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Reflexiones, poemas, escorzos de vida, fe de lecturas, noticias de amigos... No pretende ser un desahogo, más bien un diálogo. Un demorarme en el resplandor de nuestra existencia. Y en su literatura.


lunes 1 de junio de 2009

Vidas de santos (IV)



San Juan de la Cruz es un caso que no es de este mundo. O que sí lo fue, es evidente, pero tan humilde y pendiente de las cosas de Dios que más debía parecer un ángel. Pero no era un ángel tampoco, pues bregó de lo lindo por los caminos y ciudades de España, perseguido por la envidia y el odio, estudiando teología, cantando sus poemas de amor y levantando conventos (pendiente siempre de la Madre Teresa de Jesús). Estudio, escritura y acción reformadora. Todo ello tiene un denominador común: abismarse en Dios. Un fraile poeta, un fraile descalzo, un fraile enamorado. Sus pies hollaban el polvo y las piedras, la nieve y el barro. Obediente, presto a cualquier servicio que se le pidiera. “Buscando mis amores, / iré por esos montes y riberas (…)”. Su poca estatura iba creciendo en fama de santidad y poesía. Su vida era un cántico espiritual, una dicha sin igual. No había cárcel, sufrimiento, demonio o noche tan oscura que pudiera apartarle lo más mínimo del Amado, de esa llama que no se consume y mora en el alma enamorada. Fontiveros, Arévalo, Medina, Salamanca, Duruelo, Pastrana, Alcalá, Medina, Toledo, Baeza, Beas, Segovia, Granada, Úbeda. Y el Cielo. Escribió: “Mi alma se ha empleado, / y todo mi caudal en su servicio; / ya no guardo ganado, / ni ya tengo otro oficio, / que ya sólo en amar es mi ejercicio”. Pocos hombres como él, pocos santos como él, y ningún poeta como él. Este frailecillo de nada, tímido y escaso de talla y más bien débil, tuvo experiencia viva del amor divino, en un conocimiento unitivo con Dios. Y nos fue dejando a nosotros algunos destellos o indicios de ello, en versos y prosa, para poder vivir lo leído, para hacer nuestra la senda estrecha mientras aprendemos a orar con el corazón, sin necesidad de muchas palabras, “el cuello reclinado / sobre los dulces brazos del Amado”.

¡Cómo me acuerdo de El mudejarillo, de José Jiménez Lozano (Anthropos)! De su visión tan esencial y nítida de san Juan de la Cruz, con esa prosa que se fija sobre todo en lo pequeño. Siempre me viene a la cabeza ese librito cuando hablo del autor de Llama de amor viva. Y el completísimo de José María Javierre, Juan de la Cruz: un caso límite (Sígueme). Y acabo de finalizar la lectura de una novela excelente sobre el santo. Se titula El místico Juan de la Cruz, y está escrita por Pedro Miguel Lamet (La Esfera). Él mismo escribe: "(...) entrar en el alma humana es la tarea más fascinante que puede emprender un escritor". Ante todo tengo que decir algo: está muy bien escrita, con un vocabulario rico y en su punto, y salpicada de un lirismo cautivador. Y cuidando al detalle cada recoveco historiográfico, sin dejarse nada. Para la narración se sirve del personaje de ficción don Pedro de Valmores (apellido en el que se me antoja juega Lamet con la expresión “mal de amores”), comerciante de paños segovianos y poeta. Sobre todo poeta. Y enamorado de Ana de Peñalosa. Para ella escribe y para ella vive. Pero el amor es como es y doña Ana le abandona por Dios. Como suena. Doña Ana, gracias al buen oficio de Juan de la Cruz, quiere dar alcance al Amado, al único amado que no defrauda nunca. Sin dejar de ayudar a los descalzos. A esta dama el santo dedicará uno de sus libros. Y es ahí donde la novela va tomando cuerpo. El garcilasista don Pedro no puede soportar el dolor de amor, la ausencia de la amada, esa ruptura tan imprevista. Y comienza sus pesquisas. Está celoso de fray Juan -el Senequita o medio fraile, como le llamaba Teresa de Jesús-, del que va siguiendo sus avatares. ¡Qué desvelo tan terrible producen los celos! E irá recogiendo aquí y allá los testimonios de quienes han estado con él. “Pretendo proseguir la reconstrucción de su vida. Con eso me entretengo, y creo que de algún modo me voy curando, aunque no la olvide, de la locura que me causó la pérdida de doña Ana”. De fondo la España de Felipe II. Y alguien le deja copia de algunas estrofas del Cántico espiritual, y don Pedro de Valmores se rinde a semejante maravilla…

La maravilla de unos versos que parecen esculpidos por una música divina. “Este hombre no es un poeta, es un ángel”, comenta en la novela un impresor de Alcalá. Pedro Miguel Lamet nos ofrece una panorámica del santo y de la santidad, pero también de los conciliábulos cortesanos y religiosos, y de la vida de la gente más sencilla en aquella España tan difícil. Se nos cuenta una historia de amor. O de amores (no es el menor el amor por la poesía). El mensaje es claro: sin amor la vida no vale la pena vivirse. La vida y la obra de San Juan de la Cruz sólo se entienden así: “sólo en su Dios arrimada”.

8 comentarios:

Anónimo dijo...

Que no se caben nunca estas vidas de santos. Los libros supongo serán buenos, pero sus comentarios sobre la santidad están a la par.

Anónimo dijo...

Quería decir "que no se acaben". Aprovecho de nuevo para felicitarle.

Anónimo dijo...

Le quería dar las gracias por estos artículos sobre vidas de santos. Me he comprado la novela de hoy sobre San Juan de la cruz.

Anónimo dijo...

Un santazo, eso es seguro, pero un escritor como ninguno, para leerlo con calma. Miraré este libro.

Anónimo dijo...

"El mudejarillo" de Jiménez Lozano es delicioso. Es un gran escritor.

Anónimo dijo...

Hace unos años leí un libro sobre él de José Luis Olaizola que recomiendo a los lectores del blog. No recuerdo el título, pero era bueno.

Anónimo dijo...

Si en el mundo hubiera más gente que diera el callo por Dios otro gallo nos cantaría. Bruce.

Carmen Bellver dijo...

Me he alegrado de leer esta reseña. La poesía de San Juan de la Cruz me tiene cautiva.

Saludos