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Reflexiones, poemas, escorzos de vida, fe de lecturas, noticias de amigos... No pretende ser un desahogo, más bien un diálogo. Un demorarme en el resplandor de nuestra existencia. Y en su literatura.


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jueves 31 de diciembre de 2009

Y se acaba el año... y estrenamos el alma de nuevo



El estómago ya no puede más. Terminar el año empachado es de lo más patético. Y eso que apenas comes un poco de cada plato. Pero ¿cómo hacerle un feo a tu mujer o a esa cuñada o a tu suegra, que han cocinado con tanto afán y cariño? Te sientes como en esos banquetes de Astérix o en los de Trimalción, que contaba Petronio. Te van pasando bandejas y platos, decorados para la ocasión. “Venga hombre, sólo un poco de este jamón o paté ibérico”, “prueba por favor este canapé de cebolla acaramelada”. Y después de los entrantes ya sientes la modorra digestiva iluminada por los efluvios de ese vino de Navarra o ese otro del Somontano. Es cierto, estás con la familia, y quieres vivir esta Navidad como si fuera la única, y observas los rostros felices de todos. Basta, por favor, ya basta. Pero sonríes a ese rostro tan hermoso que te ofrece el consomé o la merluza rellena de gambas y angulas. Y comes ya sin hambre, sin enterarte apenas de la conversación. Como en trance miras los juegos de los niños, que se internan entre tus piernas, y corren y manifiestan su entusiasmo con esa bulla que no se cansa, de habitación en habitación, de abrazo en abrazo. “¡Qué grande estás!”, “¡cómo creces!”. Aún falta el postre. Esas láminas de piña helada con helado de limón (que es lo mejor), o esa tarta de trufa que es bocati di cardinali. Y el turrón. ¡Lo que tú darías por una sencilla mandarina! Una simple y jugosa mandarina. No, gracias, no tomo café, ni cava, ni licores; no, tampoco ese vino dulce. Aunque tomas prestada una copa de coñac Napoleón para deleitarte en su aroma y en la estética del bon vivant -que no deja de ser un sueño agradable-, como un joven señor inglés, uno de esos personajes de Jane Austen o de Henry James en el centro de su biblioteca, mientras una dama lee o toca la música entre sus dedos. Al otro lado de la mesa algunos caballeros juegan a las cartas. Tú hojeas un libro que te han traido de Costa Rica. Propones un brindis: “Por todos los que estamos aquí y por todo lo que llevamos en el corazón; por nuestros deseos mejores; para que sintamos todo el año próximo cada vez más nítida la presencia de Dios y también, como decía Antonio Machado, el fruto de unas pocas palabras verdaderas". Chin, chin. ¡Feliz año nuevo!

miércoles 30 de diciembre de 2009

El islam en la peluquería


Voy a narrar unos hechos. Han llegado a mí a través de una familiar perpleja y asustada. Dejo a la inteligencia del lector la glosa, conclusión o análisis del asunto. Sólo quisiera decir que es algo que me preocupa. Y mucho. No me fío para nada de los frenéticos, fanáticos y lunáticos. Pero a lo que voy. Imagínense una peluquería de señoras en zona centro. Sí, esos sitios de terapia femenina que, a la vista de la pasta que cuesta, es lo que se debe cobrar. En fin, ahí estaban las señoras, en plan buen rollito y hablando de las banalidades de rigor. Entre moños, moldeados y mechas la conversación fluía distendida, salpicada de risas. Cosas de chicas. O como dice mi hijo pequeño: “Papá, mujeres”. ¡Ay, nuestras queridas mujeres! Un completo misterio que hemos de… No, no; no sean malpensadas. No iba a decir “que hemos de soportar”. Iba a decir, y digo: Mujeres, nuestras mujeres, un completo misterio que hemos de amar como tal, sin intentar comprenderlas del todo, eso sí. Pues uno sólo consigue desbaratarse los sesos y complicar las situaciones. Hay que quererlas, y escucharlas con delicada ternura. Y paciencia.

Pero ya me he ido de la historia. ¿Por dónde iba? Ya está. Habíamos dejado en la peluquería a ese grupo de señoras. Todo muy agradable. Charla informal, ambiente distendido. A una de ellas -joven y atractiva, morena, de unos profundos ojos negros- le acababan de rematar la faena. Guapísima. Las demás la piropean. “Estás muy bien”. “Te sienta fenómeno”. “Ideal”. La sorpresa es mayúscula cuando ven que se pone un pañuelo sobre la cabeza. Una de ellas no se puede reprimir: “¡Qué pena que te cubras el pelo con lo bonito que te lo han dejado!”. Todas, de una manera o de otra, corroboran la cuestión. Es una pena desde luego. Hasta entonces los profundos ojos negros habían sonreído. Pero repentinamente se ponen serios, y un rictus en sus labios certifican el cambio de actitud. Señala a cada una de las mujeres allí presentes y dice con un tono de voz desabrido, duro: “Dentro de unos años tú, tú y tú llevaréis velo”. Salió de la peluquería sin decir ni una palabra más. Y las señoras que allí estaban tuvieron miedo. Ustedes dirán.

martes 29 de diciembre de 2009

Más libros para regalar en Navidad, Reyes o cuando bien apetezca (V)


Es cuestión de buscarse un buen rincón. Huir del mundanal ruido. Esconderse sólo un rato, retomar fuerzas y aliento. Para seguir con el turrón y las inagotables cuñadas. Buscarse un rincón propicio, cómodo -si es posible-, y tras un largo suspiro abrir el libro que siempre llevas contigo. Unas líneas sólo, un poema, unas pocas palabras… Pero lo que más cuenta es el silencio, y este provisional y solitario reducto. Llevas encima el poemario Aquí, de la nobel polaca Wislawa Szymborska (Bartleby editores). Vives unos meses en los que esta mujer te salva de lo prosaico, y cultivas su compañía con esmero. Buscas todos sus libros traducidos al español. Te has hecho con el inencontrable Poesía no completa (FCE) y sueñas que alguien edite sus completas, todavía incompletas, gracias a Dios. Sueñas un único libro con ella. Te gustaría escribir así de sencillo, sin palabras de etiqueta, y poco a poco ir ahondando en la verdad de tu vida y llegar a alguna conclusión válida, que te sirva en este rincón o en medio de la calle. Lo último que he adquirido de esta poeta son unas prosas, que parecen escritas ahora mismo, recién salidas del alma, de su propio rincón. Lecturas no obligatorias (Alfabia) son una manera de no estar solo, un intento de comprender las cosas. Una vez más.


Desde niño soy devoto de Oscar Wilde. Alguien que a esas edades te hace llorar no puede ser un mal tipo. En el principio fueron sus cuentos. El príncipe feliz y otros cuentos. Y comencé a tratarle. Sus poses de dandy eran poses, pero sus palabras contaban unas historias maravillosas. Su alma era de poeta, y su sensibilidad se defendía del mundo con frases llenas de ironía. Odiaba lo vulgar, el nepotismo de lo mediocre. Ese mundo lleno de mentiras (él no estaba libre de ellas) que le llevaba a escapar de contínuo, buscando su utopía. ¿Era la belleza su máximo afán, como parecía? ¿O era el amor? Era un inconformista nato, rebelde a una sociedad necia y patética. Su obra es una estética, pero también es una ética, un responso moral de toda una época. Wilde era un hombre que por encima de todo necesitaba ser querido. Afirmarse en el amor, Dios incluido, con sus dudas, con su tortura y dolor. La literatura era un instrumento. Pero ¡qué instrumento! Leí muy pronto todo Wilde. Y recuerdo que por entonces dio inicio mi fascinación por El retrato de Dorian Gray, que ahora reedita Mondadori, con la ejemplar traducción de Alejandro Palomas. Es una de las más bellas y profundas novelas que conozco. ¿Qué identidad es la nuestra? Envejecemos y no nos gusta. Hemos de morir. ¿Qué belleza es la verdadera? ¿Esa exterior de piel y rasgos más o menos resplandecientes que se van arrugando, o esa otra interior que alcanza cotas divinas? Wilde no era precisamente un superficial. En su alma había una constante batalla. Se consideraba débil, pero su obra demuestra un triunfo magistral. A mí me basta con la Balada de la cárcel de Reading (Hiperión) y con esta novela, que con tanto placer hubiera leído nuestro Jorge Manrique. Por otra parte recomiendo la lectura de Oscar Wilde en París, que ha escrito el norteamericano Herbert Lottman. (De Lottman lean por favor su biografía de Gustave Flaubert). Wilde amó a París, fue su reducto, su escapatoria, su rincón preferido.


Para terminar por hoy quisiera hablar de dos libros. Una novela: La sombra de Masada, de Javier Arias Artacho (Libros Libres), que me ha sorprendido por su madurez narrativa. ¡Qué bien ha sabido contar esta historia donde las legiones de Tito se enfrentan al último reducto judío! El ritmo es una locura de acción, pero lo que más me gusta es alto registro que logra mantener el autor, sin desmayos. Es un libro que me parece muy recomendable para gente joven, que tanta veces piensa que la calidad está reñida con el entretenimiento y la reflexión. El otro libro son las Novelas cortas, de Iván S. Turguénev (Alba), el más europeo de todos los escritores rusos clásicos. Una especie de anticipo de Nabokov. Estos relatos son lo más granado de su escritura, lo más ágil y vivaz, lo menos retórico. Como dice el traductor y prologuista Víctor Gallego “Turguénev no tiene la profundidad de Tolstoi ni la angustiosa clarividencia de Dostoievski, pero los cuadros que presenta no son menos turbios y catastróficos”. Y hermosos. “Remanso de paz” y “Primer amor” son verdaderas joyas de la literatura del XX. Y hablando de rusos. Siempre se está a tiempo de leerlos y releerlos. Pero a veces hay libros que se esconden un poco más, entre el resplandor de tanta obra maestra. Es el caso de los Diarios de Tolstoi (Acantilado). Estoy leyéndolos ahora y no tienen desperdicio. Agudeza y confidencia. Rastros de vida, opiniones literarias... Un gozo para el que lo sepa apreciar.

lunes 28 de diciembre de 2009

Más de mi agenda



Todos pensamos lo mismo: “Se escribe demasiado”. Entonces, ¿por qué no dejamos de escribir? ¿Por qué nadie da el primer paso? Con razón se podrá decir que me aplique el cuento. Pero resulta que no soy tan valiente. Ni tan cuerdo.



La Navidad es el cumpleaños de la historia. Lo anterior era su gestación.



Es algo imposible, lo sé, y del todo incorrecto, pero saldríamos ganando si dejáramos de leer a nuestros contemporáneos. Para empezar ganaríamos tiempo, y también un espacio crucial en las estanterías. Y nos permitiría descubrir y explorar paisajes que de otra manera es muy difícil que contemplemos.



Cuando escribo es como si estuviera envolviendo un regalo. Cuando leo es como si lo estuviera abriendo.



