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Reflexiones, poemas, escorzos de vida, fe de lecturas, noticias de amigos... No pretende ser un desahogo, más bien un diálogo. Un demorarme en el resplandor de nuestra existencia. Y en su literatura.


lunes 30 de noviembre de 2009

“El lamento del perezoso”, de Sam Savage




¿Qué estás leyendo? Me lo preguntan con frecuencia y con curiosidad. La última vez hace quince minutos. Pues leer leo un montón de libros la verdad. Todo lo que puedo. No por afán erudito, eso lo tengo claro. Ni por presumir de algo, aunque de algo hay que presumir. Es una cosa distinta, que no sabría muy bien explicar. ¿Es acaso necesario? Pero puede que persiga la acción de la que soy incapaz, tan amante de mi casa y de las distancias cortas. O que sea otra forma de mirar. O que todo se reduzca a esos momentos de silencio donde estoy tranquilo y se escucha más nítido el murmullo del misterio que es la vida y su trajinar. Puede que sólo sea una excusa para ir por libre, o una coartada para que nadie me incrimine demasiado en el asesinato de la realidad. Quizá sea, pues eso, ponerse a soñar, o una manera como otra cualquiera de pasar el rato. Descargo la bolsa sobre la mesa. Libros. ¡Qué raro! Entre ellos uno recién leído, El lamento del perezoso, de Sam Savage (Seix-Barral). Un tipo de aspecto profético, como un redivivo Walt Whitman (hablo de aspecto). Después de leer su espléndido Firmin (2007) me dije que pasara lo que pasase -que ya es pasar- mantendría mi lealtad a un escritor que me hizo disfrutar tanto con tan poco (es un piropo). Todos los libroadictos, de una manera o de otra, nos sentimos reconocidos, pues como aquella rata de la historia hacemos la digestión de muchas páginas para poder sobrevivir, para darnos ánimos. El caso es que la rata Firmin y el perezoso Andrew Whittaker sospecho que son una buena parte del mismo Savage. Un tipo que suspira entre libros, que intenta ser feliz por todos los medios, aunque la vida le arrugue de cuando en cuando la felicidad. Y escribe para arraigarse en ella, en esa felicidad (‘si es posible lo imposible’, que dice un amigo mío un tanto escéptico); escribe para no resultar excesivamente amargo consigo mismo y con los demás. La escritura funciona como un desahogo, búsqueda, entretenimiento (“siempre me ha parecido que la gente que se aburre es porque no se fija en los detalles”) y, por supuesto, ensoñación. Es un mecanismo sencillo en su complejidad o complejo en su sencillez, tanto da. Como la vida misma. Escribe en El lamento del perezoso: “Si pudiera verme a mí mismo con claridad, por un momento”. No sólo el tiempo nos va desfigurando el rostro, ni el rostro es lo único que cambia. A los cuarenta y tres años, y de julio a octubre de un año que no sé, el insaciable escritor y editor Whittaker se pone a escribir una especie de diario. Toma nota de lo que ocurre por dentro y por fuera. A trechos parece que asistimos a una parodia autobiográfica. La escritura se convierte para él -puede que también para Savage- en un intento de que las penas con palabras sean menos penas. Quiere hacerse con la esperanza suficiente como para salir airoso. Escribe y escribe, para intentar entender algo. Como todos. El lamento del perezoso es un retrato y una “labor detectivesca” del yo y su particular agobio; siempre inconformista y sin dinero y ansioso de compañía (“¡qué suerte tan fantástica la de quienes viven en casas donde das un grito y alguien contesta!”). Savage, o Whittaker, no se esconde. Lo dice bien a las claras: “Mi novela, cuya intención era cómica, está convirtiéndose en lo que había previsto. Ha adquirido una pátina de desesperación que no creo que les parezca divertida a los lectores”. Y es la verdad. Y la comparación con Firmin es irresistible. Aunque sea injusto. Y yo seguiré leal a este escritor. ¿Por Firmin? Pues por Firmin. Y por algunas páginas de este lamento.

domingo 29 de noviembre de 2009

Sol





Sol. A solas.
Solaz del alma.
Luz, solana
en la terraza.
Belleza iluminada.
Incandescente soliloquio.
Solícito brillo
de la belleza.
Liturgia solemne
del cielo con su llama.

sábado 28 de noviembre de 2009

Necesitamos curas que recen




A veces los comentarios que te hacen los lectores son chocantes y ocurrentes. Y los piropos abundan, válgame Dios. Pero no seré yo quien se haga el humilde, diciendo que son inmerecidos y demás, que esas pequeñas alegrías siempre vienen bien, y gustan, y se releen en momentos de desánimo. Y en ocasiones hay quien pone poemas, supongo que para que se perfeccione el estilo y la enjundia de los míos. Y eso es bueno, porque así me ponen en mi sitio o paso más desapercibido. Que sigan poniendo poemas mis lectores. De los Machado, de Juan Ramón, de Blas de Otero, de Lope, de Neruda, de Vallejo… Eso sí que es poesía. Pero bueno, esto de los comentarios venía a cuento de algo, y se me acaba de ir el santo al cielo. ¿Qué quería decir? Esta cabeza mía… Ah, ya recuerdo. Y es que uno de estos días he recibido un par de comentarios a uno de mis artículos que me han hecho pensar especialmente. Sobre todo uno de ellos, que firma “un feligrés cabreado”. El hombre anda quejoso del clero. Le indigna que los curas -como escribe él- presten atención a cualquier cosa que se mueva excepto a la atención espiritual de los suyos. Le indigna sobremanera que los clérigos no suelan prepararse a conciencia las homilías, que no pasen horas en los confesionarios, que ninguneen a sus obispos, etcétera. Y la verdad es que no le falta -dicho sea con toda la caridad del mundo- una buena parte de razón. No hace falta ser muy perspicaz ni haber estudiado teología para darse cuenta que muchos sacerdotes están acomodados a un dejarse llevar, a un mínimo de exigencia espiritual (no juzgo, que conste) que se evidencia en los feligreses en la apresurada misa del domingo como mucho, o ni en eso, si surge una buena excursión de fin de semana. Diría que son poco “profesionales” en lo suyo. Y lo suyo -y lo nuestro- es ayudar a ser santos a los demás. Pero si queremos ser santos necesitamos los curritos católicos de a pie sacerdotes santos. O nos vamos a pique (cada uno, no la Iglesia) y viviremos estancados en la tibieza del alma. Queremos saber de Dios, del Cristo, no de intranscendentes bobadas, más o menos sesudas o variopintas. Queremos que nos hablen de María a todas horas. Queremos que nos digan porqué es bueno utilizar el agua bendita, o llevar el escapulario del Carmen, o ganar indulgencias, o rezar en familia. Queremos reconocer a nuestros buenos curas por la calle, vestidos como deben, es decir, de cura. Queremos que nos indiquen el camino y nos confirmen en la gracia. Queremos que no se tomen a chufla la liturgia (lo de las glosas e imaginación está bien en literatura pero no al pie del altar). Queremos que nos digan con nitidez y santa gallardía que hay libros que un católico no debería leer y que hay unos cuantos cientos que deberíamos leer, para que nuestra creencia sea menos superficial. Queremos que se nos transmita fielmente lo que dice el Papa, que dice mucho, pero pasan semanas y ni una escuálida referencia, ni una palabra. ¿Qué ocurre? Y ni una mención al pecado y a la necesidad de confesarlos (que el cura no es el cura, que actúa in persona Christi). Flaca ayuda es no acabar de creerse tu propia fe, no ahondar en tu vida interior, y no ver el desarrollo de los acontecimientos del mundo con los ojos de Dios. Vana es nuestra fe si trapicheamos con el Resucitado en un cúmulo de fantasías y no salimos a la palestra con la fuerza que nos viene de la oración. Pregunta del millón: ¿nuestros curas rezan? Entiéndaseme bien. ¿Son hombres de oración perseverante, con lo que ello supone de vigor espiritual y de visión sobrenatural? Porque esa es la raíz de todo y para todos. La eficacia de un alma, de una parroquia o de una diócesis, o de cualquier otro entramado católico reside en la oración, en el trato personal con Cristo. Yo sé que hay sacerdotes muy santos, conozco a unos cuantos. Y son los que menos se hacen notar. Pero se les ve, se les escucha. Y esto es lo que los bautizados necesitamos. Curas que nos apremien a amar a Cristo, a entregarle nuestras vidas. Curas que mimen a Dios cuando lo tengan entre sus manos. Curas con brío, piadosos y obedientes al Papa y a su obispo. E insisto: con horas de confesionario.

viernes 27 de noviembre de 2009

Podríamos callarnos un poquito



Esa obstinada necesidad de hablar que tenemos los españoles. De lo que sea. Desde por la mañana hasta altas horas de la madrugada. Hablar. Sin dar respiro a los demás, que no suelen escuchar (esa es otra), cada uno a lo suyo. “¿Pero es que no me escuchas?”, es un estribillo muy frecuente. Hablar. Emitir una opinión cualquiera. Subiendo el volumen del sonido si vemos que no se nos tiene en cuenta, aunque lo que digamos sea un cuento chino, o sencillamente que queremos imponer a los demás nuestras razones con un respingo. Hablar, sin pausa. Emitir una opinión cualquiera. Sin mucho pensar, esa es la verdad, al vuelo de ésto o de aquello, da igual el tema o el intríngulis de la cosa. Nos atrevemos con todo. Lo que haga falta. Incontinencia manifiesta. Vehemencia. En las tertulias del bar o en las del trabajo. En la calle o en casa. Esa necesidad de no callar, de considerar el silencio como algo obsceno e impreciso. Desde por la mañana voces que proclaman su algarabía. Total para nada. Será que necesitamos oirnos, o será el miedo a quedarnos solos. No sé muy bien, pero pocos son los que evitan la monserga, los que prefieren escucharse por dentro o pegar el oído a Dios, por ejemplo. Todos quieren exponer, declarar, perorar, cacarear. ¡Maldita sea! ¿Hay tanto que decir? ¿No es mucho más lo que hemos de callar? Abundan los bocazas, los que se van de la lengua. Con contundencia, eso sí. En un soniquete que aburre a cualquiera. No, no me refiero sólo a los políticos. Esa fiebre por hacerse notar allá donde se esté y regodearse en un montón de pamplinas. No dejan ni leer, ni escuchar a Chopin o a Charlie Parker con tranquilidad. Es una gran virtud respetar el silencio de los demás, no me cabe duda, y ejercitar el alma a solas. Para variar.

