Bienvenidos

Reflexiones, poemas, escorzos de vida, fe de lecturas, noticias de amigos... No pretende ser un desahogo, más bien un diálogo. Un demorarme en el resplandor de nuestra existencia. Y en su literatura.


sábado 31 de octubre de 2009

Enamorarse de Dios



Es cuestión de detalles, como todo amor que se precie. De no pasar de largo cuando te cruzas con esa iglesia, ahora que recuerdo. Si de verdad te crees que ahí, en ese recinto, está Dios, ¿cómo es que te dispones a cruzar tan rápido el semáforo y piensas que luego, que otro día, que ahora no puedes? Patrañas. Poco amor es ese, muy poco. En cuanto llegues a casa haz lo que tengas que hacer y vuelve. ¿No vas a comprar el pan o unos folios? Pues aprovecha. El amor todo lo excusa, pero no hay excusa razonable para tal desplante. Dios espera. En la iglesia o en el escritorio. O en Internet. Espera tu pensamiento, aunque normalmente tenga que conformarse con tu abulia. ¿Qué decirle a Dios que ya no sepa? Eso es cierto, pero el amor son los gestos, aunque no apetezca, o caiga a desmano. ¿Qué sería de ti sin Él? ¿Qué sería de todos? Pero a Dios Le gusta sentirse querido, estar contigo como si fueras el único. ¿Qué sería de Dios sin ti? Saltando las primeras consideraciones, o las pertinentes teologías, es bonito pensarlo, considerar que sin tu amor Dios no sería el mismo. Mira, a la puerta de la iglesia está Él. Ha salido a esperarte. ¡Un pobre con la mirada en el suelo! No te conformes con una apreciación superficial y con una limosna; háblale, igual resulta que está esperando tu sonrisa, la sonrisa de alguien. Y se precipita en ti la gracia. Lo que necesitabas. Justo a tiempo. Ay, enamorarse; enamorarse de Dios es levantarse en punto y ofrecerle el corazón entero, de una pieza, aunque en cuanto llegas a la cocina ya sólo piensas en ti, o en ti, o en nada. Pero ese ofrecimiento significa todo. Es para Dios, es de Dios, y por lo tanto infinito. Tu vida ha cambiado, cambia. Puede que ni te des cuenta, tan embebido andas con el fútbol o con los euros, u otras índoles. Dios trabaja mejor por dentro, sin ruido, sin desperdiciar ni una pizca o átomo de vida. De tu vida. De mi vida. Del cansancio o de la risa. Y te habla con ternura. Te dice que eres Suyo con la primera luz del día o con las miradas de tus hijos (o sus travesuras). Y se sirve de insospechadas circunstancias para amarte, para dar por ti Su Vida. Las veces que haga falta. ¿Me amas? ¿Le amas? Y se te encoge el alma.

viernes 30 de octubre de 2009

En una librería





Entré en una librería.
Quería descansar de mi mismo.
Y de la monotonía
de los días que había dejado atrás,
durante la semana.

Entré en una librería
y el silencio
me dio la bienvenida.
Allí el alma estaba ordenada
por palabras, por su melodía.

Entré en una librería.
Entré en el misterio
de la vida, que hojeaba
en novelas, ensayos y poesía.

Entré en una librería. Cansado
de tantas voces que no dicen nada.
¡Qué feliz fui mientras leía
los títulos y las contraportadas!

Entré en una librería.
¡Cuántos libros, cuántas vidas!
Lírica, historia, filosofía, drama…
Los sueños de los hombres y sus almas.

Entré solo en una librería.
Y salí acompañado de Wislawa Szymborska.

jueves 29 de octubre de 2009

“Escolios a un texto implícito”, de Nicolás Gómez Dávila




Bueno, bueno, bueno. Pese a que el título pudiera parecer un tanto pedante o barroco, y pese a que un servidor desconocía por completo la existencia del escritor colombiano Nicolás Gómez Dávila, 1913-1994 (supongo que es algo que sucederá a una gran mayoría de lectores), tengo que decir de entrada que estamos ante uno de los mejores libros que he leído nunca. Y no exagero ni un ápice. Señores míos, asistimos a una verdadera bendición literaria. Un libro del que me atrevo a decir que es la sorpresa editorial del año en España. A partir de aquí podemos hablar de lo que se quiera.

Estoy viendo las caras de pasmo. ¿Pero qué está diciendo este hombre? Pues lo que han leído. Una obra maestra. Genial. Ahí está el libro, en la editorial Atalanta; y su director, Jacobo Siruela, una vez más demuestra su buen olfato como editor. En definitiva, como el profundo y avispado lector que él es. La ocasión lo merece. La sobria portada, el papel biblia, el número de páginas (1407) y el tipo de género literario (aforismos) puede que nos haga creer que este libro es para otros, que sea aburrido. Y nada más lejos. Este libro, que por primera vez reúne en un solo volumen todos los “escolios”, es adictivo cien por cien. Es un clásico del siglo XX.

Se podría haber titulado “Notas de un lector compulsivo”. Pero no, es algo más que eso. Es la columna vertebral de un pensamiento y de una pasión. Pasión por la inteligencia, sobre cualquier otra cosa. Por la devoción espiritual que el hombre y la vida le procura. Esta es una de esas ocasiones en que se palpa que la inteligencia es una potencia del alma. Veamos, un hombre que lee en el silencio de su biblioteca, y escribe fragmentos de luz, de inspiración reflexiva y hasta poética. Con ironía y mordiente, con ternura tantas veces, y siempre con escepticismo (del que piensa que es la humildad de la inteligencia). ¿Cuál es el texto implícito que menciona? Es el sistema de pensamiento que Nicolás Gómez Dávila no llegó a sistematizar pormenorizadamente, pero que imaginó hubiera sido su obra ideal. Y cuyo esbozo fue perfilando a base de cientos de pinceladas, de ideas que ahora toca al lector desarrollar. Cada aforismo, cada escolio, es un impulso intelectual, una divisa crítica e inconformista. “Escribir corto, para concluir antes de hastiar”.

Escolios a un texto implícito se puede leer como se quiera. De corrido o según necesidad. El lector nunca queda indiferente, ni preso en las arenas movedizas del hastío. Es un continuo deslumbramiento, aunque no estés de acuerdo. Su modernidad es absoluta. Precisamente por su amor a los clásicos (dominaba el griego y el latín a la perfección), y ese pensamiento fragmentario tan característico de la filosofía contemporánea, sin ir más lejos. ¿Para qué escribir? Él mismo se responde: “Algunos intentamos escribir tan sólo para prolongar la vida cotidiana en vida inteligente”. Su patria es la inteligencia, como señala en el imprescindible prólogo Franco Volpi. Pero también lo es el catolicismo, según confiesa. “El catolicismo enseña lo que el hombre quisiera creer y no se atreve”.

Nada queda al margen de su pensamiento. Aunque hay temas recurrentes, que le quemaban. U otros por los que sentía un especial cariño. No se puede uno perder lo que escribe sobre los políticos. Una cata: “El político tal vez no sea capaz de pensar cualquier estupidez, pero siempre es capaz de decirla”. ¿Es actual o no? O lo que escribe sobre los llamados progresistas, o sobre la izquierda, a los que no perdona su frivolidad: “La esperanza progresista no anida sino en discursos”, o “El progresista cree que todo se torna pronto obsoleto, salvo sus ideas". O esto otro: “En las huestes de los intelectuales de izquierda sólo militan pequeños burgueses agrios”. Pero hay muchas más facetas por supuesto sobre las que muestra interés (¿sobre qué no?). Dios y la religiosidad (“Orar es el único acto en cuya eficacia confío”). El enaltecimiento de la verdadera sensualidad, el arte moderno, los libros (creía en la biblioterapia), el énfasis y supuesta predilección moderna por la tontería, la usura, el liberalismo, la familia…

Una sola frase de este escritor es capaz de abrirnos un océano de intuiciones. Como señala Volpi, su pensamiento se aglutina en Dios, en el alma y en el mundo. Ponerle rápidamente una etiqueta sería carencia de lucidez. Porque Nicolás Gómez Dávila es un escritor apasionante y universal. No son simples ocurrencias. Escribe con sorna y precisión, con elegancia de estilo e inteligencia de corazón. Hasta cultiva una rediviva greguería: “La poesía onírica no vaticina, ronca”. Y tiene hallazgos fascinantes, de una sensibilidad muy acusada. Como éste: “Mientras un escritor no pase de moda no sabemos si tiene talento”. Señores, estamos ante un libro sencillamente espectacular. Espero que algunos de ustedes se den cuenta.

miércoles 28 de octubre de 2009

Postal para Fernando Sánchez Dragó




Querido Fernando:


