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Reflexiones, poemas, escorzos de vida, fe de lecturas, noticias de amigos... No pretende ser un desahogo, más bien un diálogo. Un demorarme en el resplandor de nuestra existencia. Y en su literatura.


jueves 30 de abril de 2009

La vida del arte y el arte de la vida



La realidad confunde, desconcierta. A la entrada de un bar me encuentro con un grupo de personas que parecen ser los ciudadanos de Calais, de Rodin. Y el pelo moreno de esa chica que está sentada son como trazos dispersos de Pollock en el lienzo de la brisa. El bullicio de la calle es como un cuadro futurista de Gino Severino, tal es el caos de líneas y colores. La realidad se nos escapa o se difumina en indiscriminados deseos. Quisiera vivir más a conciencia, darme cuenta de lo que vivo, a pesar de mis olvidos y cenizas. Vivir dentro de un paisaje de Corot y respirar allí dalias, calas y retamas. O ser el príncipe valiente que dibujaba Harold Foster. Serlo justo en el instante en el que el mensajero Hulta resulta ser una hermosa y herida doncella “de cabellera cobriza”. La realidad, la realidad. La realidad es la verdad. Creo. Es el sentido de lo que vives y respiras. Y Flash Gordon resulta que no existe. Pero dudo. Como dudó Magritte. La luz también duda en su reflejo y hace que la materia se desmorone en pinceladas concisas que yo miro como si fueran todas de Monet. ¿Es menos realidad el deseo? ¿Es ilusión todo lo que sueño o escribo aquí? El alma es la verdadera consistencia de la materia, la densidad de la belleza que contemplo y amo cada día. Y de pronto el cielo se viste de fucsia, en una realidad fulgurante. Porque a Dios le gusta la pintura de Rothko. Y la mirada reza, y es más real que nunca la esperanza. Y la vida, que sueña más vida.

miércoles 29 de abril de 2009

"Diario", de Faustina Kowalska




"Que tu compasión se apresure a alcanzarnos,
pues estamos agotados".
(Salmo 79)



El Diario de la santa polaca Faustina Kowalska (1905-1938) -editado en España por "Levántate", Granada- es un continuo descubrimiento. Desde luego de orden espiritual principalmente, pero también tiene una dimensión práctica y literaria nada desdeñables. El “sentido común” de Cristo resulta cautivador, al igual que su dulzura, su genuino respeto a la libertad del hombre, sus llamadas de atención y su pasión por lo que nos apasiona (siempre y cuando el alma no se nos salga de quicio). En estas páginas el lector queda fascinado por la ternura de Dios y la manera que tiene de decir su Amor, pero también queda atrapado por la abrumadora sencillez de Faustina.

En Faustina estamos representados todos. De una u otra forma. Tantas veces el desánimo, la debilidad, la duda, el sufrimiento, la soledad, la injusticia… Y el Maestro que siempre nos sale al encuentro. Otra cosa es que queramos saber más de Él y repetir con Pedro: “Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te amo”. O pensemos que son simples fantasías y que no merece la pena perder el tiempo en el alma, o que estas historias son todas iguales: elucubraciones de curas y monjas. En este Diario Cristo es una constante alusión al lector. Con palabras muy concretas. Y con hechos. No se queda todo exclusivamente en una constatación pía de Faustina, en una nebulosa de buenos y religiosos sentimientos. Para nada. Jesús es una presencia física, resucitada, alguien que me habla a mí, que estoy leyendo.

Pocas veces un libro puede resultar tan vivo. Pocas veces atisbamos tan de cerca, en un libro, la intimidad de Cristo, y su humanidad. Tan directamente. De acuerdo, podemos citar los inspirados escritos de Ana Catalina Emmerick o María Valtorta, o remontarnos a los de Teresa de Jesús o María Jesús de Agreda. Pero el Diario de Faustina Kowalska además de ser la manifestación y la providencia de la misericordia divina para cada persona, es como si fuera la “reflexión” de Dios sobre el lento y contumaz suicidio espiritual y moral que es nuestra historia contemporánea. Es la conversación de Jesús de Nazareth con nuestro presente, con cada uno: año 2011, siglo XXI. ¿Sólo crisis económica? Seguimos obtusos. Hay una suerte de locura frenética que se extiende por todo el mundo. Materialista, hedonista, nacionalista, terrorista… El odio es un signo, como lo es la pobreza y la manipulación de la vida, y la violencia, y el egoísmo cerril, y la mentira. Algo habrá que cambiar para no seguir por estos derroteros dramáticos de insatisfacción, de infelicidad, de desamor, de desidia. De angustia universal. ¿Saldrá el remedio de Naciones Unidas, de los Estados Unidos de América, de la revitalización económica, del culto a la tecnología? ¿Dónde está la esperanza real del hombre? ¿Dónde su paz?

Vilna, 1934: “La humanidad no conseguirá la paz hasta que no se dirija con confianza a Mi misericordia”. Hasta entonces -y esto lo digo yo- deambularemos entre la nostalgia y la tristeza. Entre la pesadumbre y la soberbia. Como mucho pensaremos que la religión es -como ironizaba Lichtenberg- cosa de los domingos o un consuelo para los malos ratos. Otros seguirán pensando que Dios es un sobrenatural incordio, o parte del inconsciente, o un narcótico, o el enemigo a batir para el progreso humano. En 1938 Jesucristo le hace a Faustina un claro diagnóstico que nos afecta a todos: “Hay almas en las cuales no puedo hacer nada; son las almas que investigan continuamente a los demás sin ver lo que pasa en su propio interior (…) Pobres almas, no oyen Mis palabras, quedan vacías en su interior, no Me buscan dentro de sus corazones sino en las habladurías donde Yo nunca estoy. Sienten su vacío, pero no reconocen su culpa, y las almas en las cuales Yo reino con plenitud son su continuo remordimiento de conciencia”.

En ocasiones el Diario cuesta leerlo. Tal es su fuerza y su muy personal interpelación. Porque preferimos vivir tantas veces donde no está Dios. Y cuesta volver, reconocer nuestra deslealtad y escarnio. Acostumbrados como estamos al sucedáneo de la felicidad en el que se ha convertido nuestra vida. ¿Es la felicidad el dinero, el sexo, el poder, la fama o la pereza? ¿Puede haber satisfacción fuera de Dios? Nos empeñamos en vivir como huérfanos de la alegría, en destrozarnos el alma a base de mentiras. De ahí éste especial querer de Dios: Su misericordia. Nos conoce muy bien. Faustina va pasando a un segundo plano según avanza la lectura. Y nosotros con ella. El protagonista es Cristo resucitado. Porque el verdadero autor de este Diario es Dios. Insiste una y otra vez: "No tengas miedo de nada, Yo estoy siempre contigo".

martes 28 de abril de 2009

Despertares



El despertar de cada día es muy variado. Puedes levantarte de mal genio o con la líbido por las nubes. Gruñón o charlatán. Quizá angustiado o quizá todavía inmerso en un sueño de los buenos. Hay días que te sientas en la cama y te preguntas quién eres o dónde estás. Puede que no te acuerdes de lo que has soñado o que te preguntes si tú mismo no serás el sueño (o la pesadilla). Días hay que cuando despiertas lo primero que haces es dar gracias a Dios, aunque sea de mala gana y con legañas en el alma. La pena es que otros muchos días ni te acuerdas de Dios ni de ningún santo bendito. Días que te haces el remolón y te das media vuelta, ignorando el despertador y las voces que te dicen que el desayuno está en la mesa. Días que sabes que estás ahí, en tu casa, aunque quisieras creer que no, que estás lejos: tal vez en una tienda de campaña en algún lugar del Trópico, o en el Hotel de Crillon de París, o en una cabaña canadiense que habitaste en los campamentos de tu infancia. Días que miras la luz más de cerca, vacío de ti, o eso piensas. O cuando doblas la almohada e incorporas un poco tu vida y lees diez minutos seguidos. El despertar más triste no es el de la lluvia, es el de la noche, cuando te desperezas entre sombras. Hay días que cuando despiertas imaginas las sublimes notas de un piano, o que resucitas de una agonía. De verdad que el despertar de cada día es muy variado. Incluso puede que vivas todo el día soñando que estás vivo y resulte que sólo estás aburrido o en el recuerdo de otros días. Pero hoy he despertado con un único pensamiento, con un deseo fortísimo de volver a ver el mar y mi destino. He cerrado los ojos para acercarme a él y fijarme detenidamente en las volutas de brillos y espuma. Para escuchar los gritos de mis hijos entre las olas. Quiero volver a ver el mar cuanto antes, quiero volver a ver a Dios desde la arena. Es muy urgente sentir todo ese amor, tan líquido, resbalando por mi piel y adentrándose en el alma.

lunes 27 de abril de 2009

El perfil de la belleza




En una revista encuentro el perfil de la belleza. Un paisaje exuberante de gozo y de luz en escorzo. Parece recién creada, ante la vista de muchos. Aunque no sé si saben verla. Es su pureza lo que más me llama, lo que me incendia. No es el color, es su contorno. Esas sombras donde se intuye el movimiento de la vida y su gracia. Miro la cumbre de las montañas: su altura. Allí me quedaría. Respirando su respirar y besando la brisa. Desde esa cima aprender por fin a amar, que es de lo que se trata. Pero primero hay que ascender despacio y arrodillarse ante ella. ¡Qué importante es saber contemplar la belleza! Descubrir en su encanto la profundidad de la perspectiva, de tu propia vida, que anhela la perfección de esas líneas y de esas formas. Quisieras poseerla de alguna manera misteriosa y eterna. Y llegar hasta el fondo de la ternura que te ofrece cuando la miras.

