Bienvenidos

Reflexiones, poemas, escorzos de vida, fe de lecturas, noticias de amigos... No pretende ser un desahogo, más bien un diálogo. Un demorarme en el resplandor de nuestra existencia. Y en su literatura.


miércoles 17 de marzo de 2010

La muerte es seguir viviendo



Morir es comenzar a vivir de otra manera. Es el segundo nacimiento del hombre. Vaya memez, dirán algunos. Bueno, pues que digan. Ya lo podrán ver en su momento. Morir es vivir en plenitud. Morir es coger al vuelo la vida y aliviarse de tanta incrédula concurrencia, de tanta banalidad rabiosa, de tanta ilustre apariencia. Morir es comprender por fin tu existencia, el sentido último que tantas veces se te escapaba por las costuras del dolor. Morir es abismarse en el conocimiento supremo, en la verdad desnuda. Morir es coger las dudas por los cuernos y encontrarte frente por frente con el rostro de Dios.

Pero el miedo nos oprime. Por nada del mundo queremos abandonar la inercia de una vida más o menos acostumbrada a sus cómodos límites. Y yo menos que nadie, que conste. El tiempo, bendita ilusión, nos arropa con sus horas, sus días, y sus desengaños. Cuesta creer que llegado el momento será uno el que se muera. Ni pensarlo queremos. Quita, quita. Rechazamos su realidad en una insensata inopia, en un constante e inmóvil movimiento. Algunos quieren su muerte a la carta. Por ejemplo de repente y cuando estén dormidos. Sin sufrir y en una bendita inconsciencia. O lo que es lo mismo, que sea continuación de lo que ha sido su propia vida: un sueño mortal, una anestesia espiritual de gran calibre.

La muerte es un trago duro para todos, pero llegado el momento ves que hay personas que responden con especial gallardía al envite. Personas que saben que van a morir en breve, y reaccionan en coherencia con lo que ha sido su vida. Abren los ojos y las manos de par en par, más que nunca. Personas que avizoran la eternidad en la luz que germina entre sus dedos. Y sonríen, adelantándose a su propia resurrección. Y, si pueden, siguen trabajando hasta el final por los demás. Con el cuerpo desecho y la mordiente de un alma enamorada. Cada gesto suyo redime del abatimiento a todos aquellos que están a su alrededor, en una lúcida sabiduría sobrenatural.

Morir requiere un largo aprendizaje, que no se mide en el tiempo. Es el requiebro de cada instante de nuestra vida. Cada pequeño detalle cuenta. Nada es baladí. A nuestra alma se asoman paisajes, anhelos, alegrías, humillaciones, súplicas... La muerte -como la vida- es, fundamentalmente, un acto de piedad, una plegaria. La desesperación no cabe en aquellos que han hecho del amor su arquitectura interior. Un amor que es familia. Un amor que se abraza a las lágrimas con admirable premura y emoción. Un amor que no agoniza jamás y que se queda entre nosotros, vigilante, pendiente de aquellos que, más que nunca, siguen necesitados de él. De su compañía, de su mirada, de su ejemplo.

8 comentarios:

Anónimo dijo...

¡ Qué bonito es el amor!

Anónimo dijo...

Pero no conozco a nadie que en su sano juicio se quiera morir.Se estará allí todo lo bien que usted quiera, no se lo discuto, pero la mayoría preferimos seguir estando así de mal como nos encontremos. Será que ha calado hondo aquello de más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer, o que hayamos perdido por completo el espíritu aventurero de nuestros abuelos, o que seamos unos cobardes...O que nuestra fe sea menor que un grano (no, de mostaza no), que un grano de polvo en la nariz de un piojo.
En mi caso particular, tengo la misma sensación de cuando nos ponían las vacunas en el colegio,¿recuerdan?. Yo estaba en mi sitio, sabía que era algo bueno ( me lo había dicho mi madre), que sería un momento, que confiara, que me relajara, que todos teníamos que pasar por ahí...pero yo iba cambiándome en la fila, cada vez más atrás, no con la esperanza de escabullirme como otras veces, pues había listas y una vigilancia extrema, sino por demorar aquello tan bueno y necesario para lo que no me sentía aún preparado.
"Morir requiere un largo aprendizaje"... pero no es necesario saberse la lección para obtener el graduado,ni te dejan repetir, eso es lo malo, mucho me temo que me va a llegar el día y aún no habré aprendido.

Anónimo dijo...

Hay cementerios solos,
tumbas llenas de huesos sin sonido,
el corazón pasando un túnel
oscuro, oscuro, oscuro,
como un naufragio hacia adentro nos morimos,
como ahogarnos en el corazón,
como irnos cayendo desde la piel del alma.

