Bienvenidos

Reflexiones, poemas, escorzos de vida, fe de lecturas, noticias de amigos... No pretende ser un desahogo, más bien un diálogo. Un demorarme en el resplandor de nuestra existencia. Y en su literatura.


martes 30 de junio de 2009

La pulsera, las chanclas y San Agustín




Salí de trabajar dispuesto a comprar un buen regalo a mi mujer. El sol era de justicia. Más bien ajusticiaba a todo el que ponía los pies en la calle. Normal, en verano suele pasar: hace calor. Pero como nos tenemos que quejar de todo, pues nada a quejarse tocan. De algo hay que hablar. Si calor, calor; si frío, frío; si viento, viento; si lluvia, lluvia. Todo son aspavientos y flojera. Y enfilé calle arriba. Ni un alma. Sólo una chica muy guapa en el paso de peatones. Deslumbraba su pelo, largo, en caída libre por su espalda. Crucé a la sombra mientras miraba su ombligo. Eso ya era otra cosa. La sombra, digo. Nadie. Entré a una tienda. Vacía. Una dependienta escrutaba currículos de trabajo. Me gustan esas tiendas donde hay libros, ropa, complementos, velas aromáticas, cedés de músicas ensoñadoras y todo tipo de cachivaches. Esas tiendas que huelen a especias o perfumes remotos. “¿Qué es esto?”. “¿Y para qué sirve?”. “¡Ah!”. Es grato tocar los tejidos y la piel de esos cuadernos donde bien podría tomar notas. Los relojes adquieren formas oblongas. ¿Qué coges? Comencé a hojear los libros. Lo siento. ¿Virtud o vicio? Sobre todo virtud. En principio. Unos de la editorial Olañeta llamaron mi atención. Cada vez me gustan más los libros pequeños. Avancé por uno de los pasillos de la tienda. Una mujer acababa de entrar y miraba con afán unos bolsos. ¿Qué hacer, qué regalarle? Cuanto más miras menos sabes. Y piensas: “¿lo necesita?”, “¿le gustará?”. Todo en aquella tienda es prescindible. Absolutamente. ¿Unos pendientes, un imán para el frigorífico, una pañoleta, una pastilla de jabón con esencias coreanas…? ¿Qué? Es la duda consumista. Cuesta decidirse por una tontería o por otra. ¡Son tantas! Hasta que vi las chanclas de tonos rojos. “Unas chanclas chinas”, me comentaron. Su número de pie era… Allí estaban. “Seguro que acertaba” (y acerté de pleno, me estoy perfeccionando con el tiempo). Y mientras la chica envolvía el presente para regalo en un papel rosa yo dale que te dale con los libros. Tentación, tentación. Y caí. Puse en el mostrador La vida feliz, de san Agustín. Y seguí dejando vagar mis ojos por estantes y vitrinas en un vértigo que conozco muy bien. Nunca es suficiente. Para ella o para mí. Y acabé comprando también una pulsera llena de advocaciones de la Virgen y de santos. ¡Se llevan tanto! Y me fui pitando, antes de que las cosas fueran a peor.

lunes 29 de junio de 2009

“Verano en el lago”, de Alberto Vigevani



El verano. La familia. El constante pedaleo de la bicicleta. “Las últimas vacaciones de la infancia”. Esa visión de los atardeceres que pintan con su luz naranja ese sentimiento de pérdida… Los veranos de la infancia son mucho más que una estación, mucho más que un recodo del tiempo y de la vida. El último verano de la infancia es un universo de emociones irrepetibles e indelebles. De alguna manera seguiremos siempre allí. Nos acordaremos de esos amigos, de esos libros en concreto -leídos en el desván cuando todos dormían la siesta-, de esa buscada soledad en medio de los campos o arboledas, de las noches inquietas por los sentidos y fantasías, de los caracoles y de la lluvia que te empapaba la mirada de melancolía (algo que por entonces no sabías todavía lo que era, aunque tuvieras algún indicio o sospecha en esa especie de tristeza que siempre te acompañaba).
Al comenzar a leer Verano en el lago, de Alberto Vigevani (Milán, 1918-1999) -editado por Minúscula y traducido primorosamente por Francesc Miravitlles- he sentido un estremecimiento de vida, de mi propia vida, de aquellos años donde, como dice él, la vida estaba “pletórica de colores luminosos e instantes de magia”. Giacomo es el protagonista de nuestra historia. Su padre lleva de vacaciones a la familia desde Milán hasta las orillas del lago de Como, en la región de Lombardía, al norte de Italia. (En esa zona creo recordar que se desarrolla la acción de Los Novios, novela escrita por Alessandro Manzoni). Iba tomando notas mientras leía: “No sé qué pensar, a veces creo que Giacomo soy yo mismo, el que era en aquellos doce, trece o catorce años”. Como cuando, todavía en Milán, escribe el autor sobre el joven protagonista: “Pasaba las horas libres de la escuela encerrado en la habitación donde fingía estudiar. Leía novelas de Salgari, Verne, Dumas”. (¡Cómo yo, cómo yo! Yo hacia lo mismo. ¿Ustedes no?).
O esa inquietud ante la presencia de los demás, o la enfermiza timidez. O esa consciente o inconsciente búsqueda de la soledad (en el relato hay diecisiete alusiones a la soledad de Giacomo). O cuando, ya en Como, se pone a estudiar y se perdía su mirada en las páginas de los diccionarios. “Todo lo distraía”. Es el despertar de los sentidos, las primeras curiosidades de la sexualidad, los primeros amores… Le sugestiona la criada Emilia, o la musculosa y rotunda Elsa -hija del dueño del hotel Victoria-, como lo hará más tarde la madre de su amigo Andrew. Miradas que buscan el tacto, la textura de una belleza idealizada. Pues como todos. “No tenía aún una idea clara de lo que era el sexo”. Era un anhelo y un desasosiego. “Descubría en el cuerpo una sensibilidad aguda, una languidez sin objeto que lo llenaba de pesadumbre”.
Todo está por descubrir. También la amistad, el darse, el olvidarse de uno mismo, en los prolegómenos de la madurez. Con lealtad y ternura. Giacomo es “un chico algo grueso, de pelo rizado y ojos muy expresivos, inquietos. Solía estar solo y no le desagradaba; sin embargo a veces ansiaba un amigo que disipase su inclinación a la tristeza contemplativa, fomentada por una tendencia a la observación”. Alberto Vigevani no cuenta cosas especiales, ni lo hace de forma efectista o alborotada de rarezas. Su narración discurre con sencillez y naturalidad por los sentimientos y cavilaciones de un adolescente. Pero lo hace con gran clarividencia psicológica, con una delicadeza especial, de tonalidad perceptiva.
El lector, como he dicho antes, se siente reflejado en algunas ocasiones. No se olvidan aquellos años... Pero todo ello contado con una elegancia y sensibilidad extremas. Con unas descripciones cercanas a lo poético, al lirismo. Sobre todo al contacto con la naturaleza. Un ejemplo, con aire de haiku: “Mientras, su mirada se fijaba en las hortensias; por un soplo una mariposa se desprendía de las flores, casi un pétalo, las alas del mismo color desvaído”. Al fin y al cabo son las cosas importantes de la vida. De fondo el aprendizaje del amor. Y el dolor, que siempre llega. Casi al terminar el relato leemos: “(…) había sabido lo complejo que es el amor; no solo deseo de armonía, de belleza, sino también aspiración a dejar de existir, a anularse”.
Es un relato que hace que fijemos la atención en este autor, porque su literatura es de primer orden. Cuando a partir de ahora oigan hablar de escritores como Italo Calvino (amigo suyo), Dino Buzzati, Cesare Pavese o Leonardo Sciascia, pongan a su lado a Alberto Vigevani. Espero que la editorial Minúscula pronto se ocupe de obras como La Lucia dei Giardini (1977), o Fine delle domeniche (1973), o -¡cómo me gustaría leer este libro!- La febbre dei libri: memorie de un libraio bibliofilo (2001).
Pero empecemos por esta estupenda primicia que es Verano en el lago (1958).

domingo 28 de junio de 2009

Hay que reírse de uno mismo



¿Quién no tiene su punto de vanidad y ufanía? Yo sí, desde luego. Me encantan los piropos. Y más los literarios. Cuando me dicen que un poema, o una de mis breves prosas, son de buena hechura me licuo espiritualmente en un placer inaudito. Aunque no me lo acabe de creer, yo me lo creo, o al menos hago todo lo posible. “¿Será verdad?”, me pregunto a mí mismo. Será. O podría. Ya lo sé, no me lo digan, soy un ingenuo. Pero bendita ingenuidad. ¡Dichosos momentos! Uno disfruta con algo tan sencillo como que le digan que un verso suyo es hermoso o memorable o… casi perfecto (el casi es por humildad). Hay vicios peores. Y relees inmediatamente esas palabras en voz alta, y solo. Te regodeas con fruición en cada uno de los sonidos. Música celestial. Da igual que en poco tiempo recobres la conciencia de lo que realmente eres o que haya algún atisbo de duda (¡maldita sea!). Porque hay una posibilidad remota de que pueda ser cierto. ¿Imaginan? El brillo de esos versos, el imperio de esas líneas. El pecho se hincha, el alma se embriaga. Y los ojos hacen chiviritas. ¡Cómo nos gustan las zalamerías del lenguaje! No viene mal un poco de postín de cuando en cuando, que la vida ya hace bastantes estragos en el argumento. Pues eso, que me encantan los piropos. Con medida vienen bien hasta para mejorar el estilo -con un poco más de lecturas y de esfuerzo- y para ganar en ilusión y no conformarse con medianías. El envés de la cuestión es creérselo demasiado, tanto que la literatura se convierta en un estrambote, en algo lelo, sin fuste.

sábado 27 de junio de 2009

La mañana se despierta




La mañana se despierta una vez más
con esa gasa de luz que se posa
en el relieve de las cosas que miras
o en el alma de todo lo que amas.
Pero la mañana no es la misma, es otra
distinta a la que viste ayer
a la misma hora
y en la misma cama.
Miras el reloj: la hora es la misma, no la fecha.
Dudas. La vida engaña más de lo que piensas.
A menudo imaginas que son verdad los días
y las semanas de rutina y el perfume de las madrugadas.
Pero no son nada. Sólo son la nostalgia
de esa luz que te despierta por las mañanas.

viernes 26 de junio de 2009

Sueños de verano



El caso es irnos de nuestras vidas, marcharnos lejos, lo más lejos posible de nosotros mismos. Escapar de todo este dislate que amenaza ruina. Lo llaman realidad. No pensar, y correr hacia el resplandor del horizonte que esté más a mano. Tomar el billete del primer avión o del primer tren o barco. Surcar la imaginación a todo trapo y acariciar el espacio y no perder de vista los colores cuando se deslizan por la brisa. Sólo una semana o quince días. ¿Y si pedimos sólo pasajes de ida? Ya volveremos cuando sea. En la vida sólo hay billete de ida. Pues igual. Largarnos, olvidarnos. Y nos quedamos en la cresta de las olas, en los versos de Horacio o en el paisaje de la niñez de dónde no debimos de haber salido nunca. Quedarnos horas en un rincón del silencio, bucear en aguas cristalinas y acostarnos al aire libre para mirar una a una las figuras de la luna. O ir más lejos todavía, y buscar un buen hotel en el país más azul de la tierra. A pie de playa. Quizá no exista nada y haya que imaginarlo todo. ¿Qué más da?, así será más perfecto. Nos quedamos. Sin agendas ni calendarios ni melancolías. Sin planes, ni rutas, ni presupuestos. Abrid las toallas, las tumbonas y las sombrillas. Abrid de par en par el alma y cerrad los ojos. ¡Qué gozo! ¿No sentís que es todo cierto?

jueves 25 de junio de 2009

David y su pandilla


(Una pequeña historia para mi hijo Juan y su pandilla de amigos. Lo mejor de todo es que puede que ocurriera tal y como lo cuento).


