Bienvenidos

Reflexiones, poemas, escorzos de vida, fe de lecturas, noticias de amigos... No pretende ser un desahogo, más bien un diálogo. Un demorarme en el resplandor de nuestra existencia. Y en su literatura.


martes 2 de junio de 2009

Vidas de santos (yV)



Hablo mucho con mis amigos. De todo. A veces de nada, porque nos quedamos callados enfrente de una cerveza o paseando por la calle. Pero la conversación no se interrumpe. El silencio es la manera más íntima de conversar. Nos adivinamos el pensamiento o se trata simplemente de estar allí, junto al amigo. Acompasando los pasos y el corazón. Hasta que alguno de los dos habla de nuevo: cuenta, sugiere, evoca, reflexiona… Unos días con pasión, otros con desgana. ¿De qué? Ya lo he dicho antes: de todo. Alegrías y preocupaciones, expectativas, poemas, familia, colegios, libros. ¡Es tanta la variedad que tiene en si la vida! Te desahogas, es cierto, pero sobre todo notas que eres escuchado. Y querido. Como eres, tal cual. Pones el cansancio sobre la mesa, o sacas la agenda y lees una cita de Plotino que acabas de leer en una novela. Algo sobre el alma y la belleza, no recuerdo ahora. Le dices al amigo que te cuesta rezar y que estás de lo más suspicaz, que no aguantas el ritmo, que quisieras irte lejos. Y el amigo te mira con ternura, esa cualidad que cura de cualquier aflicción o flaqueza.

Pues no otra cosa es la oración. Dios es el Amigo por excelencia, dispuesto a quedar a cualquier hora y en el lugar que elijas. Es puntual. Y se entrega a fondo, con un amor insondable. No le importa el pasado ni las manías ni tu afición por los desplantes y el olvido. Puede que haga tiempo desde el último encuentro o desde la última huída. Pero allí estás, delante de Dios, de nuevo. Y no sale nada, ni una palabra, y miras el reloj inquieto, o te pones a leer una hoja parroquial o el relieve de las paredes o los nudos de la madera del suelo. O el dibujo de otras fantasías más elaboradas. Y es así como me gusta imaginar la vida de los santos: en esta lucha. En esta naturalidad, tan lejana de hagiografías y artificios y remilgos. Entre el desconsuelo, las angustias y sinsabores; en medio del trabajo, de la parroquia, del campo o de la oficina. En medio de los caminos, de los conventos, de la universidad o de la familia. Pero fieles a ese diálogo con Dios, a esa presencia real del Amigo.

Y es precisamente por esto por lo que siempre se me ha hecho especialmente cercana la figura de santo Tomás Moro. Un padrazo y un esposo entrañable y paciente, amigo de sus amigos, juez honrado y diligente, político de fuste y humanista de más fuste todavía. Un laico de pies a cabeza, pero piadoso, coherente, humilde. Un tipo que no parece de los siglos XV y XVI -a caballo de los dos siglos vivió-, pues su forma de proceder se nos representa del todo moderna, de hoy mismo. Trataba a los demás con cariño, siempre. A su mujer, a sus yernos, a los criados, a Erasmo, también a Oliver Cromwell, al Rey, a todos. Erasmo de Rótterdam escribió un Elogio de Moro y le dedicó Elogio de la locura, porque admiraba en su amigo esa discreta sabiduría que tanto tenía que ver con su lucha por la santidad, con su intimidad con Dios. Pienso que es el santo del que más biografías y libros suyos he leído. Desde aquella de Vázquez de Prada (Rialp) o la de R.W. Chambers (Juventud) hasta la de Peter Ackroyd (Edhasa). Y la de Peter Berglar, La hora de Tomás Moro: solo frente al poder (Palabra), o la de Paloma Castillo (San Pablo), o la de Álvaro Silva (Marcial Pons), o la de Gerald B. Wegemer (Ariel). De él Chesterton pronosticó que sería más importante todavía “dentro de cien años”. Y Juan Pablo II le nombró patrón de estadistas y políticos.

Atrae su profesionalidad y ecuanimidad, su fortaleza ante el martirio, su escritura (en libros tan brillantes como la parábola Utopía, aunque yo tengo especial debilidad por La agonía de Cristo, que escribió poco antes de ser ejecutado). Pero a mí, como decía antes, lo que más me atrae es esa naturalidad y normalidad con la que vivió su fe, esa convicción tan palpable del amor de Dios sean cuales fueren las circunstancias o el ánimo propio. En definitiva, me atrae su elegancia de caballero cristiano y su buen humor, sin afectaciones. Y todo esto viene a cuento por la lectura de un libro muy breve pero muy enjundioso. Ya lo decía Baltasar Gracián: “Lo bueno, si breve, dos veces bueno”. ¡Y qué verdad es! Tomás Moro, humanista y mártir, del teólogo Louis Bouyer (Encuentro), en sus apenas 90 páginas es un buen ejemplo. No es una biografía al uso por supuesto, más bien se trata de una acuarela, donde a base de pocas y certeras pinceladas nos ofrece una reflexión muy cercana de la personalidad de Tomás.

