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Reflexiones, poemas, escorzos de vida, fe de lecturas, noticias de amigos... No pretende ser un desahogo, más bien un diálogo. Un demorarme en el resplandor de nuestra existencia. Y en su literatura.


jueves 8 de abril de 2010

De libros y demás pompas


La mesa y la mesilla. Llenas de libros. La amarga pasión de Cristo, el San Juan de la Cruz de la Biblioteca Castro (“Para venir a gustarlo todo, / no quieras tener gusto en nada”) y Samuel Johnson. Miguel d’Ors (con sus “virutas de taller”) y el Epistolario de Gabriel Miró (uno de los escritores que más frecuento). Leer. La lectura. ¿De qué viene tal debilidad? ¿O es una parte de mi fortaleza, o aquello que me procura cierto respiro en la vida? Puede que sea lo menos aburrido de todo. Y por eso. Para mí, digo. Como para otros puede ser lo más propicio el guiñote o la gastronomía. Leer. Una forma de entretenerse, de incentivar los sueños y de reposar los días. La lectura. La compañía de todos estos libros que he ido escogiendo. Y leyendo. Los cuentos de Mavis Gallant y las cartas de amor de Pablo Neruda a Matilde Urrutia (“Amor mío, mis pensamientos contigo” y “besos, besos, besos” y “soy parte de ti misma”). Y una excelente biografía literaria de Robert Walser que ha editado Siruela, escrita por Jürg Amann. De ésta última me fijo en las breves líneas de Walser que introducen el libro. Es toda una declaración de intenciones, algo en lo que yo creo y que hoy brilla por su ausencia. Copio: “El escritor que tiene más posibilidades de cosechar éxito es aquel que se empequeñece al máximo, tanto ante los contemporáneos como ante la posteridad”. Pero suele ocurrir lo contrario. El escritor se resiste a desaparecer, a dejar que lo escrito gane por si solo su grandeza, o que discretamente desaparezca. Con el tiempo ha ido cobrando más importancia el escritor que la obra. El autor es el personaje por excelencia. El principal, el que acumula honores y referencias (si las hubiere). Y el éxito se mide por estadísticas y entrevistas, por grandilocuencia y publicidad. Yo no pienso que la literatura sea cosa de santidad (que en algunos casos puede serlo), pero sí de un poco de sobriedad y de saber estar. Y de dejar leer a la gente en paz. Abunda un exceso de coquetería y pomposidad, y de "clásicos" de última hora -y de corto vuelo- por obra y gracia de no se sabe muy bien qué. Con un buen título y una rutilante portada se obran maravillas. El volumen se tunea convenientemente y ya está. Listo para las listas. Pero no perdamos la esperanza. Sigamos reivindicando ese empequeñecimiento del escritor, que pedía Robert Walser, en beneficio de la excelencia literaria. "Con la audacia necesaria -esto se lo tomo prestado a Alessandra Borghese- para contar la que constituye, por otra parte, una insuprimible experiencia interior".

1 comentarios:

Anónimo dijo...

Yo no tengo tiempo de leer, sé que suena raro y hasta que alguno dirá que eso es que aún no he aprendido a leer; por eso suelo decir que no leo nada, que no me gusta leer, así acabamos antes, además, ¿a quién le importa?