Era uno de los muchos niños que andaban jugueteando por las callejuelas. El día era tórrido. A David le quemaba la piel. Cuando volviera a casa su madre le reñiría por ir siempre tan sucio. Pero ella repetía las mismas frases una y otra vez, ya estaba acostumbrado.
David callaba y se dejaba hacer. Aunque un tanto pesada era muy buena su madre, y muy guapa. Eso decían sus abuelos, y algunos hombres que se volvían con ojos raros cuando se cruzaban con ellos camino del pozo. ¿Por qué la miraban así? “Vamos David, no hagas caso”. Se llamaba Liora, que significa mi luz.
Todo esto lo pensaba pegado a la sombra de una gran tinaja, tras la enésima carrera, huyendo del viejo Jeremías. “¡Malditos críos, como os coja os voy a arrancar la cabeza del cuerpo!”. Apenas podía contener la risa. Miró al cielo guiñando los ojos. Tosía por el polvo. ¿Dónde se habrían metido los demás?
Un grupo de hombres que no conocía entraban al pueblo por el camino del molino. Iban a pie. Los observó con curiosidad. ¿Qué querrían? Tendría que espiar antes de que se enterara nadie. Dicho y hecho. Estaban distraídos conversando. Todos menos uno, que parecía estar en otro mundo. Se pararon a la entrada de una vieja casa abandonada.
David reptaba por el suelo, se levantaba, corría agachado un trecho corto y se volvía a tirar al suelo. Inmóvil aguzaba el oído. Podían ser forajidos, que en cuanto se hiciera de noche pasaran a cuchillo a medio pueblo en busca de dinero y mujeres. Pensó en su madre. No sería la primera vez que sucediera. Contaban mil barbaridades los más viejos.

Escuchó estas palabras: “Vamos a buscar un poco de agua y comida, esperadnos aquí”. Un golpe en toda la espalda le dio un susto de muerte. Era Aliz, su mejor amigo. “¿Qué pasa?”, cuchicheó. Y detrás de Aliz, como en tromba, llegaron Orel y Mordechai. “¡Psssss!”.
Todos siguieron la mirada de David hasta el grupo de esos hombres desconocidos. Parecían cansados, pero no te podías fiar de nadie en esos tiempos. David cogió una piedra en su mano derecha y se acercó más aún a la posición que ocupaba el que parecía el jefe de la banda. Estaban los cuatro de la pandilla en un nudo de brazos y piernas, tras un murete.
“Hola David”. “¿A quién saludas Maestro?”. “Él ya lo sabe Juan, no te preocupes”. A David el corazón se le había desbocado. ¿Quién era este hombre? ¿Se llamaría David alguno de los que iban con él? No pensaba moverse por nada del mundo. “David, hijo de David y de Liora, ¿no quieres venir a verme?”.
Los que le miraron fueron Aliz, Orel y Mordechai. David estaba pálido y muerto de miedo. Pensaba que lo mejor sería echarse a correr hasta llegar a su casa. Pero le costaba pensar y sus piernas no le obedecían. Aliz se levantó. “Yo soy David, tú ¿quién eres?”. Siempre había admirado el valor de su amigo. Pero se podía estar jugando la vida por él.
“Yo, querido Aliz, me llamo Jesús, y tiene David una gran suerte de que seas su amigo”. Se levantaron del suelo Orel y Mordechai, y los tres fueron a su encuentro. “¿Cómo sabe nuestros nombres?”. El tal Juan se reía. “¿Quién se lo ha dicho?”. “Hace mucho que lo sé, y estaba deseando conoceros”. “No me lo creo, tú eres un bandido”, contestó el imprevisible Orel, que se llevó un buen pisotón de Aliz.
“No te falta parte de razón Orel. Mucha gente habrá que me tome por bandido y cosas peores. ¿Vosotros creéis que lo soy?”. “¡No, no lo eres!”. Era la voz de David, todavía escondido. Ya sabía quién era. Su madre hablaba con su amiga y vecina Tumiel, que le llenaba la cabeza de historias de un hombre de Nazareth que hacía milagros, que era el enviado de Dios... Al fin se levantó.
“Venid, venid, acercaos los cuatro”. “Lo primero de todo -nunca antes habían visto sonreír así- dejad ya tranquilo al pobre Jeremías, pues le quiero mucho y le hacéis sufrir por nada”. Y prosiguió hablándoles como si se tratara de los invitados más escogidos, como si fueran las personas más importantes de todas las tribus de Israel. Ellos, una pandilla de críos despeinados y llenos de polvo.
Pero la historia sólo acababa de empezar.

miércoles 24 de junio de 2009

Decadencia y demencia (glosa y consecuencia del asesinato por ETA de Eduardo Antonio Puelles García)




Terroristas de mierda. Compinches de Satanás y de su jauría infernal. Macarras de la mafia abertzale (de la izquierda y de la derecha, tanto da porque es lo mismo, porque sois una y la misma identidad esquizofrénica). Muy bonito el paisaje vascongado, muy bonito, tan verde y tan de luto. Con esa perspectiva de mar y de asco. En esa tierra hace muchos años que no se puede respirar, porque en cada bocanada inhalas odio y agonía y miedo y chivatazos y un tiro en la nuca. Se han montado los tíos un tinglado de muerte. De ello viven. ¡Menuda bacanal de sangre y negocios! Son carroñeros. Los que ponen la bomba, los que aprietan el gatillo y los otros, que presumen de raza o se esconden en un buen traje o en demagogia. Iros a tomar por el culo, todos vosotros, seres putrefactos, que no dejáis vivir en paz a nadie. Callan o excusan. Y murmuran la bilis y sonríen con ese tic característico de los necios y de los más locos. Llevan inmersos tantas décadas en un cúmulo de falacias -el mal pudre el alma y deshace la conciencia- que han llegado a creerse que la felicidad está en el infierno. ¡Serán mamones! Y siguen. Su táctica no cambia. Matar, matar, matar. Y amenazar y coaccionar y chulearse. Ahora con más saña. Porque al fin hay en el País Vasco un Gobierno LIBRE (con mayúsculas). Un Gobierno que está decidido y dispuesto a desenmascarar toda esa constante pesadilla que ahoga sin remedio. No es venganza, es la necesidad de respirar y de hacer justicia. Antes eran el pus y la mugre, que lastraban un ente político hediondo, lleno de gusanos, ahora es la esperanza de ir liberando poco a poco de ese miedo a la sociedad vasca. Hasta las banderas -aunque estén a media hasta (¡bendito seas Eduardo Puelles¡)- ondean más libres y más limpias. ¿No las veis? Da gusto. Por primera vez creo que ETA puede terminar de verdad. Cuando la gente vea que puede hablar de política por las calles, que el PNV no es Dios, que se vive más alegre. Y ahí está el ejemplo de personas que se vienen jugando el pescuezo desde hace muchos años, que hicieron frente desde el principio a la dictadura abertzale. Este proyecto que impulsa el nuevo Gobierno Vasco presidido por el lendakari Patxi López es, actualmente, el acontecimiento político más importante que está sucediendo en España. El de más calado y el más ilusionante. Esto ya no tiene vuelta atrás. ETA tiene las horas contadas. ¿Por la labor policial? Sin duda. Pero sobre todo por esa confianza y ese impulso que las almas se van contagiando las unas a las otras. Es la fuerza de la paz, es la fuerza de la vida. Y la libertad, que habla sin miedo.

martes 23 de junio de 2009

El viaje de mi vida



El viaje ideal de mi vida comenzó un día de invierno, ya de noche, en un bar del centro. Hace de aquello veintidós años. Tenía un tipo estupendo. Me apoyé en la barra para enamorarme despacio, para beberme a sorbos su aliento. Hablé poco. ¿Qué iba a decir yo de interés? Lo que importaba era mirarla. Y allí estaba. Había comenzado el viaje. Y tomé asiento en primera fila. Han sucedido muchas cosas desde entonces, pero yo apenas me he movido de allí, apoyado en la barra, el vaso en la mano y los ojos en ella. Sigo al detalle cada uno de sus movimientos, y cuando se acerca lo bastante le digo que no se vaya, que la invito a tomar lo que quiera, lo que sea. De aperitivo quizá un beso y como plato fuerte el alma. Pero no se está quieta, no para. Quiere verlo todo y yo sólo quiero verla a ella. Lo demás ¿qué es, qué vale? Va y viene, sale, entra... Y me llama, y yo corro y voy, para estar más cerca. Más todavía. Y me asomo a su cuello o a su cintura como si fuera el primer día de nuestro viaje. Como si fuera el primer instante, nada más verla.

lunes 22 de junio de 2009

Los ojos bien abiertos




Todavía no he ido a la piscina.
El calor logra que imagine y flote en el vaivén del agua.
Sueño en azul, tumbado en mi toalla,
el pecho respirando pausadamente la luz de la mañana.
Hablan entre sí los sauces
de los mil vientos del pasado invierno.
El agua ahí, al alcance
de mi sed, de mi cuerpo.
Nos miramos. Soy un poco más viejo, es cierto,
pero el deseo es mayor y más sencilla mi vida.
Lo sueño. Quisiera estar allí,
dejándome caer en el agua, en una zambullida
pletórica de amor y de recuerdos.
Y más tarde bucear por dentro de las cosas.
Los ojos bien abiertos, directos
a contemplar la transparencia.
Dios, ¡qué ganas tengo de mirarte
en cada uno de tus prodigios y destellos!
Acompasadamente sentir tu anhelo
en el líquido rumor de lo bello.
Y mientras tanto acariciar la piel morena de los cuerpos,
el hermoso talle
de la luz
y todas esas gotas que se desprenden del tiempo.