Hay cadáveres,
hay pies de pegajosa losa fría,
hay la muerte en los huesos,
como un sonido puro,
como un ladrido de perro,
saliendo de ciertas campanas, de ciertas tumbas,
creciendo en la humedad como el llanto o la lluvia.

Yo veo, solo, a veces,
ataúdes a vela
zarpar con difuntos pálidos, con mujeres de trenzas muertas,
con panaderos blancos como ángeles,
con niñas pensativas casadas con notarios,
ataúdes subiendo el río vertical de los muertos,
el río morado,
hacia arriba, con las velas hinchadas por el sonido de la muerte,
hinchadas por el sonido silencioso de la muerte.

A lo sonoro llega la muerte
como un zapato sin pie, como un traje sin hombre,
llega a golpear con un anillo sin piedra y sin dedo,
llega a gritar sin boca, sin lengua, sin garganta.

Sin embargo sus pasos suenan
y su vestido suena, callado como un árbol.

Yo no sé, yo conozco poco, yo apenas veo,
pero creo que su canto tiene color de violetas húmedas,
de violetas acostumbradas a la tierra,
porque la cara de la muerte es verde,
y la mirada de la muerte es verde,
con la aguda humedad de una hoja de violeta
y su grave color de invierno exasperado.

Pero la muerte va también por el mundo vestida de escoba,
lame el suelo buscando difuntos;
la muerte está en la escoba,
en la lengua de la muerte buscando muertos,
es la aguja de la muerte buscando hilo.

La muerte está en los catres:
en los colchones lentos, en las frazadas negras
vive tendida, y de repente sopla:
sopla un sonido oscuro que hincha sábanas,
y hay camas navegando a un puerto
en donde está esperando, vestida de almirante.

P N

Anónimo dijo...

Cerrar podrá mis ojos la postrera
Sombra que me llevare el blanco día,
Y podrá desatar esta alma mía
Hora, a su afán ansioso lisonjera;

Mas no de esotra parte en la ribera
Dejará la memoria, en donde ardía:
Nadar sabe mi llama el agua fría,
Y perder el respeto a ley severa.

Alma, a quien todo un Dios prisión ha sido,
Venas, que humor a tanto fuego han dado,
Médulas, que han gloriosamente ardido,

Su cuerpo dejará, no su cuidado;
Serán ceniza, mas tendrá sentido;
Polvo serán, mas polvo enamorado.

F de Q

Anónimo dijo...

Morir no duele mucho:
nos duele más la vida.
Pero el morir es cosa diferente,
tras la puerta escondida:

la costumbre del sur, cuando los pájaros
antes que el hielo venga,
van a un clima mejor. Nosotros somos
pájaros que se quedan:

los temblorosos junto al umbral campesino,
que la migaja buscan,

brindada avaramente, hasta que ya la nieve
piadosa hacia el hogar nos empuja las plumas.

E D

Anónimo dijo...

Porque contemplo aún albas radiosas
y hay rosas, muchas rosas, muchas rosas
en que tiembla el lucero de Belén,
y hay rosas, muchas rosas, muchas rosas
gracias, ¡está bien!

Porque en las tardes, con sutil desmayo,
piadosamente besa el sol mi sien,
y aun la transfigura con su rayo:
gracias, ¡está bien!

Porque en las noches una voz me nombra
(¡voz de quien yo me sél), y hay un edén
escondido en los pliegues de mi sombra:
gracias, ¡está bienI

Porque hasta el mal en mí don es del cielo,
pues que, al minarme va, con rudo celo,
desmoronando mi prisión también;
porque se acerca ya mi primer vuelo:
gracias, ¡está bien!

A N

Anónimo dijo...

Dime de lo que presumes....

Anónimo dijo...

María Pérez va a morir.
Eso es moneda corriente;
morir es una costumbre
que sabe tener la gente.

Y sin embargo me duele
decirle adiós a la vida,
esa cosa tan de siempre,
tan dulce y tan conocida.

Miro en el alba mis manos,
miro en las manos las venas;
con extrañeza las miro
como si fueran ajenas.

Vendrán los cuatro balazos
y con los cuatro el olvido;
lo dijo el sabio Merlín:
morir es haber nacido.

¡Cuánta cosa en su camino
estos ojos habrán visto!
Quién sabe lo que verán
después que me juzgue Cristo.

María Pérez va a morir.
Eso es moneda corriente;
morir es una costumbre
que sabe tener la gente.