jueves 26 de noviembre de 2009

Mi abuela Ana María y la vida interior



En cuestión de piedad y vida cristiana tuve una maestra inigualable: mi abuela materna. Hasta mi última conversación con ella fui consciente de su acertado raciocinio -una sensatez gloriosa- y de su santidad. Y no quito ni una letra. Es lo que era. Y lo que es para toda la eternidad: una mujer santa. Pero sin afectaciones o rarezas. Una mujer sencilla, de pueblo, sin apenas estudios, pero con esa sabiduría que sólo da el estar muy pegada al suelo y el levantarse todas las mañanas de su vida a las cinco para alabar a Dios durante un buen rato. Y luego, en los afanes del día, seguía vigente esa alabanza, sin dejar apenas resquicios para otra cosa que no fuera amor. Necesitaba hablar con ella con cierta frecuencia, hacerle partícipe de mis cosas (es difícil encontrar en mi vida una persona con la que haya tenido tanta confianza). Necesitaba ver la unción con la que besaba cada una de aquellas decenas de estampas que guardaba en unas antiguas cajas de pastas. Y las medallas. Su devoción por los santos era proverbial, pero más lo era su amor por Cristo y por María. He dicho devoción, y es cierto. Pero creo que la palabra más apropiada es enamoramiento. Estaba enamorada de Jesús, y se notaba. No era cuestión de velas o novenas o procesiones (que también, pues una cosa lleva a la otra). Era cuestión de su alegría contagiosa, y de esa serenidad que me fascinaba. Todo ello basado en una profunda piedad eucarística. Comulgar a Cristo la transformaba a ojos vista. Yo sobre todo me daba cuenta al volver a casa. Observaba que sin querer se recogía. Sentada o cortando unas zanahorias. Y yo la miraba, la miraba, la miraba… Como la sigo mirando ahora. Su trato con Dios era muy íntimo, y su oración algo que atraía. Siempre la llamé yaya, o yayita, y en su abrazo puedo decir que crecí en madurez y en vida interior. ¡Menuda herencia la suya! De pequeño le pedía dinero -unas pesetas o unos duros (contaba siempre el dinero en duros)- y de mayor le pedía oración. Sus manos, recuerdo sus manos trabajadas por tantos años de sacrificio, esas manos que yo vi cómo lavaban durante horas la ropa en el río. De rodillas, ofreciendo a Dios su cansancio del día y el agua fría, y las habladurías que le contaban allí, en el lavadero. Todos sabían de su fe. Era notorio, se palpaba en su silencio y en su conversación, en su mansedumbre de vida. Y en su casa, tan encendida como la del poeta. No le daba vergüenza hablar de Dios al más pintado, o pedir perdón si era el caso (o aunque no lo fuera, ella se adelantaba si veía que alguien parecía estar enfadado por su causa). En una ocasión me dijo: “Guillermo, sin Dios no se entiende nada”. Una mujer ya digo, sencilla, de pueblo, sin apenas estudios. Y pienso en sus últimos meses, como una niña, feliz. – “¿Y Jaime y Cristinica y Juanito?”, me preguntaba. Siempre me dijo que tenía ganas de irse al Cielo, pero esos meses era mayor el anhelo. Hasta que lo consiguió. Y a mí me dejó su vida ejemplar y algunas estampas, y esa casa suya donde en cada rincón me la encuentro.

miércoles 25 de noviembre de 2009

“¿Me amas?”




Ni caso. Pasan los días, me afeito
con parsimonia todas las mañanas, escojo
el champú adecuado y me lavo sin pensar en nada.
Sólo al cabo de una eternidad me vienes a la cabeza, Dios,
y me quedo a medias de una oración cualquiera,
pensando que tengo que plancharme una camisa
o qué pereza es la vida. A medias de Tu presencia,
pues me encandilan sus besos e imagino la belleza,
femenina y desnuda, tan hermosa...
Sólo rezo fantasías y esbozos de sueños.
A medias me quedo de Tu amor -¿me amas?-,
que celoso me reclama con ternura.
Y yo ni caso. Limpio el vaho del espejo
y sólo me veo a mí, día tras día. Yo,
el centro de un reflejo cada vez más viejo.
Me llamas… Y bostezo una jaculatoria
antes del primer bocado a la magdalena.

martes 24 de noviembre de 2009

“Por qué creo”, de Vittorio Messori (con Andrea Tornielli)




“Pero tenemos este tesoro en vasos de barro, para que la excelencia del poder sea de Dios, y no nuestra”. (San Pablo a los Corintios). Cuando un alma nos deja entrar en su interior sentimos que no somos tan distintas unas personas de otras. Sí, hay matices importantes desde luego, y la personalidad de cada uno condiciona la continua elección que nos propone la vida. (Podemos elegir, que es uno de los grandes misterios). Pero hay un fondo con el que te identificas. Tal vez por caminos distintos llegas a la misma convicción o anhelo. En Por qué creo, de Vittorio Messori (LibrosLibres) asistimos a una verdadera, consciente, íntima y voluntaria confesión. Su razón de vida se nos va exponiendo con claridad y contundencia. Y su razón de vida no es otra que el mismo Cristo. Messori nos cuenta de su conversión al catolicismo, de aquel primer y fundamental encuentro que tanto se resiste a ser expresado con palabras -desde el laicismo y hedonismo más rampante-, pero esa conversión es cosa de toda una vida, del día a día, sin desmayo ni vacaciones. Y lo abarca todo. La vida religiosa como totalidad, como coherencia, como santidad. En lo poco y en lo mucho. En el monasterio y en el ajetreo de la familia; en la calle y en la política; en el trabajo profesional de cada cual, "santificado y santificante". En Cristo y por Cristo. El libro nos comunica la intimidad de la vida cristiana de Messori, con su piedad y particulares devociones. Pero también nos cuenta otras muchas cosas, como bien podría esperarse de una personalidad tan rica como la suya. Sus inquietudes, esperanzas, análisis, libros… Libros y más libros. Siempre presentes. Propios y ajenos. Lector atento y apasionado. Estudioso concienzudo. El libro es una autobiografía en toda regla. La forma dialogada la dota de dinamismo, pero también de una mayor confidencia. Messori nos habla de él, pero a su vez es como si asumiera la socrática mayéutica para que nosotros, los lectores, vayamos también descubriendo nuestras propias dudas, desmayos y verdades. Ya en el año 1997 publicó un libro que complementa a éste que llevamos entre manos: Algunas razones para creer, que en España apareció en el 2000 en Planeta Testimonio, y de la mano también de Alex Rosal, que por entonces dirigía aquella colección. Vittorio Messori tiene un don especial para llegar a la gente. A los cultos y a los menos cultos. Y más cuando se trata de libros como estos, de carácter oral, en los que predominan una naturalidad e inmediatez que te parece que eres tú mismo el que estás hablando con él. Esa cercanía, ese de tú a tú, es impagable. Y así vamos escuchando, más que leyendo. Y no son pocas las ocasiones en que nos gustaría meter baza y comentar algo. Por qué creo es autobiografía del alma (que nos hace desear unas memorias en toda regla, aunque a él no le guste la idea), pero también un lúcido análisis intelectual de la condición cristiana. Con multitud de avatares en los que nos vemos involucrados. Hay naturalidad expositiva como he dicho antes. Eso no quita que la erudición aparezca, porque en él la cultura, las lecturas, el estudio, es algo muy vivido. Las citas son como acentos que remarcan o subrayan la vida. Por ejemplo ésta tan preciosa del “comecuras” Víctor Hugo: “Para divisar a Dios, el ojo necesita a menudo la lente de las lágrimas”. Y aparecen también -¡qué gratísima sorpresa!- “los extraordinarios aforismos de Gómez Dávila”. Y constantemente su amado Blaise Pascal, “aquel a quien debo, no mi fe -ya que ésta sólo Dios puede darla-, pero sí la comprensión de su dinámica y el más eficaz bagaje de pruebas”. (Sugiero la edición de Cátedra de los Pensamientos del escritor francés). El reconocimiento explícito del don de la gracia es el estribillo de todas estas páginas. Sobre todo teniendo en cuenta que es la primera vez que cuenta -es la gran exclusiva- qué ocurrió en y durante su conversión. Y vas leyendo y tomando notas. Y te parece escuchar a Cristo: “¿Me amas?”. Sin querer rezas, vibras y pides de nuevo perdón mientras lees. Y Messori es una buena fuente de ideas a las que dar vueltas. Una que me viene a la cabeza es cuando dice que “es ilusorio pensar que, si existen ‘vicios privados’, se puedan ejercer, en cambio, las ‘virtudes públicas’”. Algo tan actual, tan de siempre. Es decir, la coherencia de vida. Le comenta a su entrevistador, o a cada uno de nosotros, sus lectores: “El sentido de este diálogo nuestro podría ser el intento de entender por qué un hombre posmoderno puede llegar a decir, con humildad y a la vez sin dudas: ‘Aprieta el gatillo, pero no puedo renegar de mi fe por una razón simple, pero para mí irrefutable: porque es verdadera…’”. Desde luego no se anda con chiquitas ni con medias tintas. La fe exige una completa entrega, una confianza absoluta en la Providencia ordinaria de Dios. Y este libro lo atestigua, en la brega de un hombre -periodista para más señas- enamorado de Cristo.

lunes 23 de noviembre de 2009

“Las aventuras del caballero Trenk”, de Kirsten Boie



Todavía me parece escuchar la voz de mi madre. El cuento era lo de menos. Lo que importaba era la voz. Fuera de la casa rugía el viento y todo era inhóspito, sombrío y sospechoso. Pero aquella voz transmitía un refugio y una aventura. La voz de una madre contando un cuento a su hijo es el mejor libro -porque está vivo-, y no hay sonido igual. Bien tapado escuchaba y miraba atento a mi alrededor, dispuesto a defenderme de cualquier peligro que rondara por la habitación. Aquella voz transmitía valentía, y me regalaba la espada con la que yo guiaba a mis ejércitos. Y cuando todo terminaba, en la oscuridad de mi cuarto comenzaba lo mejor. Yo soñaba, continuaba, prolongaba la acción. ¡Ay, esos cuentos de la infancia que afianzan los sueños y a los que uno siempre quiere volver! Porque con los años se pierde nitidez en la mirada, y uno se acobarda, y no encuentra la espada o la imaginación. Dicen que se madura, pero el caso es que la narración de nuestras vidas está necesitada de una voz que nos cuente la verdad de las cosas.

