Bienvenidos

Reflexiones, poemas, escorzos de vida, fe de lecturas, noticias de amigos... No pretende ser un desahogo, más bien un diálogo. Un demorarme en el resplandor de nuestra existencia. Y en su literatura.


Mostrando las últimas 29 entradas de un total de 31 de marzo 2010 Mostrar las entradas más antiguas
Mostrando las últimas 29 entradas de un total de 31 de marzo 2010 Mostrar las entradas más antiguas

miércoles 31 de marzo de 2010

¡Qué resplandor el de la vida!



Vamos, vamos, rápido, vamos. Espera un momento, espera. Veamos, las gafas de sol, ese libro de Batur (por si acaso), la cartera, las llaves… Espera, espera, que se me ha olvidado un pañuelo para el cuello. Ya está, éste de tonos verdes es muy adecuado. Vamos. Uf, qué ganas tenía de salir a la calle. ¿Qué pasa? Vale, vale, ya espero. Estoy en el ascensor. ¿Los pendientes? No, no los he visto. ¿Cómo voy a saber yo dónde están tus pendientes? Vamos, por favor, vamos. Fíjate el sol que hace. Es perfecto. La luz nos reconoce. Y fíjate en esas ramas, pronto estarán verdes. Despacio, vamos a disfrutar de todo esto que se nos ofrece. Respira... Estoy leyendo una biografía de un poeta romántico alemán al que se conoce como Novalis. Qué delicia este sol, este mundo, el sosiego y el resplandor de esta mañana. No tenemos prisa. Bueno, pues el tal Novalis y yo tenemos al menos un par de cosas en común: la fecha de nacimiento (2 de mayo) y un pensamiento que antes de saber que era suyo ya era mío desde hace tiempo (“ejercítate en la lentitud”). ¿No te llaman la atención los colores? Y esa diamantería -como diría Juan Ramón- que se refleja en las ventanas o en la veloz carrocería de los coches. ¡Qué mañana! Es como un mar de luz. Nosotros somos el oleaje, el vaivén de vida. ¡Mira, mira! Allí. Ya es tarde. Era una paloma blanca, muy blanca, de un blanco ensimismado. Sí, vale, compra La Gaceta. La gente sólo se fija en los cuerpos, pero cada vez me resultan más evidentes las almas. Dejan su rastro, sus huellas. Las manos de esa chica lo dicen todo. O los ojos de esa madre que acunan a su hijo. “Milagro a la orden del día” creo que define perfectamente esto que digo. “Milagro a la orden del día” es un verso de la poeta polaca Szymborska. “Milagro a la orden del día” es la única realidad que da sentido a lo que vemos. Y a lo que no vemos, pero sentimos. O creemos. Vamos a quedarnos quietos un momento. Lentitud, demora. Vamos a tomar conciencia de que estamos vivos. Dios mío, aunque el infierno se prodiga con su maligna fantasmagoría, es como si no hubiéramos salido nunca del Paraíso. No hay más que salir a la calle y fijarse en el milagro. Milagro, sí, milagro. De otra manera no se puede explicar todo esto. ¡Nos parece ya tan habitual la vida y lo que en ella nos sucede! Transitamos la belleza de cualquier manera, como si nada. Hay que dar la voz de alarma y no tirar el amor a la basura. Porque esta luz, y tu rostro, y los colores, y la poesía, y aquella paloma tan blanca, es todo amor. Y salir a la calle es un acto de espiritualidad, de alma que se desenmaraña en el asombro cotidiano de Dios.

martes 30 de marzo de 2010

El señor Vicente



Una sonrisa es lo primero que vi en él. Y luego sonó una música de palabras valencianas. Era el señor Vicente, mi compañero de habitación. Allí estaba, entre un zureo de enfermeras. Conocí su cariño antes que su nombre. “¿Sabes cantar jotas?”, me preguntó lo primero. Con los días apenas leí ni hice otra cosa que hablar con él, escuchar su alegría engalanada de mil historias. Su vida no había sido fácil, pero la contaba como un don de Dios, como algo único y bueno. “He pasado muchas noches solo en el campo mirando las estrellas”. Y miraba más allá del techo y de las paredes. Y de pronto, sin quererlo, decía un verso: “Es la hora del mar y de la luna”. O contaba un chiste. El señor Vicente es un hombre que respira con el corazón, un hombre ante el que te sientes pequeño. Su sencillez es su principal magisterio. Y esa humildad innata. Yo le escuchaba expectante, como un niño. “Guillermo, yo no tengo estudios ni he leído tantos libros, pero conozco muy bien a los hombres y a la naturaleza”. Y me contaba de una guerra, de las serpientes o de los naranjos. Pero lo mejor es cuando cierra los ojos y comienza a pronunciar su alma. Cuando habla de su mujer, por ejemplo. “Murió, pero la quiero tanto…”. Sigue viva. O de su hija María Ángeles. Su amor es presente y activo. Su amor es su valentía y es su honor y es su verdad y es su gozo. Su amor es lo que funda su vida. Por encima de cualquier otra cosa. El señor Vicente es el último de mis maestros. “Perdóname si hablo demasiado, si te molesto en algo”. ¡Cómo me vas a molestar querido amigo! Sigue hablando, no te calles nunca. Y aunque te calles ten por seguro que te seguiré escuchando. Que Dios te guarde y bendiga.

lunes 29 de marzo de 2010

“La hora 25”, de Constantin Virgil Gheorghiou



(El sentido de la vida es absolutamente individual)


El autor de esta magnífica novela es un sacerdote ortodoxo, testigo del horror que se abatió durante toda la segunda mitad del siglo XX, un horror que ya antes había tenido su bautismo de sangre y de caústica (de)generación durante la I Guerra Mundial y la Guerra Civil Española. El hombre dejó de ser individuo para ser un engranaje más en la maquinaria bélica, propagandística o de pecado. Como se apunta en La hora 25 (El buey mudo): “Los seres humanos que no eran culpables de nada, podían ser detenidos legalmente, torturados, despojados y exterminados”. Desde la perspectiva y el dramático peregrinaje por media Europa del agricultor Iohann Moritz (el hombre más pobre de Fantana, un pueblecito de Rumania, que se ve ocupada por el ejército nazi primero y luego por las hordas bolcheviques) se nos va relatando la historia de un sufrimiento que parece no tener fin. El piadoso y culto sacerdote ortodoxo del pueblo, Alexandru Koruga, y su hijo, el novelista Traian Koruga, y luego su mujer, la periodista Eleonora West (mujer de raza judía) serán los principales ejes sobre los que se vertebre toda la historia.

Una historia cargada de honda reflexión, de indagación en el ser humano. Una historia sobre el dolor y su redención por el amor. Una historia sobre la deshumanización: “El primer síntoma de esa deshumanización es el desprecio al ser humano”. Una historia sobre la orfandad de millones de almas. “La sociedad técnica puede crear la comodidad. Pero no puede crear el espíritu”. Una historia donde también se apunta la esperanza: “(…) Ese derrumbamiento de la sociedad técnica irá seguido del renacimiento de los valores humanos y espirituales. La gran luz se proyectará sin duda desde el Oriente”. Al individuo se le desgaja de su dignidad, de su pudor, de sus derechos, de su familia. El cuerpo gime, como gime el alma.

La novela es muy rica en jugosos diálogos, en conversaciones donde podemos leer verdaderos monólogos interiores o plegarias (ver la de Traian Koruga en la página 324). Por ellos fluye la conciencia, la inteligencia y los sentimientos del autor. Por ejemplo en boca de Nora West: “Los intereses de la sociedad occidental no son los de los hombres. Al contrario. En la Sociedad técnica occidental los hombres viven como los primeros cristianos, en las catacumbas, en las cárceles, en los guetos, al margen de la vida”. O en boca del conde Bartholy (un personaje marginal): “(…) Sólo por el respeto que sentía a esos tres símbolos: el hombre, la belleza y el derecho, pudo nuestra cultura occidental llegar a ser lo que fue. Sin embargo, ahora acaba de perder la parte más preciosa de su herencia: el amor y el respeto del hombre. Sin ese amor y ese respeto, la cultura occidental habrá dejado de existir. Habrá muerto”.

La novela tiene un evidente trasfondo religioso y de esperanza. "Al final, Dios -dirá el padre Koruga, el párroco ortodoxo de Fontana- se apiadará del hombre, como ha hecho ya tantas veces". La novela es el resultado de una inquietud y de una lucha. Es preciso denunciar esta desespiritualización descarnada del hombre (vigente aún en tantos y tantos lugares), es preciso reivindicar a Dios y todo lo que ello significa. Es preciso mostrar lo que supone vivir de espaldas a la dignidad que nos identifica. La aventura de esta novela, tan dura como entrañable, es la aventura de muchos que fueron, y de otros que hoy -en otras circunstancias de dolor- todavía son. ¿Aventuras? Dice Traian Koruga: “La mayoría de los hombres de este mundo no son aventureros. Y, sin embargo, todos se verán obligados a vivir aventuras como no las podría imaginar ningún escritor de novelas sensacionales”.

La hora 25 es una novela que quiere escribir –y de hecho se va escribiendo durante nuestra lectura- el personaje Traian Koruga. “No es la última hora, sino una hora después”. Es nuestra hora, la hora en la que la civilización occidental se lo está jugando el todo por el todo. Pero puede que ya sea demasiado tarde. “Es la hora veinticinco. La hora demasiado tardía para ser salvado, para morir y también para vivir. Una hora tardía para todo”. Pero tanto dolor no ha sido en vano, no puede ser en vano. Y Nora West -su mujer- toma el relevo y sigue escribiendo la novela, esa historia que hace mucho tiempo dejó de ser ficción.

Este libro tuvo su cierto reconocimiento durante los últimos años 60 y principios de los 70. Y sobre todo a raíz de la película dirigida por Henri Verneuil (1967), e interpretada por Anthony Quinn y Virna Lisi. Ahora la editorial "El buey mudo" la incorpora a su catálogo con buen tino, con la confianza de que nuevos lectores -ojalá sean abundantes- descubran su gran calidad literaria, y su indiscutible vigencia.

domingo 28 de marzo de 2010

La Gerencia, aquella casa



La casa era grande. No, grande es poco. Era inmensa, señorial. Mi niñez corría entre sus habitaciones y se deslizaba por el pasamanos de la escalera. Fuera jugaba al fútbol con las piedras. Detrás de un muro había un jardín perfecto donde me extasiaba mirando el cielo del que brotaban unas peras inalcanzables. Una día la puerta verde se cerró detrás de mí. Y quedé prisionero del jardín. Tuve miedo de los árboles, lo confieso. Los setos comenzaron a moverse a la misma velocidad de mi carrera. No había escapatoria. Era un laberinto del que no saldría nunca. Estaba solo. Solo. Con mis gritos y el aterrador sonido vegetal. De pronto un ruido. Pasos sobre la grava. Y una voz se alzó entre el pánico y las flores. Mi madre. Recuerdo muy bien su abrazo y la carne de membrillo que fue mi merienda.

