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Reflexiones, poemas, escorzos de vida, fe de lecturas, noticias de amigos... No pretende ser un desahogo, más bien un diálogo. Un demorarme en el resplandor de nuestra existencia. Y en su literatura.


domingo 31 de enero de 2010

Estás en Costa Rica



Estás lejos. Nunca has estado tan lejos de mí. Todo un océano por medio, con su oleaje de belleza rebosante de luz y espuma. Y tú allí, en verano, cuando yo estoy aquí tiritando de ausencia e invierno. Tú al lado de volcanes, selvas y playas paradisíacas; y yo en esta vorágine de grises. Tú, tan lejos; y yo que no llego, que no puedo tocarte. En casa cuando nos miramos se produce un hueco, y nos quedamos en silencio pensando si estarás dormida o nadando en un horizonte que no vemos. Y siempre ponemos un plato de más, sin querer, ya ves lo que son las cosas del amor. Pero la felicidad es así de imperfecta. Te vas y no te quedas. Miro y no estás. Y sólo me queda imaginarte o aguzar el oído por el pasillo por si encuentro un eco tuyo o respirar tu ropa, o la almohada. Más consciente de ti, y de mí contigo. Deambulo por la calle y por la casa sin norte fijo. No está tu mano en la mía o no está el bolso donde guardas lo que te pido, sea lo que sea y estemos donde estemos. No entro en las tiendas ni me preguntas donde está tu teléfono. Me paro en los semáforos y siempre estoy solo. Y espero a que digas algo... Esto es demasiado. ¡Qué lejos estás! ¡Qué lejos está todo! Y acaricio uno de tus vestidos y palpo el amor que te tengo. Antes de dormir sueño, porque no me lo quiero perder, no te quiero perder. Sólo después me duermo. Y cuando me levanto por la mañana no estás. Lo que está es el hueco. Y pese al frío abro la ventana para asomarme a ti, que estás tan lejos. Y tiendo los ojos al cielo, por ver si coincidimos allí, en algún punto equidistante. Quizá leas esto y pienses que no deberías haberte ido. No, no, quédate, disfruta, goza. Pero cuando vuelvas tendrás que perdonarme, porque hablaré poco, sólo tendré alma para mirarte.

sábado 30 de enero de 2010

Unas palabras para Silvia





Aquí frío y sol
y libros por doquier
y pocas ganas de nada.
Me dicen que son los cambios
de tiempo,
quizá el estrés, o el viento…
No sé,
hasta el alma
se cansa
y se queda quieta
en la cama.
¿Para qué las palabras
si son sólo sombras?
¿Para qué
una luz tan negra
y no la mañana
desnuda entre las sábanas?
Y me dedico a contemplar
cualquier cosa
por la ventana.

viernes 29 de enero de 2010

Obras son amores, y dejémonos de fantasías


Pensaba que en todos los aspectos de la vida saberse la teoría es lo más fácil. Cómo iba a ser menos en todo lo que tiene que ver con el matrimonio. No será por libros, cursos, consultas, foros y seminarios. La bibliografía es de lo más nutrida. Lo complicado viene cuando llega el desánimo y demás tentaciones, cuando por entremedio de la fidelidad se entrometen los sentimientos más inverosímiles, esas elucubraciones que a veces nos da por imaginar. O soñar. Esas fantasías que nos hacen aflojar en los detalles con nuestros cónyuges. Al principio no les damos importancia. Es un pequeño consuelo, tampoco hay que obsesionarse.

La vida es dura, nadie lo niega. A veces muy dura. Y la rutina nos puede llegar a resultar inaguantable. Por ello -siendo más o menos conscientes- buscamos compensaciones, algo que nos redima de lo de siempre, que nos procure un poco de cariño extra. Nuestra propia satisfacción sentimental nos parece muy escasa y queremos novedades. Es entonces cuando comienza el diálogo con la berza, el insensato jugueteo. Imágenes, deseos, pensamientos. Fantaseamos con dadivosas caricias o con besos que no nos corresponden. Nadie se da cuenta. ¿A quién hacemos daño?

Pero en primer lugar está la ofensa a Dios, por venial que esta sea. Y la falta de delicadeza y la deslealtad con nuestra mujer o nuestro marido. Vale, no somos de piedra. Ninguno. Lo que no es óbice para enmascararnos en peripecias que excusan lo obvio, lo que está mal. Esas compensaciones son fruto del egoísmo, de un cansancio que deriva en un dejarnos llevar. Todo muy a juego con la frivolidad actual, con la superficialidad conyugal. Cuando lo que deberíamos estar pensando, en una perseverante gimnasia espiritual, es todo lo contrario: ¿Cómo puedo dar mejor gusto a mi mujer, o a mi marido? Ah, me dicen, pero es que “no sabes tú lo insoportable que se ha vuelto”, o “ya no tiene el atractivo de antaño”, o “vivimos como familiares lejanos”, o “sólo piensa en los hijos”. O quizá en los amigotes, o en el juego, o en el trago.

Y el padre de la mentira que es Satanás todo lo va enredando. ¿Recordáis? La inquietud comenzó con aquella entelequia primera, o segunda, o tercera, tan seductora, tan cariñosa, tan tierna, tan amable. Y la satisfacción de ese dejarse llevar por la imaginación nos evade de la terca realidad, que aborrecemos por momentos, que ya no es como era. Y acaba todo en sueños, y dislate.

Nada está perdido. Desconfiemos de nosotros mismos. Volvamos el rostro y la mirada del alma a nuestra mujer, o a nuestro marido. Con sus virtudes y perplejidades. Lo demás es una pantomima que sólo nos lleva a jugar con fuego y a sentir el amargo sabor de la tristeza.

jueves 28 de enero de 2010

Unamuno, Borges según Bioy, Antonio Fontán, “El violinista de Mauthausen” y otros libros



Serán los cambios de tiempo y la inestabilidad del cielo lo que hace que no esté muy boyante, que me sienta insignificante y apático. Comienza la semana y, sin enterarme casi, amanezco en un viernes cualquiera. De esos viernes aguafiestas que no prometen nada digno de mención para el sábado y domingo. ¿Qué ha ocurrido? Un suspiro de algo, de alguien que me hablaba. Poco más. Mientras tanto se ha fundido una bombilla y he aireado bien las habitaciones. Y ahora recuerdo que a mitad de la película que vimos el sábado me puse a cambiar libros de sitio. ¿El motivo? No encontraba los Ensayos de Montaigne, y andaba enfadado. La película acabó bien, era de final feliz. Y yo acabé tumbado en la cama leyendo las primeras páginas de Borges, un libro-reportaje-anecdotario (para mí la anécdota nos resume la esencia) entresacado de los perseverantes diarios que Adolfo Bioy Casares escribió durante décadas. Destino lo ha publicado. Leo, pero me da pereza escribir reseñas. Quisiera leer por leer, sin más, sin dar razón a nadie. El gozo por si solo. Y que me cupieran los libros con más holgura en las estanterías. Suena por aquí cerca un contrabajo, que me trae la melodía de un solo de la 1ª Sinfonía de Mahler

He releído estas dos últimas semanas algunas de las historias de la conversión al catolicismo de siete escritores que se incluyen en el libro El fuego de la montaña, de Eduardo de la Hera (San Pablo). El libro en cuestión está bien urdido, y nutrido de sucesos que pasman. Con avidez vuelvo en especial sobre Giovanni Papini y Edith Stein. Se agradece mucho la bibliografía, pero más los apuntes de sus vidas. Vidas heterogéneas, tan distintas todas. Y Dios que las enhebra, que nos las ofrece a los lectores como apasionado e inteligente testimonio de Su gracia. Entre medias hojeo libros de Unamuno (le dije a mi hija que se lo iban a preguntar en el examen de evaluación, y acerté, lo que hace que suba mi prestigio a sus ojos). Don Miguel, del que la Biblioteca Castro sigue publicando sus completas, bajo la ejemplar batuta de Ricardo Senabre. Va por el volumen X. Me detengo con curiosidad en sus prólogos, aforismos y definiciones, y vuelvo sobre esos ensayos cruciales para el pensamiento: Vida de don Quijote y Sancho, El sentimiento trágico de la vida y La agonía del cristianismo. Unamuno es uno de esos autores que cada vez, según va pasando el tiempo, te marcan más y son más necesarios. Más filósofo que muchos otros de profesión, gran narrador (reivindico sus Cuentos por enésima vez) y sobre todo me admira su alma de poeta, que en él lo empapa todo. Y luego entro en Internet y curioseo los últimos títulos de dicha Biblioteca. Destaca la General Estoria, de Alfonso X el Sabio y el tomo IX de Galdós donde aparece una de sus novelas que me parecen mejores: Ángel Guerra.

