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Reflexiones, poemas, escorzos de vida, fe de lecturas, noticias de amigos... No pretende ser un desahogo, más bien un diálogo. Un demorarme en el resplandor de nuestra existencia. Y en su literatura.


lunes 31 de agosto de 2009

¿Vivir la literatura?


Es no faltar a la verdad
de nosotros mismos. Es amar
el eco que dejan las palabras.
Es no tener miedo al silencio.
Es el pensamiento del alma.
Es la lectura más completa
de tu presencia. Es el movimiento
de la luz entre las hojas.
Es mirar por dentro la belleza.

domingo 30 de agosto de 2009

El desafío de la educación de los hijos.


Son muchas las personas que toman la opción del mal (no puedo calificarlo de otra forma). Entre ellas no pocos jóvenes. Con total desparpajo y frialdad, con una inteligencia embrutecida que es incapaz de razonar y escuchar a los demás, en un rechazo absoluto -o casi- a cuanto les rodea o incomoda.

No es un problema del Estado, ni de los institutos o colegios, que tienen su indudable responsabilidad. Ni siquiera de la presión social. Los padres debemos ser mucho más conscientes de esta realidad. Porque las cosas no suceden de repente, de un día para otro.

La televisión, internet o cualquier otro cacharro tecnológico no van a educar por nosotros a nuestros hijos. No podemos aparcarlos con las cuidadoras, con los sufridos abuelos o con los vecinos de enfrente.

Los niños, desde muy pequeños, perciben todo con gran nitidez, y necesitan del cariño de sus padres, de su conversación y buen ejemplo. Aprenden lo que ven y escuchan. Y si la familia se limita a vaguedades sin cuento y a concederles todo lo que piden, no deberíamos extrañarnos el día de mañana, cuando vayan por libre y nos echen en cara nuestro egoísmo.

Debemos sacar inmediatas conclusiones. Todavía estamos a tiempo. Y nuestra sociedad será lo que nuestros hijos sean. Y la educación es, en su fundamento, algo nuestro, de los padres. ¡Apañados íbamos si la dejáramos en manos del ministerio de turno o de los boy-scouts! No debemos abdicar de esta sacrificada pero gozosa responsabilidad.

Porque en efecto, la educación requiere un gran esfuerzo, requiere estudio y dedicación, requiere imaginación y opciones, requiere estar encima de los hijos y decir que NO en muchísimas ocasiones.

No dejemos que por apatía nos arrebaten a nuestros hijos.

sábado 29 de agosto de 2009

Te quiero


El estado de las cosas es el siguiente: te quiero. Por lo que todo lo que miro adquiere una dimensión eterna. Escrito así parece que exagero o que no soy muy ducho en originales piropos. Pruebo otra vez: te quiero. Es tu amor lo que provoca que para mí sea todo nuevo. ¿Mejor? Podría combinar las palabras de mil maneras distintas, pero nunca sería suficiente, no habría poemas que alcanzaran medir la perfección de tus piernas. Por ejemplo. O que conmovieran el alma cautiva en tu cintura. Estaría toda mi vida intentando ceñir tu alegría con innumerables estrofas y lecturas. Pero aunque valoras el arte de la literatura prefieres mil veces la desnudez del deseo, la sencillez del silencio que abraza tus sueños. Tienes que comprenderme. Y si mis palabras se repiten alrededor de tu cuerpo, piensa que sufro de amor, de un extravío que busca poseer tu alma a cualquier precio. Más allá de las playas de agosto, y de tus húmedos labios, y de la fugaz muerte. Sobre todo en días como hoy, en los que me turban tus zapatos rojos, y esos besos con los que me besas de repente.

viernes 28 de agosto de 2009

Más allá del miedo




Igual lo he escrito antes, no sé,
quizá cuando la brisa era fría
y las manos palpaban el papel
entumecidas por la soledad de la noche.
O cuando el día era una ingravidez
de dudas, de silencio y de hastío.
El caso es que el pensamiento
se repite una y otra vez, en un latido
que se posa muy gris en el corazón
de las nubes.
¿Cuánto durará mi vida? ¿Cuántos años
me quedan para entender el sentido
del tiempo que se adentra en el mar,
en las olas del lenguaje, en su espuma
incandescente de belleza?
Por favor, ¿cuánto me queda?
Pero si lo supiera, ¿cambiaría algo
del balbuceo con el que escribo ahora?
¿Viviría de un modo más diáfano?
No lo sé, la verdad. Y abro más los ojos
en la oscuridad de la tinta, para ver
como amanecen las palabras
de otros poetas. Esa luz
que se coagula en la mirada del alma.
¿Cuánto durarán mis días? ¿Hasta la muerte?
Sé que no. Sé que sobreviviré
más allá del miedo y de las cenizas,
más allá de la inspiración y de la inmundicia.
Y la poesía es la resurrección de mi creencia,
la benevolencia de Dios en mi vida.

jueves 27 de agosto de 2009

Recados



Entre dormir, comer y trabajar (más o menos horas y más o menos a gusto) se nos van los días. Pero hay otra actividad que se va apoderando del resto del tiempo, que copa cada vez más horas e ingenio, venga o no a cuento, haya o no estricta necesidad. Me refiero a comprar. Lo que sea. Dar un paseo se convierte en consumir dos o tres caprichos. Darse una alegría significa gastar en alguna apetencia. Calmar nuestra ansiedad precisa de una buena dosis de euros. Cualquier excusa es buena. Un regalo se transforma en la oportunidad perfecta para querernos un poco más a nosotros mismos. Y un recado cualquiera se extiende en el brillo de decenas de escaparates. La tentación se multiplica en exquisitas formas y llamativos colores que nos acarician la voluntad. ¿Cómo resistirse a una oportunidad así? Y nos vamos colgando bolsas del brazo compulsivamente, como títeres. Mira esto: ¡Qué preciosidad al tacto! Y esto otro, y aquello… ¡Qué maravillas! Una sensualidad consumista parece llenar nuestras vidas. Una necesidad de llenar vacíos, de sofocar soledades, de olvidar amarguras, de cortocircuitar complejos, de aliviar tristezas.

La tremenda insatisfacción que tiene el hombre no encuentra respuestas adecuadas en las tiendas o en el resplandor pasajero de una hipnótica publicidad. ¿Cuánto tiempo dedicamos a cultivar el alma? Sí, el alma. Aquello que nos dota de entraña espiritual. Aquello que no tiene precio y que es nuestra identidad. Con la lectura de un buen libro, o con la conversación de un amigo, o con la contemplación del adecuado paisaje.

