Bienvenidos

Reflexiones, poemas, escorzos de vida, fe de lecturas, noticias de amigos... No pretende ser un desahogo, más bien un diálogo. Un demorarme en el resplandor de nuestra existencia. Y en su literatura.


jueves 11 de marzo de 2010

Hijos, accidente y providencia



(Gracias a todos)


Pues ya está. Era un día soleado. Era, sí. Una comida ligera. No llegamos. Calma. Y me diste un beso y un chicle de menta. Padres e hijos. ¡Qué pocas ganas se tienen a veces de ir a los sitios! Pero vas. Y consideras en el camino tu vida, lo que es, lo que era. El será forma parte de lo inescrutable. Misterios. ¡Cuida! Conversaciones, saludos. Una visita a Dios en su capilla. Y el gesto maternal de María. El colegio de la niña, de mi hija, que sonríe y pide y te mira con esos ojos suyos tus ojos cansados. Confirmación y celebraciones. Preocupación por el alma de los hijos. Quieres la excelencia. Académica por supuesto. Faltaría. Y una armonía de todo lo demás. ¿Menudencias? Una jerarquía de valores, alegría de por vida, coherencia. Saber elegir la belleza y la verdad. Y el bien. Y defenderlo con solvencia, aunque nos quedemos solos. Bueno, eso. Hijos. No dar por hecho que las cosas son como son y por supuesto. Para nada. Las cosas son como las hacemos, como las queremos, como las soñamos. Como Dios quiere que sean. Si nos dejamos y no cejamos. Hijos: hitos. Y la adolescencia perpetua de no pocos padres. ¡Rebelión, rebeldía! ¿Qué es eso de conformarse? ¿Qué es eso de emborracharnos de mediocridad y medianía? Y el sol que se empeña en brillos. ¡Tantos amigos! Salimos, pero te pierdes, te pierdo. Es entonces cuando yo no me encuentro, y tanteo la luz, y pienso… Es entonces cuando ocurre. Una sombra oscura, un grito, y el dolor. Uno de tus pies debajo de una rueda. ¿Te está ocurriendo a ti? No cabe duda, pero no acabas de creerlo. Tenías cosas que hacer. Tu ángel es posible que te haya evitado algo peor. El cielo y su vislumbre. Dios, Su Providencia. Carreras, voces, suspiros. Cambio de planes. Rostros, miradas amigas. Sabes que estás en casa. Miro sus ojos asustados. Tantos, tantos amigos. Y la luz, y la gracia. La ambulancia de esas almas que te quieren de verdad y te regalan sus primeros auxilios en forma de sonrisa. Tumbado en el suelo contemplo el cielo y a mis hijos. Estoy bien. Unos huesos rotos, pero estoy bien. Porque estoy junto a los míos. Y esa luz que resplandece, que se hace ternura y te envuelve, que no se pierde. Son sólo unos huesos rotos. Lo que importa es el alma. Hijos: hitos. La Providencia nos depara formas distintas de ver, de perspectiva. La oportunidad de conocer a otras personas, por ejemplo. Y te emocionas, y rezas, y entras al quirófano pendiente de unos hermosos ojos verdes que te explican.

6 comentarios:

Anónimo dijo...

¿A quién le ha pasado algo?

Anónimo dijo...

¿Le ha ocurrido algo?

Anónimo dijo...

¿Qué pasó? ¿A quién?

Pedro a. dijo...

Ánimo. Normalmente estas situaciones nos sirven para redescubrir lo esencial, lo básico de nuestras vidas. Aprovecha el momento.

Anónimo dijo...

Guillermo, ¿puso su pie debajo de un coche?, auchhhh, ¿qué pasó?, ¿está bien?

Anónimo dijo...

¿Es tu hija, verdad? la he conocido
por la estrellas fugaz que hay en sus ojos,
la cabeza inclinada y la manera,
tan tuya, de mirar llena de asombro.

¿Es tu hija, verdad? lo han presentido
-¡desde tan hondo-
unos vientos callados que dormían
bajo las aguas quietas, en el pozo
de los tiempos perdidos, donde guardo
las hojas que cayeron
de los sauces remotos.

Tiene luz en la frente
-tu misma luz-. Y el gesto melancólico.
Tiene el cuello tan frágil como tú lo tenías
y en el pelo los mismos
pájaros locos.
Tiene un viento de ayer entre los dedos,
y en el rostro...
tu firma escrita
con otra sangre
que no conozco.