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Reflexiones, poemas, escorzos de vida, fe de lecturas, noticias de amigos... No pretende ser un desahogo, más bien un diálogo. Un demorarme en el resplandor de nuestra existencia. Y en su literatura.


miércoles 24 de febrero de 2010

Melancolía en tonos verdes (casi un relato)



Pablo se imaginaba siempre la felicidad de color verde. Inmensos prados y arbustos y bosques. O un pequeño jardín donde sentarse a inspeccionar la vida. Abandonar aquel piso alquilado de una vez por todas, un lugar que sentía que le asfixiaba el alma o lo poco que iba quedando de ella. Dios, de existir, era un color; un solo color: el verde. ¡Qué imperfecto y tétrico era todo lo que veía! Le costaba respirar, mantener un mínimo de orden y cordura… Irse. Esa era su esperanza. Irse, marcharse de una realidad que sólo podía ser una mala broma. Pero antes pensar, programar el destino de sus sueños. ¿Dónde ir? E imaginaba el norte de cualquier sitio. Extensos campos, vaguadas y colinas. Todo verde, la presencia continua de Dios en su mirada. Ser creyente, sin asomo de sombras, de grises o de dudas. Y ver cómo se acerca la lluvia, y sentir las primeras gotas.

Pablo no era feliz. Sus compañeros de trabajo se lo decían, y se lo decía su casera. Era un diagnóstico fácil. Bastaba con mirarle. Insistían. Vacaciones o chicas. Esa era la panacea. ¿Y después? Después la amargura del regreso o el acíbar que deja el sexo desnudo de afecto. Era todo mentira, una pantomima de proporciones muy tristes. Él necesitaba algo más definitivo, no volver a ver lo que veía por entonces. No volver ni por asomo a la misma desdicha. Pero fue transcurriendo su vida. Entre sueños y rutinas. Le gustaba ver el fútbol o el rugby por televisión, sin sonido. Sólo por ver el césped. O algún documental que le mostrara un atisbo de felicidad, lo que fuera. Ya ni siquiera leía. Fue perdiendo el hábito y las ganas. Utilizaba los libros para guardar entre sus páginas briznas de hierba, hojas o pequeñas flores. Eran signos de su fe maltrecha. Promesas que acariciaba con torpe melancolía.

Un año cualquiera alguien le envitó a un viaje. Llegaron hasta el mar y giraron a la izquierda. Todo era verde. El amanecer era verde, la luz, unos ojos que vivían cerca de la casa... Pablo miraba el paisaje conteniendo el aliento. Paseaba por los caminos, se agachaba para acariciar la hierba y los helechos, o se embelesaba en el líquen o en el musgo, o saltaba para tocar con la punta del alma esa hojas de los árboles que le salían al paso. Se tumbaba de repente o corría abriendo los brazos hacia el horizonte... Después de unos días volvió a lo de siempre, tan gris y anodino. Y cerraba los ojos para ver, para comprender que a pesar de todo la esperanza era posible y la felicidad era la vida vestida de verde.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Sólo quería darle las gracias por su blog, que cada día leo puntualmente. Me gusta especialmente su poesía y su forma de escribir de lo más común.
Saludos de su lectora Adela.

Anónimo dijo...

Romance Sonámbulo, de Lorca

Verde que te quiero verde.
Verde viento. Verdes ramas.
El barco sobre la mar
y el caballo en la montaña.
Con la sombra en la cintura
ella sueña en su baranda,
verde carne, pelo verde,
con ojos de fría plata.
Verde que te quiero verde.
Bajo la luna gitana,
las cosas la están mirando
y ella no puede mirarlas.

Verde que te quiero verde.
Grandes estrellas de escarcha,
vienen con el pez de sombra
que abre el camino del alba.
La higuera frota su viento
con la lija de sus ramas,
y el monte, gato garduño,
eriza sus pitas agrias.
¿Pero quién vendrá? ¿Y por dónde?
Ella sigue en su baranda,
verde carne, pelo verde,
soñando en la mar amarga.

--Compadre, quiero cambiar
mi caballo por su casa,
mi montura por su espejo,
mi cuchillo por su manta.
Compadre, vengo sangrando,
desde los puertos de Cabra.
--Si yo pudiera, mocito,
este trato se cerraba.
Pero yo ya no soy yo,
ni mi casa es ya mi casa.
--Compadre, quiero morir,
decentemente en mi cama.
De acero, si puede ser,
con las sábanas de holanda.
¿No ves la herida que tengo
desde el pecho a la garganta?
--Trescientas rosas morenas
lleva tu pechera blanca.
Tu sangre rezuma y huele
alrededor de tu faja.
Pero yo ya no soy yo,
ni mi casa es ya mi casa.
--Dejadme subir al menos
hasta las altas barandas,
¡dejadme subir!, dejadme
hasta las verdes barandas.
Barandales de la luna
por donde retumba el agua.

Ya suben los dos compadres
hacia las altas barandas.
Dejando un rastro de sangre.
Dejando un rastro de lágrimas.
Temblaban en los tejados
farolillos de hojalata.
Mil panderos de cristal
herían la madrugada.

Verde que te quiero verde,
verde viento, verdes ramas.
Los dos compadres subieron.
El largo viento dejaba
en la boca un raro gusto
de hiel, de menta y de albahaca.
--¡Compadre! ¿Dónde está, dime?
¿Dónde está tu niña amarga?
¡Cuántas veces te esperó!
¡Cuántas veces te esperara,
cara fresca, negro pelo,
en esta verde baranda!

Sobre el rostro del aljibe
se mecía la gitana.
Verde carne, pelo verde,
con ojos de fría plata.
Un carámbano de luna
la sostiene sobre el agua.
La noche se puso íntima
como una pequeña plaza.
Guardias civiles borrachos
en la puerta golpeaban.
Verde que te quiero verde,
verde viento, verdes ramas.
El barco sobre la mar.
Y el caballo en la montaña.

Anónimo dijo...

Azul loco y verde loco
del lino en rama y en flor.
Mareando de oleadas
baila el lindo azuleador.

Cuando el azul se deshoja,
sigue el verde danzador:
verde-trébol, verde-oliva
y el gayo verde-limón.

¡Vaya hermosura!
¡Vaya el Color!

Rojo manso y rojo bravo
¿rosa y clavel reventón?.
Cuando los verdes se rinden,
él salta como un campeón.

Bailan uno tras el otro,
no se sabe cuál mejor,
y los rojos bailan tanto
que se queman en su ardor.

¡Vaya locura!
¡Vaya el Color!

El amarillo se viene
grande y lleno de fervor
y le abren paso todos
como viendo a Agamenón.

A lo humano y lo divino
baila el santo resplandor:
aromas gajos dorados
y el azafrán volador.

¡Vaya delirio!
¡Vaya el Color!

Y por fin se van siguiendo
al pavo-real del sol,
que los recoge y los lleva
como un padre o un ladrón.

Mano a mano con nosotros
todos eran, ya no son:
¡El cuento del mundo muere
al morir el Contador!

Gabriela Mistral