De madrugada, solo, en la cocina. Leo. ¿Qué importa el libro? El tic-tac del reloj me hace más viejo. Y cuando levanto la vista pienso si es verdad todo esto.



Dios está siempre conmigo. Pero, ¿y yo con Él?
E inmediatamente después otras dos preguntas me interrogan: ¿Cuál es la razón de mi vida? ¿Qué es lo que me mueve a hacer las cosas?
Se requiere sinceridad en el envite.

domingo 27 de diciembre de 2009

Más libros para regalar en Navidad, Reyes o cuando bien apetezca (IV)


Los libros van y vienen, se reeditan, se leen o no se leen, se olvidan, se regalan, se suceden. Una vez editados los ves en los escaparates por un tiempo (si tienen esa suerte) o debajo de otros montones ingentes. Los que buscas hoy no los encuentras (como los de Papini o Mauriac o Maurois o Silvio Pellico). Encuentras los de siempre. Hay infinidad de libros que parecen el mismo libro. Y la mirada se escurre por las portadas y lomos. Te entretienes con los de formato más pequeño o con esas colecciones o editoriales que nunca te fallan. Y de repente un hallazgo, no sé, las Virutas de taller (1995-2004) de Miguel D’Ors (Los papeles del sitio), esos apuntes a pie de poema o de ensayo o de artículo o de lecturas; esas notas tomadas en plena montaña, o esos restos de ideas; fotografías de instantes, comentarios o melancolías; virutas que dan fe del trabajo del poeta y del escritor y del profesor y del hombre que busca un poco de felicidad, o un consuelo a tanta mugre. O encuentras Las bibliotecas de Dédalo, del turco Enis Batur (Errata Naturae), de quien no sabes nada. Pero lees en la contraportada que es bibliófilo y que perdió su biblioteca en un incendio, y eso ya te desarma por completo, y te sientes hermanado a él de por vida. Lo compras, lo compras. ¿Cómo no comprar un libro cada vez que vas a una librería que se llama nada menos que “Los portadores de sueños”?

Y luego pasas por otra librería que no está muy lejos y buscas los libros de tus amigos por los estantes. Para dejarlos más a la vista. Hojeas libros de Maritain y otros de Romano Guardini (del que guardas en casa como un tesoro su breve y brillante ensayo El santo en nuestro mundo, editado allá por 1956 y traducido por Jose María Valverde). Al final compras el libro Humanismo, los bienes invisibles, de Juan Luis Lorda (Rialp), del que me gusta mucho esa manera tan suya y tan sencilla de expresar lo sublime, esa hilazón que une las artes y las letras, lo bello, con la mirada atenta de Dios y con lo mío cotidiano. Y llegas a casa y te sientas y los acaricias, y comienzas a leer cualquiera de ellos, satisfecho del paseo.

William Dean Howells (1837-1920) era un diplomático norteamericano. E hispanista. Cónsul en Venecia, sobre la que escribió Vida veneciana. La prestigiosa editorial Páginas de espuma lo publica por vez primera en español, con una traducción excelente de Nuria Gómez Wilmes y un prólogo de Henry James (que yo tuve a bien saltarme, algo que suelo hacer, siempre que el prólogo no sea de Borges). La portada atrae y te sumerge en lo que fue la Venecia del XIX. La prosa es detallista, dando cuenta de las costumbres, espectáculos, mercados… Es un diario y un libro de viajes; un diario que percibe con gracia y perspicacia y buen humor lo que ocurre. Delicioso. ¡Qué envidia vivir en Venecia, en aquella Venecia de entonces!

Y hablando de Venecia… Jacobo Siruela, después del éxito personal -insisto: es el libro del año- que supone la publicación de los Escolios a un texto implícito, del para mí ya maestro Nicolás Gómez Dávila, ahora publica en su editorial Atalanta y en dos tomos, nada menos que la Historia de mi vida, de Giacomo Casanova. Un texto por fin completo, traducido por Mauro Armiño y prologado por Féliz de Azúa. Yo no digo que sea un libro para todo el mundo, pero desde luego es una de las obras maestras de la literatura universal en el terreno de las memorias. El siglo XVIII desentrañado, vivo, desfilando ante nosotros en todo su esplendor y decadencia, en la intimidad del amor y en el dolor del desamor, que se prodiga más de lo que debiera. Para mí Casanova se resume en el poema que sobre él escribió Antonio Colinas en su libro Sepulcro en Tarquinia. “Giacomo Casanova acepta el cargo de bibliotecario que le ofrece, en Bohemia, el Conde de Waldstein”. Ahí está todo, y creo que es el prólogo necesario para ponerse en situación a la hora de leer su Historia. Habla Casanova: “Escuchadme, Señor, tengo los miembros tristes. / Con la Revolución Francesa van muriendo / mis escasos amigos. Miradme, he recorrido / los países del mundo, las cárceles del mundo, / los lechos, los jardines, los mares, los conventos, / y he visto que no aceptan mi buena voluntad. (…)”. Y concluye magistralmente: “Señor, aquí me quedo en vuestra biblioteca, / traduzco a Homero, escribo de mis días de entonces, / sueño con los serrallos azules de Estambul”. Es el tono nostálgico de su vida, su pasión por las cosas, el miedo al olvido…

Hay que volver sobre aquellos libros que seguimos teniendo presentes, que nos llaman, que son referentes de nuestra vida. Releer emociones que creíamos olvidadas, soñar desde la gran literatura. Orgullo y prejuicio es uno de esos libros. Una gran prosa y una gran historia. Que no cansa, que no aturde. Que deja en la mirada un poso de paisajes y de almas. El amor como quicio del hombre. Como alumbramiento y madurez. Y todo ello en esta edición tan especial de la editorial Alba, con esas delicadas ilustraciones de Hugh Thomson y la excelente traducción de Marta Salís. Un disfrute completo e inolvidable.

sábado 26 de diciembre de 2009

Más libros para regalar en Navidad, Reyes o cuando bien apetezca (III)


El sufrimiento a lo largo de la Historia da mucho que pensar. Y más cuando ha venido originado por la sinrazón de tiranías que han abolido el alma del hombre y que han escarnecido su libertad, su vida. En nombre de ideologías esquizofrénicas e irracionales. Dictaduras del mal en definitiva. ¡Tantas personas torturadas y asesinadas y desaparecidas! Como si fueran moscas, bichos, nada. La furia del infierno desatada sobre la tierra, con la colaboración de muchos. Y en todo esto se llevan la palma el paraíso soviético (todavía hay cultivadores del marxismo) o la demencia nazi. El mal. Millones de vidas segadas de cuajo. Por odio, por racismo, por fanatismo… El mal por el mal. Contra Dios. Y traigo aquí varios libros que ilustran lo que digo. Y soy consciente de algo: hay muchas personas que no quieren leer este tipo de literatura. Sencillamente porque duele, y una tremenda tristeza se apropia del lector. Lo entiendo.

Diario de un desesperado, de Friedrich Reck (Minúscula) estremece. Leemos las entrañas del régimen nacionalsocialista, el día a día. Desde 1936 hasta poco antes de su asesinato en Dachau. Un conservador que, como otras personas, hace lo que puede por contrarestar aquella locura. Y que se ve impotente. Y escribe con clarividencia lo que está sucediendo a su alrededor. Y da fe de ello, y lo critica con sagacidad y mordiente. En el mismo centro del régimen y de su horror. Su pensamiento hervía, su alma buscaba una pizca de esperanza. El diario tiene como colofón un muy interesante ensayo biográfico de Reck, escrito por Christine Zeile. Es la primera vez que este gran libro -esta vida- se traduce al español. Otro buen libro que nos ofrece una perspectiva de esa realidad más cotidiana es Vida y muerte en el Tercer Reich, de Peter Frizsche (Crítica). Y como obra maestra he de considerar los dos volúmenes del historiador Saul Friedländer editados por Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores. Bajo el común título El Tercer Reich y los judíos, un volumen se ocupa de Los años de persecución (1933-1939) y el otro de Los años de exterminio (1939-1945). La erudicción puntualiza de forma brillante una narracción que pone los pelos de punta. Y en el holocausto soviético quiero destacar un libro: Los que susurran (la represión en la Rusia de Stalin), de Orlando Figes, editado por Edhasa. Uno siente la humillación y el desprecio por el ser humano, siente lo demoníaco, el terror y la tristeza congénita de la madre Rusia. La Historia enhebrada desde las vidas privadas, desde sus cartas y fotografías, apuntes y recuerdos.

Si hay dos poetas españoles del siglo XX por los que siento especial debilidad -aunque por debajo de Pedro Salinas- estos son Unamuno y Juan Ramón Jiménez. Pero de cuando en cuando se me cuelan de rondón don Antonio Machado o Claudio Rodríguez. El caso es que acabo de leer una magnífica biografía del autor de El Cristo de Velázquez. Miguel de Unamuno, de Colette y Jean-Claude Rabaté (Taurus). Uno de los grandes de nuestra literatura y de nuestro pensamiento. Julián Marías se dio cuenta de ello y lo dejó por escrito. Como lo hizo María Zambrano. Y lo estudió muy bien en su avatar y meollo religioso el gran Charles Moeller, en su Literatura del siglo XX y cristianismo (Gredos). Yo conocía la biografía de Luciano González Egido (Junta de Castilla y León), así como el imprescindible Agonizar en Salamanca, Unamuno, julio-diciembre 1936 (Alianza), del mismo autor. Y cuando ya pasaba a otras historias me vienen a la cabeza dos libros más sobre Unamuno que me parecen de interés: El designio de Unamuno, de Juan Marichal (Taurus) y Cuatro filósofos en busca de Dios, de Alfonso López Quintas. Y sobre Juan Ramón se ha editado en las publicaciones de la Residencia de Estudiantes un Álbum delicioso (antes se habían publicado los de Neruda y Cernuda). Delicioso para todos aquellos amantes del poeta de Moguer y de los libros bellos en contenido y diseño. Acompañan a todo ese despliegue de fotografías y versos, en lo biográfico, unas páginas de Javier Blasco y un más que interesante “Calidoscopio juanramoniano” de Andrés Trapiello. El despligue de fotografías es para disfrutar despacio, y en ellas está la más verdadera y cierta biografía de JRJ.