sábado 27 de marzo de 2010

Llevo mal que mis hijos crezcan



Llevo mal que mis hijos crezcan. Aunque ya sé que no me queda otra y que llevo todas las de perder. Los miro y remiro sin que se den cuenta, o me abrazo a ellos venga o no a cuento -cualquier excusa es buena- como un náufrago del tiempo. No quisiera que crecieran tanto, o tan rápido, pues apenas puedo hacer acopio de unos pocos recuerdos. Mejor sería que siguieran así, entre los 11 y 17 años; así, en este bullicio de voces y risas; de riñas, juegos, exámenes y gritos. Que todo siga como hasta ahora, con esos rostros adolescentes y esas almas de niños. Entrar en casa y sentir la complicidad de sus sueños… ¡Papá! Ay, esa falda, ese pantalón o ese pelo. ¿Nadie ayuda? Recoged esa ropa y ordenad los cuartos. ¿Dónde están esos besos? Papá, hoy juega el Barcelona, ¿lo veremos? ¿Y las notas? No perder nunca esos momentos; estos momentos donde te sientes el hombre más feliz del mundo. Sal ya de la ducha. ¿Habéis bendecido la mesa? Tengo anginas y no podré ir al cole. Me voy a Roma… Hablan todos a la vez. Esos ojos limpios, esas miradas puras. Hijos, sed siempre buenos. Gente honrada y de ley. Personas leales y trabajadoras. Sed buenos cristianos. Es el fundamento. Vale, vale, papá, ya lo sabemos, ahora calla. Y yo los contemplo sin dar crédito a lo que son. Y pienso cuando no estén, cuando pasee por sus habitaciones perfectamente ordenadas y limpias. Cuando entre en casa y… Ya sé, ya sé lo que es ley de vida y todas esas cosas. Pero no es algo que me consuele. A mí sólo me consuela sentir el barullo o ir de noche a sus camas y verles ahí, dormidos. Y acariciarles el pelo y hacerles la señal de la cruz en la frente. Quiero más sus vidas que la mía. Será duro dejar de ver a los indios apostados por las estanterías. Será muy duro dejar de ver las películas de los sábados sin ellos. Será peor el silencio… y los ecos. ¡Dichosa melancolía!

viernes 26 de marzo de 2010

“Textos”, de Nicolás Gómez Dávila



“El alma es la tarea del hombre”
N.G.D.

Acaba de aparecer un nuevo libro de Nicolás Gómez Dávila: Textos (Atalanta). Un libro breve, fiel a si mismo: “los ilusos son prolijos”. Un libro de un escritor que provoca con ingenio e ironía, con llamativa clarividencia. Después de que sus Escolios para un texto implícito se hayan convertido en constante referencia para cualquier hombre lúcido (o que aspire a dicha lucidez), uno aparta todo lo demás y lee el nuevo volumen con suma atención. Un libro que posiblemente quisiera ser “el texto implícito” al que se referían sus escolios; la primera parte de un tratado -lo tituló Textos I- en el que pretendía recoger de forma sistemática su pensamiento sobre el hombre, su filosofía antropológica, sus reflexiones sobre lo que es en si misma la civilización y la historia. Cosmogonía y hermenéutica. Síntesis y cifra. Razón y duda. Anhelo y misterio. Escribe en la página 48 unas líneas no muy lejanas de la filosofía o razón poética de María Zambrano, pero que me parecen muy ilustrativas:

“En el silencio de los bosques, en el murmullo de una fuente, en la erguida soledad de un árbol, en la extravagancia de un peñasco, el hombre descubre la presencia de una interrogación que lo confunde. Dios nace en el misterio de las cosas”. Es una llamada muy clara a no dejar pasar la oportunidad de nuestra innata trascendencia. Y prosigue Nicolás Gómez Dávila:

“Esa percepción de lo sagrado, que despierta terror, veneración, amor, es el acto que crea al hombre, es el acto en el que la razón germina, el acto en el que el alma se afirma”.

Hay unas constantes en su pensamiento: la idea del progreso (“el progreso es dogma que requiere una fe propia”), la trascendencia del hombre, la doctrina democrática (“la primera, y la más obvia, de las ideologías democráticas es el ateísmo patético”), la literatura, etc. El autor escribe para zarandear la inteligencia. Y algo más. Avisa sobre una libertad dormida (“la libertad no es potencia abstracta; sino actitud del ser concreto ante un valor”) o sobre una cultura abúlica y tortuosa. ¿Y qué me dicen de la pertinaz soberbia del hombre, de su secular cainismo, o cinismo? Escribe: “El hombre olvida su impotencia, y remeda la omnipotencia divina, ante el dolor inútil de otro hombre a quien tortura”.

Y mientras iba leyendo me llamaba la atención la culta y precisa prosa de Gómez Dávila. Con esa cosmovisión poética de la vida, de la existencia. A veces te parece estar leyendo largos versículos, como si la reflexión fuera precedida o estuviera imbuida de un cántico, himno o elegía. Lean esto como muestra:

“(…) Mundo oculto en nuestro mundo transparente; blancura de una espalda en la floresta umbría; pureza del estanque bajo las ramas inclinadas”.

Y más abajo, para rematar estos Textos:

“Es en el fracaso mismo; es en la oscura senda de su frustración y de su engaño; es en la materia deleznable, en la tierra friable, en la arena lábil; es en lo voluble, en la mudanza, en la blanda carne amenazada, donde el hombre halla el firme suelo de sus sueños”.

Textos. La vida del pensamiento, la vida del alma. La vida del hombre: su sentido. Su proyecto, su inconformismo, su infortunio, su esperanza de algo noble. La vida. Al comienzo del libro hay un par de frases que se recogen de la página 96 y que son la principal reivindicación de este escritor: “La vida es un valor. Vivir es optar por la vida”. Y escribí al margen inmediatamente unas palabras del poeta Jorge Guillén que me vinieron a la mente: “La vida es bella por el hecho de ser vida”.

Al final del libro en cuestión se publican unas páginas que ya son míticas. Nada menos que “El reaccionario auténtico”. Sobre lo reaccionario el autor tiene escritos multitud de escolios o fragmentos. Nicolás Gómez Dávila es un antimodernista confeso. Nos asfixia a todos un modernismo basado en la barbarie del espíritu y en la bobería política. Apenas existe nada, para el reaccionario, que merezca la pena ser hoy tenido en cuenta. Sobre todo es una reacción contra la inepcia del progresista o el demócrata envilecido o el taimado materialista. “El reaccionario escapa a la servidumbre de la historia, porque persigue en la selva humana la huella de los pasos divinos”. Para él el reaccionario de nuestros días “no es el soñador nostálgico de pasados abolidos, sino el cazador de sombras sagradas sobre las colinas eternas”.

¿Estamos ante un escritor radical? Sin duda. Y magistral. Pero, ¿qué quiere decir que es radical? Significa -antes de que nadie diga tonterías- que no se anda con componendas ni con medias tintas. Es la resistencia a la mediocridad, a la zalamería, al descaro, a la ramplonería; a base de un detenido escrutinio de la impotencia y de una constante lectura de los clásicos. Gómez Dávila es un escritor reaccionario (“el pensamiento reaccionario es impotente y lúcido”) y a la vez vanguardista. E inclasificable en las torpes habichuelas de la historia literaria. Un rebelde que piensa (que piensa la rebeldía ante el lastre de lo subalterno). Para terminar recuerdo ahora un escolio muy ilustrativo: “El tonto puede captar lo sutil, pero no ve lo obvio”.

Un gran libro. Un autor indispensable. Porque estamos ante mucho más que un conjunto de opiniones respetables.

jueves 25 de marzo de 2010

Cosas y más cosas



Cosas, siempre cosas. Tener más cosas. Comprar sin necesidad mil baratijas. Nunca es bastante. El capricho se enamora de las más variadas formas. Posesión, posesión. Somos poseídos por las cosas en un despliegue de publicidad y excusas. No podemos pasar sin ello. Deambulamos entre ofertas, marcas y etiquetas. Vestidos, carteras, colonias, velas, juguetes… A mitad de precio no hay quien se resista. O en los chinos, o en aquella tienda ideal de tan exquisita. Da lo mismo. El caso es comprar. El caso son las cosas. Inmersos en su fugaz disfrute. Admiramos nuestra perspicacia. Se llenan los armarios, las mesas, el suelo, los estantes. El tiempo y el espacio rebosan de cosas. “Pequeñas alegrías que uno se da”. Espejismos en los que esperamos encontrar alguna dosis de felicidad. Pero las cosas no colman el corazón del hombre. Nunca. Y un constante desencanto se posa en nuestros actos o camina en nuestros pasos. Una insatisfacción que no se cura en las rebajas. Porque está claro que necesitamos algo más. Algo que no es materia, algo que trascienda los sentidos y su ceniza. El consumo es la evidencia de una impotencia. En él cosificamos el amor y enajenamos el alma. Todo parece que se compra, que tiene precio. Pero no es así. Sabemos que no es así. Que esa persistente melancolía que nos lastra se debe en gran parte a que no nos decidimos de verdad a vivir desprendidos de las cosas y a pensar más en los demás. ¿Para qué llenar la casa y el alma de un hastío que asfixia? ¿Necesitamos todo lo que tenemos? ¿Compramos y compramos para desterrar de nuestras vidas el gran vacío, la gran ansiedad que supone no estar más cerca de Dios? Esta y no otra es la gran cuestión.

miércoles 24 de marzo de 2010

Vida, religión y literatura


Puede ser casualidad. O no. El caso es que en los últimos días varias personas me han dicho que escribo más sobre religión que sobre literatura. Incluso una de ellas puntualizó que “bueno, al fin y al cabo para ti religión y literatura vienen a ser lo mismo”. Pues hombre, lo mismo lo mismo no. Pero es cierto que de las cosas que más me interesan de la literatura es el fondo del asunto, las respuestas a las preguntas esenciales, la forma que el escritor de turno tiene de sortear o abismarse en el meollo del alma. Y me encuentro que de repente estoy rezando por Pablo Neruda o por Arturo Pérez Reverte. La lectura se transforma en algo de proporciones sobrenaturales.

Es cierto que según pasa el tiempo uno contempla con más detenimiento lo que verdaderamente importa para la felicidad de los demás y para la suya propia. Y desechas lo accesorio, lo superficial, el brillo. Buscas a Dios allá donde vas o te encuentras. Entre tantas páginas, pamplinas y palabras. En el silencio de los libros y en la vorágine de la calle. Pasa el tiempo y ya te van dando igual tantas y tantas circunstancias que te parecían indiscutibles. Disimulas menos y manifiestas sin rebozo lo que piensas y sientes. Y aunque persiste, notas que la vanidad se va diluyendo en una discreta alegría, en tu familia o en la sobria belleza de una camelia.

Os lo digo ahora, hoy: según soy un poco más consciente de mi vida, siento más de cerca el amor de Dios, que se manifiesta constantemente, sea cual sea mi respuesta. Esa vida que no hace mucho me parecía tan vulgar o insulsa, o tan poco reconocida. De una medianía sin remedio. ¡Cuántas majaderías! Pensaba tenerlo casi todo controlado. ¡Iluso! Será por ello que cada vez me importa más eso, lo que antes decía: el alma. La sonrisa de mis hijos no es tampoco mala teología. O esa mirada de mi mujer, que admira como nadie la entraña del asunto, y su elegancia infinita. No, no me extraña que cada día pueda escribir más sobre religión o sobre Dios, que me ama en situaciones muy concretas, día a día. Sin Él, ¿qué es de recibo?