Envidio tu desenfado. Te trae al pairo lo que digan o piensen. Tú a tu literatura, a tu radical incorformismo y a no esconderte de la verdad. Dices lo que crees, aunque salten chispas. Por eso eres tan admirado. No por todos, claro. Eso ya sería demasiado. Y te retiras de la idiotez y la llamas por su nombre. Idiotas incluidos. Eres una persona fascinante, libre de escurribandas. Eres un ejemplar español de pura cepa. Que cultiva, eso sí, la ironía. Y el estrambote. Y a los clásicos. Crees en el esperpento, la filosofía del conocimiento que más se adecua a España y a lo que contiene. Valle-Inclán dio en el clavo. Da gusto oírte. Y leerte. Y da gusto porque suenas sincero, y bravo. ¿Sabes lo que eso significa en estos tiempos? Hartos como estamos de imposturas y golfos. Tu vehemencia me conmueve. Esos gestos desaforados y a la vez tan tiernos. ¿Niño grande? Puede ser. Recuerda lo de Erasmo: Los viejos son dos veces niños. -“Este tío tiene alma”, le dije a mi mujer hace poco mientras perorabas en algún inhóspito rincón televisivo. ¿Me entiendes lo que quiero decir? Podría haber dicho cualquier otra cosa, pero no, dije eso: “este tío tiene alma”, sustancia, fuste. Voluntad de hombre honesto. ¿Algo pedante de cuando en cuando? Te lo puedes permitir. Pero no hay oquedad en ti. Si acaso eres un pedante con estudio y abundante bibliografía. Dices barbaridades para que la gente preste atención a lo que importa, y piense, para variar, y se pregunte si dices más de lo que dices y no se queden como están. Apóstol de la rebeldía y del ser religioso del hombre. Esto en ti es importante. Todo lo heterodoxo que se quiera. Considero que es tu espinazo, lo que te mantiene en pie y anhelante, en vanguardia y dispuesto al abordaje de la estulticia. Y tira millas. Y viajes. Y libros. Envidio tu desenfado, sí, y la alcurnia de tu escalpelo. No está de moda decir la verdad en tan perfecto castellano. Pero si nacionalismo es fascismo ¿por qué decir otra cosa? Por ejemplo. Y hablas de las mujeres con fruición galante y admirada (no me meto en más berenjenales). Y de tu familia. Y de los gatos. Y de Oriente. Y de la lengua. ¡Qué pasión pones, qué orgullo cuando dices lo que amas! De chaval me sentaba a ver tus programas “Encuentros con las letras” o “Biblioteca Nacional” cuaderno en ristre. Apuntaba títulos de libros y citas y frases que dejabas caer como si nada. Disfrutaba mucho, y aprendía. ¿Cómo no agradecerte tan buenos ratos, tantas lecturas? Y voy por los cuarenta y tantos y me sucede igual. Aprendo y tomo nota. Con un poco más de melancolía, podrás entenderlo. Es así la vida. Libros e hijos rejuvenecen, no lo niego, pero no es lo mismo. Con el tiempo valoras más una décima de cariño que mil páginas magistrales. Fernando, es un placer. Siempre. Que Dios te guarde.

martes 27 de octubre de 2009

No paras, Dios, de buscarme las cosquillas




Sólo un poco. Un poco es sólo lo que me pides, Dios,
pero yo lo trastoco todo a la velocidad del pecado
(y no me importa repetirme y rubricarlo por escrito de nuevo).
Soy un consumado especialista en efectos espirituales,
en omisiones, en aparentar que sí, que bueno, que ya, que voy,
que mira lo piadoso que soy y eso. Hasta lo hago de rodillas
o con los brazos en cruz, en un perfecto equilibrio de tibieza
camuflada en sentimentalismos y en un órdago de relucientes propósitos.
Hasta hay quien se lo cree y todo. Y dicen que soy bueno... ¡Serán bobos!
En definitiva ¿qué es lo que yo Te doy? Sólo palabras. Una verborrea
de intenciones a medias y poco más. Estoy muy ocupado.
Pasas por mi lado, me mandas recados (con ángeles, poemas o correos),
pero nada, Dios, nada, ni caso. Demasiado transido de emociones
que no vienen a cuento, de novelas suecas de género negro o de biografías
del tiempo que guardo para mí. ¡Tengo derecho! Mira los otros.
Un poco me pides, Yahvé. (¿Sólo? No me fío).Un poco de mí. De lo mío.
Espera. Eso es lo que siempre Te digo: espera. Y no me atrevo
a mirarte a la cara en el sagrario. A los ojos de Cristo. Es demasiado
para mí. Lo mejor es un término medio, ¿no crees?, un ir a mi aire,
sin estridencias ni sofocos, si Tú lo sabes todo, si ya sabes que Te quiero,
y que voy, y que estoy de Tu lado, faltaría más, aun cuando peco.
Lo sé. Sí, sí, lo sé. Sé que me pides todo, que no Te conformas con menos.
Y busco acomodo en Tu misericordia. Tan infinita y confortable.
Pero no paras, Dios, no paras de buscarme las cosquillas. ¡Más, más, más!

lunes 26 de octubre de 2009

Plácido Domingo canta la poesía de Juan Pablo II



Plácido Domingo ha estado siempre impresionado por la figura de Juan Pablo II. Continuamente repite que no ha conocido a nadie como él. Desde luego, a poco que uno se ponga a profundizar en su vida, en su obra y en su trato con los demás, se da perfectamente cuenta que su ejemplo constante y tenaz -nada ni nadie le apartaba de Dios-es uno de los más indicados para alcanzar la santidad. Destacaba en muchas facetas, pero sólo una era la persona, una el alma pionera de un hombre que logró conmovernos como nadie, que zarandeó al mundo, que abrió de par en par las ventanas y las puertas de la Iglesia. Su personalidad era sorprendente. A nadie dejaba indiferente. A nadie deja indiferente. Porque un hombre así no muere nunca. Un santo así -místico y docto y siervo de los siervos de Dios- es constante referencia para todos.

Su faceta de artista no es la menor. El amor por la literatura, por el teatro, por la poesía. La poesía como atajo hacia Dios. Liturgia de signos y metáforas y ritmo. Como búsqueda y acción de gracias. Poesía, Belleza: esencia y sustancia de Dios. La poesía como fruto de la oración, del enamoramiento, de la intimidad con el Señor y con todas las realidades humanas. Poesía como vocación. Por eso no es de extrañar que el tenor Plácido Domingo se conmoviera en su momento con algunos de los poemas del libro Tríptico Romano, último de los libros poéticos de Juan Pablo II (Universidad Católica San Antonio, Murcia 2003). Y quisiera hacer de ellos cántico, música… El resultado está al llegar.

La vocación poética no era en Juan Pablo II algo accidental. En ella está implícita una hermenéutica radical del amor que le consume, en un compromiso total con la Verdad y con la Belleza. En la Carta a los Artistas escribió: “Efectivamente, toda intuición artística auténtica va más allá de lo que perciben los sentidos y, penetrando l arealidad, se esfuerza por interpretar el misterio escondido”. Juan Pablo II ve en la belleza que las palabras enhebran al verso, el preludio del amor de Dios. “Magnificat (El Himno)”, poema de 1939, tiene un significativo comienzo: “Glorifica, alma mía, la Majestad de Dios, / Padre de la bondad y de la gran poesía”. Su creencia es pues su poesía.

Tríptico Romano es, fundamentalmente, evocación de Dios, meditación. En sus versos nos encontramos con influencias bien precisas: desde la Sagrada Escritura hasta la mejor tradición poética polaca (con contemporáneos suyos de la talla de Wislawa Szymborska, Czeslaw Milosz o el Bialoszewski de Misticismo para principiantes), pasando por la mística de su amado Juan de la Cruz o la poesía grecolatina. Desde la atalaya de su fe reflexiona poéticamente sobre la belleza última de la Creación, sobre el Juicio Final, sobre el largo peregrinar que es la vida del hombre. Desde esta perspectiva contemplativa su visión es toda una revelación para el lector, que participa desde estos versos no sólo de la vida interior del poeta si no de la misma intimidad de Dios. Bien podría estar presidido todo el conjunto por aquel verso griego que cita San Pablo: “En Dios nos movemos, vivimos y existimos. Verso que el Papa-poeta cita en el poema Epílogo del segundo movimiento.

El libro está dividido en tres partes, que se adivina como homenaje explícito a la Trinidad. La primera, “Arroyo”, es un canto a la naturaleza y a la relación de los hombres con ella y con su Creador. La segunda, “Meditaciones sobre el libro del Génesis en el umbral de la Capilla Sixtina”, se me antoja la más conseguida, donde el lugar y sus imágenes son cifra de la misma presencia de Dios, donde el tiempo y el espacio se difuminan en el cántico de su visión. En la tercera parte, “Monte en la región de Moria”, la historia de Abraham es alegoría de nuestra misma historia, meditando sobre el destino del hombre y su libérrimo final.

Tríptico Romano fue -y es- un testamento, un himno, un intuitivo texto sobre el que merece la pena reflexionar, y que me hace recordar unos versos de Czeslaw Milosz: “Desear la buena poesía y no alcanzarla, / comprender tarde su sentido redentor: / esto y sólo esto es una salvación”. Porque toda poesía tiene su poso de oración.

Pd. La traducción de Bogdan Piotrowski es realmente buena.

domingo 25 de octubre de 2009

La fantasía de la tecnología



Nos aísla. Carcome la imaginación y la vista. Siempre pendientes de las pantallitas, de ampliar la memoria, de la última novedad virtual y de los últimos juegos de marras. La mirada perdida. Sortilegio de chips y aparatos de diseño y última generación de algo cibernético. Nos apartamos de la vida, del tacto de las cosas. Enganchados. Recluidos en una impostura de muchos megas que puede que nos deje sin tiempo para lo que importa. Ya saben: el cuerpo a cuerpo con el alma. Deambulamos entre móviles, plasmas, y la soledad de los tuentis o twisters. Se nos está olvidando escribir a mano, la caligrafía de nuestros mayores. Se nos está olvidando leer libros en primera instancia. En el universo de lo inverosímil hay verdaderas patologías que parecen maravillas. Transmundos y fantasías. Sueños que desaparecen cuando apagas. Tantas veces la inmediatez de nada. ¡Qué fulgores de artificios, qué lustre, qué abracadabra! Cada vez más gente hipnotizada. A la postre, con todas sus ventajas, ¡cuánta pérdida de tiempo, cuántas manías! Hablan de nanotecnología. Y es cierto, sí, es todo cada vez más enano. Tenemos jibarizada el alma y el cerebro desvaído en naderías mátrix. Vivimos en un alucine completo. Todos los aparatos son pocos, los necesitamos para… ¿para qué? No sé, el caso es que los necesitamos. Necesitamos curiosear en lo más recóndito, ya mismo, ¡ahora! Conectarnos, ver, guardarnos en el pendrive la luna y asomarnos a la belleza en trémulos megapíxeles. Embriagarnos de ese resplandor, de ese ámbito que nos ensimisma y ciega.

