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Reflexiones, poemas, escorzos de vida, fe de lecturas, noticias de amigos... No pretende ser un desahogo, más bien un diálogo. Un demorarme en el resplandor de nuestra existencia. Y en su literatura.


viernes 30 de abril de 2010

El amor al Papa Benedicto XVI



El amor al Papa es una realidad en personas de todo tipo y condición. Más o menos pías, e incluso no católicos, o católicos arrebujados más en el capricho que en la piedad. Desde Juan XXIII, Pablo VI, Juan Pablo I y ya no digamos Juan Pablo II, esta cercanía con la figura del Papa, y el torbellino sobrenatural que la alumbra –sostén de su prestigio moral–, es sin duda mucho mayor. Es algo auténtico, puro, que para nada se ha de confundir con el sentimentalismo tetrabrik o con la efímera conmoción de lo mediático. El verdadero cariño lo es porque el hombre posee una cualidad a la que llamamos alma, algo que no se puede reducir a un comentario superficial, a mil documentales televisivos o a la recurrente estadística de turno. Es como si el amor de los novios se quisiera fundamentar en el vídeo de la ceremonia o en la lista de bodas (lo cual no deja de ocurrir con frecuencia). Y las cosas del querer no son así. Digo.

Desde hace cinco años tenemos con nosotros a Benedicto XVI. Un concienzudo alemán, un intelectual de peso, un sacerdote que nos bendice con la música de Dios en sus manos. No es un Papa de transición. Es un Papa de efusión, de profunda oración y de aguda inteligencia. Es un Papa de corazón ardiente y de visión profética. Es un Papa santo. Sobre él se han abalanzado los prejuicios, las consignas y los estereotipos de rigor. Normal. No todo el mundo quiere al que hace cabeza en la Iglesia Católica. (Y Satanás hace su trabajo, mueve sus fichas con ahínco). Al fin y al cabo es el sucesor de Pedro, el mismo que por humildad pidió ser crucificado cabeza abajo. Y a él, visto lo visto, le va a ir por un igual. ¿Desde cuándo la Verdad es una cuestión de imagen o telediarios? Su Santidad reza, habla, escribe. No cesa de denunciar el mal y el catolicismo a medias (que se conforma con cualquier niebla) y la forma de vida epicúrea con su tristeza añadida, y la blasfemia, y la fantasía teológica de algunos, y el toco mocho del pecado en todo su muestrario de engaños.

Pero no estamos solos. Y no está solo el Papa. Ni mucho menos. El Señor está atento. Nos ama. Y pastorea. Y ama también a todas esas almas que Le escupen en el rostro de Benedicto XVI, Su vicario. Cristo cuenta con ese dolor y su misterio, y cuenta con la suma de todas las pequeñas plegarias de los que amamos a Pedro. El mal azuza, parece que triunfa. Parece que disuelve la esperanza. Sólo parece. Los hombres trivializamos lo más sagrado con extraordinaria desenvoltura. Y sientes la orfandad en la que el hombre se encuentra si Dios no está en su vida. El vacío de tantas personas que se afanan con el aire. La historia contemporánea se envilece a ojos vista. Pero Cristo vence. Benedicto XVI sabe de la ternura de Dios para con los hombres, del don inefable de Su Amor, que se manifiesta en el temblor cotidiano. Sabe que el hombre puede resucitar a la Poesía divina, a esa Armonía de misericordia, que a la postre es la única felicidad duradera. Porque no hay otra.


jueves 29 de abril de 2010

No hagamos raro lo cristiano



Entrar en las iglesias está muy bien, rezar a Dios con devota costumbre es algo fenómeno (y de lo más necesario), enternecerse con el repique de las campanas o el incienso o un párrafo ascético es un buen signo, gustar de estampas y novenas o pulseras de imágenes de santos o coleccionar rosarios o devocionarios o hacerse un tatuaje de san Teobaldo pues resulta estupendo, frecuentar la compañía de benditos sacerdotes nunca está de más, ponerse un capirote en Semana Santa y sacar en procesión el alma o el folklore (que eso depende de cada uno) a mí me emociona, y adentrarse en tinglados eclesiales o pastorales es una clara postura de sacar la cara por Cristo, y yo lo admiro. Sí, todo eso está muy bien. Y muchas más cosas que olvido ahora y que son maravillosas en la riquísima variedad de formas y maneras de amar a Dios.

Pero, al menos yo, siempre he sentido el impulso de no hacer raro lo cristiano, porque no lo es (y tampoco digo que lo que he dicho antes sea por completo raro). De hacerlo más natural y vivo y cotidiano. De no orillarlo en los reclinatorios, o en los pasos, o en los etcétera de las capillas. Siempre he sentido la urgencia de cristianizar la calle, la universidad, la compra, los bares y sus aperitivos, la literatura y lo más mío, a base de avemarías o de un diálogo fluido con Dios. Con mi vocabulario. Y le hago partícipe a Dios del tráfico, de mis cabreos, de esa chica y su belleza, de las noticias, de mi pereza… Todos los días y a todas las horas. Él y yo. Que lo que yo haga o diga no reniegue de Cristo. Siendo un tipo normal, sin rarezas. Sin un empacho de cosas pías o prosapias clericales.

La verdadera piedad siempre me ha parecido, pues eso, mi vida corriente en la intimidad de Dios. Entera. No sólo un aspecto o un tiempo o un paréntesis. No. Toda ella en unidad de vida y de entrega. En el templo donde me muevo, que es el mundo. Y eso es lo que más atrae, sin dudarlo. Soy lo que soy: mi familia, mi trabajo, mis amigos, mis lecturas, mis artículos de prensa. Y mis meteduras de pata y los malos versos. Cristo no es raro, lo hacemos raro nosotros, con rocambolescas acciones y aburridas caricaturas y estrambotes. Y sobre todo lo hacemos raro con nuestra incoherencia de hechos y esa extraordinaria laxitud para lo divino. Yo el primero. O siendo unos plastas monotemáticos, o creyéndonos siempre los reyes del mambo. Y las almas se espantan. ¿Qué esperábamos? ¿Qué espero? ¿Qué haría yo? Pues lo mismo: irme lo más lejos posible de esa persona que cada vez que me ve me suelta un sermón o insiste en pesados ardides y soflamas que ya imaginan ustedes.

El católico no se hace el normal o el simpático. El católico es normal y puede ser simpático (no todos tiene ese don, los hay que son más serios o tiesos, o hasta insoportables, como todo quisque). Nada más lejos de la piedad que la piadositis, nada más lejos de la santidad que la santurronería. El que atrae es Cristo, no nosotros, no yo, que soy la mayoría de las veces un estorbo. Y Cristo quiere unos cristianos alegres, poetas de su trabajo, zambullidos en su familia y demás relaciones sociales. Y en medio de todo y de todos hacer oración y vivir de fe. En esa reunión o en los semáforos. Con gracia humana y con gracia divina. Sin esforzarnos por parecer lo que no somos, o disimular el alma entre los avatares de la jornada. Todo lo contrario. Orgullosos de ser lo que somos y levantando bien alto el pabellón de nuestros ojos enamorados de Dios. Esa mirada limpia, que por si sola es toda una catequesis. Esa mirada católica, tan moderna, tan inconformista. Esa mirada que sólo con mirar reza y comprende, e imanta a muchas otras para seguir los pasos de Cristo.

miércoles 28 de abril de 2010

Desagravio por "La Piedad" de Juan de Ávalos



El hijo de Dios. Ecce homo! El Verbo encarnado,
el anunciado, el Mesías. Dios Hijo. Mi Dios, mi todo.
Dios entero en los brazos de Su madre. Dios yerto, Jesucristo.
Pálido, aplastado, completamente muerto. Por mí
desangrado, por mí abatido. Sangre de mi sangre. Lágrimas
que se mezclan con la Sangre consagrada. ¡Dios! Tu Hijo,
ese Cuerpo, abandonado por todos, con sus miembros lacios,
como un trapo. Esa piel rasgada por el odio, Su alma en carne viva.
Ese divino Cuerpo que sostiene María en su regazo de ternura.
Madre de Dios y madre mía. Madre admirable, Espejo de justicia,
Madre del Salvador, Virgen clemente, Rosa mística,
Reina de la paz. Madre e Hijo. Unidad, Iglesia de Cristo
que hace frente a todas las tormentas del infierno y de la historia.
El cielo y la esperanza comienzan en los brazos de María.
Veo su infinito abrazo y su temblor de piedra que palpita
en el arte de Juan de Ávalos. Veo sus músculos tumefactos, el sacrificio,
y cincelada la pena insoportable y las venas vacías de Sus brazos.
Jesucristo muerto, pero vivo. Es el Verbo que se hace víctima,
ofrenda, entre mazazos y mentiras, entre políticos y sicarios.
Y es el fracaso de desmantelar a Dios de nuestras vidas.

martes 27 de abril de 2010

Ese anhelo que es la literatura



Me gustaría leer más deprisa. Aunque puede que lo mejor sea leer más despacio; sin correr, sacando de cada línea o de cada verso una consecuencia de vida, o un afecto, o una muestra de libertad o de inteligencia. Leer pausado, sin precipitar las comas o los puntos, siguiendo el compás o la cadencia del alma en sus acentos y en sus adentros. Me gustaría leer más deprisa y a la vez más despacio. Conocer más paisajes y aventuras y caricias y personajes, y detenerme en todo ello como si ya nada importara, como sino hubiera otra cosa. Fijarme más, estar más atento a lo que leo, al contorno del pensamiento, de la ciencia o de la belleza. Así, con la mirada bien dispuesta, con la luz apropiada. Así, con el libro abierto justo por ese día de mi vida, en ese momento preciso y único. Con ese libro y con ese anhelo que deseo. Me gustaría leer más deprisa -y más despacio- para conocer todos los volcanes y bosques y ríos, para rastrear palmo a palmo las innumerables maravillas (las humanas y las divinas), para dar fe de la sabiduría que registra el amor y su lírica en todos los poetas, en su música. Y llegar a la cumbre de las montañas o de la mística, y atravesar las selvas de tantas emociones desconocidas. Descubrir nuevas huellas y pistas. Surcar los mares de la filosofía, con sus corrientes de metafísica y la fuerza de sus vientos. Y ese cielo calmo y profundo que se posa en el agua y donde me ensimismo sin remedio. Páginas y más páginas de palabras y de experiencia. Páginas y más páginas de bienaventurada literatura. Deleite y duda, y sueños que me llevan a sospechar que es posible la verdad mayúscula o la pureza.