Escribir es un acto de amor, de redención. Esa es su verdadera filología: la espiritual. Esa es la trama que va urdiendo la aventura de nuestras vidas. Señores míos, un saludo.

martes 23 de marzo de 2010

Oración




Tú lo sabes todo. ¿Qué quieres que Te diga?
Hoy mi vida está a oscuras
y ni siquiera veo las palabras oportunas.
¿Qué quieres que Te diga, Jesús mío, qué quieres
de mí, que nada soy ni siento nada?
¿Qué quieres de mi alma tibia?
¿Qué quieres de mi corazón altivo?
¿Qué quieres de mi rudimentaria vida?
Te amo, pero sin ganas; Te amo, sí,
pero Te amo a tontas y a tientas.
O perdido entre las nubes de cualquier manera.
Jesús mío, dame tu mirada, mírame
en la derrota de esta vida que me cansa.
Mírame… Es mejor que yo no Te diga nada
y que Tú entres en mi casa.

lunes 22 de marzo de 2010

Carta a María Dueñas (autora de "El tiempo entre costuras")



Querida María:


Permíteme unas breves líneas en esta deliciosa mañana de marzo, cuando la primavera ya está casi en sazón, dispuesta para estrenar sus renovados colores y aromas. La vida. Y las palabras, que como bien sabes, indagan allá por dónde miras, y respiras, y acaricias. La voluntad de expresarte, la necesidad de sacar adelante el alma. Las palabras, el lenguaje, esa forma de querer a los demás, de contarles el silencio que guardas. Esa forma de precisar la belleza y el dolor y el amor y cualquier otra experiencia. (Ya pujan las yemas en las ramas). Escribir es como ir aprendiendo a hablar, ¿verdad? Cada vez se pronuncia mejor lo que sientes. Aunque siempre te parece estar en ese primer balbuceo, y temes no poder seguir o comenzar siquiera. ¿Cómo expresar la emoción del corazón y el misterio de lo que nos sucede? Y poco a poco se te va poblando el alma de personajes, y tú estás en ellos, y esbozas su geografía, y tu aventura.

Eres escritora. Una muy buena escritora por cierto. Lo sé porque te he leído atentamente, con deleite y pasmo, porque he seguido el rastro de la intriga que es tu primera novela: El tiempo entre costuras (Temas de Hoy). Intriga amorosa, intriga política, intriga de la memoria, intriga de espías, intriga de la vida que se nos escapa. El suspense y la tensión con los que vivimos todos, con los que vives tú, con los que viven tus personajes -sobre todo Sira Quiroga- y con los que vive el lector. Novela: imaginación y autobiografía, historia y viaje. Novela, vida. Sucesos que viven, que emocionan, que perviven. El envés de las cosas. Realidad y ficción. Ficción y maravilla que entra a formar parte de todo aquel que te lee. Los sueños de una mujer que necesita ser querida, que necesita amar para que el tiempo no sólo sea herida, o costura. Para que el tiempo se transforme en algo más que la algarabía de trampas, dislates e incertidumbres que suele.

Una novela se escribe cuando de alguna manera nos falla el destino que anhelábamos, cuando no podemos más, cuando ya no es suficiente lo que nos rodea, cuando queremos cifrar el sentido de la vida en un constante diálogo con la esperanza. El diálogo entre los personajes es en realidad un constante diálogo con nosotros mismos. Contigo misma, escudriñando el alma, tantas veces prófuga o disparatada entre la rutina. Es introspección, y es peregrinaje; es lo que te decía antes: un inesperado viaje. Un viaje, en este caso, por la geografía de la Península y del norte de África, por los acontecimientos de aquellos años de guerra; pero ante todo es un viaje interior por dentro de las apariencias, buscando la verdad, el amor y el bien. Buscando un poco de felicidad, que es de lo que se trata.

Querida María, tu novela -nuestra novela- subyuga porque has escrito algo más que una novela de acción, porque no te has limitado a narrar el trepidante thriller que se acostumbra. Al concluir la lectura no es amargura lo que queda, ni desazón, ni miedo. Queda tu estupenda literatura desde luego -tan vital, tan pujante como esta primavera que ya llega-, y queda su ternura y el valor, y ese afán de hacernos ver más de cerca la pasión y la emoción que puede que nos depare el tiempo. Si sabemos leer adecuadamente la vida; esa vida que enhebra los sueños y los días en el taller de costura que es el mundo.

Un beso y gracias por haber escrito este fascinante libro.

domingo 21 de marzo de 2010

La conversión al Amor


Buscamos la respuesta entre cábalas extrañas, en voces agoreras y vacías que nada bueno nos pueden ofrecer. ¡Qué paradójico resulta que sólo podamos arrebatar la gran dimensión de la eternidad a través de lo pequeño, de lo que para el mundo es lo más insignificante y quizá despreciable! Hoy se mira muy poco al Cielo. Hay un vértigo atroz a lo divino, al compromiso con Dios. Es por ello que el hombre no encuentra consuelo duradero, ni el corazón ternura, ni el alma ese anhelo que hace que vivamos inquietos, con mil miedos que atenazan nuestra felicidad.

Buscamos afanosamente la raíz de todo conocimiento, ávidos de pisar la cumbre los primeros, de alumbrar la mente y no el alma. Todo ello inmersos en la tibieza de los sentidos y despreciando por supuesto el sacrificio. ¡Conocer! El verdadero conocimiento es humilde y diáfano, no hay que buscarlo tanto en los libros -o en las variantes más insospechadas de la soberbia- como dentro de nosotros mismos. Conocer es amar. Amar es conocer. Fuera de este camino sentimos una insatisfacción que corre el peligro de hacerse crónica. ¡Qué pocos son los que se preocupan por su alma!

Y a nuestro alrededor comprobamos que las miradas se apagan poco a poco, que a los corazones les falta resuello, que necesitan de alguien que les hable de Dios. Con urgencia, sin miramientos. No acabamos de comprender que lo visible, lo que percibimos por los sentidos, es parte infinitesimal de lo REAL, del conjunto místico de la creación. Todo parece invertido, como del revés. La cultura y los valores se manipulan con impunidad, y nos perdemos en mil fantasías, en circunloquios estériles. ¡Qué soledad experimentan muchas personas entre tanta habladuría!

Pero no todo está perdido, ni todo es tan negativo como pueda parecer. La resurrección de la alegría trascendente se sigue produciendo a cada instante, en muchos rincones del mundo. Almas desconocidas que encuentran a Dios y que vuelven a sonreír. Personas capaces de amar hasta el martirio. Personas capaces de consumirse por amor en el suspiro de los días. Hace poco un amigo me recordaba que también Dios está en los malos versos. Y yo pensaba en todos aquellos hombres que parecen lejos de la gracia, pero que sin embargo pueden convertirse, cambiar. Depende en gran parte de nuestro ejemplo.

Por eso debemos aprender a confiar más en Dios y muy poco en nosotros. Debemos aprender a rezar con más fe, en un diálogo cada vez más íntimo y poderoso. Profundizando en la verdad de las cosas y poniéndonos en el lugar de los demás. Para comprender siempre, para disculpar. Para ser otro Cristo.

El amor de Dios borra el agobio del tiempo y las tristezas de la vida. Se establece un orden inverso al egoísmo. Cada acto resulta ser una rúbrica eterna. ¡Qué maravilla entonces ser hombre! El amor da Vida a nuestras vidas. Y el yo se hace don. Con buen humor.

sábado 20 de marzo de 2010

Sobre la tiranía impersonal del Estado


Leyendo la magnífica novela La hora 25, del rumano Constantin Virgil Gheorghiu (El Buey mudo), me encuentro que uno de sus personajes, el padre Koruga, en un momento dado de cavilación sobre la impotencia hacia el abuso de los diferentes organismos de poder, recita una plegaria del poeta W.H. Auden, el autor de Un poema no escrito u Otro tiempo (estas dos obras están publicadas en la editorial Pre-textos). No me resisto a copiarla aquí:

“Y, ahora, roguemos a la intención de quienes detentan alguna desgraciada partícula de autoridad, roguemos por todos aquellos a través de quienes tenemos que sufrir la tiranía impersonal del Estado, por todos aquellos que investigan y contrainvestigan, por todos aquellos que dan autorizaciones y promulgan prohibiciones, roguemos por que no consideren jamás la letra y la cifra como algo más real y más vivo que la carne y la sangre… y haced, Señor, haced que nosotros, simples ciudadanos de esta tierra, no lleguemos a confundir al hombre con la función que ocupa. Haced que tengamos siempre presente en el espíritu y en la mente que de nuestra impaciencia o de nuestra pereza, de nuestros abusos o de nuestro temor a la libertad, de nuestras propias injusticias, en fin, ha nacido este Estado que tenemos que sufrir para perdón y remisión de nuestros pecados”.

En efecto, nuestros pecados son muchos. Sobre todo los de omisión. Y el Estado de turno se apropia de atribuciones que no le incumben, o tergiversa o no cumple las que verdaderamente le conciernen. Es insaciable. El individuo -la persona- va siendo sojuzgado por una desasosegante burocracia, por leyes absurdas y criminales, por la caprichosa voluntad de unos individuos cada vez más abstrusos e injustos. El poder trata con estadísticas, y se enquista en si mismo. Y se envilece y se pudre. La verdad ya no sirve. La intriga prevalece sobre la inteligencia y el alma. Necesitamos de muchas plegarias como la de W.H. Auden. Pero, ¿qué ponemos de nuestra parte para que todo esto deje de ser así? La deshumanización del ejercicio de poder, de la política, así como el cómodo conformismo de la mayoría, es un síntoma evidente de decadencia. Y en esta decadencia está el embrión de los nuevos bárbaros. Al tiempo. Nunca como hoy ha sido tan necesaria una cívica y contundente rebeldía. Y los poetas tienen mucho que decir sobre ello.

Postdata: Para los interesados en leer al poeta anglonorteamericano W.H. Auden, les recomiendo la antología Canción de cuna, editada por Lumen.

viernes 19 de marzo de 2010

San José, un hombre fiel



Un hombre recio, trabajador y enamorado. Un hombre dispuesto a lo que sea por Dios. Por amor, no por fanatismo. Un hombre ecuánime y obediente. Pronto a la piedad y al perdón. Un hombre puro y diligente, buen amigo. Dios se fijó en él nada menos que para cuidar de Su Madre y del Verbo encarnado. Por algo sería. Me lo imagino alegre y con humor. Lleno de ternura para con Jesús y María, y exigente para consigo mismo. Jesús, el Mesías, lo quiso como a muy pocas personas. Lo quiere así. De él aprendió un oficio, pero sobre todo los muchos matices del alma. Jesús era Dios. Es Dios. Pero quiso vivir en una familia, y quiso aprender de José. Se fijó en su corazón, en su disposición. Y José estuvo dispuesto a entregar su vida al servicio del Redentor del mundo. De ese niño y de ese joven al que abrazaba emocionado y con orgullo. Le susurraría al oído: “Jesús, hijo, ¡te quiero tanto!, ¡os quiero tanto a ti y a tu madre! ¿Qué sería de mí sin vosotros?”. Y cómo apretaría Jesús en ese abrazo, cómo apretaría… Alguna lágrima se deslizaría por sus rostros. Y María se encontraría con la escena cuando venía a avisarles de que la comida estaba dispuesta. No les interrumpiría. Sus ojos brillarían por igual y su alma sonreiría dando gracias a Dios por esos dos hombres. Quizá podría escuchar a Jesús: “Papá -¡cómo no iba a llamarle papá aunque fuera hijo de Dios!-, yo te bendigo y te necesito y te quiero. Eres el hombre más bueno que conozco”. José no dejaba de pensar, de trabajar, de rezar; en unidad de vida, sabedor de que en esa casa él era el que aprendía. Y procuraba no estorbar demasiado, no quejarse y servir en lo que fuera, adelantarse. Pero Jesús y María -y nosotros ahora, que consideramos su vida- sabían de su verdadera valía, de su humildad, de su santidad, de su consistencia espiritual. José, un hombre justo, un hombre bueno, un hombre fiel. Un hombre que en los breves momentos de descanso aprovecharía para contemplar al detalle las manos inmaculadas de María y el alegre rostro de Jesús. La Madre de Dios y Dios mismo hecho hombre, los dos en su casa, los dos en su alma, los dos vida de su vida, en su intimidad. Era -y es- un hombre que en la materia de la madera, y en los sentimientos de familiares y amigos, y en todas las personas con las que se cruzaba, y en todos los sucesos del día, intentaba descubrir el amor de Dios. San José, un hombre que fue fiel porque estaba enamorado. Porque veía el Amor con sus propios ojos. Y creía, y confiaba, y se abandonaba a la voluntad del Padre. Fuera la que fuera.

jueves 18 de marzo de 2010

Hasta aquí hemos llegado



Paso por ser un exagerado. Y supongo que les ocurrirá lo mismo a algunos de ustedes. Si vas a misa todos los días (o lo intentas) eres un exagerado. Si dices que el propósito más importante de tu vida es el de luchar por ser santo eres un exagerado. Si te niegas a acudir a una playa cualquiera porque sabes que abundan las domingas al aire eres un exagerado. Si defiendes al Papa o la comunión en la boca eres un exagerado. Si te confiesas cada semana (y cuando es menester) eres un exagerado. Si te da por educar a tus hijos como Dios manda y no transiges con fiestecitas, viajes de estudios (sic) o minifaldas eres un exagerado. Si mentas al demonio, al infierno o al pecado eres un exagerado. Si se te ocurre decir que tal o cual libro es una indecencia y que te niegas a leer cualquier cosa, por higiene espiritual e intelectual, eres un exagerado.