Para empezar de su intimidad familiar, allí en el casón de Battersea, rodeado de soledad y alborotados jardines, con su biblioteca y oratorio, con su esposa e hijas, en un ambiente de piedad y estudio. Y de risas. Holbein está pintando un cuadro familiar, “sin olvidar los libros esparcidos un poco por todas partes”. El lector es atento espectador de conversaciones, alusiones, guiños… Todo el mundo habla. Después esos apuntes sobre su formación humanista. Dice: “Es indudable que su humanidad profunda y concreta, prodigiosamente divertida, pero siempre tan cordial, encontró su alimento en el estudio y enseñanza del derecho”. Pero fue profundizando en los autores antiguos y en su literatura, y es cuando conoce a Erasmo, y traduce, y escribe poemas, etc. Luego Bouyer se adentra en la Utopía y en las influencias recíprocas entre Moro y Erasmo; y escribe sobre su época de Lord Canciller y sobre el martirio (que para mi gusto es lo mejor del libro) y su legado. Dice el autor que la vida de santo Tomás Moro fue una preparación para el martirio. Una vida íntegra y llena de júbilo. Una vida santa, sin rarezas. Una lucha continua por la verdad. Sobre el cadalso pidió con serenidad a todos que rezaran por él e insistió en que moría por la fe católica. No digo que nosotros hayamos de llegar a tanto -gracias a Dios- pero es bueno aprender de los santos y estar preparados. Moro no quería morir, ni era fanático de nada y era tan de carne y hueso como nosotros, sin embargo se identificó con Cristo y cruzó la meta.

14 comentarios:

Anónimo dijo...

"Dios es el Amigo por excelencia, dispuesto a quedar a cualquier hora y en el lugar que elijas. Es puntual. Y se entrega a fondo, con un amor insondable. No le importa el pasado ni las manías ni tu afición por los desplantes y el olvido".

¿Quién necesita un amigo?

Anónimo dijo...

Muy buen artículo. Le felicito por la serie de vidas de santos. Algunos de los libros me lo compraré. El que más me llama la atención es el de San Juan de la Cruz. Será porque es novela.

Anónimo dijo...

Pero como lector del blog me he vuelto un forofo de sus poemas.

Anónimo dijo...

Yo, que no tengo su suerte, hablo mucho solo. Casi siempre de lo mismo. Es una ventaja, una vez que te acostumbras, no tener a nadie que te contradiga, ni que discuta tus opiniones, ni a quien tener que escuchar sus argumentos y no digamos sus penas, que al final es para lo que te busca siempre un amigo: empiezas hablando de fútbol y acaba contándote su última pelea con la parienta, o que los niños no estudian, o que se le ha roto el coche, o vaya usted a saber qué historias, si no se te pone a filosofar o a hablar de la existencia de los ángeles y al final eso: te vas a tu casa con tus problemas más los suyos.

Lo dicho, que es una suerte no tener amigos.¿Dios? Él por no molestar ni habla.

Anónimo dijo...

Debería empezar ahora otra serie con "Vidas de santas",si le interesan y si las hay, claro.

Anónimo dijo...

Me atrae este libro. Y los dos primeros párrafos que son un artículo aparte. Cojonudos.

Anónimo dijo...

Los dos primeros párrafos son cojonudos de verdad. Pero otra vez que se ponga hable de duendes, gnomos, delfos, hadas, ogros, dragones, sirenas...los amigos están muy vistos y ya nadie se los cree.
Es sólo una sugerencia, por su bien.

Anónimo dijo...

Hay gente para todo. El cuarto comentario de por aquí dice que Dios no habla. Como gracia no tiene ninguna y desde luego a su alma le falta oído. Calladitos mejor. Para decir tonterías...

Anónimo dijo...

¿Qué alma?, ésa sí que es una tontería y de las gordas.Aplíquese el cuento: Si sólo escribieran los que no escriben tonterías no escribiría nadie.

Pablo

Anónimo dijo...

Me ha emocionado lo que dice. Sólo quería escribir esto. José María.

Anónimo dijo...

Podrá faltarme el aire,
el agua,
el pan,
sé que me faltarán.

El aire, que no es de nadie.
El agua, que es del sediento.
El pan... Sé que me faltarán.

La fe, jamás.

Cuanto menos aire, más.
Cuanto más sediento, más.
Ni más ni menos. Más.

Blas de Otero

Anónimo dijo...

Dios es el mejor amigo siempre, sin dudarlo, jamás me ha contado ni uno solo de sus problemas y los tiene que tener a poco que le importe este su mundo, bueno, eso digo yo. No invita a café (esto es un fallo), ni te da un abrazo sincero de los que te crujen hasta las ideas, ni te lee ningún poema...las puestas de sol sí se le dan bien y muchas otra cosas más que ahora no vienen al caso. Muy hablador no es, ya ves, yo creo que no le he oído nunca, sí, ya sé que dicen que te habla con signos y que , para los que no sabemos leerlos, utiliza las manos, los ojos y los labios de los demás , que para eso están los amigos. Los que los tengan.

Anónimo dijo...

La vida es una oportunidad, aprovéchala.
La vida es belleza, admírala.
La vida es beatitud, saboréala.
La vida es sueño, hazlo realidad.
La vida es un reto, afróntalo.
La vida es un deber, cúmplelo.
La vida es un juego, juégalo.
La vida es preciosa, cuídala.
La vida es riqueza, consérvala.
La vida es amor, gózala.
La vida es un misterio, devélalo.
La vida es promesa, cúmplela.
La vida es tristeza, supérala.
La vida es un himno, cántalo.
La vida es un combate, acéptalo.
La vida es una tragedia, domínala.
La vida es una aventura, arróstrala.
La vida es felicidad, merécela.
La vida es la VIDA, defiéndela.
Teresa de Calcuta

Anónimo dijo...

Dientes de flores, cofia de rocío,
manos de hierbas, tú, nodriza fina,
tenme prestas las sábanas terrosas
y el edredón de musgos escardados.

Voy a dormir, nodriza mía, acuéstame.
Ponme una lámpara en la cabecera;
una constelación, la que te guste;
todas son buenas, bájala un poquito.

Déjame sola; oyes romper los brotes...
te acuna un pie celeste desde arriba
y un pájaro te traza unos compases

para que olvides... Gracias... Ah, un encargo:
si él llama nuevamente por teléfono
le dices que no insista, que he salido.