viernes 25 de diciembre de 2009

Es Navidad, por favor haya paz



Haya paz, sí. Ha nacido Jesús, el Verbo de Dios. La Palabra hecha carne. No discutáis por favor. Hay que ceder un poco. No es cuestión de disimular, es cuestión de amar. A cada uno y a cada una. Lo habitual es que estés con tu familia. Deja las ironías y las disputas. Vamos, entonemos unos villancicos, sé agradable. ¿Tanto cuesta? No siempre tiene uno la razón. Pero si son majaderías. ¿Merece la pena agriar el día y la noche, la venida de Dios, por esa discusión inútil? Y voy a decir lo obvio: Navidad no es ponerse de comer hasta las trancas, ni es jugar al dominó o al mus, ni es ese aluvión de regalos. Navidad es Dios. Navidad son los otros. Navidad es estar pendiente de que los demás se sientan a gusto. Navidad son las pequeñas cosas que pasan desapercibidas. Es ayudar a recoger los platos mientras miras de reojo al Niño. Y escuchar con atención lo que te dicen. Haya paz, por favor. Que nazcamos también nosotros a una vida más sobria y más sensata. Más atenta al perdón, a no tomar en cuenta un mal gesto o un silencio inesperado. Dios está en cada una de esas personas que están a tu lado. Atentos. Que en tus palabras no haya un grito. ¿Para qué? No le des tantas vueltas. Y vas y te asomas al pesebre. Y sonríes al Niño. Y Le dices: “Esta es Tu familia, ¿qué quieres que haga?”. Y sentirás que eres más feliz, que la Navidad es de todos. Sentirás que la Navidad es el corazón de la historia, y que por eso lo celebramos: porque estamos vivos gracias a la Navidad. Nace el Amor: tan endeble, tan pobre. Nace para entregarse a ti y a mí, nace para entregarse por ti y por mí. Para que cobre sentido lo que somos, hacemos y decimos. Y vuelves a la algarabía, a tu familia, a los que te quieren… Canta, canta esos villancicos. Por favor, haya paz. La Navidad es cosa de Dios. Y ser feliz es posible. Y sin que se den cuenta -absortos como están en la melodía- ve a por el turrón y los mazapanes.

jueves 24 de diciembre de 2009

Más libros para regalar en Navidad, Reyes o cuando bien apetezca (II)



Uno se estaría horas yendo de librerías, buscando ese título inesperado o esa edición primorosa. Libros para uno y libros para los demás. Libros para todos. Hurgando por los estantes, preguntando al librero, ensuciándote las manos del inevitable polvo bibliófilo. Paseos cortos por los pasillos. No te das por satisfecho. Y hojeas la edición de la Poesía completa de José Hierro que ha editado Visor en buena hora. Y la pides para Reyes, aunque tengas muy leídos todos sus libros (o precisamente por eso). Pero te hace ilusión tener también este, reunido todo su verso. Y ves los últimos volúmenes -el IV y el V- editados de la Obra Completa de Miguel Delibes por Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores. Unos volúmenes que me permitirán volver sobre uno de los novelistas españoles que más quiero y admiro. Por sencillo, por esa prosa tan tersa y natural, por esas tramas donde reconoces en los personajes detalles de gente que conoces o has conocido. Lejos de la retórica inflada y emperifollada de otros. Y un poco más allá veo otro tanto que se apunta Cátedra en su Biblioteca Aúrea. Que no paran. Nada menos que las Obras completas de Fígaro o Larra. Edición primorosa, limpia de obras dudosas y con el añadido de otras apenas conocidas, e incluso artículos inéditos. Larra es uno de nuestros escritores de mayor frescura y personalidad. Larra tiene más hondura y belleza que una docena de Rimbaud. Es lástima que se lea tan poco, que parezca que sea sólo un escritor que es lectura obligatoria en algún curso de la universidad, y poco más. Sus artículos periodísticos desgranan nuestra propia actualidad e identidad. Es uno de los grandes prosistas españoles. Y lo bueno que tiene es que al ser tan poco leído es una continua sorpresa la que asalta al lector, una soberana delicia (pertenece a ese género de escritores "escondidos", como Menéndez Pelayo o Alfonso Reyes o Gabriel Miró o Juan Valera -en su correspondencia- o Azorín o... Miguel d'Ors). Y la Biblioteca Nacional ha organizado una exposición en los 200 años de su nacimiento: “Larra, Fígaro de vuelta”, al frente de la cual está el profesor Leonardo Romero Tobar. Dejemos un poco de lado a los escritores suecos y valoremos lo nuestro, la literatura española. Y la de Mariano José de Larra tiene, además, su intriga amorosa, su desamor y su suspense. Y se lee como el agua: con claridad.

Más. Acabo de leer hace un par de días El barco de la muerte, de William Clark Rusell (Valdemar). Si hay quien le interesan las epopeyas marineras y además gusta de espectros -que no sean políticos-, y sentir de cerca la emoción del espanto y del abismo, este libro es adecuado para él. El mito del “Holandés errante” redivivo. Ese bajel que surca los mares, tripulado por “cadáveres vivientes”, y su capitán Vanderdecken. Y el protagonista, joven marinero, que acaba en dicho terrorífico barco tras ser abandonado por sus compañeros de travesía, y que allí encuentra como contraste el amor de Imogene. La tempestad los une y las ganas de huir de allí. Y cita a Marlowe: “¿Quién que se haya enamorado no lo ha hecho a primera vista?”. Una aventura espeluznante. “Sí, era un barco con el que soñar si el alma pudiera escabullirse del espanto que la idea de la maldición y la apariencia de sus hombres inspiraban”. Valdemar no defrauda en ninguno de sus libros. Les aconsejo, para que caigan más en la cuenta, que lean una selección de los mejores relatos de misterio y crimen aparecidos en dicha editorial. Esta antología es un tesoro. Su título: La sombra del asesino.

Hay ocasiones en que la vida te deja como a un náufrago en la orilla del salón. Y buscas orientación y calma y un poco de sensatez. Escuchas el lejano fragor de esas otras olas -galerna debe ser- que surcan la calle. Pocas son las fuerzas, y el ánimo flojea, y sientes que necesitas descansar. Y volver a creer en esos asuntos que tanto te fascinan: el amor, la belleza… Dejar la mirada distraída en algún reflejo o libro de arte. Esos libros de gran formato que recogen tu cansancio en el aroma de sus páginas. Pinturas, esculturas, bibliotecas, atlas, decoración, arquitectura… Y tomas de la mesa Arte (guía visual para entender el arte), de Andrew Graham-Dixon (Electa). ¡Qué deleite repasar la historia del arte, en sus principales esculturas y pinturas! Fijarte en los detalles de los ojos, de las casas, de la piel desnuda… Fijarte, contemplar su imagen, su forma y color. Arte: la historia del hombre en toda su excelencia. Arte: trascendencia, alma, conciencia de ser algo más que tiempo. Obras claves: el genio humano, la armonía del gesto y del paisaje. Perspectiva y aprendizaje. Lenguaje que pinta y que esculpe lo invisible de lo visible. Análisis del arte, imaginario universal, anhelo, descanso en la felicidad que nos regala la belleza. Y pasas las manos por esas láminas que reproducen, para nuestra mirada, otras muchas miradas. Vivir es saber ver. ¡Qué hermosura de libro! Arte, civilización… La sensibilidad del artista. Y el alma del que ve.




(Continuará)

miércoles 23 de diciembre de 2009

Más libros para regalar en Navidad, Reyes o cuando bien apetezca (I)






Nunca es malo regalar un libro. No seré yo de los que los idolatran hasta el extremo de decir que un libro es el colmo de la felicidad o la única salida para el hombre. No. Eso es demasiado y no es verdad. Pero lo que es cierto es que un libro alegra la vida, la entretiene. O nos ayuda a conocer o a vislumbrar olvidadas esperanzas o cobijos. Desde luego un libro es para leerlo. No se rían. No todos piensan lo mismo, o será que no les alcanzan las fuerzas, o el alma, o el tiempo. Siempre estamos bien provistos de pegas. Y cada vez son más las personas que me escriben y preguntan. “Dime una novela interesante…”; “dime un librito que no sea muy caro para…”; “dime lo más ameno que has leído últimamente”; “dime si conoces un libro de amor”; “dime una novela histórica de fiar”; “dime un libro para leer (sic), pero que no sea poesía, lo siento”… Y entre dimes y diretes les confieso que muchas veces no sé ni qué decir. A uno le deben de ver como un libro andante, como un bicho raro que lee porque igual no tiene otra cosa mejor que hacer y distrae así la vida, o sólo sirve para eso. Y puede que no vayan muy descaminados. Yo lo entiendo como una manera de hacer familia, de rodearse de buena gente, que te cuentan asuntos de interés cuando nadie te hace caso o despotrican de ti o la soledad te alcanza.


Les contesto que ya escribo sobre libros, que los sugiero aquí y allá, que en mi blog tienen un buen montón para empezar… Nada, quieren más títulos. Más. Y yo pienso que total para qué. Unos se quedarán sin abrir y otros dejarán una señal allá por la página veintitantas (“me vence el sueño, es demasiado para mí”). Pero vale, venga, más libros. Y que cada uno escoja y se ciña el lomo. Por empezar por asuntos de enjundia espiritual hay un autor que me gusta: Henry J.M. Nouwen. Su Regreso del hijo pródigo (PPC) ya se ha convertido en un clásico. Bueno, pues añadan el muy breve y esencial Con el corazón en ascuas, meditación sobre la vida eucarística (Sal Terrae), libro que me gustaría ir aprendiendo de memoria e interiorizar despacio. Y como complemento un librito enjundioso de entrevistas: Henry Nouwen: las claves de su pensamiento (PPC). Y no se pierdan Por qué soy católico, de Chesterton (El buey mudo), que recoje sus artículos sobre el tema. Para leer despacio y lápiz en mano. Lo dice el escritor londinense en alguna de esas páginas: “el mundo apenas tolera lo que no sea una moda o un olvido”. Un libro donde el cristianismo se presenta como la eterna y auténtica novedad. Se me olvidaba. Si les gustan las historias de conversos al catolicismo recomiendo El fuego de la montaña, de Eduardo de la Hera (San Pablo).


Vamos con novelas, que siempre es lo más esperado. Sólo pretendo sacar a la palestra algunas de las que más me han gustado estos últimos meses -sin contar sobre las que ya he escrito-. De entrada una bien entretenida y llena de ingenio y suspense. Roseanna, de Maj Sjöwall y Per Wahlöö (RBA). Los autores son marido y mujer, y parece ser que dentro de la publicitada literatura sueca de género negro, estos son los mejores. Mi debilidad por las obras de Camilla Läckberg es un hecho, pero debo confesar que Roseanna es una muy afortunada novela. De todas formas me ha gustado más El hombre que se esfumó, de los mismos autores. ¿No han leído La maestra de piano, de Janice Y.K. Lee (Salamandra)? Según vas leyendo vas cayendo en un embrujo muy sutil. El tratamiento de los personajes es lo más sobresaliente, en una trama donde los sentimientos se engarzan en el contraste de Oriente y Occidente, en la ciudad de Hong Kong, de donde es originaria la autora. Y una novela que me ha parecido una verdadera obra de arte es la última obra del Nobel Orhan Pamuk, El museo de la Inocencia (Mondadori). Una novela sobre el amor y desde el amor. La pasión, el deseo y los afectos (y efectos). El paisaje de la ternura y también de la obsesión. De fondo Estambul. El amor como gran misterio, como redención e inquietud. Genial. Un libro extraordinario. Como extraordinario es siempre volver sobre una obra de Alejandro Dumas. En este caso La guerra de las mujeres (Siruela). La historia de dos mujeres que luchan por la influencia en el poder y en el amor. ¡Qué astucia la de las féminas! Mucho más que mosqueteras: espías sibilinas; amantes peligrosas. No hay tregua entre ellas.

