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Reflexiones, poemas, escorzos de vida, fe de lecturas, noticias de amigos... No pretende ser un desahogo, más bien un diálogo. Un demorarme en el resplandor de nuestra existencia. Y en su literatura.


lunes 8 de junio de 2009

Valeria Bergalli, editorial Minúscula



En uno de estos múltiples suplementos que van con los periódicos se puede encontrar de todo. Una entrevista socarrona o incluso hasta un buen artículo. Algo que te hace más llevadero un domingo por la tarde o que te da una idea del hombre. Una frase, un gesto, un color, un paisaje. Subrayas. Tampoco uno le pide mucho más a la vida. O simplemente te conformas. Recortas páginas y las guardas. En ocasiones se es consciente de que no las vas a leer nunca. Pero las guardas. Al cabo de las semanas o de los años aparecen en un libro o en un cajón cuando buscas el libro de familia numerosa o un sacapuntas. Y ya está, te topas con la nostalgia. Ahí tienes la fecha, y piensas… No, en realidad no piensas nada. Sientes. ¿Cómo explicarlo? Inclinas hacia atrás la cabeza y miras al techo en un estado expectante. Sigues esa pequeña grieta de la escayola, y en ella la memoria. Amarillea el tiempo en el papel y te dejas llevar. Pero de siempre lo que más te ha gustado recortar son las fotografías de bibliotecas privadas. Si están algo desordenadas mejor. Y te deleitas y pones en horizontal la instantánea para indagar en los títulos y las paredes, y mueves las sillas y recorres el suelo y las mesas. ¡Qué remolino de colores y letras!

Hoy me han llegado unas revistas y suplementos atrasados. En uno de ellos veo a Valeria Bergalli, en el despacho de su editorial. Minúscula. Así se llama la editorial, no es que ella sea diminuta. Me ha faltado tiempo para recortar las páginas y darme un festín de detalles. Valeria, allí, prendida por la luz que entra por la ventana, que mana y llena. Parece una Madonna renacentista, o una mujer dispuesta a ser pintada por Vermeer, acrisolada la piel, serena. La mirada en los sueños, el pelo negro recogido, las manos dándose un respiro. Y el brillo reflexivo de su vida, y los retratos de escritoras, y los discretos pendientes… Quizá acaba de salir de imprenta Una temporada en Venecia, de Wlodzimierz Odojewski, o los ocho impresionantes relatos que componen el libro Medallones, de Zofia Nalkowska. Mayúscula Valeria: literatura en alma viva. Búsqueda, ímpetu, viaje, belleza. He aquí, en este caluroso día de junio, mi personal homenaje de lector. Pasarán los años y puede que vuelva a encontrarme esta fotografía de su despacho, y de Valeria Bargalli, quizá por casualidad, debajo de otros papeles, o que caiga al suelo al consultar un libro de Marina Tsvietáieva o el diario Verde agua, de Marisa Madieri. Y sonreiré agradecido.

5 comentarios:

Anónimo dijo...

Yo también recorto de todo y, entre los artículos, fotos de manos y fotos de toros( que siempre guardo pensando en ponerme algún día a dibujar, si encontrara el tiempo), lo que más abundan son los chistes de Mingote.

Anónimo dijo...

"Valeria, allí, prendida por la luz que entra por la ventana, que mana y llena. Parece una Madonna renacentista, o una mujer dispuesta a ser pintada por Vermeer, acrisolada la piel, serena. La mirada en los sueños, el pelo negro recogido, las manos dándose un respiro. Y el brillo reflexivo de su vida, y los retratos de escritoras, y los discretos pendientes…"

A mí, si alguien me describiera así, no es que le editara hasta la partida de nacimiento, es que lo adoptaba pero ya.

Anónimo dijo...

¿Sabe? la que me gusta es la de ayer, preciosa y da que pensar.

Anónimo dijo...

Nadie rebaje a lágrima o reproche

Esta declaración de la maestría

De Dios, que con magnífica ironía

Me dio a la vez los libros y la noche.

De esta ciudad de libros hizo dueños

A unos ojos sin luz, que sólo pueden

Leer en las bibliotecas de los sueños

Los insensatos párrafos que ceden.

Las albas a su afán. En vano el día

Les prodiga sus libros infinitos,

Arduos como los arduos manuscritos

Que perecieron en Alejandría.

De hambre y de sed (narra una historia griega)

Muere un rey entre fuentes y jardines;

Yo fatigo sin rumbo los confines

De esta alta y honda biblioteca ciega.

Enciclopedias, atlas, el Oriente

Y el Occidente, siglos, dinastías,

Símbolos, cosmos y cosmogonías

Brindan los muros, pero inútilmente.

Lento en mi sombra, la penumbra hueca

Exploro con el báculo indeciso,

Yo, que me figuraba el Paraíso

Bajo la especie de una biblioteca.

Algo, que ciertamente no se nombra

Con la palabra azar, rige estas cosas;

Otro ya recibió en otras borrosas

Tardes los muchos libros y la sombra.

Al errar por las lentas galerías

Suelo sentir con vago horror sagrado

Que soy el otro, el muerto, que habrá dado

Los mismos pasos en los mismos días.

¿Cuál de los dos escribe este poema

De un yo plural y de una sola sombra?

¿Qué importa la palabra que me nombra

si es indiviso y uno el anatema?

Groussac o Borges, miro este querido

Mundo que se deforma y que se apaga

En una pálida ceniza vaga

Que se parece al sueño y al olvido.

Borges

Anónimo dijo...

Acabo de descubrir por ti esta editorial. Gracias.