¿Y Dios? ¿Cuánto tiempo ocupa Dios en nuestros días? Quizá nada. Quizá hasta le despreciemos o no creamos en Él. Quizá queramos borrar Su rastro de nuestra conciencia. Entonces díganme el sentido de todo lo demás. Díganme si es posible la felicidad. Díganme, en fin, para qué hemos nacido. ¿Para comprar?

miércoles 26 de agosto de 2009

Hallazgos



Entre las páginas de los libros se producen hallazgos inesperados. Recortes de un periódico de los años 30 con un artículo de Azorín, dibujos de mis hijos felicitándome por mi cumpleaños, una postal de principos del siglo XX, un calendario de 1977, algunos pétalos de flores que recogí en Segovia hace ya veinte años, un marcador de lectura donde Ana dibujó y coloreó un pavo real, una tarjeta de visita de Miguel de Unamuno, la hoja seca de un magnolio, una fotografía de Cristina (de fondo un diminuto óleo de Goya y un reloj francés del XIX), un autógrafo de Eugenio D'Ors... Son cosas que has ido guardando con íntima devoción. Pensabas que en un futura relectura o en una eventual consulta podrías volver a encontrarte de nuevo con esos objetos, como así ha sido. ¡Hay tantos más que no recuerdo! La sorpresa del reencuentro es importante, pero sobre todo me gusta rememorar las circunstancias de aquella lectura, de aquella fotografía, flor o escrito. Y sigo poniendo en las páginas de los libros que estoy leyendo esos signos. U otros distintos. Para seguirme la pista, para releer las pequeñas emociones de mi propia historia. Cada volumen de mi biblioteca esconde una confidencia.

martes 25 de agosto de 2009

De mañana


La brisa te recibe y ciñe tu cuerpo al nuevo día. Avanzas por las calles despacio, saboreando lo que miras. No desperdicias nada, porque todo te importa. Quisieras charlar un rato con cada persona que se cruza contigo. Saber de sus amores, de sus inquietudes. Sentarte en esa terraza y desglosar el tiempo y la poesía, mientras bebes un café con leche. De buena gana tomarías ahora un taxi, y después un tren, y luego un avión que te llevara a un destino que ni siquiera imaginas. Quizá una isla muy remota, con el mar por exclusiva compañía. Un lugar donde todo fuera transparente, incluso tu propio cuerpo y los recuerdos. Un lugar donde vieras tu alma tal cual es, a través del agua y sus reflejos. Pero sigues aquí, respirando lo que no es tiempo, pensándote en un calendario donde los días se miden por actos de amor. En una letanía de aromas y colores. Caminas con un cierto vértigo y el perfil de las cosas se difumina en la luz. Quieres agarrarte a algo, sentir el tacto del mundo, porque crees que vas a caer. Pero tu vida está prendida del cielo, en un encendimiento que te consume. En ocasiones miras a los ojos de otras personas, miras su mirada, quieres saber de su intimidad… Porque quisieras ver en su alma una parte importante de ti mismo. Y sigues tu camino, y te duele la cabeza, y el corazón interpreta lo que piensas, y contemplas como el amor es tu horizonte. Te sientas en un banco, en el paseo, junto a los chopos y magnolios. Una fuente cercana te serena en su sonido. Las palomas se acercan a ti poco a poco. Rozan tu memoria con su zureo. No sabes qué pensar de tu vida. No sabes qué hacer con las palabras.

lunes 24 de agosto de 2009

Compartir


Sí, me gustaría compartir con ustedes muchas cosas. No sé, el abrazo de mis hijos para empezar, o el recuerdo de las olas que con su espuma dan forma al alma de Santander, o el aroma de la tierra recién regada, o el siglo de vida que ya cumple el pedaleo de mi bicicleta, o el pabilo de la llama que arde ante el sagrario por la mañana, o la novela Pensad en Flebas de Iain M. Banks (La factoría de ideas), o las plantas que adornan mi terraza, o las lágrimas de una mujer enamorada... Tantas cosas que uno contempla o hace a lo largo de los días. Tantos infinitos que jalonan las horas. Hay gente que a eso le llama felicidad, o poesía, o mansedumbre, o sensibilidad, o santidad. Lo que es cierto es que algo trasciende nuestro corazón y lo vuelve como del revés. Cada detalle pasa a ser de suma importancia. Y necesitamos de unos minutos de silencio para viajar al interior del universo, para introducirnos en la belleza de los ojos de... Bueno, cada uno contempla el amor de una mirada. Por favor fíjense bien, no desperdicien nada.

domingo 23 de agosto de 2009

Felicidad


A pesar de todo soy feliz, muy feliz. Quisiera dejarlo claro. ¿Y qué es la felicidad para mí? Sobre todo estar con Ana, contemplar el mar y las olas por las que navega mi vida, abrazar a mis hijos en su torbellino, ir hacia el horizonte en la vieja bicicleta de mi abuelo, leer el silencio...


Algo de todo esto he apuntado en mi libro Entre dos infinitos. Versos imperfectos estoy de acuerdo, pero en ellos se dibuja el esbozo de mi alma, de su intimidad. Apenas unos apuntes tomados del natural. Por otra parte a mí me gusta más presumir de los versos de mis amigos.

¿Felicidad? Son momentos. Instantes que nunca se olvidan. Tal vez el preámbulo de la eternidad. Como en ese poema que escribí y que titulé precisamente así, "Felicidad":


FELICIDAD

La mirada se queda clavada
en el fuego, sosegada el alma,
los ojos muy abiertos. Recuerdos
que acompañan al humo que asciende
para desvanecerse en la tarde.
Tras la ventana cimbrean los chopos
sonido de incandescentes hojas.
Las brasas arden en igual llama
que el fulgor del sol en el espacio.
Soy feliz. A mi lado duerme Ana.

sábado 22 de agosto de 2009

Instante


Repican las campanas.
Atardece.
La fronda de los árboles juega
con unos jirones de nubes blancas.
Mi cuerpo se mece en el agua...


¿Y el alma?

viernes 21 de agosto de 2009

Vas y vienes, vamos; y vemos…





Vas y vienes, vamos; y vemos las estrellas y escuchamos el caudal del río. Noche de los tiempos, noche de las batallas épicas que leo en los libros, noche de mis antepasados, noche artúrica, noche de las hadas y los gnomos, noche de paz del año 0, noche de amores imprevistos, noches de Schahrazada, noche más allá de la noche, noche de luna llena en los ojos de un haiku, noche de Noé a bordo del arca, noche de selva virgen camino de Maracaibo, noche perpetua de Homero y de otros ciegos que han dado luz a los hombres, noche camino de Egipto, noche en el bosque de Sherwood, noche mística, noche en la soledad de la agonía, noche prisionera del día, la primera noche del mundo, noche de noches, noche absuelta del pecado y de la tristeza, noche del siglo XX, noche en el monasterio cisterciense de Getsemaní, noche de Unamuno paseando por Salamanca, noche sin Dios, noche herida por la aurora boreal, noche de la ignorancia, noche perpetua de los políticos, noches de las tormentas del Cabo de Hornos, noches de bodas, noches de Marco Polo en el palacio del emperador de la China, noches enteras cabalgando por las praderas de mis sueños, noches de la poeta Jane Kenyon desvelada por el misterio de la muerte, noches de fuegos artificiales, noches de olas fosforescentes en la playa de la memoria, noches de los veranos… Vas y vienes, vamos; y vemos las estrellas y escuchamos las voces de los niños que juegan al fútbol en la calle.

jueves 20 de agosto de 2009

Correrías, risas, juegos...