sábado 24 de octubre de 2009

Cosas de familia



Cuando dejo de trabajar es cuando empieza mi verdadero trabajo. Quiero decir, cuando llego a casa. Me río yo de tantas horas de despacho, y tal. Recuerdo haber soñado alguna vez llegar y encontrarlos a todos dormidos. En fin. Sin apearme del hombro la cartera me topo con un abrazo del peque. ¡¡Papá!! Dios quiera que todo siga así. Papá mira, un ocho y medio en mates. Eres un hacha, tío. ¿Dónde están los demás? Miro sus cuartos. Por aquí las toallas húmedas desde por la mañana y el secador de pelo dejado displicentemente en el suelo, en medio de mochilas y libros. Por allá un lagarto de trapo en la mesa de estudio y, estratégicamente, una multitud de calcetines, zapatos y soldados. Los demás están en la cocina. ¡Ha venido papá! Estamos preparando la cena. ¿Y mamá? Ahí, ya la veo, enfundada en una capa de harina. Un beso que me sabe a canela. Bueno, es la guerra, hay que prepararse. Ah, ¿habéis visto como tenéis vuestros cuartos? ¿Y quién paga la luz?, siempre están encendidas. Por favor, no riñas ahora, se están portando muy bien. Sí, papá, estás muy “riñón” últimamente. Vaya, no aprendo, una vez más tenía que haberme callado, todo un arte. ¿Qué hago? Antes cámbiate de ropa por favor y haz tus abluciones. Salgo de escena y me siento un rato. Repaso unos recibos y otros papeles, que rompo a cachitos. Me asomo al tendedor. Vacío. Y entonces oigo el grito: ¿Puedes tender la colada mientras terminamos? Un matrimonio bien sintonizado, desde luego. Me pongo a ello. A la vez miro en el ordenador los blogs, los últimos correos y ese gol tan extraño que le metieron al Liverpool. Las pinzas en la boca, y mientras tiendo la ropa miro los gatos y el tono coloquial del cielo. Y pienso en que ya queda poco para final de mes. Pienso en que, como canta Juanes, la vida es un ratico y que debo aprovechar cada minuto de mi mujer e hijos. Concluyo. Pero todo término es un comienzo. Toca planchar un par de camisas. ¡La cena está puesta! Bueno, ya lo haré luego. Entro de nuevo en escena. Lo siento, la televisión se apaga. ¡Jo, papá! Así hablamos. Contadme, ¿qué tal? Necesito veinte euros para… Mañana tengo dentista papá. Eso significa… Me he quedado sin viajes en el bonobús, me tendrás que dar… Risas (que conste: no me río). Pues yo he visto un pantalón muy bien de precio que podría… Vale, definitivo, podéis poner la televisión. Cualquier cosa es mejor que esto. Dejadme a solas con mi tortilla. No te enfades. No me enfado. Es sólo que… ¿Qué? Nada, no me hagáis caso. ¡Cómo quiero a estos canallas! Y a mi mujer, claro. Pero lo prometo, en cuanto se duerman todos me levanto a leer un buen rato. Bendita madrugada.

viernes 23 de octubre de 2009

Cincuenta y cinco mil y pico, dicen... y somos infinitos


Para mi hija Cristina y su amiga Guadalupe, incansables luchadoras por la Vida


Algo así. Dicen. ¿Desde cuando se puede contar algo que es infinito? Manifestación por la vida. Por la Vida. Madrid. España. Razón de amor. Millones de almas, familias enteras, muchos jóvenes. Todos eran jóvenes, todos tenían mirada de niño. Y una alegría que bullía. En medio del culto a la muerte hierve la vida, se ve, se nota, se siente. Todavía. ¡Qué testimonio! Familias enteras. Personas que defienden la felicidad de todos, el derecho a la sonrisa de Dios en el mundo. Cántico, primavera en otoño. En medio de esas grandes avenidas avanza, avanzaba, sigue avanzando la Vida. Pasito a paso. Sonrisa a sonrisa. A pie, en carrito, hasta gateando. Redimiendo a España de tanta muerte, de este luto gubernamental, de esta losa que asfixia; reivindicando el derecho a reír, a balbucear, a moquear, a sollozar. Derecho a la vida. ¡A la Vida! La manifestación era como una inmensa nana. Una canción de cuna de proporciones sobrenaturales. Y dicen los que sistemáticamente mienten que cincuenta y cinco mil y pico. O así. Muy científicamente. Y yo que miraba ese caudal de millones de almas que discurría por el cauce de la Historia. Redención, redención. Alegría incontenible. Himno cada palabra. Niños que resucitan. También lágrimas por los ángeles mártires. Manifestación por la vida, por la paz, por la libertad, por la justicia, por la esperanza. Y sobre todo manifestación por el derecho a la felicidad de los más diminutos e inocentes. Yo vi a Dios allí. Aunque no salga en los telediarios. Me da igual lo que digan los mentirosos y paniaguados del infierno. Lo vi en los rostros de la gente, en esa miríada de almas que luchan cada día por ser mejores y coherentes, por ser dignos del amor que nos hace hombres. Hombres completos, e inmortales. Que es lo que somos. Sólo tenemos que mirarnos un poco a los ojos, hasta llegar al corazón, a la entraña del ser humano. Manifestación por la alegría, por la vida, por la ternura. Rebelión, cántico, redención. Por el derecho a nacer y ser amados. Eso es lo que había allí. Esa es la fuerza, lo que sigue allí. En Madrid, en España. En octubre de 2009. Primavera en otoño. Vida pujante. No podremos olvidarlo. Es el hombre, es la gestación de un tiempo nuevo, que se aproxima, que nace.

jueves 22 de octubre de 2009

El brocal del pozo





De niño. Asomado al brocal del pozo.
Abajo estaba el agua que bebía.
El agua que tiritando me lavaba
todas las mañanas.
Y en la que me bañaba al sol del mediodía.

Asomado al brocal del tiempo
recuerdo estas cosas, y veo
el niño que yo era.

Recuerdo que daba voces y me contestaba otro.
Tiraba una piedra y se estremecía el agua
y su reflejo: yo, que miraba.
Y miro todavía.

Igual que me estremezco ahora,
en este otro vértigo que es el tiempo.
Y la vida.

Y no me cansaba de estar allí, y esperaba
a que el agua se quedara de nuevo quieta, y lisa,
para al momento romper otra vez su espejo.

Decía nombres y llegaban ecos.
Escribo palabras
y sigo sediento.

miércoles 21 de octubre de 2009

“La Casa de la Infancia”, de Marie Luise Kaschnitz



La infancia es una casa que con el tiempo va ganando en espacio y en nitidez. Su memoria se va ampliando en estancias que creíamos no íbamos a volver a visitar otra vez, pero que ahí siguen, que nunca se han ido del todo y que conforman nuestra más certera identidad, el centro espiritual de nuestro ser. Y según pasan los años son más frecuentes nuestras visitas y cada vez nos cuesta más salir de su refugio, o regazo. O acaso no, y nos resistimos. Hemos ido dando tumbos por la vida y acabamos abocados a volver a aquella edad en donde ser feliz era mucho más que una simple posibilidad. Los colores eran más puros y el tiempo una suerte de infinito donde corríamos sin parar y sin cansancio. Era todo un constante descubrimiento, un regalo, una novedad sin parangón. Y un principio y una promesa. Yo no sé si es nostalgia o una impaciente necesidad de sentirnos más vivos. Nos hacemos viejos en un momento, esa es la verdad. Y nos preguntamos si esto es todo -¡no puede ser, no puede ser!-, y cerramos los ojos para volver a ver la vida de aquel modo. O su reflejo. ¿Recuerdan? De pronto el mar, o el membrillo, o los libros, o los innumerables juegos. O el deslizarse por el pasamanos de la escalera. O cualquier otra inhóspita maravilla o circunstancia. Claro, que hasta aquí todo es positivo. Y no se pueden obviar de la infancia esos otros momentos menos felices. Pero predomina la luz y el regocijo (será por un olvido selectivo). Y la curiosidad y los aromas.

El libro de Marie Luise Kaschnitz (Karlsruhe 1901-Roma 1974) titulado La Casa de la Infancia (Minúscula) es un delicioso relato de arquitectura vital y de afianzamiento sentimental. Y de cierto examen de conciencia. Según va transcurriendo la lectura la autora nos desvela fragmentos de su infancia, y nos invita a visitar distintas estancias -con sus luces y sombras- y asomarnos por diversas ventanas a diversas perspectivas. De una Casa que ni siquiera está siempre en un mismo lugar. “En algún momento de la vida, todo el mundo tiene la necesidad de ocuparse de su infancia”. Y en estos breves textos que se van concatenando nos vemos todos aludidos, de una forma o de otra. La infancia se proyecta en la madurez cada vez con más ímpetu, cada vez con más detalles en un “redespertar de sentimientos” e intuiciones. Es recuerdo y es fábula, y son fragmentos de autobiografía. Es ir casando las teselas de un mosaico que va conformando lo que ella llama el CDI o Cedeí (Casa de la Infancia). “La fusión de sus iniciales encubre la inexactitud del rótulo, que nunca asombrará lo suficiente”. Y “es difícil traducir a palabras todo lo que a veces hay en la Casa (…)”, en cada uno de sus registros. La autora va construyendo en breves párrafos de textura surrealista ese edificio que es literatura porque fue vida; que es lúcida introspección -o introversión- desde la que se sugiere una rabiosa emotividad e incluso una prospección más allá de lo personal.