domingo 26 de abril de 2009

Las primeras estanterías



Mis dos primeras estanterías eran blancas perfiladas en azul marino. A juego con los demás muebles donde vivía mi infancia. Me parecieron muy escasas para todo lo que yo soñaba. Lo dije mil veces: “ahí no caben mis sueños”. Mil veces lo dije: “son demasiado pequeñas”. Pero todos me decían que estaban casi vacías, que no me preocupara tanto. Y yo las miraba sin descanso, y soñaba las aventuras antes que los libros. Un escondrijo perfecto bien pertrechado de víveres y armas. Los árboles de la selva por donde trepaba el oscuro escalofrío de la pantera o el voraz sigilo de la boa. El acantilado desde donde contemplaba hasta el anochecer las olas y los barcos. El filo de la espada que cercenaba la cabeza del peligro más cercano y se clavaba en el corazón de los villanos. Poco a poco nos fuimos apretando todos. Los cinco ocupaban cada vez más espacio. Y Los tres investigadores. Y Salgari. Y Verne. Y la isla de Robinson Crusoe, donde llegué a ser tan feliz. Fue por entonces cuando escuché por vez primera la consabida frase: “¿Te los has leído todos?”. ¡Cuántos sueños desde entonces! ¡Cuántos libros! Y ¡cuántas veces me he sentido aislado en el océano que es la vida! Ilusiones que han ido naufragando en otras islas, batallas que dejaron en el alma sus heridas… O estas dos estanterías blancas en las que hoy encuentro un poco de esperanza y renovados sueños. Aunque parezca que estén vacías y destrozadas por el tiempo.

sábado 25 de abril de 2009

A veces el frío




A veces se mete el frío en el alma
sin aparente razón ni motivo.
Y tiemblas.
Los hombros se sobrecogen de un extraño miedo.
Abres y cierras los ojos. Y las manos
se entrelazan devotas mientras vives.
Las palmas blancas de escarcha
y las yemas de los dedos arrugadas por la espera.
Quisieras llenar las manos de caricias
y abrigarte siempre con su tacto.
Los dedos juegan como niños
o chasquean el ritmo de una vieja canción
de Leonard Cohen: Dance me to the end of love.
Y entras en calor mientras escribes que a veces
se mete el frío en el alma.

viernes 24 de abril de 2009

El paro, los capullos y el poder



Un servidor estuvo en el paro dos años. O desempleado, como dicen los sofistas de la cosa. Se pasa tan mal que desearías no estar vivo. Esa es la síntesis. Nadie te escucha. No sirves para nada. Los dones que Dios te dio -todos tenemos alguno- dicen que son una mierda, que no proceden, que lo sienten mucho, que lo intentes dentro de unos días. Deambulas de escarnio en escarnio. Recorres las calles sin norte, vas a entrevistas de trabajo, preguntas a gente que pensabas eran amigos, te humillas... ¡Qué putada tan grande, qué angustia tan horrible! Sientes que se te desangra el alma. Llega un momento en el que ya todo te da igual. Un médico que sólo escribe recetas dictamina: “depresión, depresión, tómese estas pastillas a discreción”. Y encima se permite alguna chanza el muy zote, como fue mi caso. La vida se transforma en un infierno. Por eso cuando escucho ahora las palabras de los políticos siento que es todo un lodazal de asco. Y qué decir de la mezquindad de los sindicalistas que desfilan como flamantes soplagaitas del poder, mientras cada día se quedan sin nada unos miles de personas más. Me quedo temblando de rabia. Tantas banderas rojas y estandartes enhiestos llenos de siglas obreras, tantos puños en alto en plan revolucionario paripé de mediados del XX. ¿Se puede saber de qué coño nos están hablando? ¿Se puede saber en qué siglo vive esta gente? Y se manifiestan por cumplir el expediente, sin más. Todo muy positivo y sin malas caras. Medias tintas. El Presidente les pidió comprensión, y escenificaron el amor en la postura más progre. Son un atajo de burócratas que viven -y muy bien- de nuestros impuestos. Y de la pantomima. Los parados ya pueden ir apretando el culo. Si es por éstos la escabechina será de órdago la grande. Es la mafia roja, llena de capullos de rosa y de otros capullos menos floridos y plagados de puñeteras espinas. El objetivo primordial es seguir en el poder, y disimular el evidente desastre de gestión y su incapacidad política con el folklore del lenguaje y la malversación del alma.

jueves 23 de abril de 2009

Unos cuantos libros para el Día del libro



¿Un día sólo? ¿Sólo un día en el que el protagonista principal sea el libro? Menos da una piedra, pero yo creo que lo que procede es llenar los otros 364 días del año de una frecuente lectura. Más hábito lector y menos guateques mediáticos que son flor de un día. Poco más. Festejos y ruidos que estarán muy bien, pero que no son lo mío, palabra. Porque comprar un libro entre tanto bullicio me quita las ganas. Nada como ir cualquier otro día a tu librería, respirar hondo y curiosear a fondo las mesas y las estanterías. Hablar con el librero, comentar los últimos descubrimientos literarios y la evolución de los respectivos hijos. Y ojear en silencio, sin prisa. En cuclillas, de pie, sentado o de puntillas, tanteando en esos estantes de arriba. ¡Qué gusto pasar así un buen rato, tan bien acompañado! Y llevarte en la bolsa, no sé, la novela Tantas maneras de empezar, de Jon McGregor (Salamandra), que es uno de los autores británicos que más me gustan. Desde luego el más joven. Nunca dejaré de recordar la lectura de su primera novela: Si nadie habla de las cosas que importan. Y comprar también uno de esos libros de poesía que son valor seguro, que sabes que no te defraudarán nunca. Por su rigor de alma sobre todo. Como es el caso de Actos de habla, de Jaime Siles (Plaza y Janés). “Mirar todas las cosas transformadas / en la quietud profunda del instante”.

En fin, que no todo es perfecto, y que el archicomercial día del Libro puede ser una oportunidad para que muchas personas descubran eso: un buen libro. De casualidad, o por una crítica determinada, o simplemente por la publicidad o por un programa de televisión o radio. Desde luego es bueno saber escoger. Hace poco escribía sobre Herman Melville. Por favor lean Moby Dick. Se pregunta Antonio Muñoz Molina: “¿Quién necesita leer esa novela cuando la historia que cuenta la sabe todo el mundo?”. Y se responde con gran aplomo: “Cualquiera que ame la literatura, y urgentemente”. Pueden encontrarla a buen precio y bien traducida en la editorial Alianza. Un momento. Busquen en la editorial Cátedra un volumen también muy económico, pero cuyo contenido es excepcional. Las otras tres obras maestras de Melville en un volumen de apenas 300 páginas. Bartleby, el escribiente; Benito Cereno; y Billy Budd. Y en la misma editorial pueden encontrar Israel Potter, también del escritor norteamericano.

Reconozco mi pasión por la literatura inglesa. Es algo que se apodera de mí sin remedio. Me viene a la cabeza ahora el poeta Donne. Y en Cátedra, que es una editorial que está en todo, pueden encontrar ustedes sus Canciones y sonetos. O Shakespeare, cuyos Sonetos acaban de publicarse por Galaxia Gutenberg tal y como aparecieron en 1609, traducidos por Andrés Ehrenhaus, y acompañados por el “Lamento de una amante”. No hace mucho leí un estupendo libro para aquellos que sean como yo y quieran una breve y certera guía: Claves para interpretar la literatura inglesa, de Estefanía Villalba (Alianza) es fácil de leer y como consulta sirve a las mil maravillas. Hace unos meses leí una biografía de Emily Brontë (Atalanta). De Winifred Gérin. Buenísima. Eso me llevó a repasar la primera biografía que se escribió de otra de las hermanas: Vida de Charlotte Bronttë, de Elizabeth Gaskell (Alba), que fue una de las biografías más exitosas del XIX inglés, y de su mano releí Jane Eyre, en la soberbia colección Grandes Clásicos, de Mondadori. Esto coincidió con la lectura de dos novelas precisamente de la Gaskell. Las novelas son: La prima Phillis y Norte y Sur, las dos editadas por Alba. Sé que Norte y Sur es una obra de más entidad y consistencia literaria, pero La prima Phillis, la hija del predicador, esa mujer desengañada pero fiel, con su primo que la idealiza, me agrada más, quizá por su optimismo y sencillez. Elizabeth Gaskell es una escritora que pasa desapercibida para el gran público. Y no debe ser así.

Hace tiempo leí una novela escrita por un monje trapense, M. Raymond. La encontré de casualidad en casa de un amigo, que me la puso por las nubes. La familia que alcanzó a Cristo (Herder) es su título. Pero era sólo la segunda parte de "La saga de Citeaux", una trilogía -que se completa con Tres monjes rebeldes e Incienso quemado- con la que acabo de hacerme. Es la historia de los creadores del Císter durante el siglo XIII y la de los primeros hermanos americanos del XIX. Apasionante de veras. Unos libros así no pueden andar perdidos en catálogos y fríos almacenes. Deben leerse, salir a la luz de las librerías. ¿Quieren otra trilogía? La gran trilogía, de Gregor von Rezzori. Una obra maestra de la que yo no sabía nada hasta que me llamó la atención en Anagrama. El Imperio austrohúngaro en todos sus claroscuros. Su brillantez y su decadencia. Esa época tan extraordinaria de la historia de Europa escrita desde la nostalgia y la ironía, desde el asombro y la cultura. Un armiño en Chernopol, Memorias de un antisemita y Flores en la nieve son los títulos de este majestuoso tríptico.