El juego de los niños es nuestro propio juego, la resonancia de las mismas risas. Sus bicicletas es la mía -¡¡mirad, sin manos!!- cuesta abajo y entornando los ojos. La velocidad de la vida no estorba la alegría. Y nos hacemos fotos y tenemos agujetas en las piernas. Los años no se notan en el nogal de siempre. Miramos las piedras con detenimiento y los matices de la luz en los campos. El ayer sigue aquí, muy presente. Es la misma mirada; el deslumbramiento de las hormigas, de las moras y de los caracoles. Estas risas que me pareció escuchar entonces y que ahora son más nítidas… Mi familia. Estas voces que no cesan. El tacto del manillar, el freno de la rueda de atrás que se atasca en el tiempo. Los cardos, los baches del asfalto, el barbecho de la tierra. Y las risas, y los olmos y las cosechas. Y las magdalenas con chocolate. Y las peras -tadavía verdes- del árbol que estaba junto al molino. El murmullo del agua durante la pesca, el dibujo de los zapateros sobre ella, nuestros rostros. Crecen las risas y las carreras y el esplendor de los girasoles. La carne de membrillo que preparaba la abuela. Nos paramos en la estación para poner monedas en las vías e investigar si queda algún vestigio de aquellos viajes antiguos. Pero apenas hay unos papeles y unos vidrios (¡tened cuidado!). Volvemos por otro camino. Más y más risas. La aventura de lo desconocido. Mis hijos. Los mosquitos, los juncos…

miércoles 19 de agosto de 2009

Venga papá, al agua



Venga papá, al agua, al agua. Venga papá, no seas tan rollo, siempre leyendo, ya leerás luego, por la noche. Vamos, corre; coge la pelota y vamos a la piscina… Venga, ¿qué miras?, vamos, el agua está buenísima… Corre, corre. No seas tan perezoso. Y después nos comemos un helado de chocolate. Bueno, no, yo de limón. O mejor: una bolsa de patatas fritas y una coca cola. ¿A que no me ganas? ¿Todavía estás ahí? Venga, ¿a qué esperas? Además ahora hay poca gente como a ti te gusta, y podemos tirar más fuerte y más lejos. Vamos papá, al agua, al agua; corre… Si quieres podemos jugar a ver si me pillas en la piscina, y si me pillas me agarras y me lanzas hacia arriba, pero sin hacer aguadillas ni nada de eso. Además ya sabes que me río mucho y sin querer trago agua y soy pequeño. Quítate ya las gafas papá. ¡Qué lento vas y qué pesado eres! Deja para más tarde el teléfono. Corre, corre; el último… ¿Ahora qué? ¿Qué escribes? ¿Ya está? Dame la mano. Si supieras papá, antes casi me he tirado bien de cabeza. Corre, corre; tienes que verme. Me he hecho un poco de daño en la tripa, pero… Ah, otra cosa, tienes que enseñarme a hacer el muerto como tú lo haces. Yo siempre me hundo, no sé. ¡Venga por Dios, corre, corre! Papá hoy te picarán un poco los ojos en el agua, ya lo verás, no los abrás. Venga, tú primero, no está fría. ¡Qué cobardica! Quieto, quieto, no me toques, no me empujes… ¿Aguantas sin respirar hasta el otro lado? Se nos ha olvidado la pelota. Voy yo, voy yo, que si vas tú no vuelves. Mientras tírate y nadas. Oye papá, nos bañaremos mucho rato, ¿me lo prometes? Hasta que cierren la piscina.

martes 18 de agosto de 2009

Unas líneas apócrifas de Séneca



(...) De cuando en cuando sobreviene la propia muerte. La de uno. La imaginas remota, distante y serena; pero sabes que puede que esté mucho más cerca, y que el dolor es connatural a ella. Es más, sabes que la muerte es una sucesión de acontecimientos que están ocurriendo ahora mismo, y que desconoces. ¿Cómo responderás cuando haga acto de presencia? Pueden pasar años, o unas horas. Un intervalo de tiempo -sea el que fuere- demasiado breve, se me antoja. ¿O es el suficiente? Dicen que la muerte es siempre inoportuna, porque llega cuando menos la esperas y zanja lo que llevas entre manos. Notas tus miembros más pesados y tristes; tienes vértigos, sufres engaños y desilusiones, y tu cabello es cada vez más blanco y escaso. El corazón sufre espasmos y cualquiera rechaza tu amor. Te mueres. Día a día. Sin remedio. (...) Demasiados misterios para el hombre, demasiado pánico e incredulidad. Hemos dejado de lado al alma y a los dioses; la vida ya no descansa en la piedad y en el cultivo de las virtudes. Las costumbres se han degradado hasta extremos tan viles que el espíritu del hombre es un despojo. Los demonios andan sueltos por las calles y el Senado, y reinan en palacio. Es una forma de morir. Puede que la más radical de todas, la más absoluta. Creen vivir y están muertos. Creen disfrutar de la vida y están llenos de gusanos. Hay amigos que dicen que no hay esperanza posible, que es el fin del mundo tal y como lo conocemos. ¿Será cierto? (...) La muerte llega para todos: hombres e imperios. ¿Quién nos redimirá de los malos poetas, de los legisladores de la corrupción, de los sicarios del infierno? ¿Quién devolverá el alma a Roma?

lunes 17 de agosto de 2009

De amanecida




Temprano. El cielo
con sus primeras luces naranjas.
Las farolas
todavía encendidas. Unas campanas
íntimas y lejanas; lejanas, íntimas...

Un tren que pasa
en su intermitente nostalgia.
La vida, el sol, el alma
y el cántico de las aves.
El paraíso perdido
cuando el hombre era luz y gracia.
Infinidad de brillos
en leves pinceladas de hojas.