Lo mínimo siempre es más. No hay detalle menor en nuestra infancia, en la infancia de Marie Luise Kaschnitz, ni en su sobria y contenida prosa: una anciana menuda, un perfume de violetas, unos brazos, unos libros, o el canto de su madre en un rincón de esa casa. Imágenes, signos; carrusel de vivencias. En gran medida somos lo que fuimos. Y lo que pudo ser. Este libro es, en definitiva, un acto de esperanza.

martes 20 de octubre de 2009

Briznas de sueños y memoria


¡Arriba! Cuesta que el cuerpo responda. Te sientas en la cama medio en coma, apurando un sueño que estás a punto de olvidar. Una cabaña llena de libros, el crepitar del fuego en la chimenea. Dos sillones orejeros sobre una espesa alfombra de lana. Recuerdas aún ciertos detalles. La alfombra es verde y blanca. En una pared cuelga un poema manuscrito de Thomas Hardy. Hay unas empinadas escaleras. Arriba una cama, una mesilla, otro cuerpo de estanterías, una mecedora y un ventanal enorme desde donde se contempla un bosque de imprevisibles colores y un cielo de acuarela. ¿Cómo habré llegado allí durante la noche? No sé si había alguien más o estaba solo. Me froto los ojos con fuerza. Me atraen las sábanas, su cálido tacto, su intimidad de espalda y abrazo. Y me dejo caer, y reboto, y se me abren los ojos al rosetón del techo, que se expande en concéntricos círculos color salmón. Como se expanden las voces de habitación en habitación y llegan a mí por el pasillo y por el corazón. Hace frío en la casa. Duchas, desayunos, últimos repasos, esos pelos, los dientes, la camisa por dentro, los bocadillos… ¡Abrigaros! ¿Quién no se ha tomado la leche? Es igual, ya se han ido. Recorro la casa. Recojo por los rincones ropa sucia, juguetes, zapatos, lapiceros… Ya se han ido todos. Y me han dejado con el rescoldo de ese sueño que desaparece según amanece y con estas palabras que titubean. Paseo por la casa. Me detengo en libros, fotografías y cuadros. O en las diminutas hojas de una planta, o en una talla de San José, o en una idea inconcebible. Acaricio los muebles, las tapicerías, las paredes, la memoria. Y lo veo todo como en una cercana lejanía. Sigo por el pasillo un rastro de luz que me lleva a un cúmulo de ternura. Existir: vivir fascinado por esta calma que se diluye en el tiempo; por esta alma que necesita de lo anodino para llegar al gozo incandescente de la noche y de la vida.

lunes 19 de octubre de 2009

Saramago, no me fastidies



Éramos pocos… Un amigo mío, que te conoce, me dice siempre que eres una extraordinaria persona. Jura y perjura. Y yo me lo creo. Porque mi amigo tiene buen criterio y es sincero. Pero claro está que puedes ser una extraordinaria persona y equivocarte de medio a medio en mil cosas. Como todos. A no ser que uno esté obsesionado con su ego y ande dando vueltas y más vueltas a los garbanzos de su vanidad. Lo que sólo conduce a una vida boba y a una conducta necia. Pienso que no es tu caso, porque denota falta de inteligencia y tú eres un hombre inteligente. Creo. Y mi amigo insiste además en que eres una persona sencilla. ¡Casi nada! En esto de la sencillez yo tengo mis dudas -por algunos gestos y ciertos textos-, pero puede que me equivoque, que es lo que con más frecuencia suele ocurrirme. Errar es humano. Lo más humano, diría yo. ¿No te ocurre a ti? ¿No te pasa que sabes que te has equivocado y sin embargo persistes en el error por una extraña mixtura de soberbia y haraganería moral? ¡Cómo va uno a dar su brazo a torcer! ¡Qué pensarán los demás! Y, sin embargo, no hay mayor elegancia. Rectificar. Es de sabios, dicen. En el camino hacia la verdad. O hacia ese estado de felicidad profunda que es la que cuenta.

Pero todo este discurso viene por tus recientes declaraciones en torno al Papa y a la Iglesia Católica. Y de fondo tu nueva novela: Caín, que según leo es combativa contra la religión. Y mira que lo siento, porque eres buen narrador y me fastidia que andes a estas alturas derrochando tu talento con inquinas que para mi gusto afean tu obra y desquician tu alma (aunque tú no lo creas así). ¿Ves? Si fuera malpensado diría que te lo has montado muy bien. Que el inicio de la campaña mediática, para vender tu novela, es perfecto. Poner a parir al Papa es ya algo muy corriente, diría que vulgar y desde luego nada original, pero funciona oye, dado el gregarismo sectario de tantos. Le llamas a Benedicto XVI “neomediavalista” y “cínico”. Yo tendría cuidado. Es seguro que te ha leído -su curiosidad intelectual es directamente proporcional a su intensidad espiritual-, y es más seguro todavía que haya empezado a rezar por ti. Y por más ateo que seas -tranquilo o combativo, tanto da- yo no desdeñaría ese potencial. Esa variable tú no la controlas, es más: reniegas de ella; pero eso no quiere decir que Dios no esté pendiente de ti. Y que te ame aunque esgrimas contra Él un universo de palabras.

Saramago, no me fastidies hombre. No te obceques. Fíjate que todavía me cuesta creerlo. Pero lo leo: “A las insolencias reaccionarias de la Iglesia Católica hay que responder con la insolencia de la inteligencia viva, del buen sentido, de la palabra responsable. No podemos permitir que la verdad sea ofendida todos los días por presuntos representantes de Dios en la tierra a los que en realidad sólo interesa el poder”. ¿De qué insolencias hablas? ¿De la de los mártires? ¿De la de las bienaventuranzas o de las obras de misericordia? ¿Te escandaliza Cristo crucificado en la cima de la humanidad? ¿O acaso es el Resucitado que nos redime de la bazofia? Ah, ya comprendo, tú te refieres a todo eso de la jerarquía y demás mandamases que dejan a los pobres a los pies de los caballos, y que sólo se ocupan de manipular conciencias y mentir compulsivamente. En fin, toda esa vieja amalgama marxistoide liberadora de los parias de la tierra que tan bien nos ha ido en el siglo XX. ¡Venga ya! ¿Tú de verdad crees que a ese hombre anciano que es el Papa le preocupa el poder y sus despojos? Yo diría que anda más ocupado en identificarse con Cristo. Y en procurar que los que formamos parte de la Iglesia luchemos por ello. Esa obsesión del poder, etcétera, me parece sólo una mala retórica de triste ideología. Y el amor de Dios no es una ideología, ni un poder, ni un sistema de gobierno. Es Amor, que va nutriendo todos los resquicios de la vida. E incluso de la literatura, que no es otra cosa que vida. ¿O no?

Como dejó escrito el genial escritor colombiano Nicolás Gómez Dávila, "el verdadero talento consiste en no independizarse de Dios".

domingo 18 de octubre de 2009

Ayudadme a hacer un rato de oración




Comienzo por la señal del cristiano: la Cruz. Me persigno y santiguo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Estoy en presencia de Dios. Intento tomar conciencia de ello. Algo a veces bastante complicado, debido a mil fantasías y distracciones. Dios está a mi lado. Pese a no estar delante de un Sagrario, sé que está aquí, que me ve y que me oye, que está dispuesto a charlar un rato conmigo sin ningún plan preconcebido. Contarle mis cosas, tanto dislate como se me pasa por la cabeza. Hacerle partícipe de mis anhelos y de mi constante asombro. Porque cada día me asombra más la vida, mire por donde mire y haga lo que haga. Y en la entraña de la vida siempre Su presencia, que pinta de belleza la mañana o que me absuelve a través de un cura. Y Él -Dios, Dios, Dios, que no se me olvide- contarme a mí de Su Amor, Su confidencia. No cojo el teléfono y hago caso omiso del timbre de la puerta. Me recojo. Apoyo el rostro en mis manos y el alma en Su misericordia… No me sale nada y me da por pensar bobadas. Así es la mayoría de las veces. Las preocupaciones familiares se imponen, o el desvarío, o las facturas. O simplemente eso: nada. Y me pongo a darle vueltas a unos versos o a cierto desánimo o a mis pecados. Una jaculatoria sale de mis labios sin apenas darme cuenta: “transfórmame hasta ser como tú me deseas”. Y apenas pronunciada me duermo en los laureles. Y miro el reloj con frecuencia. Me canso. Estoy con Dios y me canso. La media hora se me hace eterna. Abro un libro de piedad y lo hojeo con desgana. Ni leo. Sólo paseo la vista por sus páginas. Quiero orar con el corazón, merecerme un poco el amor de Cristo. ¿Y? Nada. Pienso sólo: “Mamá, María, Madre mía, Mamá…”. Madre de las auroras, que cantaba el poeta Vicente Gaos. Estoy demasiado ocupado con lo mío, con todo el tinglado de nimiedades que me cerca. No le presto oídos a Dios en este rato de oración, no le escucho. A lo mío, a lo mío. Miro de nuevo el reloj y los libros de alrededor y el vuelo de la cortina. Ya queda menos. “Pero Señor, que lo sepas, a pesar de mí Te quiero. Ya sé que con poco tino y mucho embrollo, pero Te quiero. O al menos quisiera quererte…”. ¡Me estoy durmiendo! Lo que me faltaba. No tengo remedio. Necesito doble ración de gracia para el alma -y para el cuerpo- y servirme de algún texto que me mantenga despierto y me inspire alguna idea sobre la que meditar y soñar el Cielo. Tomo un viejo libro del XIX: “Considera quien es Dios, lo que ha hecho por ti: quien eres tú, que has hecho por Él”. Me siento abrumado, hasta que de pronto una profunda paz y estas palabras: “Estoy contigo”. No, no, no es imaginación. ¿De dónde han salido? Dios mío, pese a las distracciones, pese a mi egoísmo, pese a estar medio dormido… La oración es la perseverancia en el amor divino. Y en el humano. La oración es ir descubriendo en tu propia nada el fundamento de todo. Tu vida, Su vida. Es hora de darte las gracias Dios mío por ser como Eres, por ser fiel a esta cita, por ensañarme a paladear Tu ternura sean cuales sean mis circunstancias. Junto a tu Madre, que es la mía.