La verdad es que el irlandés John Boyne con su obra El niño con el pijama de rayas me sorprendió. Más por la historia en sí, que por la calidad narrativa. Después vino el Motín de la Bounty, que sinceramente y pese a pasar el rato, me parece una floja novela. Pero su último libro, La casa del propósito especial ya es otra cosa. Los recuerdos de Giorgi cautivan sin remedio, en una espiral de acción y melancolía. Giorgi será miembro de la guardia personal del único hijo del zar Nicolás II. Y de su mano entramos en la alegría y en el dolor, en la historia recreada, y en lo que bien pudo ser. Es la voz que nos cuenta la intimidad de la familia imperial. No puedes dejar de leer y cuando terminas quisieras seguir, saber más.


(Continuará)

martes 22 de diciembre de 2009

Escalofríos



Esta mañana, antes de salir de casa, he sentido miedo. Todavía me dura el temblor y la desazón. Un sonido era el culpable, un sonido ha sido el comienzo de esa angustia. Un sonido que no sé definir muy bien, como de alguien que al pasar tirara algo. El miedo se ha manifestado en un inmediato escalofrío. Me he agarrado al teléfono con fuerza y he sentido con total claridad que no estaba solo. He marcado apresuradamente unos números. Temblaban mis dedos. Mi mujer no contestaba. Uno y otro intento. Nada. Quería que su voz me acompañara, me dijera cualquier cosa con tal de no seguir sintiendo ese miedo. Instintivamente he comenzado a rezar en voz alta mientras iba de habitación en habitación encendiendo nervioso las luces. Todo parecía estar en su sitio. Y la puerta de casa estaba bien cerrada. La presencia persistía, al acecho. Claro, esto se dice, o se escribe, y la gente puede pensar que el cansancio ha hecho definitivamente mella en ti, que estás agotado o quizá enfermo, y que tus sentidos improvisan cualquier cosa. Pero yo me sentía observado, os lo juro, no es invención, ni un amago de fantasía… Entonces escuché otro ruido. No era igual que el anterior, esta vez sonaba a hueco. Mi miedo se fue haciendo más denso. No voy a mentir aquí, necesito decir que presentía una realidad maligna y sobrenatural. Y vuelvo constantemente la vista atrás y creo que algunos me tacharán de loco. Total, por unos ruiditos. No, yo sé que era algo más. Lo supe desde el principio. Haciendo acopio de valor crucé raudo la biblioteca hacia el cuarto de los niños, desde donde creí que venía el nuevo sonido. Calma, calma, me decía a mi mismo. Calma… ¡Dios! ¿Cómo tener calma en una situación así? El miedo se iba apoderando de mí. Entré en la habitación súbitamente, porque si me lo hubiera pensado jamás hubiera entrado. Lo que vi no me espantó. Absoluta normalidad. El desorden habitual, pero nada más. Normalidad... Rezaba, cantaba, intentaba contactar una vez y otra con mi mujer. Tenía que salir de allí, de inmediato. El miedo había hecho presa en mí y no había forma de zafarme de él. Y esa presencia no se iba… Voy a dejar de escribir estas líneas. ¿Para qué? Es absurdo contar estas cosas. Se mofaran de mí, eso es seguro. Y habrá quien piense que sólo intento hacer un poco de literatura. O que amago con un sueño. Lo dejo aquí. A nadie se lo deseo. Y que cada uno piense lo que quiera.

lunes 21 de diciembre de 2009

El pajarillo




Ven, mira. ¿Lo ves? ¿No? Acércate un poco más. Más aún. ¿Que no ves nada? No lo entiendo. Es imposible que no lo veas. Si está ahí, ahí mismo. Espera, abre bien los ojos. Y el alma. ¿Ya? ¿Que no? Arriba, entre esas ramas. ¿No lo ves? ¿No oyes cómo canta? Sí, sí, arriba, encaramado a ese rayo de luz. Fíjate mejor. ¿Será cosa mía? ¿Pero tú lo escuchas, verdad? Es un pájaro muy pequeño, casi imperceptible. ¿Nada? En fin, déjalo y perdona... Claro que lo estoy viendo, ¿qué te piensas? En cuanto he salido al balcón he oído su canto. Es como si todos los demás sonidos hubieran desistido de pronto y sólo quedara él. Y yo. Enseguida lo he visto. Y lo veo, mientras hablo contigo. Debe de tener frío. ¡Si pudiera hacerle venir aquí de un vuelo! Pero estoy tonto. Sí, me quedo hasta que se vaya, gracias. Pobre pajarillo, pobre, ahí, a solas con su canto, temblando. Mira, mira, agita sus diminutas alas. Ah, te has ido, hablo solo. Bueno, ya somos dos soledades. Ahí y aquí. El pajarillo y yo. Pronto habrá acabado todo. Quedará ese rayo de luz y esas desnudas ramas. Levantará el vuelo y ya está, sólo habrá sido un instante. Algo tan pequeño, tan breve. Nada.

domingo 20 de diciembre de 2009

Me preguntan que por qué creo



Fundamentalmente creo porque Dios me otorga Su gracia. Esto no tiene vuelta de hoja. ¿Dónde estaría yo sin Él? ¿En qué arrabales del alma? Y por otra parte creo porque me da la gana. Me da la gana decirle a Dios que Le quiero y que me perdone, las veces que haga falta. Y que aquí estoy, aunque la pifie. Y por más que me devano los sesos no encuentro otra manera de ser feliz. Feliz feliz, que conste, sin hacer el paripé. Me refiero a sentirme en Su compañía, a vivir el Evangelio en mis propias carnes. No hablo del libro o libros, hablo de Él, del Cristo. Comulgarle. Casi siempre me encuentra medio lelo o camino del Emaús de turno, cabizbajo, meditabundo, mohíno. Pero se hace el encontradizo, y lo que resulta más prodigioso: me habla. Tiene bemoles el asunto. Dios me habla. Dicho así, parece que estás de coña o que hay razonables circunstancias psicológicas y eso. Pues no. No es resultado de ningún trance o sensibilidad predispuesta por mi parte. Yo sé lo que oigo. Es un lenguaje de consuelo y alegría, de amor contundente y diáfano. No hablo de incienso y agua bendita. Hablo de palabras que me toman por asalto en plena calle o haciendo fila en el banco, mientras miras los ojos verdes de aquella chica. Me preguntan que por qué creo. ¿Cómo no creer en Alguien que da la vida por ti, día a día? ¿Cómo no creer en Alguien que me ha regalado la mía, y que la respira? Creo en Dios porque Lo tengo a ojos vista. Hecho hostia y belleza y familia. Su Providencia me lleva de la mano. Motivos de credibilidad tengo todos los del mundo. Desde que me levanto y le doy un beso a mi mujer y rezo una avemaría. Y escucho el tintineo de las cucharillas en el café con leche. O abro el correo. O leo unos versos de alguien o bebo un vaso de agua. Y veo cómo se posa la luz en las cosas, a manera de sacramento. Y veo imágenes y semejanzas de Dios en los rostros con los que me cruzo. Suyo es el poder y la gloria. Y mi alma. Y mi tiempo. Y la libertad con la que Le niego cuando se tercia. Creo porque veo, ya digo, y amo. Y porque el mundo es un sortilegio de pureza. Y esa ternura divina que se me aparece entre unas margaritas, en un cuadro de Ramón Gaya o en el perfume de las sábanas limpias.

sábado 19 de diciembre de 2009

El laberinto de los regalos

¿Qué pedir? ¿Qué comprar? ¿Qué regalos podemos hacer? Si lo tienen todo. Si lo tenemos todo. Si lo que necesitamos de verdad es tiempo para disfrutar de esas cosas que regalamos y nos regalan. ¿Qué le hará ilusión? No sé, no sabemos. Ni siquiera él lo sabe. Ni ella. Si le preguntas dirá que quizá lo mejor es la sorpresa, lo que tú quieras. Nada, un detalle cualquiera. Y ahí estás. Ahí estamos. En el aprieto de lo superfluo, de tanta gente que viene y va en los comercios. ¿Qué le gustará? Venga, vamos. Señora, no empuje, que hay para todos. Y aceleras el paso, y la cabeza, en busca de algo que le agrade. Ya verás si le das dinero que contento o contenta se pone. ¡Qué dices! Eso ni de broma. Y prosigues el calvario. Tienda a tienda. Dudando siempre. A mí sólo se me ocurren libros, lo siento. Y con el plus de que me dejen tranquilo leyendo a veces. Es todo lo que pido, y ya sé que soy limitado y monocorde. Y negativo. Vale, vale, es verdad, debo pensar en los demás. ¿Y ese sombrero? Mira, mira este brazalete. Es bonito. ¿Caro? Pues claro, por eso reluce tanto. Voto por unas películas del Oeste y unos cómics. Para empezar y darnos ánimos. ¡Qué original! Entonces ¿qué? ¿Abalorios tecnológicos? ¿Fruslerías que a los dos días se olvidan en el limbo de los cajones y armarios? No digas tonterías. Dudo si en nuestra sociedad hay ilusión por algo. Es una sociedad saciada y a la vez insaciable. De bobadas por supuesto. Filosofías. Bueno, filosofías. Por eso creo que lo mejor es un libro para cada uno. Pesado. Menos para ti, cariño. Para ti no hay libro que diga lo que te quiero. Para ti unos zapatos, unas medias y un vestido. Y un bolso a juego con lo que digo. Y una chaqueta y un abrigo que te abrigue del miedo. Y una pulsera y un reloj que te diga la hora del cielo. No sé ni lo que digo entre tantas luces. Pero ya me entiendo. Imposible comprar nada contigo. Bueno, pero estamos juntos ¿no te parece?

viernes 18 de diciembre de 2009

“Cuentos completos”, de Robert Louis Stevenson



Durante un par de semanas he viajado por paisajes llenos de intrigas, aventuras y desafíos. Lo he pasado muy bien. El viaje ha merecido la pena. Y me ha dado mucho en qué pensar. París, las inverosímiles calles de Londres, las playas de Escocia o esa delicada campiña inglesa (que Dios proveyó para mayor beneficio de caballeros y damas, pintores o avezados literatos). Incluso llegamos hasta Hawai y… Mi guía era soberbio, extraordinario. Para pasar el rato me iba contando sucesos, algunos de ellos inauditos e inquietantes, vive Dios que así era. No me aburrí en ningún momento del camino. Escuchaba con sumo placer sus palabras. Apenas me atrevía a interrumpirle. Sólo para subrayar algún pasaje especialmente emotivo o cierta frase que me llamaba la atención, o para recordar que ya era hora de comer o de cenar o de retirarnos cada uno a su aposento. De cualquier forma no fueron pocas las madrugadas en que le miraba embebido, rendida la voluntad a aquel derroche de imaginación o lo que fuera.