El paisaje se transfigura
en un creciente fervor: delirio
de Dios, que es la claridad del día.
Bebo de esta luz, de ella vivo.

domingo 16 de agosto de 2009

Profundicemos



Las vacaciones son el momento. Profundicemos. Desarrollemos aspectos de nuestras vidas que en situación de rutina se nos escapan por las fisuras de las prisas (que en el fondo sólo son comodidad). Profundicemos. Vayamos al alma y a la verdad de nosotros mismos. Para empezar. No sé, puede que nos venga bien un repaso de cuestiones básicas como la felicidad. Profundicemos. Hagámoslo al punto de la mañana, o sentados frente al mar, o en cualquier punto de la montaña. No partamos de conceptos abstractos. Hay que concretar. Este árbol o esa ola. La belleza y el rumor del amor. Entraña de vida. Y el silencio que purifica el ruido de donde venimos. Profundicemos. Vayamos más allá de nuestro egoísmo y de su inherente ansiedad. Tomemos conciencia del acto de respirar. Inspiremos hondo esta brisa y esta paz que viene. Entonces es posible que escuchemos a Dios, que sintamos el abrazo de su intimidad. Nos basta como digo el esbozo de un árbol o de una ola, o el vuelo de unas gaviotas (que trazan un misterio), o una sencilla flor del Pirineo. Es un comienzo. Es el amor que nos avisa y resucita, que nos reclama la atención del alma. Profundicemos. ¿Cuáles son mis afanes? ¿En qué baso mi existencia? Por ahí, por ahí; ése es el camino. No es fácil la exigencia, ni reconocer el extravío. Pero hemos de lograrlo. Nos jugamos la alegría. Dentro de esta luz que ilumina la materia y germina en el corazón del universo.

sábado 15 de agosto de 2009

En la piscina de luz




Contemplo las burbujas mientras floto en la inmesidad del cielo. Nado, me sumerjo, doy vueltas sobre mi mismo. Emerjo a la belleza de otros ojos. Cojo aire y de nuevo buceo entre cuerpos azules y un repentino bikini blanco. Felicidad acuática, gotas de gracia. Me dejo llevar por la inercia de este líquido amor que me empapa y calma. Memoria: reflejos en el agua. Deseo de más luz. Deseo del deseo. Femeninos gestos en la orilla del día. Esas manos que acarician el pelo, esos pies que agitan el tiempo. Esas piernas que sostienen el mundo y la mirada de los que nadamos por dentro. Agua que baila con mi cuerpo. Alma que se baña en lo eterno. Transparencia de brillos, esquivos guiños. Parpadeos, ritmos, juegos, eros. Belleza que se ciñe a la piel, piel que sugiere el fuego. Sol y sed. Verano. Y esta luz donde nado.

viernes 14 de agosto de 2009

Postal a un amigo sin vacaciones





Querido amigo:


Me pides que te describa lo que veo, que comparta contigo un poco de mi solaz, de mi sosiego. ¿Qué decirte? Las nubes en el cielo, las montañas, los árboles, los setos. Con esto ya tengo bastante. De sobra para que la mirada lleve su impresión al alma. Y el alma se aquiete, y rece. Porque siento que es oración todo lo que veo. ¿Qué otra cosa puede ser el vuelo de esa ave, o los colores que impregnan de alegría al mundo? Quisiera que estuvieras aquí, que lo vieras con tus propios ojos. Con palabras apenas puedo hacerte comprender un ápice, un matiz, un vislumbre de tanta hermosura. Son sólo palabras, amigo mío, signos y sombras. Te escribo: "El temblor de las hojas". Tú lo lees, pero no ves el movimiento, ni escuchas su sonido, ni captas la armonía del conjunto. Es todo lo que puedo ofrecerte: palabras. Me quedo extasiado -ya me conoces- en cualquier cosa. En esa vieja contraventana de madera, o en estas toallas que se secan al sol de la tarde. O en esas barajas de naipes que mi hijo Juan utiliza como guerreros macedonios o persas. Nada importante, como ves, nada que pueda causar envidia. Pero en ello hay una secreta felicidad que sólo yo comprendo. Si supieras... Paso mis buenos ratos atento a la evolución de una nube. Al cambio de su figura, a la evolución de su resplandor. ¿Me comprendes? A veces hasta que desaparece y se diluye en el espacio. Puede que de por medio tenga algún pensamiento triste y crea que es la última vez de todo esto. Es por eso que esta mañana he guardado una perfecta hoja amarilla entre las páginas de un libro o hago una fotografía a un banco de piedra. Y me cuesta leer. ¿No te lo crees? Pues es la verdad. Esas palabras puedo leerlas en otra ocasión más propicia. Pero no la delicadeza de este cielo, de estas montañas, de estos árboles y de estos setos.

jueves 13 de agosto de 2009

Pensando en ella





Sonoros chopos de agosto.
Entre vosotros el rostro
de la luna.

Sonoros chopos de agosto.
Entre vosotros la luna
y sus ojos.

miércoles 12 de agosto de 2009

Horacio y "Las mil noches y una noche"



Leo Las mil noches y una noche. O para el que lo prefiera, Las mil y una noches. Cuentos de reyes, eunucos, visires y hermosísimas princesas que logran salvar sus vidas con una buena historia para distraer el tedio y la venganza y la muerte. Como yo, que lleno mi vida de literatura para salir del atolladero del tiempo, o entablar conocimiento con las almas y las cosas. Y leo a Quinto Horacio Flaco, traducido con ejemplar maestría poética por Enrique Badosa. El vate venusino canta al final de la oda XI lo que más se le conoce: "(...) Dum loquimur, fugerit inuida / aetas: carpe diem, quam minimum credula postero". Es decir: Mientras vamos hablando, / se habrá escapado el envidioso tiempo: / goza del día de hoy, / y no confíes mucho en el futuro. Y esto está bien, pues hay mucho por hacer y gustar y ver. Y pronto se acaba. Aunque el visir Nureddin lo matiza mejor a su hijo Hassán Badreddin en la 20ª noche de Las mil noches y una noche: "- Sabe, ¡oh hijo mío!, que este mundo es para nosotros una morada pasajera, porque el mundo futuro es eterno".

Pero ya es tarde, y por hoy no es preciso escribir más.

martes 11 de agosto de 2009

Carta de un tribuno romano a su mujer, antes de la batalla




Querida Lidia:



Estoy rodeado de relámpagos que alumbran la noche de Hispania. Desde mi lecho de campaña escucho la lluvia y el aullido del lobo. Estoy inquieto y solo. La luna no está y tengo miedo de morir mañana, de que se abran mis entrañas en un certero golpe de lanza o que el vuelo de una flecha se clave en mi garganta. Amada mía, lo reconozco, tengo miedo de ser cobarde; de dar mi último aliento en esta tierra salvaje, en este barro mezclado con sangre. Y en este instante repaso mi vida y siento un vértigo que no sé como explicarte. Me falta tu cálido cuerpo, tus piernas alrededor de mi cintura, y esas manos que empuñen mi espada antes de la batalla. Me falta el valor de tu amor, tu presencia. No sé si mañana estaré vivo o habré ya muerto. Y este pensamiento me llena de horror, de un vacío que no me deja conciliar el sueño. ¿Qué hago yo aquí Lidia? ¿Qué hago en esta tierra inhóspita? Nada me consuela. ¿De qué me sirve ahora la poesía de Horacio o de Virgilio, o el mármol sagrado de Roma? Estoy solo. Rodeado de enemigos que son peores que los lobos. Lidia mía, apenas veo la tinta con la que escribo y la humedad y el frío son como un anticipo del hierro de la muerte. ¡Si mis hombres supieran que tengo miedo! Pienso en nuestra casa y en nuestros hijos. Pienso en la biblioteca y en los amigos. Pero sobre todo pienso en tus hombros desnudos y en tu espalda... Me conforta imaginarte así, dispuesta a entregarme tu ser por completo y a hacer realidad mi vida. Quiero ser digno de ti, luchar hasta el final, ser valiente. Ya está, ya llega la hora. Los centinelas han dado la voz de alarma. Dentro de un rato estaré luchando por ti, que eres lo único que me importa. Y si muero, moriré sólo por ti Lidia, sólo por ti. Te lo prometo.


Besos amada mía.

lunes 10 de agosto de 2009

El sauce





Catarata de verdor y brisa...
Música
de hojas. Enjambre estival
de luces y sonidos.
Quietud de cuerpos, hilos
de savia. Historia de mi vida:
sombras. Acuarela
de ramas que descienden hacia el cielo
que se mira en el agua.
Serena umbría, nostalgia,
dulzura, esperanza...
Símbolo de los días, temblor de la belleza.
De la tierra nace, del tiempo
que germina en el firmamento
y es la verdad de mi destino.
Un murmullo de Dios
en mis oídos. Esta cadencia
que seduce por completo al alma.

domingo 9 de agosto de 2009

Mi escritorio


Un montón de facturas y recibos y declaraciones de renta y fotografías de cuando eran las cosas sencillas. Me gustan las azarosas enumeraciones que suman mi vida, y la decoran de cachivaches absurdos donde reposo la mirada para cuando, aunque lo parezca, no estoy. Cada objeto es como una ventana que abro al nombrarla. Y a mi lado un aparato muy complejo que me dice el día, la hora, el mes y la temperatura. En silencio, con seguridad digital. Ahora marca 28.8º centígrados. ¿Para qué lo quiero? Cada vez me interesa menos el tiempo. Y yo, mientras, tan inseguro por todo o por nada. Tres imágenes de la Virgen y un belén minúsculo mexicano. El teatro de Galdós y Sherlock Holmes, íntegros. Y un vaso de agua. Y la lámpara de mesa sobre un montón de libros, con esa pegatina roja de Derechoavivir.org que reivindica lo obvio: la vida, y la luz, y el sentido de llamarnos humanos. Un dibujo bucólico lleno de buenas intenciones y una postal de época de la puerta del duque de la Victoria de mi ciudad, cuando se erguía orgullosa, antes de ser sólo polvo y un recuerdo. En ella una mujer con un cesto. La contemplo… Ya lleva más de un siglo muerta. Y la agenda, que se me quedó en blanco desde el jueves 11 de junio, cuando escribí en ella un poema de W.S. Merwin, que termina: “ser todo a pesar de todo”. No sé si fue pereza o un acto consciente de rebeldía, de quitarme de encima todo esa constante cronología y quedarme a solas con el alma. Y con este escritorio, que está lleno de palabras y de ese silencio que llamamos nostalgia. Y la temperatura es ya de 30º centígrados.

sábado 8 de agosto de 2009

La educación y el verano


Las vacaciones traen algunos problemas con los hijos, pues resulta que sin querer cedes. En lo que sea. Madre y padre estamos agotados de mantener esa tensión que te deja los días exhaustos (el curso ha sido duro); y te relajas, crees que puedes confiar un poco más en ellos, que ya son mayores y responsables, que tienes derecho (¿los padres tienen derechos?) a un merecido descanso. Al menos un aliento. ¿Será verdad por fin? ¿Será posible tanta felicidad? El teléfono móvil viene a ser como una prolongación del cordón umbilical o aquellos aparatitos que poníamos en su cuarto cuando eran bebés para escuchar desde el nuestro si todavía respiraban o comenzaban a llorar desconsolados. “¿Dónde estás? ¿Qué haces? ¿Con quién vas? ¿No estarás fumando? Pórtate bien, sé bueno y a las nueve en casa, como mucho a las nueve y media”.

Y la factura de los teléfonos crece. Y dejas que salgan hasta un poco más tarde, que se vayan a dormir a casa de sus amigos de toda la vida (siempre con los padres atentos), les das algún euro más, casi todos los días vemos una peli en casa… Pero se van tomando licencias. Detectan tu menor exigencia o quizá tu cansancio, o que el padre está ya harto (la culpa es suya que no acierta nunca). Y yo no digo que lo hagan premeditadamente, pero el caso es que contestan más, van más a lo suyo, los padres de los demás son estupendos y tienen unas piscinas muy azules y no gritan, quieren ponerse la ropa que tú no quieres (e ir de vacaciones contigo es un plan no demasiado atractivo la verdad), rezan menos, el desorden alcanza cotas que no comprenden (“¡pero si está todo ordenado!”)…

Bueno, pues en el tira y afloja que es siempre la educación, llegado el verano, los padres estamos a punto de sucumbir. Y para seguir vivos tendemos a darles un poco más de cuerda, confiando, siempre confiando en que por fin, en que ya, en que es llegado el día del santo advenimiento de la responsabilidad. Y te das cuenta que no, que paciencia, que hay que esperar. Y hay que recobrar el terreno perdido y mantenerse firmes y no claudicar a esas miradas tiernas que ponen cuando quieren sacarte algo que les interesa. “Mamita”, “papito”, “os queremos mucho”… Zalamerías sin cuento, y abrazos, y besos. Atención, mucha atención. Son unos hábiles estrategas. Cariño todo el del mundo, pero hay que espabilarse. Decirles más veces no que sí, hacernos fuerza (lo cual no significa que se lo pasen peor). Para que aprendan a valorar las cosas y no se conviertan en déspotas.