Y para finalizar enumero unos títulos que me parecen dignos de ser leídos (de alguno hablaré más despacio): El segundo volumen de Relatos de Kolimá, la orilla izquierda, del gran Varlam Shalámov (Minúscula); La nueva tiranía, de Juan Manuel de Prada (Libroslibres), que cada vez me gusta más como articulista; La hija del ministro, de Miguel Aranguren (La Esfera de los libros), novelista cada vez más consistente; y la sorprendente Vida de Simone Weil, de Simone Pétrement (Trotta). E insisto en Mala tierra, de Mª Vallejo-Nágera (Ciudadela), porque es un libro memorable. Pero según va pasando el tiempo estoy más de acuerdo con Virginia Woolf. En El lector común (Lumen), donde habla de algunos de mis escritores favoritos -Thomas Hardy, Conrad, Defoe o George Eliot- está escrito lo siguiente: “El único consejo, en verdad, que una persona puede dar a otra acerca de la lectura es que no se deje aconsejar, que siga su propio instinto, que utilice su sentido común, que llegue a sus propias conclusiones”. Por supuesto -continua- sin “derrochar nuestras capacidades inútilmente o por ignorancia”. Que tengan buen día.

miércoles 22 de abril de 2009

Un lector curioso me pregunta



Un lector me envía un cuestionario con varias preguntas que no me importa responder. Lo reproduzco aquí porque me hace gracia la curiosidad de la gente. Y como yo también soy muy curioso, quiero que también ustedes curioseen un rato. Están en su derecho. No es nada del otro mundo. Por "yoyear", que diría Jaime Siles. O por entretenernos todos.


¿Qué libros tiene ahora mismo en su escritorio?

Una edición Los tres mosqueteros publicada por Sopena a principios del siglo XX; el Diario de Santa Faustina Kowalska; una Antología poética de Juan Ramón Jiménez (Cátedra); Los pintores más influyentes… y los artistas a los que inspiraron, de David Gariff (Electa); Viaje a la transparencia, obra poética completa, de la poeta berlinesa Nelly Sachs (Trotta); La dama de la furgoneta, de Alan Bennett (Anagrama); y Viva voz de vida, de Marina Tsvietáieva (Minúscula).

¿Qué libros tiene en la mesilla?

De entrada no tengo mesilla. Voy detrás de una, pero la quiero tan concreta y específica que no hay manera. Pero casi mejor, porque no estoy para demasiados gastos. De mesilla utilizo eventualmente el suelo. O la papelera. O un escondrijo en mi armario. Allí están ahora Todo Sherlock Holmes, de Conan Doyle (Biblioteca Aurea, Cátedra); España, una nueva historia, de José Enrique Ruiz-Doménec (Gredos), que me está gustando bastante; y Viaje al amor de William Carlos Williams (Lumen). Hice limpia hace dos días. Por eso han quedado pocos. Ah, se me olvidaba. Debajo de la cama -muy a mano- guardo un tomito encuadernado en piel de Las Confesiones de San Agustín.

¿Y qué libros lleva hoy en su cartera o maletín de trabajo?

Hay unos que los llevo siempre conmigo. Como las Cinco grandes odas, de Paul Claudel (Siglo XXI) o los Salmos bíblicos (Verbo divino). Desde hace unos días también va donde yo voy la breve pero muy sagaz novela El corrector, de Ricardo Menéndez Salmón (Seix-Barral); Pasajero de tránsito, del poeta Ernesto Cardenal (Trotta) y Amigos, de Enrique Rojas (Temas de hoy), un libro que me parece espléndido.

¿Cuál es el último libro que se ha comprado?

La tercera entrega de El ejército negro, de mi amigo Santiago Gª-Clairac (SM), que culmina así una trilogía que me parece lo mejor que se ha escrito en literatura juvenil por un autor español en mucho tiempo. La pena es que la historia no continúe. Aunque no me gustaría encasillar estos libros sólo en la categoría "juvenil". No me parece justo.

¿Cuál es el último libro que ha regalado?

Déjeme pensar… Mmmm, ah sí, ya recuerdo. El libro de la Pasión, del poeta chileno José Miguel Ibáñez Langlois (Rialp), que yo creo que es uno de los que más he regalado; y Verde agua, de Marisa Madieri (Minúscula), uno de esos pocos libros que impactan en tu vida y que deseas compartir con los demás. Forman ya parte de ti.

Dígame la verdad. ¿El mejor libro de poesía que ha leído? Y la mejor novela. Y el mejor ensayo.

Querido amigo, ésta ya es una pregunta para nota. Puedo optar por ser totalmente sincero o dejarme llevar por la pose intelectual. Es decir, mentir. Opto por lo primero. De todas formas debo aclarar que mañana podría decidirme por otras obras. Pero según me pilla hoy creo que los mejores libros de poesía para mi gusto -o con los que yo más disfruto- son las Elegías de Duino, de Rainer Mª Rilke (Galaxia Gutenberg o Cátedra o Lumen) y los Cantos de Giacomo Leopardi. En español me quedo con La casa encendida, de Luis Rosales (Trotta o Torremozas). Pero al acecho están Eliot o Cernuda, Borges o Lope, Hölderlin o Salinas. Y los místicos españoles, y Claudio Rodríguez. Y tantos más. Es cruel elegir sólo uno. Y es cierto que releo mucho a Borges, Salinas, Siles, Jane Kenyon, Colinas, Miguel d’Ors y John Donne.

Sobre la mejor novela no tengo ninguna duda: El Quijote. Sobre todo si se lee en la madurez y no en el bachillerato y obligado. Puede sonar pretencioso, y quizá hace unos años ni se me hubiera ocurrido, pero en ese libro está todo. O casi. Y yo siempre lo recomiendo leer en la edición de la Biblioteca Castro. Con una impresión como Dios manda, en un magnífico papel, y sin notas. De entre las más cercanas en el tiempo me quedo con Crimen y castigo, de Dostoievski (Cátedra), La montaña mágica de Thomas Mann (Edhasa) y… unas cuantas decenas más.

Se me olvidaba el ensayo. Aquí soy rotundo. Las Confesiones de San Agustín y la Vida de Santa Teresa por una parte. Por otro las Memorias de ultratumba, de Chateubriand (Acantilado). En mis años de lector pocas veces un libro me ha deslumbrado tanto. Con mucha diferencia. ¿En el siglo XX? En español me quedo con Desde la última vuelta del camino, de Pío Baroja (Galaxia Gutenberg), esos volúmenes autobiográficos por los que tanto he transitado; y con El espectador, de su amigo Ortega y Gasset (Taurus). En otras lenguas no deja de impresionarme la obra de George Steiner y los ensayos de C. S. Lewis.

Dígame un libro que no debo comprar jamás.

Puede prescindir perfectamente de los pornográficos y de toda la ola vampírica que nos invade, así como de esa otra esotérica demencial. Yo también suelo evitar los libros escritos por políticos.

Editoriales preferidas.

Anagrama, Ciudadela, Acantilado, Pre-textos, Renacimiento, Minúscula, Atalanta y Lumen. Y Seix-Barral. Se me quedan otras en el tintero. Como Valdemar o Libroslibres o Siruela o Trotta o Encuentro o Tusquets o Cátedra o Salamandra... ¡Son tantas! ¡Y me estoy dejando tantas!

¿Qué posición prefiere para leer?

Jajajajaja. Ésta sí que es buena. Diré que tengo varias, pero la más usual se situa en el sillón orejero al lado de la ventana. Detrás de mí todo un cuerpo de estanterías. Y de vez en cuando un vistazo al cielo. Tampoco se está mal repantigado en el sofá, cuando no hay nadie en casa. O durante el verano en una hamaca, en la piscina, a media tarde, cuando todo parece más infinito.

¿Se atreverá a decirme si lee mucho en el cuarto de baño?

Me atrevo. Sí, leo mucho en el cuarto de baño. No creo que falte a la delicadeza si digo algo así. Sobre todo poesía. Supongo que es por aprovechar el tiempo y por el silencio y la intimidad del momento. Es un lugar de recogimiento, sin duda. A veces el único refugio que le queda en su casa al lector más empedernido.

¿Le gusta leer con música?

No. O una cosa o la otra.

¿Qué opina de su biblioteca?

Que no cabe un libro más y que me habré leído entre un 60 ó 70% de los libros que tengo, lo que no está nada mal, dado el número. De los pocos placeres que tengo en esta vida no es el menor el pasarme un buen rato contemplando los libros. No es por afán bibliófilo. Es porque cada libro me recuerda un determinado momento de mi vida. Mi biblioteca es mi memoria.

¿Qué es la novela histórica?

La novela histórica son los Episodios Nacionales de Galdós (Alianza) o Memorias de un hombre de acción de Pío Baroja (Galaxia Gutenberg). Eso es novela histórica.

¿Algún escritor por el que sienta una especial debilidad?

Uf. Menuda pregunta. Aquí es determinante el factor humano que diría Graham Greene. Me vienen a la cabeza María Zambrano (su Claros del bosque es obra indispensable para toda alma sensible), Thomas Merton, Luis Rosales, Louis de Wohl, Jane Kenyon, Mª Vallejo-Nágera, todos los Baroja, Giovani Papinni, Antonio Colinas, Mamen Sánchez, Teresa de Jesús, Ray Bradbury, Pablo García Baena, Gabriel Miró, Claudio Magris, C. S. Lewis, Enrique Vila-Matas, Flannery O`Connor... Como puede ver el asunto es de lo más variado.

Lo último. ¿Cree que merece la pena leer?

