Bienvenidos

Reflexiones, poemas, escorzos de vida, fe de lecturas, noticias de amigos... No pretende ser un desahogo, más bien un diálogo. Un demorarme en el resplandor de nuestra existencia. Y en su literatura.


lunes 10 de agosto de 2009

El sauce





Catarata de verdor y brisa...
Música
de hojas. Enjambre estival
de luces y sonidos.
Quietud de cuerpos, hilos
de savia. Historia de mi vida:
sombras. Acuarela
de ramas que descienden hacia el cielo
que se mira en el agua.
Serena umbría, nostalgia,
dulzura, esperanza...
Símbolo de los días, temblor de la belleza.
De la tierra nace, del tiempo
que germina en el firmamento
y es la verdad de mi destino.
Un murmullo de Dios
en mis oídos. Esta cadencia
que seduce por completo al alma.

14 comentarios:

Trenaluna dijo...

...escucho tus palabras y lo veo...
Ahí está majestuoso, con esos tintes violetas por detrás como emulando al alba con sus primeros destellos.
ahí está inventando con la pendiente de sus ramas la frondocidad del agua, como pincelando al lago, detallándolo o tal vez tallándolo; y el lago entonces es un capricho del sauce.
En mi destino también hubieron estos, "Los Llorones", así le dicen, y si los pienso allá me traen, en saltos de nostalgías, de aquellos saltos cuando los techos y tejados eran una pista de baile y yo de cara al cielo en esas danzas de brincos suaves, creía que los llorones de brisas eran los guardianes...

Angel dijo...

Como has puesto un sauce lloron. uno de los que más me gusta. Un fragmento del salmo 137 donde aparece.

Junto a los ríos de Babilonia,
nos sentábamos a llorar,
acordándonos de Sión.
En los sauces de las orillas
teníamos colgadas nuestras cítaras.
Allí nuestros carceleros
nos pedían cantos,
y nuestros opresores, alegría:
"¡Canten para nosotros un canto de
¿Cómo podíamos cantar un canto del Señor
en tierra extranjera?

Anónimo dijo...

El mar sus millares de olas
mece, divino.
Oyendo a los mares amantes,
mezo a mi niño.
El viento errabundo en la noche
mece los trigos.
Oyendo a los vientos amantes,
mezo a mi niño.
Dios Padre sus miles de mundos
mece sin ruido.
Sintiendo su mano en la sombra
mezo a mi niño.
G M

Anónimo dijo...

¿Adónde te escondiste,
Amado, y me dejaste con gemido?
Como el ciervo huiste
habiéndome herido;
salí tras ti clamando y eras ido.
Pastores, los que fueres
allá por las majadas al otero,
si por ventura vieres
aquel que yo más quiero,
decídle que adolesco, peno y muero.
Buscando mis amores
iré por esos montes y riberas;
no cogeré las flores,
ni temeré a las fieras,
y pasaré los fuertes y fronteras.
¡Oh bosques y espesuras
plantadas por la mano del Amado!,
¡oh prado de verduras
de flores esmaltado!,
decid si por vosotros ha pasado.
Mil gracias derramando
pasó por estos sotos con presura;
y, yéndolos mirando,
con sola su figura
vestidos los dejó de su hermosura.

Anónimo dijo...

Ay!, ¿quién podrá sanarme?
Acaba de entregarte ya de veras;
no quieras enviarme
de hoy más mensajero
que no saben decirme lo que quiero.
Y todos cuantos vagan
de ti me van mil gracias refiriendo,
y todos más me llagan,
y déjanme muriendo
un no sé qué que quedan balbuciendo.
Mas, ¿cómo perseveras,
¡oh vida!, no viendo donde vives,
y haciendo por que mueras
las flechas que recibes
de lo que del Amado en ti concibes?
¿Por qué, pues has llagado
aqueste corazón, no le sanaste?
Y, pues me le has robado,
¿por qué así le dejaste,
y no tomas el robo que robaste?
Apaga mis enojos,
pues que ninguno basta a deshacedlos,
y véante mis ojos,
pues eres lumbre de ellos,
y sólo para ti quiero tenerlos.
Descubre tu presencia,
y máteme tu vista y hermosura;
mira que la dolencia
de amor, que no se cura
sino con la presencia y la figura.

Anónimo dijo...

¡Oh cristalina fuente,
sí en esos tus semblantes plateados
formases de repente
los ojos deseados
que tengo en mis entrañas dibujados!
¡Apártalos, Amado,
que voy de vuelo!
Vuélvete, paloma,
que el ciervo vulnerado
por el otero asoma
al aire de tu vuelo, y fresco toma.
Mi Amado las montañas,
los valles solitarios nemorosos,
las ínsulas extrañas,
los ríos sonorosos,
el silbo de los aires amorosos,
la noche sosegada
en par de los levantes de la aurora,
la música callada,
la soledad sonora,
la cena que recrea y enamora.
Cogednos las raposas,
que está ya florecida nuestra viña,
en tanto que de rosas
hacemos una piña,
y no aparezca nadie en la campiña.
Detente, cierzo muerto;
ven, astro, que recuerdas los amores,
aspira por mi huerto,
y corran tus olores,
y pacerá el Amado entre las flores.