Les conviene que sus padres sean padres, y no colegas o meros mantenedores de caprichos. A la larga -¿cuándo llegará ese día Dios mío?- será lo mejor para ellos, aunque nosotros, los padres, andemos ya muy justitos. Y septiembre, desde luego, se nos hará menos cuesta arriba. Palabra.

viernes 7 de agosto de 2009

“La proposición”, una película de las que me gustan


El pasado 9 de julio se estrenó en España la película La proposición. Me encantan las comedias románticas. Sin palomitas por favor, y sin formar parte del cocacolonialismo, como diría Pedro Salinas. La mirada atenta a la mirada de Sandra Bullock, como es el caso. A la mirada y al perfil de su cara, y a su talle. Sin olvidarme de su pelo oscuro. Soy yo el que se enamora perdidamente de ella. El papel que interpreta Ryan Reynolds (Andrew) es lo de menos. Soy yo el que me adelanto a cualquiera de sus movimientos, el que habla y el que la recoge en mis brazos cuando sale del mar o del baño. Lloro a mis anchas intentando que no se note demasiado. Espera, Sandra, o Margaret, no te vayas, no termines. Quiero que la película dure más aún, de por vida. En Alaska, en Nueva York o en esta ciudad que es la mía. Y la tuya, si es lo que quieres. Seré tu editor, o asesor o un simple secretario, como Andrew. O un amigo que, de cuando en cuando, se toma un café contigo y ahuyenta las prisas y los malos designios. Tengo buen gusto literario, podría trabajar en un rincón de esa oficina de la película, y verte -me conformo con eso-, al tiempo que te beso desde un verso que escribo a hurtadillas. Prometo ser discreto. Seguro que encontraríamos buenas novelas entre todo ese montón de papeles. Oh, Margaret, Sandra, eres un sueño perfecto para un lunes por la tarde, o un viernes en sesión de noche. No desentonas a cualquier hora y te pongas lo que te pongas (me encantas con ese jersey naranja). Estás guapísima. El amor nos favorece. Pero ya se encienden las luces y me dispongo a salir del cine. Y me cuesta dejar de verte.

jueves 6 de agosto de 2009

Libros



Entre libros se afanan mis manos. Así paso la tarde. Ordenándolos un poco. Soplo con fuerza el polvo y los coloco unos estantes más allá, junto a otros. Por tamaño, o por géneros, o por siglos. Cojo alguno y lo hojeo, y si se tercia lo llevo conmigo al sofá, para leer más largo. O me siento en la escalera, recordando. O en el suelo acaricio los más antiguos, y me embriago con su olor y con el tiempo. Miro más de cerca la impresión, el papel y las huellas que por algunos sitios han dejado la humedad y los muertos. Pienso en los lectores anteriores a mí. Pienso en el primer lector que compró estos Dramas de Víctor Hugo en 1884. ¿Quién sería? Sopesaría el volumen en la librería, preguntaría el precio, contemplaría los grabados… y al fin se decidió, para él o para un regalo. ¿Hombre, mujer? ¿Casado, soltera? ¿Joven, vieja? ¿Lo leería, o acaso lo dejó sobre una mesa para hacerle hueco unos semanas más tarde en la penumbra de su biblioteca? Y hasta llegar a mis manos puede que pasara por legados, lances, cajas, albaceas, sótanos y rastros. Puede que nadie lo leyera desde su impresión en 1884. Puede que sólo yo lo haya leído desde entonces. ¿Y qué más da si cuando yo muera tal vez siga el mismo destino y acabe comprándolo en cualquier esquina o local otro hombre que no conoceré nunca? ¿Dónde estarán estos dramas de Víctor Hugo? ¿En qué estante de qué biblioteca? ¿Quién será el siguiente lector de este libro? Sigo pasando páginas, y ojeo despacio mi vida, preguntándome y preguntándote lector si todo este orden en el que me afano, si toda esta literatura, no será sólo un afán indiscriminado de algo más sencillo e inmutable.

miércoles 5 de agosto de 2009

Si pudiera…



¿Quién no puede hacer algo, por mínimo que sea? Todos tenemos la capacidad de aportar milagros, como es el caso de sonreír ante una mala contestación o a la impuntualidad de una cita. O perdonar el insulto o la mala educación (tan en boga). O dar las gracias o los buenos días. Podemos y debemos hacer algo, por diminuto que sea, o que pensamos que puede serlo. Igual resulta que ese pequeño gesto, o esa carta a un periódico, o ese ajustado comentario en un foro de Internet, o esas palabras a pie de playa sobre la presencia de Dios en la belleza o en la música de las olas o en la pureza, llegan al corazón de alguna persona, y ve, o se le abre una perspectiva nueva, y ya el mundo cambia para ella. Si pudiera… Todos podemos hacer algo por los demás, transformar la pereza en una brisa fresca, que se dilata en un don que tal vez sin darnos cuenta ejerce una influencia cabal. Y cala. Ya lo creo que cala. Creemos que no tiene importancia nuestro trabajo rutinario, que no somos nadie (esto es palpable en mi caso), pero siempre hay alguien que se da cuenta de nuestra alegría, y le choca, y se pregunta si él -o ella- no podría compartirla contigo. Es el milagro de la simiente, de la sal, de la luz, de los cinco panes y dos peces, de la multiplicación por infinito de la bienaventuranza y de la poesía. Es el milagro de la humildad y de la discreción, pero también de cierta audacia. Porque el gozo de la vida está lleno de naderías. No hay que irse por las ramas de grandes cosas y sintagmas. Una mirada puede valer, ser el comienzo de una conversación inesperada, de una felicidad compartida (que de eso se trata en la amistad, según creo). O un silencio oportuno. Recuerdo que un día un chaval que no conocía de nada se me acercó en la Facultad de Filosofía y me espetó: “Tú eres feliz ¿verdad?”. Nunca me he sentido tan sorprendido y confuso. Estaba claro como el agua, no era algo que dependía de mí, pues no soy un dechado de gracejo y carcajada. ¿Qué habría visto? Pasadas unas semanas, y en medio de nuestra ya habitual y larga perorata sobre libros, se lo dije: “La única explicación que tengo para considerarme feliz es Dios”. Se me quedó mirando atónito. Silencio. “Y la literatura?” (sabía lo que representaba para mí). “Es un regalo de Dios, y así la considero, un modo de acercarme más a Él y de leer el alma de las cosas y de tocar con la punta de mis dedos el sol poniente o las estrellas del universo”. Al cabo de unos instantes exclamó: “¡Coño!”. Y seguimos hablando. Si pudiera, si tuviera… No más excusas. Podemos. Y tenemos la inteligencia suficiente para percibir que puede que dependa de nosotros un atisbo de la conversión de este mundo, tan soterrado en la tiniebla y en la codicia.