¡Ya lo creo! Ya dedicamos demasiadas horas a escuchar gansadas. Es la mejor manera que conozco de crecer hacia adentro, de apreciar la vida con más convencimiento. Y conocimiento. Leyendo adquirimos conciencia de lo que somos, de lo que pensamos y sentimos. No sé los demás, yo aprendo a ser un pelín más humilde y a no quedarme en la superficie del dolor o de las cosas. Y cuando por lo que sea ya no puedo más, me alivia el silencio de la lectura. Es terapéutico, como un bálsamo. Me sobrecoge el tacto del libro y el alma de lo que leo. No me acostumbro. Unas pocas palabras pueden bastar para tomar impulso hacia un gozo o emoción que creíamos perdidos. O quizá hacia Dios. Leer no es sólo un acto intelectual, ni mucho menos. Leer es tomarnos muy en serio la vida. Y su sentido. Leer es una búsqueda y es una acción de gracias.

martes 21 de abril de 2009

Piropo con retranca



Vaya con el presidente galo. Es tan espabilado que él solito ha dado con la clave de todo: “Puede que no sea muy inteligente”, dice el francés del señor Zapatero, "pero la gente le vota". Olé. ¡Qué listo es el francés con su elogio de la bobería roma para tener éxito electoral! Tan ducho en coquetería, tan acicalado. Se retrata. Y el americano Obama le parece un membrillo que ni siquiera ha sido ministro. ¿Para qué? Y la canciller alemana Ángela Merkel se pliega siempre a su innata sabiduría, entre broma y broma. Y de los demás no sé qué juicio tendrá. Podemos suponer. Lo que sé es que tiene una gran opinión de si mismo, desde luego. Se relame del gusto. Él sí que es inteligente, ¿verdad? Es francés y con eso basta. Además la escultural Bruni le hace sentirse muy bien, muy seguro de si, dejándole tocar la melodía de su guitarra. ¡Qué viril y franco es el francés! Está acostumbrado a hacer ejercicios muy certeros con su lengua. Seguro que detrás del piropo con retranca piensa que el presidente español es un pobre hombre, y además contrahecho y mudo. ¿Y? ¿Le importa algo a él? Poco inteligente, poco inteligente. Vaya usted a saber lo que entiende por inteligencia el gabacho. A un español no le hace falta tanta presunción. El señor Zapatero podrá ser tonto perdido, o sectario, o poco ducho en diplomacia, pero es nuestro presidente. El de España, digo. Aunque yo no le haya votado y aunque me pese. (Ya lo creo que me pesa). Por supuesto los señores del Pepé han arremetido, aprovechando que se la ponían a huevo. Pero ¡qué poquita clase tienen! Quédese el francés con su cantante italiana, con su Elíseo y con el regusto de haberse conocido. Yo que el señor Zapatero, cuando venga el gabacho a España el día 27, le mentaría a la madre. Eso sí, off de récord y con mucho talante y cariño. Y lo peor de todo esto -aparte de tanta gente lista glosando la bobada- es que por supuesto el ombligo de Francia, Nicolás, “no hizo nunca esas declaraciones”. ¿Por qué no afronta lo que dijo? A lo hecho, pecho, mesié. ¡Qué cobardes son los políticos! ¡Qué desdicha ser tan inteligente y tan francés para luego decir que “yo no he sido”, que no sé!

lunes 20 de abril de 2009

Postal a mi madre



De vez en cuando tengo la necesidad de escribirte. Porque vienen mal dadas o cunde en mí el desánimo. Me basta un cielo gris para quedarme serio y contestar con monosílabos a quien se me acerque. La vida es un collage de contratiempos. Y uno acaba más que harto. Por eso me refugio en los libros o pienso tontadas. Trasnocho viendo House o un partido de tenis. Y llego a la cama cansado de nada. Rezo, claro que rezo. Pero se me hace cuesta arriba lo divino. Como lo humano. Escribo dos palabras o leo dos frases. ¿Para qué? Y al día siguiente lo mismo… Me dicen, me escriben, me llaman. ¡Tantas palabras que suenan igual o que son ambiguas! Y yo sólo quiero hablar contigo. O ni siquiera eso. Estar contigo. Mientras paseamos los dos por mi cabeza o nos sentamos juntos en el último banco de una iglesia. O en el primero. ¿Recuerdas? Dame la mano, y con la mano tu mirada, y con la mirada esa sensación tan dulce que se llama como tú. Venga, ven, vamos. ¿Qué quieres hacer? De acuerdo, nos quedamos aquí. No te preocupes por mí. De sobras me conoces. Sabes que soy un tanto chusco y meditabundo. Que exagero. Pero a veces la vida me parece demasiado mortecina, como insulsa. Llevo mal la monotonía. Haga lo que haga. Por eso intento encontrar palabras que digan algo distinto de lo mismo de todos los días. No quiero planchar siempre las mismas camisas. Y veo con Ana El mentalista y pongo por segunda vez el lavavajillas. Abro la ventana de la cocina y miro un par de pequeños magnolios que están en una esquina. ¿Los ves? Y me gusta mirar el cielo. No como tú, que lo ves por dentro y al detalle, pero tampoco puedo quejarme. ¡Qué paciencia tiene Dios conmigo! Con todo lo que me da y sólo le vengo con nostalgias, tedio y melindres. Sólo hablo de mí o de libros. Madre, enséñame cosas distintas. O lo mismo de manera distinta. Muéstrame el encanto de la vida, su mejor afán, su alegría. Como cuando de niño me atabas los zapatos nuevos y me peinabas con colonia para salir a la calle. Aún estoy a tiempo. Sin tanta monserga inútil. Sin tanta palabrería.

domingo 19 de abril de 2009

Carta a Herman Melville



Querido amigo:


Lo que no sabe mucha gente es que usted también era poeta. Sobre todo poeta. En realidad no se entendería su obra narrativa sin esa cualidad esencial de poeta, de hombre que contempla la vida y sus metáforas, que intenta desvelar el acertijo del alma humana y sus pasiones dominantes. Ahí está el trasfondo de Moby Dick (1851), su obra cumbre, pero también de relatos como Bartleby, el escribiente o Benito Cereno, que se publicaron incluidos en Cuentos de Piazza (1856). O Billy Budd, marinero (1891). Ahí está ese desasosiego y esa nostalgia de absolutos que impregna toda su obra.

Esa vocación de poeta iba unida indisolublemente a su condición de hombre de mar. El mar fue su verdadera universidad, el lugar donde su mirada se fue haciendo visionaria, donde fue aprendiendo a percibir la fuerza del mal, de la belleza, del dolor y de la adversidad. En el movimiento acompasado de las olas fue tomando cuerpo el alma de su verso y la identidad de su prosa, que despliega al viento todo el trapo de su velamen y de sus anhelos. O cuando acecha la tormenta y la ballena, y el miedo de vivir ahoga y el agua estalla en un latigazo furibundo de espuma y palabras. O silencios.

Y después de tantos avatares y desencantos ese trabajo en la aduana de Nueva York, la rutina diaria. Lo cantó otro poeta, W. H. Auden: “(…) y fue cada mañana a la oficina / como si su trabajo estuviese en otra isla”. Y esas páginas donde usted iba descifrando la memoria del mar o la sensación de cotidiano fracaso, dibujando con precisión el esbozo de una existencia que la fantasía interpreta, inventa y redime. Escribiendo por necesidad tantas veces (y por desahogo), quizá para salir del envite económico o del óxido de la soledad y de la tristeza. Porque sus obras nunca resultaron ser un éxito comercial. Lo que son las cosas. En nuestros días pasa que lo que importa de verdad es ese éxito comercial. Me atrevería a decir que casi es lo único que importa. Porque el fracaso es inconcebible.

Es doloroso pensar que usted apenas entrevió el éxito de su genio literario. Que murió en 1891 con más pena que gloria. Dos líneas de periódico y se acabó. Pero así fue. Lo que me hace pensar que algunos de los mejores novelistas del siglo XXI pueden pasarnos desapercibidos en esta fuerte marejada de publicidad y marketing en la que naufraga nuestra literatura de hoy, y donde triunfa el mundo al revés. Ya supongo que en su tiempo también sería un poco así, y que a escritores de la talla de su amigo Nathaniel Hawthorne -a quien dedicó su Moby Dick- o Edgar Alan Poe les ocurriría algo similar, con más sombras que luces. Sobre todo Poe y usted son autores de una modernidad innegable y completamente innovadores. Unos adelantados a su propia época, a cualquier época. Siempre nuevos.

Usted es Melville, el escribiente y usted es Billy Budd, y es el Ismael que nos cuenta la supuesta locura del capitán Ahab. ¿Es locura su venganza? ¿O esa venganza es más bien el fruto de la desolación ante el envite incomprensible del destino que le toca en suerte vivir? Ahab representa el combate del hombre con el mal (o la incomprensión o la injusticia o la estulticia) que está a su alrededor y con el mal que está latente en su interior. Ese mal que nos muerde a todos el alma y que nos arranca de cuajo no pocas veces la felicidad y el buen juicio y la esperanza, en la tragedia de su devenir. El Pequod se asemeja a nuestras vidas. Todos de alguna manera navegamos en él, en una singladura que es cada vez más dura y angustiosa, y que nos amenaza con el abismo.

No me canso de leerle. Y estos días he vuelto sobre algunos de sus relatos, llevado por otro libro del que supe hace poco. Uno de sus mejores traductores -en este caso al francés-, Jean Giono escribió Homenaje a Melville, a petición de su editor Gallimard. Le gustaría. De cómo un simple prólogo-semblanza para Moby Dick se transforma en una novela. En español ha sido publicado por Paidós, y es el intento por comprender de qué forma puede llegarse a escribir una obra así. Toda una declaración de amor literario. Como lo es la gran biografía que sobre usted escribió Andrew Blanco (Seix-Barral).

Por mi parte, y una vez revisitado Barleby, el escribiente en la traducción de Julia Lavid (Cátedra) y pese al ingente montón de libros que tengo pendientes (tantas novedades insulsas, aunque alguna vez salta la sorpresa, como es el caso de Giono), acabo de poner sobre mi mesa una de las ediciones de Moby Dick que poseo. En concreto la de Círculo de Lectores, traducida por José María Valverde.

Señor Melville, termino ya. Pero no quisera poner fin a esta carta sin darle las gracias por todo lo que escribió. Su vida pudo estar dominada por la zozobra, la galerna o el temblor, pero le aseguro que no fue en vano. Tengo la certeza de que Dios le ha recompensado con la lectura más atenta y solícita que ningún poeta o novelista puede desear para su obra. Reciba mi más cordial saludo.

sábado 18 de abril de 2009

Acuarela y júbilo


Antes de bajar la persiana
te entretienes con el parpadeo cromático
del húmedo asfalto de charol.
Neones y farolas engalanan la noche
y colorean la calle de un océano de ópalos
y semáforos en líquidas acuarelas
donde flotan los reflejos del tiempo que tú eres.
Y a la vez ese relámpago eterno,
el vértigo del alma, la lluvia
que empapa de Dios tu mirada.
Es un constante asombro lo que ves
en esos brillos de agua,
una filigrana de amor, un ímpetu
de oración que calla.

viernes 17 de abril de 2009

¿Cómo estás?