Desde hace varios años, el recientemente fallecido Antonio Fontán -el que fuera primer presidente del Senado una vez democratizado el asunto en España y director del finiquitado diario Madrid-, me ha venido enviando puntualmente todas las Navidades su particular forma de felicitación: las ya famosas “estrenas”. Consistían en un breve ensayo sobre algún tema que le interesara (el año pasado recuerdo que versaba sobre Hispania y los hispanos en el siglo I d.C., aunque a mí el que más me gustó fue el de la Navidad de 2005: De España y los españoles). Y en primeras páginas algún grabado del Nacimiento de Jesús acompañado de un poema de la vieja tradición literaria española. El último envío, la última felicitación, ha precedido en muy pocos días a su muerte. Descanse en paz. Recupera un texto suyo sobre La familia Real, la operación histórica del Rey Juan Carlos. Y me lo he leído estos días. Fontán fue siempre un leal y decidido monárquico, y un latinista de primera, y un divulgador fetén de la cultura. Ahí están sus estudios y traducciones de Tito Livio o de Cicerón. O esa otra, más curiosa, de la obra de Girolamo Savonarola Última meditación (sobre los salmos Miserere e In te, Domini, speravi), que Rialp debería reeditar. De sus libros leí hace años Humanismo romano (Planeta, 1974) y hace no tanto Letras y poder en Roma (Eunsa, 2001).

No reseño pero leo sin parar. ¿Qué voy a hacer si no? Volverán las oscuras golondrinas -que diría Bécquer- y con ellas espero que también se revitalicen en algo mis ganas, y alce el vuelo del alma, que anda titubeante. Buena novela la del Violinista de Mauthausen, escrita por Andrés Pérez Domínguez (Algaida). Se ve que está teniendo éxito de público. Yo he llegado algo tarde, pero aquí estoy, en ella. Es una historia de amor, amor que redime y define, que trabaja sin descanso, que contra toda esperanza espera y lucha. En medio del horror, del escarnio y de la muerte (“se ha convertido en cotidiano a pesar de ser tan terrible”), el amor vive y reinventa la vida. Pero hay más. Y la intriga de las almas que es la historia nos va narrando su confidencia con una literatura que emociona, que se pega al corazón y a su suspense. Y leo los poemas de Lidia Beatriz Biery, que murió en 2008. El tiempo alzado es más que un libro interesante, querida Luzmaría, editora de Torremozas, amiga. Es un libro que busca desesperadamente un sentido a la muerte y al olvido. Es un himno, un poema único parcelado en dudas y asombros que se asoman al tiempo. ¿Para qué escribir, para qué tantas palabras? “Acaso busco no olvidar mi nombre”. “Soñar y deshacernos en un verso”. La Poesía es querer ser algo más, es abismarse en algo más que todo esto. Es el ritmo de la vida y su nostalgia. Es el amor, es el pan, es la infancia. Es el grito, es la luz, es el poema… que nunca se termina de escribir.

miércoles 27 de enero de 2010

El alma que es la vida



Cachivaches, objetos, cosas
y pétalos de flores en los libros.
Un viejo periódico amarillea
entre los papeles del olvido.
Era mayo. ¡Qué lejano parece todo!
El socialismo estaba en su cenit y yo
en el paro, buscando las palabras apropiadas.
Pero el dolor nunca es un buen trabajo.

La memoria es una de las maneras de pasar el rato
que es la vida, en ocasiones rota por dentro,
aunque por fuera sea elegante y no le falte de nada.
Doy con una caja de zapatos, llena
de juguetes que jugaban conmigo de niño.
Por entonces el paraíso estaba en dos sitios:
el pasillo y la cama inexpugnable.
No daba abasto. ¡Era todo tan nuevo!

Ahora sólo juego de memoria o hago cábalas.
El mechero del abuelo lo conservo y recuerdo
la llama que encendía su rostro por sorpresa.
Y los minerales, llenos de brillos
y secretos que imaginaba en el centro de la tierra.

Para mi solaz encuentro también un beso
de Ana en una deslucida postal del Pirineo.
Y sin que me vean se lo devuelvo
en la tinta de su firma y con la rúbrica
de ese abrazo suyo del que no me separo nunca.

Cachivaches, objetos, cosas.
Y el alma que es la vida.
Mires lo que mires, digas lo que digas.

martes 26 de enero de 2010

No hay que darse excesiva importancia



La verdad es que me gustaría escribir bien, con cierto decoro y clase. Y contar cosas de interés, inciertas aventuras o el discurrir de ideas no demasiado mortecinas, alguna hasta podría ser llevadera. Pero me veo siempre en las mismas. Lo de siempre. La casa, los hijos, el pan, ¿dónde he puesto las gafas? Y un montón de palabras que van de aquí para allá, y que juegan conmigo al despiste. Pocas novedades. Aunque la novedad, como decía Casanova, es el tirano de nuestra alma. Cada día abres las persianas y sigues la pista de la luz que entra. Y te quedas paseando la mirada por las paredes o por las migas que deja la magdalena sobre la mesa. No, no es esa la crema de la cara y no sé si hace frío en la calle. Adiós muchachos, portaos bien, sed buenos. Tú no fumes. Y las mismas oraciones por los hijos. Ni siquiera en eso hay cambios ni variantes. Es una vida la mía reiterativa, sin grandes sorpresas. Puede que sea lo mejor, quién sabe. Los mismos escaparates y edificios, los mismos semáforos en los que me da por pensar en su vestido verde (de ella) o en el inmediato libro de Enrique Vila-Matas. Pero me quedo con el vestido, de un verde muy vivo, tan intenso que parece salido de un documental sobre el Amazonas, o de esos idílicos prados que crecen en mi más británica fantasía (la prefiero decimonónica). El vestido es de línea clásica, bordado con unas rosas. Lo mejor es el cinturón, que resalta su figura y mi deseo de verla de por vida así, tan hermosa. Llamadas, correos, notas. Hace poco alguien me dijo que le daban miedo las biografías. La mía más que miedo creo que da sueño. Si se escribiera tendría que ser a la fuerza breve, y los únicos momentos de interés serían los amigos, por aquello de que te quieren y lo exageran todo. Ayer, lo más interesante que me ocurrió fue que iba a escribir en una carta “Ana” y escribí sin querer “Ama”. Y puse las dos palabras juntas, y me dediqué un buen rato a mirarlas. Cosas mías, sin importancia. Otro día me bajé del autobús en otra parada, aposta, y me senté en un banco de una plaza, junto a un abuelo, que me contó que sus hijos no le hacían caso, pero que vivía enamorado de su mujer, y que aunque llevaba años muerta le ayudaba a seguir viviendo. Y me emocioné. Y sentí que su alma sólo quería reunirse con ella. Nos despedimos con un abrazo. Se llama Miguel. Yo quisiera amar así. Lo de escribir tampoco es para tanto.

lunes 25 de enero de 2010

Oración de una madre


Oh mi amado y buen Jesús, apenas me queda tiempo para Ti. ¿Puede ser? ¡Que vergüenza! Un día y otro ando desquiciada en mil afanes, segura de poder solucionarlo todo, de llegar a todo. Sí, Tú eres Dios, mi alegría y mi descanso, Y Te quiero. Pero dime, si yo fallo, ¿quién hará las cosas? Ya ves mi casa, entre el ajetreo de los niños y sus estudios, entre la compra, las comidas y el polvo de las estanterías. Y atender a mis padres -tan mayores ya-, y a mis hermanos, sobrinos y demás parientes. ¿Mi marido? No creas que se me olvida. Ya sé que quieres que le atienda con más mimo, que cuide de su alma, que tenga paciencia. Pero ayúdame con él, Jesús mío, porque es como si siempre quisiera llevarme la contraria. ¿O sólo me lo parece a mí?

Es una de las peticiones que quiero hacerte. Darme sin resquicios a mi marido (tengo que ser más afectuosa), darme sin nervios a mis hijos, darme por entero a todos los que llevo en mi corazón. Pero quisiera hacerlo con un cariño más profundo, más delicado, más sosegado y, sobre todo, más sobrenatural. Porque la vida, mi vida, va a tal velocidad, que me precipito en mil vértigos. Es como si me faltara el aire, el oxígeno de Tu paz. Sé que pierdo el resuello mil veces en naderías, sin darme tiempo a tocar con mis manos apresuradas la eternidad de Tu Providencia. Ya me ves ahora, cabizbaja y agotada, ante Ti... No ando muy bien de esperanza Jesús mío, de confianza en tu divino proceder. Lo reconozco, y Te lo digo. Ayúdame a ser más tuya. Quisiera arrodillarme durante el día en todo lo que hago, que no hubiera gesto ni palabra que no sea para Ti; para ver en cada una de mis tareas una pequeña parte de esa cotidiana liturgia que desemboca en tu amor omnipotente.

Jesús, que no se apodere de mí nunca más el grito o la exasperación, el enfado o el zaherimiento. Y como no soy indispensable -aunque a veces lo piense- Te ofrezco desde ahora todo lo que soy. Toma mi corazón, mi boca y mis manos, toma mi carácter y mis nervios, toma mis prisas y mi impaciencia, y sé Tú su latido, su palabra, su mansedumbre y su ternura. Que se note el cambio, la conversión de mi conducta. Y que cada sonrisa, o lágrima, sea un acto de piedad en toda regla. Un signo más de Tu presencia en mi vida. Te lo ofrezco todo mi Jesús, hasta a mis hijos. Tómalos para Ti, para Tu gloria. Transforma también mi matrimonio en una continua revelación de alegría -sin discordias o estériles discusiones-, en un aluvión de bienaventuranzas que sirva para que las almas de los que nos conozcan se acerquen más a Ti.