martes 4 de agosto de 2009

4 de agosto



Hoy es el cumpleaños de Blablatero. Y también lo es de Obama, el presidente norteamericano. Leire Pajín estará feliz de este acontecimiento planetario. Los astros -pensará en su esotérica concepción de la política- nos son propicios hasta en eso. Incluso Blablatero es un año mayor que el otro, con todo lo que supone (¿supone algo?). No sabemos si pasará el día en el coto de Doñana, en la isla La Graciosa o en las musarañas de rigor, a la sombra de la propicia conjunción de los astros y de su particular triángulo de las Bermudas intelectual. Cavilará sus próximas estratagemas para mejorar las estadísticas. ¡¡El PP por encima!! Porque la política hace años que es sólo un conglomerado de propagandas y estadísticas. O más resumido si se quiere: una sucesión de mentiras y descalabros económicos debidamente aliñados. Al menos en terreno socialista. Eso sí, lo adornan muy bien. Pero sólo es eso: un adorno, un afeite, una máscara. Nada. Y una finta de palabras escogidas y escurridizas, de significados vacuos. La cosa es ganar las próximas elecciones. Seguir y seguir en el machito. Como sea. A costa de la verdad y de la integridad, de jueces y de fiscales, de la unidad de España, o de lo que sea. El condimento de la corruptela es el perejil de la salsa progre. El régimen de Felipe González fue ducho en estas habilidades, en un colmo de tracas que convendría recordar un poco. Financiación ilegal del partido (Filesa), BOE, Roldán, el hermanísimo de Alfonso Guerra, el GAL, la vil expropiación de Rumasa -¡ay, aquellos Cisneros y demás amigos de conveniencia y trapicheo!- que derivó en el absoluto desprestigio del Tribunal Constitucional (todavía vigente), las comisiones del AVE… Ah, y los tres millones de parados entre los que tuve la desgracia de encontrarme. Es toda una tradición. Recuerden la propaganda de aquella época: “Cien años de honradez”. Y aquí estamos, en una nueva reedición socialista de lo que ellos consideran política, y que no deja de ser un entramado de reflejos, ciénagas y abismos. Se desmorona el sentido de patria ("¿qué tiene este hombre contra España?”, me preguntaba el otro día un albañil, y remataba: “Yo siempre he sido de izquierdas”), la vida es un valor tan relativo que podemos suprimirla al filo de la conveniencia (aborto, eutanasia o lo que fuere), la educación se trastoca en zanganería, la religión se vilipendia y hostiga, la política internacional es de risa y el sentido común se diluye en la inepcia y la cuquería. Hay un pesimismo ambiente que es verdaderamente desolador. Y eso es lo más peligroso de todo. Cada vez son más los que piensan que España no levantará cabeza. Ya no es tanto por los cuatro millones y medio de parados. O por los sangrantes nacionalismos. Es esta forma de entender la vida, esta cosmovisión tan utilitarista, sectaria, saturnal, irreflexiva, materialista, obscena, y arbitraria. Sin visos de esperanza. Cuando un gobernante sea capaz de decir en público: “yo no soy capaz de hacerlo mejor, que venga otro que esté más preparado”. Entonces sabré que la democracia recobra su vigor. Pero no sucederá en España. O será un sueño.

lunes 3 de agosto de 2009

¿Dónde me iría de vacaciones?



A la sombra de cualquier chopo, castaño, pino, sauce, nogal o magnolio. A la biblioteca de los Baroja, o cercanías de Vera de Bidasoa. A los campamentos de mi infancia, para volver a escuchar junto al fuego aquellas historias terroríficas y luego sentir el miedo, sin dejar de hablar toda la noche. A la casa donde vivió y murió Ezra Pound, en Venecia (él tenía razón y lo tomaron por paranoico, la usura en efecto está destruyendo el mundo y a las almas). A la casa de Marisol y Fernando, en Santander, desde donde oteo todos y cada uno de mis sueños, por infinitos que sean. A cualquier lugar que me devolviera a mi abuelo Pascual, la persona más entrañable que recuerdo. Al último paisaje que contemplara Pedro Salinas en Puerto Rico. A un rincón desapercibido de Medjugorje. A uno de los pueblos de Asturias donde José Luis Garci rodó Luz de domingo (2007). A Recanati, en la costa adriática, para ver la luna y los libros como los vio Leopardi. A un jardín escondido de Akita, con la hermana Agnes Sasagawa explicándome el Cielo. A cualquier lugar de Inglaterra, bendecida por Dios y sus poetas. A Granada, para leer todos los días un par de horas junto a las fuentes del Generalife. Al hogar de cualquier hombre bueno. A Roma, siempre. Al instante del tiempo en el que conocí a Ana. Al pueblecito donde vivió toda su vida María Simma. A cualquier castillo de alguna de las amistades de Rilke (en el de Muzot o Duino a ser posible). A pie de playa, aunque la casa sea horrible, como en la genial película Un optimista de vacaciones (1962) de Henry Koster, con James Stewart y Maureen O’Hara. En Cercedilla, para hacer mío el contenido del corazón de Luis Rosales, que escribió: “A mí, en rigor, me han hecho como soy los que amé”.

domingo 2 de agosto de 2009

Necesito un portátil, por favor



Estoy desconectado de la red. Por primera vez que yo recuerde. El ordenador de casa roto, y mi portátil IBM de segunda mano hace unos meses pidió la jubilación por antidiluviano. He vuelto a hacer uso de bolígrafo y libreta de espiral, de esas que me regalan mis hijos por Reyes y que parecen vestigios de otro tiempo y de otra edad. (Menuda suerte, pensará alguno). Se hace raro no copiar, ni cortar ni pegar un texto. Ni contar automáticamente las palabras, ni cambiar de tipo de letra o de tamaño (la Times New Roman 12 es mi preferida). Y destacar en negrita ese nombre, lugar o pensamiento. He vuelto a los borrones y al papel cuadriculado. Estas mismas letras que ahora escribo están llenas de tachaduras, flechas, marcas o pictogramas que hacen referencia a algún olvido o atardecer. ¿La caligrafía? Ni yo mismo me reconozco en ella de lo horrible que es. Hasta los dedos los tengo ya manchados de tinta azul, como cuando estudiaba en el colegio o tomaba apuntes en la universidad, siempre con la lengua fuera, para acabar pidiendo fotocopias a alguna chica (no lo neguemos, son más eficientes, además de otros encantos y de una letra bastante más legible). Pues sí, esto se me hace muy raro, acostumbrado a las teclas y a los recursos tutiplén de la tecnología. Y he vuelto al uso masivo de los diccionarios o de las enciclopedias (todavía tengo algunas, verdaderos objetos de culto). Se acabó la magia inmediata de Google. Lo cual tiene sus cosas buenas, pues me entretengo más en las palabras (la etimología es fascinante), en los lugares y mapas, y en los escritores que consulto. Y dibujo por los márgenes -con mi mordisqueado bolígrafo Bic- versos en espiral o aves, que sobrevuelan el texto en un intento de darle una mayor profundidad, y un paisaje. Pero pese a todo este peso de nostalgia que es el hombre, estoy irremisiblemente acostumbrado al ordenador. A su inicio, programas, antivirus, documentos, edición y herramientas. Necesito de su velocidad e imágenes coruscantes, y de su umbilical conexión a Internet, donde publico lo que vivo o imagino (¿existe alguna diferencia?), y donde trabajo. Sin él estoy perdido. Y ahora que me voy de vacaciones ¿dónde escribo? ¿Cómo mantengo al día mis blogs y mi correo? Me dicen que hay portátiles muy baratos, a precio de saldo. ¿Me fío? No sé, no sé. Yo no me lo creo. Y se me ha ocurrido: ¿No le sobrará a nadie un ordenador portátil que den por viejo y que no sepan qué hacer con él, un portátil que todavía tenga un último suspiro para los poemas, apuntes o reseñas librescas de este pedigüeño escritor? Si obra en su poder o se enteran de algo no dejen de avisarme, por favor.