¿Cómo estás? ¿Quién? ¿Yo? Pues claro que tú. Voy tirando. Menuda respuesta. Es que voy tirando, sobrevivo. ¿A qué sobrevives? Pues a las inclemencias de la vida. ¿Cómo estás? ¿Otra vez? ¿Cómo estás de verdad? ¿De verdad? Pues claro. No me atrevo. ¿Por? Cambiemos de tema. No me da la gana. No diré nada. Claro que sí, lo estás deseando. Yo no deseo nada de lo que imaginas. Venga, desahógate un poco. ¿Contigo? Conmigo. Pero si apenas te conozco. Mejor todavía. Estoy bien, gracias. ¿Seguro? ¿Quieres que esté mal? Tú verás, no sé. Estoy bien, estoy bien. Si te empeñas. Soy feliz. Eso si que no me lo creo. Pero bueno, ¿quién te crees que eres? Buena pregunta. ¡Qué tipo más insoportable! Puede, puede. Déjame en paz. Te noto tenso. Estoy cansado. ¿De qué? De todo. ¿De todo? O de casi todo. Claro, la vida. La vida. Igual es la primavera. Igual. No me escuchas. No mucho, es cierto. Venga, dime, ¿cómo estás? Eres pesadísimo. ¿Qué es lo que más te cansa? El propio cansancio. ¿Cómo dices? No me hagas caso. ¿Qué es lo que te cansa? ¿La verdad? ¡Por fin! Darme vueltas a mi mismo en la espiral de la molicie. Que si tú, que si tú, que si tú. Eso. Lo tuyo, tus cosas. Sí, lo mío, mis cosas. Pero si eres feliz, lo has dicho antes. ¿Lo he dicho? Palabra. A ratos lo soy. ¿A ratos? Cuando salgo de mí. ¿Y quién se queda en ti? Dios. ¿Compensa? Desde luego que sí. Hay gente que piensa que Dios es un cuento. Pues es un cuento extraordinario. ¿Lo has leído? Es lo que intento. ¿Cómo? Escuchando. ¿El qué? Su voz. Vaya. Y admirando. ¿El qué? Su amorosa providencia. ¡Qué espiritual te pones! No preguntes. Pregunto. ¿Para qué? Soy curioso. Bueno. ¿Y qué hace Dios? Cosquillas en el alma, no te fastidia. En serio. Hace y deshace. Explícate. Ama. ¿Y? Resucita. Eso lo sé, sale en la Biblia. Digo que me resucita a mí. ¿Cuándo? Ahora. ¿Ahora? A cada momento. ¿Qué sientes? Ternura. Si tú lo dices. Lo digo. ¿Es real? Como el tacto de estos libros. ¿Cómo lo definirías? ¿A Dios? Sí. Imposible. Venga. Eres un mentecato. ¿Qué te sugiere? Alegría. ¿Sólo? ¿Te parece poco? No, pero di otra cosa. Amigo. Más. Misericordia. Más. Belleza. No está mal. No. ¿Notas de verdad su presencia? Sí, aunque a veces la pierdo. ¿Por? Por lelo al cuadrado. ¿Y qué haces? Me pongo de rodillas. ¿Y? No te incumbe. Está bien, está bien. Me voy. ¿Sigues cansado? Pues sí. Ya te digo, es la primavera. La vida. La vida. A Dios. Hasta luego.

jueves 16 de abril de 2009

Viejas lecturas y viejas editoriales



Son libros que de repente te encuentras en tu casa o en el rastro o en una biblioteca pública o privada. Libros con los que pasaste horas, leyendo en la cama, en un parque o en clase, a escondidas del aburrimiento supremo de las ciencias naturales o de las matemáticas. Por debajo del pupitre, sobre tus rodillas. Lo malo era cuando de repente sonaba tu apellido y te pillaban en plena faena con esa cara de pasmo. Susurrabas a los compañeros colindantes: “¿qué quiere, qué dice?”. Y balbuceabas cualquier excusa sobre tu estómago. O decías el archisabido “¿puede repetir?”, para ganar tiempo y esconder el libro en un rápido movimiento de manos. Lo peor era si se caía al suelo. “¿Te parece bonito Urbizu leer una novela en plena clase?”. Pero tuve suerte, hoy me doy cuenta. Mis profesores del colegio eran buena gente. Creo que se ponían en mi pellejo y se reían por dentro. Pese a la aparente fiereza de sus rostros, que lograba que estuviera más muerto que vivo y me temblara hasta el mismo miedo. No aprendía la lección, y nunca mejor dicho. Persistía en esa inclinación que algunos consideraban insana. Y hasta ahora. No había tiempo que perder. Había que leer, leer, leer…

Ay, las viejas lecturas. Aquellos libros que llamaban tu atención por razones que no te explicas. Editoriales desaparecidas. Escritores a los que te has mantenido fiel. Librerías inimaginables con precios desconcertantes que ya nunca se han vuelto a repetir. No se me olvidará cuando en una de esas librerías descubrí un auténtico botín en un estante a ras de suelo. Libros de literatura clásica a 5 pesetas. En buen estado, tras una espesa capa de polvo. Compré diez. Ay, las viejas lecturas y los viejos libros. Estos días me he encontrado con varios. La Historia de Alejandro Magno, de Quinto Curcio Rufo, en la editorial Iberia. Me gustaba su sello: una rata de biblioteca royendo la página izquierda de un libro abierto. De esta historia de Alejandro recuerdo sobre todo dos cosas: que la leí de noche y que cuando la concluí -y desconozco el motivo- me puse a leer Almas muertas, de Nicolai Gogol. Otro título: una antología del Diario que con diferentes altibajos fue escribiendo mi bienamado Papini desde 1916 hasta 1953. Dicha antología de textos la publicó en 1964 la editorial Mateu. Papini es un escritor casi desconocido en España para las nuevas generaciones. Tuvo su momento, pero se acabó. Espasa recuperó en 2001, en su colección “Relecturas”, su magistral novela Gog, pero aún estoy esperando una apuesta mayor. Como está sucediendo con Chesterton, sin ir más lejos. El 29 de marzo de 1945 escribió: “La más grande novedad, hoy día, sería un libro que recondujera a los hombres al camino de la alegría”. Y yo no veo otra opción que el Nuevo Testamento. Dicho Diario me entusiasmó, como casi todos sus libros. En un traslado perdí una vieja y querida edición en Planeta de El Juicio universal.

Una de las mejores novelas jamás escritas es desde luego Ana Karenina, de León Tolstói. Yo la descubrí con 16 años. Como solía hacer con frecuencia, mis pasos me llevaron de nuevo a la librería Hesperia. Era agradable pasar allí un buen rato, hurgando sin parar y sin que nadie te dijera nada. Me sabía los estantes de memoria. Y cuando podía me gastaba en libros lo que otros se fundían en bares, futbolines o billares. Y salir triunfante hacia la plaza y sentarte en un banco y leer toda la tarde o un rato. Allí estaba Ana Karenina, en la editorial Zeus, en dos preciosos volúmenes. Y un día me decidí y la hice mía. Y todo esto de las viejas lecturas y las viejas editoriales ha venido a cuento de que me he topado con los seis volúmenes de las Memorias de la Segunda Guerra Mundial de Sir Winston S. Churchill que editó Plaza y Janés allá por 1965. ¡Qué valor tuve! Leí todo aquello con un furor lector que hoy todavía me asombra. Con decenas de fotografías en blanco y negro que parecían cobrar vida en su trágica historia. Destructores y acorazados, aviones, tanques, batallas, metralla, barro, bombardeos, mapas, desfiles y retratos. Tantos hombres y mujeres muertos, tanta sinrazón y sufrimiento. De aquella lectura pantagruélica sólo queda la ceniza del tiempo. Y la esperanza que es siempre la vida. Y el siguiente libro.

miércoles 15 de abril de 2009

De vacaciones y sus menesteres infantiles



Hay juguetes en el sofá. ¡Como te vea tu madre verás! Con lo que cuida ella las cosas. Date prisa, escóndelos detrás de esos libros nuevos. ¡Ay como te vea tu padre! Pero no lo verá. Ya lo conoces, estará con algún poema o contando las nubes. Aparca los coches debajo de esa mesa del salón, corre. Y pon también a los soldados. Que refuercen la guardia hasta que pase el peligro. Si quieres puedes dejarlos entre las flores secas de ese jarrón de porcelana. Pero ten cuidado, no rompas nada. Diles a tus hombres que no hagan ruido, por lo que más quieran. Hay que ser cautos y muy prudentes. Chitón, parece que se acerca alguien. ¿Quién anda ahí? ¡Psss! Ni respires… ¿Quién será? No te puedes fiar de nadie en estos momentos. Y digo bien: de nadie. Ah, falsa alarma, era sólo tu hermana que ignora el peligro de lo que pasa. De milagro no ha sido herida. Por despistada. Toma posiciones. Díselo a la Masa y a los samurais y a los ninjas. Las fuerzas especiales en los marcos de los cuadros y en la tierra de las plantas. Camufladas. No, en la bañera no, ni en los lavabos. Los aviones listos para despegar al primer aviso. Y tus armas al cinto, no las dejes en las estanterías y menos en la cocina o encima de las camas. Si las ve tu padre las confiscará por tiempo indefinido. O peor: es capaz de olvidar donde las ha escondido. O el peligro mayor: que las tire. Además puedes necesitarlas cuando menos lo esperes. Ya sabes que el enemigo acecha y no descansa nunca. Tiene espías que vigilan hasta lo que piensas. ¡Psss! Calla, no te muevas. Quieto ahí, a la vuelta del pasillo. Pégate a la pared… Uf, por muy poco. Pero no te han visto. Aprovecha para enviar refuerzos a la vanguardia y distribuye la ración de chocolate con galletas entre los hombres. ¡Cómo te admiran! Y no es para menos. Confían en ti porque juegas con ellos. Que muevan el culo, que miren por todas partes. ¡A cubierto, a cubierto! Y después ¡a por ellos! Sin tregua. Sois invencibles.