Y una última cosa Jesús mío, que sabes que me cuesta especialmente. No dejes que piense que tengo siempre la razón. Aunque la tuviera. Con Tu ayuda quiero aprender el difícil arte de saber callarme a tiempo. Haciendo de ese silencio -¡cómo cuesta!- oración. A ejemplo de María, Madre de todas las madres. Así sea.

domingo 24 de enero de 2010

Viejos apuntes de agenda




Llega un momento en la vida de todo lector en que la lectura apenas es una caricia, una mirada que se desliza hacia la intimidad del tiempo. A su vez la vida nos lee y, durante su transcurso, vamos descifrando como podemos el enigma de su alfabeto.



Escritores, intelectuales y artistas de vez en cuando firman apasionados manifiestos por la paz en el mundo. Una paz que es la plenitud del hombre y de sus obras. Cierto. Paz, paz, paz. Aunque mientras tanto muchos de ellos sostengan con sus miserias otras guerras, en un atronador silencio.



¿Es posible que alguien piense todavía que la poesía es sólo un juego del hombre con el lenguaje? ¿Que la poesía es el almíbar de una estética exquisita o el acíbar de una conciencia más o menos crítica? Puede que yo sea un iluso si escribo aquí que la Poesía jamás ha sido escrita por nadie. No me importa. Y que todo el arte del hombre es un mero atisbo, una imagen velada, una satisfacción que dura poco, apenas nada. Pero, sin esa Poesía y sin ese Arte, ¿qué sería de nosotros?



Vivimos en un mundo de espejismos, de irreales alardes, donde todo parece algo y nada es lo que parece. ¿Cultura? ¿Qué significa hoy por hoy poseer cultura, cuando la dignidad del hombre -desde la misma vida- es ultrajada a diario? ¿Es cultura ignorar o despreciar lo que nos trasciende? ¿Es acaso cultura fanfarronear de lo que no se sabe, entre elegantes citas de hombres muertos? ¡Cuántas cultas ignorancias! El envilecimiento prevalece y la verdad no importa.



Hay lectores que desdeñan libros de ciertos autores por amargos prejuicios ideológicos, por otra parte tan propios de nuestra visceral forma de ser. Unos prejuicios que resultan siempre insanos, y que no pueden generar otra cosa que ansiedad y cabestreo intelectual. Allá cada uno. Por supuesto, mi visión del mundo, y todo lo que configura mi identidad, no sería en absoluto la misma si hubiera dejado de leer la ingente cantidad de libros escritos por aquellos que no pensaron, o piensan, como yo.



Lo que se entiende hoy por cultura no deja de ser una moda, una trampa, un plagio, un melindre, una pose, un disfraz. Y sobre todo un mercado, que es el que verdaderamente dictamina aquello que merece ser digno de consideración, o no. La crítica más solvente está en la cuenta de resultados, y su hermenéutica es el negocio que la publicidad genera. Lo nuestro, señoras y señores críticos, no deja de ser una simple coartada. Por más estupendos que nos pongamos.

sábado 23 de enero de 2010

Va por vosotros, maestros



Encontrarlos es uno de los más extraordinarios regalos que la vida nos puede proporcionar, sin ninguna duda. Su ejemplo, su palabra, sus obras, conforman el esqueleto de nuestra inteligencia y la musculatura de nuestra sensibilidad. Son personas que forman parte de nosotros mismos, de nuestro cotidiano pensar. Un pensamiento que ahonda en la eternidad de un tiempo que tal vez se nos escapa en lo trivial. ¡Es tanto lo que debemos agradecerles! Nos han enseñado a tener criterio, a trabajar con rigor, a cultivar con empeño la excelencia. Con ellos hemos aprendido verdaderamente a leer, a deletrear el alma del mundo, a tener conciencia cierta del significado profundo de las cosas. Es la forma de conseguir un poco de felicidad. O un mucho. Que al fin y al cabo es de lo que se trata. Sin claudicar a la inercia insustancial de lo gregario, de la bagatela, del ripio mental.

Desde niño uno tiene sus maestros, personas que te ayudan a discernir en libertad, mujeres y hombres que te quieren tal y como eres, hombres y mujeres que tienen muy claro que saber es servir (cuanto más sabes mejor sirves). Y yo recuerdo ahora mismo –con orgullo de jovencísimo alumno– a Mariano Fernández, que en paz descanse, hombre bueno donde los haya; y al geógrafo, filósofo y cinéfilo Vicente Polo, de profesión gallego y un apasionado de la buena poesía (si es de Miguel d'Ors mejor que mejor) . Con este último tuve a los dieciséis años una conversación imposible de olvidar, pues teníamos un rifirrafe a propósito de mi pasión lectora, lo que me ocasionaba –hay que fastidiarse– un menor rendimiento académico. Guillermo, me decía, ahora debes de estudiar, ya leerás más tarde. Pero don Vicente, le contestaba yo, ¿no se da cuenta de que me pide un imposible? Bueno, sentenció, pues debes conseguir que lo imposible se haga posible, y no al revés. Genio y figura. Admirable.

Pasó el tiempo, y pasaron los ojos sobre las páginas de sus días. Los libros de las horas fueron llenando las estanterías de mi vida. Y conocí al romanista José Luis Murga -su muerte fue para mí un dolor inmenso-, mi querido profesor, un hombre entrañable, que hilvanaba cualquier lance anodino con acontecimientos de la Historia Universal como si cualquier cosa. Con él comencé a valorar y conocer a Homero o a Toynbee. Charlar con él era un lujo, y su amistad toda una aventura espiritual. Y todo un acontecimiento su libro Rebeldes a la República (publicado en su día por la editorial Ariel quincenal y que espera con urgencia una reedición). ¡Cómo quisiera parecerme a él un poco! Por aquellos mismos años ochenta y algo leí, escribí y conocí al poeta y filólogo Jaime Siles, que por entonces residía en Viena. En él la cultura se hace vida, en el canon de una sabiduría que se transforma en creencia, en belleza, en oda, himno o elegía. Pero lo que más me admira de él es su lealtad y su cariño, y la entraña moral que preside cada uno de sus actos. Y de sus poemas.

Aprender cuesta esfuerzo, no hay que olvidarlo, pero con los maestros adecuados uno comprende antes lo fundamental, y concibe mejor los confines de la alegría.

viernes 22 de enero de 2010

Haití



Hedor, hecatombe, tragedia, horror, temblor, dolor, desastre, pánico, desgracia, impotencia. Palabras que se rebelan, que no dicen, que suplican. Palabras que se ahogan en amargura, o que todavía rezan con lo que queda del alma. Cadáveres embalsamados de polvo y sangre. Amputados, descoyuntados. Personas ungidas por la muerte. Se desgarra el corazón, la mirada atisba entre las grietas de la esperanza. Dolor, dolor, dolor. Compasión, lágrimas secas. Miles de heridos diseminados por todas las televisiones. ¿Qué misterio es éste? ¿Qué suerte de broma macabra? No puede ser. La ciudad entera es un cadáver y una agonía. De cuando en cuando resucita alguien y el mundo entero se abraza a la vida. Somos todos sobrevivientes. Todos seguimos vivos de puro milagro, muchas veces medio enterrados bajo los escombros de la apatía, de la molicie o de la tibieza. Nos desconcierta ver esos rostros en los medios de comunicación, esos miembros que asoman entre los cascotes y las piedras. El corazón se nos encoge y sentimos la angustia. ¿Qué pasa? ¿Qué ocurre? Nos desconcierta el sufrimiento y lo que para nosotros es un sinsentido, como un sádico destino. Muerte. Un futuro que tiembla y se desvanece. Muerte. Un instante y se acabó. Muerte. ¿Qué pasa? ¿Qué sucede? Las imágenes se multiplican, y enfocan las fosas comunes y el cráneo aplastado de un niño y el miedo y el túmulo que era un colegio nuevo con trescientas criaturas dentro. El mundo se conmueve, se moviliza, saca lo mejor de si. Al menos durante unos días o unas horas. ¿Necesita el hombre del sufrimiento para calibrar lo que es la vida y el alma? ¿Necesita sufrir para ver más nítido y recuperar el sentido de Dios y la providencia de la Cruz? En Haití está el Gólgota. Escuchamos el eco del mismo Cristo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”. Todo esto es un recordatorio de lo que allí sucedió: un seísmo sobrenatural de proporciones inimaginables. Y en algunos lugares de esa ciudad también estará enterrado Él, con su Cuerpo-Hostia, en los sagrarios. Rescatadle. O mejor: que Él resucite a todos. Y que nos abra los ojos de una vez a la más intensa e infinita luz.

jueves 21 de enero de 2010

Apuntes de agenda





En una buena conversación no dice más el que más habla.
Y lo mismo sucede en un buen escritor o en buen amante. Falta continencia.


La modestia no es virtud frecuente. Y menos entre literatos. Se prefiere el best-seller de la soberbia.


Hay poemas que nacen en prosa. Pero lo más frecuente es el poema que se cree poema y sigue siendo prosa. Yo me acuso de esto.


Cuando vuelva a ocupar el sagrario el centro de las iglesias, y todos los bancos de dichos templos vuelvan a tener reclinatorios para adorar a Dios como se debe, y se saquen del trastero los confesionarios, y los curas vistan de curas y no sientan vergüenza de ser lo que son, puede que muchas almas vuelvan al redil de la fe. El amor necesita visualizar las cosas y sentir la coherencia de lo que se predica.