Si pronuncias más de la cuenta las palabras “moral”, “penitencia”, “alma”, “caridad” o “providencia” eres un exagerado. Si bendices la mesa en público eres en extremo exagerado. Si doblas la rodilla ante Dios eres un exagerado. Si tienes más de un hijo eres un exagerado. Si amas a la Virgen y la piropeas y acudes a ella y promueves el rezo del rosario eres sin remedio exagerado. Si escribes o comentas que la poesía del chileno José Miguel Ibáñez Langlois o la del español Miguel d’Ors son de primera categoría eres confeso de algo muy feo además de exagerado. Si se te ocurre decir en algún foro que el dolor y el sufrimiento nos acercan a Cristo y tienen un valor corredentor, uf, te tachan de sádico y exagerado. Si hablas de pureza o continencia eres un exagerado. Si eres consecuente con tu fe cristiana eres un exagerado.

Si te plantas ante la mentira, el cotilleo, el prejuicio o la crítica a terceros eres un exagerado. Si defiendes la vida y la libertad de educación y de conciencia y la familia y el derecho natural, y te manifiestas por ello y bregas y no cedes eres como poco un exagerado. Si pones el sagrado Corazón de Jesús en la puerta de tu casa eres un provocador y exagerado. Si dices creer -¡a estas alturas!- en la vocación al celibato o en la resurrección de los muertos eres un exagerado. Si trabajas con un crucifijo en la mesa eres un exagerado. Si las relaciones prematrimoniales, el condón, la masturbación, la infidelidad, la homosexualidad o las pastillas abortivas no te parecen gloria bendita o la solución a los males del universo eres el colmo de lo intransigente y exagerado.

Si le dices a un cura que no se invente la liturgia y se ponga la casulla y no se avergüence de ser cura eres un exagerado. Si citas a Dios -con naturalidad y devoción- en tu conversación o escritos eres un tipo molesto, sectario, incordio, cargante y exagerado. Si denuncias que el fin de la masonería es cargarse a la Iglesia Católica (desde fuera y desde dentro) ya sabes a lo que te atienes, por decirlo y por exagerado. Si denuncias la manipulación, el rencor, el mangoneo y la degradación política de algunos cofrades del nacionalismo y de la izquierda eres un exagerado. Si te parece mal el derroche, la usura y la frivolidad que te rodea eres un exagerado. Si te molestan las blasfemias y las ordinarieces y sales en defensa de tus creencias no es para tanto hombre, y serás siempre un exagerado.

En definitiva, si escribes palabras como éstas y dices lo que piensas vas apañado; y resulta que eres un recalcitrante, un pasado de moda, un obtuso que no merece ser tenido en cuenta en un mundo donde sólo es moderno lo que algunos pontifican que es moderno. ¿Que exagero? Ni un pelo. Uno puede ser católico pero no lerdo.

miércoles 17 de marzo de 2010

La muerte es seguir viviendo



Morir es comenzar a vivir de otra manera. Es el segundo nacimiento del hombre. Vaya memez, dirán algunos. Bueno, pues que digan. Ya lo podrán ver en su momento. Morir es vivir en plenitud. Morir es coger al vuelo la vida y aliviarse de tanta incrédula concurrencia, de tanta banalidad rabiosa, de tanta ilustre apariencia. Morir es comprender por fin tu existencia, el sentido último que tantas veces se te escapaba por las costuras del dolor. Morir es abismarse en el conocimiento supremo, en la verdad desnuda. Morir es coger las dudas por los cuernos y encontrarte frente por frente con el rostro de Dios.

Pero el miedo nos oprime. Por nada del mundo queremos abandonar la inercia de una vida más o menos acostumbrada a sus cómodos límites. Y yo menos que nadie, que conste. El tiempo, bendita ilusión, nos arropa con sus horas, sus días, y sus desengaños. Cuesta creer que llegado el momento será uno el que se muera. Ni pensarlo queremos. Quita, quita. Rechazamos su realidad en una insensata inopia, en un constante e inmóvil movimiento. Algunos quieren su muerte a la carta. Por ejemplo de repente y cuando estén dormidos. Sin sufrir y en una bendita inconsciencia. O lo que es lo mismo, que sea continuación de lo que ha sido su propia vida: un sueño mortal, una anestesia espiritual de gran calibre.

La muerte es un trago duro para todos, pero llegado el momento ves que hay personas que responden con especial gallardía al envite. Personas que saben que van a morir en breve, y reaccionan en coherencia con lo que ha sido su vida. Abren los ojos y las manos de par en par, más que nunca. Personas que avizoran la eternidad en la luz que germina entre sus dedos. Y sonríen, adelantándose a su propia resurrección. Y, si pueden, siguen trabajando hasta el final por los demás. Con el cuerpo desecho y la mordiente de un alma enamorada. Cada gesto suyo redime del abatimiento a todos aquellos que están a su alrededor, en una lúcida sabiduría sobrenatural.

Morir requiere un largo aprendizaje, que no se mide en el tiempo. Es el requiebro de cada instante de nuestra vida. Cada pequeño detalle cuenta. Nada es baladí. A nuestra alma se asoman paisajes, anhelos, alegrías, humillaciones, súplicas... La muerte -como la vida- es, fundamentalmente, un acto de piedad, una plegaria. La desesperación no cabe en aquellos que han hecho del amor su arquitectura interior. Un amor que es familia. Un amor que se abraza a las lágrimas con admirable premura y emoción. Un amor que no agoniza jamás y que se queda entre nosotros, vigilante, pendiente de aquellos que, más que nunca, siguen necesitados de él. De su compañía, de su mirada, de su ejemplo.

martes 16 de marzo de 2010

La historia y la melodía de los libros



¡Bendita costumbre de leer tantos libros a la vez (en un tris he estado de escribir maldita, no sé por qué)! Y sin acabar ninguno comienzo otro que me llega, y otro más que compro. U otro que encuentro escondido en una de las muchas estanterías, después de tantos años. Por cada libro que concluyo doy inicio a otros dos o tres. Siempre hay alguno que me atrae con más fuerza, lo que no quiere decir que lo finiquite antes, dejando de lado a los demás. Todo lo contrario, me dura más. Bueno, es comprensible, pues dosifico su placer; me deleita hasta el punto de leer despacio, de indagar con especial unción en sus palabras, en esa trama de significados a los que me uno. En esa música o ritmo de su prosa (o de la prosodia de sus versos) que me encandila o seduce. Estos libros son los más nuestros, más incluso que los que podamos llegar a escribir algún día. Libros. Libros que se suceden en mi vida, que me completan. Puede parecer que ya son muchos, pero no me basta, me parecen siempre muy pocos. Junto con Enis Batur me pregunto: ¿A qué sensación de inseguridad le estoy declarando la guerra con esos muros de volúmenes que cubren mis paredes? Lo que es cierto es que me siento protegido y acogido. Física y espiritualmente. ¿Qué puede ocurrirme de malo si están conmigo? Prevengo la soledad y el hastío. Prevengo la superficialidad y el frío. La mayoría de estos libros, como digo, pasan, y acaban discretamente en un segundo plano de la biblioteca. Hasta puede que apenas recuerde su historia, su melodía. Y no sepa que están, que siguen. Pero es grande el gozo que siento cuando nos volvemos a ver un día cualquiera, y los rescato y hasta puede que los deje en la mesilla, ya saben. A la espera de un resquicio. Me dan una gran paz todos estos libros que me rodean. Libros que se multiplican, y que me agrada contemplar ahí, apilados o diseminados por la casa. Son como las teselas del mosaico que soy yo mismo. O quizá una ilusión o una esperanza o una sorpresa, que al fin y al cabo es de lo que vivo. Y por lo que leo.

lunes 15 de marzo de 2010

Homenaje a Miguel Delibes (poema)




Delibes. Miguel. La naturaleza
germina en el destino del hombre.
Una luz, una sombra.
El ciprés
dispara con puntería su altura.
La soledad de la pluma
pega la hebra con el tiempo.
Literatura que aspira al alma.
El camino
de la vida vive más allá del horizonte.
Escribir de lo que se ama.
Delibes. Miguel. Un corazón sencillo
narra el latido de lo que escucha.
Un corazón que mana,
que sufre, que se remansa
en la claridad del lenguaje que admira.
En esos paisajes
donde habita la intimidad de Castilla.
Delibes. Miguel. Esa familia
de voces, de silencios y de sentido.
Esa emoción incandescente del recuerdo,
del crepúsculo y del tomillo.
Ámbito de lo vivo, Miguel Delibes:
escritor de España.

domingo 14 de marzo de 2010

Saber vivir y el placer de releer


Hablamos constantemente de calidad de vida, pero es un hecho que cada vez vivimos más angustiados y desengañados de todo. En un ahogo espiritual evidente. Las necesidades que nos vamos creando son monederos falsos, que diría Gide. Las prisas son los grilletes que nos lastran el alma, inmóvil entre tanta precipitación alelada. Corremos de alucinación en alucinación, en una carrera errática y superficial. Nada acabamos de conocer, porque en nada nos demoramos lo necesario. Sin fijeza deambulamos en el paripé de una existencia abocada a la triquiñuela. Y la felicidad no es una estadística, ni un horóscopo, ni una moda. Como tampoco lo es el esfuerzo, o la sabiduría. Saber vivir es respirar profundamente, y ser consciente de ello. Para descubrir en nosotros, al fin, el perfume y la llama. Como diría Juan Ramón Jiménez .

La relectura es volver a vivir, pero con un sesgo distinto. Mirar con pausa los márgenes de nuestro alrededor. Releer significa amar de nuevo, aventurarse en lo imprevisto de unos signos que nos sugieren el furor y el misterio que explicitó René Char. No es el mismo libro -aunque lo parezca-, porque nosotros ya no somos los mismos. Ni por asomo. Hemos aprendido a subrayar el silencio, y descubrimos emociones distintas en la intimidad del texto. No damos tanta importancia al argumento, y apreciamos más los pequeños detalles. Algo que ya decía Pío Baroja. Esos detalles que nos permiten seguir el rastro de la enjundia que es toda emoción, de la esencia que es toda belleza.

