiste en tener el corazón a punto



Ser padre consiste en tener el corazón a punto, presto para cualquier contingencia. Da igual la hora, el trabajo o el estado de ánimo. Y con la voluntad dispuesta a sortear lo que sea. Ahí estás; ¡preparado, listo, ya! Atento a levantarse del sofá como un rayo, a dejar el libro que llevas entre manos y leer en sus ojos la preocupación de ese hijo. El corazón amante, que no da nada por supuesto. El amor de guardia las 24 horas del día. Siempre pendiente del menor detalle. Sin retroceder ni un paso. Esa luz, los dientes, hazte la cama. Y esas almas que se empeñan en dejarse las cosas para mañana. ¡Qué empeño! Y esa fiebre que abrazas y que besas en su frente. La ropa blanca con la blanca y la de color con la de color. ¿Tanto cuesta? Cuéntame hijo, dime cómo te ha ido la jornada. Hija mía, déjame ver esa sonrisa. Y eres feliz en su mirada, y vas viendo cómo se inauguran sus vidas y cómo crecen tan deprisa. El corazón se encoge de nostalgia. Pero hay que seguir, seguir, seguir. Crecer con ellos, ganar altura y perspectiva. No hay que perder de vista su ingenuidad o sus primeras mentiras, y hablar muy claro de cualquier certeza. Ser padre es creer en tus hijos, y que ellos crean en ti. Que te cuenten el alma, las dudas, las risas. No todo son exámenes, por supuesto, pero hay que repasar la lección de la vida, día a día, con sus virtudes y esfuerzos, con sus amores y sueños, con su literatura y su ética, o su biología. Mostrarles la felicidad de lo sencillo. Y la libertad de su espíritu. Asomarse con ellos al balcón y como quien no quiere la cosa hablar de la belleza, de Dios, de la brisa. Hablarles de ti, de lo que piensas. Rezar juntos un poema (para el que ama no hay nada imposible) o hacer de una conversación intrascendente algo único en sus vidas. Que cuando pase el tiempo te diga: “Papá nunca podré olvidar aquellos geranios, o el batido de naranja y fresa que nos tomamos después de correr en bicicleta”. Ser padre es decirles a los hijos sorpresas. Algo como: “Callad, callad, ¿no habéis oído? Callad y escuchad”. –“Papá, no se oye nada”. “Callad…, es el silencio, la única manera de escucharos por dentro, de saberos vivos”. Cosas así. Sorpresas de amor. “Ven hija, por favor”. “¿Qué quieres ahora?”. “Veras hija, es que necesito un beso”. Y ese beso dura toda una vida. Y hasta puede que los hijos de tus hijos se sorprendan también con el recuerdo de ese silencio o de ese beso. “Papá ¡qué cosas tienes!”. Los hijos esperan siempre de un padre lo inaudito, la disciplina de la verdad y el sortilegio del cariño. Yo sé que les gusta que su padre sea compinche y comanche y espía y aliado. Les gusta que les provoques, que les exijas, que les perdones, y que escuches con ellos esa música que se dejó la melodía por alguna parte. Ser padres, en definitiva, es sentirse todavía hijos. Y mostrarnos como somos, sin disimulos. Y no darse por vencidos.

viernes 14 de mayo de 2010

No me da la gana dejar de hablar de Dios



Me dicen que ya no escribo casi sobre literatura, que debería poner más libros sobre mi escritorio. O unos cuentos. Me dicen que desde hace un tiempo sólo escribo sobre asuntos de fe o religiosos, que no hago otra cosa que tratar sobre el alma y su Cristo. Me dicen que me pongo muy confesional y eso, que si la santidad o cualquiera de todas esas virtudes tan remilgadas. Me dicen que puede que el personal se aburra de tanta monserga, o que no le interese leer asuntos que al fin y al cabo son íntimos de cada uno y punto. Me dicen que es un exceso y que me vaya olvidando de ser alguien en esto de las letras, a quién se le ocurre estar continuamente mentando a Dios, que una cosa es una cosa y otra muy distinta enfatizar tanto lo divino. Vamos, que debería tratar a Dios en privado, guardármelo escondido y dejar el cielo para los poemas.

Pero qué quieren que les diga. No me da la gana. Así de sencillo y libérrimo. Creo que es hora de sacar un poco la cara por Dios y por lo bueno. Es hora de proclamar sin ambages que uno reza y que puede ser santo escribiendo palabras, o vendiendo en Zara, o limpiando las aceras. ¿Saben?, llega un momento que la cobardía cansa, y cansa la vergüenza, y cansa una vida sin alma. Y por lo tanto una literatura sin alma (¿sin alma hay literatura, hay vida que viva?). Te das cuenta que tus días, sin el amor de Dios, pasan sin más -como esos ríos manriqueños-, sin dejar un rastro que merezca la pena. Y te decides a tomarte tu fe en serio. Al menos a intentarlo. Y te trae al pairo lo que digan los demás, bendita liberación. ¿Cómo puedo ignorar a mi Padre en lo que hago y digo? ¿Cómo puedo ir por el mundo sin proclamar con orgullo que soy hijo de Dios? ¡Pero si dio por mí Su Vida!