domingo 21 de junio de 2009

40º aniversario de la editorial Anagrama



Que una editorial cumpla 40 años hay que celebrarlo a lo grande. O privadamente en tu casa o en un parque, leyendo uno de sus libros con el acicate de una cerveza bien fría. Por ejemplo recomiendo cualquiera de Alan Bennett. Cuarenta años de gran literatura. Casi nada. Una editorial que es inseparable de un par de generaciones de lectores. Sólo es comparable a la influencia de los libros de bolsillo de Alianza Editorial. Pero es distinto. Anagrama era -y es- la continua apuesta por el valor de los mejores escritores contemporáneos. Lo mejor de lo mejor (no exento de libros fallidos o medianos). En Anagrama un servidor comenzó a leer a Javier Marías y a Álvaro Pombo, a Vladimir Nabokov y a Paul Auster, a Kazuo Ishiguro y a Claudio Magris, a José Antonio Marina y Enrique Vila-Matas. ¡Cuántos momentos! ¡Cuántos títulos inolvidables! Recuerdo con especial gozo la lectura de La leyenda del Santo Bebedor, de Joseph Roth, o Réquiem, de Antonio Tabucchi, o La conjura de los necios, de John Kennedy Toole, que compré en un quiosco de prensa de Logroño. O, posteriormente, la de 84, Charing Cross Road, de Helene Hanff; o el magnífico texto que es Una pena en observación, de C.S. Lewis (en la traducción de Carmen Martín Gaite). Son tantos los libros editados por Anagrama que me van viniendo a la cabeza que es imposible enumerarlos todos. Libros que están unidos a circunstancias muy variadas de mi vida. Unas entrañables, otras no tanto. Las librerías donde los compré y los rincones donde los había leído. En mi biblioteca hay muchas estanterías donde predomina el color amarillo (de su colección de literatura internacional, no en español, “Panorama Narrativa”) o el gris de la narrativa hispana, o el verde de las biografías (“Biblioteca de la Memoria”); o ese gris más oscuro (colección “Argumentos”) donde desde 1969 se vienen publicando algunos de los más certeros o emblemáticos ensayos: Ricardo Piglia, Hans Magnus Enzensberger, Harold Bloom, Félix de Azúa, Eugenio Trías… O las “Crónicas” de los más variopintos reportajes. La celebración del 40º aniversario es volver a sumergirse en su catálogo, que por si solo es una joya bibliográfica. Volver sobre lo leído o descubrir el placer de lo escondido por el tiempo y los demás libros que se van acumulando en dobles filas o por encima. Y la celebración nos va a traer otro color, “otra vuelta de tuerca”, que es como se va a llamar la nueva -o renovada- colección. Es un color rojo desvaído o teja o rubor. No sé. Un color que nos refresca a los lectores la memoria, y que es relectura de la mejor literatura de Anagrama. Una buena parte del esplendor de la vida que mientras leíamos iba pasando a nuestro lado, página a página. Cuatro títulos para empezar: El rey de las Dos Sicilias, de Andrzej Kusniewicz; Relatos autobiográficos, de Thomas Bernhard; La fortaleza asediada, de Quian Zhongshu; y todas las novelas protagonizadas por Tom Ripley, de Patricia Highsmith, en un único volumen. Gracias Jorge Herralde, fundador y director de todo este maravilloso tinglado, gracias por todo este alborozo de papel y palabras y silencio. El libro y el lector (y la cerveza fría). Lo demás son ganas de enredar. Leo.

sábado 20 de junio de 2009

“Aurora Boreal”, de Asa Larsson



Cuando el calor aprieta no es poco el buscarse un tipo de literatura refrescante. Quiero decir un entorno narrativo donde abunde el agua coruscante, la umbría y sobre todo la nieve. Por eso el verano es una muy buena estación para leer a escritores rusos, bálticos o escandinavos. Se agradece que cada dos por tres -mientras el aire del ventilador te acaricia la sudada nuca- anden los personajes apartando la nieve de sus casas o de los coches, quitándose o poniéndose abrigos y guantes, etc. Consuela un poco (la vida son esos pocos). A veces sientes hasta un breve escalofrío cuando de pronto se abre la puerta de la calle y oyes la ventisca y aparece la noche.

Así es la atmósfera que rodea la acción de Aurora Boreal (Seix-Barral), escrita por Asa Larsson (Kiruna, Suecia, 1966). La blancura de la nieve y la oscuridad de esa noche casi perpetua. Noche y nieve. Más los efectos cromáticos de la aurora boreal. El crujido del hielo y la escarcha del cielo. Hace mucho frío. Fuera, pero también dentro, en las almas de unos personajes obsesionados por las formas de un puritanismo sofocante y no poco displicente. La religión está en todas partes y en ninguna. (Es un universo que se ve muy bien en las películas de Bergman). Las citas bíblicas son continuas, y los cánticos y demás apoteosis; y omnipresente la Iglesia de Cristal en toda Kiruna. Una iglesia con tres pastores y el consejo de ancianos, y por encima de todos ellos la figura mesiánica de Víctor Strandgard. Justo la persona que resulta salvajemente asesinada en el centro mismo del templo, donde la esponjosa alfombra está tenida de sangre.

Rebecka Martinsson -la protagonista- es una prestigiosa abogada nacida en Kiruna (como la autora de la novela), que trabaja en una prestigiosa firma de abogados de Estocolmo. Está lejos de su pasado. Al menos eso cree. Es una mujer peleona, dura, que ha aprendido a no dejarse intimidar por los hombres. Tampoco se fía de Dios. Hermosa y escéptica. Se ha dejado mucho dolor por el camino (incluido un aborto). Sólo cree en lo que puede hacer ella misma y no se fía de los demás. A la escritora Asa Larsson le gusta demorarse. Las palabras se recrean en la naturaleza y en las personas. Y, de cuando en cuando, se visten de cursiva para rememorar el pasado, para que el lector se haga idea cabal de los asuntos, por más escondidos que estén. El pueblo -y con él la novela y casi todos sus personajes- está imbuido de una profunda melancolía que va decantándose en delirio. El crimen es el detonante que saca a la luz toda una enorme falsedad de supuestas virtudes y prestigios. Demasiados intereses ocultos tras la máscara de lo espiritual.

En la página 162 escribí al margen: “la cosa se pone interesante”. Puede que fuera por la misma decisión que manifiesta Rebecka en ir al grano, y que contagia al lector. Es valiente. No se conforma, va más allá. Los sospechosos aumentan. Era muy fácil acusar a la hermana del muerto, Sanna (que fue quien lo encontró). La presencia de nuestra abogada comienza a inquietar a demasiada gente. La amenazan, pero no sirve de nada. El silencio -“todo lo que no se dice es lo que delata a una persona”- estalla en amargura y mentiras que no pueden más. Los nervios hacen mella. Y Mella es precisamente el apellido de la policía que está sobre las distintas pistas: Anna-Maria Mella. Los diálogos son brillantes, y fluido el ritmo del suspense que el lector tiene la posibilidad de abrir por la primera página, si es que quiere saber el final.

No sé si Assa Larsson es la reina o la princesa o la infanta de la novela negra escandinava. Si es superlativa o majestuosa. Yo más bien me inclino a pensar que es una buena narradora. Sencillamente. Sin tanto boato promocional. Con una acertada primera novela premiada por los escritores suecos. Y la avispada editorial ya nos dice que va a traducir y publicar las dos siguientes. Pues encantado. Desde luego yo las leeré. Que tengan buen día.

viernes 19 de junio de 2009

La gente te pregunta



La gente te pregunta. La última. Que de todos los escritores vivos o difuntos con quién me gustaría tener una larga conversación. Me pellizqué el mentón, incliné la cabeza y pensé. Hay varios. Uno es san Juan Evangelista. Hablar con él en Patmos, mientras el sol iba dorando el mar y el cielo parecía una hoguera. Que me contara del Señor y de su Madre María, la mirada recogida en un bucle de fuego. Otro con el que me gustaría departir es con san Agustín de Hipona. Pero no de teología o filosofía. Más bien de nada en particular. De esto y de lo otro. Se me ocurre: la familia y los hijos, la amistad, los libros, qué hago yo escribiendo poesía de cuando en cuando (el motivo), la inapetencia espiritual, el cansancio de la vida… También me gustaría pegar la hebra con Jorge Manrique, con Ramón Llull, con Leon Bloy, con Giacomo Leopardi, con Giovanni Papini, con Jane Kenyon… Demasiados. De los vivos -en carne y hueso- siento viva curiosidad por charlar con George Steiner. Primero para ver si es verdad tanta sabiduría libresca, y después explicarle mi teoría de la relatividad literaria. Que básicamente trata de la estupidez humana y su vanidad, y del progresivo deterioro del alma. Pues eso, que la gente te pregunta cosas. No hace mucho uno de mis hijos me miró con fijeza y me espetó lo siguiente: -“Papá, ¿tú crees que la literatura le gusta a Dios?”. ¿No es una pregunta genial? Le contesté que al menos habría que realizar algún esfuerzo para que le gustara, pues hoy en día no sopla el viento muy favorable en dicha dirección. Dios tiene mala prensa y no sale nada bien en las estadísticas. Para que vean cómo se las gastan ciertos jóvenes. Pero claro, él lo decía porque estaba más que harto de estudiar toda esa nómina de gentes letradas. El Barroco le llamó la atención. Sobre todo por un par de poemas de Quevedo que leímos. Hizo un matiz con enjundia. “Tiene marcha este Quevedo”. Preguntas, preguntas. -“Oye Guillermo, ¿no te parece Chesterton un escritor un poco plasta por más que digan?, me interroga una joven estudiante de Filología inglesa (puede que fascinada por Joyce). Glup. No es para bebérselo de un solo trago. Hay que paladearlo bien, pensarlo y digerirlo. Para mí sus obras maestras son El hombre que fue Jueves (Alianza), los Relatos del padre Brown (recogidos por Encuentro y Acantilado) y El hombre eterno (Encuentro). Pero nada suyo tiene desperdicio. Le fascinaba a Agatha Christie. Y Kafka no le hacía ascos. La devoción que le profesaba Borges es archiconocida. “¡Qué poco hablas de escritoras!”. Era un correo electrónico procedente de Nueva York. Proseguía: “La literatura está dominada por los hombres, como todo. Como la crítica literaria. Si te preguntara por tus escritores favoritos pasarían horas hasta que llegáramos a una mujer”. Eché cuentas de memoria. Mujeres a las que he leído en el último mes: María Vallejo-Nágera, Faustina Kowalska, Rose Macaulay, Milena Agus, Asa Larsson, Annemarie Schwarzenbach y Debra Adelaida. Y me esperan los cuentos de Eudora Welty (Lumen). En cuanto a favoritas, María Zambrano no son pocas las ocasiones en que me socorre, o Ernestina Champourcin, o la más arriba citada Jane Kenyon. Somos curiosos por naturaleza, nos gusta saber de los demás sus gustos, manías e intríngulis. E ir pasando los ratos. Por mí que no sea. No tengo tiempo de responder a todos. (Me viene de pronto un intenso olor a rosas). “¿Porqué está favor de la vida?” -será porque respiro, saboreo, toco, huelo, miro, amo; será porque estoy vivo y me gusta para los demás lo mismo-. “¿Es cierto que es usted del Opus?”. “¿Cómo se puede ser feliz en el matrimonio y más con hijos?”. Y un tal Rafael me escribe:“Si se lee todos los libros que dice leer, ¿está del todo seguro que es el camino más corto para ser sabio o un hombre prudente? Yo que usted leería menos y saldría más a la calle”. ¿Y si resulta que tiene razón este sagaz lector?

