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Reflexiones, poemas, escorzos de vida, fe de lecturas, noticias de amigos... No pretende ser un desahogo, más bien un diálogo. Un demorarme en el resplandor de nuestra existencia. Y en su literatura.


domingo 5 de diciembre de 2010

“El fin de los libros”, de Octave Uzanne



Las llamadas “grandes superficies” son parte del reducto donde se refugia el tedio contemporáneo. Tienda tras tienda. Consumo de frivolidad y otras apetencias. Familias, parejas y la soledad de otros que pasean por esos enormes pasillos de indiferencia. Escrutinio agotador de cosas. Y ya sé que todo esto no tiene nada que ver con los libros, pero es que por los inextricables misterios del matrimonio (¿cómo vas a decir que no al amor de tu vida, aunque de por medio no puedas evitar un mal gesto?) hace unos días acabé en una de estas “superficies siderales”, donde todo brilla. Una vez allí dije: “te espero en la librería”. Una de esas librerías inmensas, donde la agorafobia hace que uno se agarre desesperadamente a los libros. O a las estanterías. No encuentro, no encuentro… “Señorita, por favor, ¿me puede indicar dónde está la poesía?”. No dije “los libros de poesía”. Dije “la poesía”. Pero de eso me di cuenta más tarde. Y la chica -no muy alta, pelo castaño, mirada inquieta- tuvo a bien acompañarme “a la poesía”. Incluso hablamos un rato. De libros, claro. Noté que estaba cansada, saturada de libros y de horas. Se despidió con una sonrisa. Y allí me quedé, en medio de todos esos cientos de volúmenes en estricto orden alfabético. Pronto curioseé entre las novelas, luego entre esos libros enormes de arte o actrices de Hollywood (en ese momento preferí el arte y el trasluz y la figura de las actrices) y terminé en los más variopintos ensayos. ¡Ay, el mundo de los libros! Allí me pregunté por su futuro. Estaba yo solo. El resto de supuestos clientes merodeaban entre ordenadores, e-books y demás cacharrería. La incidencia de tanta tecnología es un hecho. Recuerdo que me pregunté: ¿Hasta cuándo durarán los lectores?

Y este preámbulo ha venido a cuento porque justo a los dos días compré El fin de los libros, de Octave Uzanne (1851-1931), editado por Gadir con la precisa traducción de Elisabeth Falomir Archambault. Lo reconozco, me hago con todos los libros que hablan sobre la pasión por los libros y sus diversas manifestaciones y preocupaciones. No sé si es manía o qué. El caso es que disfruto y cavilo y cada vez me convenzo más: no me preocupa para nada el futuro del libro, lo que me preocupa de veras es el futuro -que ya es presente- de la estupidez humana. En fin. El caso es que vi el librito y me lo llevé a casa (previo pago). Esa misma noche lo leí. Consulté en mi historia de la literatura francesa favorita (Cátedra), pero me dejó en la estacada. Ni una palabra de Uzanne. En Internet me enteré de algo. Un asunto me gustó: fundó la Sociedad de Bibliófilos independientes. Por otra parte escribió no pocos ensayos y novelas, que espero vayan traduciéndose. El fin de los libros se independizó pronto. Formaba parte de Cuentos para bibliófilos, escrito al alimón con Albert Robida. Imagínense a un grupo de bibliófilos y estudiosos. Por supuesto en Londres. Acuden a una conferencia. ¿Qué hacer a la salida? Cenar. ¿Qué otra cosa? Cenar y seguir de palique. Destino: el Junior Athenaeum Club. Y allí se fueron los amigos. Todo muy selecto.

La conversación fue enjundiosa y vibrante. ¡Qué hombres aquellos! El autor recrea perfectamente esa curiosidad universal. No sin cierta retranca. El genio humano prevalece y dirime sobre temas inquietantes y profundos. Cuando lean el librito serán testigos de todo ello. Hasta que Arthur Blackcross, fundador de la Escuela de Estetas del Mañana, interroga al alter ego bibliófilo de Octave Uzanne sobre qué será de los hombres de letras y de los libros en los siguientes cien años. ¿Qué responde? La ironía es grande. Leer supone demasiado esfuerzo, “un gran cansancio”. Algo que la comodidad no va a seguir permitiendo por mucho tiempo. Se requiere más pasividad. Igual que el ascensor acabó con las escaleras, dice. Los ojos tienen derecho a un descanso, después de tanta explotación. El fonógrafo será lo nuevo. “Leer” a través del oído. Y la verdad es que Uzanne anticipa cosas. Los libros grabados fueron -y son- una realidad. E igualmente dirá que “el autor se convertirá en su propio editor” (es otra realidad). Eso sí, con su voz. O “la máquina de escribir, que será entonces muy sofisticada” (nuestros ordenadores o computadoras, capaces de cualquier cosa). La bibliofilia se salva, reconvertida en fonografilia. Total, que según su tesis desaparecerán los libros y con ello el insoportable “mandarinismo literario”. Todo será muy automatizado y casi instantáneo. Y yo pensaba en Internet.