Con los años releemos más no sólo porque hayamos aprendido a valorar más lo que más valor atesora. Releemos más porque sabemos que el tiempo no es eterno, aunque lo eterno arraigue en el tiempo. Hay que aprovechar cada minuto, sin dilapidar el gran patrimonio de gozo que nos ofrece la luz cada mañana. Y vamos tomando con mayor frecuencia esos libros de lomos arrugados y páginas gastadas. Esos libros que hemos leído una y cien veces en viajes y consultas médicas, en excursiones y en iglesias (la poesía es acicate de la piedad), en piscinas y umbríos pinares. Volvemos a leer La montaña mágica de Thomas Mann o los Cuentos de Julio Cortázar, o Anna Karenina de Tolstoi (en la magnífica edición de Alba editorial), o los Cuatro cuartetos de T.S. Eliot o El río de sombra de Antonio Colinas. Libros todos ellos plagados de anotaciones a nuestra propia vida.

La madurez ya no sé si la da el tiempo, o es más bien su relectura. Ese cerrar los ojos mientras abrimos las páginas de la memoria. Instantes que fueron el prólogo de un encuentro plagado de sentido. Libros que jalonan algo más que la hojarasca de nuestros días. Libros que nos recuerdan que somos lenguaje estremecido. Libros que certifican que el hombre es la traducción más aproximada de lo divino.

¿Habré releído algo similar en Novalis o en Edmund Jabès ? Pudiera ser.

sábado 13 de marzo de 2010

Tengo ganas de salir de casa




Tengo ganas
de caminar por calles soleadas,
disfrutando del placer de cada paso.
Caminar despacio, deleitándome en lo que ocurre.
Un coche que aparca, un mendigo
al que llamo por su nombre,
unos ojos que me miran, unas campanas
que repican a Dios y te recuerdan el alma,
un abrazo repentino, esas nubes íntimas, la existencia
del cielo, el parpadeo de la luz, la brisa.
Tengo ganas de volver a ver las cosas
y a toda esa gente que pasa,
que cruza, que ama, que vive.
Tengo ganas de abrir la puerta de casa
y salir hacia dentro de estas palabras.

viernes 12 de marzo de 2010

Cristianismo como vanguardia global



Lo mires como lo mires. Estamos ahí. Cristo resucitado abandera la más moderna y dotada y eterna felicidad. Cuerpo místico de vanguardia. Ejercitados en la misericordia de Dios y diseminados por todo el mundo. Gente que trabaja bien (o lo intenta), que saca adelante a su familia, que juega un partido de fútbol con sus amigos, que no se extraña de nada, que lee la prensa sin pasar página al dolor del hombre, que prepara la comida en su casa de adobe, que… Gente de fe, honrada, que procura ayudar a su prójimo con un abrazo o una sonrisa. En las catacumbas o sufriendo cárcel, o en Wall Street o en un pequeño comercio de papelería en Sevilla. En el monasterio o en el rugido de la calle. Personas que rezan con sus obras, y con palabras que sin rubor hablan de Dios y pronuncian su amor en un himno que algunas almas perciben. En este tiempo de ira, amoralidad y amargura, el cristiano sabe que su vida es un don del Cielo; sabe que cada circunstancia que le ocurre es Providencia de Cristo; y sabe que vivir de cara a Dios, hoy igual que ayer y que mañana, escandaliza a los necios.

Enarbolamos la Cruz allá donde estamos. O vamos. El que la mire quedará sano del veneno de la desesperanza o del sinsentido que le asfixia el corazón y el futuro. Y verá la luz, a la velocidad del Amor, que redime, que inspira, que nos cura la vista del alma. El cristianismo es lo más moderno. “Mirad como se aman”. “La Verdad os hará libres”. Llama la atención ese dispositivo de oración que logra inusitados objetivos. Parecía imposible. Y la comunión de los santos, que resulta ser el más depurado Internet de carácter sobrenatural que pueda existir nunca. Avanzamos. Aún cuando nos parece retroceder. Aún cuando pecamos e, indignos, nos sentimos los peores. Pero la humildad es ya de por sí un milagro, y contritos nos confesamos al oído de Cristo, que nos absuelve con Su Sangre. Somos la vanguardia porque a nadie se le pasa por la cabeza perdonar al que le ha hecho daño. Al que le fastidia día tras día, y le amenaza, y le tortura. ¿Cuántas veces? “Hasta setenta veces siete”. O sea, siempre. Es de locos. De locos enamorados. Amarás, amarás, amarás. “Al prójimo como a ti mismo”. Y la caridad cristiana, que ayuda de verdad, que limpia las heridas, que consuela en la agonía o en las contradicciones, que da la mano, que escucha siempre, que se da sin quejas. La caridad no es presumida ni lenguaraz. Se da en silencio, y basta.

Los siete sabios de Grecia o la ley de las XII tablas o el Corpus Iuris Civilis de Roma, fueron algo realmente importante. Y lo siguen siendo. Pero la vida es otra cuando uno es consciente de la llamada universal a la santidad, o de los siete dones del Espíritu Santo (sabiduría, inteligencia, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios) o de las bienaventuranzas (bienaventurados seréis cuando os injurien, os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa). La historia es otra cuando en el año cero de nuestras vidas nace Cristo, y vive, y muere por nosotros, y resucita Él y nos resucita a todos. Somos la referencia moral del mundo cuando en nosotros habita la divina gracia. Por Él, no por nosotros. Cada cristiano, en su comportamiento cotidiano, puede y debe ser el mismo Jesús, redivivo. Es posible, es posible ser santo, no es ningún cuento. Yo lo he visto, lo veo, soy testigo. ¿Qué más revolucionario y progresista que este Amor? ¿Qué más vanguardista y global que la caridad y la castidad y la templanza? El presente y el futuro del hombre pasa por su conversión a Dios. O eso, o como los cerdos del pasaje del Evangelio, seguirá precipitándose por el precipicio, poseído por sus propios demonios.

jueves 11 de marzo de 2010

Hijos, accidente y providencia



(Gracias a todos)


Pues ya está. Era un día soleado. Era, sí. Una comida ligera. No llegamos. Calma. Y me diste un beso y un chicle de menta. Padres e hijos. ¡Qué pocas ganas se tienen a veces de ir a los sitios! Pero vas. Y consideras en el camino tu vida, lo que es, lo que era. El será forma parte de lo inescrutable. Misterios. ¡Cuida! Conversaciones, saludos. Una visita a Dios en su capilla. Y el gesto maternal de María. El colegio de la niña, de mi hija, que sonríe y pide y te mira con esos ojos suyos tus ojos cansados. Confirmación y celebraciones. Preocupación por el alma de los hijos. Quieres la excelencia. Académica por supuesto. Faltaría. Y una armonía de todo lo demás. ¿Menudencias? Una jerarquía de valores, alegría de por vida, coherencia. Saber elegir la belleza y la verdad. Y el bien. Y defenderlo con solvencia, aunque nos quedemos solos. Bueno, eso. Hijos. No dar por hecho que las cosas son como son y por supuesto. Para nada. Las cosas son como las hacemos, como las queremos, como las soñamos. Como Dios quiere que sean. Si nos dejamos y no cejamos. Hijos: hitos. Y la adolescencia perpetua de no pocos padres. ¡Rebelión, rebeldía! ¿Qué es eso de conformarse? ¿Qué es eso de emborracharnos de mediocridad y medianía? Y el sol que se empeña en brillos. ¡Tantos amigos! Salimos, pero te pierdes, te pierdo. Es entonces cuando yo no me encuentro, y tanteo la luz, y pienso… Es entonces cuando ocurre. Una sombra oscura, un grito, y el dolor. Uno de tus pies debajo de una rueda. ¿Te está ocurriendo a ti? No cabe duda, pero no acabas de creerlo. Tenías cosas que hacer. Tu ángel es posible que te haya evitado algo peor. El cielo y su vislumbre. Dios, Su Providencia. Carreras, voces, suspiros. Cambio de planes. Rostros, miradas amigas. Sabes que estás en casa. Miro sus ojos asustados. Tantos, tantos amigos. Y la luz, y la gracia. La ambulancia de esas almas que te quieren de verdad y te regalan sus primeros auxilios en forma de sonrisa. Tumbado en el suelo contemplo el cielo y a mis hijos. Estoy bien. Unos huesos rotos, pero estoy bien. Porque estoy junto a los míos. Y esa luz que resplandece, que se hace ternura y te envuelve, que no se pierde. Son sólo unos huesos rotos. Lo que importa es el alma. Hijos: hitos. La Providencia nos depara formas distintas de ver, de perspectiva. La oportunidad de conocer a otras personas, por ejemplo. Y te emocionas, y rezas, y entras al quirófano pendiente de unos hermosos ojos verdes que te explican.

miércoles 10 de marzo de 2010

“La amarga Pasión de Cristo”, de Ana Catalina Emmerich



Hay libros y libros. Libros que se dan por buenos y que resulta son un fiasco. Libros que son sólo lo que parecen: una portada bien pensada para la multitud ambiente. Libros que pasan desapercibidos y que se venden poco y que seguramente -la historia de la literatura es maestra en estos menesteres- serán los que luego cuenten. Libros carcomidos por delirios y libros libres. Libros que brillan como el sol (al menos por fuera) y libros sobre los que se escupe o desprecia. Libros de moda y libros demodé. Libros de exterior y libros de interior. Libros in y libros on. Libros soberbios y libros soberbios. Libros negocio y libros tímidos. Libros que se leen y libros que no sé. Libros para el alma y libros para la decoración. Y así andamos.

La gran literatura está escrita para el alma desde luego. Es de donde procede y es a donde llega, o debería. Pero hay un tipo de libros que digamos están especializados en el alma alma; son los llamados libros espirituales. No confundir con esos otros de autoayuda o saltimbanquis de la new age. Me refiero a tratados ascéticos y apologéticos y dogmáticos, biografías de santos, documentos pontificios, teología de las virtudes o sacramentos, historia de conversiones o la más alta mística, etc. Libros todos que rondan a Dios. Este tipo de libros no son fáciles de encontrar fuera de librerías especializadas o en otras de saldo o libros viejos. Los motivos no vienen al caso, aunque hace falta tener pocas luces para despreciar o ningunear, no sé, la prosa de san Juan de Ávila (no lo ha hecho la Biblioteca Castro) o la de José Luis Martín Descalzo (junto con su poesía); la de Juan de Palafox y Mendoza o la de san Josemaría Escrivá.

Me alegré mucho cuando por ejemplo una editorial tan poco sospechosa como Cátedra publicó el Epistolario de san Jerónimo, en una edición y traducción encomiables. Por eso cuando otra editorial tan sin complejos como es LibrosLibres acaba de sacar a la calle la primera traducción íntegra al español, desde el original alemán, de una de las obras cumbres de la literatura mística universal, tuve a bien telefonear a la editorial y darles las gracias. Es lo mínimo. El libro en cuestión es "Das bittere Leiden unseres Herrn Jesús Christus. Nach den Betrachtungen der Augustinerinen von Dülmen. Aufgeschrieben von Clemens Brentano". Es decir: La amarga Pasión de Nuestro Señor Jesucristo, según la contempló la religiosa agustina de Dülmen anotada por Clemente Brentano. Dicha religiosa es la ahora beata Ana Catalina Emmerich. Y el libro fue escrito en 1823. Literatura contemplativa que Brentano escribió según la buena monja le contaba, y que Ana le dictaba al dictado de Dios. Y que conste que no es su único texto. Otros no menos importantes son La vida pública de Jesús; Nacimiento e infancia de Jesús; La vida de la Virgen María, de los apóstoles, de los mártires, de los santos; y su propia Autobiografía.