martes 14 de abril de 2009

Literaturas y demás



Siempre he oído que con el tiempo gusta más releer. Pero sucede que hay que tener ojo con ese gusto. O regusto. Hay libros que con veinte años te parecieron el novamás y cuando vuelves a ellos te dejan frío y te quedas renqueando por la página cien. Si llegas. O en la cuneta de algún verso en falso o en la decimoquinta estrofa de un canto que dura demasiado. Me ocurrió hace no mucho con Ernst Jünger y su Tempestades de acero. Y con Cien años de soledad (lo he querido releer porque me enganchó el ensayo De Gabo a Mario, de Ángel Esteban y Ana Gallego). Y con la poesía de Byron. En concreto su Don Juan. Nada menos. O la última vez que intenté releer enterito En busca del tiempo perdido. Pero está visto que hay hazañas que sólo son para una vez. Y que después tienes que conformarte con paladear algún que otro capítulo. El caso es que volví a leer la primera parte de la novela de Proust, “Por el camino de Swann”, pero reconozco que terminé exhausto y con ganas de cierto ayuno literario. Lejos de revistas y catálogos, de novedades y comunicados culturales. Lejos, en definitiva, del mundanal ruido intelectual. ¿Solución? Podría haber leído a Simenon (no es mala cura) o las Leyendas de Bécquer o los Cuentos de Nabokov, que me parecen formidables. Pero no. Me compré el diaro deportivo "Marca" durante una semana y me hice con algunos cómics de La Masa y El Capitán América. Y volví hecho un tarzán (a propósito, son muy pocos los que se toman en serio las aventuras del hombre mono escritas por Edgar Rice Burroughs y que edita Edhasa), y dispuesto a trajinarme las últimas diez novelas indispensables de la década. ¡Seremos petulantes! También ocurre al revés. Libros que con veinte o treinta años te parecieron de lo más cansino (en aquellos años terminabas de leer todo lo que se ponía a tiro, desde Mi vida, de León Trosky, hasta la Poesía completa de Campoamor) y que hoy cuando vuelves sobre ellos por culpa de alguna reedición -o por algún feliz reencuentro- te llevas la gran sorpresa. ¿Ejemplos? La obra de Juan García Hortelano (Lumen) o la de Blanca García-Valdecasas (Ciudadela) o Chateaubriand (Acantilado y Ciudadela) o Giovanni Papini, o Mario Benedetti (Galaxia-Gutenberg). Y luego están los libros que todos en alguna ocasión hemos confesado haber leído y releído por mantener la pose. Cosas de la vanidad y de la presunción. La estupidez humana que nos afecta a todos y que Balzac describió a la perfección. ¿Es verdad o no? ¿Quién se atreve a decir que no se ha leído La Divina Comedia o los Ensayos de Montaigne o los Cantos Pisanos de Ezra Pound o el Ulises de Joyce? ¿Quién? Confesión de parte: del libro del Dante me queda pendiente el Cielo, y caigo en la cuenta que no debe ser casual; los Ensayos de Montaigne creo que los tengo leídos completos, pero siempre a pequeños sorbos; respecto a los Cantos de Pound, completos he leído sólo cuatro o cinco -siempre en la edición de Cátedra-, aunque su teoría económica sobre la usura puede resultar de lo más actual; y el despliegue verbal -farragoso en muchas de sus páginas- que es el Ulises de Joyce lo leí justo después de la Rayuela de Julio Cortázar. No se me olvidará. Por entonces decía que sin lugar a dudas era mejor la obra de Cortázar. Y lo sigo sosteniendo. Reconozco que Joyce me parece uno de los escritores más soporíferos de la literatura universal. Con permiso de los puristas y de los hipócritas revenidos. Con la edad aprendes a valorar más lo que piensas de verdad. Y la poesía de Antonio Machado. Aunque no siempre nos atrevamos a decirlo. Yo, de momento, voy a ver si concluyo Mala tierra, de María Vallejo-Nágera (Ciudadela) y Hacia otro verano, de Janet Frame (Seix Barral).

lunes 13 de abril de 2009

Evocación de las cosas




Cuando me dispongo a leer un libro de Gilles Ménage, una serie de objetos me han ido llamando sucesivamente la atención, se han ido adueñando de mí. Y he pasado una mañana de lo más contemplativa, en una constante evocación. ¿Pérdida de tiempo? ¿Y qué no lo es? Todo es pérdida y todo es una ilusión. Un pasar el rato, un único paseo por la vida y sus alrededores. Vamos, que no tengo dolor de conciencia por demorarme en las cosas que forman parte de mí, de este yo tan precario en el que soy feliz a pesar de mí y de mi yo. Soy lo que veo y el recuerdo de lo que vi. Soy lo que amé y lo que amo mientras miro estos objetos que me acompañaron cuando conjugaba el tiempo siempre en futuro. O de modo subjuntivo, cuando todo estaba por hacer, cuando todo era un deseo puro por el que me desvivía. Y la felicidad más alta era encontrar un sitio donde comenzar a leer el libro que me acababa de comprar. ¡Qué sencillo parecía todo! Sentado al sol, allí. No miraba el reloj. ¿Para qué? Y ahora, sin embargo, al cabo del tiempo sólo soy mi propia elegía, o un poco de memoria. Y me tengo que conformar con estos objetos que fueron testigos de mí. Objetos que seguirán siendo después de mí. Por eso los escribo: para sentirlos más cerca, para sentir que todavía estoy allí. Y aquí. Para que alguien cuando me lea los vea en el interior de la luz o de la noche. Contemplo la mesa de ajedrez de alabastro, donde me inventaba jugadas absurdas y donde tantas veces me hacía trampas. (Como luego ha resultado ser una buena parte de mi vida). El cromo de chocolates Orús que representa la partida del Nautilus hacia el Polo Norte. ¡Cómo no hacerse a la mar con ellos, pertrechado de las mismas esperanzas e ilusiones, con vestidos de pieles y aquellos espléndidos perros esquimales! El viejo tocadiscos donde escuché por primera vez a Mozart y a los Beatles. Y el reló -como diría Pedro Salinas- de mi abuelo, parado a las cinco menos diez, no se sabe si de la tarde o de la madrugada, cansado de tantos días y ya sin dueño al que decirle la hora del café. Toda la mañana en estas cosas, en estos objetos que puede que otros después que yo tiren sin más a la basura.

domingo 12 de abril de 2009

¿Cambia algo con el cambio de gobierno?



Lo que se dice cambiar no creo que cambie mucho. Sí, otros nombres y apellidos (puede que de relumbrón en su partido) y el pago de algunos favores pendientes antes de que todo el tinglado se vaya al garete. Porque esta legislatura huele a quemado y a cosa hecha. Mejor dicho: a cosa no hecha. En barrena. Esa es la sensación del observador más imparcial. Incapaces de dinamizar la ilusión ciudadana. Se les están yendo de las manos los problemas. No basta con estar en el poder. Hay que estar… y saber. En política internacional somos unos descarriados que vamos dando tumbos escasos de idiomas y erre que erre con la teórica de las civilizaciones y disimulando las tropas que irán a Afganistán. En política nacional cada vez más solos con su talante, con Zerolo y Cía (los de las cejas), y haciendo como que hacen y demás estereotipos. Lo de siempre vamos. En política económica pidiendo árnica y cariño y paciencia que todo pasa (ay, esos sindicatos que, aparte de seguir el ritmo de la internacional a estas alturas, están sospechosamente quietos) y sin atreverse a gestionar la crisis recortando gastos, como todas las familias con dos dedos de frente. En política social pues ahí estamos, con el aborto y la eutanasia dando caña, y con la educación en la entrepierna y el drama creciente del paro, y soltando baladronadas contra la derecha insolidaria, esa pandilla de pijos que no sienten la pobreza. En política cultural pues tanto da, repartiando subvenciones a los amigos artistas y demás galimatías. El cambio de gobierno en realidad es para que todo siga como estaba, pero sin que se note tanto la ineficacia. El señor Zapatero está amortizado hace ya mucho tiempo. Lo que ocurre es que ahora se aproximan las elecciones europeas y hacía falta sacar un poco de lustre a las mismas palabras y rebocar un poco la fachada. Es lo que les preocupa. El susto no puede ser excesivo. Falta resuello y faltan ideas. Falta decisión y falta conocimiento. El talante se tambalea y sólo se oye el eco. Va a ser ministro hasta don José Blanco. ¿De qué? ¿Acaso importa? Es la señal inequívoca de un fin de época.

sábado 11 de abril de 2009

Nostalgias





Has vuelto a ver las cosas con aquellos ojos
de geranios y quintaesencias.
Leías Dios ha nacido en el exilio de Vintila Horia,
y leías las novelas de Baroja y la poesía
de Juan Ramón, el de la rosa.

Luz de espacios infinitos,
cuando creías en la eternidad del mar
y la existencia era todo claridad.

Leías hasta que las palabras se desvanecían
en el último rescoldo del día.
Y la noche resplandecía en silencio.