Pasar por alto a Dios sería una villanía por mi parte. Y una estupidez. Soy testigo de Su misericordia. Sé lo que digo. Por ello me parece de ley ser agradecido, ser coherente. Debo escribir de lo que amo, de lo que me hace feliz. Aunque en ocasiones se cruce de por medio la borrasca del dolor o la tibieza, o el temporal de la angustia, y también lo escriba. Miras al Crucificado, hecho un guiñapo y Hostia, y vas aprendiendo incluso a amar ese dolor que llega y llaga y purifica. Por amor. Tu vida entera se transforma. Y vives de otra manera. Por amor. Y escribes de otra manera. Por amor. Y trabajas de otra manera. Por amor. Y la historia universal es su destino eterno o no es nada en absoluto (como la historia de la literatura universal). Y llegado el momento -lo he visto, lo he visto- se muere también de otra manera. De puro amor.

Debemos ir derechos al alma. Hablar del diálogo con Dios que es la belleza o la familia o etcétera (verdadera oración). Sin miedos. Que ya está bien de mentiras y demás ácida propaganda de odio y cenizas. Derechos, derechos al alma del hombre. Donde radica la esencia y la metafísica, y la poesía y la inteligencia. Donde se inicia la gran aventura de la vida. Y desde el alma progresar en el amor que nos conforma y conforta. Y contarlo. Con esa caligrafía imperfecta que es nuestro devenir cotidiano. Somos hechura Suya (Efesios 2, 10), ¿cómo soslayar Su Presencia y Providencia? Yo no puedo evitar escribir de lo que amo, de lo que llevo en el corazón, de lo que vivo. Y de esta sed de infinito que me trae loco.

jueves 13 de mayo de 2010

Los rescoldos de la vida


Recuerdo un día a comienzos de verano. Recuerdo su resplandor, y el calor con las ventanillas abiertas, y la danza de la ceniza de los cigarrillos por la ropa. Íbamos a un pueblo cercano. La persona que conducía hablablablaba incontinente. No le escuchaba. En los oídos la velocidad del aire, y en los ojos el cielo y los campos de cebada. Árboles aislados y alguna que otra nube. Y la cuneta que se alejaba de mi vida sin remedio. Y unas flores entre la ondina de lo amarillo. Los postes de luz iban hilvanando el paisaje. Se veían unos pueblos en la lejanía, e imaginaba a algunos de sus habitantes, viendo pasar las horas a la sombra de la iglesia. Ay, esa manía de querer hacer de cualquier cosa literatura, de que se quede conmigo un poco de aquello. Las palabras sirven para hacer el mismo viaje, aunque desde una perspectiva muy distinta.

Llegamos a uno de esos pueblos. ¿Quién sabe hoy su nombre? (A la sombra de la iglesia había unos viejos que giraron la cabeza completamente serios). Llegamos a una casa enorme, hasta los topes de humedad y libros. Nadie más la habitaba. Abrimos con premura las ventanas y los ojos. Muebles antiguos y oscuros (de roble y de caoba), ejemplares de la revista La Esfera y del Blanco y Negro diseminados por una mesa de la gran sala, lámparas de bronce, techos altísimos… Era un paraíso. Sin nadie. ¿Quién habría vivido allí? Un juez, dijo alguien. Toda una vida de lecturas por lo visto. Los pasillos estaban bien nutridos de estantes y de un temblor inevitable. ¿Frío? O quizá la emoción de todos aquellos libros que llegaban hasta donde alcanzaba la vista. Y la posibilidad de hurgar en ellos.

Yo me perdí por la casa. Premeditadamente, por supuesto. Pasillos, plantas, habitaciones. Y el eco del pasado. O eran quizá mis propios pasos. La casa estaba intacta. Con algunas arrugas y manchas, y grietas en algunas paredes. Era como una dama, ya madura, que se resiste a perder sus encantos, y es por eso -¡ay, la literatura!- que quizá estaba tan empolvada, tan coqueta. Subía y bajaba por ella, me sentaba en cualquier rincón de su memoria y pensaba en los niños que corrieron por allí y bajaban gritando las escaleras. “¡Ya veras como te coja!”. O creía ver el beso furtivo y las caricias de sus padres en un recodo del pasillo. “Quita, quita, que nos van a ver”. O los suspiros inmemoriales del abuelo (digo yo que habría un abuelo en esa casa). Me senté en un despacho que resultaba muy serio. El del juez, supuse. Allí no había novelas, ni revistas. Una lámpara de mesa que desprendía nostalgia, y plumines, plumas y tinteros. Y una máquina de escribir Remington.

Había libros por todos los sitios. En armarios y arcones. Hasta en la despensa de la cocina encontré un buen montón de novelas del oeste y el Decamerón y una novela un poco subida de tono que no diré. “Que no sabe usted, señora, cómo está el servicio”. En un baúl perdido di con unos cuantos tomos de Aguilar y unos libros de botánica del siglo XVIII. Y unos juguetes… Pasamos una grata mañana. Teníamos que volver a comer. Supongo que todos esos libros ya no estarán allí. Supongo que la casa se habrá vaciado de su memoria y que ésta se habrá vendido al mejor postor. Y me da rabia no haberme llevado alguno de aquellos libros como recuerdo (tentado estuve), o una de aquellas revistas ilustradas donde escribía Juan Ramón o un joven Azorín.

