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Reflexiones, poemas, escorzos de vida, fe de lecturas, noticias de amigos... No pretende ser un desahogo, más bien un diálogo. Un demorarme en el resplandor de nuestra existencia. Y en su literatura.


domingo 18 de abril de 2010

Muerte y alegría



In memoriam de Lorenzo Fernández-Giro Domech


Acabábamos de llegar a casa. Del hospital. “Papá, dile a mamá que el yayo se está muriendo”. (Me cuesta seguir, son muchos los recuerdos, y el alma o el corazón o lo que sea, rebobina conversaciones puntuales, viajes, miradas; me cuesta decir palabras precisamente ahora, cuando se ha quedado todo tan en silencio, con este ahogo). Colgué el teléfono sin contestar nada. La siguiente imagen es un rosario de hijos y nietos alrededor del dolor. ¿O era el amor? Un dolor que ama, que se enciende y crepita, que se derrama. Un rosario de familia que iba desgranando oraciones y lágrimas. Papá, el yayo, Lorenzo, en el centro de la cama. ¿O era el amor el que allí estaba, el que todavía respiraba, el que aspiraba cada vez más el oxígeno de Cristo resucitado? Todos a su alrededor, todos allí dentro, en su interior de alma, en esa habitación infinita donde la pena -o era una alegría que pujaba por hacerse con todos- comenzó a cantar de improviso un himno de gloria y alabanza -“Virgen Santa, Madre mía, / Luz hermosa, claro día”-, y después otros himnos marciales y hasta villancicos, porque algo estaba naciendo. Las manos de los presentes se movían inquietas, nerviosas. Manos que acariciaban, que bendecían, que buscaban el consuelo de otra mano hermana. Las manos dibujaban en el aire sentimientos indecibles y se sujetaban a la fe con todas sus fuerzas. Manos de hijos y nietos, manos grandes o pequeñas. Manos humanas y manos sobrenaturales. Manos juntas, en plegaria, y manos abiertas al misterio que es siempre la felicidad del hombre. Alrededor de esa cama donde Lorenzo escuchaba el cariño de su familia, y escuchaba también un creciente rumor de ángeles que allí estaban. Era el arrebato de aquella Luz que vio un día. Y él esperaba en posición de firmes y atento al saludo, en primera línea, sin miedo. (Cuesta mucho contar este tipo de asuntos cuando todas las habitaciones parecen tan vacías, cuando deambulas por una casa tan llena de ausencias y las palabras enmudecen entre suspiros). El manto de la Virgen del Pilar envolvía su corazón, y nos envolvía a los demás la mirada, y con la mirada todo nuestro ser. Y la entraña ensimismada de realidad y eternidad. De pronto una lluvia de pétalos de flores y de emociones sobre su cuerpo agotado por la cruz y el sin parar de este mundo nuestro. Una lluvia de lágrimas amarillas, lilas, blancas, rojas y rosas. Un arco iris de gracias que le unge en la frente hasta que expira. Un relámpago de Cielo, que es lo que es la vida de algunos hombres buenos. O santos. Como Lorenzo.

15 comentarios:

Anónimo dijo...

Cuando yo me muera no va a haber mucho que recordar (les voy a ahorrar papel), pero sí va a haber mucho que rezar. A los vivos parece que nos cosuelan estos gestos, y no digo yo que no me haga ilusión pensarme muerto y leyendo cosas tan bonitas de uno, pero me imagino leyéndolo en el purgatorio y, a decir verdad, prefiero que no se me despisten, que no me escriban nada y me ofrezcan una misa. O unos cientos.

Anónimo dijo...

Lo que más ne anima es comprobar que la gran mayoría de los santos no eran perfectos, que tenían sus defectos, sus genios y sus manías, y que se equivocaban como todos.

Anónimo dijo...

" delante de aquellos ojos todo era azul" Miguel Hernández.

Lo acabo de leer y me ha hecho pensar . Son ojos que atisban el cielo allá donde miran. Y si no lo hay lo ponen con su mirada. Creo que es lo que me mantiene enganchado a su blog.

Josemaria dijo...

Gracias Guillermo esa foto es lo mas bonito que podia encontrar en estos momentos, me acuerdo mucho de el, pero siento que esta conmigo,igual que toda la familia, ese amor que nos dio y que nos sigue dando es la fuerza que nos hace saber que esto no es el final sino el principio de una maravillosa promesa celestial.

Anónimo dijo...

" todo era azul delante de aquellos ojos"

Anónimo dijo...

La muerte es azul.

Anónimo dijo...

La muerte para un cristiano es azul.

Anónimo dijo...

La muerte para un cristiano que se ha esforzado por parecerse a Cristo es siempre azul.

Anónimo dijo...

Azul es mi color.

Anónimo dijo...

Aviso a navegantes: Cuando me muera, rezos; las rosas en vida.

Anónimo dijo...

Todo era azul delante de aquellos ojos y era
verde hasta lo entrañable, dorado hasta muy lejos.
Porque el color hallaba su encarnación primera
dentro de aquellos ojos de frágiles reflejos.

Ojos nacientes: luces en una doble esfera.
Todo radiaba en torno como un solar de espejos.
Vivificar las cosas para la primavera
poder fue de unos ojos que nunca han sido viejos.

Se los devoran. ¿Sabes? No soy feliz. No hay goce
como sentir aquella mirada inundadora.
Cuando se me alejaba, me despedí del día.

La claridad brotaba de su directo roce,
pero los devoraron. Y están brotando ahora
penumbras como el pardo rubor de la agonía.

Miguel Hernández

Anónimo dijo...

¿Nieto o abuelo? ¿Y si se hubiera ido el nieto? ¿ Y si muriera uno de sus hijos? Deme razones para la alegría.

Anónimo dijo...

La alegria viene de Dios.
El que no cree en El se contenta con ser pasto de gusanos.
Pero el que ve en Jesucristo resucitado la respuesta a todas sus plegarias ve en la muerte un paso mas hacia la alegria de vivir en el paraiso.
Da igual nieto que abuelo la tristeza es la misma pues se va un ser que has amado, por que lo amado es lo que se añora.
La alegria es la fe y el amor.
Dios les bendiga a todos a los que creen y a los que no.

Anónimo dijo...

La muerte es caprichosa.

Anónimo dijo...

Apoyado en mi hombro
eres mi ala derecha.
Como si desplegaras
tus suaves plumas negras,
tus palabras a un cielo
blanquísimo me elevan.

Exaltación. Silencio.
Sentado estoy a mi mesa,
sangrándome la espalda,
doliéndome tu ausencia.