El matrimonio es la unidad de dos polos opuestos, tan contrarios a veces que la fidelidad sólo puede ser un milagro. De otra manera no se explica la felicidad de muchos.


La culpa es siempre de los demás, se vive en la uniformidad de unas cuantas costumbres globalizadas, por sistema se desprecia a los mayores, se habla a gritos y se reflexiona poco, prevalecen los sentimientos y el espejo… Puede parecer que describo algunas características de la adolescencia. Pero no, en esta ocasión estaba pensando en nuestro querido mundo que, a diferencia de los chavales, ni siquiera es ya capaz de proveerse de sueños.

miércoles 20 de enero de 2010

El perdón de Dios




No hay manera de acostumbrarse.
A lo demás puede ser, pero no al perdón de Dios
que mana de Su costado y se derrama
por todo tu frágil cuerpo de barro y desdichas,
y por todas y cada una de tus potencias.
Dios que mana de la Cruz y que se hace mano que sana
y absuelve y arranca de raíz el pecado y la vergüenza.
Mano en tu mano, mano de misericordia
que siembra de Cielo tu alma contrita.
Divino Jesús, tan humano, tan Dios, tan enamorado.
“Yo te absuelvo”. Yo, Él. A ti, indigno, pero hijo.
Una frase que se adentra en tu corazón como llama,
y remueve y limpia y quema y olvida el pecado.
Es el orden supremo de la alegría resucitada,
de la pureza que necesitas para ser otro Cristo.
No me tengo que esconder de nadie ni de nada,
ni reciclar las palabras en palabrería vana.
Le amo cada día con más ahínco, con más ganas,
pero vuelvo a las andadas de la pereza o de la soberbia,
clavándole espinas y besándole en falso.
Es el mismo Jesús el que perdona, Jesús Dios y Persona,
sacramento vivo. “Yo te absuelvo”. No hay pecado
suficientemente grave, no hay lugar suficientemente lejano.
“A aquellos que les perdonéis los pecados les serán perdonados”.

martes 19 de enero de 2010

Oficio de melancolía (y otras inciertas consideraciones)


Anoche, mientras leía, pensé, maldita ilusión, que casi todo era una farsa, un ardid, una equivocación. Tanta palabra en armonía, tanto brillo, tanta destreza en el oficio de la melancolía, podría resultarme nocivo para el alma y también para la cabeza. Oh sí, es muy bonito el cultivo de la maravilla, pero la realidad -¡será puñetera!- es otra muy distinta. Con el incesante ritmo del lavavajillas, o la ropa que no se seca, o esas notas de física, o quién pone la mesa, y en un santiamén se va al traste la quimera. Pero, ¿qué digo? No sé, esto de la vida es un buen aprieto y no es tan sencillo como aparenta. Te da por pensar que quizá estás equivocado y que debieras dejar de escribir y leer mucho menos. Total, para lo que sacas, y en casa ya no caben más libros, te lo tienen dicho. Además está ya todo inventado y de qué sirve la vida si sólo sabes evadirte en el encaje de las palabras. Puede ser muy perfecto y entretenido, y hasta elegante, pero ¿para qué? Y pensabas anoche, de madrugada, que vivir es el arte verdadero, que ya está bien de tanta pamplina o verso. Vivir, y sobrellevar de manera discreta -con una religiosa sonrisa- el tedio y las manías con las que nos envuelve a todos el tiempo. Es lo que hay. La realidad, sin fantasías, y el horario de la rutina. ¡Maldita sea! Y aún con todo no estoy seguro de lo que pensaba ni de lo que pienso. Puede haber un punto medio, y seguir leyendo a Machado (como anoche), y escribir para nada, y poner en su sitio los vasos, los platos y los cubiertos.

lunes 18 de enero de 2010

“555 joyas de la sabiduría”



¿Quién es en verdad sabio? No todos los grandes pensadores me lo parecen. Y sin embargo te encuentras, en el camino de la vida, con personas de lo más normales que verdaderamente lo son. Almas puras. Individuos que trabajan en oficios quizá de poco fuste. Gente que puede que no tenga estudios ni grandes dones intelectuales. Almas puras. Personas sin doblez, humildes, buenas. Existen, conoces algunas. Hablan contigo por la calle o en un viaje o en el campo. Se interesan por lo que haces, por lo que lees o escribes y se admiran. Y tú les admiras más a ellos. Y escuchas. Almas puras. Como aquel pastor que te hablaba de las estrellas. Como aquel hombre de pueblo que te dio a oler un puñado de tierra y te dijo que cerraras los ojos y que no había nada como aquello para ser feliz. Como aquel joven comercial que en un autobús, camino de alguna parte, te confesó que en el amor de su novia estaba Dios y que desde que la conocía había comenzado a rezar de nuevo (te dejó de piedra). Almas puras. Sabiduría innata, espontánea, sencilla.

¿Quién es en verdad sabio? ¿El que lo sabe todo sobre minucias? ¿El que se encarama sobre un montón de sesudos libros? ¿No será más bien el que se desprende de si, el que se preocupa de la felicidad del prójimo y persigue el provecho de la virtud? Porque lo que está muy claro es que la sabiduría verdadera está unida al hecho de alcanzar la felicidad y por lo tanto el bien. No otro es el anhelo, la esperanza, lo que arraiga en lo más profundo de nuestro ser. Lo más fácil es desperdiciar la vida, vivirla a base de señuelos y de mentiras. De ahí la desazón, la amargura. Es imprescindible la ayuda, el cariño; y el esfuerzo, y aprender a prescindir de cosas. Reflexionar sobre si merece la pena tanto dispendio en asuntos bobos. Ir al grano del alma, en definitiva. Y puede que donde menos y cuando menos lo esperes salte la chispa de esa ayuda. En un gesto que nos abraza, en una mirada, en el silencio de una plegaria, en un beso… Incluso en unas palabras.

En 2008 Alianza editorial publico un librito titulado Perlas de sabiduría, que Francisco López-Seivane había ido recogiendo en diversos autores de Oriente y Occidente. Ahora leo estas 555 joyas de la sabiduría (MR ediciones), un libro más completo y redondo, cuya edición ha corrido a cargo de José Ramón Ayllón y María Muñoz. El subtítulo es claro: “La felicidad según los clásicos”. El contenido es excelente. El libro en cuestión tiene varias particularidades que lo hacen atractivo. Se han elegido a cuatro autores, de los que proceden los pensamientos: Confucio, Aristóteles, Séneca y Marco Aurelio. Y los editores en cuestión han elegido once temas como columna vertebral: El arte de vivir (“Vive entre al gente como si Dios te viera”, escribió Séneca); la amistad; pensar en los demás (“No malgastaré lo que me resta de vida sin dedicarla a ayudar a los demás”, decía el Emperador-filósofo Marco Aurelio); claves de la conducta (esto es de Confucio y muy actual: “Si no se respeta lo sagrado, no hay nada sobre lo que se pueda edificar una conducta”); el esfuerzo necesario; protagonismo del placer; la libertad; el equilibrio interior (“En el interior de las almas, incluso en aquellas arrastradas a las peores cosas, se halla el sentido del bien”, comentó Séneca); la sabiduría; la excelencia; y la importancia de la educación (miren esto que dijo Aristóteles: “La mejor educación se logra en el seno de la familia, gracias a la palabra y a las costumbres de los padres, porque los hijos aman a sus padres y les obedecen por naturaleza”).

Pero esto no es todo. Cada tema viene precedido por unas muy atinadas consideraciones de los editores, que vienen al pelo de nuestro presente y nos ponen a tono para lo que prosigue. Por otra parte el libro tiene un primer movimiento titulado “El secreto de los clásicos”. Se nos explica y a la vez se nos pica la curiosidad sobre su condición y provecho. El de los clásicos. Leamos, leamos... Pero no basta con leer, hay que tener más en cuenta el silencio posterior, la reflexión de cada uno sobre su propio devenir. ¿Nos conformamos con lo que somos? ¿Queremos mejorar y reivindicar nuestros sueños? Porque de eso se trata. Y poco a poco ir conquistando trechos de felicidad.

domingo 17 de enero de 2010

De felicitate



Pese al catarro soy feliz. Pese al frío soy feliz. Pese a los políticos infames soy feliz. Pese a la escuálida cuenta corriente soy feliz. Pese a las comidas rápidas soy feliz. Pese a la mala literatura soy feliz. Soy feliz porque ya vendrá el calor y la pujanza de los colores, soy feliz porque leo decenas de libros que son muy buenos, soy feliz porque mi mujer me hace feliz todos los días, soy feliz porque Dios me ha dado la fe (aunque me moriré sin ponerla por obra como debiera), soy feliz porque existen los poetas, soy feliz porque miro la vida con embeleso. Pero también hay otras muchas pequeñas circunstancias que me hacen feliz. Muchas. Tantas que no acabaría de decirlas. Mientras me afeito por las mañanas leo, y durante ese intervalo de tiempo no me cambiaría por nadie. Ya no es la lectura en sí. Es la paz de la mañana, los rescoldos del sueño y de los sueños. Y das gracias a Dios por poder mirarte un día más en el espejo y escuchar como se despierta tu casa, y se despereza. O cuando mi hija C. me hace pensar a fondo -por un examen- en la conciencia o en la libertad o en la existencia (¿somos de verdad?, ¿y luego?), y de repente me mira con sus enormes ojos y me dice sus dudas, o me lee unos versos de Antonio Machado y de Rubén Darío, u opina que para ella unos párrafos de una novela de Unamuno -Niebla- es lo que más le gusta. Y abraza a su papaíto querido. Y me besa. O cuando bendices la mesa y empiezan a gritar todos, y se derrama el agua o la sopa, y sientes en tu interior el regocijo de esas voces. O cuando paseas solo, sin destino concreto, y llueve, y te cobijas en una librería o en una pizzería donde lees el libro que llevas encima. O cuando resulta que a Pilar Márquez, a la que no conocías de nada, le gusta lo que has escrito sobre su libro Dios es música, quedas con ella y su marido, y escuchas lo que sabe: esa música del alma. O el sencillo acto de la nostalgia del mar, de su sonido… Sucedidos y avatares. Espuma de las olas. Colores, caricias. Cosas menudas que me hacen feliz, como si nada.

sábado 16 de enero de 2010

Sucede en enero





En un frío día de enero
cuando en vano busco palabras,
cuando más desespero y dejo
para otro momento el enigma
del tiempo, con toda su prisa...
De repente sucede: nieva.