lunes 26 de abril de 2010

Cuando el dolor arrecia


¿Cómo reconducir una determinada situación? ¿Cómo lograr que la impotencia se transforme en esperanza? Ya no se ven salidas, ya no quedan palabras. ¿Qué hacer Dios mío cuando la prueba es demasiado dura o quisieras morir -no es un decir- o ves que tu vida se queda en números rojos de fe o de amor? Recuerdas la felicidad, sí, pero no sabes de nuevo dar con ella o crees que ya nunca será aquella que se abrazaba a tu madre (o a la lluvia) o se subía a los árboles o tiraba piedras o comía cerezas. No sabes… O, lo que es peor, lo sabes pero no te decides a cambiar o no aciertas a desprenderte de ti mismo. Es lo de siempre, pero más de noche. Es fuerte la tentación de autocompadecerse, de salir corriendo de tu cabeza, de no pensar más, de encerrarse en el silencio o en el trabajo o en las palabras o en el sueño, y no afrontar el miedo o el dolor.

La vida no es cómoda, ni estamos solos. La vida, fundamentalmente, son los demás (o debería). La vida es vaciarse. La vida es no acostumbrarse a la vida. La vida es el cielo y es el suelo. La vida es la realidad del alma y es la desazón del cuerpo. La vida es el cansancio y el desamor, el tedio, la brega, la memoria, la angustia. La vida es el intento de ser feliz. La vida es amar sin entenderlo. La vida es pedir perdón, rectificar una vez y otra y siempre. La vida es el abrazo que te abraza y te comprende. La vida son las lágrimas y es la sed de beberlas. La vida resulta la mayoría de las veces un desbarajuste, un desorden de caprichos (aunque esos ojos...). Vivimos sin ser conscientes de que vivimos, de que la vida es un don y es un darse. Vivimos sin apercibirnos de la mirada suplicante que está a nuestro lado, que nos reclama un poco de atención, y el corazón y el alma. Y puede que, simples de nosotros, nos desvivamos por fruslerías envenenadas de tristeza. Impertérritos, sosos.

¿Qué hacer entonces? ¿Qué hacer cuando no acabamos de entender ese sufrimiento repentino (o que nos parece repentino), esas dudas, esa muerte, ese temblor, esa prueba tan dura? Puede que Dios se nos haya pasado por la cabeza. Puede. ¡Dios! Y puede que ni fuerzas nos queden para nada. Ni siquiera para una oración breve. La mente escarcea con pensamientos inútiles y con desganas y con abismos. Sin consuelo, solos, débiles, como perdidos. Así nos vemos. ¡Dios! ¡Dios! ¡Padre mío! Es la cruz. No son teorías ni sermones. Es la cruz, es de veras. La parte que nos toca de redención. A cada uno. A todos. ¡Dios! Eres Tú. Tú, nuestro Padre, nuestro Amor. Este dolor, esta pena. ¿Sabes? La vida cuando no es para Ti, duele más y es más oscura. Es Tu cruz, es Tu Vida. Despojado de todo. Haznos humildes para comprenderlo. Pero, ahora que lo pienso, ¿cómo vamos a comprender un amor como el Tuyo, tan desnudo, tan infinito? No, no se comprende. Eres Dios. Y nosotros hombres. Y ya ves qué hombres. Pero hombres al cabo. E hijos Tuyos.

Dios nuestro. Padre nuestro. ¡Cristo! Toma en Ti nuestros sentidos, nuestros dolores, nuestras tristezas. Espíritu divino, inspíranos la alegría de la fe, de Tu compañía. Sólo en Tu intimidad es posible entender la vida. Nuestra vida. Por descarriada y torpe que sea.

domingo 25 de abril de 2010

“Soldados a caballo”, de Doug Stanton


Que el Islam está en expansión es un hecho. Que desde hace quince o veinte años este proceso se ha acelerado y que es hipercombativo es otro hecho. La inmigración, su alta tasa de natalidad, el mírame y no me toques hacia su religión desde la acomplejada Europa cristiana (¿lo es todavía?), la continua inyección de petrodólares en todo tipo de asociaciones afines, la falta de personalidad política en Occidente (la instauración definitiva de lo políticamente correcto hace que estemos en coma espiritual), la pérdida progresiva de la identidad cristiana (promovida por gobiernos laicistas con una obsesión anticatólica evidente en beneficio de todo lo demás), una legislación que consiente lo inimaginable (con el uso y abuso que ellos hacen de nuestras propias leyes para sus fines), etcétera. Sí, el Islam está en todos los sitios. Y esto, repito, es constatar un hecho. Un hecho que provoca recelos -que no racismo- en multitud de personas. Porque hay personas que tienen criterio, que ven y piensan por si mismos. Personas que se resisten a ser colonizados por la desidia o por ese idioma demagógico plagado de eufemismos y mentiras instalado en las esferas de poder. Personas que leen y están lo suficientemente orgullosos de su cultura cristiana -pese a ser agnósticos o ateos o lo que fueren- como para llamar a las cosas por su nombre y decir basta.

Y en la entraña del Islam -entre otras cosas-, con sus diversas sectas y perspectivas, está la yihad, la guerra santa, que es mucho más que un concepto. El proselitismo por las bravas o por las armas. Asunto que algunos espabilados explotan a su antojo, o que otros -o los mismos- han convertido en una de las mayores lacras para el mundo en forma de terrorismo. ¿Quiere esto decir que todos los miembros del Islam son malos malísimos y taimados o están descerebrados? Para nada. Alguno habrá sensato, no lo dudo. Alguno habrá que tenga bondad de alma y sienta la misericordia de Dios (o de Alá) como el principal motor de sus vidas, alejados de la violencia y del odio. Pero el caso es que nos está tocando tratar y sufrir con la peor versión islamista. Al menos la que más se publicita mediante discursos o el drama de sus hechos. Al Qaeda nació en este caldo de cultivo de radicalización y de policía religiosa, de venganza y de dinero a espuertas. Y llegó el 11 de septiembre de 2001. Una tragedia que conmovió los cimientos de Occidente, y las almas de millones de personas. Muerte, muerte, muerte. Sangre a raudales. Terror. Una gran cantidad de héroes sepultados por la ignominia. La guerra ya existía de hecho, pero ahora quedaba declarada. El estremecimiento y derrumbe de las Torres gemelas supuso para muchos (no todos, pues los hay que trapichean con el mal hasta el suicidio), supuso, digo, el quitarse la venda de los ojos, el sentir el miedo muy cerca, muy dentro.

No soy un experto, pero creo que la política norteamericana se diferencia de la europea en algo que no es precisamente banal: tiene arrestos. Y principios. Y cierta decencia. Tiene un mínimo sentido moral de su ejercicio. Es la gran diferencia. Por eso lleva décadas -ya supongo que no todo es de color de rosa- salvando el culo a la vieja Europa (hay otras formas de decirlo, pero ésta es la más expresiva). Ya no voy a hablar de las guerras mundiales, etcétera, pero quiero recordar como en el conflicto de la ex Yugoslavia -a cuatro pasos de nuestras casas- todos nuestros graves y circunspectos políticos ejercieron de estatuas. Una vergüenza más para la colección. ¿Y ahora? Pues mientras Europa se llenaba de muy buenas palabras e intenciones, de condolencias, los Estados Unidos declararon la guerra al terrorismo. Tal cual. Una guerra que se libra de manera mucho más sibilina, una guerra cuyas trincheras no sólo están en el campo de batalla o en los escondites de Al Qaeda. El frente está en nuestras mismas ciudades. Otra cosa es que no queramos verlo o que intentemos vivir así de tranquilos o pasmados sin pensar demasiado. Pero los hechos son los hechos y están ahí.

El objetivo fue Afganistán. De momento. Allí estaba una buena parte de Al Qaeda sosteniendo al gobierno (si se puede llamar así) de los talibanes; un régimen teocrático, fundamentalista y asesino. Títere, creo, de otras fuerzas más oscuras y terribles. Y por primera vez en una guerra emprendida por los USA comenzaron la lucha las Fuerzas Especiales, junto con unos cuantos miembros paramilitares de inteligencia, de la CIA. Un pequeño grupo de hombres de los cuales apenas se sabe nada. Especialmente entrenados para hacer lo que hicieron: luchar y ganar sin ser detectados. Y su historia es la que nos cuenta Doug Stanton en su libro Soldados a caballo (editorial Crítica). Bueno, voy a decir lo que se suele en estos casos: se lee como una novela. Pero es historia. Historia muy reciente. Protagonizada por personas que hacen de la discreción y del silencio su principal divisa. No, no es una novela. Mientras sigues adelante con la lectura tomas conciencia de lo que supusieron estos hombres. Y vuelves atrás, y consultas la lista de “Protagonistas principales”. Guerra de guerrillas. Diplomacia con los líderes de la Liga del Norte. Localización del enemigo. Eficacia contrastada. Largas marchas a caballo. Y con esos pequeños caballos, descendientes de aquellos otros que cabalgaron los mongoles o los hunos, verdaderas cargas de caballería (la fotografía de la portada es esclarecedora) a pecho descubierto. La victoria de Mazar o la batalla de Qala-i-Janghi. Épica pura y dura.