Uno crece, pero el corazón cada vez añora más la niñez y primera juventud. En el fondo es por eso que leemos. Es una búsqueda constante de certezas, de cariño y de acción. Leemos porque no queremos dejar de soñar, y queremos volver a escuchar aquella voz y empuñar la espada de nuevo y cabalgar sin descanso hasta el mismo centro del alma. Leemos porque estamos desvalidos ante tantos peligros como acechan nuestros días -ahí fuera sigue todo demasiado inhóspito y sombrío-, y necesitamos volver a contemplar la felicidad como en realidad es. Por eso leemos. Para ser valientes de una maldita vez y enfrentarnos al dragón que ruge en nuestro interior.

Me gusta alternar muchos tipos de libros. Y no dejo de leer títulos que supuestamente van dirigidos a los más jóvenes, pero que bien pueden ser para las buenas gentes de cualquier edad. Y si uno tiene hijos pequeños o no tan pequeños la oportunidad es mayor. Y el solaz. Te das cuenta, en definitiva, que eres el que eras y que si te desprendes de todas esas pamplinas de adulto que tanta consideración merecen, descubres todavía a ese chaval estupendo y un tanto ingenuo y larguirucho que quería cambiar el mundo. Leyendo Las aventuras del caballero Trenk, de la escritora alemana Kirsten Boie (Salamandra) te das cuenta de esto y de mucho más. Según leía hubiera dado cualquier cosa para que este cuento fuera uno de los que me hubiera contado mi madre. Trenk de los Milgolpes es un chaval feliz, pese a las dificultades de su familia. Son muy pobres y están al servicio del malvado Wertolt el Cruel (que necesita un repaso pero que tampoco es tan malvado). Trenk es valiente y tiene un gran sentido de la justicia. Sueña con cambiar las cosas. Y como está dentro de un cuento muy bien pensado, acabará por conseguirlo.

Trenk se rebela. Quiere demasiado a su familia como para dejar que siga todo igual. Es valiente, no se arredra ante nada ni nadie. Quiere ir a la ciudad y, no se sabe muy bien cómo, acabar siendo un caballero como Dios manda, y enfrentarse al dragón del miedo y hacer de su mundo un mundo mucho mejor. Sin tanta pobreza ni tanto pánico. Pero en los cuentos, como en los sueños, todo es posible y acaba bien (si es que la persona que lo escribe es competente y no aguafiestas). No es cosa de poca monta los amigos que nuestro héroe va haciendo, de los que aprende un montón; y sobre todo el haber conocido a una chica estupenda -un tanto chicazo en apariencia pero más dulce de lo que se piensa- llamada Thekla de Granhonor, que maneja el tirachinas como nadie. Trenk se ruboriza y siente ese cosquilleo tan especial que nos gusta sentir a todos. Por lo menos una vez en la vida. Para que dure hasta el final del cuento y más allá. Porque esto de los cuentos no termina cuando cerramos el libro. ¡Qué va! Hay personas que no se enteran, o no quieren enterarse. Total, que merece la pena conocer las aventuras de Trenk. La escritora cumple, hace bien su trabajo (acompañado el texto de unas ilustraciones preciosas de Bárbara Scholz). Hoy más que nunca necesitamos caballeros competentes y buenos como Trenk y su descendencia. Lo digo porque sigue habiendo mucha pobreza y necesidad de justicia.

El libro Las aventuras del caballero Trenk es formidable. Desde los 10 años en adelante bien se puede leer. Yo tengo 46 y me lo he pasado fenómeno, sin contar todo que he aprendido, para intentar poner remedio a las cosas que vienen mal dadas. Porque dragones hay a montones. Todos los días en el periódico te encuentras unos cuantos de la peor calaña. ¿O no?

domingo 22 de noviembre de 2009

El jarrón de Praga





En el centro de la mesa,
sobre el tapete de encaje
que teje minuciosa la memoria,
estaba su origen y materia: cristal de Bohemia.
Traslúcida y frágil filigrana,
envergadura de la vida y del arte.
Miraba a su través: caleidoscopio de figuras
talladas por la luz con destreza.
Y dentro del vidrio yo veía
unas pequeñas burbujas de aire.

sábado 21 de noviembre de 2009

Análisis y comentario del libro “Tríptico romano”, de Juan Pablo II el Grande (y II)



La eterna visión y la eterna expresión”. El libro Tríptico romano supone, ante todo, una conexión de esencias, que diría Max Scheler, una vía de acceso a la misma intimidad de Dios, donde “Dios es la luz y el objeto del alma” (san Juan de la Cruz, Llama de amor viva). El poeta, en cada verso, hace un acto teologal explícito. Fe, esperanza y amor moldean el lenguaje en lo más íntimo de su oración y en la tradición de una literatura perfectamente asumida después de muchos años de lecturas. (Estudiar la personalidad de Juan Pablo II como lector -influencias y preferencias- es un trabajo que está por hacer). Pero ¿se trata de una “poesía teologal”? Boccaccio, en su Vida de Dante -lo cita Steiner-, dice: “Mantengo que se puede decir que la teología y la poesía son en realidad casi la misma cosa; incluso diría más; que la teología no es más que un poema de/sobre Dios”. Juan Pablo II interpreta la poesía como lo que en realidad es: un cúmulo de gracias personales, un don que transforma lo inmanente en vertical percepción de la presencia de Dios. Cada palabra actúa, en sí misma, también como una hermenéutica del silencio divino. El lenguaje en el que el texto está escrito no es la poesía, no su más completa entidad, unidad e inspiración. Quiero decir que lo que el lector “lee” es apenas una parte del todo, pues en poesía tan importante como lo que se ve es lo que no se percibe a simple vista o en primera lectura; lo que está en el blanco margen de lo no dicho, lo que se intuye. (De ahí que sea cada lector el que complete cabalmente el texto). “Pues eso es un poema: el estribillo del alma”, escribe Gadamer.

El lenguaje tiene sus fronteras, por si solo no puede significarnos. Su imperfección linda con aquello que resulta ser infinito, en una desproporción tal que puede ocasionar en el poeta cierta parálisis creativa. “Pero es decisivo que el lenguaje -dirá Steiner en su obra Lenguaje y silencio- tenga sus fronteras (…), que dan prueba de una presencia trascendente en la fábrica del universo. Por no poder ir más lejos, porque el habla nos defrauda tan maravillosamente, experimentamos la certidumbre de un significado divino que nos supera y nos envuelve. Lo que está más allá de la palabra del hombre nos habla elocuentemente de Dios. (…) Donde cesa la palabra del poeta comienza una gran luz”. Hay una muda melodía que nos lleva a pie de página y desde allí nos hace contemplar una visión. La metáfora es precisamente el instrumento del que se sirve el poeta para que lo invisible pueda intuirse, el bisturí capaz de alumbrar un significado completamente nuevo. Cada imagen dota al poema de un conjunto de signos que van mucho más allá de la fonética y de la sintaxis. Se trata de una semántica que es ya experiencia metafísica, visión, profecía. El poeta toma conciencia de la fragilidad del lenguaje, penetrando en un dominio en el que el propio lenguaje -como muy bien observa Jean Baruzi- aparece como un extraño.

En el umbral de la Capilla Sextina”. “Meditaciones sobre el libro del Génesis en el umbral de la Capilla sextina” -segundo capítulo de Tríptico romano-, está divido en cuatro partes muy significativas, que son a la vez confidencia y meditación. “Primer vidente”, “Imagen y semejanza”, “Presacramento” y “Juicio”. Por si solos estos títulos son imagen de un contexto bíblico, de una realidad íntimamente ligada a una fenomenología de carácter religioso. Todo ello acompasado en un ritmo versicular y metafísico, que procuran al poema una densidad (pre)meditada, una nostalgia de los grandes anhelos del espíritu y del corazón. Cada verso tiene la impronta de una experiencia interior: es relectura, diálogo, interrogante. Las imágenes que intentan aprehender lo inefable -“el Libro espera la imagen”, dirá-, se suceden con la precisión y pasión que caracterizan a todo gran poeta. La obra de arte es génesis y cifra de una verdadera liberación, de una revolución que es revelación.

En “Primer vidente” se refiere a Dios como primer Poeta, como primer Artista. Los videntes son los poetas, los artistas de todos los tiempos, a quienes Juan Pablo II invocará en el verso 32 del poema como testigos de su anhelo, de su amor a Dios, de la salvación del mundo. Las imágenes de este proceso de conocimiento de lo inefable se suceden, son el estribillo de un canto que es encarnadura de lo infinito: “espacio inexpresable”, “verdadero, bueno y bello”, “Verbo eterno”, “umbral invisible”, “umbral del Libro”, “desde el asombro hasta el asombro”… En el poema “Imagen y semejanza”: “El principio es invisible”, “el final es invisible”, “espacio de la existencia”, “verdaderos y transparentes”… Juan Pablo II tiene la audacia de considerar la obra de arte como presacramento -“lo invisible se expresa en lo visible”-, como antesala de la más perfecta común unión (comunión) con Dios. En el poema “Presacramento” más imágenes, en este gradual desvelamiento de lo inefable: “Indecible”, “plenitud de la verdad, del bien y de la belleza”… En el poema “Juicio”: “cumbre de la transparencia”, “el Principio y el Final”… En Miguel Angel el poeta cifra la santidad de la belleza, y en su Juicio Final toda la magnitud de lo que muy bien se podría llamar Poética de la salvación. Por ello Juan Pablo II lo pone de testigo: porque en el umbral de la muerte, que es nuestra Vida, debemos aprender a interpretar los signos que nos ofrecen los poetas (debe recordarse que Miguel Ángel también lo fue), los artistas; aquellas almas que en su visión dan fe del sentido sobrenatural de nuestra existencia.