jueves 18 de junio de 2009

Las cosas en su sitio


Bueno, vamos a ver, pongamos las cosas en su sitio. Suben el tabaco y la gasolina. Señal inequívoca de que a Blablatero and Company se les han acabado los ahorros de la hucha. Rompieron el cerdito y se acabó lo que se daba. La nueva ministra ha comprado otro cerdito-hucha y quiere llenarlo a toda prisa. Y resulta que me da vergüenza mirarme de más en el espejo. A los 46 años y sin escribir una novela histórica. ¡Qué fastidio! No sé cómo salgo a la calle. Menos mal que Pau Gasol me ha alegrado la vida con una asistencia de las que hacen época. ¡¡Campeones!! En mi casa me dicen que para qué tanto escribir si resulta que no estoy en los escaparates con un librote de tomo y lomo, de esos que dan pasta y hablan de vampiros o magias. Que me deje de poesías vamos, que cambie de género literario. Por correo recibo unas lilas. Algo es algo. Pero mi casa no tiene piscina, ni jardín, ni dispongo de posibles para darme el chapuzón en un club deportivo (donde el agua es siempre azul) y de paso mejorar el revés de mi tenis. Sólo tengo libros. Y una bañera. La playa la vemos en la televisión a cualquier hora. Eso sí que es una ventaja. Hoy mismo, mientras comía, he estado solazándome un rato con las olas. Y con las burbujas de una gaseosa muy fría. Lo malo es tanta gente, y las medusas. Cambiaré de canal. Ahora las persianas bajas. Y el toldo. Hay que mantener el sol a raya. Y a las palomas, que lo ponen todo perdido en su revuelo. Para ver de nuevo el mar abro un libro sobre Joaquín Sorolla, editado primorosamente para la exposición antológica que sobre su pintura tiene lugar en el Prado. ¡Qué luz sale de dentro! Ilumina a quien lo contempla. Cada uno combate el calor y sus inquietudes como puede. Y Obama insiste: dice a cada uno lo que quiere oír. Es un político del montón (¡qué atolladero para los progues del mundo!). Un demagogo. Ha proclamado junio como el mes lesbiano, gay y demás trinares. Pues muy bien. Veremos qué mes destinará a las familias normalitas; la de marido, mujer, niños, pañales y colegios. ¿Agosto quizá, o diciembre? Me inclino por diciembre. Nace Dios y es todo más hogareño. Los regalos, la cena, los reencuentros. O quizá ni siquiera se le pase por cabeza. Ni a él ni a ninguno de sus expertos. No encontrarán meses en el año. Antes habrá otras prioridades, estoy seguro. Y abro el buzón hasta los topes de precios (y con una novela de Anuradha Roy). Sobre el papel todos son los más baratos. Pero lo siento, tendrán que mejorar sus ofertas, no me llega. Además, excepto la comida, artículos de higiene o limpieza y la ropa -no nos ponemos ni la mitad de lo que cuelga de las perchas-, estamos llenos de cosas. O vacíos, que no sé.

miércoles 17 de junio de 2009

No podemos dejar de mirar las estrellas



Creí que haber logrado dar esquinazo por fin a los virus que me habían tenido en cama unos días (acompañado por varias novelas y cajas de medicamentos). Pero el aire acondicionado, aparte de hacerte sentir en la gloria con 40º en la calle, tiene la particularidad de hacer que vuelvas por los fueros del resfriado. Y vuelta a las pastillitas, a los comprimidos efervescentes y a la cara de pocos amigos que se te pone. La tos es lo que peor llevo. Ni duermo ni dejo dormir. Se estremece el pecho y en la garganta queda un resquemor. Bebo agua y me apoltrono en mitad de la madrugada. ¿Qué hora puede ser? ¿Las dos, las cinco? Tumbados sobre la hierba mirábamos las estrellas. Me viene a la mente un momento preciso de mi vida. Era soltero y estaba con unos amigos. Alguien hablaba de las constelaciones. Recuerdo que me preguntaba: “¿Para qué quiero saber nada de las dichosas constelaciones?”. Quería que se callara, y mirar, sin más. Sentir la tierra a mis espaldas y el alma allá arriba. En un cielo inmenso y oscuro, lleno de visajes y armonía. Aquí, en el sofá, me parece volver a ese día de estrellas y exuberancia. Podría haber sido un pastor de cabras en las estribaciones de los Urales, o un comerciante de seda que en pleno siglo XII recorre el sur de la China, o un indio arapahoe después de un día de fructífera caza. O un erudito hebreo cavilando sobre la belleza de Dios a la puerta de su casa (pensaría: “la verdadera Torá está escrita en el firmamento, es preciso descifrar los astros”). Todos contemplando las mismas estrellas. ¿Son las mismas? Acaso sea distinta la perspectiva y el lenguaje para referirnos a ellas. Pero el silencio es el mismo, y es la misma esa paz que se respira (que nos respira). Yo vivo a principios del siglo XXI, cuando ya casi nadie repara en el alma o presta oído a las estrellas… Perdonadme, me estoy quedando dormido.

martes 16 de junio de 2009

“También mueren ángeles en primavera”, de José Luis Ibáñez



Con la cantidad de libros mediocres que hay -doy buena fe de ello- me extraña que la obra de José Luis Ibáñez (Rubí, Barcelona, 1961) haya tenido tan poca repercusión. Al menos de momento. Aunque claro, también he de decir que yo no tenía ni idea de sus dos novelas hasta hace un par de semanas. No llega. No debemos ser impacientes. Nos consume la inmediatez. Y en literatura a veces pasan años para que a una obra se le reconozca como debe. Abrí También mueren ángeles en primavera (Espasa, 2009) con cierta desconfianza. La alimentaba sobre todo el hecho de que se trataba de una historia narrada con el trasfondo de la Guerra Civil española. En la guerra civil, dentro de la guerra civil, que fue el caos y el drama de aquella Barcelona del año 1937. En un desquiciante todos contra todos. Nacionalistas, POUM, anarquistas, comunistas, socialistas, estalinistas… Y ese trasfondo de la acción de la novela en un principio me disgustaba. Harto del tema, sinceramente. Comprendo la tragedia y el interés sincero de muchos, pero ya vale. Sobre todo por la manipulación política, y tanta “memoria histórica” y tanta palabra avinagrada que dura todavía. No son pocos los escritores que viven de ello. Con más o menos talento y con más o menos inquina. De ahí mi primera suspicacia ante esta novela de José Luis Ibáñez.

Y dio comienzo la lectura. Y a la décima página ya me olvidé de todo. Era literatura, y buena. Me olvidé del escritor, de mis prejuicios y de la gripe que me asolaba por esos días. Toni Ferrer es el protagonista. De buena y arruinada familia. Estudió derecho, vendió seguros y más tarde se puso a investigar para las aseguradoras. Se instala como detective. Una vez comenzada la guerra se decanta y comienza a trabajar para los servicios de información de la Generalitat de Cataluña. Es jefe de operativos. Se mezclan los personajes de ficción y los históricos, con algunos verdaderamente por descubrir. Por ejemplo el director de dichos servicios de información: el Egipcio, le llaman. Marcelo de Argila. O Eduardo Arcos Puig, Eddy, alias Fantômas. Sí, sí, Fantômas, el verdadero Fantômas, ladrón de guante blanco de la época. Que ni era francés ni americano. Era español y mallorquín. Y el criminalista José López de Sagredo, un verdadero genio. Y otros más que usted, lector, irá descubriendo.

Los “angeles” de Ferrer son cuatro niñas salvajemente asesinadas. Todo un símbolo de pureza dentro de la novela. Una pureza que es preciso reivindicar. Entre espías y metralla y brutalidad, están esos crímenes. Tanto para Ferrer como para su después amigo el inspector Belmonte averiguar quién fue el asesino se convierte en una suerte de desafío moral. Aún en medio de tanta sinrazón, no es posible dejar impune algo así. La madeja se va desenredando, en un ritmo frenético. Ferrer es un tipo bastante normal. Es un buen profesional, leal con sus amigos -no tiene confidentes, tiene amigos- y poco o nada ideologizado. En esta novela predominan los sentimientos y el suspense de la vida; frente a las ideologías. Ferrer busca la verdad por encima de todo. Y en el transcurrir de la trama -escrita en una prosa excelente- vamos descubriendo la intrahistoria de la gente por las calles de Barcelona, toda esa serie de héroes anónimos que se vieron envueltos en aquel maremagnum de horror y muerte.

El autor conoce Barcelona como la palma de su mano. Se nota. José Luis Ibáñez se ha documentado muy bien para escribir También mueren ángeles en primavera. Es un escritor al que le gustan los detalles, los guiños y el rigor de las palabras (de lo que se dice y de cómo se dice). Personalmente descreo de los géneros y subgéneros. Esta novela se encuadraría dentro del género de novela negra, que a tanta gente apasiona. Pero ante todo es una gran novela, sin adjetivos, de un narrador al que yo no conocía de nada y al que a partir de ahora voy a seguir muy de cerca. ¿No me creen? Lean el libro por favor. Yo, de momento, me pongo a leer el primer caso de Toni Ferrer: Matar en otoño (2007), también publicado por Espasa. Y a la espera de lo que suceda en verano e invierno. ¡Qué satisfacción produce el hecho de descubrir a un buen escritor! Ya no es sólo la pericia estilística, es el trasfondo de las cosas y de las almas: la emoción literaria. Y la vida.

lunes 15 de junio de 2009

¿Qué significa ser piadoso?



