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Reflexiones, poemas, escorzos de vida, fe de lecturas, noticias de amigos... No pretende ser un desahogo, más bien un diálogo. Un demorarme en el resplandor de nuestra existencia. Y en su literatura.


jueves 28 de enero de 2010

Unamuno, Borges según Bioy, Antonio Fontán, “El violinista de Mauthausen” y otros libros



Serán los cambios de tiempo y la inestabilidad del cielo lo que hace que no esté muy boyante, que me sienta insignificante y apático. Comienza la semana y, sin enterarme casi, amanezco en un viernes cualquiera. De esos viernes aguafiestas que no prometen nada digno de mención para el sábado y domingo. ¿Qué ha ocurrido? Un suspiro de algo, de alguien que me hablaba. Poco más. Mientras tanto se ha fundido una bombilla y he aireado bien las habitaciones. Y ahora recuerdo que a mitad de la película que vimos el sábado me puse a cambiar libros de sitio. ¿El motivo? No encontraba los Ensayos de Montaigne, y andaba enfadado. La película acabó bien, era de final feliz. Y yo acabé tumbado en la cama leyendo las primeras páginas de Borges, un libro-reportaje-anecdotario (para mí la anécdota nos resume la esencia) entresacado de los perseverantes diarios que Adolfo Bioy Casares escribió durante décadas. Destino lo ha publicado. Leo, pero me da pereza escribir reseñas. Quisiera leer por leer, sin más, sin dar razón a nadie. El gozo por si solo. Y que me cupieran los libros con más holgura en las estanterías. Suena por aquí cerca un contrabajo, que me trae la melodía de un solo de la 1ª Sinfonía de Mahler

He releído estas dos últimas semanas algunas de las historias de la conversión al catolicismo de siete escritores que se incluyen en el libro El fuego de la montaña, de Eduardo de la Hera (San Pablo). El libro en cuestión está bien urdido, y nutrido de sucesos que pasman. Con avidez vuelvo en especial sobre Giovanni Papini y Edith Stein. Se agradece mucho la bibliografía, pero más los apuntes de sus vidas. Vidas heterogéneas, tan distintas todas. Y Dios que las enhebra, que nos las ofrece a los lectores como apasionado e inteligente testimonio de Su gracia. Entre medias hojeo libros de Unamuno (le dije a mi hija que se lo iban a preguntar en el examen de evaluación, y acerté, lo que hace que suba mi prestigio a sus ojos). Don Miguel, del que la Biblioteca Castro sigue publicando sus completas, bajo la ejemplar batuta de Ricardo Senabre. Va por el volumen X. Me detengo con curiosidad en sus prólogos, aforismos y definiciones, y vuelvo sobre esos ensayos cruciales para el pensamiento: Vida de don Quijote y Sancho, El sentimiento trágico de la vida y La agonía del cristianismo. Unamuno es uno de esos autores que cada vez, según va pasando el tiempo, te marcan más y son más necesarios. Más filósofo que muchos otros de profesión, gran narrador (reivindico sus Cuentos por enésima vez) y sobre todo me admira su alma de poeta, que en él lo empapa todo. Y luego entro en Internet y curioseo los últimos títulos de dicha Biblioteca. Destaca la General Estoria, de Alfonso X el Sabio y el tomo IX de Galdós donde aparece una de sus novelas que me parecen mejores: Ángel Guerra.

Desde hace varios años, el recientemente fallecido Antonio Fontán -el que fuera primer presidente del Senado una vez democratizado el asunto en España y director del finiquitado diario Madrid-, me ha venido enviando puntualmente todas las Navidades su particular forma de felicitación: las ya famosas “estrenas”. Consistían en un breve ensayo sobre algún tema que le interesara (el año pasado recuerdo que versaba sobre Hispania y los hispanos en el siglo I d.C., aunque a mí el que más me gustó fue el de la Navidad de 2005: De España y los españoles). Y en primeras páginas algún grabado del Nacimiento de Jesús acompañado de un poema de la vieja tradición literaria española. El último envío, la última felicitación, ha precedido en muy pocos días a su muerte. Descanse en paz. Recupera un texto suyo sobre La familia Real, la operación histórica del Rey Juan Carlos. Y me lo he leído estos días. Fontán fue siempre un leal y decidido monárquico, y un latinista de primera, y un divulgador fetén de la cultura. Ahí están sus estudios y traducciones de Tito Livio o de Cicerón. O esa otra, más curiosa, de la obra de Girolamo Savonarola Última meditación (sobre los salmos Miserere e In te, Domini, speravi), que Rialp debería reeditar. De sus libros leí hace años Humanismo romano (Planeta, 1974) y hace no tanto Letras y poder en Roma (Eunsa, 2001).