Es muy importante señalar también la continua y fecunda intertextualidad de las Sagradas Escrituras en Tríptico romano. Son constante referencia -vida de la vida del poeta-, cuando no trampolín que impulsa hacia el Origen, y vertebración de todo el libro. Un libro de poesía que no deja de ser -al igual que el Juicio Final de Miguel Ángel- una maravillosa catequesis y un asombroso testamento espiritual. La Palabra, una vez más, resucita en nosotros (humildes lectores) el íntimo gozo de vivir en profundidad, con todas sus consecuencias.

viernes 20 de noviembre de 2009

Análisis y comentario del libro “Tríptico romano”, de Juan Pablo II el Grande (I)


"la belleza salvará al mundo"
Dostoievsky, El idiota
(citado por J.P.II en su Carta a los Artistas)

Pórtico necesario. La personalidad de Juan Pablo II sigue atrayendo. Sin discusión. Hasta los más alejados de la Iglesia Católica reconocen el carisma que le era intríseco; su ejemplo, su magisterio, y su santidad (algo evidente y que en breve será reconocido solemnemente). Es muy difícil permanecer indiferente ante un hombre así, ante un hombre cuya biografía -y hasta el mismo momento de su muerte- nos deja exhaustos de coherencia, de lealtad, de sacrificio. Cualquiera de sus escritos -que no son precisamente pocos- es necesario seguir teniéndolo en cuenta con rigor intelectual y espíritu audaz. Y con piedad. Aquí no valen modas. Vale el querer ahondar en la esencia del hombre desde el amor de Dios. En Juan Pablo II el Grande vida y obra formaban una unidad indivisible, un entramado de luz capaz de afrontar el signo de los tiempos con un lenguaje que merece la pena estudiar y comprender. Aquél hijo de Polonia que sufrió en carne propia la ocupación nazi primero y la soviética después; que fue obrero, actor y seminarista clandestino; que ejerció su sacerdocio en la universidad, en los barrios más humildes y en el resplandor de las montañas que tanto amó. Aquél profesor de filosofía, estudiante de filología polaca y dramaturgo, y perspicaz teólogo. Aquél hombre que vino del Este de Europa, que fue elegido sucesor de San Pedro para sorpresa de todos y que estuvo a punto de morir por ello en atentado terrorista, y que fue el principal causante de la caída del muro de Berlín. Aquél voraz lector, que pensaba dialogando -siempre con el Rosario en la mano-, que conversaba con los filósofos Hans-Georg Gadamer (autor precisamente de un texto memorable sobre “Los límites del lenguaje”) o Emmanuel Levinas. Aquél Papa de todos que proclamaba la llamada universal a la santidad y el regreso a un humanismo genuino, y que bajaba a la basílica de San Pedro para confesar anónimamente a los fieles. Aquél hombre, digo, era también poeta. Y no debe sorprendernos.

Poética, misterio y lenguaje. Lo inefable ronda al ser humano desde sus comienzos, desde que el amor engendra su entidad, desde el nacimiento a una luz que es preludio e imagen de otro fulgor mucho más necesario e interior. El misterio es parte de nosotros mismos (el poeta Rilke pensaba que no podíamos vivir sin ellos), es la piedra angular donde se asienta el sentido y el temblor de una vida que anhela lo absoluto. ¿Qué misterio mayor, por ejemplo, que el de nuestra libertad? La inteligencia persigue, a lo largo y ancho del tiempo, diversas pistas e indicios que sugieren una pronta pero siempre insuficiente solución; y la voluntad es la gimnasia espiritual que dota de musculatura a una comprensión que vacila innumerables veces en el vértigo de una existencia que sabemos frágil e incompleta. Por lo tanto el hombre necesita algo más, necesita hacerse con la clave que descifre el enigma, el misterio de tanta inquietud en medio de un mundo enloquecido por la oquedad de tantas y tantas palabras. Ése “algo más” es el núcleo que nos impulsa e interesa, que nos lleva a contemplar las cosas con mirada nueva, con mirada de artista.

Sin embargo, ¿cómo expresar lo inefable, lo indecible, lo invisible? ¿Cómo aprehender la armonía que hace de cada hombre un ser único e irrepetible? ¿Cómo creer en la belleza, en el bien, en la verdad, cuando el hombre ha perdido -o se desentiende- no ya una fe sobrenatural si no incluso la fe en sí mismo? Asistimos pues al profundo misterio de la Poesía (que no deja de ser un atisbo de la fe), al necesario alumbramiento de lo insondable a través del instrumento que es el lenguaje. “No es la Poesía simple y adventicio adorno de la realidad de verdad -decía Heidegger-, ni transitoria exaltación espiritual, entusiasmo o entretenimiento. La Poesía es el fundamento y soporte de la historia”. (La cursiva corre de mi cuenta).

Dios le dijo a Adán que pusiera nombre a los animales (Gen.2, 19-20), y desde entonces no hacemos si no eso: nombrar, desvelar el sentido, ensamblar sentimientos, que diría Antonio Machado. El lenguaje crea, es “imagen y semejanza” del poder creador de Dios, del Verbo. En él expresamos el candente impresionismo del alma y buscamos con apasionado celo una cierta redención. El lenguaje está preñado de esperanza, de ternura, pero también de dolor. En sí mismo su trazo es un laberinto que necesita del hilo de Ariadna que es la oración, para llegar al centro de nosotros mismos y anular así el yo, ese peligroso y muchas veces sórdido Minotauro que nos quiere arrebatar lo más preciado y mejor. Juan Pablo II entendió muy bien todo esto, y supo que el lenguaje es un don para el conocimiento, para el escrutinio de una verdad que permanece demasiadas veces oculta en el torbellino de lo absurdo y del griterío. Su poética -el criterio que rige sus versos- es diáfano: el hombre debe aprender de nuevo a ser humano. Sólo así aprenderá a valorar lo divino. Dirá en su brillante Carta a los Artistas: “La belleza es cifra del misterio y llamada a lo trascendente. Es invitación a gustar la vida y a soñar el futuro”. Toda su obra tiene así una radical coherencia moral, una ontología positiva que cartografía las fuentes de una renovación, de un continuo asombro que se manifiesta en evidente trascendencia estética que sublima lo cotidiano, lo poco, y hasta lo más vulgar.

jueves 19 de noviembre de 2009

En el parque (reencuentro)



El parque fue mi verdadera universidad. Un parque muy grande que hay en la ciudad donde vivo. Entre aquellos profesores -ningún verdadero maestro esa es la verdad-, y la lectura apacible y el vuelo de los gorriones y la flora con su polen y las chicas tan pujantes, la elección era fácil. Y allí me iba, con los libros recién comprados o con otros que traía de casa o de la biblioteca de la facultad. Te sentabas en el banco de aquella aula magna llena de cielo y de luz y de brisa, y comenzabas a apreciar las cosas, a tomar minuciosos apuntes con la mirada. Arrancabas una flor o briznas de hierba, e invertías el tiempo en contemplar embebido el movimiento de los álamos o el agua que salía de los caños de una fuente cercana. Aprendí mucho por entonces. Eran clases magistrales que no podía perderme. Hacía como que leía la mayoría de las veces. Cualquier sonido me llevaba a otra parte, o el silencio, o la imagen de unas piernas femeninas que se trenzaban delante de mí, justo al otro lado del parterre, acompañadas de un suave vaivén que no cesa desde entonces. Los años pasan, pero no pasa la felicidad del instante. Todo a mi alrededor era una cátedra de vida, y entornaba los ojos y entreveía el reverso de la realidad, su luz constante. Y quería escribir versos que acertaran a decir la gracia donde yo estaba inmerso. Esa extraña costumbre de las palabras, ese temblor, ese intento por aprehender la belleza. O su reflejo. Y cuando hoy vuelvo por allí y me siento en el mismo banco, ya no sé qué pensar de esos gorriones, de esas flores o de esas chicas. Las palabras son más humildes y los caños de la fuente están secos.

miércoles 18 de noviembre de 2009

Ricardo de la Cierva, un maestro


Si andamos con prejuicios la verdad histórica (o la historia de verdad) se torna muy oscura, casi imposible. Cuatro envites o ardides demasiado trillados por el sectarismo característico de mentes triviales, o incluso muy agudas, pero nada dispuestas a ceder un ápice de su ideolomanía. Inteligencias presas por el qué dirán o por las fantasías de sus compañeros de viaje o por las muy abundantes prebendas. La verdad histórica, la entraña de lo que sucedió -sus causas, circunstancias y resultados- no se puede despachar con eslóganes o consignas mediáticas, según convenga a unos u otros; o con un batiburrillo de bibliografía a la carta. Eso, y nunca mejor dicho, es otra historia. O historieta. Yo no digo que sea asunto fácil. Driblar la opinión subjetiva en pro de la verdad histórica exige ya no sólo un rigor científico, exige una responsabilidad manifiesta y una finura de conciencia que no todo historiador posee. No se trata de derecha o de izquierda. Se trata de profesionalidad.

Siempre me ha sorprendido lo fácil que resulta denigrar el trabajo de los que no piensan como nosotros. Bah, es un estrafalario escritor, o ¿qué se puede esperar de un fascista? (hay palabras que se arrojan como dardos envenenados, que se escupen más que se pronuncian, sabiendo no ya sólo que se está faltando a la justicia y a la verdad, si no que hay una gran cantidad de personas que tragan con lo que sea). En definitiva, son los etiquetadores, los que ponen etiquetas a todo aquello que se mueve, los que señalan, para que luego los demás ni se molesten en leer o averiguar o estudiar o hacerse con un criterio propio. Se trata de una forma de manipulación, cualquiera se da cuenta. ¿Ricardo de la Cierva? En ciertos ambientes es como mentar al mismo demonio. Un profesor universitario me dijo de él -tendría yo 19 años- que era un “fantoche franquista”. No había leído nada suyo, pero me faltó tiempo para acudir a la biblioteca. Por carácter ese tipo de descalificaciones ad hominem, tan absurdas, me impelen a acercarme al vilipendiado, a curiosear sin remedio sobre su obra y su persona.

