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Reflexiones, poemas, escorzos de vida, fe de lecturas, noticias de amigos... No pretende ser un desahogo, más bien un diálogo. Un demorarme en el resplandor de nuestra existencia. Y en su literatura.




lunes, 27 de diciembre de 2010

“Mujer leyendo en un jardín”, un cuadro de Henri Lebasque




Henri Lebasque (1865-1937) es uno de esos pintores que te vienen dados por el encuentro imprevisto con uno de sus cuadros. Justo éste en el que me deleito ahora: “Mujer leyendo en un jardín”. En mí el amor por los libros es tan crucial que desde siempre he estado subyugado por esos óleos (también cuentan las acuarelas, los dibujos o las fotografías) donde se representan a mujeres leyendo. O mademoiselles, o damas. La belleza femenina embebida en el acto de la lectura. Para enamorar a cualquiera. Por lo menos a mí. Recuerdo cantidad de cuadros con este asunto. Renoir, Hopper, Picasso, Vermeer, Corot, la bellísima fémina de Fragonard, Théodores Roussel, Schmidt-Rottluf, Mary Cassat, Henner, Fantin-Latour, o ese lienzo delicioso -“Dos mujeres leyendo”- de la poeta Sylvia Plath.

Claude Monet
llega a pintar a una mujer que a su vez está retratando a una lectora. Quisiera coleccionar postales de todos esos cuadros. Pero claro, uno quisiera tantas y tantas cosas. Existe un libro de la editorial Maeva que contiene reproducciones impagables. Me refiero a Las mujeres, que leen, son peligrosas, de Stefan Bollmann. Pero cuando algo gusta nada parece suficiente. Contemplar a una bella señora, o señorita, leyendo, es un deleite que raya en el regodeo. Te da por imaginar sus vidas, el porqué están ahí, con ese libro. Piensas acaso en su soledad, en sus sueños; piensas en su sensibilidad, en el libro como refugio de una sociedad demasiado viscosa (o quizá todo sea por un hombre); piensas en anhelos románticos o en todo lo contrario, como esa pintura de Hopper donde a la mujer lectora, sentada en la cama del hotel, se le ve más desnuda el alma -dolorida- que el propio cuerpo cansado, casi desmayado.

El arte, ese empeño por sacar a la luz el alma. Y aquí estoy, junto al cuadro de Lebasque. La mujer, y el jardín que se difumina en los sueños; la mujer con su blanco sombrero adornado con una cinta azul y unas flores. El libro es una pincelada blanca. Y esa falda verde donde se recoge la luz y un poco de sombra del árbol. ¿Quién será esta mujer, qué leerá en ese rincón de un jardín donde reposa el alma? El espectador quisiera soñar los sueños de esa muchacha, y contemplar su rostro, que uno imagina joven, de piel un poco morena. El pintor quiere que nos enamoremos de ella, del secreto de su rostro, de... Parece sentada sobre una nube. Parece que todo se desvanece a su alrededor, que no hay nada que no sea ese libro que sostiene en su mano derecha.

A simple vista las cosas pueden resultar claras. Una mujer leyendo. Pero el cuadro nos dice más. El pintor quiere que interioricemos la escena, que sintamos en nuestra propia alma la soledad de una mujer que sueña, que con el sencillo gesto de la lectura nos lleva a esa otra dimensión espiritual donde somos mucho más de lo que parece. Y la mirada se posa en el sombrero, en la blusa de rayas o en unas flores amarillas. Y la mirada cala los pigmentos del color, y se acerca y se aleja, y se sienta junto a la dama. La mirada quisiera que la lectora levantara la cabeza y nos mirara.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Su sensibilidad engrandece a todo lo humano.

Feliz Navidad. Pepe.

Anónimo dijo...

Un cuadro extraordinario que no conocía, y un escrito acorde en calidad y poesía. Felicidades.
Celia.

Anónimo dijo...

Me gusta dibujar mujeres leyendo o con libros en sus manos, es como dibujar la libertad.