Lo pasé bien, sí, y durante el viaje de vuelta me entretenía buscando palabras para expresar la vida cuando nos deja, y de la que tan sólo quedan esos ocasionales rescoldos en forma de muebles, adornos, juguetes o libros.

miércoles 12 de mayo de 2010

Los aniversarios literarios y el centenario de Tolstói



Yo con esto de los aniversarios literarios soy un tanto apático y descreído. Forma parte del negocio. Unas reediciones más, alguna conferencia insustancial, unos folletos muy satinados, puede que ciertas columnas gacetilleras, y ya está. Eso si el asunto va bien y hay alguna subvención por medio. Lo normal es el silencio. Pero siempre habrá algún lector entusiasta que en la soledad de su cuarto exclame con un libro en la mano: “Va por ti Fulano, que eres uno de los más grandes”. Y se ponga a leer a ese autor tan querido para él, en la intimidad de su alma. Ese tipo de homenaje es el más auténtico. Un lector cualquiera, el libro en las rodillas, la cabeza apoyada en la mano derecha, con un entorno de madrugada o de mediodía, o quizá de gozo vespertino. Con el alma atenta y acariciando de cuando en cuando esas páginas o las cejas o la barbilla. Lo demás es griterío y pedantería. Perder el tiempo, y su literatura, en plácemes y citas. Por Dios, que me dejen en mi biblioteca. “Papá siempre leyendo”. Levanto la vista, me quito las gafas y miro los dibujos de la alfombra o esos otros de luz (o de sombras) en el techo.

Un lector cualquiera y un libro. Yo mismo soy ese lector. ¿Y el libro? Anna Karénina. Puestos en aniversarios cumplimos el centenario de la muerte de Lev N. Tolstói. Y me doy el gusto de releer una de mis obras predilectas en una nueva y sobresaliente traducción de Víctor Gallego (bendita conmemoración en este caso, con una introducción modélica), editada por Alba, en el dorado amanecer de sus títulos más clásicos (“Clásica Maior”). Contemplo la portada, tan hermosa como todas. Una vieja locomotora, exhalando por su chimenea unas densas nubes de vapor helado. Detalle de la pintura Gare Saint-Lazare, de Claude Monet. Un tren que llega de San Petersburgo y que lleva en alguno de sus vagones preferentes la delicada figura de Anna. Entre todo ese vapor que se dispersa por la portada a uno le parece que van cobrando forma los sueños de Anna, o uno de sus vestidos de encaje y espuma ceñidos a su pecho y cintura, que se derrama en todas las miradas que la leen, que la “ven”, que la quieren. Y un silbato que toca un revisor, y los mozos que corren de aquí para allá, y la novela que se hace realidad en nuestras manos.

O puede -¡qué se yo!- que la locomotora arrastre otro tren que llega a la estación de Astápovo. Un tren lleno de luto. Tolstói se había escapado de casa, quería desprenderse de todo y de todos, vivir en un monasterio. Quería irse… Escribirá en su diario con fecha 26 de octubre de 2010: “Esta vida me pesa cada vez más. María Alexándrovna no me deja huir, y mi conciencia tampoco. Soportarla, debo soportarla sin cambiar mis circunstancias exteriores, pero realizando un trabajo interior. Ayúdame, Señor”. (Ver sus Diarios, editados por El Acantilado). Y de pronto sucedió. Un hombre muerto. No puede ser. Pobre hombre. Debe de ser un anciano mujik. No, yo lo conozco, es Lev Nikoláyevich Tolstói, uno de los más egregios escritores de todos los siglos. Entre el vapor se arremolina la gente curiosa, y nosotros, y los personajes a los que dio vida. Pronto llegará Sofía Andréievna, su mujer, y alguno de sus hijos, quizá Alexandra, o Masha. Unas mujeres lloran en un rincón de la historia.

Es el 20 de noviembre de 1910. El vapor se hace más denso y más oscuro. Imagino la escena mientras miro esta portada pintada por Monet. Dicen que Tolstói exclamó poco antes de morir: “Hay sobre la tierra millones de hombres que sufren, ¿por qué sólo me cuidáis a mí?”. Y el tren sale de Astápovo sin él, y el vapor se estremece en el espacio y en el tiempo. Es siempre la huida, el querer irse, quizá el ansia de Dios o puede que el cansancio de la vida. Anna Karénina también huirá. Es la búsqueda, es la insatisfacción, es el anhelo del amor. No se puede vivir sin amar ni ser amado. ¿De qué quiere huir Tolstói? El 2 de julio apunta: “Cuando me pregunto: ¿qué necesito? Huir de todos. ¿Adónde? A Dios, morir”. Y concluye en los apuntes de ese mismo día: “¡¡¡Ayúdame, Señor, ayúdame, ayúdame!!! Sólo a la muerte puede uno irse bien”.

En ocasiones no me resisto a pensar que Anna forma parte de esa innata rebeldía del alma de su propio autor -la vida nos tienta en infinidad de posibilidades-, que lucha constantemente por liberarse de cualquier atadura, por escapar del despotismo de lo superfluo y de la monotonía. Amar, amar, amar. Soñar. Arriesgarse. Superar la propia debilidad y su melancolía. No resignarse, no conformarse. Afán de una felicidad más inmediata (y quizá egoísta), vivir a discreción, aunque uno corra el riesgo de equivocarse y una buena parte de la vida acabe en pesadilla, o en arrepentimiento.

La lucha por la vida -¡ay, mi querido Pío Baroja!- no es otra cosa que una constante lucha por la felicidad. Y esta lucha, en si misma, es el drama de la existencia, y su desenlace. Y por lo tanto su literatura.

martes 11 de mayo de 2010

Ya lo creo que Dios habla



Me iba a poner a escribir, pero me reclama Dios, no puedo decirlo de otra manera (y no me lo invento). “¿Te olvidas de mí? ¿No Soy Yo Lo Primero en tu día?”. Lo eres, lo eres, perdóname. Cualquier cosa me parece más importante. No aprendo Dios mío, no aprendo. Ten piedad de mí.

“Soy Yo el que importa, el que vive en ti, el que te espera. ¿No sientes en tu alma Mi Presencia, la urgencia que tengo de tu amor? Quisiera que fueras más mío, que me lo entregaras todo”.