Desde entonces leo a Ricardo de la Cierva. No con la frecuencia que yo quisiera -dado que la literatura me copa el tiempo y algo más que el tiempo-, pero lo suficiente para darme cuenta de su entidad y prestigio, como intelectual íntegro y fascinante. Su capacidad de trabajo obnuvila a cualquiera. Tuve ocasión de entrevistarle en mi programa de Radio María durante un buen rato hará un par de años. Un tipo de ochenta años de lo más jovial. Respondió a todas mis preguntas extensamente, apasionadamente. Un maestro lúcido, que no insulta, que no trama; un verdadero enamorado de su vocación como historiador. Un gran especialista en la Guerra Civil española (puede que su biblioteca sea de las más completas sobre el tema), o en la historia de la Iglesia, o en la masonería, entre otras muchos aspectos de la historia moderna y contemporánea. Yo no tengo duda alguna de que, entre los vivos, es el historiador español más importante. Tal vez junto a Luis Suárez o José Orlandis o Miguel Artola.

Estas líneas quisieran ser un homenaje de lector. Sin despreciar a nadie. No me importa que me tachen de cualquier idiotez por reivindicar la excelencia de un personaje así. Y tampoco voy a ser de esos que esperan a que una gran persona se muera para mostrar mi admiración post mortem. Gracias a Dios está muy vivo, y sus libros no lo están menos. Me he comprado su trabajo sobre Indalecio Prieto y su conversión, pero ando leyendo estos días La infiltración (editorial Fénix). ¿Qué infiltración? Copio el subtítulo para los interesados: “La infiltración marxista y masónica en la Iglesia española y Universal del siglo XX”. En la contraportada del libro se nos dice que en una ocasión el Papa Juan Pablo II le hizo llegar por tercera persona el siguiente mensaje al autor: CANES DEBENT LATRARE (“los perros están para ladrar”). He aquí la respuesta. Brillante, contrastanto con datos la verdad de lo que ocurrió. Bien narrado. Que eso es la Historia.

martes 17 de noviembre de 2009

Que no me quiten el otoño de mi calle



Hoy, al salir de casa, me he dado cuenta. Se habían llevado el otoño. Ni una sola hoja en la calzada, en la acera. Ninguna en la que fijarme. Era la ilusión de caminar por un camino distinto al de mi calle. E imaginar un bosque de nostalgias naranjas, verdes y amarillas. Un fuego de colores en el suelo. Pasos que sienten el paso del tiempo, de sus estaciones y expectativas. Alfombra de signos, huellas, vestigio de un misterio que dura en la brisa. Vidrieras de brillos remotos, o próximos, ¿quién lo sabe? Vida que muere cada día, y que resucita en belleza cuando la miras. Y sin embargo no están esas hojas amarillas, verdes y naranjas. No están, me faltan, se las han llevado. Dicen que es limpieza, pero se me antoja que quieren borrar todo rastro de la muerte, de ese último aliento por el que podemos llegar a comprender con mayor plenitud la vida. Y busco otra calle cercana y otra acera donde poder caminar sobre esa espuma vegetal que crepite y se encienda a mi paso. Leves hojas que aún caen en rachas de destellos. Y yo feliz, contemplando esta lluvia de noviembre.

lunes 16 de noviembre de 2009

Familia y más familia, ¿de qué otra cosa puedo hablar?


Nunca me canso de oírles. Bueno, tampoco digo toda la verdad. A veces -ustedes son conscientes- se juntan mil cosas y uno sólo desea quedarse solo, que por favor se callen; por favor por favor, que se vayan a la cama o a Cincinnati. Que me dejen con toda la vajilla sucia, que no ayuden más, que vale, que adiós, que seáis buenos, que yo me ocupo. ¡Paz! Pero lo habitual es el disfrute, las emociones fuertes. Dejarles hablar, que propaguen sus quejas o su entusiasmo. ¡Cómo parlan! Mujer incluida, faltaría más. Te ponen al día de los deportes, de los agravios y de la alegría. La vida en toda su pujanza y ardor. La intimidad del amor, de las confidencias más inesperadas. Esa chica, ese chico. Papito, papito. Oh, ¡qué bonito! Y de repente un grito. ¡No me toques o te parto la cara enano! Detalles de cariño. ¿No es enternecedor? La familia. Llama uno de los abuelos. Pásame el agua. No me canso de mirarles…, e imagino la ausencia, cuando ya no estén en casa. Quita, quita. Recuerdos. Al abuelo. Por eso no quiero que se me olvide nada de todo esto. Nada. Y memorizo sus gestos, sus miradas nerviosas y con cualquier excusa les cojo la mano unos segundos -¿qué haces?- o pongo la mía sobre sus cabezas. Me vas a manchar el pelo papá. ¿Puedes preguntarme biología? Os cuento. Y alguien cuenta una historia o un enredo o el enésimo chiste de Chuck Norris. O los planes del día siguiente, ni un minuto libre. Soy el encargado del estudio solidario. Cada hora estudiada es un euro que paga una empresa para gente que lo necesita. Vamos a sacar una pasta. Papá, ¿sabes cuanto mide el hombre más alto del mundo? Hay libros por toda la casa, ¿podrías…? Hablando de libros os recomiendo… Estaba hablando yo. ¿Puedes preguntarme biología? Yo voy a volver a leer La luz apacible. Jo, santo Tomás era la leche. Eso mismo: un santo. Era como un toro. Sí, sí, uno de los hombres más inteligentes de la historia, en efecto. Este sábado tengo partido. ¿Puedes preguntarme…? Todos a coro: ¡¡biología!! Un aplauso. ¿Habéis comprado La Gaceta? ¿Me tratas de vos? No te cansas. Y aunque te canses sabes que es un don que no puedes desperdiciar entre papeles o quejumbres. ¡Qué manía os ha entrado con La Gaceta! En la familia no hay intervalos que valgan. No hay detalles menores. Todo es mucho. Sin evasivas. Y escribes de lo que vives. Papá… Que sí, que ya, que vamos con la biología. ¿A que te gusta? Así hablamos. Claro hija, claro. Dame un beso, hoy te llevas tú el gato al agua.

domingo 15 de noviembre de 2009

Palabras y más palabras




Una palabra. Y otra.
Y otra más (poca cosa).
Hasta dar en el sentido
de una frase, de un significado, de un ritmo.
Quizá sea la memoria de un olvido
o el principio de un atisbo.

Una frase. Y otra.
Y otra más (nada
del otro mundo, ya digo).
Un párrafo, una luz, un himno.
La página en silencio
y la vida con su pesar, con su ruido.

Palabras y más palabras.
Es la partitura del alma: cántico
del amor, literatura
donde todo lo que era es
para siempre distinto.

sábado 14 de noviembre de 2009

Entrevista a mi hijo Juan, de 11 años



Juan es un chaval alegre y futbolero (está entre el Sevilla, el Liverpool y el Barcelona). Lo suyo es la sonrisa franca y la estrategia militar. Bueno, y los helados, no importa la estación del año y el sabor. Un poco tímido, pero lo compensa con un derroche de abrazos. Y como es un personaje decisivo en mi vida decido hacerle unas cuantas preguntas.


- Buenos días Juan, aprovechando que estás malo y te duele un poco el estómago, ¿serías tan amable de responder a algunas cuestiones?
- Vale, dispara.
- Juan, ¿crees que la vida puede ser maravillosa?
- Sí, mmmmm, sí.
- ¿Podrías precisarlo un poco más?
- Pues ni idea… Bueno yo me lo paso bomba.
- ¿Qué es lo que más te gusta de tu vida?
- No sé papá. Todo. Menos comer canelones claro.
- ¿Llevas bien lo de ser el hermano pequeño?
- No mucho, resulta un poco coñazo (sic).
- ¡Ese vocabulario niño! Pero también recibes un montón de mimos.
- Bah, depende.
- ¿Qué prefieres un cómic o un juego de ordenador?
- Un juego de ordenador.
- ¿Por encima de Astérix, La Masa o Lucky Lucke?
- Sí. Pero el juego de ordenador tiene que ser chulo.
- ¿Qué quiere decir que sea chulo?
- Que sea de guerras, de lucha y de metralletas.
- ¿Tu película favorita?
- Windtalkers y Matar a un ruiseñor.
- ¿Tu libro favorito?
- Todos los de Geronimo Stilton.
- ¿Te parece un rollo leer?
- No.
- ¿Cuándo lees mejor?
- Cuando no tengo nada que hacer.
- ¿Para qué te parece que sirve un libro?
- Pues a veces aprendes palabras nuevas y porque así estudias más rápido, tienes más capacidad y porque me lo paso bien.
- ¿Qué te gustaría ser de mayor?
- Profesor.
- ¿De alguna asignatura en especial?
- De todas, menos de inglés y de francés.
- Oye, ¿qué piensas del aborto?
- Que es una mierda porque matan niños inocentes.
- ¿Qué son los políticos para ti?
- No me hagas esa pregunta papá.
- Eres listo. ¿Tú rezas?
- Sí, claro.
- ¿Para que rezas?
- Para pedir por cosas importantes.
- ¿Por ejemplo?
- Por mis abuelos.
- ¿Te gustaría ver a Dios?
- Sí.
- ¿Qué le dirías?
- Pues no sé, le preguntaría cuantos años voy a vivir.
- ¿No te daría miedo que te dijera pocos años?
- No, Dios es guay, rezaría más y punto.
- ¿Los padres somos muy pesados?
- Desde luego, sobre todo las madres.
- ¿Tienes ganas de ser mayor?
- A mí déjame jugar.
- ¿De qué tienes miedo?
- De la oscuridad.
- ¿Qué es lo que más alegría te produce?
- Estar con mi familia.