Durante el trayecto no faltaron incidentes que interrumpían desabridamente nuestro coloquio, o pasajeros a los que les carcomía la curiosidad, pero fuimos lo suficientemente cautelosos y discretos. Mi guía y compañero es un auténtico especialista en mantener el alma en vilo. Pero no se queda ahí. Analiza el comportamiento humano con pormenores que no deben pasar desapercibidos. No pierde facultades con el paso de los años. Para nada. Muy al contrario: se crece, se reinventa. Yo ya no sé si todo es propio de su fantasía o son devaneos de su propia vida (incluidos los sueños, que forman parte de nuestra realidad, como es sabido). Con él todo parece memorable y no hay nada que no tenga su ápice de misterio. Y nunca te puedes fiar de las apariencias. ¡Qué hombre! Su naturaleza es evidentemente compleja, pero a la vez sencilla, sin tapujos. Y genial. Naturaleza artística, sin duda. Él mismo me lo dijo en uno de los cuentos más memorables que me contó: “Un sitio donde pasar la noche”, en el que el personaje principal es el poeta Villon. “En muchos sentidos, una naturaleza artística incapacita al hombre para la vida práctica”. ¿Lo diría también por él mismo? Estoy seguro de que sí.

No puedo olvidar fácilmente dicho viaje. Otras veces habíamos viajado juntos, pero las circunstancias cambian y la amistad es mayor. No me importaba que repitiera ciertos relatos, como “La isla de las Voces”, o “El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde”, o los de “El club de los suicidas” y “El diamante del rajá”, con el impredecible y elegante príncipe Florizel de Bohemia, un caballero que como bien decía mi amigo y guía “sentía inclinación por modos de vida más aventureros y excéntricos de aquellos a los que estaba destinado por nacimiento”. La verdad es que yo no sé si lo decía más por él mismo que por el ilustre príncipe. “La vida es un aliento que se disipa”, y de ahí la necesidad de soñar y de contar, de imaginar quizá las aventuras que uno jamás va a emprender.

Mi buen amigo Robert Louis Stevenson siempre está presente en mi vida. No pasa mucho tiempo sin que vuelva a escuchar sus narraciones. Lo necesito. Necesito saber de él, de sus sueños, de mis sueños. Por eso que la editorial Mondadori, en su colección “grandes clásicos”, haya recogido en un solo volumen aquellas aventuras y viajes lo tomo como un favor personal, como algo muy importante en mi vida. Estos Cuentos completos son el alma de alguien que sabía contar historias como muy pocos hombres lo han hecho.

jueves 17 de diciembre de 2009

“Dios es música”, de Pilar Márquez



“Dios por encima de todo… Dios nunca me ha abandonado”
Ludwig van Beethoven


Dios. Dios y la belleza. Dios en Su belleza. Dios que se prodiga en infinitos matices de belleza. Dios que engendra la Belleza en Su Hijo, y que nos redime por ella. Dios Amor, Espíritu y Persona y Fuego; entraña y esencia de toda belleza. Dios Poesía y Armonía supremas. Dios que nos crea a imagen y semejanza de Su belleza. Dios de almas que anhelan la eternidad de la Vida. Dios de cuerpos que son el esbozo del alma y el perfil de Su caricia. Belleza de Dios que canta en la intimidad del hombre. Dios que inspira la alegría y la gracia. Dios de Dios. Dios. Mi Dios. Dios que me nombra y llama. Dios que plasma en el lienzo del mundo un reflejo de Su belleza. Dios que funda las palabras y las significa. Dios que perdona con belleza, y que nos transforma con música o con un estallido de colores. Dios que infunde la vida y le da la posibilidad de nacer a la belleza. A la santidad. Día a día.

Dios. Y me topo con un libro que es como un himno, o cántico, o alabanza. Acción de gracias y clamor. Vocación. Un acto de fe, una oración. Ardor y enamoramiento. De Dios. De Su música y belleza. Dios-música. Un libro escrito por una mujer que canta. Por una mujer que es mezzosoprano y que siente que su alma danza. Y que analiza los acordes de la Trinidad a través de la música. La música como cifra de conversión y sanación y bienaventuranza. “En el principio existía la Música”, escribe. La esencia de Dios como Música, como relación y comunión de timbres, en una polifonía que suena en un solo acorde divino. Dios Trino, y Uno. Vibración del Amor que vibra a lo largo y ancho de la historia. Y que la dota de sentido y valor. Dios es música, de Pilar Márquez (PPC), y con ilustraciones de Isabel Guerra, no se puede reseñar como un libro cualquiera. Porque no lo es. La música como voz que pulsa el Misterio de lo inefable.

Y la autora reflexiona sobre ello desde su propia vida -con un entusiasmo que salta a la vista-, y desde las obras de músicos que así lo experimentaron. Músicos que prestaron oído al alma de las cosas, que supieron escuchar el amor de Dios, Su melodía. Y se sirve la escritora especialmente de Beethoven (el libro viene acompañado con un cedé de la sinfonía “coral” número 9, su última sinfonía completa). Dice: “La Novena sinfonía es un camino de regreso al Padre (…). Dejándose guiar por el Espíritu y uniéndose a Jesucristo quiere conducir a la humanidad a la morada del Dios trinitario, dándonos a conocer, por medio de su composición musical, la actuación amorosa y gratuita de Dios a favor del mundo y del hombre”. Sinfonía trinitaria, la llama. Asistimos así a una hermenéutica y a una filocalía (amor a la belleza). A una plegaria y a una teología. Un libro fascinante, que no se agota en una primera lectura ni por asomo y del que no sé que más decir, esa es la verdad. Mejor voy a escuchar la música de Dios en silencio. Y a releer algunas páginas.

miércoles 16 de diciembre de 2009

De prodigios y caligrafías




Cielo plomo. Tejados tristes, sin ni siquiera un pajarillo que llevarse a las tejas. Frío en la mirada y frío en las manos que escriben las letras de unas palabras dispersas. Escarcha y un humo que tiembla y boquea por las chimeneas. Cielo que se desploma sobre la mañana. Viento que golpea las ventanas y las ramas de los árboles al otro lado de la casa. Me abrigo con unos cuantos pensamientos y con una manta. Un entorno ideal para las felicitaciones navideñas. Deseos y más deseos. Abrazos, saludos, besos. Intento no repetir los mismos argumentos, renovar por dentro el alma del vocabulario que utilizo. Que lean a Dios entre líneas, a pesar de mi apresurada caligrafía. Ese es el propósito que busco en el prodigio de estas fechas. Con unas estrellas rojas o doradas que dibujo arriba o al lado de la firma que rubrica el silencio.

martes 15 de diciembre de 2009

“Las mujeres que no pierden el hilo”, de Thomas Blisniewski



Las mujeres no pierden hilo. Nunca lo han perdido. Están a la que cae. Se manejan por la realidad con más brío que los hombres. Son más agudas, más despiertas. Y encima nos miman y ponen su ternura y su vida a nuestra disposición. Ya sé que no todo el monte es orégano, pero yo me doy cuenta que son por lo general más sufridas y eficientes. Y el gusto que da abrazarlas -cada uno a la suya si puede ser-, acariciarlas con parsimonia, observarlas sin perderse un ápice de nada. Las mujeres no dan puntada sin hilo y se les suele escapar pocas cosas. A veces nos parece a los hombres que son demasiado complicadas, que dan mil vueltas al asunto más nimio… Exclamamos, tan simples (porque lo somos): “Con lo sencilla que es la vida”. Pero creo que no es justo. Su sensibilidad es más acusada y su cariño es un bien por el que uno moriría. Las mujeres nos enamoran sin remedio. Con su femenina cadencia, con su mirada, con el alma. De acuerdo, son un misterio, pero eso hace que el suspense sea mayor y que la vida adquiera una belleza más completa, llena de posibilidades inauditas. Incluidos los hijos.

Viene esto a que acaba de llegar a mis manos un libro exquisito. Las mujeres que no pierden el hilo, del historiador del arte alemán Thomas Blisniewski (Maeva). Sobre el estribillo del coser y tejer e hilar va construyendo una perspectiva singular de la historia. Los textos son acertados, unos textos que son la interpretación y análisis del papel de la mujer partiendo de diferentes pinturas. Es un libro de viajes y un libro de arte, un libro de historia y casi una novela (o relatos de distintos géneros). Porque contemplando estas pinturas imagina quizá el lector una historia distinta, o intrahistoria. Mujeres de todas las épocas ilustran el eterno femenino, en el denominador común de ese hilo que enhebra siempre una esperanza. En unos casos será un trabajo escondido, callado, quizá para ganar un poco de dinero para la familia, o acaso para zurcir la pobreza o enmendar los problemas. En otras ocasiones el hilo será una agonía que se hace demasiado larga, el amor que espera, la costura inmisericorde de una educación machista o el aburrimiento lisa y llanamente. Pero la mujer ha ido evolucionando. Lo ilustran Renoir, Hopper, Velázquez… Artistas que adentran sus pinceladas en la intimidad de esos momentos.

El cuadro de la portada se titula “Mending”, y es del norteamericano Kenton Nelson (un pintor que acabo de descubrir y que me parece una maravilla). Ahí tienen a esa joven cosiéndose el dobladillo de la minifalda, con esas piernas hechas de luz incandescente. Pero me parece que hoy son pocas las mujeres que cosen, las mujeres que están dispuestas a aprender a diseñarse un vestido por si mismas, etc. No hay tiempo, no hay tiempo. Y son muchas las que pierden el hilo de sus vidas -igual que muchos hombres-. Y no hay manera de enhebrar nada, empecinadas en trivialidades. El caso es que Blisniewski ha creado un libro delicioso, un libro -esta reseña es sólo una manera de promocionar algo meritorio y bello- que es un regalo para la inteligencia y para la vista. Y para la Navidad. O los Reyes Magos.

lunes 14 de diciembre de 2009

“Troppo vero”, de Andrés Trapiello



Una cosa es clara. Cada uno se entretiene en esta vida como quiere. O como puede. Yo leo. Además de quedarme absorto en lo que menos pudiera imaginarse. Pues eso: leo. Y leo de todo. Palabras y demás silencios al margen. Procuro un mínimo de calidad y me dispongo a pasar las horas en los diferentes rincones de mi casa, o donde sea, tal vez en una plaza o con mis suegros. Hace un momento he abierto por una página cualquiera los Escolios a un texto implícito, de Nicolás Gómez Dávila (desde que lo recibí, leí y reseñé lo llevo siempre encima, lleno de señales y marcas) y vean lo que dice: “El día se compone de sus momentos de silencio. Lo demás es tiempo perdido”. ¿Exagerado? No sé, pero no me negaran que resulta subyugante. Porque al final ¿qué queda? Quedan esos momentos en los que lees, escribes, piensas, miras, imaginas, rezas o fantaseas. Quedas tú, a solas. Y esa espuma que ha dejado en ti la marea del tiempo, y su oleaje. Y el lenguaje que habitas. Aunque a veces cuesta soportarte a ti mismo, y en otras ocasiones disfrutas con esos poemas o esos sonidos o esa hiedra tan verde.