Señor, aunque en diez minutos me olvide de Ti, quiero entregártelo todo, quiero entregarte hasta mi propio olvido si es posible. Toda mi vida es Tuya, ya lo sabes. ¿Qué harás con ella? “Hijo mío, no deseo otra cosa que estar contigo; por favor no Me apartes de ti, cuéntame en tu oración lo más íntimo de ti, y Yo te transformaré en Mí y haré de tu alma un espléndido jardín donde acudiré a descansar”.

Mira Jesús, mira cómo sale el sol; es Tu bendición al mundo. Te ofrezco toda esa belleza, y te ofrezco los versos de los poetas que ahora estarán escribiendo una parte del brillo de esa Luz…

“Hijo mío, ¿me quieres de verdad?”.

Sabes que sí, sabes que no soy ningún santo, pero te quiero, y quisiera quererte más si me ayudas. “Son muchos los que no Me quieren, los que Me flagelan todavía y Me insultan y se ríen”. “También son muchos los que dicen que Me quieren con la boca pero su alma está lejos de Mí”.

Yo también me porto mal, me conoces de sobra, no soy ningún buen ejemplo para nadie, me da vergüenza. Ahora mismo, mientras me hablas Jesús mío -yo sé que eres Tú- estoy pensando en lo que tengo que escribir y leer, estoy pensando en la declaración de hacienda, estoy pensando en las notas de Jaime, estoy pensando en mi padre que vive solo...

“¿Crees que no conozco esos pensamientos? ¿Crees que no te miro cuando lees y que no te escucho cuando me pides por las almas de los escritores y artistas? ¿Crees que Jaime es más hijo tuyo que Mío? ¿Crees que no estoy con tu padre, al que cuido con toda Mi ternura? Me ocupo de ti y de tu corazón. Nunca me cansaré de llamarte hijo, hijo mío”.

No sé qué decirte Dios mío. Darte las gracias ¡es tan poco! “Pues Yo quiero que Me lo digas más veces, que no te canses nunca”.

lunes 10 de mayo de 2010

La dirección espiritual como tratamiento de choque


Todos necesitamos de consejo y guía. Y cuanto más alto y seguros nos creamos, mayor es la necesidad. Todos necesitamos, en cualquier campo de la actividad humana, de un maestro, de un amigo, de alguien que nos avise del peligro o de la soberbia, esa persona que se atreva a llevarnos la contraria con cariño, que esté ahí, justo cuando la precisamos. Una persona que, precisamente porque nos conoce y nos quiere, nos corrige y nos dice las cosas a la cara, y si es preciso nos consuela o nos anima a proseguir el camino de la vida. Pensamos que podemos con todo, que no nos fallarán las fuerzas, y que nada ni nadie deben entrometerse en lo más nuestro. Orgullosos, trajinamos displicentes por los días y las semanas, teniéndolo todo muy medido, muy programado, muy sujeto. ¡Qué seguros estamos de nosotros mismos! El trabajo (debo progresar más y ganar más), la familia (hago lo que puedo) y una dosis suficiente de ego (para lo que siempre hay tiempo). Pero no todo es tan perfecto. Llegan momentos de humillación laboral, o una crisis matrimonial, o un vacío repentino que nos acongoja el alma. Momentos en los que no sabemos muy bien qué hacer con nuestra vida. Momentos en los que nos quedamos mirando a las paredes y sentimos la intemperie de todo. Momentos en los que nada es seguro y la desazón nos abate. Momentos en los que tal vez se posa Dios en los labios. Tal vez. Pero…

El objetivo de la vida es ser feliz. Aunque sea moderadamente. Pero ¿cómo? Soy un tipo bastante decente -pensamos-, o soy una mujer que no está nada mal para lo que se estila. Sin embargo la felicidad se resiste, o creemos que es felicidad lo que resulta ser un combinado insustancial de sandeces y simplezas. Puede que hasta nos acostumbremos a ser unos infelices, a ir por la vida a lo que digan y basta, sin excesivas complicaciones. O puede que no, puede que miremos hacia arriba y pidamos ayuda, que no nos conformemos con seguir así de romos. La vida no es algo chato e impreciso, la vida vamos viendo -o intuimos- que es algo más de lo que vestimos o calzamos o comemos. La vida es, en si misma, una constante complicación. Y el hombre, por lo general, no se resigna. Quiere ser verdaderamente feliz. Aunque no lo diga así y se pierda por los innumerables senderos que se bifurcan en el día a día. ¿Cómo reconducir la situación, el sentido de lo que hacemos? ¿Cómo salir del atolladero? ¿A quién contar estas inquietudes, estos deseos o estas pesadillas?

No son pocos los que hacen uso de psicólogos o psiquiatras. Otros se van al Himalaya o buscan la armonía de su corazón en el feng shui o en el yoga, o se coleccionan piedras de contrastadas propiedades. Y hay quien acude al gurú de turno porque ya no puede más, porque se desmorona y le han dicho que… El hombre quiere ser feliz. Quiere saber su destino. Quiere alcanzar de una puñetera vez la tan ansiada paz interior. Fíjense bien en lo que digo: todo el mundo, de una manera o de otra, quiere tener dirección espiritual. Una suerte de coaching para el alma. Porque todos tenemos esa sed de Dios, de lo Absoluto, de la Verdad. Ya vale de agoreros y subterfugios, ya vale de perder el tiempo en tristes milongas. Desde hace siglos está inventado el remedio. Una buena charla con un buen cura. Perseverando en la sinceridad y aprendiendo a quedar mal. El sacerdote acoge a todos, como Cristo. A todos, digo, no solamente a los católicos. Igual que hacía el Señor hablando con judíos, samaritanos, paganos, etc. Jesús ejercía la dirección espiritual con sus apóstoles y un buen número de discípulos. Como su amigo Lázaro. E imagino que con los amigos y colegas de sus discípulos. ¿De que les hablaría? Pues de lo mismo que habla un sacerdote a un alma del siglo XXI. De la necesidad de convertirse a Dios, de ayudar a los demás, de poner los sufrimientos en las manos del Padre, de andar vigilantes y rechazar la tentación, de ser cristianos las 24 horas del día… Aunque pienso que fundamentalmente les escucharía. Y les miraría con aquella mirada que cruza la historia de extremo a extremo y nos mira por dentro la vida y nos llama.