sábado 17 de octubre de 2009

Tiempo y literatura



Librerías desconocidas y estantes polvorientos. Libros viejos de editoriales que pocos recuerdan. Tiempo y literatura. Curiosidad insaciable. Soplas con fuerza portadas y lomos en una nube de palabras. Los dedos se van ensuciando. Escritores preferidos, ediciones raras e inverosímiles precios. Algunos sufren cierto deterioro. Sobre todo de humedad. Haces acopio de sangre fría; en situaciones así es mejor no mostrar un excesivo entusiasmo. Ya llegará el momento. En cuclillas hurgas por los rincones y hasta por el suelo. Entre una novela pornográfica y un ensayo de Sartre encuentras una primera edición de Gárgoris y Habidis, de Fernando Sánchez Dragó. Más allá ves la londinense y roja cabina de teléfono que era la entrañable portada de El factor humano, de Graham Greene. Recuerdas que después de comprar la novela -sería muy a finales de los 70- fuiste al cine. ¿La película? No llegas a tanto. Es curioso, el cine hace en ti poca mella. O una mella fugaz. De escasos detalles. Con la literatura es distinto. Títulos, personajes, autores, editoriales, pasajes, fechas, lugares de compra… Todo sigue ahí, como si el tiempo no hubiera transcurrido. Y en la misma colección y editorial ves el Retrato de un artista adolescente, de James Joyce, traducido por Dámaso Alonso. Lo leíste durante una Semana Santa, en una playa del Mediterráneo. Escuchas todavía el fragor de aquellas olas... al compás de la lectura. El cielo era gris y una vieja barca estaba varada en la orilla. A veces te subías a ella y seguías navegando la vida en compañía de Stephen Dedalus. Hacía agua. La barca. Como a veces la vida. Y el vuelo rasante de las gaviotas sigue cercano. Y prosigues indagando por los estantes y los paisajes y las librerías ubicadas en lejanos años. Salías feliz, cargado de libros. Tiempo y literatura. Es lo que era, y sigo siendo. Con un marchamo de experiencia y desprendimiento.

viernes 16 de octubre de 2009

Vida contemplativa



La vida es el intento de describir lo que se siente mientras miras a tu alrededor. Con pinceladas suaves. Sol y sombras. La perspectiva del corazón. Un niño en bicicleta de pie sobre los pedales. La hierba y las hojas, que crujen en tus pasos diseminados por los años. Los bancos vacíos, tan llenos de veranos. Verde, hierba muy verde de diversos tonos y recogimiento. Paraíso sensorial. Claridad de alma. Columnas de chopos, sauces y abetos. Arquitrabes de ramas y cúpulas de cielo. Mirada que asciende. Nutridos colores de vida. Pensamientos y tréboles. La vida es el intento de sentarse un momento, sólo un instante, y contemplarlo todo. Lo visible y lo invisible. ¿Qué hay detrás de esos verdes? ¿Qué hay detrás de estos ojos que ad-miran? ¿Qué hay en estas hojas amarillas que recojo y guardo con recato en un libro de Jacques Philippe? El niño pasa por mi lado, veloz. Es el único movimiento del cuadro. Distintos brillos salpican la escena. Palabras: suaves pinceladas de significado impreciso. ¿Qué atisbo? ¿Qué espero? Sol y sombras. Solo en esta belleza de suspiros verdeamarillos. Mañana será memoria. Por eso quiero escribirlo: para verlo de nuevo. Para verme de nuevo. Aquí. Y volver a recoger unas cuantas hojas, y recogerme en su traslúcido color, en su forma. La vida es el reiterado intento de ser feliz. Así: contemplando.

jueves 15 de octubre de 2009

A solas los dos: Dios y el poeta




(Para don Luis Baturone)




Dios mío, además de verte
quisiera tener una larga conversación Contigo,
dejando atrás el tiempo y sin las trivialidades habituales que Tú sabes.
A solas por favor. A solas los dos, sin otras presencias,
ni tronos, ni potestades camufladas de pensamientos o niños.
Por mi parte estaré soso, ya me conoces, y puede que nostálgico
(perdona, es la costumbre y su poso de años),
además no tengo demasiada experiencia en diálogos celestiales.
Soso, sí, y distraído en infinitas nimiedades,
tan propio de mí. Que así me va, eres testigo, dando tumbos entre palabras
y olvidos, y una descarnada economía que no viene al caso.
Palabras que sólo debes de leer Tú y otros incondicionales amigos.
Siempre pendiente de cosas inútiles (o eso me dicen): que si las caricias,
que si el otoño pluscuamperfecto de los chopos, que si las piernas de Ana
(y lo que no son las piernas, con esa piel de luna y caramelo),
que si los versos de Siles, de d’Ors o de Colinas, que si el vuelo
de las aves o del viento en las sábanas recién tendidas…
Escribo para verte, escribo mi Dios
por si hubiera una mínima posibilidad de amarte
un poco más íntimamente a lo largo de mi vida.
Con todas estas palabras que contemplan lo sencillo,
pero que no saben cómo decirte el alma
del aroma de tomillo, del temblor del mar o de su lengua
cuando resucita el amor entre mis labios secos.
Hablar Contigo, Señor, de esos poemas
que nunca escribiré, pero que están en Ti, y vivo.

miércoles 14 de octubre de 2009

“Los santos en la Historia”, de José María Montes




No estamos ante un tratado teológico o de carácter apologético (aunque puede que también). No es un denso tocho sólo destinado a presbíteros o asimilados, ya saben. Que me aspen si no se trata de un libro para saciar la curiosidad de todos. Y puede que algo más. Lo abres por cualquiera de sus casi ochocientas páginas -no se asusten- y muy pronto el lector comenzará a escuchar voces. Veamos: “¿Qué pasa, no vas a venir a cenar?”, “¡te parecerá bonito, unos trabajando y otros a la bartola de los libros!”. Como ven estas voces quedan lejos de lo místico, aunque vive Dios que nos santifican. ¡Y de qué manera! El caso es que hay que ir a cenar o comenzar a barrer por algún sitio.

Claro, de primeras tú ves el libro y cunden las suspicacias, o prejuicios. O sencillamente el precio. Pero esa mirada del arcángel San Gabriel de la portada intercede por el libro. Parece que nos dice: “Muchacho (o muchacha) mira bien lo que haces, porque aquí dentro está el verdadero tesoro de la humanidad”. Uno toma el libro y lo hojea mientras en un movimiento reflejo se palpa la cartera. Los santos en la historia (tradición, leyenda y devoción). Y llama la atención -para el lector suspicaz y para el avezado en estos menesteres- que la editorial no es precisamente pía. Alianza. Nada menos. ¡Menuda solvencia! Ojo, y no es que las otras no la tengan. Pero Alianza es mucha Alianza. Podríamos leer exclusivamente sus libros y ser los tipos más cultos del mundo.

Total, que ahí estamos, en la duda. “¿Me lo llevo o no me lo llevo? Desde luego es un regalo estupendo”. “Casi diría que es una inversión familiar”. Todos los buenos libros lo son, claro está. “Lo ponemos en la mesa de centro del salón y la curiosidad hará el resto”. ¿Lo compro? Pero dejemos que este ávido lector haga lo que quiera, tampoco vamos a forzarle. Sigamos. El libro no es común. Hace acopio de santas y de santos; y venerables y siervos de Dios; y santos vinculados y colectivos. En perfecto orden alfabético. Indicando cuando se celebra su fiesta, la iconografía y el patronazgo, si es que se da el caso. Con un cuadernillo -allá por la página 448- jugosísimo, lleno de imágenes a todo color. ¡Oh, esas piadosas estampas de nuestras abuelas!

Visto con frialdad estamos ante un diccionario enciclopédico de los santos de la Iglesia Católica. Pero es mucho más. Es la santidad hecha vida. De vida ejemplar, coherente con su fe. Y la santidad es el quicio del mundo. Se trata de la excelencia espiritual de mujeres y hombres que pueden servirnos de modelo, intercesión o quizá de una posible conversión, ¿quién sabe?. Es el heroísmo de las virtudes. El amor hasta las últimas consecuencias. Los santos no son sólo historia, ni son el adorno emperifollado de algunas imágenes. Los santos están vivos. Leer estos breves apuntes hace pensar en la medianía de nuestras vidas, seamos católicos o no. Algo ocurre. Hay que ser muy cretino y bobo para sentir animadversión por esta gente. Reyes, intelectuales, monjes, soldados, políticos, sacerdotes, niños, religiosas, hombres de campo, universitarios, ingenieros, educadores, escritores… En diversas épocas y lugares. Y el corazón se remueve. Definitivamente la cultura de la Iglesia es una cultura de santidad. Obras son amores.

Los santos en la historia, de José María Montes, es un libro hermoso, con enjundia, con vida. A mí me llena de esperanza, de fortaleza. No es mal libro para nuestro descreído tiempo.

martes 13 de octubre de 2009

La poesía...