Se tiene un concepto bastante negativo o reduccionista de la piedad en Occidente. En general de todo lo religioso. No sólo entre los incrédulos, a los que en principio debería importarles un comino. También entre los propios cristianos. Piedad, piadoso, pío. ¡Dios, qué dentera! Tengo que irme, muchas gracias por todo. Y escapó por donde hubo venido. Por si acaso. ¿Rezar? Quita, quita. Eso lo dejo para mi mujer, o para mi abuela (que reza por todos), o para el Papa de Roma. ¿No me ves? ¿Cómo voy a rezar si tengo que dar de comer a mis hijos y cuando llego a casa todo son problemas? Quizá el fin de semana, o cuando tenga un poco más de tiempo. Es decir, nunca. ¿Rezar es algo propio de gente desocupada o beata (en despectivo) o sin otro agarradero? O asunto de fanáticos irreductibles que no acabamos de entender que la vida es para disfrutarla, sin tanto pecado y murga, sin tanto mandamiento y dogma. Sería muy simple el que pensara así, sin embargo tales elucubraciones se prodigan cada vez más, incentivadas por una cultura de medio pelo, enfangada en el dinero subvencionado y en la farándula, y propiciada por unos medios de comunicación de masas alérgicos a todo lo que suponga talento y buen juicio, y ya no digamos una pizca de trascendencia. Pero rezar es sólo un aspecto de la piedad. Que para nada está desgajado de la vida ordinaria. La piedad es un don del Espíritu Santo, una chispa de Dios que prende en el alma. Ser piadoso no es cuestión de tiempo, es cuestión de amor. Es como si el enamorado sólo pensara en su amada cuando quedan o están juntos, y el resto del día se olvidara por completo de ella, y dejara de formar parte de su vida. Y el amor lo llena todo. Por eso la persona piadosa hace bien su trabajo (o lucha por lograrlo), es leal a sus amigos, etc. Ser piadoso ocupa las 24 horas del día y no es una metodología de virtuosos elitistas. Es compartir lo que se tiene, es ser mujer u hombre enteros. Cuerpo y alma, inteligencia y voluntad, razón y corazón, versos y prosa. Y todos esos sueños que nos alcanzan sin remedio en medio de la realidad y de tantos problemas.

domingo 14 de junio de 2009

“La última escapada”, de Michael D. O’Brien




Me gusta este escritor, el tal Michael O’Brien, nacido en Ottawa (Canada) en 1948. Un tipo que piensa, que vive la literatura con desparpajo y como un vistazo crítico de la realidad, que no se esconde detrás de unas bien amañadas y pulcras palabras. Va de frente. Las aventuras de sus personajes no son la acción por la acción. Primero es la vida, luego la reflexión, y por último la narración. Pero tampoco es exactamente así. Porque todo está concebido como una unidad, como un único destino. En La última escapada todavía se hace más nítido lo que digo. Publicada en 1999, y ahora muy bien traducida por Ignacio Peyró (LibrosLibres) parece surgir de un diario que el escritor tanteara y que poco a poco se hubiera ido desarrollando y “literaturizado”. De hecho se escribe bajo la forma del diario de Nathaniel Delaney, el afanoso padre de familia y director de un pequeño periódico -The Swiftcreek Echo- en un bucólico y agreste rincón de Canadá.

Ya en sus novelas El librero de Varsovia y El Padre Elías -editadas las dos en LibrosLibres- se aprecia ese gusto de Michael D. O’Brien por un tipo de novela reflexiva donde pone sobre el tapete sus personales inquietudes, su rebeldía hacia una sociedad narcotizada, su apuesta por los valores cristianos, su análisis crítico sobre la manipulación de cualquier tipo, etc. Pero pueden estar tranquilos los lectores. Sus novelas no son propaganda ni adoctrinamiento panfletario. Son eso, novelas. Con un gusto, eso sí, por el constante desafío hacia lo “políticamente correcto” y “la desolación del hombre moderno” que, como él escribe, se olvida de vivir, inmerso en patrañas. No es manca la aventura. Por eso mismo Nathaniel se ve perseguido, y huye junto a dos de sus hijos (“los niños son los que te enseñan la mayor parte de las lecciones verdaderas”).

Asistimos a una narración trepidante. No es tanto una huída como una búsqueda, un ir al encuentro de la verdad. Sé que suena contundente o quizá demasiado pretencioso, pero es que se trata de eso. Se trata de luchar por la felicidad, de forma radical. De reivindicar la vida y la familia (“el precio que se paga por una familia feliz es la muerte del egoísmo”), la amistad y la buena literatura, y el sabor de una buena pipa. La inteligencia del protagonista no puede consumir más falacias. Y lo escribe en su periódico, se rebela. Y son muchos -incluida su mujer- los que no le soportan, pero unos pocos le leen y admiran su coherencia. Asistimos a un diálogo con la memoria y a un perfeccionamiento del amor. En todos los órdenes. Se pregunta: “¿Hemos ido perdiendo poco a poco nuestra reverencia por el misterio de la vida humana y su belleza, perdiendo en el proceso nuestra capacidad de amar a los pobres y a los sencillos, a los difíciles y a los alocados, a los enemigos, a los santos y a los pecadores?”.

“El mundo se está volviendo oscuro”. De acuerdo, es una novela de fuerte carga moral. El alma se asfixia. Pero, ¿de dónde nos viene la fuerza? La huida es un aprendizaje plagado de símbolos. Y la impotencia y el dolor una necesidad ineludible para comprender… Los perseguidores no dan tregua. La última escapada es un thriller difícil de catalogar. La acción está en esa persecución a Nathaniel, Tyler y Zöe -debe desaparecer todo conato de verdad-, en su resistencia, pero sobre todo se trata de un cúmulo de confidencias, de una lucha interior que provoca que el lector se aplique a la lectura con inusitada pasión. Y vaya sacando consecuencias.

sábado 13 de junio de 2009

Apúntate al optimismo



Estamos tan acostumbrados a la mentira, a la chapuza, a la sal gorda, que las cosas buenas que ocurren no nos las acabamos de creer. Es imposible, podemos llegar a pensar. Imposible del todo que alguien luche por ser santo -o simplemente una mujer o un hombre que trascienden su yo y su capricho-, alguien que dé su vida por la de los demás, o que sea fiel a su mujer o a su marido. O a Dios. O a los amigos. Nos acaba pareciendo que la honradez es agua pasada, como la justicia o el pudor (y tal vez la inteligencia). Lo normal es enseñar las tetas en la playa o amancebarse con la quiromancia. Sacudir el yugo de tanta gazmoñería de otras épocas. Vaya, no está de moda la ley natural y el buen gusto. Ahora lo que se lleva es provocar, engañar y enrollarse. Y desvirgar la pureza cuanto antes. Y por supuesto hay que demostrar siempre la inocencia. Lo normal es murmurar sobre la fama del prójimo, robar a la empresa o comer hasta la extenuación de la conciencia. Y ver la televisión al completo, haya lo que haya y apeste lo que apeste. Progresa la ordinariez. Todo se vende al mejor postor. ¿Quién da más por esa alma? Ah, y nada de sufrir. Consumamos, consumamos, pues nunca es suficiente y estamos necesitados de consuelo material. ¿Los ideales? Sin estrenar o caídos en desgracia, machacados por la envidia o por el odio o la pereza, en un conformismo letal. Y así todo. Pero resulta que hay gente buena, generosa y honrada. Chavales que defienden la vida en cualquier circunstancia o edad, sin distingos gubernamentales, y que no les da vergüenza el amor de verdad (ése que se respeta y está pendiente de la ternura). Gente de la calle, que trabaja, se divierte o que pasa apuros para comprar comida a final de mes. Gente que da de su tiempo para atender una residencia de enfermos terminales o el teléfono de la esperanza o la soledad de una anciana. Personas socias del Círculo de Lectores (o no) y forofos de su equipo de fútbol o de basket. Gente que obra milagros con su buen humor o una sonrisa. Al salir del mercadillo o jugando con sus hijos. Gente que aprende a perdonar aunque escueza y que pide perdón con gallardía. Gente nada perfecta, pero que intenta hacer la vida más agradable. Todas esas personas existen y están aquí. En el mismo atasco, en el mismo trabajo o en el mismo cine. Sin alharacas, con sencillez. No todos rezan, pero saben, valoran, se esfuerzan. Sin contrabandos de conciencia y mirando de frente: a los ojos. Por eso en tiempos de frustración y decadencia como los que vivimos es conveniente tener presente que hay millares de personas anónimas que intentan cada día ser mejores. En definitiva, buenas. Como suena. Ellas son el verdadero progreso del mundo. Seamos optimistas. Nosotros podemos ser uno de ellos. Debemos ser uno de ellos.

viernes 12 de junio de 2009

El PS(O)E ha perdido y está tocado



El partido socialista (obrero) español ha perdido algo más que las elecciones europeas. Y por bastante más diferencia de lo que esperaban. Los rostros de la vicepresidenta primera y del ministro Rubalcaba en la noche electoral eran una de las pruebas. Escenificaban el disgusto y fruncían el mutis. Y las palabras de Leire Pajín, secretaria de organización del partido, fueron puro adorno y disimulo. Lo que suele. Porque la verdad es que ellos también veían estas elecciones como un termómetro de la temperatura que alcanzaba el cabreo del personal. Tontos no son y saben que la columna del poder es cada vez más estrecha para las posaderas de Blablatero. Con el tiempo el sectarismo, el populismo planetario y la incompetencia se pagan. Incluso en España, donde se suele votar a la contra, para que no salga el otro, más que por las virtudes de lo propio. Incluso en España, donde todavía hay gente que vota en términos de fascismo o de guerra civil (que ya son ganas). Incluso en España (Europa) llega un momento en que una mayoría suficiente dice: ¡basta! Basta de cuchufletas y embustes, basta de chismes y bravatas. Las buenas intenciones en política tienen que ir unidas tarde o temprano a ciertos resultados positivos. O lo acabas pagando. Y esto es lo que ha pasado. El PS(O)E ha perdido las elecciones porque hace tiempo que ha perdido el oremus. Ya no ha colado tanto Aznar y tanto video grosero y manipulador. Porque señores míos, llega un momento en que no basta la propaganda, el más de lo mismo. Y las mentiras se vuelven en tu contra. Cuando la realidad es tan tozuda y contundente, cuando la vida cotidiana camina cada vez más deprisa hacia la incertidumbre, ya no bastan la Sexta o la Cinco o la Cuatro o Televisión Española y demás medios próximos. El poder se convierte exclusivamente en un insoportable dolor de cabeza. Sobre todo para los demás. Vacío de ideas y de valores; insulso, soso, cursi, pusilánime, muñidor de trolas y espejismos; sin apenas nada que ofrecer salvo todas esas salvas de mucho ruido y poca sustancia. Hasta los acólitos se cansan. Y comienzan a cuchichear por los rincones de Ferraz. “Así no podemos seguir”. Por eso mismo una mayoría ha optado, con su voto, por la alternativa. Para respirar o tener alguna posibilidad de futuro, de empleo, de ilusión o de esperanza. La democracia en definitiva es esto: elegir otras opciones si la que está fracasa. Lo cual es un hecho, no hace falta ser un lince ni saber griego. Este gobierno está finiquitado. Irá renqueando de aquí para allá. ¿Durante cuánto tiempo?

jueves 11 de junio de 2009

En otros paisajes




Vivo en paisajes que no están aquí.
En un trigal al atardecer. En un sendero
que asciende hasta el manantial de la alegría.
En esos juncos que sólo entonces crecían.
En la nieve recién nevada de mi niñez.
En medio de una tarde de árboles de agosto
y en un tren donde siempre me iba.
En la tierra roja del barbecho. Sobre el regazo
de mi madre contemplando el mar por primera vez.
En los aspersores de luz de aquellas mañanas.
En medio de clase de física, mientras llovía
la mortecina voz de don Tomás.
En la puerta de una iglesia, con la campana
repicando desde hace siglos a la misma misa...