En dos meses derrotaron al ejército talibán. 350 soldados de las Fuerzas Especiales, 100 agentes de la CIA y 15.000 soldados afganos se impusieron a un ejército de 60.000 talibanes. En aquellas escarpadas montañas el capitán Nelson o el agente Mike Spann (muerto en acto de servicio), o el sargento primero Milo, o el comandante Mitchell, o la pericia del sargento primero Sam Diller lograron hacer bien su trabajo. Junto con otros, son nombres que no se olvidan fácilmente. Di comienzo a este libro por curiosidad, lo confieso, simple curiosidad. Pero la curiosidad fue dejando paso a la admiración y al agradecimiento. Sentía claramente que ellos luchaban por todos nosotros, por esta civilización occidental en tantos aspectos pacata y sin orgullo.

sábado 24 de abril de 2010

Un católico que va por libre será lo que sea pero no es católico



El católico que va por libre es una soberana incongruencia. ¿Qué significa ir por libre? ¿Interpretar el mensaje de Cristo al capricho de modas, latiguillos o dudosas teologías? ¿Decir que las herejías son cosa del pasado y poner a parir al Papa, que debería ser más razonable en lo que respecta a los dogmas, a los mandamientos, a los sacramentos o a la liturgia, y dejar hacer y decir a cada uno según su cósmica inspiración del instante? (El desplante al Papa de turno es muy característico, un pedigrí muy moderno que queda de lo más estupendo). Igual se trata de tener más en cuenta a Marx, a Hegel o a Heidegger. O a todos sus epígonos. Ir por libre en la Iglesia Católica es síntoma claro de soberbia y descarrío. Es inventarse una ridícula iglesia adaptada a las conveniencias de determinados estereotipos, diseminados en opiniones u ocurrencias. Es poner la ideología de turno por encima de Cristo. Adaptando, tergiversando, etcétera. Lo que haga falta. Y a veces ni eso. Se trata simplemente de pereza, o tibieza. Y una gran dosis de ignorancia. Lo escuchamos de continuo. “Me relaciono con Dios cuando me apetece, cuando lo necesito”. O se trata de inercia. Sí, inercia, dejarse llevar por lo que se dice, o por lo que hace una supuesta mayoría. El tan manido “creo en Dios pero no en la Iglesia”. O “el Vaticano no representa de verdad a los católicos”. O “el Purgatorio no existe, y tampoco el Infierno, y por supuesto el demonio”. O “es una exageración eso de la Virgen”. “¿El pecado? Pero si Dios es Padre. Sobre la marcha nos perdona. Puro morbo, una forma muy sibilina que tiene la Iglesia para tener controlado el chiringuito”. Ir por libre en la Iglesia es, al cabo, un reduccionismo y una simpleza. De pensamiento y de obra, pero sobre todo de alma.

Pero cunde. Ya lo creo que cunde. Ir por libre es también tener miedo. Miedo a no enfrentarse al mundo y a la propia conciencia. No dar la cara. El vértigo del ser es demasiado tremendo. Quita, quita. Resulta más fácil engañarse, salir del paso con un par de frases delicuescentes, o con generalidades absurdas y hasta con estadísticas. “Dios me entiende”. “La Iglesia es que no se entera de nada, dado su oscurantismo”. Y nadie se lee un solo documento pontificio. Y la Biblia es sólo unas cuantas citas de tercera mano. Mejor unos versículos de Ernesto Cardenal o un libro estratosférico de… pongan aquí el nombre. “¿Todavía crees en eso del agua bendita?”. La falta de formación doctrinal y espiritual sobrecoge. Para la esperanza hay que poner ciertos medios. Y “los pobres, los pobres”. Por supuesto, los pobres. La Santa Madre Iglesia -que es Una- se ocupa de ellos desde hace siglos. La caridad y la gracia son el quicio, no la ideología (o un cúmulo de sentimientos). La misma ideología que defiende el aborto o la sodomía. O incluso lo hermosa que resulta la eutanasia. ¡Qué bonito! El Dios católico ya no mola. Porque exige. Hay otros dioses más llevaderos. Sin comparación posible. Por ejemplo, los instintos. Y la relajación zen y el gran Arquitecto. Y hay que volver a los orígenes de Jesucristo superstar, tan hippy y colega, y bailar hasta la inopia. ¿Y vivir en cristiano para cuándo? Digo. De cuerpo entero. Y de alma entera. Full time. A lo largo y a lo ancho de toda la jornada, de todo el horario de los días. Sin vacaciones ni resquicios, ni parsimonias, ni componendas.

El cristiano que va por libre, no nos engañemos, tiende a rezar más bien poco. O nada. La fuerza se le va por la boca. Todo es una excusa. Siempre hay un “pero” en su vida. Constantes pegas a la jerarquía apostólica, a la moral, a lo que sea. Todo es opinable, porque claro, Dios no puede ser tan obtuso. Y tampoco tienen estas cosas pías tanta importancia. Lo importante es el corazón, dicen. Pero ese corazón tiene que estar dentro del Corazón de Cristo. ¿La Verdad? Bueno, la Verdad es siempre un poco menos, es relativa, y acomodaticia. Es como si la Iglesia fuera una academia llena de asignaturas optativas. Católico a la carta. Católico los otoños e inviernos, no tanto las primaveras y los veranos. Católico con los católicos y con el resto cierto regusto pagano. Hay que quedar bien. Esto sí, desde luego. Esto otro no. Esto otro habría que modificarlo. “Del primado de Pedro habría mucho que hablar”, o “eso del celibato es anti natural o habría que dar un voto de confianza de género a las mujeres como sacerdotes”. Ciertos prohombres y gente común dicen amar mucho a Dios, o incluso a la Iglesia, pero no cesan de vivir una doble vida, no dicen lo mismo sus actos. Católicos apáticos. Católicos a ratos. Y, me parece, Cristo no fue Cristo a ratos, ni padeció y murió a ratos. Ni cuenta con nosotros a ratos. Ni nos mantiene en la vida -y en Su misericordia- a ratos. Nos quiere enteros, completos. Para toda la eternidad.

La lucha por la santidad es incompatible con el ir por libre. O se es católico o no se es. O se ama a Dios con todo el corazón y con toda el alma o estamos hablando de otra cosa. O se ama al Papa y a la Iglesia nuestra Madre y a su entero Magisterio o nos hemos equivocado de club o de equipo.

viernes 23 de abril de 2010

Cuestión de alma y de esfuerzo



La vida se nos come por los pies, o por las mil circunstancias de cada jornada. A todos nos pasa. No se sabe por dónde empezar con todos esos papeles que están sobre la mesa, la agenda se emborrona cada vez más, la familia nos lleva de aquí para allá (la compra, un paseo, los exámenes o esas tiendas donde te miras en los espejos e imaginas), y las listas de espera, y ese tráfico, y el médico para las recetas, y la plancha, y los papeles de hacienda (no los encuentras), y el teléfono que llama y llama y llama. La vida es dura (¿qué creíamos?) y se nos viene encima con todos sus problemas y requisitos antes de tomar posiciones o cavar trincheras o hacernos a la idea. La ropa se amontona, como se amontonan los libros, y esos platos sucios, y los recados y los años. Y cuando menos lo esperas te rompen el peroné y la tibia, o la Providencia te rompe el alma con la muerte de un ser querido o con otros planes imprevistos. Menuda gracia. La vida es una continua sorpresa, y un sufrimiento que hay que morder con fuerza. Y con esperanza, si es posible. No hay descanso casi. En eso consiste el estar vivo. Vivir duele. ¿No os cuesta respirar a veces? ¿No os da la impresión de que os falta el aire o el latido? “Esto no puede seguir así”, pensamos. Nos vemos al límite, ya está bien, ya vale. Lloramos de impotencia y una especie de tristeza nos deja tirados en el sofá o cabizbajos en medio de la semana. La tensión anda irregular, o nos vemos depresivos (puede que nos siente mal la primavera), con frecuentes melancolías o arritmias en el pulso del cariño, o faltos de vitaminas sobrenaturales. A fuerza de costumbres y de mirar a otra parte jibarizamos la vida, la reducimos a toscas apetencias. Sin perspectiva, sin altura. Flácidos de entusiasmo, de interés, de fe, de ganas. Cuando está en las manos de nuestra alma el poder cambiarlo todo. O al menos intentarlo.

jueves 22 de abril de 2010

El sentido de las palabras



Para Cristina, que gusta de la poesía



Las palabras quizá son el principio
del amor mientras se aproxima al beso, o la cifra del misterio
de lo que somos (o no somos) y también de ese matiz infinito
que afecta a sus labios, a la familia o al color amarillo.
Las palabras son la voz y son el silencio
que tarde o temprano te deja la vida
en cualquier parte del tiempo o de tu propia casa
(nunca habrá palabras para explicar lo más sencillo).
Las palabras son la medida
de un lenguaje con el que intentamos decir el sentido
del vuelo de un ave o de la enfermedad de un hijo.
Las palabras vienen y van (con frecuencia por las ramas),
se expanden, gritan, sugieren o se condensan en la confidencia
de un poco de tinta que se derrama por el alma.