Y siempre me he imaginado a Andrés Trapiello (1953) un poco así, solazándose en cosas pequeñas (o menudas, como él escribe), desbrozando el silencio con parsimonia y con esa caligrafía que dibuja esbozos del alma en su acontecer cotidiano. “No hay nada tan ameno como ver una nube montada en las aguas de un charco o de un lavajo. El camino a la eternidad”. En Las Viñas o en su casa de Madrid o de viaje o en el Rastro, hurgando entre infinidad de libros y emociones. Eso y también el testimonio de conversaciones varias y acontecimientos literarios. Y su familia, y sus amigos. Y las pertinaces tonterías de algunos. Y el propósito: “He de ser bueno y sencillo”. ¿Será posible? La literatura que lo inunda todo, que lo empapa. Vida y literatura. Concienzuda obra que late y que va cobrando altura y densidad y arte. Vida, sí, una vida que no puede pasar sin la literatura y sin la poesía, que no sé si se trata de lo mismo o de todo lo contrario. Diario y novela. Y elegía. Y ventanal por donde el lector se asoma con una curiosidad impaciente. Le sabe sacar el jugo al zumo de la luz o al canto de la nostalgia que sale del gaznate de un pajarillo. El mundo -¿qué si no?- es el Salón de los pasos perdidos, que el autor va recorriendo con más o menos ganas. Intimidad y ruido. Mujer e hijos. Donde uno se cansa de tanto trasegar, o descansa trajinando confidencias y confesiones por escrito.

Ante la entrega del último volumen -el dieciséis- de su diario: Troppo vero (Pre-textos), el lector disfruta de “lo de siempre”. La novedad suprema es la vida, que prosigue su andadura, que nos cuenta de sus achaques y experiencia, de reencuentros y paradojas, en su novela o diario o “diarivela” o lo que sea, en el año de Nuestro Señor de 2002. Escribe: "Esto no es, como creíamos, ni un diario ni una novela. Ni siquiera una dianovela o un novelario. Esto, señores, no es más que un vidario, el lugar en el que concurren los sueños y las vidas de las gentes, de modo que podríamos también apodar a su autor como el 'soñabundo'". He de confesar que yo disfruto mucho con esta magna obra que es ya el Salón de los pasos perdidos. Trapiello tiene el don de hacernos felices con los libros de esta serie, con palabras que nos envuelven. Uno se siente bien entre sus lares, disfrutando de lo que a uno le gusta (familia, libros, paisajes, etc.). Merodeas tranquilo, observas, y te deleitas en una frase cualquiera, donde te reconoces. Habrá quien piense que sobran páginas, que es todo un desmesurado exceso. ¿Y qué es la vida si no un exceso y una desmesura? ¿Y qué es la literatura más que el intento de interpretarla o contarla como a cada uno Dios le da a entender? Aquí hay de todo: enumeraciones, descripciones, conversaciones, anécdotas… Y de pronto esos pasajes que son verdaderos poemas en prosa (o prosa lírica). “Las tímidas, las frágiles, las erubescentes amapolas, el descaro de los campos de heno, el rubor de las cunetas”. En fin, la vida vista por un buen escritor. Intentando que no se escapen del todo los días y sus signos. Les aseguro que no cansa, es más, crea una definitiva adicción. Prueben. Lean.

PD. Y de postre la editorial Pre-textos ha editado Vidario. Se trata de un conjunto de opiniones y breves ensayos escritos por rendidos admiradores de esta aventura, que calibran matices y dicen lo que supone para ellos Salón de pasos perdidos en la literatura española, celebrando sus veinte años de vida escrita.

domingo 13 de diciembre de 2009

Felicitación Navideña 2009



Querida amiga, querido amigo:

Yo ya he puesto el belén. Bueno, para ser completamente sincero, lo han puesto mi mujer y mis hijos. Yo estaba escribiendo a ratos o leyendo las Virutas del taller, de Miguel D’Ors. De cuando en cuando me levantaba y, sin que se dieran cuenta, les miraba pensando que dentro de unos años ya no escucharé esas voces discutiendo sobre el musgo, la paja o la estrella. Serán mayores y vivirán en otras casas, y puede que hasta en otras ciudades o países. ¡Son tantos los presentimientos! Y tengo los libros llenos de fotografías que miro conmocionado. De hace ocho, seis o dos años. O incluso de las pasadas navidades. Esas miradas, esas sonrisas enmarcadas por la pureza de la nieve. Esa quietud que parece que se mueve. ¿Por qué extrañamos tanto lo pasado? Yo no pretendo aquí hacer literatura, pretendo que me entiendas, lector, que entiendas la alegría del instante y al mismo tiempo la pena, esa posibilidad de perderlo. En mi rincón ya ni leo. Escucho sus voces… Las manos en el libro, la cabeza en el respaldo, los ojos no recuerdo, y el corazón agradecido. Sin querer estoy rezando, aunque sea con ese poso de melancolía tan propio de estos días. ¿Seré alguna vez tan feliz como ahora? Todos juntos: mi familia. Mi familia junto al belén, alrededor del Niño Dios. Alguien entona “Campana sobre campana”… Cuando me quedo solo me siento en el suelo para apreciar cada detalle. Esas jóvenes muchachas judías asomadas a las ventanas de sus cuevas. Los pliegues del río donde nadan los brillos. Los soldados, los jóvenes agricultores, las lavanderas, los Reyes muy en la lejanía, el castillo de Herodes, los ángeles, los pastores. Y vuelta la vista al Niño, al hogar del alma donde está el pesebre. Jesús, te amo, y quisiera que te amaran todos los hombres. Hasta los más incrédulos: esos que ocultan su corazón entre sombras, barricadas y máscaras de ideologías burdas o esclerosis varias. Lo viejo se hace Nuevo y el final Principio, con la espontaneidad del amor más entrañable. Nada de utopías sentimentales. Es la Vida que no envilece, el argumento divino de la Historia, su trama espiritual, las almas. Ay, las almas, nuestras almas, mi alma. Tan despistadas, desnutridas o despiadadas. Que el Niño Dios cauterice sus heridas, las de cada uno. Todos somos el pueblo elegido, todo estamos esperando al Mesías. Porque estamos esperando la alegría -no lo vamos a negar a estas alturas-, esperamos la justicia social y la paz en las familias y en los países. Esperamos la armonía y la solidaridad con los que menos tienen… Esperamos que nazcan todos los niños, que escuchemos sus risas. El mundo necesita más que nunca de la Navidad, porque el mundo necesita más que nunca a Cristo. Necesita salir de la corrupción y de la atrofia espiritual que afecta al pensamiento, al arte y al sentido común. Entre otras cosas. Necesita enamorarse de este Niño para aprender el valor de la sencillez y de la humildad, sin vulgares aspavientos. Que Dios Niño nos ayude a corresponder siquiera un poco a Su gracia, que nos abra los ojos y nos purifique de inútiles prejuicios o de tantos y tantos apetitos subalternos. ¡¡Feliz Navidad a todos!!

sábado 12 de diciembre de 2009

Todo tiene un significado



Hay días que no. Que no sale una a derechas. Ni a derechas ni a izquierdas ni a medio pelo. Nada, que no. Días para olvidar, o para ciscarse en la madre de… Te preguntas: ¿es posible que me esté sucediendo esto a mí? Pues es posible, y además de posible tan cierto como que te llamas Guillermo. Y lo ves muy claro: tienes que apechugar con lo que hay. Afrontar el contratiempo y dejar los juramentos y demás palabras escatológicas. Claro que decirlo o escribirlo es más fácil que llevarlo a buen término. Y uno que presume de paciente y de sufrido. ¡Ja! Sólo quieres que te dejen solo y rumiar la primera fantasía que se ponga a tiro. O fijar la inopia en algún detalle nimio. Lo que sea, pero pronto, ya. Olvidando todo este desbarajuste que se te ha venido encima. La caldera del agua caliente averiada. Sin calefacción y duchándote en un pasmo tan gélido que todavía tiritas. De pensarlo te sacude un escalofrío y un espasmo. Y justo cuando estabas considerando, entre líneas de Stevenson, que la vida tiene algo de juego, ¡zas!, un cataclismo en la cocina. Bueno, en realidad, un sonido sospechoso, y una intuición que se confirma. Todo el vaso de colacao volcado por la mesa y por el suelo. ¡Dios! ¡Fuera de aquí he dicho! ¡Fuera, fuera, fuera! En mi vida he visto gente tan torpe. ¿Lo hacéis aposta? Dejadme solo frente al desastre. ¡Menudos bichos! Y corres a por la lejía con olor a pino y rellenas de agua el cubo y bailas con la fregona al compás de los improperios y del mal genio. Antes de que te des cuenta se escabulle todo el mundo. Un beso fugaz, adiós papá, adiós, nos vamos al colegio. Y ahí te quedas, murmurando como un idiota. Pues no es pegajosa ni nada la sustancia de marras, con todas sus diezmadas vitaminas por el suelo, el mantel y las sillas. Esas puñeteras gotas de leche, cacao y azúcar que han salpicado los buenos días. Y los tíos de la caldera que no vienen, ni llaman. Temes lo peor: otra mañana bajo esa lluvia heladora de la ducha. Seguro. Sintonía telefónica y varios minutos más tarde una voz metálica que te da instrucciones: marque el uno si es de importancia, el dos si está hasta las narices, el tres si ha comenzado a sentir los primeros síntomas de congelación, el cuatro si todavía está ahí y el cinco si desea hablar de algo o se siente solo. Marcas el tres y una amable señorita que dice: un momento. Y se corta la comunicación de forma súbita. La siguiente vez marcas el dos y hablas entre admiraciones y gritas que huele a gas y que llevas cuatro días esperando. De poco te sirve. ¡Como si lleva veintinueve!, contesta con profesionalidad genuina. De nuevo. Marcas el uno. Que mañana. No hay otro remedio. Y cuando llevas dos minutos asimilando tu derrota, te llama tu hija: papá creo que he perdido el móvil en el autobús, llama a la compañía. No puede ser. ¿Qué más? Llamas. Mientras no se pierda ella. Toda la mañana para esto... Recojes los platos y en medio de un pensamiento cualquiera se te resbala uno de las manos. Lo que faltaba. Te sientas y contemplas la desolación y el estallido en sus pedazos de blanca porcelana. Todo tiene un significado. Y te consuelas con la felicitación navideña de Antonio Colinas.

viernes 11 de diciembre de 2009

De mi agenda



Admira el que mira con amor. Y el amor es el principio de toda inteligencia.


A veces la belleza es en apariencia fea. Y cada vez con más frecuencia la fealdad es en apariencia bella.


Vivir es el intento de ser feliz.
Pero sólo se es feliz cuando aceptamos la posibilidad de no serlo.


Navidad. El Hijo de Dios nace de una sencilla avemaría.


¿Qué significa ser intelectual? ¿No tenía algo que ver con la verdad y con el alma?