Ha sido un placer dialogar contigo. Ahora ve a jugar que mientras tanto yo voy a leer. La vida es maravillosa con hijos como tú.

viernes 13 de noviembre de 2009

El crujido del tiempo



Cruje el cabecero de la cama
y se despierta en su viejo sonido
la conciencia de los sueños.
Bisabuelos que en la noche oscura del cuerpo
se agarraban a él y se amaban
en un dulce tacto de cerezo.
Ahora es blanco su recuerdo (un blanco envejecido)
y estoy yo aquí, que fuí su sueño, no ellos.
Amo, y me sujeto con fuerza
a la madera torneada por generaciones
de ternura. Siento sus caricias
y el aroma tibio que germina en el tiempo.

jueves 12 de noviembre de 2009

“Las hijas del frío”, de Camilla Läckberg (y demás novelas de la serie)



El asunto fue como sigue. Comencé a leer la novela. Necesitaba algo ligero para atravesar las molestias de estómago y digerir con más paciencia los nervios y los días de otoño. Y como hacía relativamente poco tiempo que había leído Aurora boreal, de Asa Larsson (Seix-Barral) y la omnipresente trilogía Millenium, de Stieg Larsson (Destino), pensé que, ya puestos, podía seguir la inercia sueca. Hace unos años leí gratamente un par de casos del inspector Wallander, de Henning Mankell. Y de repente todo es moda de escritores suecos de novela negra. Los editores andan avispados. Pues eso, que comencé a leer Las hijas del frío (Maeva). No con mucho entusiasmo esa es la verdad, pero a las pocas páginas me paré. La novela tenía buena pinta, se crecía, y auspiciaba gratos momentos de lectura. Cerré el libro. Sobre la marcha decidí que debía comenzar por el principio, es decir por la primera novela de la serie: La princesa de hielo. Las cosas con orden se saborean mejor. Al ser los mismos protagonistas y desarrollarse la acción en el mismo pueblo costero -Fjällbacka- que vio nacer en 1974 a Camilla Läckberg, la autora de todo este engranaje, creí más oportuno ver cómo surgían los personajes, seguir su deriva cronológicamente.

Y comencé a leer La princesa de hielo. Alexandra era guapa y sofisticada. Nacida en Fjällbacka no tardó en salir de allí, donde casi nada es lo que parece. Estudió historia del arte y acabó por abrir, junto a una amiga, una galería de arte. Se casó, pero las cosas no iban muy bien, pese al desahogo económico y todo tipo de lujos. El estereotipo es claro: el dinero no da la felicidad. De cuando en cuando volvía a su pueblo, a su casa. La gente hablaba, y nunca para bien, como es previsible. Hasta que un día la encontraron muerta en la bañera. Y es ahí cuando conocemos a la que fue su amiga en la niñez, la escritora de biografías Erica Falck, y un poco más tarde al detective Patrik Hedström, que se encarga del caso. Y ellos dos asimismo se conocen… Demasiados cabos sueltos, demasiadas sombras. Y poco a poco la intriga va tejiendo la trama. Y junto a ello la autora nos va detallando la cotidianidad del pueblo y el perfil de los personajes. Este es uno de sus puntos fuertes. El suspense tiene el contrapunto de los sentimientos de unos y de otros (amigos, familiares, vecinos o compañeros de trabajo), dentro de una realidad social donde el frío es sobre todo moral. Y esas sombras siempre tienen algo que ver con un pasado desde donde sigue germinando el mal (esto es una constante en sus novelas, al menos en las tres por ahora traducidas, de las siete que hasta ahora ha escrito).

Es sintomático el título de la segunda novela: Los gritos del pasado. Aparece asesinada una joven. Debajo de ella los restos de dos esqueletos de otras dos chicas. Al poco tiempo otra desaparece. El miedo se extiende y el trabajo es contra reloj. La investigación sigue su curso. Familias que no se hablan. Oscuros motivos, venganza, odio. Dios como negocio. Al mismo tiempo el amor de Erica y Patrick que sigue su curso, los problemas de Anna -la hermana de Erica- en su matrimonio (maltratada físicamente y anulada psicológicamente), los avatares de la comisaría, etc. Los textos se suceden a un ritmo muy eficaz narrativamente a base de breves capítulos, saltando de una escena a otra y de unos personajes a otros, creando así una innegable dependencia lectora, que no puede desasirse de la acción, de la trama y subtramas, de todo aquello que está por venir, de cual será el final de todo este drama.

La escritora persigue los motivos del asesino cuidando mucho las circunstancias y la descripción de los detalles. Y es así como en una semana ya estoy casi terminando la tercera novela: Las hijas del frío. Un pescador de langostas va subiendo hacia la superficie una de las cubetas dejadas en el fondo. Pesa. Un buen día, desde luego. Pero la sorpresa es mayúscula cuando una blanca mano asoma en el agua. Es el cadáver de una niña. “Frans Bengtsson se asomó por la borda y vomitó”. Era Sara. ¿Accidente? Todo parece indicar que es así. Pero la autopsia indica que no. Agua dulce y restos de una extraña ceniza en los pulmones. Los más cercanos a Sara son un cúmulo de sorpresas. Y de por medio la maternidad de Erica (compañera del policía Hedström) y el sacrificio que conlleva, y su amistad con la madre de la niña asesinada. Al mismo tiempo se nos evoca la historia de Agnes, desde 1923 -con el recurso de la retrospección, analepsis o flashback-, y su cúmulo de desgracias, egoísmos y tragedias. Todo converge en el presente, en un desenlace de lo más inesperado, como corresponde a este tipo de novelas. Para satisfacción del lector, como es lógico.

Al igual que en Stieg Larsson y Asa Larsson hay en Camilla Läckberg (por la que muestro mis preferencias) algo que da mucho que pensar, y es la sociedad que refleja. Una sociedad vacía, des-moralizada. Porque también hay aquí un retrato moral y social y una constante denuncia: por ejemplo de la hipocresía. Todo el mundo es muy respetuoso y educado, pero el trasfondo es triste, amargo. No es que estemos ante una literatura “de mensaje”, pero la ficción está construida sobre la realidad, sobre el entramado de problemas, como digo, morales y sociales. Y uno se estremece. ¿Somos así? ¿Estamos en camino de serlo?

Sinceramente: he disfrutado. Para el próximo mes de mayo la editorial Maeva tiene prevista la publicación de la cuarta novela. Se nos va a hacer muy largo.

miércoles 11 de noviembre de 2009

Historia de las ocasiones perdidas


La literatura se ve maleada de muy distintas formas. Desde luego lo fundamental es vender, el negocio, eso es evidente. Esto se percibe en la calidad de las obras, que se desbaratan en una promiscuidad que no es normal, que cualquiera puede ver. Una prisa insufrible afecta a casi todos los que andan detrás -o delante- de las palabras. Cuando, como muy bien dice Nicolás Gómez Dávila, “el escritor bien educado trata de limitarse a lo necesario”. Así debería de ser, pero no es. Una ristra de libros, cuantos más mejor, en una ilusión de mercadería e insólitas historias que se repiten hasta la saturación de las librerías y del buen gusto. El compromiso es ya con las editoriales no con uno mismo. La fanfarria de lo aparentemente inteligente y genial se desparrama por estadísticas, escaparates, ferias y suplementos literarios. Que cada uno haga y lea lo que quiera desde luego. No seré yo quien diga nada. Pero, ¿es todo esto literatura? El mismo Gómez Dávila (si se me nota en exceso la devoción por este escritor mucho mejor, así sacarán algo en claro) apunta con más razón que un santo que “a la literatura pertenece todo libro que se puede leer dos veces”. ¿Cuántos hay que no pasamos de las veinte primeras páginas, cuántos que concluimos sin ton ni son, cuántos cuyo tedio leemos por compromiso, moda o vaya usted a saber que tipo de trastorno circunstancial? Seamos sinceros: la mayoría. Las novedades nos envuelven en su fragor, y no nos podemos resistir a su promesa de algo mejor. ¿Quién es el tipo duro que aguanta semejante asedio? Nos vemos superados en número, en voluntad, en disciplina, y el enemigo más zascandil lo tenemos dentro. En definitiva, ¿cuántos libros ahora mismo queremos volver a leer? ¿Qué nos lo impide? A mí la curiosidad, lo confieso, que es un deporte de alto riesgo, con esta mala excusa de la crítica literaria. Y el tiempo pasa y las ocasiones perdidas es ya la historia de una vida: la mía. El número de libros que me quedan por leer están contados, cada vez serán menos. Decisión mía es saber seleccionarlos. Otra cosa es si podré, dada mi flaqueza.

martes 10 de noviembre de 2009

Se abandona la felicidad



Cuenta Chesterton en un artículo lo siguiente: “Si tuviera que escribir mi autobiografía en una sola frase, diría que mi vida literaria transcurrió entre una época en que los hombres habían empezado a abandonar la felicidad por desesperación y otra en que corren el riesgo de perderla por presunción”. ¡Caramba con este inglés tan lúcido! Lo acabo de leer en un libro titulado Por qué soy católico, felizmente editado por El buey mudo, del que hablaré dentro de poco. ¿Acaso no vivimos nosotros idéntica situación? El hombre parece empeñado en no ser feliz, en derrochar su herencia en bacanales de muy diversa consideración. Y, lógicamente, inicia el camino de la desesperación. De forma gradual pero contumaz. El hombre había puesto la esperanza en asuntos que han resultado ser una filfa, una trola, algo demasiado susceptible de amargura. Predomina en las vidas el pesimismo, ese estrés lleno de angustia y nimiedades. ¿Qué le ocurre a nuestra mirada que no es capaz de ver la constante maravilla de la vida? ¿Qué le sucede al alma que tantas veces se niega y denigra a cambio de cualquier ideología, vicio o bagatela? Es lo que tiene vivir entre mentiras. Al final uno se las cree, y piensa que la felicidad es cosa de poca monta; que de cualquier manera uno engaña a la conciencia y que podemos salir incólumes, sin un rasguño, de esa guerra. Pero no es así, ya lo creo que no es así. Todos podemos dar fe de ello. Esa comezón existe. Algo no va. ¿Qué hacer? En lo más recóndito de nosotros mismos sentimos la necesidad de volver al principio, de renovarnos, de hacernos pequeños, de pedir perdón, de comenzar de nuevo. Sentimos que la felicidad nos urge. ¡Son tantos los días y los años de frustración, tantos los camelos que nos han ido cautivando el corazón! Pero no son pocos los que no quieren saber nada, aquellos para los que la felicidad es sólo un señuelo para hombres débiles y mohínos, demasiado sensitivos o católicos o románticos, indignos de su naturaleza superior. Un concepto vago e inútil, piensan, poco menos que un mito alimentado por las religiones y los cuentos de hadas. ¿Quién es feliz?, preguntan impertérritos. ¿Acaso los que lo fían todo a Dios? La vida es sólo un drama que hay que representar. Soberbios tuercen el gesto, y se escabullen en un rictus hiperbólico. Entonces, ¿el hombre no está hecho para ser feliz? Yo más bien diría que el hombre no está hecho para ser infeliz. En si misma la vida es una constante felicidad que sólo el hombre se encarga de fastidiar, legislar, torturar, acribillar, sojuzgar, condenar o abortar. Entre otras lindezas. Pero sobrevive a todo, y vuelve a germinar en las cosas sencillas. ¿Quién no es testigo de ello, de ese anhelo, de esa emoción, de esa pureza que bulle en nuestras vidas?