miércoles 21 de abril de 2010

La mala educación



Entre noticia y noticia, en el ir y venir de nuestra apresurada vida, una de las cosas que más llama la atención del buen observador es la mala educación de ciertas personas. Y llega uno a creer que es un fenómeno lo suficientemente generalizado e importante como para que merezca la pena reflexionar sobre ello. No podemos ni debemos acostumbrarnos a los malos hábitos, anulando nuestra capacidad de rectificación. Lo que está mal estará siempre mal y nunca podrá ser algo bueno, por frecuente o reiterado que esto sea. Todos -estoy seguro- podríamos contar de casos concretos, pero pienso que lo positivo, lo que realmente nos interesa es averiguar las causas, ver el porqué de un fenómeno tan agresivo como poco justificable. Tal vez una de sus posibles causas la encontremos precisamente en las prisas, en el “no tengo tiempo para nada ni para nadie”, que irremediablemente nos conduce a la infelicidad, a la deshumanización, al descuido de los detalles, de todas esas pequeñas cosas que la mayoría de las veces son las que nos procuran -a nosotros y a los demás- una existencia más llevadera, una mejor calidad de vida. El apresuramiento es mal consejero porque en él se difumina la reflexión, precipitándonos en un acelerado sinsentido que nos distrae de lo fundamental y degrada nuestra humana condición. La mala educación prescinde del matiz, atropellando en su descortesía la buena voluntad de aquellos que nos rodean. La mala educación es, reconozcámoslo, fruto del egoísmo. Es dejar de pensar en los demás como personas, para pasar a ver en ellas meros obstáculos que debemos sortear. Cuando sólo importa el “yo” y “lo mío” es el centro de toda nuestra actividad, podemos empezar a sospechar que en cierto modo estamos fracasando en la vida. En nuestra cotidianeidad no llegar a todo puede producirnos incluso amargura (es verdad que nuestra sociedad no nos lo pone fácil), y la amargura un constante malhumor. También la frustración incide en nuestros gestos y palabras, volviéndonos ariscos, irascibles y suspicaces. Pero debemos sobreponernos a todo ello y saber estar. No son excusas el carácter o un determinado estado de ánimo. Porque la educación no es algo ornamental, de lo que uno pueda prescindir impunemente según la conveniencia. Descuidarla afecta a la normal convivencia y por lo tanto a la necesaria cohesión social. Y es que damos vueltas y más vueltas al trasiego de nosotros mismos, tratándonos entre demasiados algodones, ignorando las necesidades de los demás. Quizá esa persona que tenemos al lado espera algo más que nuestro grito o nuestro silencio. Tal vez espere una sola palabra, algo que le lleve a ser mejor.

martes 20 de abril de 2010

1987




Tenía 24 años.
Leía mucho, como siempre.
Y miraba hacia dentro y hacia arriba
de cualquier cosa. (Ver o no ver,
esa es la cuestión de la Poesía).
¡Qué certeza la de la nostalgia!
En silencio uno lee su vida
y muere todos los días
palabra a palabra. Escribía
algunos versos que nadie sabe
dónde han ido.

lunes 19 de abril de 2010

Dónde demonios estará la vida



Eso, dónde demonios estará la vida para tantos de nosotros, o para esos otros cientos de millones de personas que no conocemos de nada, pero que viven y mueren a lo largo y ancho del mapamundi. Dónde demonios estará la vida para los que mendigan en una esquina de su alma, o para los que trabajan en una cadena de producción inmisericorde, o para los que caminan ahora mismo -mientras ustedes me leen- por la muralla china o por la Quinta Avenida. Dónde demonios estará la vida para los abuelos que ven pasar los coches durante años, o para esas estrellas del cine que se ahogan en sus propios cócteles, o para ese hombre que vende piñas en un lugar de Costa Rica. Dónde estará la vida para esa mujer que llora en la calle, o para los que sólo la ven en blanco y negro, o para el que está en una trinchera. Me gustaría escucharlo de sus propios labios. Que me dijeran: “A usted no le importa en absoluto mi vida”, o “ya me gustaría a mí saberlo”, o “si yo le contara”, o “ayúdeme a descubrirlo”, o “mire, se lo voy a contar desde el principio”. La vida. Dónde demonios estará se pregunta Miguel d’Ors en un endecasílabo. La vida, que se nos muere o fuga con cualquier desconocido. Dónde estará la vida mientras vivimos o cuando creemos que vivimos. Dónde demonios para esa vida que pasa a nuestro lado a la chita callando o que no quiere saber nada de nosotros, tan previsibles y aburridos. Es duro vivir sin saberlo. Vivir sin saber que vives o que la vida sea pues eso, esas migajas de envidia, o perfidia, o lujuria, o materia; o una simple oposición a funcionario. Dónde demonios estará la vida. La verdadera. Esa que anhelamos en los ratos muertos del horario o en las tardes de los domingos. Esa que no sale en la televisión por más que cambies de canal. No puede ser -nos decimos- que la vida sea sólo esto. Tiene que haber algo más. Algo que no necesite novelas ni medicinas ni mentiras. Algo parecido a esa felicidad que produce el mar cuando corres hacia las olas y saltas como un niño; algo como una caricia que no termine con el tacto. Es difícil explicarse. Dónde demonios estará la vida. Su vida, mi vida. Dónde.

domingo 18 de abril de 2010

Muerte y alegría



In memoriam de Lorenzo Fernández-Giro Domech


Acabábamos de llegar a casa. Del hospital. “Papá, dile a mamá que el yayo se está muriendo”. (Me cuesta seguir, son muchos los recuerdos, y el alma o el corazón o lo que sea, rebobina conversaciones puntuales, viajes, miradas; me cuesta decir palabras precisamente ahora, cuando se ha quedado todo tan en silencio, con este ahogo). Colgué el teléfono sin contestar nada. La siguiente imagen es un rosario de hijos y nietos alrededor del dolor. ¿O era el amor? Un dolor que ama, que se enciende y crepita, que se derrama. Un rosario de familia que iba desgranando oraciones y lágrimas. Papá, el yayo, Lorenzo, en el centro de la cama. ¿O era el amor el que allí estaba, el que todavía respiraba, el que aspiraba cada vez más el oxígeno de Cristo resucitado? Todos a su alrededor, todos allí dentro, en su interior de alma, en esa habitación infinita donde la pena -o era una alegría que pujaba por hacerse con todos- comenzó a cantar de improviso un himno de gloria y alabanza -“Virgen Santa, Madre mía, / Luz hermosa, claro día”-, y después otros himnos marciales y hasta villancicos, porque algo estaba naciendo. Las manos de los presentes se movían inquietas, nerviosas. Manos que acariciaban, que bendecían, que buscaban el consuelo de otra mano hermana. Las manos dibujaban en el aire sentimientos indecibles y se sujetaban a la fe con todas sus fuerzas. Manos de hijos y nietos, manos grandes o pequeñas. Manos humanas y manos sobrenaturales. Manos juntas, en plegaria, y manos abiertas al misterio que es siempre la felicidad del hombre. Alrededor de esa cama donde Lorenzo escuchaba el cariño de su familia, y escuchaba también un creciente rumor de ángeles que allí estaban. Era el arrebato de aquella Luz que vio un día. Y él esperaba en posición de firmes y atento al saludo, en primera línea, sin miedo. (Cuesta mucho contar este tipo de asuntos cuando todas las habitaciones parecen tan vacías, cuando deambulas por una casa tan llena de ausencias y las palabras enmudecen entre suspiros). El manto de la Virgen del Pilar envolvía su corazón, y nos envolvía a los demás la mirada, y con la mirada todo nuestro ser. Y la entraña ensimismada de realidad y eternidad. De pronto una lluvia de pétalos de flores y de emociones sobre su cuerpo agotado por la cruz y el sin parar de este mundo nuestro. Una lluvia de lágrimas amarillas, lilas, blancas, rojas y rosas. Un arco iris de gracias que le unge en la frente hasta que expira. Un relámpago de Cielo, que es lo que es la vida de algunos hombres buenos. O santos. Como Lorenzo.

sábado 17 de abril de 2010

Resplandor




De pronto uno va y se detiene en un punto cualquiera de abril, en un inhóspito lugar de provincias y de rutina. Poco antes de comer, al mediodía. La vida se adentra en ti. Y miras como brilla. Es la primavera. Y es la conciencia de Dios que florece e inspira la belleza que es su misericordia.

viernes 16 de abril de 2010

Uno es como es



Uno es como es. Proclive a la pereza y a la melancolía. Habitante de su biblioteca y con una dulce tendencia contemplativa. Viviendo más de deseos que de realidades, esa es la verdad. De vez en cuando me siento un hombre muy dichoso, y doy gracias a Dios por ello. Y cuando se me queda el alma triste -son cosas que ocurren- también doy gracias a Dios por ello. Uno es como es. Pacífico y menos paciente de lo que parece. Amante de la luz del sol, y de la noche cuando se va quedando en silencio. Siempre me ha gustado la lluvia. Desde niño me fijo en ella. No sé si esto significa algo, pero lo que si sé es que me lava por dentro. Y me tranquiliza. Cualquier detalle de la vida me llama la atención. Cualquiera. Ahora, por ejemplo, el movimiento de los visillos por la brisa. No busco más explicaciones. Miro y basta. Hasta que por sorpresa aparece el mar en mi cabeza. Su oleaje de infancia, con mi madre. Los juegos en la playa (el cubo, el rastrillo y la pala), la memoria con su espuma. En fin, detalles. Y palabras. Uno es como es. Capaz de pocas cosas importantes. O ninguna. Leo y escribo. Y rezo en cualquier circunstancia. Y está mi familia, que me quiere. Todo me parece extraordinario. Hasta lo más nimio. Algunas veces lo analizo con unos cuantos versos. Desconozco la razón y supongo que los versos no valen mucho. Pero es así. Cuando yo muera será una curiosidad para mis hijos. Uno es como es. Con tendencia al desorden aunque yo siempre piense lo contrario. Me cargan los planes y los horarios, y toda esa gente tan exacta que nunca se para a pensar en la luz o en unas flores. Y poco antes de quedarme dormido disfruto de uno de los mejores momentos del día. Me da por imaginar lo imposible.

jueves 15 de abril de 2010

Pasando el rato y las listas de los libros más vendidos



Me entretienen las listas de libros más vendidos. Voy poniendo aspas en los que me podrían interesar. Y redondeo esas aspas si es que los he leído o están a la espera en algún lugar de mi casa-biblioteca (pobre de mi mujer, le ha tocado purificarse con esto de los libros). Estas listas deberían ser más amplias, para gozo de bibliómanos. No sé, además de ficción y no ficción, y poesía, y narrativa infantil y juvenil, yo pondría clásicos más vendidos, cómics más vendidos, libros de espiritualidad más vendidos, libros de arte más vendidos, libros vendidos en subastas, y hasta una vistosa relación de los veinte libros menos vendidos. Sería una buena cosa, porque pudiera ser que entre ellos estuvieran los mejores (seguro que es así en buen número), y eso ayudaría mucho a los lectores de mejor juicio. O quizá a alguno más, escéptico de tanta mercadotecnia. ¿A más publicidad peor literatura? Uno tiene la sospecha, pero es de mala educación generalizar a tal escala.