sábado 1 de agosto de 2009

“Cómo decir adiós”, de Debra Adelaide



Observarán ustedes que siempre se mueren los demás. Lo nuestro es distinto, y se pospone en una abulia de años y más años. Pensar en la propia muerte es cosa de mal gusto o de mal agüero, acaso afición o cosa de poetas decadentes o personas un tanto amargadas por causa del estrés o del gobierno. Quita, quita. Ni me hables. Que ya son ganas de pasar un mal rato con lo bien que estamos aquí, disfrutando de esas chicas de ebúrneas piernas que cruzan ahora la calle, sin ir más lejos. Pues eso, que nada de mentar la bicha. Una zambullida y como nuevo, y una dosis apropiada de olvido. Pensar está bien, pero todo tiene su límite, no fastidiemos. Hasta que llegue -la muerte, digo- mutis y a pasarlo bien, que son pocos los años y menos los días buenos. Y así creemos que no nos afectará nunca, o en horizonte tan lejano que no merece la pena escudriñar en ella. Pero lo cierto es que no para de morirse la gente. A nuestro alrededor caen familiares, amigos o compañeros de trabajo o juerga. Visto y no visto. Se acabó. Fin. Caput. “Era una persona tan entrañable”, “parece mentira”, “pero si estuve ayer mismo con él (o con ella)”. Y cuando nos demos cuenta estarán diciendo similares bobadas de nosotros, que parecíamos inmortales y éramos tan necios. Se quiera o no pensamos en ello. ¿No les ha sucedido nunca tener la ocurrencia de que pasaban por última vez por determinado barrio o que no volverían a ver a cierta persona? Con los libros ocurre mucho más a menudo. Porque mira que nos empeñamos los empedernidos lectores en adquirir más y más volúmenes, cuando sabemos que no, que la mayoría de ellos no los vamos a leer. (Aunque aquí el atenuante es claro: la sola compañía de los libros, su olor y su tacto es indudablemente una parte del Paraíso, al menos del mío). Y cuando llega la Navidad o cumplimos años se nos atraganta la nostalgia o los regalos. “¿Y si soy yo el que de aquí no pasa?”.

Pero aterrizo. Debra Adelaide es una escritora australiana nacida y vecina de Sydney que al menos en España no conocía ni Blas hasta hace pocas fechas. De pronto ves la portada de su novela Cómo decir adiós (Lumen) por doquier. En lugares estratégicos de librerías o sobre las toallas y tumbonas. Uno cumple con el hábito de rigor. Vistazo fugaz a la portada, lectura de la contraportada y solapas, y si la cosa parece de interés una serie de catas por sus páginas. Me hice con ella. Es la historia de una mujer, Delia, que tiene los días contados (como todos claro, pero ella conoce más o menos la fecha). Una madre de familia abnegada en su marido y dos hijas. Como todas las madres ejerce -o al menos eso pretende- un control de las más diversas y variadas situaciones familiares. ¡Ay, el control! Archie -el marido de la protagonista- le acusa “de estar obsesionada por el control”. No siempre era así: “(…) a veces sólo me apetecía quedarme sentada y escuchar el susurro de las hojas. A veces me apetecía sentarme en el jardín trasero con las niñas en mi regazo(…). No hacer ni decir nada. Tan solo sentirlas respirar contra mi cuerpo”. Sin embargo lo del próximo deceso la tiene un tanto fastidiada. Quiere arreglar cuentas con el pasado, aprovechar al máximo el presente y dejar organizadas para el futuro hasta la boda de sus hijas (que son todavía pequeñas). Piensa hasta en la que podría ser la próxima mujer de su marido. Una mujer cariñosa y discreta, faltaría más. (Yo creo que esto mismo lo piensan el 90% de las mujeres casadas entre 30 y 50 años, visto el fiasco que es el marido en cuanto se le deja un par de días solo al mando de la casa y de los hijos). Su situación de escritora de guías domésticas le ayuda a desahogarse de lo cotidiano con la adecuada ironía. Hasta que se le ocurre escribir la última guía: Cómo decir adiós (el libro que el lector está leyendo) “y poner como subtítulo Guía doméstica del buen morir”. La editora le pone pegas, pero su razonamiento es contundente y de lo más lógico. – “Es original, ¿no? Y todo el mundo se muere, Nancy. Piensa en el inmenso potencial de lectores”. Una “guía del buen morir”, escrita -ella misma define su novela- “de forma práctica, compasiva e ingeniosa”.

Aunque no es muy amiga de trascendencias la novela resultante por momentos de lo más lúcida. Llena de buen humor y de un profundo conocimiento de la familia y su bullicio. Y Debra Adelaide te hace reflexionar y te pone al día. Es preciso aprovechar mejor las horas, amar con más ternura a mi mujer, dedicar más tiempo a mis hijos… Por momentos el lector, padre de familia, siente que la autora acaba de salir de su casa, tal es su perspicacia. Recuerdo que en un momento dado escribe: “A los dieciséis, diecisiete años, yo me inclinaba por todo lo que mi madre odiaba”. No pude reprimir una carcajada y pensar en mi propia hija de esa edad. El libro está lleno de pequeños hallazgos, de sabiduría cotidiana. Y lo que antes le enfurecía de su marido ahora le causa admiración. Con la perspectiva de la muerte cercana y consciente, la perspectiva de la vida cambia, y se valora mucho más lo que se tiene. Esa familia, ese trabajo, esos amigos; la música, la biblioteca de su casa (“rodeada de libros me sentía a salvo”), la colada, la limpieza, etcétera. Al comienzo del capítulo 17 llega una reflexión que me parece clave: “Todos los que habían banalizado y desdeñado la domesticidad habían hecho un flaco favor a muchas generaciones de mujeres”. ¡Toma del frasco! ¿Acaso no estamos todavía en ese desprecio, en esa desfeminización y desfamilirización, que se agudiza con la manipulación de la mujer, del sexo y de la vida? En resumen, dirá Delia: “La proximidad de la muerte era un magnífico producto de limpieza para la mente. Veía las cosas con una nueva claridad”. Y el lector lo entiende también así. Me ha encantado este libro. Cómo decir adiós es un dechado de ingenio y de optimismo.