Es la belleza que me ofrece
hoy el cielo, es el poema
que cifra el invierno del alma.

viernes 15 de enero de 2010

De libros extensos y recomendación de Miguel Delibes



Reconozco que me gustan los libros de cientos y cientos de páginas, los que son en varios tomos, los impresos en papel biblia, las obras completas o escogidas… No sé, las Memorias de ultratumba de René de Chateaubriand, o La historia de Genji de Murasaki Shikibu, o la Historia Universal de César Cantú, o toda la obra de Elias Canetti o la de Pedro Salinas. O vivir en esos recovecos galantes de Giacomo Casanova, o en esos otros épicos de los grandes escritores rusos, desde Nikolái Gógol a Vasili Grossman (del cual se acaban de editar los espeluznantes testimonios de Años de guerra), o de Leon Tolstói a Boris Pasternak. Es como si entrara en una gran mansión familiar donde voy encontrando refugio, ideas, emociones nuevas (o renovadas). Paseo por sus páginas a mi antojo, voy de lado a lado con ese volumen -o volúmenes- durante meses. Me encuentro bien allí y me gusta perder la noción del tiempo, de lo inmediato, de esa actualidad tan dicharachera como vacua. El libro se va convirtiendo en un álbum donde guardo todo tipo de papeles y recortes, postales de época (hace años que no compro), crismas, estampas... El libro es un fortín preparado para un largo asedio. Hasta el final, hasta la muerte. Sé que probablemente ya no vuelva a leerlos, y cuando paso sus páginas estoy por volver atrás, pero no puedo. Es inevitable proseguir la lectura, seguir viviendo. Son libros en los que vas adquiriendo el hábito de no tener prisa (toda una pandemia del espíritu o sencillamente una manía), en los que aprendes a demorarte en las cosas, en su delicia. Que sí, que pese a lo que pueda parecer es importante en la vida cierta parsimonia -hoy goza de mala fama-, para apreciar lo que se mira o llegar a afrontar lo que se piensa o no perder ripio de lo que se ama. Estos títulos de larga extensión logran que en uno reviva el placer de la lectura en estado puro, o el placer a secas. O no tan a secas. Un placer intelectual y espiritual, un placer de la imaginación, de esa entraña de aventura que tenemos los hombres (aunque seamos sedentarios y sosos y torpes). Y no pocos personajes, y personas, se nos cuelan de rondón en nuestra vida. Memorias, diarios, historia, novelas. O lo que fuere. Secuelas de almas, literatura donde se goza y se respira y se descansa y se aprende. Es por eso que me he puesto a leer uno de los dos últimos tomos -el IV y el V- de las Obras completas de Miguel Delibes que edita Galaxia Gutenberg. Sin duda el gran novelista español del último tercio del siglo XX. Tengo por su prosa una gran debilidad. Porque me fortalece. Porque escribe con la luz de la ternura, con una humanidad prodigiosa; por sencilla y sobria. Y en estos tiempos de una ecología tan falsa como estrambótica aconsejo la lectura del volumen V, donde se reúnen todos los ensayos de este escritor sobre la caza, la pesca y su amor apasionado por la naturaleza, por la vida. Comienzo por La caza de la perdiz roja. Ya digo, un goce que no debería terminar nunca. ¿Que son libros más caros? ¿Y? ¿Acaso nadie se compra ropa un poco más cara o va a comer a un restaurante un poco mejor o no perdona las dos copas y el aperitivo y el café y lo que colee o se engatusa con el último aparato tecnológico de marras? ¿Nadie? ¡Venga hombre! Pero en un libro parece que da más cosa apurar el bolsillo, me consta. ¿Por? ¿Se considera un bien superfluo o es superfluo el que así lo considera?

jueves 14 de enero de 2010

Somos hijos de la oración



Todos. Hasta el individuo más arrinconado, malcarado e insospechado de la humanidad. Todos somos hijos de la oración. En primer lugar del Cristo crucificado, que dio Su Vida por cada uno, y que en Su misericordia infinita nos resucitó, o al menos nos dió la oportunidad de elegir la opción mejor y de no vivir como muertos, ahora y en la eternidad. Dios, Padre de los libres, porque todos los hombres somos libres en el hondón de nuestra conciencia. Constantemente elegimos, y ponemos el alma en Dios o en canguelos. Elegimos el gozo o la tristeza (aun cuando el gozo pueda parecer triste o la tristeza pueda presentarse como el colmo de la dicha y el no va más del esparcimiento). Pero todos seguimos “dependiendo” de esa oración divina y humana de Jesús escarnecido no sólo en el año 33, sino en cada pecado con el que le fustigamos desde entonces. Y ya sé que la palabra “pecado” es de esas que causan repelús en el respetable, o una sonrisilla displicente, o el silencio de no pocos presbíteros obcecados en las componendas. El caso es que somos hijos de la oración de Cristo, pero también de otras muchas personas, vivos y difuntos, conocidos y desconocidos, en una gratificante comunión de los santos. Y en nosotros, en todos, está esa semilla, que nunca será en balde, eso es seguro. En algún momento de nuestras vidas dará su fruto y se abrirán los ojos del alma y la perspectiva será otra más honda. Aunque la mayoría de las ocasiones no lo lleguemos a ver, sabemos por la fe que la oración es omnipotente, que remueve y hace posible lo imposible (si nos conviene). El mérito de todo ello, la raíz, está en esa Misa que es el Crucificado, que se prolongará durante los siglos y que es la cima de la Historia Universal. Cavilo en esas personas que han orado o siguen orando por nosotros. Quizá alguien que nos cruzamos por la calle cuando éramos pequeños, o no tan pequeños. Un sacerdote quizá, o una mujer que nos acariciaba la cabeza en el mercado, o un compañero de estudios, o un profesor al que no tragábamos pero que intentaba hacernos ver la bondad matemática (con poco éxito en mi caso). Tantas y tantas oraciones que desconocemos. Sencillas plegarias por ese crío o ese joven que éramos nosotros con unos cuantos años menos. Tampoco tantos. O la oración perseverante de nuestras madres, que no nos deja nunca huérfanos de gracia; ellas conmueven como nadie el Corazón de Dios. La oración, la oración, la oración. Súplica, conversación, confianza. Intimidad y causa de la única felicidad que dura. La pedimos sabedores de su importancia. Incluso hay agnósticos que no hacen ascos a un avemaría, o que te dicen en confidencia: por favor, reza por mí, lo necesito. Y sientes las profundas ganas de Dios que el hombre tiene, aunque se calle o disimule o tercie con batallitas. Ningún cristiano sería lo que es sin la oración de los demás. Ninguno de nosotros sería fiel a Dios sin ella, ni comprendería lo que comprende, ni sabría discernir el Amor en lo corriente. Ni siquiera durante un nanosegundo de vida. ¿Qué es lo único importante, qué lo que queda después de tanto trasegar con la inopia? La santidad. Lo repito: O santos o nada. Y la santidad sólo es posible en y desde la oración cotidiana. Cuando falla, cuando trastea, notamos que las cosas no van, que para qué tanta historia. O sea que de eso vivimos: de transformar en oración la vida.

miércoles 13 de enero de 2010

Conciencia de las palabras




Toma cualquier cosa. Cualquiera.
Y escríbela. Mírala
despacio. Acaricia su materia,
la conciencia de que vives con ella.
Lee la palabra. Dila en voz alta
y escucha el silencio que deja.
Es lo que buscas, la esencia
de lo que son en realidad las cosas.
El significado, la belleza
más oculta.

martes 12 de enero de 2010

Lo escribo en mi agenda




Hay escritores a los que se les nota demasiado que no saben qué decir. Por eso se esfuerzan tanto en cómo decirlo, en circunvalar la idea de tantas palabras innecesarias. Y revestir la vanidad de premios, coruscantes portadas y notas de prensa.


Me preguntan: “¿No te cansas nunca de leer, de estar todo el día entre libros?”. Y respondo de inmediato: “El amor no cansa. Leer me sosiega o revitaliza mi ánimo. La lectura logra que no desfallezca y que trascienda mis actos”.