Dos hechos lograron que el libro en cuestión fuera reeditado en todo el mundo. En el mismo año 2004 tuvo lugar la beatificación de Ana Catalina por Juan Pablo II así como el estreno de la película La Pasión de Cristo, de Mel Gibson. La agenda de la Providencia es así. Y claro, el tirón del film fue algo espectacular. Con lo que las editoriales se apresuraron a no perder ni un segundo. En España Planeta lo editó en bolsillo, y luego bajo el sello de Booket. Pero la edición era de muy poco fuste, el papel y la impresión de poca calidad y la traducción -que no recuerdo si era del francés o del inglés-, no hacían honor al libro. Por ello, tener ahora en las manos una edición acorde a su categoría tanto literaria como religiosa es un placer que todo buen lector sabrá apreciar.

Ha habido pocas obras de este calibre literario y espiritual que me hayan emocionado tanto. Que trate del mismo tema me quedo con La Pasión del Señor, de Luis de la Palma. También me gustaron mucho las Meditaciones sobre la Pasión, de Alfonso María de Ligorio. O el maravilloso Tratado sobre la Pasión de Cristo, del mártir y humanista lord Canciller de Inglaterra santo Tomás Moro. El libro de Ana Catalina Emmerich es como un viaje al pasado, como una atalaya única para acudir a los detalles más humanos y más divinos de lo que realmente pasó con la tortura y muerte de Jesús de Nazaret. Pasión y redención. El libro es una verdadera gracia literaria y de la otra (sobre todo como digo y redigo por esa naturalidad tan sobrenatural, por esa visión tan viva). Es un libro para creyentes y no creyentes, para apasionados de lo mejor, sin estúpidos prejuicios. Es un libro para rezar y para emocionarse, para profundizar en el amor y en la vida de cada uno; para sentir más de cerca esa civilización cristiana sobre la que se asienta una gran parte del mundo y que algunos calaveras incendiarios de la memez quieren hacernos olvidar retirando crucifijos o volviendo a crucificar a Cristo en cualquier circunstancia y ocasión.

martes 9 de marzo de 2010

Sin temor al futuro de los hijos



El temor es lo más habitual en nuestro mundo. Tras una careta lenguaraz y comediante se oculta un estremecimiento que muy pocos reconocen. Se prefiere no pensar con exceso, acelerar el paso de nuestras entrampadas vidas, agarrarse bien al propio bolsillo y dejar el alma en hibernación. Llegamos a creernos inexpugnables. Pero nada más lejos de la realidad.

Porque la verdad es que las circunstancias -su trasfondo- nos infunden un extraordinario pavor. En tantas cosas seguimos siendo los mismos niños que se embozaban entre las sábanas y se creían de esta forma a salvo de extrañas criaturas nocturnas. Ahora nuestros miedos han cambiado, pero siguen existiendo. El imprevisible futuro, la oscuridad del menosprecio, poner coto a los caprichos, la enfermedad de los más cercanos, la soledad rotunda o el dolor en exclusiva.

Aunque en la jerarquía del miedo universal quizá lo que más se tema sea el envite de la muerte -contra la que no cabe preservativo alguno- y la radicalidad del mal. De la primera somos más o menos conscientes todos. Del segundo quizá no tanto, embutidos como estamos en el cinemascope del escaparate consumista. Además ya saben que todo es relativo y según. No vayamos a exagerar con tretas cristianas. Por ejemplo.

El caso es que el mal existe. Hay señales ciertas de su presencia. Desde la violencia hasta la mentira como entidad crónica, pasando por el aborto, el racismo, el terrorismo, la compraventa de mujeres o el tráfico de órganos, de droga o de armas. Sin olvidarnos de los espurios espiritismos o de las sectas vicesatánicas. Ya lo creo que el mal existe, y se procrea en el pecado, en el olvido o desprecio de Dios y de nuestros semejantes.

Es por eso por lo que no pocos padres andamos muy preocupados por lo que nuestros hijos se pueden encontrar ahora mismo en la calle y en esa gran avenida que es su porvenir. Escucho comentarios pesimistas de familias que temen por la salud espiritual de niños que están dejando de ser niños.

¿Qué hacer?

Apostar por la mejor educación que podamos darles. No sólo académica, se entiende. Pues los idiomas y la informática son punta de lanza en nuestra sociedad (prima la competencia), pero no suplen la solidez de virtudes como la sinceridad, la fortaleza, la lealtad, la templanza o la laboriosidad, fundamentales para edificar desde los cimientos ese estado del alma que hemos dado en llamar felicidad. Posible, pese a los agoreros solemnes de siempre.

Padres, yo conozco gente buena, como vosotros los conocéis. El mundo no está del todo podrido. Hay gente que entrega su vida por los demás, sin alboroto. Personas como Carina, madre y padre de familia al mismo tiempo, o como Romy. Personas como Antonio o Miguel, poetas que desbrozan el misterio. Personas como Cristina o Carmelo, periodistas. Personas como Diego y su madre, o María, que trabajan para los enfermos. Personas como José Luis o Fernando, padres conscientes de serlo. Y tantos y tantos más. Convenceos: no hay mayor inteligencia que la bondad.

Debemos confiar en que germine el amor que damos a nuestros hijos. Sin desfallecimientos y sin miedos. En él está el meollo de toda verdadera educación. Y su madurez.

lunes 8 de marzo de 2010

"Fotografía y espíritu", de John Harvey


En la vida no sólo existe lo visible. Hay todo un universo y proceso espiritual que caracteriza al hombre y su devenir. Lo invisible, lo que no vemos, forma también parte de nuestro ser, de nuestra visión, de nuestra realidad. Seamos conscientes o no. Lo intuyamos más o menos. Es el mundo de lo sobrenatural y al mismo tiempo de lo connatural a nuestra vida. Es el mundo de lo que nos trasciende, de lo que no muere; es el deseo de la felicidad y de la eternidad (de la eterna felicidad). Es el alma y las demás almas. Es la sed de Dios, aunque se intente saciar con fango. Es, quizá, hasta su odio, la rebeldía o la blasfemia. Es el fuego del que estamos hechos. El hombre no se conforma con la apariencia de las cosas, y busca otras dimensiones. Puede que lo haga con humildad y sabiduría, con fe y esperanza; o puede que se trate sólo de curiosidad, de poner su propio dios en imaginaciones y fantasías, en esoterismos y magias.

Lo que es evidente es que por más escépticos que nos pongamos; o materialistas (dialécticos o esperpénticos) o hedonistas o ateos, hay una inquietud que nos consume por dentro; aunque la soberbia y la cerrazón y demás espejismos nos vuelvan ciegos. Hay quien no quiere ni ver a Dios, pero acepta el espiritismo; hay quien no quiere saber nada de ángeles pero trata con demonios; hay quien abomina de santos y sagrado pero se cree a pies juntillas unas cartas o unos posos de café o a cualquier tonto. Hay quien busca exclusivamente “su alma” en el placer del cuerpo. O de los cuerpos. Pero todos, todos, andamos tras esa sed, tras ese anhelo; tras todos esos invisibles, tras ese infinito del que estamos hechos y que tira de nosotros.

Y a veces esa sustancia espiritual se hace visible. Quiero decir: más visible. Visible a nuestros ojos. Puede tratarse de cierta parte de la maravilla o puede ser todo lo contrario. ¿Fantasmas, almas del Purgatorio? ¿Una luz, un perfil, un espectro? ¿Una cruz, un aura? ¿Una sombra quizá o un milagro? Recuerdo una fotografía que me regalaron hace tiempo. La hizo una señora norteamericana en Medjugorje, lugar de Bosnia-Herzegovina donde se aparece la Virgen con inusitada frecuencia y constancia desde los años 80. Al volver a su país y revelar las imágenes, vio que en una de ellas se percibía con bastante nitidez a una mujer con un niño en brazos. Su manto estaba salpicado de rostros de personajes varios. A los pies del niño un cordero y un redondo resplandor. Yo vi y creí . Pero es normal que haya gente que piense que es un bulo o una manipulación, o una ilusión, o algo psicológico. O necesite meter la mano en la llaga de turno para creerlo. No me cupo duda: era la Virgen María con Jesús niño en su regazo. Las caras eran de santos y el fulgor era una Hostia.

Todo esto viene a cuento de un libro que resulta curioso y que enseguida llamó mi atención. Fotografía y espíritu, del profesor John Harvey (Alianza Forma). No se trata de un libro precisamente religioso. Su perspectiva es más científica y artística, con un mero tratamiento inmanente y erudito de los hechos. Aunque se ocupa durante todo un capítulo del impacto de la religión y desde la religión. Lo que queda claro es que la fotografía capta cosas que el ojo humano no. Y el autor lo analiza “como artefactos de una conciencia creativa” desde el siglo XVII, con su forma particular de representar a esos espíritus, y su posterior influencia en el arte. Siempre ha habido videntes -ortodoxos o no-, médiums o similares. La realidad sobrenatural y su manifestación es una constante en la historia de la humanidad, en esa inquietud del alma que nos caracteriza, en esa intuición de la inteligencia. A veces es religión que se hace arte, con su carga ascética y mística, con su cosmovisión de fe y amor; otras es un peligroso juego infernal, de mero auspicio o adivinación o venganza o simple curiosidad. (Un paréntesis: no todo lo paranormal es maligno). Desde luego no es lo mismo Madame Blavatsky que santa Teresa. Y llegados a este punto -y tenga poco o mucho que ver- me viene a la cabeza el libro de María Vallejo-Nágera sobre las almas del Purgatorio Entre el cielo y la tierra (Planeta). Creo que me lo voy a releer.



De todas formas es evidente que la fotografía es un medio más para manifestar y descifrar el espiritu, para plasmar en arte el alma de las cosas; un medio que refleja, sugiere o muestra el más allá de la simple apariencia, esa otra dimensión que normalmente no vemos.

domingo 7 de marzo de 2010

Corren tiempos de un necesario apostolado



Para Carlos Marqués, in memoriam


¿Qué dices? ¿De qué vas? ¿Qué se te ha perdido a ti en la vida de los demás? Déjalo estar y a lo tuyo, que bastante tienes con lo que tienes. Se trata de algo trasnochado, propio de una mentalidad casi medieval. No se pueden imponer las creencias de cada cual. Hay que respetar la intimidad, cada uno es muy libre de hacer y pensar lo que quiera, pero sin incordiar. Son asuntos demasiado delicados y la gente se puede molestar. Venga, hala, sigue con tus libros o con lo que sea lleves entre manos. Reza lo que te apetezca e híncate de rodillas en medio de lo que quieras, pero guárdatelo para ti. La religión no se ventila en conversaciones variopintas, por más confianza que tengas. Dar la murga en asuntos de este tipo es más propio de sectas y grupos así. Se agradece tu interés, pero no, cambiemos de tema. No me seas plasta.