lunes 9 de noviembre de 2009

Incompetencia gubernamental



Esa es su característica fundamental, lo que los define por encima (o por debajo) de cualquier otra circunstancia gubernamental. Creo que una gran mayoría de españoles lo piensa -y lo sufre- aunque haya quien cínicamente calle, sindicatos y tal. No se trata de apreciaciones paranormales, de rumores o de vagas intuiciones. Son unos incompetentes. Es ya un clamor, una cotidiana constatación de hechos precisos y evaluables. La cosa no es para tomarla a broma, ni mucho menos. Sobre su mesa hay asuntos muy urgentes, que exigen medidas competentes. Pero claro, para eso hay que saber. Asuntos que dejan pudrir en el limbo de la propaganda y de la inopia más presuntuosa que haber pueda. Ya escampará, piensa el tipo. Pero la situación degenera a pasos agigantados, y los frentes abiertos superan con creces sus escasos conocimientos y su personalidad guay. Los que quedan junto a él se limitan a alabarle el gusto, abalanzándose sumisamente sobre su voluntad de poderoso. ¿Quién embrida todo este sufrimiento, todo este desconocimiento y desaguisado que ya raya el esperpento más cruel? Entre los suyos ya cunde el desconcierto. Se callan como muertos, pero cunde. No pocos huyen. Y el resto del personal contemplamos con asombro el inusitado espectáculo, la incompetencia que se resiste a dejar el poder a otros que sepan lo que se traen entre manos. Desde que las convicciones pasaron a mejor vida, prevalecen el descaro y la chapuza, la pose y la mentira. Todo lo cual desbarata, como por ensalmo, una mínima clarividencia política. No me ando por las ramas. Lo que muchos españoles piensan es que Blablatero, nuestro presidente del Gobierno, es un perfecto incapaz en el desempeño de sus funciones. Algo que comparten sus ministros con holgura. No están preparados. Lisa y llanamente. Dan grima en su balbuceo. Como el rey del cuento andan en pelota y todos los vemos. Pero les da igual, y exhiben con impudicia y provocación su propia decadencia.

domingo 8 de noviembre de 2009

Madre Teresa. “La alegría de amar (pensamientos para cada día)”



Pensar es una necesidad, estamos de acuerdo. Y más cuando nos sobrecoge el dolor o la angustia. O el no saber hacia donde vamos. Necesitamos pensar para hacer de nuestra vida algo coherente y eficaz, para indagar en el sentido de lo que hacemos y sentimos, o de lo que sucede. El hombre, precisamente porque es hombre, no puede ni debe permanecer al margen. El hombre está dotado de inteligencia para discernir las cosas y buscar la verdad que anhela, por la que suspira. Pensar es un proceso no siempre fácil. Exige honradez y una pizca de humildad. Y perseverancia. Pero ocurre que en ocasiones el pensamiento se atasca, o se pierde en mil vericuetos donde abundan las sombras; y es entonces cuando necesita del estudio y de los maestros. Necesita de esos momentos de soledad y de silencio. Para el creyente, esos momentos están no pocas veces unidos a la oración, al diálogo confiado con Dios. Pero los hombres necesitamos, como decía, de esos maestros. Y que duda cabe que Agnes Bojaxhiu, más conocida como la Madre Teresa de Calcuta, está entre esos maestros. Maestra de santidad, en este caso. Maestra de amor al prójimo, de servicio a todos. Maestra de espiritualidad. Maestra de las almas más indigentes (¿qué alma no lo es?). Por eso estos pensamientos de la Madre Teresa de Calcuta (reunidos por Jaya Chaliha y Edward Le Joly, que convivieron con ella durante décadas) son de plena actualidad. La alegría de amar (ediciones Martínez Roca) es un libro para pensar y para rezar, para considerar la necesidad de ayudar a los demás. No es teoría barata, ni soflama de monja. Es la experiencia del amor de Dios entre los más pobres. Es la experiencia de la caridad extrema y más íntima, sin pegas. Solidaridad verdadera, cristiana. Cada uno de estos pensamientos es fruto de esa experiencia radical de amor, de esa oración. Oración que es acción y que es contemplación. Unidad de vida, vocación, lealtad a Dios y a los hombres. Escribió: “No hallamos ningún problema en absoluto por tener que trabajar en países con muchas religiones distintas. Los tratamos a todos como hijos de Dios. Son nuestros hermanos y hermanas. Mostramos un gran respeto por ellos. Nuestra labor consiste en animar a estas gentes, a los cristianos y a los que no lo son, a hacer obras de amor. Todas las obras de amor realizadas con el corazón nos acercan a Dios”. Necesitamos de libros así, de personas capaces de vivir así el amor y las relaciones humanas. Fue una mujer santa porque fue imagen de Cristo. Estos pensamientos ayudarán a todos sus lectores. A todos. Nunca está de más luchar por ser mejores. Intentémoslo. “El fruto de la oración es un corazón limpio, y un corazón limpio es libre para amar. El fruto del amor es: Paz, Unidad, Alegría”. ¿Qué más podemos pedir a un escritor, a un libro?

sábado 7 de noviembre de 2009

¿Dónde está nuestro corazón?



¿Hay algo más irracional que poner el énfasis de nuestra felicidad en lo exclusivamente material? Y nos devanamos los sesos en adquirir nuevas cosas y objetos. Queremos más. Nunca nos parece suficiente. Nos apetece y ya está: ¡nuestro! Vamos poniendo el corazón en ello, y coleccionamos su tacto, su propiedad. No hay que desaprovechar nada, no nos podemos negar nada. Son caprichos que relajan y amortiguan el dolor de la vida, su contundencia. Puede que no lo necesitemos, que sea innecesaria gollería, pero no queremos privarnos de su insignificante regocijo. Nunca es suficiente. Nunca llenamos el corazón de los necesarios cachivaches o chismes. Siempre hay un hueco que llenar, un olvido que cubrir. Por favor, ¿cómo vamos a poder vivir sin esa cosa, la que sea? Y hay quien roba por conseguirlo o pide un anticipo o un préstamo, sin pensar mucho más. Mío, mío, mío. Esa veleidad tiene que ser mía y sólo mía. Pero el corazón sigue vacío, esa es la realidad. Estamos tan pendientes del propio gusto que nos olvidamos de los demás. Antojadizos de la nada, de lo absurdo, de lo más inhóspito. No hay cosa que no nos entre por los ojos. Y cada vez más tristes, con el alma híspida, desaparecida entre tanta alienación y extravagancia. Queremos ser felices, pero no damos con el cómo. Y mientras tanto compramos un relámpago detrás de otro, tanteando. Sí, sí, lo que sea. Buscamos consuelo y creemos encontrarlo en otro bolso, otro reloj, u otra falda. Objetos que almacenamos muy pronto en cajones y armarios. Y la vida se nos vuelve inverosímil, una ficción casi, si no fuera por tantos problemas... Y es mucho más fácil la amargura. Por supuesto no en la apariencia que vivimos, disimulando como se puede esa deriva del alma, tan alejada de la verdad de nosotros mismos. Conceptos como austeridad o sobriedad, tengas poco o mucho, son como fantasmas que no vienen a cuento, que ya son ganas de aguar la fiesta, con lo bien que lo estamos pasando. Tan apegados estamos a la molicie, tan aturdidos y codorros. Desprendámonos de lo inútil. De una vez por todas. Vivamos con señorío.

viernes 6 de noviembre de 2009

Idea



Tengo una idea. Voy a pensar que doy una vuelta en bicicleta. Compruebo las ruedas y los frenos. Y doy el primer impulso... Ya no estoy aquí. Vuelo. Pedaleo entre un paisaje de álamos, creo. La velocidad hace estragos en el tiempo. El cielo es la meta, en su dosel de luz y deseo. Corro encendido, bebo el aire, tenso los músculos, levanto los brazos de la realidad, de su viejo manillar de hierro. Y cierro los ojos por momentos. Sigo el camino de la idea: pienso que cada pedalada me acerca a aquello que más quiero. ¡Es siempre azul el anhelo que me consume! Vuelo entre maizales y recuerdos. Campos de hermosura, divino amor que entre silencios escucho. Me esfuerzo en mantener un ritmo ligero y alegre, que no cercene mi esperanza. Peregrino de la belleza: hombre, al cabo. Alma que recorre el paisaje eterno de Dios en el tiempo. Tierra de labranza donde crece la semilla, piedras que construyen un hogar o un puente que cruza la vida hacia otra orilla. Debo respirar bien y mantenerme atento, con la vista al frente, sujetando bien la dirección y el corazón, dados los frecuentes baches de humor o de fantasía. Pero no cejo en mi empeño, y me inclino hacia delante para ofrecer menos resistencia a mi mismo, tal es el viento. En este viaje cuyo destino miro allá arriba, o aquí dentro. Y me sorprendo hablando solo o tarareando alguna vieja canción de los 80. O incluso rezando una avemaría a pleno pulmón, tal es el ímpetu, la necesidad o el gozo. ¿Qué puedo decir? Pedaleo sin pausa. Pienso, observo, vivo. No me cansa la vida. Admiro el enebro, el musgo, la espiga. Admiro cada instante o esos ojos: su brillo. Y ese aroma de lirios y libros que viajan conmigo haya donde vaya.

jueves 5 de noviembre de 2009

Aparto un poco la cortina




Aparto un poco la cortina.
Veo otras cortinas en otras ventanas.
Fachadas, tejados, chimeneas.
Una anciana se cruza de brazos en su vida.
Observa las correrías de unos gatos. O de los años.
Y yo pienso en su infancia, llena de muñecas.
O tal vez no, y sólo tenía príncipes y princesas imaginarios.
Y unas cajas del mercado, donde jugaba
que vivía y esperaba a un soldado muy guapo.