La falta más evidente de carácter es el grito.


Cada vez son menos las personas que se arrodillan ante Dios. ¿Para qué, si son ellas su propio dios, lo único que cuenta? Por eso la fe adopta posturas más y más cómodas. Por eso la fe deja de ser fe para ser otra cosa muy distinta.


Hay palabras que sólo sirven cuando callas.


Para el intelectual o literato es un grave peligro dedicar más tiempo a escribir que a la lectura. Un peligro que cuando eres joven te precipita en naderías, y que con la edad tienta más, quizá porque se es consciente de la inminencia del fracaso definitivo.


Amas. Juegas. Descubres. Obedeces. Creces. Viajas. Estudias. Te rebelas. Sueñas. Zozobras. Sufres. Trabajas. Lees. Maduras. Te enamoras. Rezas. Tienes hijos. Escribes. Paseas. Te conmueves. Reflexionas... Y haces memoria de tu vida con estas pocas palabras.

lunes 11 de enero de 2010

Dios vivo, Dios hijo, Dios mío



Para mí lo bueno es estar junto a Dios
Salmo 73



El sagrario flanqueado por llamas.
El altar y la cruz, la luz de Cristo.
La sangre del via crucis en la mirada
del amor que ora. El alma
que adora genuflexa su presencia.
Piedras cinceladas por siglos de música:
mística de la materia, altura
de la fe, comunión, aleluya.
Y los ojos de las vidrieras contemplativas,
y la piedad de los hijos pródigos.
María: ternura. Columna, fuste, gracia;
cántico del gloria, oración de belleza.
El sagrario, la mirada, el alma
enamorada del Verbo Hostia que me escucha.

domingo 10 de enero de 2010

La Eucaristía y el cansancio de la fe



Para alguien con fe resulta que la Eucaristía es el centro y quicio de la vida sobrenatural y de la esperanza del hombre, el fuego donde crepita el amor de Dios. Para el resto es un paripé, una imagen, un símbolo, una leyenda o algo que ni le va ni le viene o que sólo resulta útil para blasfemar o cosas peores. Lo malo es cuando para muchos católicos comulgar a Dios, hecho Cuerpo y Sangre, hecho sacrificio y redención, se ha convertido en una costumbre más, que no se mima como debiera; cuando para muchos católicos cunde el escepticismo y la tibieza de alma. Y uno no se prepara en condiciones y la conciencia de pecado se difumina en un tinglado de parsimonia clerical y dejadez personal. Bueno, bah, total tampoco es para tanto. Falta de puntualidad, cuchicheos, ni una genuflexión ni media, comunión en la mano a discreción… Fanático, exagerado, dicen. Y quiero hablar de parsimonia clerical porque son muy pocos los curas que hablan de santidad y se ponen a confesar con ganas. O sin ellas. Y de cuando en cuando, y por si acaso, decir: “no se puede comulgar en pecado mortal, y que sepáis que está indicado por la Iglesia que durante la consagración -excepto personas enfermas o muy mayores- hay que ponerse de rodillas como señal visible de adoración”. Y estoy cansado de homilías insípidas, sin rasmia, que dormitan en la improvisación. Homilías que no hablan de vida interior, de piedad, de sacramentos, de María. La misa, su liturgia, su unción, su milagro, no enamora, no encandila. Porque, entre otras cosas, se descuidan los detalles y cunde la prisa. El actual Papa en una ocasión, siendo todavía cardenal Ratzinger, comentaba que su máxima preocupación era “ese cansancio de la fe que existe en tantas partes del mundo, sobre todo en Europa… El cansancio se pierde también en el relativismo de nuestro tiempo”. Y para ponderar esto no hace falta servirse de grandes filosofías o teologías. Y no da igual una cosa que otra. Hace falta rezar cuando amanece el día o cuando se bendice la mesa. Hace falta cuidar el atavío del alma y del cuerpo para recibir a Cristo; y confesarse con tiempo y dolor y enmienda. Hace falta no tener vergüenza de que nos vean santiguarnos al salir de casa o hablar de Dios a los amigos. Hace falta llegar puntual a misa, o si es posible un poco antes, para prepararnos. Hace falta que recemos en serio por los sacerdotes, y después hablar con ellos y reclamar su ministerio. Que se vean respaldados, y corregidos fraternalmente cuando se tercie. Hace falta que pidamos más fe en la Eucaristía, que nos enamoremos de Ella hasta el último resquicio de nuestras vidas. Y cuando andas enamorado de Cristo-Hostia te arrodillas sin dificultades, sabes pedir perdón en la confesión tantas veces como haga falta, por delicadeza comulgas en la boca y no Te cansas de mirarle, de tratarle con la más completa confianza.

sábado 9 de enero de 2010

“Ayer la enterramos”



En apenas tres palabras una vida, la pena, la ausencia. Tres palabras que merecen tenerse en cuenta. Ayer la enterramos. Palabras de dolor en el portal de la casa. Sorpresa total. Pero… ¿cómo?, si hace tres o cuatro días estuve hablando con ella y estaba muy bien, tan contenta. Ya ves. De pronto. La ambulancia, urgencias… No pudo hacerse nada. Todo el cuerpo de su hija llora, tiembla. Ayer la enterramos. Balbuceos de condolencia, gestos que quisieran expresar un consuelo, algo que sirva. Recuerdos de la sonrisa de esa mujer en el ascensor de la casa. Qué mayores están los niños y qué frío nos está haciendo, ¿verdad? Una persona feliz, entrañable. Y su hija habita un terrible desamparo y nos dice su desgarro de repente. Os quería comentar una cosa… Ha muerto mi madre… Pero… Ayer la enterramos. ¡Qué hueco se abre en el alma! Sólo una vecina. ¿Sólo? La muerte nos hermana. Su hija nos mira… Os quería decir… No puede ser, no puede ser. Mi madre ya no está, la llamo y no me responde. Los ojos de su hija han crecido, se han hecho más grandes, intentando comprender, esclarecer lo sucedido, y queriendo alcanzarla para que no se vaya tan lejos. Nos acordaremos de ella. ¿Habrá alguna misa? Tal vez más tarde, ahora no sé, el dolor no me deja. Claro, tranquila. No sabes cuanto lo sentimos, de verdad. ¿Sabéis?, ayer la enterramos. No encuentro a mi madre, no la veo, no está. Tres palabras que nos dejan en completo silencio. Tres palabras que son el eco de una vida a la que nos habíamos acostumbrado. Adiós... Y la hija se va, no puede más, sale a la calle. Y en cada árbol o en cada esquina la ausencia, el sollozo de la pena. Al subir a casa me quedo mirando a mis hijos y les digo todo lo que les quiero.

viernes 8 de enero de 2010

El dolor del alma


El dolor del alma no se pasa con un par de pastillas. Se requiere apagar de una vez la televisión y mirar a los ojos de la luz de aquellos que, dices, son vida de tu vida. En cuanto se descuiden te abrazas a ellos sin que se aperciban de nada. El oído firme en su pecho, sin perderte ni un latido, que es la voz más cierta del hombre que ama (o que vive). Así. Y después camina de forma elegante, con presteza y colores vivos. Acaricia el silencio de esos labios que te besan, y reza el amor que se despierta contigo. El dolor del alma es a veces un falso testigo, o un cúmulo de buenas intenciones dejadas de la mano de Dios, que espera desde hace siglos. Es gastar por gastar las monedas del tiempo, sin rumbo, cruzando las calles mojadas de lluvia y lágrimas furtivas. Cierra los periódicos y abre las manos al mundo, como un sacerdote que ofrece al cielo los mejores y más granados frutos. El dolor del alma no se calma con un par de copas, o con las compras de caprichos. Estás parado en el camino o sentado en el sofá de tu casa, o quizá trabajando en un lugar inhóspito de tu vida. Y sientes el vacío, o el hastío; sientes el rumor de los años en las ráfagas del viento o en el peso de la espalda. Cansa tanto desperdicio, tanta cantinela falsa. Quieres la verdad, la esencia; quieres flotar entre las olas que viste un día de junio en su vestido; quieres el poema que miras en ella; quieres que sea de luz la madrugada; quieres escuchar el silencio de las palabras… Duele el alma cuando vives a hurtadillas, cuando sólo lees libros y obsesiones, y dejas para luego a Dios, que no se queja.

jueves 7 de enero de 2010

“Cartas”, de Emily Dickinson


Cartas. Apuntes. Diarios. Hoy podríamos decir blogs o correos. Necesidad de corroborar con amigos y maestros esos versos, esa música que las palabras nos van desvelando. Necesidad de que alguien comprenda, de compartir el alma aún más. Coloquio con uno mismo y con los demás. Búsqueda de compañía lectora, certeza de la propia vocación poética. Cartas. Desahogo y amistad: confidencias. La sensibilidad del poeta necesita de alguien con el que compartir la soledad, las inquietudes, las dudas, el dolor. Cartas de poetas. Diarios de almas. Compartir lo más íntimo. Y esperar el correo como si fuera el momento más importante del día. Abrir el sobre con premura y nervios, desdoblar la carta. No, ahí no. Hay que buscar un lugar más adecuado para leerla. A solas. Puede esperarse un consejo o esa variante de un poema, o simplemente ese coloquio del alma. Puede que la posibilidad de un amor, no sé. Cartas: esas cuartillas donde tal vez se completa o explicita el poema. O el corazón, que se aproxima. Hasta la inteligencia pierde doblez y manías. Y describe sus sueños, sus afanes…