Palabra arriba o palabra abajo esto es lo que se piensa del apostolado, del celo apostólico que ha caracterizado desde el mismo Cristo, o sea, desde su inicio, la labor de la Iglesia. “Id y predicad el evangelio”. O "desde ahora seréis pescadores de hombres". Se denigra porque se da pábulo al manido lugar común de que de trata de una vulgar comedura de coco, de una sarta de mentiras o de lúgubres propósitos que vaya usted a saber, etc. Tampoco hace falta decir más sobre ello. Pero hay varios asuntos que hay que distinguir muy bien. Cada uno es mayorcito para hacer y decir a sus amigos -¡sólo faltaría!- lo que le venga en gana, con un absoluto respeto a su libertad de conciencia. Y cada uno es asimismo libre para decir que nones. Mira querido, prefiero que no me digas nada sobre esto, que yo de momento me arreglo solito con las cañerías de mi alma. Y punto. Y tan amigos, como siempre. Otro tema que me parece importante sobre el particular es que el apostolado cristiano no es una captación. El que lo piense yerra de plano. Miremos a Cristo, observemos de cerca la extremada delicadeza con la que trata a las almas y sigamos Su ejemplo.

El apostolado cristiano es fruto de un profundo amor a Dios, lo que tiene como natural y principal consecuencia, el amor a los demás. El verdadero apostolado -que siempre es personal- no puede darse sin una intensa vida interior. Quien crea que obedece a una estricta propaganda de consignas es que es idiota. De solemnidad. Quien crea que puede germinar sin oración y sin un auténtico cariño es que no se ha enterado de nada. Quien piense que puede haber apostolado exclusivamente desde unos presupuestos muy píos -con adoctrinamiento a secas- es que vive en otro mundo. Muchas veces bastará con el propio ejemplo de vida cristiana. Esto es un valor en alza. Porque la coherencia se ve, se percibe, se nota. Y la alegría que la acompaña atrae sin remedio, contagia. El amor nos llena de vitalidad y gozo, y es imposible no contárselo a nuestros amigos, con pasión, con naturalidad. Sale sin querer. El apostolado es en primer lugar mostrar en confidencia nuestra alma. Deseos, inquietudes, aprietos… El apostolado en realidad es una prolongación de nuestra conversación con Dios. ¿Resultado? Nos preocupan las almas y la felicidad de los que nos rodean. ¡Menudos cristianos de pacotilla seríamos si el prójimo nos fuera indiferente, si el apostolado resultara ser para nosotros un pegote o una carga!

¿Desde cuando a un cristiano de pro no le preocupan las almas de sus amigos (y de los que no lo son)? El apostolado es rezar por ellos, sí, pero también es dedicarles tiempo y tomar una cerveza o ir al cine. Es acordarnos de su cumpleaños o santo; es escribir una carta o postal; o es llamarles en seguida para aconsejarles el último gran libro que hemos leído. El apostolado es querer a la gente; es tener la necesidad de quererles más todavía. Más, más aún. Sin melindres. “¿De dónde me vendrá esta tristeza?”, me dijo en una ocasión un amigo. Es hacer nuestras sus cuitas, su dolor, sus penas. La gracia de Dios nos lleva en volandas. El apostolado, en fin, es la necesidad que tiene el corazón de darse a los demás. Sin querer imponer nada, pero sin avergonzarse de nada, que ya vale de sacristías y complejos. Y corren tiempos en los que las personas andan especialmente necesitadas de autenticidad, de llamar a las cosas por su nombre (al pan pan y al pecado pecado y a la resurrección resurrección), de que se les hable sin las acostumbradas y necias vacuidades. Y tarde o temprano, en esa conversación, surgirá Dios. Es inevitable. Surgirá la posibilidad de hacer lo mismo que hacemos pero de manera más infinita. Y si cada cristiano es coherente con su creencia -en la familia, en el trabajo, en el ocio, etc.- y es apostólico, se acrecentará la esperanza de un mundo mejor. No tiene vuelta de hoja.

sábado 6 de marzo de 2010

¡Cómo cuesta empezar las cosas!


Poco a poco se va encendiendo la mañana, se abren las ventanas para ventilar el alma, se hacen las camas, se preparan las mochilas para el cole. Poco a poco tomas conciencia de todo (aunque si lo piensas…) y mueves el cuello sobre su eje y das besos a los que más quieres y te santiguas y ofreces el día a Dios intentando darte cuenta de lo que significa. Poco a poco te vas quedando solo en la casa y recorres el pasillo y las habitaciones recogiendo el silencio y algunos calcetines. Hojeas por enésima vez un libro sobre bibliotecas, y lo llevas contigo y miras esos amplios espacios familiares en los que te reconoces. Poco a poco metes la ropa de color en la lavadora y pones el jabón y el suavizante... Los Lakers han ganado de nuevo (ayer te llegó desde Los Ángeles un llavero del equipo, de 2’92$ el envío). No está nada mal ese bizcocho de chocolate. Recoges hasta la última miga y lees durante quince minutos La amarga pasión de Cristo, que fue escribiendo el poeta Clemente Brentano de labios de la beata Ana Catalina Emmerich. A trabajar. Cuesta. A trabajar. Cuesta más todavía. A trabajar. Queda toda la mañana. A tra… ¡Basta! Ya vas, hasta el ángelus. Luego leerás unas páginas de Le Fanu. Luego. A traba… Pero te entretienes con la lluvia ahora que no te ve nadie. Y la lluvia te lleva a unos versos que desechas al instante. Y la lluvia… es ese poema que no se acaba cuando termina. Algo así como la infancia. O las piernas de ella en esas medias de plata. La lluvia: una visión que no cansa, que oscila, que se remansa en la memoria. A trabajar, venga. ¡Cómo cuesta empezar las cosas!

viernes 5 de marzo de 2010

Si existe Dios ¿por qué no actúa?



¿O resulta que su forma de actuar es distinta a nuestra conveniencia? ¿O será que actúa y no nos damos cuenta de que es Él? ¿O es que espera a que demos alguna señal de vida espiritual o de confianza filial? ¿O será que los que nos decimos creyentes y cristianos pasamos de largo como si la cosa no fuera con nosotros? Y si el asunto deriva en tragedia las preguntas le echan en cara a Dios lo que ha sucedido. Si existes ¿cómo puedes permitir esto? ¿Cómo puedes dejar de Tu mano a tantas personas? ¿Eres un ser cruel o un Padre? ¿Te importamos de verdad o nos dejas desvalidos y te diviertes con nosotros como si fuéramos unos juguetes rotos? Dios es el culpable. Si existe, claro. Las preguntas insisten, se reiteran millones de veces: ¿Cómo puedes permitir, siendo Dios, estos desastres naturales, por más sobrenaturales que sean los motivos? ¿Por qué no los paras, por qué no detienes Tu mano? ¿Por qué actúas así, con tanta saña?

Pero Dios actúa, ya lo creo que actúa. Su gracia se extiende por las almas, llama, perdona, reactiva, enciende. Pero no actúa sólo cuando a nosotros nos conviene o según pensamos que podría ser lo más adecuado. Su Amor sigue obrando milagros y pronunciando las bienaventuranzas. Su Amor sigue resucitando a los muertos, que hieden por el pecado. Su Amor sigue siendo omnipotente y sigue estando a nuestro lado, tan misericordioso como siempre. Se supone. Entonces, ¿qué le ocurre a Dios? ¿Se ha vuelto loco? ¿Cómo se entiende todo este cúmulo de desastres? El mundo parece huérfano, y anda angustiado e incrédulo. Trémulo, cariacontecido. Incrédulo de Dios porque de lo demás se lo cree todo. Lo que sea. Desde un mitin político a la magia negra. Un mundo descorazonado, perdido en disquisiciones que no llevan a ningún lado. Un mundo disfrazado en un constante carnaval de mentiras. Si Dios es Dios ¿por qué no actúa un poco más a la vista? Que haga el definitivo milagro, y nos libre del dolor “innecesario”; de la muerte, de la guerra, del hambre. Que dé de beber a los millones de sedientos con agua potable, y se deje de tanta espiritualidad. Eso ya vendrá luego.

Y así. Es como si para la gente Dios no diera una a derechas, y quisiéramos indicarle que se equivoca y que de esa otra manera podría ser mejor. Que se adecue Dios un poco, vamos, que ceda. Por eso ante el misterio de las hecatombes, ante la palpable muestra de nuestra nada, todo esto se intensifica. ¿Por qué, por qué, por qué? ¿Por qué puede permitir Él, que es Amor, unas calamidades semejantes, un sufrimiento tal? “Bendice alma mía al Señor”, reza alguien. Y otros, rabiosos, le tildan de sádico. Por decir que no quede. Lo que no saben es que Dios hace milagros constantemente. El primero mantenernos en la vida (dio la Suya a cambio), y respetar nuestra libertad, y esperar hasta el último momento nuestra respuesta… Y consuela millones de corazones, y sana, y habla. Pero Su lenguaje tiene infinitos registros. ¿No están ustedes un poco con la mosca detrás de la oreja? No quisiera ponerme excesivamente trascendental e impertinente. Sólo lo justo. Y mucho menos apocalíptico. Pero en un plazo de tiempo no muy largo estamos teniendo terremotos especialmente fuertes, tsunamis devastadores, inundaciones, corrimientos de tierras, tornados, vientos fortísimos, etc. Para muchos será obra del clima: algo anda mal, el hombre algo está haciendo muy mal (y no les falta razón); para otros es cosa de ciclos o de la casualidad, sin más; y para los que creemos en la Providencia ordinaria y extraordinaria todo responde a una lógica divina.

No hay nada más natural que lo sobrenatural. Dios ejerce de Dios. Dios ejerce de Padre, y tutela y perdona y se rodea cada día de millones de hijos pródigos. Pero también inspira y avisa. Soy de los que piensa que necesitamos de cuando en cuando que se nos zarandee un poco -o un mucho- las almas, para que despertemos de la modorra interior, del pasmo, de la abulia, del tedio, de la tibieza. Y permite hechos que nos parecen incomprensibles y “excesivos”. Pero Su justicia va a la par de Su misericordia. No podemos pensar que Dios permanezca indiferente en una sociedad de hombres no precisamente justos. ¿Quién se acordaba de Haití? Es más, una vez pasado el primer desconcierto y demás ¿quién se acuerda de Haití? Es un ejemplo. La Virgen avisó también desde Lourdes y desde Fátima de lo que podría pasar si los hombres no dejaban de pecar, de adorar a Satanás con sus obras. Y llegaron las dos guerras mundiales, y por un estricto odio a Dios llegó la Guerra Civil española (menos cuentos) y el Holocausto y los gulags. Y seguimos en las mismas.