La poesía es un cúmulo de imperfecciones que buscan una pureza imposible. ¿O es posible alcanzar por un instante ese destello perfecto donde las palabras quedan al margen? A veces lo creo. Lo veo. O creo verlo. Y la mirada se difumina en el texto o en un recuerdo o en aquellos sueños de agosto. O mayo. ¿Lo bello? Ahí está. ¿El qué? Ahí, ahí. ¿Dónde? Ahí, en el alma: un destello tierno. Un regocijo antiguo que me sabe eterno. ¿Qué más me queda, qué tengo que no sea ese silencio o esa fugaz pureza? Llevo muchos años detrás de ella, intentando merecerla. Muchos años siguiendo sus huellas de hermosura, sobreviviendo con el deseo de ser uno con ella. La poesía, ¿qué es? ¿Es el alma o es la vida? O es el alma de la vida, o quizá es también la vida del alma. Sí, sí, sí. Todo eso y más. Maravilla que Dios me regala, que me inspira en una dulzura inaudita. Sentado en mi silla, tecleo palabras y más palabras. Alegrías, miedos, estrellas, tiempo. Un poema es un cuerpo, y dentro de él está la plenitud que buscas.

lunes 12 de octubre de 2009

Necesitamos a María




Las cosas debían andar mal. O peor. El desánimo era evidente. Los pocos que le seguían dudaban. ¿Para qué seguir? Posiblemente era mejor dejarlo ya, abandonar, ir a cualquier otro sitio donde la gente fuera menos reacia a Dios, menos arisca. A su paso las puertas se cerraban y deambulaban los insultos de boca en boca. Se reunían en una rudimentaria casita cerca del río. Se miraban entre ellos como si no se vieran. Estaban muy cansados. Ni para rezar tenían ganas. Santiago lo intentaba. Intentaba rezar más, decir alguna broma, hablar con todos. ¡Dios, Dios! Tal vez fuera lo mejor, tal vez lo mejor fuera ir hacia otro lugar, puede que hacia el más cálido sur. Sacudir sus sandalias y seguir el camino. Lejos de esa tierra donde los hombres no querían saber nada del Señor. Algunas mujeres lloraban. Si Santiago se iba ¿qué iban a hacer ellos? Quedarían huérfanos. Se levantó el apóstol y los miró despacio, uno a uno. Allí estaban sus almas, desnudas para él, que tan bien los conocía. Tomó la palabra: “El Señor nos dijo que allí donde estuvieran reunidos dos o más en su nombre Él estaría entre ellos… Escuchadme hijos míos: el Señor está aquí, con nosotros. El Señor, sí, aquí… Nos está viendo, nos escucha, y llora con nosotros. Debemos aguantar. Somos hijos de Dios, queridos míos, y un hijo de Dios no abandona la lucha ni se esconde en un rincón. Un hijo de Dios no puede estar triste”. Le escuchaban boquiabiertos. El viento azotaba con endiablada fuerza las endebles paredes. Hacia frío. “Yo también estoy cansado”, dijo en un susurro. Y levantando la cabeza prosiguió: “Pero he visto con estos ojos cosas increíbles, he visto al Señor curar a un paralítico con una caricia, he visto resucitar muertos… ¡Tantos milagros hijos míos! Y he visto su mirada en mi alma, mientras ponía sus manos en mi cabeza. ¿Os dais cuenta? La mirada de Dios”. Agarró con fuerza su cayado. “¡Abrigaos bien y seguidme!”. Salieron fuera. Nadie. Unas nubes grises rondaban por el cielo. Y unos pájaros dibujaban desconocidas figuras sobre una cercana alameda. Nadie. Santiago se arrodilló, y después el pequeño grupo. La escena era o entrañable o sin ningún sentido, depende quién la presenciara. Pero no había nadie. Sólo ellos… y Dios. Y esos pájaros. Y ese cielo. Ese cielo… Santiago levantó la vista. No daba crédito a sus ojos. ¡Madre! ¡Madre! María estaba allí. Con ellos. De pie, sobre un pilar. Y es como si no hubieran pasado los siglos.

domingo 11 de octubre de 2009

Gran Atlas Mundial



Desde niño me han gustado los atlas. Sobre todo los grandes. Aquellos que abría por las noches en la cama poco antes de dormir. “¡Diez minutos y apagas la luz!”, me decía mi madre. Pero yo ya estaba en camino, desbrozando con mi imaginario machete la tupida vegetación a orillas del río Paraná, o siguiendo con el dedo los Urales que por algún punto atravesó Miguel Strogoff. Buscaba ansioso las islas del Mar de Java entre las que discurría la prao de Sandokán, La perla de Labuan. Otras veces buscaba la fosa de Las Marianas o Birmania, todavía subyugado por aquel pelotón de valientes encabezado por el mayor Nelson (Errol Flynn) en la película Objetivo Birmania. Las municiones ya escaseaban y de las provisiones mejor no hablar. Rodeados de jungla y de metralla, y tan lejos de casa… Venderíamos caro nuestros pellejos. Compañeros, ha sido un privilegio luchar a vuestro lado. Alguna lágrima se me caía por el Golfo de Martaban. Las Pequeñas Antillas estaban infestadas de piratas. Y los puñeteros corsarios ingleses, siempre a deguello. Mi dedo índice seguía la costa. Llegué a tomar nota de los nombres: Islas Los Testigos, Punta de Piedras… Y allí estaba, por fin había descubierto la isla de La Tortuga, ese nido de víboras y asesinos. “¡Te quedan dos minutos!”. Me gustaba abrir el atlas en medio del Océano Pacífico. Acariciar con la mano toda aquella extensión de agua. Imaginaba barcos, tormentas, naúfragos. Era un verdadero desierto de agua. Sentía la sed y la aventura, y la sal y la pequeñez del hombre en semejante inmensidad marina. Sentía en mí la soledad y la profundidad diversa de los distintos tonos de azules. Nubes y estrellas. Hacían falta muchas agallas para estar ahí abajo. Los atlas son una parte importante de mis sueños. En ellos la imaginación viaja y recorre con pasión la geografía y los países. Imaginas la historia. Imaginas los viajes de Alejandro, o de Marco Polo, o de Colón, o de Magallanes. Y de improviso te viene a la cabeza Alejandría, o El Alamein, Inverness o Siracusa (los nombres por si solos valen un imperio). Y llegaba mi madre al cuarto y me encontraba dormido sobre Australia o flotando en pleno Mar Negro. Y apagaba la luz y recogía con cuidado aquel viejo y enorme atlas. Por eso cuando he recibido el Gran Atlas Mundial editado por Círculo de Lectores, lo primero que he hecho ha sido llevármelo conmigo a la cama, para no olvidar las buenas costumbres. Esta vez con imágenes de satélite (algunas en tres dimensiones) o láminas transparentes. Y más detalles y más color y más índices. Y como estoy releyendo a Ezra Pound, pongo rumbo a Venecia, la Reina del Adriático, que es donde murió. Y le rindo mi pequeño homenaje al poeta norteamericano, que escribió: Only emotion remains. Sí, es completamente cierto: Sólo las emociones permanecen. Y los atlas son guía de una buena parte de ellas.

sábado 10 de octubre de 2009

“Minuto de silencio”, de Siegfried Lenz


A la postre en literatura nos quedamos con cuatro variables. Poco más. Amor y desamor, vida y muerte. Entre líneas una riqueza inmensa de matices, de historias, de emociones. La literatura narra el corazón del hombre: sus anhelos, sus angustias. ¿Y qué mayor anhelo que el amor, su deseo, su pasión? ¿Qué mayor angustia que perder ese amor, sentir la soledad, esa oquedad que queda cuando la persona que más quieres se va, o se muere? La vida, en definitiva, es un continuo enamorarse, una sucesión de actos de amor (o desamor). La vida es la caricia que nosotros mismos queremos ser, o que en determinado momento hemos sido y que la literatura -y la propia vida- transforma en elegía o en tragedia. La literatura es amor, y en ella nos abismamos para no dejar de ser, para deleitarnos o aprender, para sentir lo que nos rodea en su perspectiva más profunda. Y sencilla. Porque el amor es sencillez (como la mejor literatura) o la soledad de una pequeña isla. Y no otra cosa es lo que ha escrito en esta novela de madurez el escritor alemán Siegfried Lenz (Lyck, 1926). Minuto de silencio (Maeva) es un relato breve y sencillo: esencial. Que de alguna forma nos incumbe a todos. Una historia de amor entre un joven estudiante, Christian, y su joven profesora de inglés, Stella Petersen. Lenz, con su maestría adquirida a través de tantos años y relatos (su novela Lección de alemán la leí hace bastante en una vieja edición de Caralt), sabe que no puede ser prolijo, que una historia así debe ser narrada con más silencios que palabras; sugiriendo más que relatando. En un determinado momento el director Block, del colegio donde estudia, le dice a Christian: -“En ocasiones aquello que callamos, Christian, tiene más trascendencia que lo que decimos. ¿Entiende usted a lo que me refiero?”. Y el lector inteligente de esta novela lo entiende y lo sabe apreciar así. Sugerir el don y la inquietud y la sensualidad. Un detalle basta: un roce, el color de un bañador, o el azul y amarillo de su vestido de playa, una simple fotografía… O una frase: “Quiero saberlo todo de ti”. O una mirada: “En tu mirada buscaba lo que necesitaba o creía necesitar: la dicha de un contacto repentino, la alegría que exigía una repetición”. El amor: una continua necesidad de asombros y promesas. En este caso es un amor complicado, difícil. Por la diferencia de edad, por el futuro… Pero ninguno de los dos tiene miedo de ello. Es entonces cuando sobreviene la tragedia. A lo largo de todo el relato el mar ha sido la cadencia del texto, el referente donde brilla y se sumerge y se refleja el amor de ambos. Y será el final, y el principio de la dolorosa nostalgia desde la que comienza Minuto de silencio (traducida impecablemente por Christian Martí-Menzel): “Con lágrimas de pesar te dejamos”. Una pequeña obra de arte. Si es que una obra de arte puede ser pequeña. Un libro lleno de vida y confidencias y dolor. Una vida inquieta, íntima, intensa.