Así son las misivas que escribe a lo largo de su vida la poeta norteamericana Emily Dickinson (1830-1886). En su caso adquieren una importancia decisiva. Por su carácter tímido, por su personalidad solitaria hasta el extremo, por su obra breve y minuciosa. Emily apenas saldrá de su pueblo, de Amherst. Apenas publicará un puñado de poemas en vida. Su epistolario se convierte no ya en una prolongación del alma, es una manera de auscultar el mundo a través de otras personas. Cada carta es a la vez intimidad y viaje. Una forma de respirar, de darse. Y de recibir, de hacerse con otras perspectivas. Es una mujer que necesita especialmente del cariño. Y en las cartas encontrará algo de eso, de esa humanidad que tonifica su espíritu, su existencia. Da gusto leer a E. Dickinson en esta prosa tan delicada, que suspira. Entrevemos algo de su cotidianidad, de su fascinación por la vida, de sus estados de ánimo. “La vida es el secreto más fino”, escribe. Y el lector asiste a ese prosa con entraña de poesía. Es la mirada del poeta, es su alma que surge espontánea, viva. Frases breves, concisas, incluso entre esos guiones que caracterizan sus versos. Cartas que son otra manera de escribir la Poesía, de darnos a conocer lo que siente, piensa o mira.


La edición y traducción de Nicole d’Amonville Alegría es muy acertada. Sigue su trayectoria cronológica, escogiendo unas cuantas epístolas de cada período en los que divide su vida. Desde los años de primera juventud hasta los años finales, años de muertes y dolor, años elegíacos sin duda. El prólogo es muy aconsejable, y son muy oportunas la Cronología, la bibliografía escogida y la lista de poemas citados. El conjunto es un volumen primoroso. Para el lector que no conoce la poesía de E.D., es una oportunidad de aficionarse a una poeta como pocas. Y para los que la frecuentamos de cuando en cuando, leer estas Cartas -editadas con el tradicional mimo que pone en todo lo suyo Lumen- supone la confirmación de una gracia. Una gracia literaria, desde luego, pero con un algo más de alma, de abismo, de amor por su persona. Una persona que contempla y reflexiona, que nos habla.

miércoles 6 de enero de 2010

Paisaje doméstico



Uno de mis hijos juega con la Nintendo. La cocina limpia, confieso que he dejado en ella lo mejor de mí mismo. Sobre la cama un aroma de camisas y blusas femeninas, y un paraguas que espera la lluvia. Y un bolso vacío. La ventana con su cortina de lino, que filtra una luz mortecina. El pasillo está triste, plagado de sombras y memoria de niños. En un cristal veo el reflejo de unas plantas. Una tarde de invierno. Es nuestra casa, y dentro de ella el alma de las cosas. Y dentro del alma la felicidad y los juguetes rotos y el eco de sus correrías. Me quito las gafas y me froto los ojos cansados. Todo se amontona: la ropa, los años, los periódicos… Me quedo un rato mirando los dibujos de la escayola de los techos, que por las noches adquieren formas distintas. O eso es lo que me parece. Una casa es una vida, o es la orilla donde van a parar las nostalgias y los sueños de los días. Abro los armarios, los cierro, acaricio la madera, ensimismado en el mapa de sus vetas. Peino con la mano los flecos de la alfombra. Me fijo en la espiral de los cuadernos, donde el tiempo va guardando su caligrafía. Y los hilos de oro de la colcha, en los que se me enganchan las llaves. La piedad del calor de los radiadores, con los calcetines secos. Los óleos y sus colores en las paredes blancas. Es mi casa, sencillamente, donde vivo.

martes 5 de enero de 2010

Enfoque de conciencia



Una cosa es decir que se reza y otra rezar sin decir. Somos muy amigos de presumir. En lo que sea. Hasta de manera inconsciente nos encanta que los demás sepan o digan o nos hagan un traje de piropos a medida. Ponemos cara de buenos y contorneamos el alma de conversación en conversación, de frase en frase. Hablar no cuesta nada. Nos piden oraciones o somos nosotros mismos los que las prometemos, como una coletilla que siempre queda bien. Dirán, fíjate este hombre, qué majo, qué bueno es, da gusto. Y sin embargo, en dos minutos, ya nos hemos olvidado, apresurados en menesteres más egoístas o fariseos. O nos acordamos ligeramente, de cuando en cuando. No sé yo, pero me da en la nariz que rezar es asunto más discreto e íntimo, más callado y humilde. Sin hablar tanto, sin presumir innecesariamente. Sin que se note y sin dar la nota.


Son las doce en punto del mediodía. Lo ves en el reloj. Es la hora. Y permaneces ahí, sentado, como si te diera igual. Luego, para más tarde. Y así un día y otro día. ¡Y dices que estás enamorado! Es mentira. Si fuera verdad te faltaría tiempo para levantar el alma de la silla y rezar de una vez por todas el Ángelus. En punto, despacio.


¡Estás tan acostumbrado a hacer de tu capa un sayo! Incluso cuando el Espíritu sopla y crees que por fin, que ya, que sí, que vas. Aún así la fastidias. Entras en la iglesia. El Santísimo en su custodia, iluminándolo todo. Tienes un rato. Suspiras como una vieja, siempre con quejas. Y dejas de pensar. O mejor dicho, piensas en vaguedades. La mirada deambula por los alrededores de Dios. Media hora de oración. Apenas es nada, teniendo en cuenta que pasas horas imaginando bobadas. Te aburres, esa es la realidad. Estás en la iglesia y te aburre Dios. Dicho así parece un poco exagerado, pero es que pones muy poco de tu parte. Tanto que sacas un libro de poemas y lees, como si estuvieras en el silencio de la biblioteca. Más pendiente de ti que de Él. Pero tienes una buena excusa, siempre hay alguna: a Dios le gusta que le lean poesía. Puede que después de todo, metiendo la pata hayas acertado, y a Dios le agrade esa oración tan imperfecta. ¡Lo que son los padres!


Hay días que todo tu trato con Dios se resume en tres avemarías. Si llega. Todo lo demás eres tú… y la desidia.


Se te llena la boca de Dios y del alma, del amor y de grandes palabras como belleza e infinito. Pero a fuer de sincero sabes que estás siendo bastante mediocre. No puedes seguir así, tan inconsistente y melifluo. Necesitas poner las cosas en su sitio, recomenzar de nuevo. ¿Cómo? Pues como siempre. Una buena confesión y una cerveza con los amigos.

lunes 4 de enero de 2010

Desde mi agenda



Las palabras para ser Poesía necesitan de la Música, de una melodía que no es otra cosa que el ritmo del alma.



Los libros pesan. Ahí están, combados, los estantes de mi biblioteca. Pero al mismo tiempo aligeran mi vida de lo superfluo.



Es algo instintivo. Me fío más de aquellas personas que aman y cuidan los libros.



¿La felicidad? Mi mujer y mis hijos alrededor de la mesa. Así de sencillo.



De pequeño contaba los años que quedaban hasta el 2000, como un juego. Y puedo asegurar que aún faltaban unos cuantos. El año 2000 era una fecha redonda y casi de ciencia-ficción. Más allá de ella me esperaba un universo fascinante y desconocido.
Pero no acabo de llegar a ningún sitio, y el tiempo ya no me entretiene como entonces.



Del estudio y la lectura me agradan muchas cosas: el conocimiento, los sueños, la soledad en compañía, las emociones... Sin embargo nada sería lo mismo sin el placer del silencio.

domingo 3 de enero de 2010

De literaturas y vida



Entre papeles me he encontrado con la Necrología de D. Benito Pérez Galdós pronunciada por Antonio Maura en la Real Academia Española. Está publicada en 1920. Seré obvio: ¡qué pronto pasa todo! Pero nos queda la emoción de las obras, estos papeles donde las palabras siguen viviendo. Y las fotografías de aquellos personajes señeros, que nos miran como si estuvieran a la vuelta de la esquina... Y ya hace un siglo que nacieron Luis Rosales y Miguel Hernández, poetas. Sostengo en mis manos la edición de La casa encendida que un día de 1988 Rosales me dedicó por sorpresa. “Has llegado a tu casa, / y ahora, querrías saber para qué sirve estar sentado, / para qué sirve estar sentado igual que un náufrago / entre tus pobres cosas cotidianas”. Digo que servirá al menos para hacerte compañía, poeta; para hacernos compañía los dos y contarnos la poesía que resucita a los muertos y nos mantiene todavía con vida a los vivos. Y al buscar el volumen ha arrastrado consigo esos trozos de diario de su íntimo amigo Luis Felipe Vivanco. Recuerdo que era un día de sol y la piscina me salpicaba con sus brillos. ¿1980? Entonces debí de subrayar esto que copio aquí: “(…) La misma realidad pasajera es el símbolo eterno, permanente. No hacen falta figuraciones ni imágenes, sino ahondar en ella agotándola. Es decir, vivirla sin dejar de contemplarla”. Vivanco lo escribió en algún rincón de 1949. ¿Para cuándo la edición íntegra de su obra y sobre todo de su Diario? Y son abundantes las ocasiones en que me levanto y busco algún libro de Blas de Otero. Me conformo con un solo poema, tal es su intensidad. Hay poetas que se necesitan más que otros. Y en estos años de penuria moral que vivimos, donde se quiere revivir el rencor y la malicia viene bien un poeta como Otero que te diga con amor el amor, y la crecida de Dios (y la duda), y la pasión por España: “(…) borrad / los años fratricidas, / unid / en una sola ola / las soledades de los españoles”. Y del libro resbala, a la vez que las palabras, unos granos de cantábrica arena.

sábado 2 de enero de 2010

¡A cualquiera que se lo digas!