¿Dónde florecen ahora los geranios?
¿Qué queda de los sueños que fuiste?

viernes 10 de abril de 2009

La gloria del Viernes Santo



Redoble de tambores y timbales. Viernes Santo. La tierra se estremece por la muerte de Cristo. El Gólgota está en la calle, y está en el corazón de todos los hombres, aunque lo desprecien y escupan a Su paso. Cristo muere. Son las tres de la tarde. Redoble. Se derrumban los pecados entre un ruido ensordecedor, que sangra. Vibran las almas y las casas. Y tiemblan las llamas de las velas y los soldados y los niños y los siglos. Avanzan los pasos. Despacio. Un sonido de clarines. Y un silencio de lágrimas. Dios humano. Hombre divino. El incienso asciende hacia los balcones y ventanas. Los ojos fijos en Su rostro desfigurado. Un rostro tallado por el amor. Un rostro que no ha muerto, que está vivo. Duele verle así, tan desnudo, tan herido. Un golpe de tambor, una voz que reza. ¡Dios mío! Se escuchan las toses y el relincho de un caballo. La cruz es mi vida. Y el Crucificado. Se encienden unos faroles de plata. Redoble de tambores y timbales. Viernes Santo. La redención de mis pecados. El Cuerpo de Dios entregado, fulminado, enamorado. Cada herida es un lucernario, un resplandor de gracia. “Él vivifica nuestro aliento” con Su último aliento. Mi propia vida pasa por Su pasión, por Su agonía, por Su muerte. Camino de la resurrección, de la eterna alegría. Pero antes es la noche y es el Calvario. Antes es el sufrimiento y es la soledad y es el escarnio. Coronado de espinas, rey de dolores. ¿De verdad era todo esto necesario? ¿Tanto nos quieres? Pasan los pasos… Avanzan los cofrades. Despacio. Víacrucis, penitencia, comunión, misterio, suspiros. Son pocos los que le siguen, porque cuesta ser hechura divina y amar el menosprecio. Viernes santo. Costaleros de Dios, estandartes del cielo.

jueves 9 de abril de 2009

El último verso de un poema es el comienzo de todo



Después del último verso de un poema está el comienzo y está la mirada que se recoge hacia dentro. Es la culminación inspirada y es cuando el lector toma el relevo y la iniciativa. El último verso es el nexo entre la revelación del misterio y la escucha del alma. Ahí, en esas pocas palabras, está el clímax de una vida, o la expectativa, o el desahogo, o la esperanza. Está la idea con la que se queda el lector, la síntesis del dolor, el eco de una pasión o un trazo de belleza. Terminas de leer el poema y cierras los ojos. Sabes que en realidad no termina nada, que después del último verso sientes la ebullición de algo que no sabes explicarte bien, pero que está allí: en tu interior. No es una reflexión, ni una ficción. Es la sed que tenemos, el anhelo de trascender la fonética de nuestras vidas y la materia y las ruinas del tiempo y sus delirios. No es sólo filología de lo que se trata. Si sólo fuera eso la poesía habría dejado de ser hace muchos siglos. El último verso se prolonga en el temblor del aire, en la fragua del cielo o en el asombro de los sueños. Por eso me ha extrañado tanto leer a Joseph Brodsky en su libro Menos que uno, que “después del último verso de un poema no hay nada, salvo la crítica literaria”. Y no acabo de entender está postura tan nihilista en alguien como él. Después de un poema queda toda una aventura espiritual, quedan multitud de relecturas y perspectivas. En una palabra: queda todo. Cada lector descubre un matiz nuevo a cada lectura. La crítica literaria desmenuza el lenguaje, el estilo, las cabriolas de los signos, las influencias, los distingos… Pero lo que el lector quiere de verdad es hacerse con el alma, con la vida que nace después de pronunciar la última palabra. El poema empieza justamente ahí, cuando parece que termina.

miércoles 8 de abril de 2009

Era feliz sin nada




¿Qué he soñado esta noche?
Era algo alegre. Iba
y venía por el aire.
Pero todo se queda ahí:
en el aire. ¿Qué era?
¿Dónde estaba yo mientras soñaba?
Quizá seguía a las nubes
o a la música de un violín que sonaba.
Era feliz sin nada. Volaba.
¿Qué miraba desde la altura?
¿Quién sostenía mi mirada?

martes 7 de abril de 2009

Estás vivo, piensa


Para Cristina García, por su fe viva

Cuando paso cerca de un hospital hay algo que me conmueve. Siento el dolor de las personas y siento que en ese preciso instante tal vez una mujer o un hombre -o quizá un niño- irremediablemente se muere. ¡Se muere! Y ante esa circunstancia real, que sucede apenas a unos metros de nosotros y de nuestros desquiciados avatares, la luz adquiere un tono distinto y mi vida se interroga por la muerte (porque un día seré yo el que se muera, o tú, querido lector, que miras a otra parte). Cuando paso cerca de un hospital me adentro por sus ventanas y miro el alma de la gente que está allí, postrada en la cama o sentada en uno de los últimos rincones de su vida. Sufriendo quizá de soledad y con la mirada fija en el crucigrama o en el suelo, o en la nada del brillo de la televisión. Lágrimas furtivas, medicinas, cicatrices, oxígeno y máquinas que rastrean sin cesar el corazón y el cerebro. Y el alma a solas tantas veces, tantos días… A tientas. Cuando paso cerca de un hospital rezo. No me queda otro remedio que decirle a Dios que no nos deje solos, que no haga ascos de nuestras miserias y oprobios. Que cuando se cruce con nuestro olvido nos diga al oído: “estás vivo, piensa”. Y yo quiero pensar con más tino, sin especulaciones rudimentarias, sin estrabismos del habla. ¿Quién me ha dado la vida? ¿Por qué sobrevivo a la tristeza de mi mismo? ¿Estoy de verdad vivo o me afano en una larga agonía disfrazada de cuento o de egoísmo? Cuando paso cerca de un hospital me conmuevo, es cierto. Y pienso. Y rezo. Y quisiera que las cosas fueran de otra manera. Empezando por mi vida, que se muere con frecuencia en la secuencia de los años. ¡Dios, haz que volvamos a nacer de nuevo!, que renazca el alma de cada uno. Y vivamos.

lunes 6 de abril de 2009

¿Y cómo digo el alma?



¿Abuso de la palabra alma? Pero entonces, ¿cómo digo el alma de las cosas?, ¿cómo escribo de las almas sin llamarlas por su nombre?, ¿cómo describo la belleza cuando es el alma quien la contempla embebida?, ¿cómo hacer mención de lo que amas si estás enamorado de su alma?, ¿cómo entender sin alma el sentido de la muerte y de la vida?, ¿cómo enciendo las palabras sin el fuego del alma?, ¿cómo concebir sin alma la alegría?, ¿cómo creo en la poesía si prescindo del alma?, ¿cómo miro su cuerpo si lo desnudo del alma?, ¿cómo indago en la nieve o en la lluvia o en el mar si mis dedos no acarician su alma de agua?, ¿cómo hago para ser feliz (o intentarlo) si de un plumazo dejo el alma a un lado?, ¿cómo ser hombre si mancillo el alma y me olvido de ella?, ¿cómo pensarme sin alma y no volverme loco en el acto?, ¿cómo querer a los demás si no comparto con ellos mi alma?, ¿cómo seguir leyendo si destierro el alma al olvido?, ¿cómo transformar el mundo si no escribo una y mil veces alma, alma, alma, hasta llegar al mismo centro de todo?, ¿cómo zanjar el alma cuando es ella la que sueña mis sueños y vive mi vida? Decidme, ¿cómo respiro si el alma está fría?, ¿cómo hablo con Dios cada día si el alma está muda?, ¿cómo llamar literatura a las palabras solas, sin un alma que viva en la tinta?

domingo 5 de abril de 2009

La política se les nota a los políticos en la cara



Me preguntan por diversos avatares de la actualidad. “¿Qué tal ves a Rajoy?”. Respondo con un escueto “no lo veo”. “¿Qué opinas del G-20?”. Y me ponen en un aprieto. “¿Qué te parece el próximo cambio de gobierno en el País Vasco?”. Aquí digo lo de siempre: “¿desde cuándo unos son más vascos que otros?”. “¿Crees que resistirá Zapatero?”. Soy rotundo: “resistirá hasta que le demos una democrática patada en el culo”. Igual es que piensan que estoy al cabo de la calle de confidenciales o rumores de muy buena fuente. Y se equivocan de medio a medio. Porque me pillan releyendo otra vez Mendel el de los libros, de Stefan Zweig, la historia de ese judío ruso que pasó casi cuarenta años leyendo -“como quien reza”- en el café Gluck de Viena. Orientando con su poderosa memoria sobre cualquier tipo de consulta bibliográfica. Y también me pillan atento al corazón de mi padre y a los exámenes de mis hijos. ¡Qué gozo hablar con Cristina del Quijote y recitar juntos estrofas de Manrique! Me pillan en otra historia, la verdad. De la política me interesan cosas digamos en apariencia tangenciales. Como la belleza de Arantza Quiroga, la recién elegida Presidenta del parlamento vasco. Ese rostro me ha impactado de lleno, lo confieso, y me dice mucho más que veinte congresos plenarios de su partido -con sus correspondientes conclusiones y alegatos- o un centón de mítines o promesas electorales que se lleva el viento. Esta mujer transmite confianza y valor en la batalla que les espera. (Como me ocurre con María San Gil, tan admirable). Hace tiempo que dejé de tener dudas: la política se les nota a los políticos en la cara. En la cara dura o empedrada o avinagrada de algunos, por supuesto. Los retorcidos y mentirosos compulsivos y nacionalistas abisales suelen ser feos tirando a muy feos. O feas, tirando a malcaradas. Sus gestos son adustos y la mirada turbia. Hace no mucho vi por televisión a Arantza, y tras ella se destapó un tal Eguibar, que recuerdo de monaguillo de Arzallus. ¿No era el que decía que ETA era una fuerza política? ¡Qué diferencia! Y es que el racismo no es bueno para el alma. Vamos, ni para el alma ni para hacer la digestión en condiciones. Sí, se les nota en la cara la cizaña. Las cejas se encrespan, en los labios hay un rictus crónico de parodia, la nariz es una ironía y los ojos escuecen de amargura. Por eso el contraste es más evidente y la belleza de Arantza Quiroga es parte de nuestra esperanza. En sí misma -y sin desdoro de su aguda inteligencia, a la que va unida- todo un valor político. Y todo un gusto para el que suscribe. Yo confío en ella: por guapa y por valiente. Por esa alma buena que se adivina en su mirada.