La dirección espiritual es algo fundamental para un cristiano. Es como acudir a la autoescuela donde se nos enseña a conducir el alma hacia Dios. Es el instrumento donde la Misericordia se hace más palpable para el hijo de Dios. Y Su voluntad amorosa. Un medio ascético de vital importancia para ir poco a poco sobrenaturalizando nuestros actos y pensamientos. Y los momentos aciagos. Es necesario mantener erguida la piedad, sin complejos; es necesario recomenzar y desahogarnos; es necesario ir descubriendo con humildad nuestros defectos; es necesario pedir consejo y desear la santidad como el primero (aunque sientas que eres un despojo). Y lo necesitamos porque no resulta fácil comprender el misterio de la Cruz, el cansancio, el desdén, las penas. Y la aridez del alma y los pecados (una vez y otra). En la dirección espiritual nos espera el Señor. Espera nuestra confianza y abandono. Espera nuestro tiempo y espera nuestros sueños. De hito en hito iremos profundizando en el amor de Dios, en esa felicidad que es la señal más evidente de nuestra fe.

domingo 9 de mayo de 2010

Se escribe de lo que se ve



Se escribe de lo que se ve y conmueve.
Pero para ver hay que aprender a mirar. Cada palabra
es una mirada, un ir descubriendo lo que cada cosa es.
Cada palabra es la conciencia de una perspectiva
inmediata o más bien reflexiva de nuestra vida.
Y es cada palabra la posibilidad de un sonido
que diga la existencia de lo que ves (o de lo que no ves,
pero que está ahí, tan cierto como que tú miras).
Las cosas esperan nuestro decir, calladas, quietas.
Esperan que digamos el tacto de su forma
o el alma que atesora, en una sola palabra, todo su ser.

sábado 8 de mayo de 2010

“Alicia, la historia de mi vida”, de Alicia Appleman-Jurman



El mal. Lo demoníaco. Hombres poseídos por una crueldad sistemática. Naciones enteras dando por supuesto el terror y el homicidio como sistema de poder. Personas inocentes torturadas y asesinadas en nombre de un ideal concebido en el infierno. Almas desolladas, almas tiradas por la ventana de su casa, almas fusiladas a primera hora de sus vidas, almas gaseadas por la asfixia de la locura. Almas y almas exiliadas al dolor insoportable. Los ejércitos de la ignominia trituran los sueños, avanzan, hacen añicos los corazones. El mal. Lo demoníaco. Europa nazificada y sovietizada. Europa endemoniada. ¿En nombre de una raza supuestamente superior o de un marxismo esquizofrénico? ¿En nombre de qué mierda se puede liquidar a millones de personas a sangre fría, sistemáticamente? Una sociedad inoculada por el odio, ciega, cobarde, idólatra. Los paisajes son todos negros, la esperanza se torna lúgubre. No parece haber salida. La tierra tiembla y se empapa de sangre y de angustia. Como en un Calvario constante. La humanidad se desangra y Satanás o sus títeres -hitlerianos o marxistas- creen que ya Dios no tiene nada que hacer, que ya no habrá personas capaces de resistir semejante horror. El mal se desprende de todo disfraz. Nada se le resiste. Extinción de pueblos enteros. Sin previo aviso el mal dispara en la frente y la emprende a carcajadas y a patadas. Hasta romper los huesos, hasta que explotan las vísceras. ¿Quién es capaz de aguantar una tortura tan atroz, tan vil, tan desalmada? ¿Quién es capaz de pensar que puede estar ocurriendo esto? ¡Judíos de mierda!

Y hubo personas que fueron testigos, y que sobrevivieron. Personas que se salvaron de milagro. Personas como Alicia Appleman-Jurman (1930, Rosulna, Polonia). Personas que, como ella, y recién asesinada su propia madre a su lado, comenzó a gritarles a los soldados-demonios que la mataran a ella, que la mataran de una vez por todas y descansar al fin. Pero no lo hicieron. Y Alicia logró salir de toda aquella iniquidad, y redimirse primero en Israel y luego en los Estados Unidos. Ya casada. Volvió a conocer el amor y, pasados los años, quiso escribir lo que pasó, lo que ella vio y sintió y amó. Quiso escribir en 1982 sus memorias, quiso cumplir la promesa que se había hecho y rendir su personal homenaje a su familia y amigos, y a tantas personas desaparecidas, y a los innumerables niños de los guetos. Y en 1988 se publicó el libro: Alicia, la historia de mi vida (ahora traducido al español por la editorial Alba, y muy bien por cierto, de la mano de Elena Vilallonga Serra). El libro fue un éxito inmediato. Porque un testimonio así conmueve y trasciende nuestra poltrona interior, esa costumbre que huye del dolor como de la peste. El libro es una sucesión de emociones llevadas al límite. El libro es una referencia moral enorme, como enorme es su grandeza humana, y por lo tanto espiritual.