De las últimas listas (o de no listas), aborrezco en infantil unas ilustraciones cada vez más horribles (no sé cómo pueden imaginarse a los niños, y me dicen que hacen estudios y eso), y en juvenil todos esos libros infestados de romances entre jóvenes chupópteros de sangre o licántropos adolescentes, que causan en las niñas un placer que no puede traer nada bueno para las hormonas de esas crías. ¿No pueden leer a Stevenson, a Conan Doyle, a Dumas, a Poe, a Verne, a Dickens, a Kipling, a Salgari o, si quieren, a Bram Stoker? ¿O esos ya no están de moda ni son tan ideales? Me quedo con los de Gerónimo Stilton. Y eso es lo que hay en dicha lista. A Federico Moccia lo ponen en ficción, pero sus libros se los leen todos los chicos y chicas de 14 años en adelante. Jóvenes, en definitiva. Sentimientos a flor de piel. ¿Y yo que prefiero -y prefería- Mujercitas, de Louisa May Alcott (Lumen)? O todas las novelas de Jane Austen o Cumbres borrascosas, de Emily Brontë, de la que la editorial Alba tiene una edición magnífica.

Frecuento la poesía desde niño. Y cada vez más. No soy un pazguato en la materia. En las últimas listas figura, claro, Miguel Hernández. Y por partida doble sus completas. Bien por Alianza o bien por Espasa. Por aquello de los 100 años de su nacimiento. ¿Y mi bienamado Luis Rosales, que también cumple el centenario? ¿Será que la editorial Trotta no ha puesto mucho empeño en promocionarle (con unas completas más accesibles y baratas por ejemplo, como aquellas de Seix-Barral)? ¿Será que no vende ni con esas? ¿O será que Rosales carece del adecuado pedigrí progre, pues ya se sabe que era católico y de derechas? Yo pregunto, indago, malpienso. Hay quien sin leer ni uno de sus versos piensa que por su culpa asesinaron a Lorca -calumnia indigna y mentirosa y ojalá les parta un rayo a todos esos canallas-. Lo sé de primera mano. A propósito: ¿Cuándo se reeditará La calumnia, de Félix Grande que publicó en tiempos creo que Mondadori? Supongo que viene a cuento. ¿Más poetas de la lista? Sorprende que el más vendido sea John Ashbery, que de los diez mencionados es el más hermético. Cosas veredes amigo Sancho. El mejor libro de todos los que figuran es desde luego Aquí, de la gran Wislawa Szymborska (Bartleby). Se la entiende y logra que hasta el lector se entienda un poco más.

No ficción. ¿Qué quieren que les diga? Entre libros políticos y demás sarpullidos me voy con la música a otra parte y me llevo conmigo El ruido eterno, de Alex Ross (Seix-Barral), del que ya me ocupé en su momento. Este es un ensayo que merece la pena. Sobre El Día D, de Beevor (Crítica) me han llegado muy buenas referencias, pero lo que son las cosas, de esa misma editorial he optado por leerme Soldados a caballo, de Doug Stanton. Me quedan 20 páginas y algo escribiré sobre él, porque me ha parecido realmente bueno. Tenía necesidad de épica. Sobre Cercas y su Anatomía de un instante (Mondadori) me pasa lo mismo que con todos sus libros: me cuesta leerlos. Digo yo que será defecto por mi parte. Y no es malicia.

En cuanto a la ficción resulta que cada día leo menos novelas. Tiene que darse una confluencia de factores que no me dejen otro remedio. Leí El tiempo entre costuras, de María Dueñas (Temas de Hoy) porque me va la marcha de las primeras novelas de mujeres y porque me encantó el título, lo reconozco. La novela me la leí de un tirón. Está bien escrita y es amena. Y me gustó. Pendientes -delante de mí los tengo- están las últimas narraciones de Pérez-Reverte y Vila-Matas. Confieso tener una mayor debilidad por Matas. Acaricio Dublinesca (Seix-Barral), la novela de marras, y me hago de desear. Pero tengo una gran tentación. Un mamotreto -lo escribo sin segundas intenciones- escrito por Julia Navarro. No he leído nunca nada suyo (excepto sus columnas periodísticas) y la curiosidad me carcome. Yo no sé si Dime quién soy (Plaza y Janés) será un chasco, un divertimento más o un deslumbramiento. Ya les contaré. Pero me llama. Y veo que en la lista de más vendidos de ficción hay un bochorno más de Dan Brown, el novelista científico, el no va más del escándalo como (im)puro trámite para su mayor gloria. Ni siquiera había oído hablar de ese título. Se lo evito.

Y sigo dando vueltas a esa lista de libros menos vendidos. Tan recomendable. Puede que haya alguno de Elias Canetti, o de William Faulkner, o de Azorín. O incluso de Gómez Dávila, o de Eugenio Montale, o de Hilaire Belloc. Cualquiera sabe. Sospresas tiene la vida. Y la literatura más todavía.

miércoles 14 de abril de 2010

La felicidad es incompatible con la mentira


Parecen felices, pero no hay nada edificante ni contagioso en su felicidad.
Parecen estar en paz, pero su paz es vacía e inquieta.
THOMAS MERTON


Del engaño y de la filfa no puede venir nada bueno. Nada. Pensamos muchas veces que sí, que en esa puntual ocasión o en tal otra. Que es una oportunidad única, que es razonable no desaprovecharla o que ya no se volverá a repetir algo así en la vida. En nuestra vida, tan vulgar, tan poca cosa. Una vez, una vez sólo. Que si las medias tintas, que si la verdad a medias (resulta que la verdad es siempre una exageración o depende del cristal con el que se mira). Que tampoco se nota tanto ni es para tanto, o que ya son manías de fastidiar el día. Que hay que ser práctico oye, sin tantas disquisiciones e historias, sin imponer nada a nadie. ¡La dichosa conciencia! Y se suele hacer de la vida, o al menos se intenta, una añagaza para salirnos con la nuestra. No, no con lo mejor o con la verdad o con lo bueno. Con la nuestra. Tampoco hay que darle tantas vueltas. Nuestra voluntad del momento, eso es, y ya está. Mío. Mía. Esa es la felicidad que más fascina. Pero no. Lo que está mal está mal, y además nunca trae buenos resultados para el mañana, y ya no digamos para el alma. La mentira es sumamente volátil y sobre ella no se puede construir ni un atisbo de alegría. Ni de nada mínimamente serio. ¿Acaso no lo veis? La mentira es un avería moral, una estratagema del diablo (he mentado al diablo, horror, pero yo me tentaría el interior y borraría del mapa esa sonrisa socarrona). La mentira es una superchería que nos hace comulgar con ruedas de molino. Transigimos. Es más cómodo y además hasta podemos presumir de ello. Transigimos más todavía. ¿Somos hombres de mundo o definitivamente mundanos? Y seguimos transigiendo. Ya se sabe, hasta puede llegar a ser un buen negocio. ¡La dichosa conciencia! Todos los hombres queremos ser felices, porque todos los hombres deseamos a Dios. En cuanto el deseo se trastabilla y se encabrita en la soberbia (que es la versión más pulida de la mentira) perdemos el norte de Dios y por lo tanto de la vida. El alma no puede vivir de mentiras, ni de espejismos, ni de conjeturas, ni de caricaturas, ni de viento. No puede ser vendida a la vorágine del placer y de la posesión, que es lo que prima. Algo pasa por dentro. Algo nos pasa cuando rechazamos con premeditación la verdad y el bien. No puedo llegar a imaginar que ciertos hombres prefieran el Infierno. Ay, si fuéramos todos más sinceros con nosotros mismos, si tuviéramos reaños para reconocer que nuestra vida merece otros sueños, y no toda esta algarabía de idioteces.

martes 13 de abril de 2010

Lorenzo, eres un orgullo y un privilegio



No he conocido otro como él. Generoso hasta el extremo. Generoso de si mismo, de su persona, de su tiempo. Invencible. Digo invencible porque el amor lo transforma. El cariño te mira desde sus ojos azules y sientes que todo va bien, que no puede ir mal. Se adelanta a tus necesidades, viene, llega, sonríe y dice: “Déjame a mí”. Hablo en presente. Un hombre así no desaparece, es imposible que se vaya de tu alma. Un hombre así te quiere para siempre, un hombre así es inmortal. Se bate cuerpo a cuerpo con las dificultades, con el dolor, con lo que sea. Tiene coraje, tiene agallas, tiene fe. Un hombre así no dice muchas palabras. Hace, actúa. No habla de amor. Ama. No fatiga a las palabras con discursos inanes. Da. Se da. Está curtido, conoce a los hombres. Y conoce a Dios de cerca. Y sabe que lleva las de ganar. Reza con todo su ser. Yo lo sé. Sólo hay que observarle con detenimiento el corazón mientras vive o se ofrece. Yo soy testigo de su oración clamorosa, de su espiritualidad medular. Por eso no desfallece. Y si desfallece sigue insistiendo, persevera en la vida, dando la cara y el alma por los que quiere, por los que le necesitan. Dando la cara y el alma por lo que cree justo, por la verdad. Inútil disuadirle de que descanse, de que espere, de que no hace falta. No admite razones. El amor hay que darlo ya, ahora, cuanto antes. El amor no puede esperar, se necesita para respirar, para curar las heridas. No he conocido otra persona que se afane tanto por los demás. Y eso le hace extraordinario. Con humildad. Su biografía es un don y un darse, en un sacrificio que no tuerce el gesto ni critica ni presume ni escurre el bulto. He ahí un hombre. Un hombre, digo. ¿Escucháis bien? Un hombre que admiro y al que nunca acabaré de agradecer su vida, su cariño. Y hoy, cuando le miro y pienso que cualquier día de estos puede morir, que un tumor le abrasa el pecho, le acaricio su mano pero no sé qué decir. No sé qué decirle hermanos. Sólo le miro. Miro muy despacio a Lorenzo. Es mi suegro y es también mi padre. Es un orgullo y un privilegio. Sé que nunca dejaré de quererle, de sentirle vivo.