Así vivo ahora, al mediodía
de mi vida, tan aburrida (hoy
no es mi día, como tampoco lo fue ayer)
que me conformo con estas pocas palabras
para volver allí: a los paisajes donde fui feliz.

miércoles 10 de junio de 2009

Un amigo en graves apuros




Cuando me disponía a escribir un artículo sobre el viaje ideal de mi vida, recibo el siguiente mensaje de un amigo: “Reza por mí Guillermo. Porque yo hace días que en Dios no creo y si puedo algún día mi quitaré la vida”. Inmediatamente le he contestado. Pero voy a serles completamente sincero. Antes de hacerlo me he puesto en presencia de Dios y he rezado de corazón. Yo soy un tipo bastante corriente, se lo aseguro, y si quiero dar alguna a derechas necesito de la oración, necesito hablar las cosas con mi Dios. Pocas veces en mi vida me he sentido tan impotente como ahora. ¡Amigo mío! ¿Qué hago, Señor mío, qué hago? Como casi siempre erraba la cuestión. “Jesús mío, ¿qué pasa, qué le ocurre? Sabes que le quiero, que es un hombre que está muy solo y sufre mucho. Vive lejos… Por favor Padre mío, ocúpate de él, que no haga tonterías, sal a su encuentro. Es tu hijo. Tú le conoces mejor que yo y estoy seguro que estás deseando abrazarle. Déjate caer por su alma y regálale una pizca de paz. No es que no crea en Ti, es que está hundido. ¿Ves?, me pide que rece. ¿Y qué rezo yo, mi Amor, mi Dios? ¿Qué rezo si apenas sé? Lo que sí sé es que Te quiero, y que le quiero a él, a mi amigo”. Y le he escrito hace un momento. Más con el corazón que con la cabeza, todo sea dicho. He intentado ponerme en su pellejo, decir algo sensato. En estas situaciones sabes que los razonamientos poco valen, que vale el cariño, el afecto, la cercanía. Lo sabes. No dejo de pensar en él, en mi amigo. Voy a escribirle otra vez. Para insistir, para que coja el rosario del cajón de la mesilla donde lo guarda, y lo bese sin ganas y apriete el puño con fuerza. Un amigo tiene que valer para algo. Puede que Dios utilice alguna de mis palabras, y que de ella brote una esperanza nueva, o haga posible un milagro que sacuda su alma de congojas. Amigo mío, cuando he leído esas frases tan tristes hubiera querido estar allí, contigo. Coger carrerilla y saltar por encima de la geografía y plantarme allí, en tu alma. Y abrazarla… Me escribes otra vez. Dices: “Y todo para nada”. No, no, no. Todo es para Dios. Desbroza esa angustia y esa realidad tan mezquina que te rodea. Y explora la misericordia de Dios en tu vida. Esa debe de ser tu única certeza. Por favor hazme caso, no te despeñes por las apariencias más negras. Desgrana, desgrana ese rosario de piropos. Avanza, confía. La alegría está a un paso de tanto dolor. Ya llegas.

martes 9 de junio de 2009

Carta a Julio Verne




Muy señor mío:


De unos días a esta parte me ocurre que ando inquieto, que duermo mal, que me levanto de madrugada. No sé el motivo y no pienso ir al médico. ¿Para qué? Las recetas ya no me hacen nada. Llego a la farmacia y le digo a la chica que despacha: “Bah, déjalo, tampoco es nada grave”. Salgo de allí y me gasto los quince o veinte euros en un zumo de fresa y naranja, o de tamarindo o maracuyá y granadilla. Pero le estaba contando, querido don Julio, que me desvelo con frecuencia. Y que me levanto y me siento en la cocina. Al principio ponía la televisión -un invento farragoso que da un tremendo dolor de cabeza y que trastorna la imaginación-, pero he dejado de hacerlo. Y me quedo allí, a oscuras…

Y el otro día pensé en usted. Me acordé de la lectura de sus novelas cuando era crío. Y no tan crío. Mis hijos las tienen a su disposición en una edición preciosa, pero no les hacen caso. Prefieren unas narraciones que son como mecanos, plagadas de vampiros y otras razas de pesadilla, que se desenvuelven en un cúmulo de efectismos. En un buen escritor de estos tiempos -el canadiense Michael D. O’Brien- leía hace poco que en este nuevo tipo de libros para jovencitos hay “mucha preocupación por lo oculto” (excesiva, morbosa y perniciosa diría yo), confundiéndose “las nociones de lo bueno y lo malo”. Y es verdad. Todo ello escrito, dice, “por gentes que más parecen ingenieros sociales que narradores”. Y en un instante se fabrican lo que llaman obras maestras, y la publicidad comienza a dar vueltas y más vueltas en un dispendio alucinante.

Y ya todos los niños leen lo mismo, qué casualidad, embutidos en una especie de hipnosis, en modas de las que acaban hartos. Pocos libros se salvan. Los autores se afanan. Trilogías y más trilogías. Se habla del “mercado juvenil”. Del mercado, como si los jóvenes y la literatura fueran sólo eso: un mercado a conquistar para un mayor beneficio económico de editoriales y escritores. Un chollo, querido Verne, un chollo. ¡Si viera usted los artefactos que uno puede llegar a ver a la entrada de las librerías! Pero bueno, es el mundo que me ha tocado vivir. Parece que el hombre lo tiene todo dominado, pero somos más frágiles que nunca. Y la carta -siempre me pasa en esto del género epistolar-se me está convirtiendo en un desahogo, lo sé. Ya perdonará si le aburro. Es por lo que le digo: somos frágiles. Por fuera puede parecer que nos comemos el mundo, pero por dentro estamos llenos de complejos, vicios, angustias, monomanías y chifladuras. Denigramos el alma y su aventura, y ensalzamos lo más superfluo y su abulia.

El caso es que en una de esas noches de desvelo pensé en usted, en Julio Verne. Me dio por pensar qué libro elegiría en ese momento. Un libro que me distrajera, que me contara las peripecias, proezas y avatares de un personaje creíble. Un libro que me acompañara a esas horas donde te sientes tan solo, tan cansado. Salí de la cocina a tientas, avancé por el pasillo y llegué al salón, donde la noche era más de noche si cabe. Tropecé varias veces en distintos muebles y en una alfombra, pero llegué al fin a mi objetivo: la habitación de los chicos. Allí están sus libros. Encendí una lámpara y miré los títulos. Los hijos del capitán Grant, El rayo verde, La isla misteriosa, Un capitán de quince años, Miguel Strogoff, Veinte mil leguas de viaje submarino… Sí, Veinte mil leguas de viaje submarino. Y volví con el volumen a la cocina. Me acordaba perfectamente del profesor Pierre Aronnax y del intrépido Ned Land, al que ya siempre lo ves con el rostro de Kirk Douglas.

Lo que son los libros. A usted, don Julio, le debo mi afición por las aventuras submarinas. En novelas o en películas. Los recuerdos se atropellan. Recuerdo que de niño mi cama era mi Nautilus, desde donde podía soñar todo tipo de fauna y naufragios. Me sumergía a profundidades nunca vistas. (A mis hijos, de más pequeños, e incluso ahora, mientras les arropo o me despido de ellos por la noche les grito de improviso: ¡¡inmersión, inmersión, inmersión!!). Los submarinos fueron una parte importante de mi niñez. Me sentía protegido contra los elementos de allí fuera. Y con el tiempo aprendí a valorar la biblioteca del capitán Nemo, y su rebeldía contra un mundo desquiciado por la codicia. ¡Qué viaje tan extraordinario el de este libro! Dura toda la vida. Me siento y comienzo a leer: “El año 1866 quedó caracterizado por un extraño acontecimiento, por un fenómeno inexplicable e inexplicado que nadie, sin duda, ha podido olvidar”. Llegué de un tirón hasta el capítulo XIV, "El Río Negro". No iba a terminar esa noche el libro, ni tampoco ninguno de los siguientes días. Pero el efecto estaba conseguido. Abrí las sábanas y me “introduje” en el Nautilus, igual que entonces. Y dormí como un niño. Como el niño que nunca he dejado de ser en lo más profundo de este océano indómito y precioso que es la vida.

Siento haberle importunado don Julio. Y no cejaré hasta conseguir que mis hijos lean sus libros. Le saluda muy atentamente su siempre lector y amigo.

lunes 8 de junio de 2009

Valeria Bergalli, editorial Minúscula



En uno de estos múltiples suplementos que van con los periódicos se puede encontrar de todo. Una entrevista socarrona o incluso hasta un buen artículo. Algo que te hace más llevadero un domingo por la tarde o que te da una idea del hombre. Una frase, un gesto, un color, un paisaje. Subrayas. Tampoco uno le pide mucho más a la vida. O simplemente te conformas. Recortas páginas y las guardas. En ocasiones se es consciente de que no las vas a leer nunca. Pero las guardas. Al cabo de las semanas o de los años aparecen en un libro o en un cajón cuando buscas el libro de familia numerosa o un sacapuntas. Y ya está, te topas con la nostalgia. Ahí tienes la fecha, y piensas… No, en realidad no piensas nada. Sientes. ¿Cómo explicarlo? Inclinas hacia atrás la cabeza y miras al techo en un estado expectante. Sigues esa pequeña grieta de la escayola, y en ella la memoria. Amarillea el tiempo en el papel y te dejas llevar. Pero de siempre lo que más te ha gustado recortar son las fotografías de bibliotecas privadas. Si están algo desordenadas mejor. Y te deleitas y pones en horizontal la instantánea para indagar en los títulos y las paredes, y mueves las sillas y recorres el suelo y las mesas. ¡Qué remolino de colores y letras!