Pero hay algo que escribe Uzanne en lo que he pensado más de una vez. Los excesivos libros. Son millones los títulos editados al año. El autor lo expresa así: “¿No sentís ya que sus excesos lo condenan?” (se refiere al libro). Exceso es la mediocridad, exceso es el número. El fin de los libros es una reflexión, con pinceladas de hipérbole e ironía y fantasía. Y es, sobre todo, una crítica a lo desmedido, y un apunte autobiográfico. Imagino a Uzanne ante su inmensa biblioteca. Acaba de llegar a casa con un par de libros exquisitos, auténticos hallazgos. Conseguidos a muy buen precio. Con ellos se sienta… Quizá piensa en el por qué de semejante esfuerzo. Y en qué parará todo esto de los libros. Y se le escapa un profundo suspiro antes de cerrar los ojos e imaginar el argumento de este cuento.

El fin de los libros es una delicia. En forma y contenido. Le hace pensar y sonreír a uno. Y sea cual sea su destino -el de los libros- sentir la fraternidad de todos aquellos que precisamente porque aman los libros, no pueden imaginar el mundo sin ellos. De todos aquellos que, como yo, comprarán sin remedio este librito de Octave Uzanne.

5 comentarios:

Jota Mate dijo...

Hubiera preferido, Guillermo, que hoy hablara sobre Dios ya que es domingo.
De todas formas, hablando de libros, tenemos en las Lecturas de hoy unas reseñas de un maravilloso Libro como es la Biblia. Que a su vez es compendio de más Libros y que nos trae el de las profecías de Isaías y el de los Santos Evangelios, llamándonos a la conversión y dándonos sutiles “pistas” sobre lo que ha de venir a nuestras vidas y corazones: “aquel día la raíz de Jesé se alzará como bandera de los pueblos: la buscarán todas las naciones y será gloriosa su casa”… “Él tiene la horquilla en la mano para separar el trigo de la paja y reunir el trigo en su granero; quemará la paja en una hoguera que no se apaga”.
Este libro es muy diferente a todo el resto. Tiene la Historia de la Salvación que ya obra dentro de nosotros. Eso sí, habrá que escuchar la voz que clama en el desierto. También lo dice una bella canción que hoy se escuchará en muchos coros de Iglesias:
Preparad el camino al Señor
y escuchad la Palabra de Dios. (2)
1. Voz que clama en el de¬sierto:
«preparad el camino al Señor.
haced rectas todas sus sendas.
Preparad el camino al Señor.»
2. Voz que clama en el desierto:
«preparad el camino al Señor,
desterrad la mentira por siempre,
preparad el camino al Señor.»
Claro que, si es preferible, mejor vamos a un gran almacén (que hoy domingo abren todos) y buscamos de esos libros, que a diferencia de la Biblia, bien pueden acabar en una hoguera.
Bueno, esta tarde me llegaré al C.I. A ver si tienen el libro de Octave Uzanne. Gracias Guillermo.

Anónimo dijo...

No sé si estarán hoy las librerías abiertas.
Pablo R.

Anónimo dijo...

Mientras yo viva los libros no terminarán nunca. Porque nunca podrán quitarme lo que me dan.
Gracias por su artículo y por todo lo demás.
El último poema me gustó especialmente. A mí tampoco me disgustaría morir leyendo.

Un saludo de Yolanda.

Anónimo dijo...

En cuanto pueda lo compro.
Elena.

Anónimo dijo...

Leí lo suyo el otro día, esta mañana he visto el libro y lo he comprado. Me lo reservo para el fin de semana. Que tenga un buen día. Elena Gracia.