lunes 12 de abril de 2010

Sin Dios esto no hay quien lo entienda


Y una vez escrito el título del presente artículo me ponga a considerar los mil entuertos de la vida. ¡Son tantas las dificultades y los sinsabores! ¡Son tantos los problemas cotidianos! Puede que quejarse no resulte muy elegante y todo eso, pero no hacemos otra cosa. Te despiertas y antes de haber puesto un pie en el suelo ya algo te viene a la cabeza. ¡Mierda! El sueño no ha borrado las evidencias. Todo sigue igual. El día es nuevo, es otro, pero no hay cristiano que tenga tanta paciencia. Con lo que sea. Con el marido o con la mujer, con los díscolos hijos (o pánfilos, según sea el caso), con las mil gestiones del alma, con la empresa de telefonía, con los impuestos, con las coladas, con las cábalas de los colegios, con esos dolores o enfermedades, con el gobierno, con esa angustia económica… Te levantas y sólo falta que alguien te diga que no haces nada, o similar. Salen de estampida las palabras. O te callas rotundo. O piensas (lo pensamos con frecuencia): Que me dejen en paz de una puñetera vez, que salgan todos de escena. El prójimo, el prójimo. A paseo con el prójimo. Quieres respirar un poco. Pero la vida no para (por ahora contigo dentro) y cuanto más te rebelas más amargo puede ser el trago. ¡Qué desgana! Te vuelves gruñón o apático o escéptico o maniático del ego.

Vista la vida así da pena. Damos pena. Doy pena. O asco. Es deprimente salir a la calle con el alma triste, enclaustrado en un gesto adusto e impertinente. Aunque la persona no se sea del todo consciente de su alma. Te devanas lo sesos, piensas mal de todo (y de casi todos), das pábulo a mentiras, ansías más de lo que tienes, no te conformas… Y es que estamos enfermos del alma, creyendo que vivimos por y para nosotros mismos, que la vida sólo es por fuera. O que la vida puede vivirse con un ridículo esfuerzo o a cargo del presupuesto o mediante chapuzas. Pensamos que la alegría nace por generación espontánea o es fruto de la compraventa. Y poco a poco vamos quitando a Dios de nuestras vidas. Aunque nos tengamos por muy píos Dios pierde terreno en el día a día. ¿O no? No nos lo acabamos de creer. Ponemos más empeño en cualquier antojo o apetencia. Nos vamos creando necesidades sin fin o nos enfadamos por cualquier pirueta de la Providencia. La que sea. ¡Qué a disgusto vivimos! Al menos es lo que parece. Hablamos a gritos o con displicencia. Hasta lo más querido se nos hace insufrible. Y lo mejor nos importa un bledo. Y vivimos -y morimos- entre eufemismos. Y todo es relativo. ¿Y Dios? ¿También es relativo?

Sin Dios, o tomándonos a Dios en vano, la vida es un asco. O bien podemos utilizar cualquier otra palabra. ¿Prefieren pena, o tristeza, o cambalache o paripé? Pero el asunto es el mismo. La vida desnuda de Dios es un frío atroz, te pongas como te pongas o aunque la vistas de seda. No hay Ley, no hay referencia. La vida sin Dios no tiene ritmo, y nos deja huérfanos de alma, y hasta de vida. Sin Dios la metafísica es una bobada, y la física un engranaje en busca de autor y de mantenedor. Sin Dios se confunde la belleza con vete tú a saber que mezcolanza de fantasmagorías u ocurrencias. Sin Dios, decidme, sin Dios ¿qué narices es la vida? ¿Qué explicación podemos dar para todo esto que amanece cada día? Sin Dios la vida es un pin, pan, pun, como salta a la vista. ¿Quién la respeta? Se vende al mejor postor. ¿Quién aguanta una existencia así, sin meollo, sin esa íntima esperanza, que no inercia? El amor de Dios es la Fuerza, el Color, el Gozo, el Sentido, la Poesía. De ese Amor mana la gracia que nos convierte y resucita y alienta.

domingo 11 de abril de 2010

“Más virutas de taller”, de Miguel d’Ors



En 2008 apareció el libro Virutas de taller, 1995-2004 (Los papeles del sitio), una nueva alegría -para sus lectores y supongo que para si mismo- de Miguel d’Ors. Mi maestro Vicente Polo fue el encargado de darme la noticia. “¿No lo sabes? No tiene desperdicio”. Raudo me dirigí a una de mis tres librerías favoritas: Antígona. Cálamo se llama la segunda (las dos en Zaragoza), y la tercera supongo que es un amor platónico, pues nunca he estado en Oporto, y una vez en Oporto en la Rua das Carmelitas 144, donde se erige la librería Lello & Irmâo (antes Chardron), que pasa por ser una de las más bonitas del mundo. Bueno, el caso es que compré y leí Virutas de taller. Debo reconocer que el título me encantó. Miguel d’Ors, hay que decirlo, suele tener buena mano para los títulos de sus libros. Y de no pocos de sus poemas. Supongo que es algo que llega con un poco de paciencia (ligada a la experiencia de la vida), una dosis ni pequeña ni grande de melancolía, no pocas lecturas y pericia literaria, una pizca de gracia y, en ocasiones, no poca retranca. Y… voilà! Ahí tenemos, sin ir más lejos, su excepcional Curso Superior de Ignorancia.

Pero la cosa no se queda en los títulos. El contenido responde a la expectativa. O la supera. Como es el caso de su obra poética (lo más adecuado es callarme y dejar que el lector se la procure y la lea), y como fue el caso de esas primeras virutas de taller, que se prolongan ahora en Más virutas de taller, 2004-2009, igualmente editadas por Los papeles del sitio (cuando cuajen algunas de mis prosas o alguno de mis versos me gustaría publicar un libro ahí, en esa editorial, y no me importa decirlo, pues soñar es gratis y la vergüenza para pecar). Uno se siente un poco “viruta” del taller de la vida, esa es la verdad. O mejor: de la Providencia de Dios. Una nimiedad en la inmensidad prodigiosa de la historia y del Universo. Incluso me siento un poco “viruta” del taller de Miguel d’Ors, con toda aquella avalancha epistolar de los viejos tiempos, cuando uno -como me dice el propio autor- “todavía escribía en papel”. Y con suma amistad nos incluyó a algunos amigos en un poema, con nombres y apellidos. Supongo que para dar fe de semejante rastro y para aliviar un tanto nuestra desazón con las palabras. Fue un regalo del poeta artesano.

Más virutas de taller, 2004-2009, es la continuación de algo que a Miguel d’Ors creo que le resultó entretenido. Al fin y al cabo la vida está hecha de estas pequeñas cosas y cada uno intenta sobreponerse al tedio o a la realidad como puede. Y se nota que ha ido escribiendo este libro con gusto. Recoger algún viejo texto, comentar ciertas lecturas, apuntar una inspiración o reflexión en forma de aforismo (“Qué lugar tan extraño: todos son inconformistas, heterodoxos y transgresores menos yo”), contar de Galicia o de Navarra, pasear las palabras por su amada naturaleza, no dar crédito a ciertos poemas o a ciertas actitudes políticas, dejar constancia de su alma católica en menesteres religiosos o no tan religiosos, etcétera. Son confidencias, argumentos, versos, entrañas, clarividencias. Es su sentido de lo ético y de lo estético. Es partirte de la risa cuando cita algunos poemas impostados de una vacía “esencialidad” o cuando habla de una antología de poesía “pelirroja” (escrita por pelirrojos, yes). Es sentirte agradecido por unos “haikus”… Y lo bueno que tiene d’Ors es que a las pocas líneas te das cuenta que estás tratando con una persona coherente, bastante sincera, normal (dentro de lo razonable); con una persona que tiende a dismitificar las bobadas -literarias o no- y a los bobos -literatos o no-.

No entra en cotilleos, ni resulta pedante ni melifluo; y eso, hoy en día, es un gran valor, y es de lo más gratificante. Y es significativo. Y la prosa es exquisita y además pasas unos ratos de lo más agradables. ¿Qué más le puedes pedir a un libro, a un escritor? Cuenta sus cosas, un poco de su vida (claro está, desde la perspectiva de Miguel d’Ors); cuenta lo que es, lo que pasó. Y cierras el libro con ganas de leer muchas más “virutas” de ese taller donde un no tan viejo poeta español lima en silencio sus versos. Gracias amigo.

sábado 10 de abril de 2010

¿Tanto cuesta llegar con puntualidad a Misa?