Imagínense a una familia más o menos normal, en una ciudad polaca. Padres y cinco hijos (Alicia es la penúltima). Alicia juega con su buen montón de amigas. Pero un día dejó de ir al colegio, con 8 años. En 1938 llegan los soviéticos, que luego se verían sustituidos por los alemanes en 1941, a finales de otoño. La vida deja de ser normal, pese a que los padres lo intentan. Una frase de Alicia: “Tengo miedo mamá, mis amigos del cole van desapareciendo”. Comienzan las deportaciones. De antiguos oficiales polacos, de judíos, de empresarios… ¿Qué iba a ocurrir? Desaparece su padre. Moshe, su hermano mayor, muere en un campo de concentración. Su hermano Bruno es fusilado (se entera por su íntima amiga Slavka, ucraniana). “Tenemos que irnos”. Viven en un hueco escavado por ellos debajo del suelo. Asesinatos masivos. “¡Judíos de mierda!”. Alicia visita a una especie de rabino llamado Reb Srool para que rece por su familia, y el hombre le hablaba de Dios, de un Dios vivo. “No podemos negar a nuestro Dios”. Y escribe Alicia: “Yo sentía mucho desconcierto y dolor por todo lo que me estaba pasando, a cada catástrofe me preguntaba dónde estaba Dios y por qué alguien como Él dejaba que sucedieran estas cosas. Tal vez también Él estaba muerto, pensé, como tantos miles de judíos”.

Dudas, penas, acorralados, perseguidos como bichos. Muere el tercer hijo, Zachary, otro hermano de Alicia. Y morirá también el pequeño Herzl. Diezmados como ratas, yendo de pueblo en pueblo, trabajando en el campo cuando podían, a cambio de un poco de pan y leche. Su madre le dice a Alicia que tiene que sobrevivir a esta guerra. Y después del martirio de su propia madre comienza un heroico itinerario de Alicia por un buen trecho de Europa. De por medio es prisionera en Rusia, o funda un orfanato en Lvov, o el amor por Milek, o ingresa en la organización “Brecha”, dedicada a llevar a judíos a Israel, que es su personal objetivo.

Estas memorias de Alicia Appleman-Jurman (repito, editadas por Alba) son un grito y una confidencia, una manera de conocer por dentro la historia y su tragedia, y la intimidad de la familia Appleman, en su sufrimiento y en su amor, que será después de todo su resurrección. Nada es en balde. Toda acción tiene su consecuencia. Y este libro tiene consecuencias impagables. Y como le decía a Alicia el bueno de Reb Srool: Dios vive. La lectura es impactante, sobrecoge… Muy pocos libros llegan al alma con tanta intensidad.

viernes 7 de mayo de 2010

Por más que digan Dios habita la conciencia



Por más que digan y escupan al cielo, el trato con Dios nos es necesario. A todos. Por más alejados que parezcan, por más que blasfemen o insulten o divaguen, Dios está en sus conciencias. Aunque sea en un oscuro rincón, almacenado junto a otros viejos trastos. Por más que legislen contra lo divino y lo humano, por más que graven su vida de prejuicios e ideologías, y se esfuercen por retorcer el cuello a lo más santo, Dios sigue ahí, en su más íntimo devenir, en su existencia. Por más que quiten misas de actos oficiales o envilezcan la pureza o no pierdan la oportunidad de vomitar sobre el Papa o la Iglesia, Cristo mismo les espera. Y ver una cruz les inquieta. O un acto virtuoso les recuerda que no todo es sombra. Y dudan, y se preguntan si en su vida no será todo mentira. Por más que renieguen, por más que desprecien, por más que enarbolen ateísmos o agnosticismos o espejismos, la verdad es que sus almas de cuando en cuando se estremecen, y hay una desazón interior que disimulan o no dicen, y un temor de Dios que gravita sobre sus cabezas. Por más que hablen de azar y destino, el caso es que hay una Providencia amorosa y una misericordia que se manifiesta en la belleza del arte o de la naturaleza, en los ojos de sus hijos o en el abrazo del amigo. Una Providencia que gobierna el desgobierno humano. Por más que se obstinen en vivir sin Dios, Dios mismo quiere vivir con ellos (con todos), y no escatima inspiraciones o encuentros. El hombre nace para anhelar el bien, la verdad y lo eterno. Y por más que quieran constreñir la felicidad a una serie de cosas y cháchara y devaneos, la felicidad no es eso, lo saben (lo sabemos), pese a que se empeñen en lo contrario, pese a que se empeñen (nos empeñemos) en querer comprar esa felicidad con dinero o con sexo o con poder o con fama o con vaya usted a saber qué escarceos. Pero es imposible. Por más máscaras que se ponga uno, o por más lejos que viaje. Sin Dios la infelicidad es un hecho. De ahí esas caras y esas almas tan pelmas. De ahí esos rictus y ese odio de no pocos. O esa pesadumbre. Sin Dios -aunque no lo reconozcan- el tiempo se hace más estrecho y más incierto. Hay un miedo que disimula su vértigo, una muerte que se precipita por las palabras, o por la soledad del silencio o de un ruido que no acalla la verdad de uno mismo.

jueves 6 de mayo de 2010

Lo que deberíamos tener en cuenta los maridos


Misterio de misterios, pensarán algunos. Un enjambre de palabras, terciarán otros. Una manera de pasar la vida o de encauzar el sexo. Una costumbre como otra cualquiera. No entender casi nada o desesperarse. Y así hasta el hartazgo. Porque por regla general el concepto en el que el hombre tiene a la mujer es bastante precario, cuando no primario. Se habla mucho de Venus y de Marte, se escriben mil libros explicando lo evidente, y en otros mil foros se glosan sus tribulaciones feministas. Pero la mujer es mucho más que toda esa rancia habladuría que tiende al reduccionismo espiritual.