No reseño pero leo sin parar. ¿Qué voy a hacer si no? Volverán las oscuras golondrinas -que diría Bécquer- y con ellas espero que también se revitalicen en algo mis ganas, y alce el vuelo del alma, que anda titubeante. Buena novela la del Violinista de Mauthausen, escrita por Andrés Pérez Domínguez (Algaida). Se ve que está teniendo éxito de público. Yo he llegado algo tarde, pero aquí estoy, en ella. Es una historia de amor, amor que redime y define, que trabaja sin descanso, que contra toda esperanza espera y lucha. En medio del horror, del escarnio y de la muerte (“se ha convertido en cotidiano a pesar de ser tan terrible”), el amor vive y reinventa la vida. Pero hay más. Y la intriga de las almas que es la historia nos va narrando su confidencia con una literatura que emociona, que se pega al corazón y a su suspense. Y leo los poemas de Lidia Beatriz Biery, que murió en 2008. El tiempo alzado es más que un libro interesante, querida Luzmaría, editora de Torremozas, amiga. Es un libro que busca desesperadamente un sentido a la muerte y al olvido. Es un himno, un poema único parcelado en dudas y asombros que se asoman al tiempo. ¿Para qué escribir, para qué tantas palabras? “Acaso busco no olvidar mi nombre”. “Soñar y deshacernos en un verso”. La Poesía es querer ser algo más, es abismarse en algo más que todo esto. Es el ritmo de la vida y su nostalgia. Es el amor, es el pan, es la infancia. Es el grito, es la luz, es el poema… que nunca se termina de escribir.

11 comentarios:

Anónimo dijo...

Me quedo con lo de Unamuno. No sabía que estaban editando sus obras completas. Esa biblioteca Castro la conozco por algún libro de Cervantes.
Y me quedo también con esa novela del violinista.

Me haré con esos libros. Muy agradecida. Susana.

Anónimo dijo...

Para estar apático le ha salido muy bien, ya me gustaría a mí escribir así, o la mitad, o la millonésima parte de así cuando estoy bollante y eufórico. Lo que no me gusta es que se me pasen las semanas sin enterarme casi, ni que alguien me hable sin darme cuenta; ni leer por leer, sin más razón que el gozo; ni rendirme al desánimo y echarle la culpa al tiempo y la inestabilidad del cielo.

Anónimo dijo...

Santa Teresa Benedicta de la Cruz, ese es su nombre.

Anónimo dijo...

Los libros de Castro son caros, pero son insuperables. Para el que ame los libros en español es uno de los mayores gustos que puede darse. Como anécdota le diré que sólo he sido capaz de terminar de leer el Quijote en esta editorial. Hace muy bien en recomendar su lectura.
Personalmente tengo ganas de que editen la obra de los dos Machado.
Feliz año para usted y para su excelente blog.

Jesús Silva

Anónimo dijo...

Se le ha olvidado decir que Antonio Fontán fundó y dirigió una de las mejores revistas culturales de los últimos tiempos: NUEVA REVISTA.

Por lo demás le felicito por el texto y por todo el resto del blog.

Anónimo dijo...

Cuando habla de libros le sale el entusiasmo hasta por las orejas, aunque usted no se lo note.Los días que se sienta insignifiante y apático por culpa del tiempo, el cielo, los coles, su suegra, el alcalde o lo que fuere, hágame el favor de coger un libro (o media docena) y póngase a leer, ya verá como se le cura todo. Y si no me llama, conozco un sitio donde ponen el mejor chocolate con churros de Zaragoza.

Anónimo dijo...

Hay libros que se escriben sobre la carne misma.
Son esas cicatrices que nos hablan
y sangran
cuando el tiempo se rinde a su derrota
un puñado de signos que apenas
comprendemos
y eran el beso intacto de la vida.

Ada Salas

Anónimo dijo...

En las nubes de invierno,
El cielo se oscurece,
Mi libertad se hunde:
La ilusión es velo.
Siempre estoy desnudo:
La lluvia dilata
Esperanza y fuego...
¡Ah, nube de invierno
que cubre la memoria
con gotas de imprenta!
¡Ah, valiente nube:
arcilla del poema:
y todos los pronombres!

A C

Anónimo dijo...

Me voy a comprar el del violinista, si usted dice que es una buena novela, con lo exigente que es, será un novelón.

Anónimo dijo...

No, no me basta, no.
Ni ese azul en delirio
celeste sobre mí,
cúspide de lo azul.
Ni esa reiteración
cantante de la ola,
espumas afirmando,
síes, síes sin fin.
Ni tantos irisados
primeros de las nubes
—ópalo, blanco y rosa—,
tan cansadas de cielo
que duermen en las conchas.
No, no me bastan, no.
Colmo, tensión extrema,
suma de la belleza
el mundo, ya no más.
Y yo más.
Más azul que el azul
alto. Más afirmar
amor, querer, que el sí
y el sí y el sí.
La tarde, ya en el límite
de dar, de ser,
agota sus reservas:
gozos, colores, triunfos;
me descubre los fondos
de mares y de glorias,
se estira, vibra, tiembla,
no puede más.
Lo sé, se va a romper
si yo le grito esto
que ya le estoy gritando
irremisiblemente
a golpes:
"Tú, ya no más; yo, más."

P S

Anónimo dijo...

Me encanta cuando se pone a hablar de libros. Contagia. Buen día.