Pues sí, la puntualidad con Dios nos cuesta. Pero me voy a ceñir un poco más a lo que mejor conozco: la puntualidad en llegar a Misa me cuesta. A mí. A los otros no sé. No me acabo de creer del todo lo que ahí anda en juego. Porque si me lo creyera a pies juntillas y mi amor no fuera tan tacaño digo yo que pondría un poquito más de interés. Digo. Al menos el mismo interés que pongo en ser puntual con mi mujer o con cualquier amigo para comer juntos, o para ir al cine con mis hijos. Pero no. ¿Dónde para el alma? ¿Dónde? La cabeza desde luego por los arrabales de la prisa, desperdigada en todas esas cosas tan importantes de la vida. Porque creemos que lo son, que cualquiera de ellas justifica el desplante a Dios. Total, ¡qué más da! Unos minutillos arriba o abajo no suponen nada. ¿Nada? Nada. ¿Qué pasa? Dios es Padre, ya sabe que voy volado o que me he levantado tarde o que llovía. Menudos somos. Perdón: menudo soy. Probablemente ustedes que me leen son bastante mejores que yo. Y más puntuales con Dios. Como debe ser.

Y te acostumbras. Igual que me acostumbro a rezar media hora más tarde el ángelus o el Regina coeli (si lo rezo), o igual que me acostumbro a zanjar mi conversación con Dios por una simple llamada de teléfono o una visita (las visitas siempre son cruciales). Así soy. Pero vuelvo con lo de la Misa. Se supone que uno es un hombre de fe. ¿Lo soy realmente? ¿Pido a Quién procede un incremento de esa fe? Porque a la vista está que dejo mucho que desear. Dios me espera. Se va a renovar el sacrificio de la Cruz. Dios se va a transubstanciar desde un poco de pan. Y vino. El Cuerpo de Cristo. Y la Sangre. Dios muere por mí… Lo siento, llego de nuevo tarde al Calvario. Este banco está bien, ni muy cerca ni muy lejos. Vaya, hace calor aquí y ya están leyendo el Evangelio. De cuando en cuando esa maldita costumbre de mirar el reloj (suele cumplirse una norma: el que llega tarde a Misa sale de la iglesia antes de que a Cristo le haya dado tiempo a dar el último suspiro). Este cura habla demasiado y no dice nada de enjundia. Tengo que salir pitando. Me esperan. O me encuentro mal o tengo que comprar el postre. Mucha prisa y poca fe. Y un amor con el que sólo me amo a mi mismo. ¿Qué es de mi alma? ¿Se puede saber en qué estoy pensando? ¿Y en Quién no estoy pensando?

Lo reconozco: es muy fácil hablar de Dios. Eso está chupado. Hasta puedes presumir de ello y ponerte medallas. Lo que ya no resulta tan fácil es seguirle, ser consecuente. Quiero decir: seguirle con propiedad y con cierta elegancia de alma. ¡Ay, el alma! Puede que la tenga adocenada, medio lela, y creerme que estoy paladeando un alto grado de la mística, cuando no soy capaz ni de llegar puntual a mi propia Redención. Cristo está dando Su vida por mí (clavado a una cruz) y mientras tanto yo estoy pendiente de la luna. ¡Seré estúpido! Y cobarde. Lo de ser puntuales en llegar a Misa es una cuestión de educación. Humana y sobrenatural. Pero sobre todo es cuestión de alma. De amor (¿en lo que respecta al amor hay asuntos menores?). De lucha. Es cuestión de creerme de verdad el Credo. ¿Me lo sé? ¿Lo rezo? ¿O muevo los labios con el mismo paripé con el que presumo de ser cristiano? Bueno, no todo está perdido. Al menos me doy cuenta, estoy a tiempo y puedo comenzar por fin a tomarme a Dios en serio. La puntualidad a la Santa Misa es un principio. Y no pequeño.

viernes 9 de abril de 2010

Estoy en peligro





Mis hijos juegan en el suelo.
Sus interminables batallas
son la vanguardia de mis sueños.

Los soldados, vaqueros o indios
defienden con valor mi casa
de la vida que a todos mata.

Estamos en peligro niños.
La muerte es un juego muy serio
que nos hará morder el polvo.

Y el tiempo es la peor de las balas.

jueves 8 de abril de 2010

De libros y demás pompas


La mesa y la mesilla. Llenas de libros. La amarga pasión de Cristo, el San Juan de la Cruz de la Biblioteca Castro (“Para venir a gustarlo todo, / no quieras tener gusto en nada”) y Samuel Johnson. Miguel d’Ors (con sus “virutas de taller”) y el Epistolario de Gabriel Miró (uno de los escritores que más frecuento). Leer. La lectura. ¿De qué viene tal debilidad? ¿O es una parte de mi fortaleza, o aquello que me procura cierto respiro en la vida? Puede que sea lo menos aburrido de todo. Y por eso. Para mí, digo. Como para otros puede ser lo más propicio el guiñote o la gastronomía. Leer. Una forma de entretenerse, de incentivar los sueños y de reposar los días. La lectura. La compañía de todos estos libros que he ido escogiendo. Y leyendo. Los cuentos de Mavis Gallant y las cartas de amor de Pablo Neruda a Matilde Urrutia (“Amor mío, mis pensamientos contigo” y “besos, besos, besos” y “soy parte de ti misma”). Y una excelente biografía literaria de Robert Walser que ha editado Siruela, escrita por Jürg Amann. De ésta última me fijo en las breves líneas de Walser que introducen el libro. Es toda una declaración de intenciones, algo en lo que yo creo y que hoy brilla por su ausencia. Copio: “El escritor que tiene más posibilidades de cosechar éxito es aquel que se empequeñece al máximo, tanto ante los contemporáneos como ante la posteridad”. Pero suele ocurrir lo contrario. El escritor se resiste a desaparecer, a dejar que lo escrito gane por si solo su grandeza, o que discretamente desaparezca. Con el tiempo ha ido cobrando más importancia el escritor que la obra. El autor es el personaje por excelencia. El principal, el que acumula honores y referencias (si las hubiere). Y el éxito se mide por estadísticas y entrevistas, por grandilocuencia y publicidad. Yo no pienso que la literatura sea cosa de santidad (que en algunos casos puede serlo), pero sí de un poco de sobriedad y de saber estar. Y de dejar leer a la gente en paz. Abunda un exceso de coquetería y pomposidad, y de "clásicos" de última hora -y de corto vuelo- por obra y gracia de no se sabe muy bien qué. Con un buen título y una rutilante portada se obran maravillas. El volumen se tunea convenientemente y ya está. Listo para las listas. Pero no perdamos la esperanza. Sigamos reivindicando ese empequeñecimiento del escritor, que pedía Robert Walser, en beneficio de la excelencia literaria. "Con la audacia necesaria -esto se lo tomo prestado a Alessandra Borghese- para contar la que constituye, por otra parte, una insuprimible experiencia interior".

miércoles 7 de abril de 2010

El dolor en vivo



¡Es todo tan distinto!
Cuando el dolor hace presa en el alma
sólo ves ceniza. Cuando la vida
te despoja de cualquier consuelo
¿qué sentido tiene nada de lo que solías?,
¿qué sentido tiene el oropel y la belleza?,
¿y esos libros que amortajan tu destino?
El dolor se clava y rasga las palabras
y arranca de sus goznes a los sueños.
La realidad son todos los escombros
que se desprenden del tiempo.
Te quedas pensativo, la mirada perdida
en cualquier rincón de la habitación o desidia.
Cuando el dolor hace presa en el alma
-¿qué sentido tiene la ternura de la luna?-
se produce una grave hemorragia interna
de silencio y tristeza.

martes 6 de abril de 2010

Me falta tanto por vivir



Son tantas las cosas que quiero hacer. Tantas las que quiero ver y ser y sentir. Tantas y tantas las que quiero acariciar con parsimonia. Y ya no les digo todas las que quiero leer en los innumerables libros que me rodean. Son tantas las cosas que espero alcanzar. Tantas las que deseo vislumbrar siquiera un poco. Tantas y tantas las que quisiera amar con mayor perfección y detalle. Son tantos los paisajes que me quedan por contemplar. Tantos los caminos por los que caminar mis pasos. Tantos los mares que surcar. Y tantos los aromas que respirar. Son tantas las iglesias en las que mi alma se quisiera arrodillar sin que nadie la molestara. Tantas las miradas que aún no he mirado. Tantos los besos que todavía no he besado. Tantas las palabras que aún no he entendido del todo bien su significado. Tantas las menudencias que quisiera coleccionar en los estantes de mi memoria. Son tantas las bibliotecas y librerías en las que no he estado. Tantas las maravillas familiares de las que aún no soy del todo consciente. Tantos los días que no he vivido y que no sé si viviré. Son tantos los sueños que sueño y de los que me olvido. Tantos los actos de amor de Dios que no hago. Son tantas las verdes praderas que no he hollado. Tantos los poemas que no he escrito. Tantas las cristalinas aguas de las que desconozco el rumor y el río. Y es tanta la armonía que no he sentido. Tantos los misterios de la vida que no adivino. Tanta la poesía que se esconde en lenguajes para mí desconocidos. Son tantas las ventanas que quiero abrir para contemplar la eternidad de los días. Son tantas y tantas las cosas y los matices de la vida.

lunes 5 de abril de 2010

Releo...



Sigo releyendo las notas, escolios o aforismos de Nicolás Gómez Dávila:

"Tan sólo para Dios somos irreemplazables".

"El mal no triunfa donde el bien no se ha vuelto soso".

"Orar es el único acto en cuya eficacia confío".

"La única preocupación está en rezar a tiempo".

"Dios es huésped del silencio".


Y releo varios poemas de José Miguel Ibáñez Langlois (los dos que transcribo aquí son de su libro Poemas dogmáticos II):

IMPERIO


Fascistas estos discípulos del Nazareno
les ofrecimos para su Cristo
un lugar en el panteón de nuestros dioses
y nos tiran por la cabeza la sangre de su martirio
estos hombres se lo toman todo a la tremenda
ignoran el panteón de los consensos.



POSTMODERNO


El postmoderno es un perfecto imbécil
que vino al mundo en una época de sonido y furia
y lo celebra con una tremenda gracia personal.

domingo 4 de abril de 2010

¿El progreso pasa por prescindir de lo católico?