Siempre me he hecho la pregunta del millón: ¿qué piensan realmente las mujeres? Empecé a atisbar algo después de casarme. ¡Ay, la experiencia de los años! Y confieso que la literatura me ha entreabierto resquicios muy sugerentes. Pero debo decir que desde que comencé a escribir, las constantes observaciones de las lectoras me han hecho abrir definitivamente los ojos.

Me explico. Queridos amigos, ¿se han preguntado alguna vez si sus mujeres sufren? Todos sufrimos se me argüirá con razón. El mundo es un valle de lágrimas y tal. Tendré que ir al grano de una constatación: ellas sufren más porque aman más. Sí, ya sé que las generalizaciones son injustas y que este tipo de aseveraciones son demasiado rotundas. Pero me mantengo en lo dicho. La clave la encontré hace tiempo en unos versos de Lord Byron: “El amor en la vida del hombre, es un episodio. / En la mujer es toda la existencia.”

Fíjense bien, con atención, y sean sinceros consigo mismos. Por regla general las mujeres no piensan si no en complacer a los que les rodean, ¿no es así? Siendo capaces de sacrificios enormes, de aguantar lo inaguantable (reconozcamos que los hombres no somos ninguna perita en dulce). Viven la vida de los demás, no la suya. Mientras los hombres por ejemplo desvariamos egoístas en el sexo, en el fútbol o en las nubes, normalmente ellas aportan a la vida en común una ternura y una generosidad sin la cual no es posible una convivencia en condiciones. De ahí nace su mayor eficacia. Y su mayor atractivo.

En el hombre y en la mujer las prioridades son distintas. El orden de valores diferente. En cualquier relación la mujer siempre pone más y está dispuesta a mayores sacrificios. El hombre puede permitirse el lujo de atender a sus estados de ánimo o caprichos. La mujer no. Y muchas veces se queda sola en el intento. Vivimos en un mundo que desprecia los detalles. El sentimiento no se considera como valor pragmático. Ni el halago, ni el piropo. Y muchas mujeres están cansadas de vivir. De seguir viviendo así, tan desconocidas o sumisas o como queramos llamarlo. No son pocas las que en soledad lloran consumidas. Porque se ven solas.

¿Que exagero? No lo crean. Y todo ello porque existe un evidente déficit de cariño, una constante adulteración de las relaciones humanas. Como consecuencia tenemos el aumento desmesurado de rupturas familiares, que tiene un antes, un durante y un después de casarse. El “antes” y el "durante" es el desprecio de esos detalles que digo, el olvido de Dios, el trabajo como excusa, o la trivialización del sexo y del tiempo en común. El “después” es el traumatismo del alma, en un desánimo galopante.

Hombres, recobremos un poco de romanticismo y de determinación afectiva, y vamos a intentar olvidarnos de lo nuestro, al menos en ciertos momentos. Volvamos a casa apasionadamente enamorados -de forma más consciente-, limpios de escoria y de tristeza cansina. Optemos por ellas y sus confidencias, y no por la televisión u otro tipo de imaginación o trápala. La mayor eficacia es la del amor que se da y que escucha. En cuerpo y alma. Y la mayor felicidad. ¿Qué piensan nuestras mujeres? No nos engañemos, nuestras mujeres piensan en nosotros (nos necesitan), en aquellos que aman, aunque parezca que haya largos intervalos de rutina o que nos hacen relativo caso o que se suben por las paredes inopinadamente o el cansancio de los niños y la casa.

¿Nuestras mujeres? ¿Nuestras? ¿En razón de amor o de inercia? ¿Y nosotros? ¿Somos suyos por entero o nos reservamos para depende qué cosas o momentos o apetencias? Amemos sin trabas. Ajenas o propias. Como dice Gustave Thibon, "con la alegría grave, silenciosa e incorruptible de entregarse".

miércoles 5 de mayo de 2010

Carta a mi suegro, con reiterada admiración



Querido Lorenzo:

Hoy hace fresco. Y viento. El cielo está empapado de melancolías. Ya sabes que me da por esas. No hay nadie en casa. ¡Qué quietos están esos libros o esa almohada! Desde donde escribo te veo en una fotografía, junto a tu mujer. Y veo las ventanas donde vivías. Hay ropa tendida. Unas ventanas con ojeras. E imagino tu armario vacío, tu mesilla, el despertador, el espejo donde te mirabas con cierta ironía. Te cuento todo esto porque te echo de menos y no sé qué decir exactamente. Ayer estuve en tu despacho. El cuarto del abuelo, decimos, el cuarto al que todos volvemos el alma cuando entramos a tu casa. ¡Qué cosas! Entras y me da por acariciar las cajas donde guardabas con orden y constancia la vida, los videos antiguos con tu letra, tus libros de la Academia… Estás por todas partes. Como si nada hubiera cambiado, como si vivieras todavía.