Hoy me han llegado unas revistas y suplementos atrasados. En uno de ellos veo a Valeria Bergalli, en el despacho de su editorial. Minúscula. Así se llama la editorial, no es que ella sea diminuta. Me ha faltado tiempo para recortar las páginas y darme un festín de detalles. Valeria, allí, prendida por la luz que entra por la ventana, que mana y llena. Parece una Madonna renacentista, o una mujer dispuesta a ser pintada por Vermeer, acrisolada la piel, serena. La mirada en los sueños, el pelo negro recogido, las manos dándose un respiro. Y el brillo reflexivo de su vida, y los retratos de escritoras, y los discretos pendientes… Quizá acaba de salir de imprenta Una temporada en Venecia, de Wlodzimierz Odojewski, o los ocho impresionantes relatos que componen el libro Medallones, de Zofia Nalkowska. Mayúscula Valeria: literatura en alma viva. Búsqueda, ímpetu, viaje, belleza. He aquí, en este caluroso día de junio, mi personal homenaje de lector. Pasarán los años y puede que vuelva a encontrarme esta fotografía de su despacho, y de Valeria Bargalli, quizá por casualidad, debajo de otros papeles, o que caiga al suelo al consultar un libro de Marina Tsvietáieva o el diario Verde agua, de Marisa Madieri. Y sonreiré agradecido.

domingo 7 de junio de 2009

Cena en familia



Tertulia durante y después de la cena. Hablan por los codos mis hijos. Menos el pequeño, que sonríe y no prueba bocado. ¿Sabes papá? Y se interrumpen mil veces. ¿Me pasas el agua? Las palabras chocan en cadena. ¿Los temas? Los chicos, las chicas, las discotecas, chistes de Jaimito, la sexualidad, la voluntad, el noviazgo, los amigos, el respeto, los padres pesados y pasados de moda… ¡Qué entretenido e instructivo es todo! Le digo a mi mujer con disimulo: “calla, deja que hablen”. ¿Qué viste en mamá cuando la viste? (sic). Aprovecho la oportunidad y me tiro a fondo con la verdad: “Vi a la chica más maravillosa del mundo”. Silbidos y exclamaciones. Lo sé, es un estereotipo, pero para mí es un descubrimiento diario. Nos miran. Jo, qué bonito. No te comas sólo la miga del pan, maleducada. Y hablamos del cariño, del amor. Y apunto: “pues con Dios pasa lo mismo”. ¿Qué es rezar? Eso está chupado mamá. Rezar es hablar con Dios. Es cierto, pero rezar también es estudiar con más esfuerzo, sin distraerse con el agua, con el pelo, con los ojos de Fulana o con las palomas de la terraza. ¡Yo, yo, yo, yo! ¿Qué quiere el del yo? Rezar es amar. Sí, eso es lo más perfecto. Amar, ¿entendido?, y procurar no amargar a los padres. Y colaborar en casa, y no miro a nadie. ¡Deja de comer tomate! Tengo más hambre. ¿No sabes lo que es el sacrificio? Te aguantas. Venga ya mamá. Pues sacrificio en la vida interior, en la relación con las personas, en el estudio, en el orden de vuestras habitaciones y armarios, y en la comida. Que no eres un animal. Ya estamos. Siempre con lo mismo. Ayudad a recoger la mesa. Todos fuera, a estudiar. Sí, hombre sí, ¿y qué más? Estás ya en los finales tío, que no te enteras. Dejad que mamá descanse. Ahora voy yo. Salen todos corriendo. ¡¡Lavaros los dientes y las tres avemarías!! Y ahí quedan los restos de la batalla. Como casi siempre papá recogerá la cena. No me cambio por nadie.

sábado 6 de junio de 2009

Un golpe de mar




El mar. Su profundidad. La mirada que se extasía y la memoria desde donde lo ves navegar. No saber decir nada que diga lo que sueña de verdad el mar. Soñar su son y amar su don de maravilla. Caracolas de espuma en el fragor de su música. Lo recuerdas salpicando de luz los cuerpos tendidos en la arena. Lo recuerdas con el alma sumergida en Dios al contemplar su horizonte en ascuas o vestido de bruma. ¡Qué dicha sentir el viento cuando se hace ola! O la espuma repentina, o la huella que se borra, o la estela de su piel cuando nada… El mar. Mirar siempre el mar. Y amar más todavía.

viernes 5 de junio de 2009

Cita de padres (y madres)



De vez en cuando los padres (y las madres) quedamos para charlar un rato. Quedamos en algún lugar agradable, no muy caro. ¡Hace tanto que no nos vemos! El sábado por la noche es un buen momento. Da pereza, a veces un exceso de pereza, pero pasado el primer vencimiento la cosa va sobre ruedas. El objetivo es hablar de todo y desahogarnos de las turbulencias de los días. Hay materia señores, hay materia. Sobrada. Alguien suele decir: “Por favor, procuremos no hablar de los hijos”. La carcajada es de aúpa. Que ya nos conocemos. Pero por intentarlo. Y surgen las últimas películas vistas (Australia merece la pena, dicen), los libros que me recomiendas, anécdotas del trabajo, achaques, los viajes de unos y los sueños de otros. Pero poco a poco la conversación se escinde en dos. Por una parte la masculina: las vacaciones, amigos comunes, el fútbol, a veces Dios y tampoco crean que mucho más, aunque no está mal. Y la femenina se pueden ustedes imaginar. ¿Lo imaginan? En efecto, los hijos. Los puñeteros hijos que no les dejan vivir. ¿Se acabará algún día la adolescencia? Y esas notas, y los inexistentes sistemas de estudio, y los padres-profesores (un hobby verdaderamente en auge), y la falta de disciplina y el pasotismo. ¿El tuyo lee algo? Nada hija, lo máximo es Mafalda y Astérix. En confidencia les diré que los padres lo pasamos mal. El que puede se paga los refuerzos. Un mes en Londres, un trimestre en Dublín, clases particulares a tutiplén, repasos de todas las asignaturas… O a dos velas y a capear el temporal como puedas (algo recordará el abuelo de matemáticas). Las madres indignadas ni prueban bocado casi. Los padres miramos fijamente los platos. Uno, que es así, hace mención de la paciencia -“todo lo alcanza”-, de la mansedumbre, del cariño o de la confianza con los vástagos. Ya sabéis cómo es Guillermo. Vaya por Dios. Guillermo es que es muy elevado. ¿Qué he hecho yo? Me callo y miro el destello de un vaso, o la luna (que por lo visto es el lugar de donde provengo). De eso nada. Palo y tiente tieso. Y al colegio más palo todavía. Que nos lo dejan todo a los padres y no hay derecho. No hay derecho. ¿Qué nos van a decir en la tutoría? Por si acaso insisto: ¿pues sabéis algo?, a mí lo que más me preocupa son los padres. Mucho más que los profesores. La falta de austeridad en la mayoría, el consentimiento exagerado, el mal ejemplo. Los adolescentes adolecen de muchas cosas, pero no son pocos los que adolecen de unos padres incautos. Datos, datos. De la Universidad de Navarra. El 90% de los adolescentes videojuegan entre semana, cuando se supone que deberían estar estudiando. Y el 25% de los adolescentes tiene televisión en su cuarto. Por no hablar del tuenti y demás panoplia internauta. Sin control. Que una cosa es la confianza y otra muy distinta la memez; o tal vez un “toma, y déjame en paz”, que también. La charla se acelera. De fondo hay como una impotencia y un cansancio. Y una gran preocupación. No me acordé de decírselo a mis amigos cuando quedamos, pero hace poco me sentí mal por la noche. Esto de por si no tiene la más mínima importancia, como pueden suponer. Pero me desvelé. Iba a leer, pero preferí la televisión. Hay un canal deportivo…, pero me quedé viendo el final de una peli de Angelina Jolie. En un descanso pasé a una de esas series españolas de las que no conozco nada. Para mi bien. Estuve cinco minutos. Sólo había adolescentes en escena. Todos bebían. En una habitación dos chicos iniciando sus relaciones homosexuales. En otra habitación un trío (dos chicas y un chico). En un baño otra parejita. Y así. ¡En cinco minutos! Pensé en los adolescentes que lo estarían viendo. Todos esos que tienen una televisión en su cuarto y unos padres descalabrados de mollera. ¿Nos vamos? Es tarde ya. Sí, ya son las doce y pico. ¿Hemos sacado algo en limpio? Pues no sé, pero esos pinchos estaban de vicio.

jueves 4 de junio de 2009

Descanso en Dios




Busco descanso y sólo
encuentro que me canso más
cuanto más me olvido del alma.
Quisiera no hacer nada
y respirar el mar muy despacio.
Sentado en la infinita arena
o en mi despacho
imaginar esa misma arena y el sonido
de Dios cuando llega a la playa
y se queda el alma callada, esperando.

miércoles 3 de junio de 2009

Todavía estoy a tiempo



Tengo a la vista la tarjeta del censo que me informa dónde votar en las elecciones al Parlamento europeo (por algún sitio hay que empezar el artículo). Pero me produce hartazgo. En el telediario cambio de canal cuando asoma algún político. Sandío o de los llevaderos, me da lo mismo. Algún partido de Roland Garros está mucho mejor. Tienen más estilo, y de vez en cuando enfocan a unas jóvenes espectadoras, francesas por supuesto. O nada. Me quedo sin sonido y miro los libros de las estanterías (el cartero está mosqueado y me pregunta que dónde los meto, el muy indiscreto). O me duermo, hasta que me despierta una llamada de Orange o un gimnasio o una contumaz señorita de un banco a la que le digo que Guillermo Urbizu está disfrutando de unas largas vacaciones, que lo siento. Y después me quedo pensando en esas vacaciones, en su hipótesis de relajo y cielo submarino… ¿Cuándo podré sumergirme en esas aguas? ¡Qué lastre es el cuerpo! Perdón, no debo quejarme. Intento escribir algo para salir de la modorra (no es mal motivo). Me han invitado a presentar un libro de un tipo que no conozco y del que no he leído nada. Puede que no esté mal, o puede que sea un petardo. Lo peor de estas cosas es cuando el autor es un pesado y el libro es muy bueno, o cuando el libro es mediocre y el escritor es tan simpático que te ves obligado a mentir con dulzura para salvar la situación. No es frecuente que texto y autor sean los dos de buena calidad, que vida y obra coincidan en cierta armonía. De lo que me alegro es del próximo libro de cuentos de Milena Agus, Mientras duerme el tiburón (Siruela). Esa es una gran noticia, después de Mal de piedras y Las alas de mi padre. Vaya, se me ha quedado una pierna dormida y me da por cavilar que todo esto ya lo había escrito yo antes. Cualquiera sabe. Pero no seré yo quien lo busque. Quita, quita. El flexo hace una excesiva reverencia y la luz se estrella contra el cristal de la mesa. Y aunque no tenga nada que ver con esto, creo que la gente se toma demasiado en serio. Yo incluido. Te pones delante del espejo y caramba, ¡qué prosopopeya!, ¡qué poses! Y esos gestos, y ese cuerpo que el reflejo envuelve en un haz de misterios inefables. Todos los espejos resultan escasos. Y esa manera tan pulcra y lenguaraz de hablar o de escribir. ¡Qué inteligencia, qué poderío el nuestro! Es extraordinario lo ridículos que llegamos a ser. E ilusos. Voy a leer Bouvard y Pécuchet, de Flaubert, en la edición de Mondadori, por si todavía estoy a tiempo, como vacuna. La portada y contraportada reproducen el cuadro El gabinete de lectura, de J.P. Hasenclever. Los teléfonos están en silencio.

martes 2 de junio de 2009

Vidas de santos (yV)



Hablo mucho con mis amigos. De todo. A veces de nada, porque nos quedamos callados enfrente de una cerveza o paseando por la calle. Pero la conversación no se interrumpe. El silencio es la manera más íntima de conversar. Nos adivinamos el pensamiento o se trata simplemente de estar allí, junto al amigo. Acompasando los pasos y el corazón. Hasta que alguno de los dos habla de nuevo: cuenta, sugiere, evoca, reflexiona… Unos días con pasión, otros con desgana. ¿De qué? Ya lo he dicho antes: de todo. Alegrías y preocupaciones, expectativas, poemas, familia, colegios, libros. ¡Es tanta la variedad que tiene en si la vida! Te desahogas, es cierto, pero sobre todo notas que eres escuchado. Y querido. Como eres, tal cual. Pones el cansancio sobre la mesa, o sacas la agenda y lees una cita de Plotino que acabas de leer en una novela. Algo sobre el alma y la belleza, no recuerdo ahora. Le dices al amigo que te cuesta rezar y que estás de lo más suspicaz, que no aguantas el ritmo, que quisieras irte lejos. Y el amigo te mira con ternura, esa cualidad que cura de cualquier aflicción o flaqueza.