¡Qué fiebre, qué ímpetu! A los que menos importa lo católico son aquellos que precisamente más fijación ponen en sus comentarios. No cesan. Mucho se deben de aburrir con lo suyo, o les sobra el tiempo, o debe de compensar bastante la cosa. El vituperio anticatólico prolifera, es lo que más les pone, es lo que más une a toda esta panda de mediocres semicultos. Da igual el tema. El Papa o las procesiones de Semana Santa, da igual. Lo católico molesta, escuece, es un fraude. Y si dices algo eres tú el que insultas. “A por ellos, hay que darles donde más les duele”. Leyes y jodiendas. Ironías y blasfemias. Presupuesto y sarcasmo. O desdén. Y patadas en la entrepierna de lo más sagrado. ¡Qué tesón tan admirable! Una perseverancia más digna de otras causas. Pero parece que es lo único que tienen. Es como una fe inversa. Pero fe al cabo. La descomposición ideológica y la buena vida burguesa les han dejado el asunto vacío de ideas y el culo dispuesto a lo que sea (me refiero a una inquietud manifiesta). Y el alma prohibida. Y yerta. El pecado es el único valor claro. ¡Qué poderío, qué ahínco! Estos católicos -tantos años de imposiciones reaccionarias- no saben que el pecado no existe, que lo que llaman pecado es la liberación definitiva, el colmo del progreso y de la risa. Por fin. Después de siglos de servidumbres. Hay que hacer ver a la gente que la virtud coarta la libertad del hombre y la vulgaridad nos hace mejores. Destilan amargura y soberbia. Y grima. Y una supuesta y esotérica moral laica que pontifica e interpreta según conviene. Proselitismo de propaganda. La cultura cristiana no cuela, es intransigente. Son tan listos que se han dado cuenta. ¡Qué gente tan profunda y democrática!

viernes 2 de abril de 2010

Viernes de Pasión


Jesús, te sigo. Estoy entre la multitud que te insulta y zahiere. ¡Qué impotencia el verte tan herido, tan humillado! Te sigo, Jesús mío. Vas dejando un reguero de sangre a Tu paso. Me empujan, me cuesta seguirte… ¿Por qué quieres sufrir tanto? Estás irreconocible. ¿Es por mí por lo que llevas adelante esa Cruz? ¿Es por todo este gentío que te aborrece? Perdóname Jesús, perdona cada uno de mis pecados. Perdónanos a todos. ¡Cómo cuestan las palabras! ¡Cómo cuesta vivir viendo que vas camino de Tu muerte! No tiene sentido todo esto, no quiero que pase Jesús, no quiero que sufras más por mi culpa. Quisiera ayudarte, pero me da miedo y me escondo entre estos gritos blasfemos. Gritos como piedras, como flechas, como balas, como explosiones. ¡Cómo cuesta estar a la altura de Tu silencio, de Tu mansedumbre, de Tu amor! Estoy aquí Jesús mío, sabes que estoy aquí, detrás de todo este veneno. Me miran de mala manera y el camino -Tu camino- es cada vez más empinado, más arisco, más difícil. Te caes y rebota Tu Cuerpo contra el suelo. ¡Dios! Mi alma se desploma Contigo. No puedo más, no puedo seguir mirando… Soy muy cobarde, de sobra me conoces. Quisiera acercarme a Ti, quisiera… Alguien me pregunta si te conozco, y me escabullo, me callo. Tú te levantas, tú me levantas. Con esa Cruz, con mis pecados. Perdóname Jesús, perdona mi pánico. ¿Por qué te desprecian así? Y yo no soy mejor que nadie, lo sé, pero tanta rabia, tanto odio, ¿de dónde sale? Te rodea un verdadero infierno, mientras el Cielo sangra. Son muchos los hombres que jalonan el camino de Tu Cruz y de la Historia, y muchos son los que siguen escupiéndote y aborreciéndote, pidiendo con aullidos Tu muerte. Muy pocos los que se atreven a salir al paso de Tu dolor con su vida, con su fama, con su corazón desnudo. Te arrastras, tropiezas, te caes, gimes de tanta tortura, de tanto olvido. Una mujer te consuela… Una mujer sencilla, compasiva, enamorada. Lloro, lo reconozco. Cobarde. Lloro de mi propia vergüenza, de mi poca fe, de mi poca hombría. No soy digno de nada. Sé que, en esa Cruz, llevas en vilo mi alma, que zozobra a cada momento, que peca, que duda. Jesús, ¿es el martillo o es mi omisión la que clava esos clavos que hienden tu carne? Veo a tu Madre. Ella me da valor para acercarme, para no huir del todo. Ya te alzan… Ahí estás. Como una diana sobre la que muchos apuntan su frustración y su amargura. Trono de salvación para el mundo. Cima del amor y del perdón. Signo y sentido. Hablas. A Dimas, a María, a Juan, al Padre… Y caigo de rodillas con Tu último suspiro.

jueves 1 de abril de 2010

¿Dónde está Dios en nuestras vidas?


Dios en mí se despierta tan temprano
José Miguel Ibáñez Langlois


¡Cómo cuesta ser puntual con Dios y guardar cierta decencia! Tengo que mirar el correo, que no se me pase comprar el pan y llamar a la compañía del gas. Y ahora recuerdo que debo leer esta novela de Vila-Matas o esa otra de Naguib Mahfuz, o quizá escribir sobre la primavera. Vaya, bien, voy, un momento, ya casi está. Te acostumbras a Dios. Acabas dándole poca importancia. Espera unos minutos. Y quizá olvidas ese momento de oración (como suelo), y es que el teléfono no para de sonar. Quizá esta tarde después de comer. O después de la siesta, camino del trabajo, puedo ir hablando con Él. Pero resulta que me encuentro con dos o tres amigos. El mundo es un pañuelo. ¡Cuánto tiempo hacía! Vamos a tomar un café. ¿Y Dios? Mi mujer bien, gracias a Dios. Algo es algo. ¿Qué hace tu padre? Podríamos quedar a comer un día. Esta semana. ¿Mañana? Venga, vale. Invito yo. Adiós. A Dios.

Encontramos hueco para todo. Y nos conformamos con algún pensamiento superfluo. O un buen sentimiento. Dios me quiere mucho y ya sabe que no lo hago a mala idea. Sólo faltaría. Transcurre la jornada. Las cosas de Dios se hacen pesadas. ¡Tanto por hacer! Las cosas de Dios resultan monótonas. Un momento, me llama mi mujer. Las cosas de Dios no urgen tanto como las demás. Igual me acerco a misa de 8. Igual. Puede, no sé. Rezo un misterio del Rosario mientras voy a hacer unas fotocopias. Por mis tres hijos. Jueves. Misterios luminosos. El Bautismo de Jesús en el Jordán. En la cuarta avemaría me despisto en el escaparate de una librería o en las piernas de una fugaz mujer. Un poco más adelante ya he perdido la cuenta. Vuelta a empezar.

Padre nuestro que estás en el cielo… ¿Sí? Un momento Señor, otro más. Es un familiar. La verdad es que ya estoy un poco mejor. Me alegra tu llamada. Lo siento, tengo que hacer unas fotocopias. Ya hablaremos. ¿Y Dios? ¿Y la Virgen? Esta mañana eran las 12:00. Lo he visto muy claro en los dígitos del ordenador. El ángelus. Las 12:00. Estaba escribiendo. Si paro se me va la idea, la inspiración, la musa. Y no he parado. Una completa indelicadeza. Y una bobada. He preferido lo mío a la Mística Rosa. Y me llamo cristiano, y me creo que amo. Soy un ingenuo y un mal hijo. ¿Me fata voluntad y me falta orden? Es muy cómodo ser cristiano a medio gas. ¿Y dónde queda lo de ser santo? Recomenzar, tomarme en serio el amor de Dios, que me está esperando. Volver, reconocer el fiasco. ¿Por dónde empiezo?

Miro el crucifijo sobre mi mesa. Miro a Cristo, ante mí crucificado. Linchado, escarnecido, agonizante. Cada dos por tres repito aquellas palabras del centurión: “Señor, no soy digno de que entres en mi casa”. No soy digno, soy un completo fracaso. Había quedado Contigo y no he acudido. Y sigo leyendo los libros, o abro la ventana buscando en la inopia cualquier frenesí. Más o menos poético. Y se me caen de la boca místicos comentarios o sagrados conceptos. Para presumir. ¿Por dónde comienzo? Es tan poco mi amor, es tan escasa mi fe. Te miro en el crucifijo. En su envés leo: “¿Me amas?”. ¿Te amo? ¿Te amo de verdad? Pasan los días y me confieso de mi medianía, de mi indecisión, de mi pereza. Pasan los días y no pongo los medios ni acabo de tomarte en serio. ¡Cómo será mi amor que hasta la oración me aburre! O es que sólo hablo de mí, de mí, de mí. ¿Y Tú? ¿Por dónde comienzo Dios mío? ¿Por cuál de Tus llagas me abismo?

Comienza Tú por mí. En mí. Será lo mejor. Para Ti. Comienza Tú, por favor. Recomiénzame. De cuajo, aunque me duela. Ábreme el alma a Ti. Y así ser más consciente de mí, de los demás, de todo. En Ti, desde Ti. Quítame esta ceguera, aparta de mí esta densa tiniebla. Eres Dios, no permitas que bostece en Tu presencia. No permitas que me aleje ni siquiera una legua camino de los sueños de Emaús. Absuélveme de mi ignominia Dulce Rostro pascual, quítame de encima y de dentro esta lepra de mentiras que me ahoga. Recomienzo de nuevo. Otra vez. Hasta alcanzar la eternidad en Ti de todo lo que veo. Yo Te adoro, Jesús, yo Te adoro. Tú llenas mis manos vacías, Tú guías mis pasos perdidos. Recomienzo. Porque el amor -Tu Amor- no es nunca en balde. Y lo necesito.