¡A cualquiera que le digas que te entusiasma tender o destender la ropa! Y es que la gente ha dejado de apreciar los pequeños placeres de la vida. Abrir la ventana y quedarte allí, con las pinzas en la mano o en la boca. Observando lo que se tercie, y poco más. O mucho, pero como si nada. O como si todo estuviera pendiente de ese momento efímero (¿efímero?), sin importancia (¿sin importancia?). Los carretes del tendedor chirrían por el tiempo. Y como sin querer te quedas mirando el desconchón de esa fachada vecina. Está húmeda la camisa y en una nube cualquiera está toda la historia universal de la literatura. ¡Qué cosas! Una sábana te basta para ponderar la metafísica de las horas. Sólo con un gesto cotidiano, sólo con abrir la ventana te asomas al cielo y te das cuenta que tu vocación es aprenderte de memoria el alma de lo que miras. Unos brazos tienden su vida en el piso de abajo. Y una cabeza de mujer con coleta, y medio cuerpo que se estira. Imaginas sus pies de puntillas, la tensión de sus piernas. Es una maravilla ser testigo de un suceso tan corriente. Cualquiera diría que en su empeño está cifrado el destino del mundo. Tú lo crees así. Esas manos ágiles, pequeñas, como un vuelo que se eleva, como un concierto de belleza que se entretiene entre la ropa. Ser feliz tiene que ser esto. ¿Qué si no? Lo infinito de lo poco, de lo único que tenemos. Tender -o destender- estas prendas, y no perder de vista el alma.

viernes 1 de enero de 2010

Más libros para regalar en Navidad, Reyes o cuando bien apetezca o plazca. Resumen de los mejores de 2009 según mi personal gusto (y VI)



Y con esto ya concluyo esta avalancha de libros de todo tipo y condición. Seguro que se me escapa un ciento de buenos libros. ¡Qué le vamos a hacer! Uno no es perfecto, ni lo será jamás, y tampoco lo pretendo. La imperfección da más de sí, es más entretenida. Leo todo lo que puedo, todo lo que se pone a mi alcance. Y doy mi impresión, que no deja de ser -soy consciente- una nimiedad. Pero es mía, es mi perspectiva, y no me da la gana renunciar a ella. Lo único que puedo asegurar es que con los libros que a continuación voy a enumerar he disfrutado de lo lindo. Si pudiera, si el espacio me dejara, ocuparía un cuerpo de estanterías con la crema y nata literaria de cada año. Con lo que yo creo que lo es. Me entretendría en curiosear el estante de 1977 (que es uno de mis predilectos) o 1982 o el que fuera, así hasta el de 2009, que nos ocupa. Y con el paso del tiempo y el cambio de gustos y demás tribulaciones del hombre, iría quitando unos y poniendo otros. Quiero con esto decir que nada es definitivo en esta vida nuestra, aunque hacemos lo que podemos para que así sea, intentando divinizar las cosas más absurdas o auscultar la belleza o, sencillamente, vivir en Babia, que es lo que mejor se nos da.


Es complicado elegir entre libros. Que si este o este otro o el de más allá. Que si el de mi amigo o el de esta editorial. Los amontonas sobre la mesa y vas organizándolos por géneros literarios. Y éstos son los españoles y éstos los extranjeros (¿hay extranjería en literatura?). Y haces solitarios con ellos durante unos días. Te fijas en apuntes que hiciste por las páginas, con ese portaminas Faber Castell que siempre llevas encima por si anotas, subrayas o corriges erratas. Es difícil escoger. Es la vida. Una continua toma de decisión. Y así avanzamos por los años: escogiendo. Y titubeando. Y tantas veces nos quejamos, y quisiéramos volver atrás, y cambiar algo… Libros que yo veo como almas que han querido compartir conmigo su propia indecisión ante la vida, trabajando las palabras hasta dar con un poco de verdad, de sentido. Y pese a que pueda parecer que uno se pone muy ceremonioso con todo esto, no deja de tener su parte lúdica, de juego, de entretenimiento. Algo hay que hacer. Y si se dan cuenta estoy intentando prolongar estas líneas preliminares por cierta timidez. Todavía estoy a tiempo, me digo. Y que cada lector elija lo que bien le venga y yo me vuelvo a mis cosas. Pero ya vale, bebamos el trago cuanto antes y a disfrutar, que no merece la pena tanta historia por unos cuantos libros.


Y éstos son los que yo elijo como mejores de 2009, comenzando por la reina de la casa, que no es otra que la poesía:


Poesía española reunida: Obra completa en verso, de José Antonio Muñoz Rojas (Pre-textos).


Poesía española, libro único: Actos de habla, de Jaime Siles (Plaza y Janés).


Poesía resto del mundo (como el mundo es amplio y cabemos muchos, elijo dos libros): Aquí, de Wislawa Szymborska (Bartleby editores). Y Delicias y sombras, de Ted Kooser (Pre-textos).


Mejor Antología poética: Nuestra poesía en el tiempo (selección y prólogo de Antonio Colinas), editada por Siruela; y Juegos de manos (Antología de la poesía hispanoamericana de mitad del siglo XX), de Ángel Esteban y Ana Gallego (Visor).


Mejor antología en prosa: El jardín de Ciro y otros textos, de Thomas Browne (Siruela).


Novela española: Me quedo con dos. Fin, de David Monteagudo (Acantilado). Y La hija del ministro, de Miguel Aranguren (La Esfera).


Novela extranjera: Tantas maneras de empezar, de Jon McGregor. (Salamandra). Pero no puedo dejar de mencionar otra novela excepcional: Al pie de la escalera, de Lorrie Moore. (Seix-Barral).


Cuentos autor español: Con tal de no morir, de Vicente Molina Foix. (Anagrama).


Cuentos autor extranjero: Cuentos completos, de Eudora Welty (Lumen).


Ensayo autor español: Dios es música, de Pilar Márquez (PPC) y La manía de leer, de Víctor Moreno (Caballo de Troya).


Ensayo autor extranjero: El ruido eterno, de Alex Ross. (Seix- Barral). Otra opción: De la Ilíada, de Rachel Bespaloff (Minúscula).


Aforismos: Escolios a un texto implícito, de Nicolás Gómez Dávila. (Atalanta).


Epistolario: Cartas, de Emily Dickinson (Lumen).


Biografía de personalidad española: Miguel de Unamuno, de Colette y Jean Claude Rabaté (Taurus).


Biografía de personalidad extranjera: G. K. Chesterton, sabiduría e inocencia, de Joseph Pearce (Encuentro).


Memorias de escritor español: Olor a yerba seca, de Alejandro Llano (Encuentro).


Memorias de escritor foráneo: Historia de mi vida, de Giacomo Casanova. (Atalanta). Sin perdernos Vida veneciana, de William Dean Howells (Páginas de espuma).


Diarios de escritor español: Troppo vero, de Andrés Trapiello (Pre-textos).


Diarios de escritor foráneo: Diario, de Hélenè Berr (Anagrama).


Obras completas: Sin duda las de Mariano José de Larra (Biblioteca Aurea, Cátedra).


Historia y crítica de la literatura: Historia de la literatura francesa, editor Javier del Prado (Cátedra). Y Los mecanismos de la ficción, de James Wood (Gredos).


Historia: La guerra eterna, de Dexter Filkins (Crítica).


Cine: Clint Eastwood, de Carlos Aguilar (Cátedra) y El cielo sobre Hollywood, de José Gª Pelegrín (Palabra).


Arte: Museo de museos, de VV.AA (Electa).


Viajes: El río de la luz, de Javier Reverte (Plaza y Janés).


Literatura juvenil: Amadís de Gaula, versión de Ricardo Gómez (SM).


Literatura infantil: La estrella de siete puntas II, de Mamen Sánchez (Espasa); Los recuerdos de Jasid, de Tomás Trigo (Palabra); y Cuarto viaje al reino de la Fantasía, de Geronimo Stilton (Círculo Lectores y Destino).


Literatura espiritual: Medjugorje, de Jesús García (LibrosLibres).


Reediciones más oportunas: Para mi gusto tres: Historia de mi vida, de Giacomo Casanova (Atalanta); El ángel que nos mira, de Thomas Wolfe (Valdemar); y Si una noche de invierno un viajero, de Italo Calvino (Siruela).


Mejor labor editorial: Me cuesta elegir, pero este año me quedo con Alba ex aequo con Atalanta.


Mejor libro del año: Escolios a un texto implícito, de Nicolás Gómez Dávila (Atalanta).

Espero que todo esto sirva a alguien de algo. Yo he pasado unos buenos días, escanciando lo que me ha dado el año de bueno en cuanto a libros. Que no es poco. Trascendiendo el tiempo y el pasmo.