Anónimo dijo...

¡Oh ninfas de Judea!,
en tanto que en las flores y rosales
el ámbar perfumea,
poblad los arrabales,
y no queráis tocar nuestros umbrales.
Escóndete, Carillo,
y mira con tu faz a las montañas,
y no quieras decidlo;
mas mira las compañas
de la que va por ínsulas extrañas.
A las aves ligeras,
leones, ciervos, gamos saltadores,
montes, valles, riberas,
aguas, aires, ardores,
y miedos de las noches veladores:
Por las amenas liras
y canto de sirenas os conjuro
que cesen vuestras iras
y no toquéis al muro,
porque la esposa duerma más seguro.
Entrado se ha la esposa
en el ameno huerto deseado,
y a su sabor reposa,
el cuello reclinado
sobre los dulces brazos del Amado.
Debajo del manzano,
allí conmigo fuiste desposada;
allí te di la mano,
y fuiste reparada
donde tu madre fuera violada.
Nuestro lecho florido,
de cueva de leones enlazado,
en púrpura teñido,
de paz edificado,
de mil escudos de oro coronado.

Anónimo dijo...

A zaga de tu huella
las jóvenes recorren el camino,
al toque de centella,
al adobado vino,
emisiones de bálsamo divino.
En la interior bodega
de mi Amado bebí, y, cuando salía
por toda aquesta vega,
ya cosa no sabía,
y el ganado perdí que antes seguía.
Allí me dio su pecho,
allí me enseñó ciencia muy sabrosa,
y yo le di de hecho
a mí, sin dejar cosa;
allí le prometí de ser su esposa.
Mi alma se ha empleado,
y todo mi caudal, en su servicio
no guardo ganado,
ni ya tengo otro oficio,
que ya sólo en amar es mi ejercicio.
Pues ya si en el ejido
de hoy más no fuere vista ni hallada,
diréis que me he perdido,
que, andando enamorada,
me hice perdediza y fui ganada.

Anónimo dijo...

De flores y esmeraldas,
en las frescas mañanas escogidas,
haremos las guirnaldas,
en tu amor florecidas
y en un cabello mío entretejidas.
En sólo aquel cabello
que en mi cuello volar consideraste,
mirástele en mi cuello
y en él preso quedaste,
y en uno de mis ojos te llagaste.
Cuando tú me mirabas,
su gracia en mí tus ojos imprimían;
por eso me adamabas,
y en eso merecían
los míos adorar lo que veían.
No quieras despreciarme,
que si color moreno en mí hallaste,
ya bien puedes mirarme,
después que me miraste,
que gracia y hermosura en mí dejaste.
La blanca palomica
al arca con el ramo se ha tornado,
y ya la tortolica
al socio deseado
en las verdes riberas ha hallado.

Anónimo dijo...

En soledad vivía,
y en soledad ha puesto ya su nido,
y en soledad la guía
a solas su querido,
también en soledad de amor herido.
Gocémonos, Amado,
y vámonos a ver en tu hermosura
al monte y al collado,
donde mana el agua pura;
entremos más adentro en la espesura.
Y luego a las subidas
cavernas de la piedra nos iremos
que están bien escondidas,
y allí nos entraremos,
y el mosto de granadas gustaremos.
Allí me mostrarías
aquello que mi alma pretendía,
y luego me darías
allí tú, vida mía,
aquello que me diste el otro día.
El aspirar el aire,
el canto de la dulce filomena,
el soto y su donaire
en la noche serena,
con llama que consume y no da pena.
Que nadie lo miraba,
Aminada tampoco aparecía
y el cerco sosegaba,
y la caballería
a vista de las aguas descendía.

Anónimo dijo...

Dios está ahí, como un susurro
apagado, silente, imperceptible,
aquella brisa tenue
que Elías percibió. Pasa despacio,
camina de puntillas sobre el musgo
del bosque, levemente,
como si no pisara donde pisa,
como si no pesara el pie desnudo,
como si no pesara, adelgazado
el paso sobre el filo
de su propia estrechez.
Mas tú prefieres
la sacudida desatada
del vendaval, la cólera agitada
del terremoto, el desenfreno
negro de la tormenta.
Pero ahí no está Dios. Dios no se embosca
en el estrépito, ni encubre
la suavidad de su ternura
en las salpicaduras virulentas
de la roca que rompe el terremoto.
Dios no está ahí.

Mantén cerrada
tu ventana a los ruidos descarados
de toda desmesura.
Dios pasa silencioso, sutilmente,
como si no pasara,
por el camino oculto
de tu interioridad, como un latido
de paja, como un beso evanescente
amortajado en una mariposa,
tan liviano, tan grácil, que semeja
el vuelo ingrávido del viento,
el undoso alentar del musgo,
el suelo blanco de una nube breve.

Escucha; no te muevas, hagas ruido.
Mantén callado
el corazón. Escucha simplemente.

Anónimo dijo...

Acaba de entregarte ya de veras;
no quieras enviarme
de hoy más mensajero
que no saben decirme lo que quiero.

Anónimo dijo...

Gran poema, uno de los mejores que te he leído. Un abrazo de Ernesto.

Anónimo dijo...

Sólo me queda darle las gracias.

Inma.