Sí, como si vivieras todavía en un invisible pero tenaz rastro de afectos. Quiero decir, como si aún estuvieras físicamente con nosotros. Porque vivo estás, pese a tu cuerpo muerto. Vivo estás, pese a que publicaron una esquela. Vivo estás, pese a que en el velatorio todos se empeñaban en darnos el pésame. Vivo estás, estás vivo (el nicho está en nosotros, tantas veces). Porque el amor entiende todo esto de la muerte de muy diferente manera. Y no hay quien muera… Aunque, ¿sabes?, llevo mal no encontrarme contigo por la calle y que me preguntes por Ana y los chicos. Llevo mal no verte en misa algún domingo o llamarte para ver si tienes una bombilla o el periódico de cualquier día. Esas cosas. No me acostumbro. Por eso sigo el vestigio de tu vida allá por donde miro. Y me quedo quieto, como esos libros o esa almohada que decía antes. Quieto, atento, especialmente pendiente de lo que vivo. De lo que vive.

Y es que, querido Lorenzo, no andamos sobrados de gente buena. Sembraste a manos llenas y la gente nota los frutos. Los percibimos todos. En tus hijos y nietos, y en el alma que nos dejaste por herencia. Imagino que ya lo sabes, pero los médicos y enfermeras que te atendieron en el tramo final de esta tierra, se quedaron impresionados por esos frutos. Uno de los galenos dice que en veinte años de ejercicio de la medicina nunca había visto una muerte así, una muerte tan viva. Y una enfermera lloraba. Pero lloraba no de pena, lloraba por todo el gozo de esperanza y canciones que nos dejabas. Una familia así de junta y numerosa, una familia así de orgullosa y que reza, a la fuerza provoca conmociones. Es como atisbar un poco de cielo. Hasta las palabras se me llenan ahora de lágrimas, que no de tristeza. Y esos son los frutos. Esos, no otros.

La memoria del amor arrecia en la nostalgia. Los hombres somos así. Es por eso que necesitamos imágenes y recuerdos. O palabras. Aunque estén heridas del natural dolor todavía. Palabras como estas que te escribo. Palabras que digan un poco de lo que fuiste. Para volver a vivir de nuevo. Contigo. Para volver a verte de alguna manera. Quizá para obtener una respuesta a vuelta de correo, quién sabe. Mientras sigue el viento frío y el firmamento gris de un día desapacible y un tanto raro, siendo primavera.

Todos te queremos Lorenzo. No nos dejes.

martes 4 de mayo de 2010

¿Qué es de nuestra alma, dónde para, qué pasa?


Con frecuencia cunde el desánimo. No es para menos. Es como si la vida se nos escapara de las manos entre lástimas y ojalás y ya veremos. Por otro lado quisiéramos controlar los acontecimientos. Todos. De cerca o a distancia. Los nuestros y los de aquellos que más amamos, sobre todo. Que nada ni nadie se escabulla. Por su bien, por supuesto. Tenemos pavor a que las cosas no sucedan a como las tenemos previstas, soñadas o pensadas. Al menor contratiempo nos rebelamos o enfurruñamos como críos. No puede ser, no puede ser. La vida es un constante peligro. El desconocimiento nos hace temblar. ¿Qué va a ser de mí? ¿Qué será de mis hijos? Vamos de lado a lado, el corazón se llena de miedos y taquicardias; vamos, venimos, apuntamos, reñimos. Y ahora este problema de trabajo. Y lo otro, y aquello que viene de improviso, con lo que no contabas. No nos llega la camisa ni las ganas ni el dinero ni la sonrisa. La vida se precipita en mil incógnitas. Y llega un momento en que perdemos la paz, el sosiego. Y decimos que no tenemos cuerpo para nada. ¿Y el alma?

Sí, claro, ¿qué es de nuestra alma? ¿Dónde para? El valle de lágrimas es evidente. Ya sabemos lo que es esto: trabajo y más trabajo, y tristezas, y un cansancio cada vez más puñetero. Y mira que hay gente mala, y tantas mentiras. Y el dolor de cabeza y ese cristal roto y el colmo de la presidencia de la comunidad de vecinos. Bien, vale, pero ¿dónde para el alma, tu alma? ¿Dónde está Dios en tu vida? ¿Dónde? ¿En paradero desconocido? ¿En el exilio de tu pereza o soberbia? Es que… Sí, ya, estamos demasiado ocupados. Es que, es que, es que. Además no todo es tan cenizo ni lúgubre. Se convierte en manía estar siempre a la defensiva. Madre mía, ¡qué amargura! Acabamos no soportándonos a nosotros mismos. Ni a nadie. Y es que la vida es dolor sí, y carencias, y zancadillas; pero es también amor. Y el amor percibe que todo lo que nos ocurre no es por fastidiar, no obedece a ninguna estrategia de tortura. Lo que pensábamos que era un completo desorden en realidad era el camino hacia un orden mucho más perfecto. Un orden que es Providencia amorosa de Dios. Porque para el que cree todo suma.

El alma necesita tiempo. El alma necesita abastecerse en Dios. Eso es la piedad y la oración, y eso es ir comprendiendo el fundamento de la vida y de todas sus circunstancias. Buenas, malas o regulares. Y vengan mal dadas o bien dadas, levantar los ojos y ofrecer a Cristo lo que somos y lo que nos pasa. Es nuestra misa. Y pedir más fe y más gracia. Y poner los medios, con una voluntad bastante más recia. Plantarnos en medio del desánimo y decir: ¡Soy cristiano y tengo esperanza! Y Dios es mi Padre. En Ti abandono todo mi ser. A Ti someto mis planes y sueños, mi agenda y mi familia. Todo lo mío es Tuyo. Pero haz que administre con más perspicacia espiritual las horas. Soy Tu hijo. Entre tanto lio y tanta historia quisiera tener más juicio para amarte y poner las cosas en su sitio.