viernes 9 de octubre de 2009

El abrazo de un hijo




Llegó en medio de las preocupaciones y de la noche. Allí estaba, rodeándome con fuerza. Con sus brazos y con su corazón. Y de pronto me encontré feliz. Más feliz que de ordinario, cuando no me entretengo con fantasías. Y lloré. Y el abrazo apretó más todavía. Ninguno de los dos dijo nada. ¿Para qué? Ni sé el tiempo que duró, porque aún seguimos abrazados. Hay cosas que perduran para siempre. Y sé que viviré y moriré con ese abrazo recién puesto, como nuevo, como una beca de honor que me ha regalado el mismo Dios. Lloré como un niño, es cierto, desahogándome entero. Por fuera y por dentro. Alma y cuerpo. Nunca había sentido la paternidad tan cierta, tan intensa, tan prieta. Además así, tan de sorpresa. Justo en el momento en el que lo necesitaba. Y allí estaba: el abrazo de mi hijo mayor. Y uno lo escribe orgulloso de él y de Dios. Y a la vez lo escribo humilde, sabedor de mi ineficacia. Un simple abrazo basta para soñar, para hacerte ver que cuando piensas que estás solo, resulta que no lo estás. El abrazo de un hijo es como un ángel que de improviso llena tu alma de luz y de consuelo. No hemos vuelto a hablar del tema, pero los dos sentimos que estamos más unidos y que aquel abrazo fue cosa de tres. La evidencia de Dios -cada bienaventuranza- se manifiesta así, a través de algo que parece trivial. Un poco de pan, unas palabras, un saludo, barro, una sencilla mirada... O un abrazo. Y se obra el milagro. Y revives. Y entiendes un poco más hondo el amor. Y la vida.

jueves 8 de octubre de 2009

Un mundo infeliz (y II)



No respetar a los demás pasa factura. Antes o después. A la corta nos volvemos egoístas y huraños, irascibles y frívolos. Y a la larga los no respetados seremos nosotros mismos. ¿Qué haremos entonces? Los más débiles tienen siempre las de perder -niños, mujeres y ancianos-, en una sociedad tan acomodada y materializada que incluso incentiva la degradación más insólita y contra natura, con tal de conservar la desmesura de su presunto bienestar. Lo comprobamos diariamente en las noticias. Abuelos abandonados como perros, aborto criminal de críos, violencia doméstica, aberraciones sexuales como ejemplo sentimental, o eutanasia de aquellos que estorben (se vende como piedad).

Comprender el sufrimiento ajeno es algo que necesariamente nos implica. Pues nuestros actos han de ser coherentes con esa generosidad. Normalmente se trata de ceder en pequeñas cosas. Todos sabemos que una sonrisa en ocasiones es heróica, como lo es cambiar los pronombres: sustituir el yo por el tú o el vosotros. El sacrificio es claro. Pero ¿acaso existe algo que merezca la pena que no lo precise?

Nos conmueve el morbo teleparlante o los sentimientos más ajenos. Mientras que los problemas que tenemos más a mano nos traen al pairo, no vayan a complicarnos la vida. ¿Qué nos está pasando? Debemos reflexionar sobre este autismo egotista, sobre esta distorsión de la realidad que padecemos, que a la postre no es otra cosa que el reflejo de una grave carencia de amor. De un amor concreto, con nombres y apellidos, desprendidos al fin de nosotros mismos. En nuestra mano está cambiar esa actitud fría y distante que nos deja el alma exhausta, y con la que no alcanzaremos, ni de broma, un poco de felicidad.

miércoles 7 de octubre de 2009

Un mundo infeliz (I)



Un vistazo a nuestro alrededor nos basta. Y nos sobra. En primer lugar el yo, más tarde también el yo y, por último otra vez el yo. Se cree que sólo se mejora pisando al prójimo, sin hacer un mínimo esfuerzo por comprender, sin ponernos jamás en la piel del otro. La filosofía más en boga es, sin duda este yoísmo radical, del cual deriva una falta de educación social evidente. Cada uno va a lo suyo, importándole una higa lo de los demás. Mis problemas son, por supuesto, perfectamente comprensibles, pero que no nos vengan con ajenas banalidades sin importancia que en nada nos afectan. Incluso sucede dentro de nuestra propia familia. Ya estamos hartos de que nos pisen. Si me pisan, piso. Si me gritan, grito. Si me ignoran, ignoro. Si me insultan, insulto. Si mi critican, critico. ¡Faltaría más! Nadie cede. Cuando la convivencia se basa en ceder. Pero resulta que ceder es precisamente lo que más nos cuesta.

En un ambiente tan hostil, tan inhumano, donde a poco que nos descuidamos se nos pega la mala baba y la idiotez, es más necesario que nunca el intento de procurar hacer la vida de los demás un poco más fácil. Pensar, cuando abrimos la boca, en decir algo agradable, y en saber callar a tiempo lo que de fijo sabemos va a herir. De cuando en cuando, resulta muy saludable hacer un inciso en nuestro día y preguntarnos qué alegrías puedo ofrecer hoy a las personas más próximas. No es ningún desdoro, ninguna humillación. Más bien todo lo contrario.

martes 6 de octubre de 2009

“El mapa de la vida”, de Adolfo García Ortega


¿Dónde nos lleva el mapa de la vida, esta singladura plagada de misterios, dudas, incógnitas y recovecos? Algunos para recorrerla precisan de un mapa que les oriente, que les diga por donde ir (lo que no les podrá decir nunca es lo que tienen que hacer una vez lleguen). He dicho “algunos”, pero pensándolo mejor creo que todos lo precisamos. El mapa nos muestra los relieves y la geografía del alma. O quizá ese mapa se vaya dibujando según vaya cobrando densidad nuestra existencia. Nos creemos seguros. Aunque más o menos inquietos sigamos buscando un anhelo más pleno, satisfacer nuevas ilusiones y deseos. Puede que estén en dicho mapa. O puede que no. Que sólo sean fruto de sueños, o de una imaginación que no cesa. Y por encima de todo la Providencia. O el azar del que hablan otros. O el destino. El caso es que suceden acontecimientos imprevistos. Vas siguiendo tu ruta y de pronto lo que no esperabas. Disgustos, fracasos, desamores, accidentes, o una enfermedad propia (o de alguien muy querido). O la muerte, sencillamente. Y el mapa de la vida no son pocas las veces que estalla, que se derrumba, que no aguanta más. De repente. Y parece que todo se desvanece.

El mapa de la vida (Seix-Barral) es la primera novela que leo de Adolfo García Ortega (Valladolid, 1958). Y me ha sorprendido. Y me ha emocionado en algunos tramos, sobre todo al principio, con toda esa cantidad de víctimas del horror. Es algo distinto. O me lo parece. Es un intento de resurrección. Gabriel y Ada viajan en sendos vagones el 11-M. No se conocen (todavía), ni saben el destino que les espera. El autor va describiendo, con una prosa eficaz y trabajada, todos aquellos trágicos momentos del atentado terrorista, con una técnica casi cinematográfica, muy visual. Y con enfoques de nitidez poética, hasta puntillista. La tragedia se cierne sobre lo cotidiano, la sangre vuela como el mercurio, la ropa se desprende del cuerpo, la piel se quema, el aire se enciende, los cuerpos se desmiembran… Es un azote del infierno. Fuego, explosiones, humo… Gritos, recuerdos, citas canceladas para siempre. Se evaporan las lágrimas y las vidas. El destino de muchas de ellas es cercenado en una décima de segundo. Vidas que piensan y que aman antes de morir; vidas que regresan a la infancia o a Dios. Terror y miedo. Soledad. Y ángeles. Humo muy intenso. Apenas se ve. Las palabras nos acercan a la intimidad de esos momentos, de esas miradas que no acaban de comprender. Y el lector también se siente allí, y se estremece.

Las personas que salieron vivas de semejante catástrofe tienen secuelas en el alma. Y en los cuerpos. Ya no pueden vivir igual. Ya nada es lo mismo. Deben intentar un re-nacimiento, un volver a la vida, una nueva oportunidad. Gabriel se lo explica a su mujer como puede y se marcha a un hotel. La quiere, la quiere, pero él ya no es el mismo. ¿Por qué ha sobrevivido? Se siente ángel… Uno puede pensar que el atentado le ha afectado más de lo deseado. Pero él percibe la urgencia de esa nueva esperanza. Porque no se trata de una huída. La novela es como si quisiera mostrarnos que tras un dolor así el hombre entra en una dimensión más espiritual y profunda, muy distinta. Trasciende cada suceso. La sensibilidad es mayor. Se disciernen los acontecimientos de otra manera. Conoce a Ada -precisamente experta en el Renacimiento- ante La Anunciación de Fray Angélico. Nada pasa porque sí. Y se desencadena un reconocimiento y una apasionada historia de amor. Y de vida. Esta novela tiene mucho de elegía y de redención y de búsqueda. De inconformismo, de rebeldía. Un constante interrogante sobre el sentido del dolor. ¿Es también el autor una especie de ángel, un mensajero que nos habla en silencio a cada lector? La literatura como intuición y como fuente de esperanza.

lunes 5 de octubre de 2009

Alma




Para Jaime, en su 17 cumpleaños




El alma. Dentro de ella está todo.
Es la mirada de Dios, el centro
de ti, que vives de amor eterno.