sábado 4 de abril de 2009

Unas margaritas blancas

Un pequeño detalle, nada, unas margaritas blancas encima de la mesa. Sé que cuando terminas de hacer la compra te paras siempre allí, donde las flores. Y eliges una maceta entre todos los colores. Resulta entrañable verte acariciar las hojas, las corolas, los estambres. Uno a uno pasan los pétalos por tus dedos, y tu mirada se pierde en el jardín de tus sueños. Me hablas de él muchas veces. Con el tiempo varías su diseño, su extensión, su constelación de aromas y plantas. Y yo lo tomo como una forma de desahogo, o como -perdóname- cosas de mujeres. Pero he aprendido a darme cuenta que ese jardín es mucho más que eso y es mucho más que un sueño. Es parte de ti. Sin él estás incompleta. Sientes que en tu alma crece la hierba e infinidad de flores silvestres. Por ella trepan la hiedra y las clemátides y las glicinias. Lo veo en tus ojos mientras acaricias claveles y camelias. Me acerco a ti y tu cuello -¿o es tu pelo?- huele unos días a jazmín y otros a melisa, o es que me lo parece. Y vuelves siempre donde están las margaritas. Te gusta su sencillez despreocupada, esa elegancia despojada de hechuras solemnes. Como tú, pienso. Y las compras. Lo que no sabes es que en casa, cuando estoy solo, las traigo cerca de mi escritorio, o las pongo en el suelo al lado del sillón donde leo. Un pequeño detalle, apenas nada. ¿Qué son unas margaritas blancas en el mundo que vivimos? ¿Qué significan para ella? ¿Y para mí? ¿Son signos de una realidad nueva? ¿Son el estribillo de la pureza y de la poesía que renace? No son sólo lo que veo. De eso estoy seguro. Y a pesar de que sus pétalos se desprendan del tiempo creo que estas sencillas flores son inmortales. Como nosotros.

viernes 3 de abril de 2009

Ante el Cristo


Todo es santo en el secreto
("En secreto", de Nelly Sachs)


Unas flores que desconozco al pie del Cristo.
El rojo se desangra
sobre el naranja de unos pétalos
trenzados de verde.
Se mueve la llama
en un estertor de llagas infectadas de odio.
Tres clavos destrozan tendones,
arrasan venas y pecados,
trituran los nervios de Dios, en el espasmo
de dolor que es la historia.
Duele ver el relieve de esas costillas
desnudas y percutidas por los hombres,
duele ver la soledad de esta capilla en penumbra.
El retablo es muy simple: la pintura
sucia de la pared. La bóveda
es de corcho y las columnas de brillantina.
Y tengo que inventarme las vidrieras
con lágrimas que no ve nadie.
No hay mármoles ni oros, no hay orfebrería
ni cuadros ni primorosas tallas sagradas.
En el siglo XXI para Dios siempre es lo más barato,
lo que no cuesta, el garabato de una belleza
y de un amor repujado en excusas manieristas.
De plástico las flores y el suelo y las imágenes
huecas de los santos (cuando no unas fotocopias).
Los bancos ya no se arrodillan
y van desapareciendo los confesionarios con rejilla
y los confesores que nos absuelvan otra vez de la tristeza.
Los cristianos manoseamos a Dios con desidia
y se nos hace muy aburrido su trato. (Y sin embargo
entramos en trance delante de cualquier lascivia).
¡Qué eterna se hace la misa! Y la vida
cuando dejamos de mirar a Cristo.
Este mismo Cristo que sangra por mi alma,
esclava de inverosímiles liturgias.

jueves 2 de abril de 2009

“Todos los caminos están abiertos”, de Annemarie Schwarzenbach



La literatura de viajes nos ha dejado verdaderas obras maestras. Comenzando por El libro de las maravillas, de Marco Polo (Anaya) o Ébano, de Ryszard Kapuscinski (Anagrama) o la estupenda Anábasis, de Jenofonte (Anaya o Gredos), discípulo de Sócrates y uno de los autores más modernos que conozco, junto con Cervantes. Desde el libro del Éxodo de la Biblia, pasando por La Odisea de Homero y llegando a Los mares del Sur de R. L. Stevenson, todos los lectores hemos disfrutado de nuevos paisajes y desafíos, de pueblos desconocidos y costumbres remotas. Hemos viajado con ellos por caminos exangües, por desiertos donde la luz es de arena amarilla, por cordilleras de abismos insondables. Por selvas y mares, por enigmas y misterios, por infinitas estepas y caudalosos ríos. El lector de libros de viajes no se resigna a ser un alma sedentaria, a estarse quieto en el tedio que nos abruma la vida por momentos. Quiere tomar impulso y no resignarse a una voluntaria ceguera, a morir sin vivir a espuertas. Ver, mirar, contemplar, ser testigo de mil y un prodigios. Es la aventura de encontrarse a si mismo durante el trayecto, en las dificultades y en el descanso, en las estrellas y en los sueños.

La escritora Ella Maillart ya sabía de todo eso. Gozaba de una amplia experiencia viajera. Y le propuso a otra joven mujer indómita -aunque sojuzgada por la adicción a la morfina- nada menos que un viaje hasta Afganistán. Esa mujer era Annemarie Schwarzenbach (Zúrich 1908-Sils, Engadina, 1942). Su vida había sido realmente movida. Mujer de amplia cultura -historiadora y arqueóloga-, había recorrido ya medio mundo como reportera. Y era una afamada escritora, muy dotada para la descripción de la mirada. Todo ello lo va a percibir enseguida el lector en este delicioso libro de viajes que es Todos los caminos están abiertos, publicado por la exquisita editorial Minúscula. Que ya en 2003 publicó, de la misma autora, Muerte en Persia. No menos interesante. Y esperemos sigan traduciendo y publicando el resto de sus títulos.

El caso es que Schwarzenbach se dejó convencer muy pronto (se sentía muy atraída por volver a visitar aquellas tierras inhóspitas de Asia) por Ella Maillart. Y comenzaron los preparativos. El dinero, el coche adecuado -“un Ford Roadster de lujo de dieciocho caballos”-, las viandas, la ropa, el material de filmación y fotografía, el estudio concienzudo de las rutas, etc. Salieron de Ginebra el 6 de junio de 1939. Dos mujeres solas cruzando Turquia, Persia (Irán) y llegando a Afganistán. En la página 35 y siguientes la autora deja muy claro lo que es para ella el viaje: “(…) el viaje se me presenta no como una aventura y excursión a parajes extraños, sino más bien como un reflejo concentrado de nuestra existencia”. Y sigue escribiendo unas líneas más allá: “Durante el viaje, la realidad va cambiando de cara con las montañas, los ríos, la arquitectura de casas y jardines, la lengua, el color de la piel. Y la realidad de ayer arde aún en el dolor de la despedida”.

Llegan a Estambul y al Bósforo, a las tierras del Turquestán, al mar del Mármara, al monte Ararat, al Éufrates… La nostalgia está muy presente en ella. Se le hace muy duro la posibilidad de ver las cosas por última vez, como si fuera todo un anticipo de la muerte. Y de por medio rasgos etnológicos, paisajísticos, religiosos, reflexiones diversas (importante la defensa de la mujer embutida en el chador, constreñida su libertad y su belleza), recuerdos, atisbos de felicidad y no poca autobiografía de la propia alma. Por ejemplo: “(…) me sentía agotada por el calor, cuando una joven campesina me acercó a los labios un jarro de agua. Pues así somos, nos deleitamos con perlas, con el azul del mar, con una hora de paz pese al fragor de los incendios, y hacemos caso omiso de campos de escombros, para aprender todos la misma oración: Señor, ayúdanos a soportar esta vida…”.

Herat, el Hindu Kush, Kaisar, el Oxus, Istalif, Ghazni… “Los nombres son algo más que denominaciones geográficas, son sonido y color, sueño y reminiscencia, son secreto y magia”. Como los hombres. Somos mucho más que mentiras y rutina y nostalgia y carne. Somos también sonido y color, sueño y reminiscencia, secreto y magia. Y lo repite por si quedaba alguna duda: “Me queda la magia, el nombre, el corazón maravillosamente conmovido”. Somos el paisaje del alma, y el viaje hacia el interior de la realidad que vemos. Un magnífico libro -traducido pulcra y acertadamente por María Esperanza Romero- compuesto de artículos que a manera de diario de ruta fue enviando al Nacional-Zeitung. Yo no me lo perdería. Para ir abriendo camino.

miércoles 1 de abril de 2009

Mañana de abril




Mientras hago la cama pienso
en los pliegues de mi vida.
Pienso en la superficie del alma
que nadie alisa.
Estiro, estiro con fuerza las sábanas y la entraña
del aliento de los días.
Trazo las horas con tiralíneas
por si dan más de si las pupilas.
Pero siempre queda alguna arruga, alguna tristeza.
Vuelta a empezar. Lo deshago todo con prisa.
Sacudo al aire las violetas
una vez más, hasta que quedan lisas
en su íntimo aroma de noche y seda.
Paso la mano por ellas y por el embozo
de los sueños y de los años.
No está del todo bien mi vida, lo sé,
ni están perfectas las sábanas.
Pero los brocados del tiempo
cubrirán con su colcha el remolino del recuerdo
de los cuerpos ebrios de música.
Ya está la cama hecha. Ya están
las palabras dispuestas. Miradlas
en esta mañana de abril recién amanecida.
Mirad cómo se extiende su luz sobre la cama,
sobre mi vida exhausta de leyendas.