Someter a todo un pueblo a la mediocridad y a la mentira es nauseabundo, pero lo más vil es hacer propaganda de ello como virtud.


Quien dice que no tiene tiempo para leer es que en realidad todavía no ha aprendido a leer.

jueves 10 de diciembre de 2009

No queréis crucifijos: pues aquí están los míos



"Tú eres el Hombre, la Razón, la Norma,
tu cruz es nuestra vara, la medida
del dolor que sublima, y es la escuadra
de nuestra derechura: ella endereza
cuando caído al corazón del hombre".

El Cristo de Velázquez
. Miguel de Unamuno.


Voy a poner en mi casa, en la entrada, un crucifijo enorme que era de mi abuela. A los pies tiene una calavera, monda y lironda, sobre unas piedras, que cuando era niño me impresionaba mucho y de la que salía corriendo. Quitaremos algún jarrón o fotografía. Y en la puerta un Sagrado Corazón, para que no haya duda e ilumine el rellano de la escalera. Seguro que el cartero me dice algo, o algún vecino, o el hombre del Círculo de Lectores (aunque el de ahora es más callado). Y hablamos sobre el tema. También en el coche pondré una imagen de Cristo crucificado, discreta pero bien visible. Por mí que no quede. Será la matrícula de sus dueños, la identificación del alma que conduce. Y en mi trabajo o en la biblioteca o en el cíber, en cuanto comience a trabajar o a leer, sacaré del bolsillo mi pequeño crucifijo y lo dejaré sobre la mesa o el teclado. Iesus Nazarenus Rex Iudaeorum. Junto al móvil y las gafas. Para que conste a quien mire, curioso, de frente o de reojo. Si piensan que piensen. Y de fondo de escritorio en el ordenador un Cristo, el de Velázquez sin ir más lejos, y así releeré mejor el poema de Unamuno. Y ahora que caigo, en mi dormitorio, sobre la cama, hay un hermoso tríptico de La Virgen de la Silla, de Rafael, flanqueada por dos apuestos ángeles. Pero no está Jesús clavado en la Cruz. Jesús, Dios y Hombre verdadero. No está. Pues tendrá que estar. Buscaré uno. Al lado de las estanterías puede ser un buen lugar, para que antes de apagar la luz le demos un último vistazo al Verbo. Dicen que es un símbolo el crucifijo. Y será verdad. Aunque os puedo asegurar que yo cuando lo miro lo veo vivo. Al crucificado. Hay otras muchas personas que circulan por las calles, o merodean por las tiendas, que parecen más muertas. Lo que les digo. Y por todos murió Ese que desprecian y descuelgan de las almas y paredes. Murió hasta por los mequetrefes y demás adocenados, sean políticos o no. Para que tengamos alguna posibilidad de cimentar el Cielo en la tierra, en este mundo tan inhóspito y escéptico. Ahora, mientras escribo estas líneas, tengo al Cristo delante de mí, con los brazos extendidos de Amor, desangrándose por mi escritorio, haciéndome una transfusión de Vida. ¿Un símbolo? Yo lo miro con atención -llevo puestas gafas de cerca- y le digo que cuente conmigo si Le hace falta algún crucifijo. Aunque se trate sólo de un buen deseo todos sabemos que para Él no son problema los milagros; que cada uno, si somos fieles a Dios y tenemos fe es de puro milagro. Poco mérito es el nuestro. Y esta es mi conclusión: pueden quitar todos los crucifijos que quieran. No importa, si cada católico carga sin quejas con su cruz y Le sigue. Nosotros seremos esta vez los crucifijos.

miércoles 9 de diciembre de 2009

Carta de amor a la Literatura



Querida Literatura:


Lo que disfruto contigo. Te leo de día y de noche. Incluso en sueños te busco. No dejas de contarme aventuras y de cantarme el himno y elegía de las cosas. Porque eres una parte sustancial de mi vida, que lo sepas. Las palabras son tu piel, pero yo siempre busco el alma, el trasfondo, el pulso último de todo (ojo, sin dejar de lado esa piel que acaricio con impaciencia). Te subrayo y aprendo de memoria, y escribo al margen, con letra muy pequeña, lo que opino de ti a cada instante. Y haces que me estremezca con frecuencia, o que no me entere del tiempo, que según pasa me hace más fuerte. Me quedo a tu lado, mirando más que leyendo, admirando en tu silencio el significado de tierra, aire, agua y fuego, y de la naturaleza sagrada del hombre. Es el estilo y es el ritmo, es la poesía y es la prosa, es la trama y es lo que sugiere. Inmensos océanos de palabras por los que navego, entrañables paisajes, confidencias y desasosiegos. Es la intimidad de un amor y su cauce. Es la luz y es la sombra que conforman este corazón de carne y celo. Nunca tengo bastante contigo. Nunca. Y bebo de esa sed, y anhelo estar a solas con esos libros que escribes. Ay, querida amiga, no estoy solo. Me acompañas donde voy, donde estoy, donde vivo. Y descubro que apenas he entrevisto un poco de lo que eres y de lo que soy yo mismo. No dejo de contemplarte… Eres tan perfecta en tus imperfecciones, eres tan buena compañía, tan complaciente. Me haces pensar y me entretienes, y alivias mi tribulación con un verso o con una frase. En ocasiones me zarandeas con razón para que no me conforme o despierte de la costumbre. Otras, dejas que te vea del todo desnuda, entera: tan bella, tan misteriosa, tan poesía. No necesito estudiarte, me basta con amarte. ¿Quién me lo podrá impedir? Y te llevo conmigo al sofá del salón o a los pies de un sauce. O de madrugada paseamos por las intrigantes calles de Londres o viajamos hasta las más lejanas estrellas. O en la cocina damos vueltas a una idea que un amigo común tuvo allá por el siglo XV. ¡Te debo tanto! ¿Cómo agradecerte todos esos momentos de suspense o maravilla? ¿Qué decirte? Y no son pocos los que te mancillan. Pero mejor no hablemos de ello. A lo nuestro, a lo nuestro. Con esta intimidad tan de mi gusto. Y mientras viva te acariciaré con los ojos. No dejo de pensar en ti. Cuídate mucho.

martes 8 de diciembre de 2009

Pese a los años no sé rezar, ¿y ustedes?



Así es. No salgo de cuatro oraciones, que no digo que sobren o estén mal, sólo faltaría. Y ando con la cabeza en otra parte o intentando siempre rezar mientras hago otra cosa. O ahí me tienen, como un pasmarote, curioseando las paredes o las bombillas del templo o de mi casa. O leyendo sin parar lo que se tercie. Que no sé rezar, que no aprendo, que no doy en el secreto del amor de Dios. Y para más escarnio no me apetece. Ni pizca. Comienzo, y tras unos suspiros, lo doy por imposible. Y vuelta a comenzar... Hasta que lo dejo. (Como mucho un ramillete de peticiones al final). He pensado que puede que se trate de pereza, o una etapa de estos asuntos del alma, tan intrincados a veces. Ponerme me pongo, que conste (aunque no siempre). Hablar con Dios se me hace muy cuesta arriba, lo confieso. Le digo cosas tan elaboradas como: “hola”, “aquí estoy”, “ya me ves”… Y basta. O sencillamente no digo nada. A la espera de que acabe, si es que empiezo y no me escaqueo en literaturas u otras prosapias. Quererle a Dios Le quiero, eso Él lo sabe, aunque se lo demuestro con un tremendo aburrimiento, como si tuviera diez años o fuera un mero formalismo. Que no aprendo, que no sé. Aunque, me pregunto, ¿es cuestión de saber? Debo amar, amar un poco, y Dios pondrá el resto. Pero no consigo dar ni con ese poco. Está visto que no hay una fórmula magistral para esto de la oración. Lo dicho: no me apetece hablar. Ni mentalmente. Sólo miro, o dormito plácidamente. Y Le escucho de Pascuas a Ramos. El oído del alma me falla. Lo tengo embotado de asuntos propios. Bah, todo me suena a excusa, a comodidad, a no querer poner por mi parte remedio. No me abandono en Él, más bien me abandono a cierta placidez espiritual, de pose. Balbuceo y me trastabillo, y lo malo es que llegas a acostumbrarte a un enamoramiento tan pedestre. Gracias a Dios de cuando en cuando hablas con un cura, que lo simplifica todo con cariño, y te ayuda a proseguir el camino, fiel a la gracia. Él está aquí: en mí. Emociona pensar que entre tantos despistes y disparates Dios me quiere como soy, incluidos los bostezos. Lo mejor será no tenerme muy en cuenta y perseverar en el intento.