Respira, respira, respira. Hondo.
Y cierra ya los ojos. A todo.
Y siente que el Cielo está en ti: dentro.

domingo 4 de octubre de 2009

“El ruido eterno", de Alex Ross



“Sr. Gershwin, la música es la música”, le dijo el compositor Alban Berg al creador norteamericano de Rhapsody in Blue. Música para todos los gustos y momentos, música de ópera o música de rap, clásica o jazz, gregoriano o rock and roll; música pop, blues o salsa; canciones populares, country o merengue. O música marcial, o átona. Música donde predomina el ruido y música donde lo que predomina es la sugestión del silencio. Música romántica o esa horrible música electrónica que personalmente me crispa los nervios. Música, música, música. Para que el alma rece (o se roce con otras almas), reflexione, se conmueva o baile. O entre en trance. O simplemente para que olvide otros ruidos peores y recomience y le sirva al que escucha de desahogo o descanso. La música como pedagogía de lo absoluto o secuela de un talento más vulgar. Armonía, que duda cabe. Pero también estridencia en algunos casos. Rabia. O elegía. O alegría. O réquiem. Ritmo, vibración, cadencia. Oleaje de impulsos, de sentimientos. Sintonía espiritual donde se profundiza en las emociones, donde se aprende a escuchar y a descifrar la vida. Arte tantas veces, y extravagancia otras. Música de Dios y de las esferas. Música que impregna todo. Poesía invisible, melodías imprevisibles. Conocimiento. Intuición. Desde ella aflora lo mejor del ser humano. Y en ocasiones lo peor. Música. Himnos y cánticos. Música y cine. Humor, horror, tragedia… La vida en miles de guiones, la vida en miles de bandas sonoras que logran que en las películas se vea algo más que la imagen.

En este incomparable libro que es El ruido eterno, de Alex Ross (Seix-Barral) -¡su primer libro!- se nos cuenta el siglo XX desde la perspectiva de su música. La música del siglo XX como cifra de su Historia y en ocasiones de su histeria. Pero lo hace con tal solvencia y agilidad narrativa (e intensidad), con tal acopio de datos y anécdotas, que al lector le parece que está ante una trepidante novela de acción. O de contemplación, en otras ocasiones. Vidas de músicos, antecedentes, tejemanejes, tradición musical, literatura, política… El engranaje de todo ello nos hace, a los más ineptos musicalmente, comenzar a apreciar y a conocer un poco más a fondo la polifacética, y si se quiere irregular, música del siglo XX. Y a los más entendidos disfrutar con todo este despliegue erudito y a la vez popular. Para ello incluso dispone el lector de la posibilidad de ir escuchando al mismo tiempo algunas de las composiciones musicales comentadas en www.therestisnoise.com/audio. El ruido no siempre es tal ruido: es belleza. Todo esto hace de El ruido eterno un libro excepcional, de referencia. Enseña y deleita. Estimula a aguzar el oído con más conciencia (hay que aprender a escuchar, insisto). Y con el oído la mente. Y el alma, si procede; que procede siempre si andamos listos. Estamos ante una obra que pasa revista a una buena parte de la historia cultural del pasado siglo. Y la música es su pulso, un buen indicador para saber por dónde andamos (o hemos andado). La música como rebelión o como síntoma. ¿Quién decía que la música no se puede decir con palabras? Alex Ross, ¡qué fenómeno! No me duelen prendas.

sábado 3 de octubre de 2009

“El tercer hombre (sobrevivir a lo imposible)”, de John Grigsby Geiger



Para que luego hablen de casualidades. Andaba un servidor leyendo la novela de Adolfo García Ortega El mapa de la vida (Seix-Barral), plagado de presencias angélicas, cuando se interpuso este otro libro: El tercer hombre (Ariel). Que no es el relato de Graham Greene, ni trata sobre la película que sobre el mismo -con sus matices de guión- rodó Carol Reed, e interpretaran Orson Welles y Joseph Cotten. El título lo toma de unos versos de La tierra baldía, de T. S. Eliot (se lee estupendamente en la traducción de Viorica Patea en Cátedra), que a su vez estuvieron inspirados en la dramática travesía de sir Ernest Shackleton por tierras antárticas (1914-1916). Durante la última parte del viaje, cuando dependía de él y de otros dos compañeros la salvación de los que habían ido quedando atrás en estado crítico, una “presencia” comenzó a caminar con ellos. Presencia benefactora y consoladora. Narró Shackleton: “Cuando rememoro esos días no me cabe la menor duda de que nos guió la Providencia (…). Sé que durante esa larga y atroz marcha de treinta y seis horas a lo largo de aquellos glaciares y montañas desconocidas tuve la impresión de que no éramos tres, sino cuatro”. Eliot varió el número, pero desde entonces a este tipo de fenómenos -que suceden casi siempre en situaciones de peligro y soledad en tierra, mar y espacio- se le ha conocido como “el tercer hombre”. Estos son los versos: “¿Quién es el tercero que camina siempre a tu lado? / Si cuento, sólo estamos tú y yo juntos / pero si miro hacia delante por el blanco camino / siempre hay otro caminando junto a ti”.

El libro de Geiger está entre el libro de aventuras (“lo que sigue es una selección de las historias de supervivencia más extraordinarias jamás contadas”), y el intento de comprender y sistematizar las diferentes deducciones de la ciencia sobre estos inauditos pero no tan infrecuentes sucesos. Los testimonios son más que abundantes. “Unos dicen que el Tercer Hombre es la prueba de la existencia de los ángeles de la guarda. Otros opinan que se trata de una alucinación. Y, finalmente, hay personas que aseguran que es real. ¿Qué explicación tiene?”. Desde luego el tema es atractivo y un desafío a la razón. Y al propio corazón. El hombre busca certezas, y no falta quien tiene en lo científico su propia fe. El intento de reducir al hombre a cuerpo y psicología no casa con el anhelo de “algo más” que todos tenemos dentro. Según iba avanzando en la lectura me iba convenciendo más y más de lo complicado que resulta prescindir de la dimensión espiritual en la existencia de los hombres. No seré yo quien niegue la influencia de factores neurológicos, anímicos o patologías diversas. Pero el misterio va implícito en nuestras vidas (¿podríamos vivir sin ellos?, escribía otro poeta, Rilke). Y no es el menor misterio el de la muerte, o el del sufrimiento. Lo espiritual no es precisamente algo esotérico y fantasmal, ni sólo algo sentimental. A lo largo de todas y cada una de las historias que Geiger ha recogido en El tercer hombre se palpa el alma de la gente que las protagonizó, la necesidad de guía y compañía. Sean creyentes o no. Cito al alpinista Greg Child: “Aquellos que han experimentado la presencia la distinguen de las alucinaciones, que con frecuencia engañan y desorientan. La presencia parece mucho más real, y ofrece su ayuda a los desvalidos tanto para guiarles como para aliviarles el miedo con su compañía”.

Desde la portada este libro atrae. Y luego no lo puedes dejar. Ni dejas de emocionarte y pensar. El hombre no está solo en la aventura de la existencia, del ser. Esa es la evidencia. Y piensas que hay muchos más náufragos de cariño y personas en peligro agudo de asfixia de alma, o soledad, en las calles de nuestras cotidianas ciudades; y que también no pocos experimentan esa presencia, esa ayuda... ¿De Dios? Yo no lo dudo. A través de ángeles o personas fallecidas (pero “vivas”). En fin, cada uno sacará sus conclusiones. El hombre -como reza el prestigioso título del neurólogo y psiquiatra Víktor Frankl- inapelablemente vive en busca de sentido y experimenta el misterio. Tarde o temprano.

viernes 2 de octubre de 2009

Todo se transforma




El reloj marca las nueve. Todos se han ido.
Subo las persianas y de pronto… la mañana,
esta vez con un poco de lluvia. Y un sonido
que insiste en el prodigio de la infancia.
Abro las ventanas y cierro los ojos. Inspiro
de memoria la brisa y con ella expiro el gozo
y la pureza de sentirme vivo.
Pero hay algo más.
Algo que transforma por entero mi vida
en un nuevo sentido, en un misterio
que respiro con el alma.
Es la ternura de Dios que me ama
aunque yo no entienda nada de amor o viva
mi vida en vilo.

jueves 1 de octubre de 2009

¿Para qué estamos en este mundo?



Alguna vez habrá que preguntárselo. Digo yo. Parar y pensarlo. ¿Para qué estoy yo en este mundo? Así, de pronto, se queda uno como muy quieto, incluso asustado, o lelo, o con cierta tentación escapista. Cuesta ser sincero, salir de los acostumbrados espejismos. La pregunta se las trae, lo reconozco. ¿Qué decir? ¿Qué pensar? De la mayoría de las cosas estamos hartos. Cosas superficiales y frívolas que nos dejan como estábamos. O peor. Cosas que al poco tiempo olvidamos en el frenesí de una vida demasiado insustancial. Afrontemos la realidad: ¿Qué he hecho hasta ahora que merezca la pena? ¿Soy feliz? (No, no se trata de ese folgar y darnos el gusto en todo, o de esa vanidad boba que nos embota el alma). Feliz feliz, digo, no el paripé acostumbrado. ¿Los demás nos importan? ¿A qué aspiramos, en definitiva? ¿A que nos toque la lotería, a dar un pelotazo, a encaramarnos en la buena vida? ¿Y qué es la buena vida? ¿Bregar por ser bueno o el propio placer narcisista? ¿Qué es la vida para nosotros? ¿Qué significa? ¿Nos dejamos llevar hacia lo que hace o dice una supuesta mayoría? ¿Para qué estamos en este mundo? ¿Para morir con las manos vacías? ¿Para huir del dolor y de todo lo que signifique esfuerzo? Hay que apostar fuerte. Venga, ¿quién se atreve? ¿Para amar y ser amados? Suena consistente. ¿Para qué más? ¿Para comprometerse con la verdad y la justicia? Vamos bien. ¿Para ayudar a los más necesitados? Bien, bien. ¿Para soñar metas altas? Me gusta. ¿Para trabajar con perfección por un bien mayor? Entonces ¿por qué cunde tanto el desamor y la injusticia? ¿Por qué se nos hace tan difícil el compromiso del corazón y nos conformamos con la medianía, la chapuza y la desidia (esa comodidad que nos cercena de raíz los sueños)? Creo que merece la pena parar un poco, reflexionarlo, preguntarnos sobre qué queremos que sea nuestra vida y lo que realmente es. Aprender a respirar con el alma en definitiva y trascender así la inopia. Puede que en algún momento -da igual que sea a última hora- descubramos que estamos en este mundo para ser santos.