Pues no otra cosa es la oración. Dios es el Amigo por excelencia, dispuesto a quedar a cualquier hora y en el lugar que elijas. Es puntual. Y se entrega a fondo, con un amor insondable. No le importa el pasado ni las manías ni tu afición por los desplantes y el olvido. Puede que haga tiempo desde el último encuentro o desde la última huída. Pero allí estás, delante de Dios, de nuevo. Y no sale nada, ni una palabra, y miras el reloj inquieto, o te pones a leer una hoja parroquial o el relieve de las paredes o los nudos de la madera del suelo. O el dibujo de otras fantasías más elaboradas. Y es así como me gusta imaginar la vida de los santos: en esta lucha. En esta naturalidad, tan lejana de hagiografías y artificios y remilgos. Entre el desconsuelo, las angustias y sinsabores; en medio del trabajo, de la parroquia, del campo o de la oficina. En medio de los caminos, de los conventos, de la universidad o de la familia. Pero fieles a ese diálogo con Dios, a esa presencia real del Amigo.

Y es precisamente por esto por lo que siempre se me ha hecho especialmente cercana la figura de santo Tomás Moro. Un padrazo y un esposo entrañable y paciente, amigo de sus amigos, juez honrado y diligente, político de fuste y humanista de más fuste todavía. Un laico de pies a cabeza, pero piadoso, coherente, humilde. Un tipo que no parece de los siglos XV y XVI -a caballo de los dos siglos vivió-, pues su forma de proceder se nos representa del todo moderna, de hoy mismo. Trataba a los demás con cariño, siempre. A su mujer, a sus yernos, a los criados, a Erasmo, también a Oliver Cromwell, al Rey, a todos. Erasmo de Rótterdam escribió un Elogio de Moro y le dedicó Elogio de la locura, porque admiraba en su amigo esa discreta sabiduría que tanto tenía que ver con su lucha por la santidad, con su intimidad con Dios. Pienso que es el santo del que más biografías y libros suyos he leído. Desde aquella de Vázquez de Prada (Rialp) o la de R.W. Chambers (Juventud) hasta la de Peter Ackroyd (Edhasa). Y la de Peter Berglar, La hora de Tomás Moro: solo frente al poder (Palabra), o la de Paloma Castillo (San Pablo), o la de Álvaro Silva (Marcial Pons), o la de Gerald B. Wegemer (Ariel). De él Chesterton pronosticó que sería más importante todavía “dentro de cien años”. Y Juan Pablo II le nombró patrón de estadistas y políticos.

Atrae su profesionalidad y ecuanimidad, su fortaleza ante el martirio, su escritura (en libros tan brillantes como la parábola Utopía, aunque yo tengo especial debilidad por La agonía de Cristo, que escribió poco antes de ser ejecutado). Pero a mí, como decía antes, lo que más me atrae es esa naturalidad y normalidad con la que vivió su fe, esa convicción tan palpable del amor de Dios sean cuales fueren las circunstancias o el ánimo propio. En definitiva, me atrae su elegancia de caballero cristiano y su buen humor, sin afectaciones. Y todo esto viene a cuento por la lectura de un libro muy breve pero muy enjundioso. Ya lo decía Baltasar Gracián: “Lo bueno, si breve, dos veces bueno”. ¡Y qué verdad es! Tomás Moro, humanista y mártir, del teólogo Louis Bouyer (Encuentro), en sus apenas 90 páginas es un buen ejemplo. No es una biografía al uso por supuesto, más bien se trata de una acuarela, donde a base de pocas y certeras pinceladas nos ofrece una reflexión muy cercana de la personalidad de Tomás.

Para empezar de su intimidad familiar, allí en el casón de Battersea, rodeado de soledad y alborotados jardines, con su biblioteca y oratorio, con su esposa e hijas, en un ambiente de piedad y estudio. Y de risas. Holbein está pintando un cuadro familiar, “sin olvidar los libros esparcidos un poco por todas partes”. El lector es atento espectador de conversaciones, alusiones, guiños… Todo el mundo habla. Después esos apuntes sobre su formación humanista. Dice: “Es indudable que su humanidad profunda y concreta, prodigiosamente divertida, pero siempre tan cordial, encontró su alimento en el estudio y enseñanza del derecho”. Pero fue profundizando en los autores antiguos y en su literatura, y es cuando conoce a Erasmo, y traduce, y escribe poemas, etc. Luego Bouyer se adentra en la Utopía y en las influencias recíprocas entre Moro y Erasmo; y escribe sobre su época de Lord Canciller y sobre el martirio (que para mi gusto es lo mejor del libro) y su legado. Dice el autor que la vida de santo Tomás Moro fue una preparación para el martirio. Una vida íntegra y llena de júbilo. Una vida santa, sin rarezas. Una lucha continua por la verdad. Sobre el cadalso pidió con serenidad a todos que rezaran por él e insistió en que moría por la fe católica. No digo que nosotros hayamos de llegar a tanto -gracias a Dios- pero es bueno aprender de los santos y estar preparados. Moro no quería morir, ni era fanático de nada y era tan de carne y hueso como nosotros, sin embargo se identificó con Cristo y cruzó la meta.

lunes 1 de junio de 2009

Vidas de santos (IV)



San Juan de la Cruz es un caso que no es de este mundo. O que sí lo fue, es evidente, pero tan humilde y pendiente de las cosas de Dios que más debía parecer un ángel. Pero no era un ángel tampoco, pues bregó de lo lindo por los caminos y ciudades de España, perseguido por la envidia y el odio, estudiando teología, cantando sus poemas de amor y levantando conventos (pendiente siempre de la Madre Teresa de Jesús). Estudio, escritura y acción reformadora. Todo ello tiene un denominador común: abismarse en Dios. Un fraile poeta, un fraile descalzo, un fraile enamorado. Sus pies hollaban el polvo y las piedras, la nieve y el barro. Obediente, presto a cualquier servicio que se le pidiera. “Buscando mis amores, / iré por esos montes y riberas (…)”. Su poca estatura iba creciendo en fama de santidad y poesía. Su vida era un cántico espiritual, una dicha sin igual. No había cárcel, sufrimiento, demonio o noche tan oscura que pudiera apartarle lo más mínimo del Amado, de esa llama que no se consume y mora en el alma enamorada. Fontiveros, Arévalo, Medina, Salamanca, Duruelo, Pastrana, Alcalá, Medina, Toledo, Baeza, Beas, Segovia, Granada, Úbeda. Y el Cielo. Escribió: “Mi alma se ha empleado, / y todo mi caudal en su servicio; / ya no guardo ganado, / ni ya tengo otro oficio, / que ya sólo en amar es mi ejercicio”. Pocos hombres como él, pocos santos como él, y ningún poeta como él. Este frailecillo de nada, tímido y escaso de talla y más bien débil, tuvo experiencia viva del amor divino, en un conocimiento unitivo con Dios. Y nos fue dejando a nosotros algunos destellos o indicios de ello, en versos y prosa, para poder vivir lo leído, para hacer nuestra la senda estrecha mientras aprendemos a orar con el corazón, sin necesidad de muchas palabras, “el cuello reclinado / sobre los dulces brazos del Amado”.

¡Cómo me acuerdo de El mudejarillo, de José Jiménez Lozano (Anthropos)! De su visión tan esencial y nítida de san Juan de la Cruz, con esa prosa que se fija sobre todo en lo pequeño. Siempre me viene a la cabeza ese librito cuando hablo del autor de Llama de amor viva. Y el completísimo de José María Javierre, Juan de la Cruz: un caso límite (Sígueme). Y acabo de finalizar la lectura de una novela excelente sobre el santo. Se titula El místico Juan de la Cruz, y está escrita por Pedro Miguel Lamet (La Esfera). Él mismo escribe: "(...) entrar en el alma humana es la tarea más fascinante que puede emprender un escritor". Ante todo tengo que decir algo: está muy bien escrita, con un vocabulario rico y en su punto, y salpicada de un lirismo cautivador. Y cuidando al detalle cada recoveco historiográfico, sin dejarse nada. Para la narración se sirve del personaje de ficción don Pedro de Valmores (apellido en el que se me antoja juega Lamet con la expresión “mal de amores”), comerciante de paños segovianos y poeta. Sobre todo poeta. Y enamorado de Ana de Peñalosa. Para ella escribe y para ella vive. Pero el amor es como es y doña Ana le abandona por Dios. Como suena. Doña Ana, gracias al buen oficio de Juan de la Cruz, quiere dar alcance al Amado, al único amado que no defrauda nunca. Sin dejar de ayudar a los descalzos. A esta dama el santo dedicará uno de sus libros. Y es ahí donde la novela va tomando cuerpo. El garcilasista don Pedro no puede soportar el dolor de amor, la ausencia de la amada, esa ruptura tan imprevista. Y comienza sus pesquisas. Está celoso de fray Juan -el Senequita o medio fraile, como le llamaba Teresa de Jesús-, del que va siguiendo sus avatares. ¡Qué desvelo tan terrible producen los celos! E irá recogiendo aquí y allá los testimonios de quienes han estado con él. “Pretendo proseguir la reconstrucción de su vida. Con eso me entretengo, y creo que de algún modo me voy curando, aunque no la olvide, de la locura que me causó la pérdida de doña Ana”. De fondo la España de Felipe II. Y alguien le deja copia de algunas estrofas del Cántico espiritual, y don Pedro de Valmores se rinde a semejante maravilla…

La maravilla de unos versos que parecen esculpidos por una música divina. “Este hombre no es un poeta, es un ángel”, comenta en la novela un impresor de Alcalá. Pedro Miguel Lamet nos ofrece una panorámica del santo y de la santidad, pero también de los conciliábulos cortesanos y religiosos, y de la vida de la gente más sencilla en aquella España tan difícil. Se nos cuenta una historia de amor. O de amores (no es el menor el amor por la poesía). El mensaje es claro: sin amor la vida no vale la pena vivirse. La vida y la obra de San Juan de la Cruz sólo se entienden así: “sólo en su Dios arrimada”.