Cada ventana es un poema. Y una espera.
Vidas ocultas tras las cortinas. Actos. Familias
o la soledad de los días en la cocina.

Un poco de sol ilumina los tejados.
Y los pájaros inmóviles en las antenas,
y el humo de las chimeneas que se difumina
en la memoria o en los sueños que nunca soñamos.

miércoles 4 de noviembre de 2009

Vivo rodeado de libros, ¿qué mejor deleite?



Las novedades librescas bullen en mi correo y en los escaparates. Novedades: curiosidades. Hay de todo lo que uno pueda anhelar. Recorres las listas con ansia. Y entras en la Fnac -“¡no papá no!”- con ganas, quieres dar con algo distinto, que te sorprenda. De entrada ves una biografía de Unamuno (Taurus) de la que no sabías nada, y lo apuntas en una agenda de Balenciaga que te regalaron no hace mucho. Te pones de puntillas o en cuclillas. Quisieras leerlo todo, hacerte con todos esos libros. Bueno, con todos no, sólo con aquellos que de pronto… Ahí está Escolios sobre un texto implícito (Atalanta), el libro del año para mi gusto y sobre el que ya he escrito y que nunca terminaré de leer y cavilar. Receta: cada noche antes de dormir tómese un par de “escolios” y piense. Lo acaricias con cariño. Quisieras hablar de él a toda esta gente que merodea a tu alrededor, encorvados entre los estantes. Te vas a otra mesa y ves El barco de la Muerte, de W. Clark Russell (Valdemar) y Submundo, de Don DeLillo (Seix Barral) que tienes pendiente. Y distingo un poco más allá los ojos azules de Paul Newman, en una biografía escrita por un tal Shawn Levy y publicada por Lumen. Le recuerdo en la película Éxodo, y en El Premio, y en El color del dinero. Me siento a hojear el libro… “Papá, venga, vamos”. En un bar, con unas coca colas de por medio, leo unas frases de Por qué soy católico, de Chesterton (El buey mudo) que subrayé ayer. “Lo que se ha perdido en esta sociedad no es tanto la religión como la razón; la ordinaria luz del instinto intelectual que ha guiado a los hijos de los hombres”. Lo mismo que hoy, tan previsibles podemos ser, después de tanta Historia. Llevo el libro en el bolsón, junto con otros dos de la poeta polaca Wislawa Szymborska: Instante (Igitur/poesía) y Aquí (Bartleby Editores). Sé que las poetas son distintas, pero hay algo en ella que hace que vuelva a releer a mi preferida Jane Kenyon. Entre ellas y yo queda mucho por decir. Y unos amigos argentinos, que saben de mi devoción borgiana, me envían Borges crítico, un ensayo de Sergio Pastormerlo (Fondo de Cultura Económica). Pero en cuanto me dejan leo a Góngora, el poeta de Córdoba, en una Antología poética que Antonio Carreira ha editado en Crítica. Perdón, pero me salto la sesuda introducción y busco los poemas breves, sobre todo su destreza con los sonetos. Y leo en voz alta:

Mientras por competir con tu cabello
oro bruñido al sol relumbra en vano;
mientras con menosprecio en medio el llano
mira tu blanca frente el lilio bello;

mientras a cada labio, por cogello,
siguen más ojos que al clavel temprano,
y mientras triunfa con desdén lozano
del luciente cristal tu gentil cuello:

goza cuello, cabello, labio y frente,
antes que lo que fue en tu edad dorada
oro, lilio, clavel, cristal luciente

no solo en plata o víola troncada
se vuelva, mas tú y ello juntamente
en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada.


Libros. Rodeado por ellos. Tan queridos, siempre tan pocos aunque sean cientos o millares. Libros que abro con delectación y leo con más fruición si cabe. Bellos objetos de contenido intemporal, que no se acaban en las páginas ni en las palabras impresas. Libros. Siempre nuevos aunque sean viejos. Novedades del alma. Oraciones, caminos, esplendores, celosías, aliento. Silencios, que es cuando descansan los ojos y se despliega el corazón o el pensamiento. El tacto de los libros, la seguridad que procura su presencia. Mientras sigo leyendo a Luis de Góngora.

martes 3 de noviembre de 2009

La niebla, la literatura y el otoño



Abro la mañana y sale con niebla. Los periódicos del día, cosa extraña, no dicen todo lo que yo quiero a Ana. Cuando es la gran noticia del momento. Llaman. Lo siento, estoy mirando la niebla. Del mismo modo que cuando la miraba de niño, en clase, con idéntico arrobo (pero sin castigo). Es como si la luz tuviera pereza y no quisiera despertarse, y quisiera arroparnos a los demás con otros sueños. Hay vidas que no cambian. Cojo el bastón de empuñadura de plata que me regaló mi amigo Juan. Lo empuño como si fuera la mismísima Excalibur…, o paseara por un pasaje de Roger Martin du Gard en Les Thibault. Elegancia y valor. ¿No es eso la literatura? Pero estoy en el pasillo de mi casa, esperando la hora de algo que no llego a adivinar siquiera. Por eso me he puesto a escribir. Por si acaso llega así. Y me entero si pasa. Vida de niebla y espera. Entre palabras. Adivinanza. La espera, el entreacto. La vida. Entrever sus motivos, mientras la claridad se va desmenuzando en brillos. Tengo frío. Necesito de un poco de literatura para encarar el día, la mañana. Y prosigo la lectura del otoño, y de Historia de un matrimonio, de Andrew Sean Creer.

lunes 2 de noviembre de 2009

“Tal vez soñar”, de José Ramón Ayllón



La gran literatura es mucho más que un estilo. Es una forma de entender el mundo, de ahondar en las grandes preguntas y anhelos y zozobras que nos proporciona la vida. Leer un buen libro es trascender lo que se nos cuenta y sentir el impacto espiritual del sentido de las cosas. La gran literatura, en definitiva, alberga en su seno una filosofía, algo que desentumedece el alma y cala e irrumpe impetuosamente en el lector, y nos exige una respuesta veraz a lo que estamos haciendo, a lo que somos y vivimos, a lo que estamos dispuestos. La gran literatura alberga en su trama una radical excelencia, y una exigencia del drama que tantas y tantas veces es la vida, y que nos lleva a un sentimiento de reflexión y de concienzuda indagación, si queremos llegar a la entraña del existir, a su felicidad y esperanza. La gran literatura se interroga sobre el quicio que sostiene esta aventura, y nos hace pensar, y nos conmueve, y hace posible que soñemos con algo más que lo vulgar, o lo bobo, o lo mediocre. Tal vez soñar, titula su último libro José Ramón Ayllón (Ariel). Con el siguiente subtítulo: “La filosofía en la gran literatura”. Soñar, aprender a leer; soñar, aprender a ver; soñar… Y el autor quiere darnos pistas muy concretas para este aprendizaje. El libro es como una guía literaria que nos conduce e interpreta la geografía de ciertos temas fundamentales que nos preocupan a todos. Quiere mostrarnos la literatura como pedagogía del alma, como referente y cifra de las grandes pasiones e interrogantes. El libro de Ayllón es un incentivo para la lectura inteligente. Dios, el bien, el mal, la muerte, el amor, la amistad, la familia… siguiendo a unos determinados textos o autores. O asuntos como el comunismo, o el darwinismo, o la filosofía de Nietzsche perfilada en dos personajes de novelas (el Raskolnikov de Crimen y castigo, de Dostoievsky, y Larsen de El lobo de mar, de Jack London). La literatura como mediadora y cauce y expresión del ahogo moral, del sentido del dolor o de la necesidad de Dios. La gran literatura es grande precisamente porque indaga en el corazón del alma, porque va al meollo, porque no se conforma. Los grandes escritores, nos dice el autor, “enriquecen a la filosofía porque exponen con brillantez los aspectos esenciales de la realidad”. Y las palabras, en estos casos, hacen sangre, y nos redimen del error o de la inercia, y nos ponen en la adecuada perspectiva. La gran literatura responde a la absoluta necesidad que tenemos de amor y de armonía o, sencillamente, de intentar comprender el horizonte último de la rutina. José Ramón Ayllón nos pone sobre la pista, para profundizar aún más en el sentido de la vida. Y lo hace con su acostumbrada y perspicaz agudeza. Y con una buena prosa.

domingo 1 de noviembre de 2009

El armario




Ese armario guardaba mi ropa
cuando tenía quince años.
Al abrirlo me sorprende que esté vacío,
que no haya nada.
Sólo lleno de un tiempo
pasado de moda.
¡Cuánto polvo, cuánta rabia!
Cada mañana lo abría y buscaba
una camisa a juego con el día.
No es nostalgia, es otra cosa
distinta, algo parecido
a la impotencia, no sé.
Abro los cajones y me encaramo
al altillo donde guardaba el tabaco
o aquella pipa que compré
para parecer mayor o más sabio.
No hay nada,
salvo estas vetas de tiempo en la madera
o los tiradores dorados.
Y acarició la superficie de los años
en su bello barniz de vida.