Dios actúa, ya lo creo que actúa. La paz es Su paz, se pongan como se pongan los capitostes del rencor y del odio. Dios vela por la Historia y vela por TODAS las almas, personalmente. Y estas catástrofes naturales que está padeciendo el mundo deberían servirnos para sacar algunas conclusiones, para despejarnos el alma de sandeces. Hay cosas que no podemos controlar, pero muchas otras sí, sobre todo nuestra elección en cada momento. Podemos elegir la verdad y el bien. Si el hombre no hace lo posible por mejorar, por salir de su egotismo enfermizo, el mundo tampoco mejorará. Si los desastres de la naturaleza asustan, más nos debería asustar la desolación de las almas. Estamos a tiempo de cambiar. Cada uno. Yo así lo veo.

jueves 4 de marzo de 2010

El novio te ha dejado (una carta de ánimo, sencillamente)




Querida S.:

Me disponía a escribir sobre el terremoto de Chile, cuando recibo tu particular seísmo. Y como bien puedes comprender no puedo dejarte sola. A tu alrededor los cascotes de tanta ilusión como tenías, de un amor tan puro, tan deseado. Las grietas de tu corazón, la incredulidad de tu mirada. Las heridas del querer que no dejan sangrar... ¡Tantas lágrimas! No puedo dejarte sola. Otra cosa es que escriba algo que te sirva, que atenúe siquiera un poco tu dolor. Cuenta desde luego con mi oración y cuenta con mi compañía. Aunque sea por medio de estas líneas, cuyo estilo no es otro que el cariño. Y en este punto me paro a pensar. Inclino la cabeza y te imagino en un rincón de tu alma; sin ganas, sin fuerzas, completamente impotente, sin recursos. ¿Y ahora? ¿Qué pasa ahora, cuando la felicidad parece que ya no cuenta con tu vida, cuando el amor se difumina en la nostalgia? Pues pasa, querida amiga, que es hora de levantarte. Pasa que es hora de mirar al cielo y de enjugar las lágrimas. Pasa que es hora de aclarar la voz y la esperanza; hora de fiarte de Dios como nunca. Al fin y al cabo tu corazón es Suyo, y no hay ternura como la Suya. Y Suya es tu alegría. Y el Amor es… Él mismo. En persona. Eso es lo que pasa. Claro, puedes pensar que las palabras están muy bien, que amas a Dios y tal, y hasta que valoras mi estilo y la literatura; pero que por el camino se te ha quedado el corazón hecho trizas, y que los sueños se te han despertado todos de golpe y que cuando te levantas inmediatamente te desmoronas a no se sabe dónde, y que estás hasta el gorro de las buenas intenciones y de las oportunidades perdidas. Pero tengo que insistir, decirte. Tengo que hablarte de todo lo bueno que te queda, de esa infinita providencia que cada día dibuja en tus ojos la belleza: la que eres y la que miras. No cejes, canta, escucha… Mírate las palmas de las manos. Nada es lo que parece. ¿Vacías? Míralas bien. Están llenas de caricias y prodigios. Están llenas de silencios y estrellas (¡cómo brillan si te fijas!). Ten paz, espera. Llegará el hombre de tu vida, no lo dudes. Llegará. Un buen día él te verá entre la gente, y ya no podrá vivir sin ti, y tú sin él; y su seguridad serás tú, para siempre. Aunque ahora te duela el ayer, aunque no entiendas nada de nada y Dios se esconda entre tantas lágrimas y la tristeza no te deje ni respirar. El goce más pleno y duradero necesita madurar en el sufrimiento. La entraña de los que serán tus hijos -créelo, créeme- se está fraguando precisamente ahora, cuando ya no puedes más de pena. Son las grandes paradojas de la vida, su milagro. Venga querida amiga, levanta el ánimo, resucita esos ojos; el amor te espera, aunque no sepas todavía como se llama.

miércoles 3 de marzo de 2010

“Esencia y hermosura”, antología; de María Zambrano



No hay que tener prisa para leer esta antología de textos fundamentales de María Zambrano (Vélez-Málaga, 1904-Madrid, 1991). Tampoco hay que empezar desde la página uno. Recomiendo sopesarlo primero, abrirlo por cualquier sitio y, después de aspirar el aroma único de un libro recién impreso, comenzar a leer en donde se pose la mirada. Ahí, por ejemplo. Yo lo acabo de hacer ahora, pero comprendo que con algo de trampa. El libro está tan dado de sí, tan leído y subrayado, que ha adquirido la costumbre de ciertas páginas. Como la 177, sin ir más lejos. Leo: “Y es que cuando el mundo está en crisis y el horizonte que la inteligencia otea aparece ennegrecido de inminentes peligros; cuando la razón estéril se retira, reseca de luchar sin resultado, y la sensibilidad quebrada sólo recoge el fragmento, el detalle, nos queda sólo una vía de esperanza: el sentimiento, el amor, que, repitiendo el milagro, vuelva a crear el mundo” (De Horizonte del liberalismo). Y me es imposible no volver a leer el pasaje (iba a escribir paisaje). No, no por oscuro, todo lo contrario: por el deslumbramiento de su claridad. Es la constante en su obra: esa ambición de sencillez trascendente, de enamorado regocijo ante lo que se vive y piensa y siente.

Esencia y hermosura (Galaxia Gutenberg) no es la primera antología que intenta sintetizar lo más selecto de su obra. Siempre esta ambición de tener en un solo volumen lo fundamental, lo mejor; para hacerlo más accesible y manejable si cabe; para ir al meollo lo más presto, en seguida. Y, a la vez, ese deseo de disponer cuanto antes una más precisa edición de sus obras completas (algo que ya hizo por vez primera la editorial Aguilar en sus Obras reunidas de 1971). Objetivo en el que Galaxia Gutenberg y Aguilar debieran aunar esfuerzos, por nuestro bien y por su propio prestigio. Pero como venía diciendo no es Esencia y hermosura el primer intento de establecer una selección de lo más representativo del pensamiento de María Zambrano. Ya Jesús Moreno Sanz publicó La razón en la sombra (Siruela, 1993), su excelente antología crítica que en su día me recomendó Antonio Colinas y que sigue siendo referencia obligada para todos los que quieran disfrutar y profundizar en el discurrir de María Zambrano. Siruela es editorial que ha venido reeditando varios de los libros capitales de la escritora de Vélez-Málaga. Y en la misma editorial se ha publicado hace poco tiempo un delicioso libro de Clara Janés: María Zambrano, desde la sombra llameante (2010). Libro que es indagación y confidencia, análisis y homenaje. En esa prosa tan bella como perspicaz de la poeta barcelonesa, que por otra parte ha ganado recientemente el XIV Premio Ciudad de Torrevieja de poesía, con su libro Río hacia la nada (Plaza y Janés) del que espero ocuparme.

Pero volvamos a lo que nos ha traído hasta aquí. A este florilegio de “esencia” y “hermosura” del pensamiento de María Zambrano que mi querido y admirado José-Miguel Ullán preparó con tanto celo y cariño (otro poeta, Ullán, al que hay que leer, y para ello nada mejor que acudir a Ondulaciones. Poesía reunida. 1968-2007, editado por Galaxia Gutenberg). Preparar esta antología del corpus zambraniano ya le venía de lejos a Ullán. Cuando la conoció “a mediados de junio de 1968” en una visita a su casa suiza de La Píece, acompañado por José Ángel Valente y otras dos personas. (Un paréntesis: lean por favor Cartas de La Píece: correspondencia con Agustín Andreu, que está publicado en Pre-textos). Cuenta Ullán, en el impagable e inconcluso “Relato prologal” a Esencia y hermosura, que María era “pequeñita y frágil, mas crecida en malicia chispeante y firme en delicadeza”. Conocerla fue comenzar a “bienquererla, a necesitarla en extremo y a empeñarme, de paso, en darla a oír (la cursiva es mía)”. Era algo que sentía debía hacer en memoria de su maestra y amiga. Y lo hizo, ya lo creo que lo hizo. Y muy bien. Lástima que su muerte el pasado 23 de mayo nos deje “los miembros tristes”, que diría Colinas (otro poeta discípulo y amigo de Zambrano), y el corazón más triste todavía. Descansa en paz José-Miguel, y que Dios te bendiga. A Ullán lo conocí hace pocos años, a raíz de su libro de poemas Amo de llaves (Losada, 2004), que tuve el placer de reseñar. De cuando en cuando recibía alguno de sus libros convenientemente dedicado, y no dejó de sorprenderme nunca su agudeza intelectual y su delicadeza de alma; ¿cómo lo diría?... con su preocupación poética de la existencia, y con la persistencia en el agradecimiento. Un buen tipo.

Bueno, pues este buen tipo nos ha dejado a todos en herencia este último libro que insiste en lo mismo: en el agradecimiento. En este caso a María Zambrano. ¿Y qué mejor forma de ser agradecido con un escritor que leer y releer sus libros? ¿Qué mejor manera de ser agradecido que dar a conocer y mostrar públicamente las partes de sus libros que más te han vivificado e instruido? ¿Qué mejor forma de seguir escuchando su voz que desvelar sus palabras y pensar el alma de su razonamiento poético, de su aurora? Su voz. La voz de María. Señala Ullán que Jorge Guillén “no se cansaba de repetirnos que, en su ya larga vida, nunca había conocido a otra persona con la capacidad de María Zambrano para mantener al interlocutor en vilo, seducido por el interés de lo que decía y por el modo de decirlo”. Su voz. Íntima, interior, cautiva. Que se desplegaba discreta y noble. Voz: sonidos cuyo sentido y armonía escuchamos en silencio. “Y el silencio se extiende como un medio que no hace sentir su peso ni su limitación; en este puro silencio no se advierte privación alguna”. “Y el silencio se ahondaba aún más y se abría en sus adentros”.

Esencia y hermosura, tengo que decirlo -y sé que José-Miguel pensaría lo mismo- es un acto de amor que cobra forma de libro, de una propia antología de fascinaciones. Ya el citado “Relato prologal” nos sorprende. Memoria, acuarela, confidencias, retratos. Un trozo de vida imbricada en otras vidas. Escoge a Plotino como exordio para adentrarnos en la obra de la autora de Hacia un saber del alma: “La potencia que reside en el mundo inteligible es puramente esencia, pero esencia de hermosura perfecta”. Y el libro comienza con una primicia, con unas cartas al pintor Juan Soriano, que recogen muy bien esa forma de ver y ser que tenía nuestra filósofa. Bergamín pensaba que el epistolar era el mejor estilo de María Zambrano. En ocasiones yo también lo creo. O siento que en esas líneas va germinando lo que después será una idea desarrollada en toda su intensión y extensión de la palabra. Palabra: “ese extraño ser que existe en tanto que se da”. Sus palabras, que “manaban libres: para ver por qué”. Y llega el plato fuerte. Ese repaso de toda una vida que reflexiona y contempla, que se acerca o se distancia del misterio. Y escribe. La escritura: ese zumo del alma, esa pasión que se rebela y revela, esa fidelidad al secreto de las cosas, esa belleza del hombre cuando se distancia de la vanidad y de la soberbia. “Escribir es defender la soledad en que se está”.

Y vamos leyendo la quintaesencia de sus libros, el método de su razón poética, que indaga y se pone en actitud de escucha. El racionalismo no basta para entender el sentido más pleno de la identidad humana; la naturaleza del hombre, su dimensión natural y sobrenatural. Libros como Delirio y destino, como Horizonte del liberalismo, como El hombre y lo divino, como Filosofía y poesía, como La agonía de Europa, como Unamuno, como su excelso Claros del bosque… El lector se ve seducido por la cualidad y la calidad de esas palabras, por su cadencia trascendente y trascendida. El hombre es un ser en interioridad. La prosa de Zambrano no agota ni se agota. Son destellos que nos alumbran la razón y el corazón, que nos interrogan sobre nuestro propio (des)conocimiento. Y la vida no es sólo lo que piensas: es sobre todo lo que amas. Son intuiciones geniales sobre el por qué del alma, de la esencia, de la felicidad, de nuestra angustia, de nuestro destino. Pero, como escribe ella misma, “un libro mientras no se lee, es solamente ser en potencia, tan en potencia como una bomba que no ha estallado. Y todo libro ha de tener algo de bomba, de acontecimiento que, al suceder, amenaza y pone en evidencia, aunque sólo sea con su temblor, a la falsedad”. Aquí lo dejo.

P.D. In memoriam. Gracias José-Miguel Ullán por este libro de libros. Ahora que disfrutas de la Aurora eterna, ahora que ves la plenitud de todo pensamiento, sentimiento y emoción; ahora que del todo comprendes la mirada de Dios y su consecuencia de Amor. Lo dicho: gracias.