lunes 7 de diciembre de 2009

Padre nuestro, escucha lo que Te digo, escucha




Padre nuestro…, y salgo corriendo por las calles y ya apenas Te oigo, menudo jolgorio hay por aquí abajo; ¡capullo!, ¿lo has visto?, ese tío casi se me lleva por delante, ¡capullo!, ¡que no tienes ojos en la cara ni seso en la mollera!; vale, bien, perdona, no grito, y rezo por ese capullo, pero como no Te encargues de él va a matar a alguien; lo siento, cojo un taxi, no llego y me mareo entre tanta gente; ocúpate de los míos, que Tú eres su verdadero Padre y yo mero estorbo; soy un comodón, lo admito, pero Tú estás en todas partes y yo en ninguna; luego hablamos y arreglamos cuentas. Padre, que estás en el cielo, y yo sólo contemplo las nubes, o como mucho ese color tan mono y azul que me llena de versos la cabeza; ya sé que me quedo en las apariencias y que encima me quejo del tiempo; es un movimiento reflejo: si pienso en Ti miro siempre hacia arriba, cuando puede que el cielo donde vives esté más cerca, o dentro. Santificado sea Tu nombre, lo sé, pero tengo otros muchos nombres en mi agenda y no llego, no llego; lo bueno es que me creo todas mis excusas, como un botarate, como si Tú fueras un amigo más, uno del montón (no será la primera vez que Te quedas el último o que sencillamente me olvido); ¿la oración?, ¿pero no ves cómo tengo la mesa?; oye, que yo me santifico con mi familia (menuda paciencia), con mi trabajo y demás actividades, no vayas a pensar que soy un cualquiera; ¿Tú crees, Padre, que de verdad Te santifico con semejante desorden de vida?; al menos ayúdame a “nombrarte” y “vivirte” con pureza. Venga a nosotros Tu reino. Y me acostumbro al lujo de la fe y a lo más bendito (como si me estuviera tomando un café o admirando los cuadros de un museo); estás a dos pasos y tengo prisa, o imagino Tu reino como algo muy excepcional pero lejano; cuando es Tu Amor el reino; y sí, me parece bonito, y me entusiasmo alguna vez, aunque he de reconocer que por lo demás atravieso un desierto; ven y cautívame el alma, por favor, que yo no me entero de nada, o es que no quiero enterarme. Hágase Tu voluntad en la tierra como en el cielo. Aquí tienes faena Padre, al menos conmigo, porque tengo una tendencia bastante radical a hacer mi voluntad y no la Tuya, será el carácter, o la puñetera pereza (perdón), o el miedo a comprometerme demasiado, no vaya a ser que de pronto Tu voluntad me trastoque los planes (que no son tan infinitos, lo reconozco, pero que no dejan de ser los míos y resultan agradables); por otra parte me cuesta aceptar lo que quieres para mí, no me fastidies, que tienes cada una de órdago divino; eres especialista en el infortunio pienso a veces (sólo lo pienso, ¿vale?, de esas cosas que se te ocurren y desechas al instante, porque tienes más cosas buenas -es un decir-); cuesta lo de agachar la inteligencia y terminar con las escaramuzas de las pasiones, y entregarte mi libertad como me pides ¿no es muy fuerte, no es un exceso? Padre, danos hoy nuestro pan de cada día. Con todo tu Cuerpo y con toda Tu Sangre, pero también el de la panadería y demás condimentos; no ando muy bien de dinero como sabes, no me llega (en esto no me extiendo, pues resulta vulgar y poco elegante, y los hay bastante peor que yo); y ya que estamos en harina procúranos buenos gobernantes, que eso sí que será uno de Tus más grandes y eficaces milagros y una prueba evidente de que aprietas pero no ahogas (date prisa, que no nos llega el aire); vale, lo sé, me esperas en Misa, realmente presente, mientras me escudo en tragicomedias, o en poesía. Perdónanos nuestras ofensas… Uf, esto sí que es importante, no hace falta que te lo diga, ¡pero si me paso los días en el confesionario! -examen de conciencia, dolor de los pecados, propósito de la enmienda-, mira que Te desprecio veces…, eso sí, salgo como nuevo y más feliz que unas castañuelas; no está mal el invento, pero reconoce que no es fácil lo de decir los pecados al confesor, nada fácil (si lo encuentras), no me extraña que se abuse de las penitencias comunitarias o que digan que se confiesan directamente Contigo y a otra cosa; esto de Tu perdón -pasando por el cura, que ya está bien de caprichos- es lo que más me maravilla, y siempre, y hagas lo que hagas (incluso abortos –hoy en día no imagino algo peor), que mira que somos burros; mi experiencia es que no hay mejor experiencia, y te doy las gracias por ello, aunque abuse de Tu paciencia. Como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden. Bueno, eso está por ver, depende; hay gente muy retorcida, por no decir mala; Te digo una cosa Padre: sólo lo conseguiré con Tu gracia, o los mandaré a la mierda directamente; ¿qué quieres que Te diga?, conoces de sobra a ese vecino insoportable, y a la persona que me dejó en la calle, y a ese pariente neurasténico, y al cafre que me insultó por católico…; no entiendo como puedes amarles, pero soy bobo y seguramente peor que ellos (eres Padre de todos, vale); el razonamiento es simple: Tú me perdonas siempre, ergo yo debo seguir Tu ejemplo, ocurra lo que ocurra; ¡menudo desafío! No nos dejes caer en la tentación Te lo suplico; estoy agotado, pero lo peor de todo es sentirse tan canalla, sentir que estoy en el pretorio y que Te fustigo, y que no lloro de dolor por Ti, acostumbrado, y que me miras desde entonces con esos ojos de los que aparto la vista; bueno, total no pasa nada, no es cosa de importancia; bueno, nos engañamos con gran facilidad: no hemos ido a Misa el domingo teníamos un compromiso, o hemos robado una ridiculez en dietas o en lo que sea, o hemos mentido hasta hartarnos y casi ya no sabemos distinguir la verdad de la mentira, o la avaricia es nuestro estado (anti)natural de vida, o no paramos de inmiscuirnos en las tetas de las prójimas o en los vericuetos de los prójimos (por decirlo fino y sin agotar todas las variantes), o… Y hay idiotas que sostienen que lo más adecuado para evitar la tentación es caer en ella; dijo Mateo (26, 41): “vigilad y orad para no caer en la tentación”; pero yo Te digo una cosa Padre: sólo no puedo -me duermo en los laureles-, mira a ver lo que haces. Y líbranos del mal. Y de nosotros mismos. Así sea, por lo que más quieras. Urge.

domingo 6 de diciembre de 2009

“44 escritores de la literatura universal”, de Jesús Marchamalo


"La crítica romántica nos enseñó a leer no solamente libros, sino autores. Allí aprendimos a escuchar en la obra la resonancia de un alma".
NICOLÁS GÓMEZ DÁVILA

Recuerdo que en 1992 apareció en la editorial Siruela uno de los libros de Javier Marías que más me agradan. Uno de esos libros que frecuentas siempre con ganas y que forman parte de tu biblioteca más personal e intransferible. Se trataba de Vidas escritas. Un conjunto de breves y agudas semblanzas de sus escritores predilectos o más leídos. Bocetos de vidas tratadas como si fueran personajes de ficción (así lo expresaba el autor). Literatura viva. Un gozo, vamos. Ese libro el autor lo amplió y pasó a ser publicado por la editorial Alfaguara. Pues bueno, salvando las distancias, las formas de ver las cosas y los estilos y maneras de cada quién, el libro 44 escritores de la literatura universal, de Jesús Marchamalo (Siruela, con unas ilustraciones buenísimas de Damián Flores), me ha recordado al de Marías. Que son distintos ya lo sé, pero la perspicacia de ambos y la manera tan solvente de aplicar los trazos tienen un aire de familia (más cercana o lejana, depende). Lean los dos libros y verán. Mejor dicho, los tres; pues Marchamalo ya publicó en 2006 y también en Siruela 39 escritores y medio, en aquella ocasión ciñéndose a escritores en lengua española. A propósito, no sería ninguna tontería que la editorial se planteara la publicación de ambos en un solo volumen, o que de momento sacaran un estuche para vender la unidad que son los dos espléndidos libros. De nada.

A todos los lectores -o a una buena parte al menos- nos encanta conocer más de cerca a los escritores, y Marchamalo no podía ser menos, y desde el principio confiesa que esa pasión también es la suya. Y es que la literatura sin vida no se entiende. El devenir de la existencia de los escritores condiciona absolutamente sus textos. No son un aparte. ¿Qué es la obra de cada uno de ellos sino una buena parte de su biografía? Más o menos explícita, pero el escritor escribe de lo que ve y oye, de lo que lleva dentro. Tamizado por la imaginación y el arte, desde luego. Y el lector, después de leer -o antes o durante- quiere saber, indagar, curiosear en esas vidas que fueron capaces de deleitarnos e interpretar nuestra propia y personal andadura. Y nos ayuda a entender mejor sus cuentos, novelas o poemas. Caemos en la cuenta de tal o cual circunstancia o clave. Y cuando volvemos a ellos: a Byron, a Simenon, a Rilke, a Hesse, a Salgari, a Nabokov…, la perspectiva es otra. No estamos ante unas cuantas fichas biobibliográficas, secas o disecadas por la historia literaria. Es literatura lo que leemos aquí. La literatura de un lector.

Y el lector es un ser curioso, por definición. Un libro le lleva a otro. Esos poemas o esos relatos le impelen a querer leerlo todo de un determinado escritor. No se conforma. Y busca biografías, diarios o memorias. Incluso fotografías, si las hubiera. U objetos que fueron de su propiedad. ¿Mitomanía? No, pasión de lector. Por eso este tipo de semblanzas o retratos -escritas con ambición y devoción, con claridad y sencillez- son impagables. Porque además esa misma pasión puede hacernos descubrir o redescubrir a un determinado autor. No sé los demás, pero yo, en cuanto he leído lo que Marchamalo ha escrito sobre Balzac -que es el primero en aparecer dado el orden alfabético- he ido raudo a las estanterías donde guardo La Comedia Humana, dispuesto a releer alguna de sus novelas. O cuando escribe sobre Virginia Woolf, cuyo comienzo me parece magnífico: “Tuvo un marido que vestía de tweed y plantaba lirios. Una amante ocasional, grande y sólida como un castillo en la campiña. Una nómina extensa de gatos y perros. Y una habitación propia”. Tan sugerente, tan exacto. El conjunto se puede leer como uno quiera: de corrido o saltando de aquí para allá, como si jugáramos a la rayuela. No son pocas las veces que sonríes… ¡Qué gran libro! Es una deliciosa introducción a la literatura, a la lectura, a la vida que la significa. Para no perdérselo.

sábado 5 de diciembre de 2009

Me pongo a pensar...




Un pequeño y desangelado jardín
delante de la iglesia. Unas pocas rosas.
Repique de campana. El óxido de la tierra.
Banderitas por las calles. Ocho años
de pantalón muy corto y unánime flequillo.
Apenas sombras. Todo era sol
en las paredes blancas de agosto.
Las fiestas. El viejo autobús Hispania
aparcado en la plaza, siempre de paso.
El cine vespertino, y la piscina
con arena de la playa y con mis primas.
De merienda carne de membrillo
y en las vías del tren unas monedas.
Y pensar que de todo aquello sólo queda
el imperfecto poema de la nostalgia.
O quizá la felicidad cuando era niña.

viernes 4 de diciembre de 2009

Dios se acerca



Navidad en los colgantes de las calles. Navidad en los escaparates coruscantes. Navidad en las ganas de quizá unos días de vacaciones y Navidad en las titilantes galas del cielo nocturno. Navidad en los posibles regalos que hay que preparar con tiempo. Navidad en algunos comentarios de los hijos. Hasta los más cenizos esperan algo diferente, algo que les redima de la angustia o de esa obstinación tan triste. No lo dirán, pero lo sienten. Son pequeñas cosas, es cierto, pero todo hombre posee un sentimiento puro, una oportunidad más de ser consciente del Anuncio. Quizá no quiera saber nada de ello y seguir como hasta ahora, o quizá lo desconozca después de tantos años a la intemperie. Son detalles del alma de los hombres que sólo Dios conoce. Nunca es tarde. Y subimos el belén del trastero y desembalamos con cuidado las figuras y el espumillón y la nieve. Es la gran virtud de la Navidad: ser de nuevo niño. Algunos no dejan de serlo nunca, es cierto. ¡Cuidado con el portal de corcho! Y jugamos a la petanca con las bolas del árbol. ¿Estáis tontos? Aparecen unas panderetas. Y el espumillón comienza a trepar por las paredes, biblioteca o cuadros (trenzado en verde y oro). Y los ángeles sobrevuelan el jolgorio. ¿Dónde está el cayado de José? ¿Y el pesebre? El pesebre aquí, toma. Para la montaña del castillo de Herodes pon esos librotes. ¡Qué elegante es el arte de los niños! Hasta los despropósitos quedan bien, con esas gallinas y cerdos nadando en el papel de plata, o con esos vaqueros apostados por Belén y cercanías, como los siete magníficos de la Sagrada Familia. Quedan veinte días, pero aparte de adornos urbanos y escaparates deslumbrantes, aparte desplantes y dispendios, el corazón sabe que Dios se acerca en el vientre de Su Madre, y recién nacido querrá descansar en casa unos días. En nuestras almas de niños grandes.